La fresca huella del divino Creador en la arcilla blanda

EL LLAMADO DE JESÚS A LOS ADULTOS A SER COMO NIÑOS.
LOS NIÑOS SON LOS VERDADEROS EJEMPLOS DE VIRTUDES Y CUALIDADES ESPIRITUALES.

Cuando entre personas creyentes de cualquier religión, se habla sobre el tema de las huellas divinas dejadas por Dios en el mundo natural, durante el proceso de la Creación del universo, resultan ser innumerables los testimonios y las evidencias del rastro que dejó Dios de su grandiosa obra.

En el caso del cristianismo, se mencionan en la Biblia un gran número de relatos de manifestaciones de Dios a los hombres, que están en la naturaleza que nos rodea. San Pablo refiriéndose a ese asunto afirma claramente lo siguiente:

« porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. » Romanos 1, 19-20

De ésta afirmación de Pablo, muchos se habrán extrañado en aquel tiempo y se extrañan hoy todavia y se preguntan:¿ cómo es eso posible, que cosas invisibles se puedan hacer claramente visibles? La respuesta es muy sencilla: Hay que creer primero, para poder verlas!

Para ser capaz de ver las realidades espirituales es indispensable creer que ellas existen. La huellas propias del mismísimo Dios en la creación son de naturaleza espiritual y son invisibles, pero afortunadamente, por medio de la facultad que poseemos de creer las verdades reveladas por Dios, se pueden hacer claramente visibles.

Estoy plenamente de acuerdo con la opinión del místico español Juan de la Cruz cuando al referirse a la mejor huella de Dios, escribió la siguiente frase:

„El alma del ser humano, hecha a imagen y semejanza de Dios, es la mejor huella que Dios dejó de sí en la creación”.

Para mí eso es una gran verdad, la cual lamentablemente ha pasado a un segundo plano en estos tiempos modernos en que el materialismo y el dinero reinan el mundo. Sin embargo, Dios por su Gracia y su amor eterno hacia la humanidad nos lo hace recordar insistentemente a traves de su huella dejada en nosotros. Y en el ser humano como criatura de Dios, es en el cuerpecito aún blando del niño, donde está estampada la huella del pulgar de su Hacedor.

Si, son los niños el maravilloso testimonio universal, permanente y familiar de la naturaleza divina del espíritu, que Dios le insufló al Hombre en el momento de su creación. Jesucristo nos lo reveló y lo enseñó en la memorable escena con los niños, en que Él les dice a sus discípulos:

“Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.” Marcos, 10, 13-16

Creer y recibir a Dios como lo haría un niño, es decir, con la fe, el amor, la humildad y la confianza que caracteriza a los niños pequeños en su relación con sus padres. Esto es una evidencia más de ese gran misterio que enmascara el plan de Dios, por el cual en su insondable sabiduría, Él eligió la sencillez y las cosas comunes para revelarse a la humanidad.

Efectivamente, en nuestro tiernos y candorosos hijos o nietos pequeños, tenemos los adultos el grandioso privilegio de contemplar y percibir en plena acción y durante el brevísimo período de la infancia, cómo las cualidades espirituales invisibles del alma divina se hacen visibles. Solamente hace falta en primer lugar, creer que éllas existen teniendo siempre presente que el cuerpo las esconde, y en segundo lugar, desear verlas conscientemente mediante la observación atenta y cuidadosa de todo lo que hacen y dicen los niños.

Para poder reconocer y notar en los niños las manifestaciones del alma humana, tenemos los adultos que desmantelar nuestros prejuicios y deshacer la vanidosa jactancia de creer, que son únicamente los niños los que tienen que aprender del ejemplo de sus padres, y que los niños no tienen nada en absoluto que enseñarnos.

La actitud más sensata y adecuada en la relación entre padres e hijos sería, la de esmerarse concientemente en averiguar cuáles son las fortalezas y debilidades nuestras y cuáles son las de los niños, para poder entonces definir ¿Quién enseña qué, a quién?

Pero uno se pregunta: ¿Por qué al convertirnos en padres y madres, ni siquiera se nos ocurre pensar en hacer algo así? Por ese tremendo complejo de superioridad que tenemos en relación a nuestros hijos y por esas falsas creencias arraigadas en la sociedad, que mantiene separados al mundo de los niños y al mundo de los adultos como el aceite y el agua, que ni siquiera son capaces de mezclarse cuando estan juntos.

Es lógico e indudable que en la gran mayoría de los aspectos y los temas concernientes a la adecuación a la vida pública futura de los niños y a su convivencia en la sociedad, somos los padres y los adultos los que tenemos la responsabilidad y la capacidad de enseñarles y educarles. Eso está claro.

Sin embargo, en lo concerniente a nuestra dimensión espiritual como individuos, es decir concretamente, en lo refente al uso y a la aplicación de las cualidades espirituales naturales que poseemos todavía, son los niños los que nos pueden enseñar a los adultos, por la sencilla razón, de que ésa es su gran fortaleza.

Los adultos no somos mejores que los niños en los aspectos y cualidades espirituales. Esa es precísamente la realidad que a muchos nos cuesta reconocer. Nos creemos y sentimos superiores o mejores que éllos en todos los aspectos de la vida, y la verdad es que no lo somos. Allí esta la gran equivocación, y Jesús por ese motivo, lo declaró públicamente en ese pasaje de las Escrituras.

Los niños pequeños que todavía no han sido « contagiados » por nuestras propias alteraciones de ánimo, complejos, debilidades y deficiencias, son superiores a los adultos en las siguientes capacidades:

  • Amar sin condiciones
  • Ser auténticos y espontáneos
  • Ser sinceros y francos
  • Ser humildes
  • Creer y confiar plenamente
  • Tener paz interior y tranquilidad
  • conformarse y ser tolerantes
  • aceptarse a sí mismos y estar contentos consigo mismo
  • poseer un excelente sentido del humor
  • Tener gran libertad interior
  • Meditar y ensimismarse
  • No dejarse influenciar por las circunstancias o las personas
  • Poseer sentido de justicia
  • No tener remordimientos de conciencia

Estoy seguro que ésta lista está incompleta y que aún faltan cualidades espirituales de los niños por anotar, que desconozco.

No, no somos los adultos los ejemplos de virtudes y cualidades espirituales.
Son los niños los verdaderos modelos de virtudes. Ellos con su ejemplo nos dan clases magistrales todos los días, pero como nosotros creemos que somos mejores seres humanos que éllos, los subestimamos y no los tomamos en cuenta. Ése es uno de los grandes errores que cometemos en nuestro legítimo afán de ser ejemplos únicos para nuestros hijos en los otros aspectos necesarios e importantes de la vida.

Los niños nacen puros, inocentes, inofensivos y con un insaciable hambre de amor y de atención.  El desarrollo y el comportamiento de los niños son el resultado y la consecuencia directa  de lo que hacen y dejan de hacer los adultos con éllos durante su crianza y educación.  Por lo tanto, si un niño o un adolescente llega a manifestar conductas algo problemáticas, eso es una clara evidencia de que los problemas han sido causados por deficiencias y fallas en las actividades de crianza de los padres y en el trabajo de los maestros y de las escuelas.
Somos los adultos los que con nuestros miedos, conflictos personales, frustraciones, complejos, resentimientos y actitudes negativas, causamos en nuestros niños esas reacciones y conductas indeseables.

No existen niños difíciles o problemáticos, los problema los creamos y los tenemos los adultos, por dejarnos afectar demasiado en nuestra vida interior, de las circunstancias y de las personas que nos rodean.

Fueron los acontecimientos del nacimiento de Jesús y su obra relatada en el Evangelio, lo que lograron que la mirada y la atención del mundo adulto se dirigiera hacia los niños pequeños, quienes en la antigüedad eran considerados por los adultos como seres humanos en estado inferior. Tanto la historia de los tres Reyes magos que vinieron del Oriente para adorar al recien nacido Niño-Dios, como también ese acto insólito y hasta revolucionario de Jesús, de elevar al niño al primer plano y de ponerlo como ejemplo para los adultos, marcaron el inicio de un proceso de cambio en el concepto tradicional sobre la infancia y de su nuevo significado religioso.

A partir de la edad media comienzan a aparecer en el arte de la pintura, la representación de niños pequeños como ángeles y el niño Jesús o el Niño-Dios, en murales de iglesias y en cuadros con motivos religiosos. El alma pura, amorosa y vigorosa de los niños es lo que los hacen semejantes los ángeles de Dios, pero los pintores como no podían pintar algo invisible como es el alma, tuvieron que materializarla por medio de las figuras de sus cuerpecitos.

En el evangelio de Mateo, Jesús hace un claro llamado a los adultos a reconocer, a imitar y a practicar las cualidades espirituales del niño en su relación personal e íntima con Dios:

Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Mateo 18, 2-4

Jesús sabe muy bien que el orgullo, la vanidad y la avarícia de la persona adulta son los impedimentos espirituales que la incapacitan para creer y aceptar a Dios como su Señor y Padre, por esa razón, nos hace el llamado a ser como niños, por que en ellos las virtudes espirituales aún no están adulteradas, sino que conservan todavía su pureza y su vitalidad original, pero sólo por el corto tiempo de la infancia.

Nuestra alma es ese grandioso tesoro espiritual que en los niños resplandece  y deslumbra fugazmente, pero eso sí, sólo para aquellos adultos que desean de verdad contemplarlo y que quieren igualmente dejarse inspirar por ellos en su relación con Dios. De manera de poder recuperar, la disposición del alma que como condición previa básica tenemos que tener, para acercarnos a Dios y relacionarnos con él, como hijos con su Padre celestial.

La huella más fresca de Dios en el ser humano está estampada en los niños y está la vista de los que la quieran ver. Jesús te lo reveló. Ahora te toca abrir tu corazón, para dejarte inspirar.

Concluyo con un inspirador comentario del sacerdote italiano Romano Guardini (1885-1968):

«El niño es joven. Posee la sencillez de la mirada y el corazón. Al llegar lo nuevo, lo grande, o redentor, el niño lo mira, se acerca y entra en ello. Esta sencillez es aquella infancia de la que nos habla la parábola. Ser niño, en el fondo, significa lo mismo que ser creyente. Es la actitud natural de la fe. En ella actúa libremen­te lo que viene de Dios. La infancia espiritual consiste, según Jesús, en vivir de la paternidad de Dios. La infancia espiritual, en el sentido de Jesucristo, es lo mismo que la madurez cristiana».

La Biblia es el espejo fiel de nuestras pasiones, luchas y anhelos

Existen unos estados de ánimo o comportamientos opuestos que se definen en el idioma español con las siguientes expresiones de uso común:  estar dentro de sí (la serenidad) y estar fuera de sí (la alteración).

De estos estados mentales antagónicos en los seres humanos, el de la serenidad es el considerado como el más normal, primero, porque es el comportamiento más frecuente en las personas, y segundo, por ser el más apropiado para pensar, reflexionar, evaluar,  analizar, tomar decisiones, y finalmente, para actuar  convenientemente al afrontar los desafíos que la vida nos impone.

Por esa razón vamos a tratar de exponer e ilustrar a continuación, qué es eso que nuestros antepasados denominaron: estar dentro de sí.

La primera pregunta lógica, que se deriva de esas expresiones y que uno como desconocedor de la materia se hace, es: ¿qué es lo que sale de uno mismo y qué es lo que entra? Se podria decir entonces, que ese algo que sale y entra, son los pensamientos y la atención del individuo, los cuales nadie duda de su existencia real, pero que sin embargo, son invisibles e inmateriales por ser de naturaleza  espiritual, y por eso suceden de forma oculta.

Hoy en día a los pensamientos, las ideas y la atención, los alojamos simbólicamente  en nuestro cerebro, pero los antiguos griegos en su tiempo los alojaron en el corazón y los Israelitas mucho antes todavía, los alojaron a su vez en el hígado. Independientemente del órgano humano donde se quiera alojar a las ideas, es sin duda del interior de nuestro cuerpo, de donde éllas surgen y tienen su origen. Los pensamientos emergen de nuestro intelecto, de nuestra conciencia personal, de nuestro yo interior, es decir, de nuestra alma.

Cuando el ser humano se expresa con sus pensamientos e ideas, se manifiesta su conciencia, se afirma como persona concreta y real, afirma su conciencia, la cual es tambien una potencia espiritual humana.

Al estar dentro de sí, nos encontramos espiritualmente en nuestra alma, estamos concretamente en otro mundo, que no está en el mundo natural exterior conocido: nuestro mundo interior. Cuando reflexionamos y meditamos,  hablamos entonces en nuestro interior con nosotros mismos y para eso nos recogemos en nuestra interioridad, desentendiéndonos por algunos instantes del mundo exterior.

Nuestra conciencia, nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestras vivencias espirituales, es decir, nuestro mundo interior, es lo más verdadero y auténtico de nuestra existencia, y por esa sencilla razón, es lo que más deberíamos de consultar y escuchar a la hora de tomar decisiones en la vida.

Eso justamente, es lo que han hecho los grandes héroes de la fe, como el rey David de Judá hace más de 3000 años, quienes han quedado como modelos a imitar para toda la humanidad, y de quienes todos nosotros podríamos aprender muchísimo.

Fíjense en ésta manera tan expresiva y al mismo tiempo tan solícita y cariñosa, con la que David dice para sus adentros clamando: ¿Alma mía por qué te abates, por qué te turbas dentro de mi? Salmo 42, 11

¿Quién no se ha sentido alguna vez, así de triste, de abatido interiormente, de turbado y desconsolado como se sintió David en ese momento?

La Biblia, además de ser la Santa Palabra de Dios y de servir de alimento espiritual para la humanidad, en élla estan descritos y reflejados todos aquéllos estados y las pasiones del alma humana, que todo hombre y mujer han experimentado y padecido en algún momento de su vida.
Por esa razón, se podría considerar la Biblia como el espejo veraz y probado del espíritu humano, de todos los tiempos.

Los espejos normales frente a los cuales nos posamos para contemplarnos, nos muestran sólamente nuestra máscara de carne que llevamos como cuerpo, nos muestran nuestra apariencia y el aspecto físico, nos muestran como nos ven los demás. Pero esos espejos no nos pueden mostrar quién y cómo somos verdaderamente, no nos muestran ni la conciencia ni el alma. Podríamos decir entonces, que las imágenes de las personas que reflejan los espejos, en realidad no son más que un espejismo, una ilusión óptica de lo que en verdad somos.

La Palabra de Dios, que está plasmada en la Biblia no nos muestra al leerla ni figuras de cuerpos, ni máscaras de carne, ni las apariencias de la gente sobre la cual escribe y relata; nos muestra principalmente sus pensamientos, sus hechos, sus sufrimientos, sus aflicciones, sus alegrías, sus satisfacciones, sus luchas, sus sueños, sus defectos, sus virtudes, sus clamores, sus miserias; en resumen, nos muestra el alma humana universal como es, y toda la gama de situaciones y estados posibles, que cualquier ser humano es capaz de vivir y padecer en el transcurso de su vida terrenal.

Es muy cierto que la lectura de la Biblia cuando nos iniciamos en élla, resulta ser dificil, pesada, incomprensible, cruel, despiadada, desgarradora, etc; pero eso sucede porque a todos nos cuesta aceptar que la vida real y el mundo en que vivimos son efectivamente así de crueles, y que esa es la cruda realidad.

Dios nos dice allí la verdad sobre el ser humano y habla con franqueza, nos muestra lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Dios en su Palabra descarna al hombre y a la mujer, y expone así el alma humana sin paliativos y sin disimulaciones.

Eso justamente es uno de los grandiosos méritos de la Biblia: ser el verdadero reflejo del alma humana y el testimonio de la Obra de Dios.

Esa bella expresión de David  “Oh alma mía”, que utiliza para dirigirse a sí mismo, nunca antes la había yo escuchado, y cuando la leí por primera vez me asombró e impresionó tanto, que me quedó grabada en la memoria, porque en esa época me encontraba yo interiormente igualmente abatido y turbado, por un enorme sentimiento de culpa y una fuerte depresión, como supongo se debió haber sentido David, y como se habrán sentido innumerables seres humanos, sino todos, en algúna ocasión de su vida.

Ese salmo de David, es por cierto, una muestra excelente y práctica del amor a sí mismo, al que se refirió Jesucristo en su mensaje sobre el mandamiento más importante.

El amor a sí mismo consiste en atender a nuestra propia alma apropiadamente y corresponder en lo posible sus necesidades fundamentales que son: el conocimiento de la verdad, el amor espiritual, la fe y la esperanza.

La lectura de los salmos de David en la Biblia, ha sido para mi una fuente maravillosa de consuelo, de comprensión y de solidaridad espiritual, porque los salmos me enseñaron en primer lugar, una manera de acudir a Dios por su ayuda y de expresar acertadamente mi propia aflicción y sufrimiento, y en segundo lugar, me enseñaron que otras personas tambien habían experimentado experiencias tormentosas en sus vidas y que habían sufrido en una forma muy similar a la mía.

Aprendí que en esas luchas, que en la vida tenemos necesariamente que librar, tanto en nuestra alma como en el mundo exterior, para sobrevivir y lograr mantenernos en el camino correcto, podemos acudir con toda confianza y humildad a Dios nuestro Padre celestial, en busca de la orientación, de la fortaleza y de la perseverancia que tanto necesitamos para superar las dificultades, y poder salir bien del combate vital, en que todos nosotros sin excepción, nos encontramos en ésta dura y cruel vida terrenal.

Si en alguna de las innumerables luchas que la vida nos pone en nuestro camino, si nuestra alma se llegara abatir por algo, si nos sentimos derribados moralmente, lo mejor que podemos hacer es, recogernos en la intimidad de nuestro ser, estar dentro de sí, centrárnos en lo más profundo de nuestra alma, y dirigirnos a élla y alentarla cariñosamente con las poderosas promesas que Dios nos ha revelado en su Palabra, tal como lo hizo el rey David durante su vida llena de peligros y dificultades.

Si nuestra propia alma está turbada y abatida, ¿cómo podemos nosotros esperar poder ayudar,  consolar y hacer algo eficaz a los que nos rodean? Si nosotros no atendemos y tratamos con amor y dedicación al alma nuestra, ¿cómo vamos ser capaces de amar y atender las necesidades de los demás?

Sería la misma situación, como cuando nuestro Señor Jesucristo les recriminó a los fariseos, por medio de la conocida comparación aquélla de: el ciego que guía a otro ciego.

El cristianismo enseñó el valor del recogimiento, del ensimismamiento, actitud totalmente necesaria para poder entrar dentro sí, poder hablar con nosotros mismos y poder dirigirnos espiritualmente a nuestro Señor Jesucristo por medio de la oración y el clamor.

«Causa reparo el enumerar todo lo que cada uno advierte y reprende en sí mismo con mayor acierto con sólo mirar atentamente al espejo de las Sagradas Escrituras». 
Agustin de Hipona

El nuevo pacto de Dios con el pueblo judío, fue realizado por el Señor Jesucristo cuando vino al mundo, y por esa razón, en realidad somos los creyentes cristianos el nuevo pueblo Dios.

El gran profeta de Israel Jeremías, en el capítulo 31 de su Libro que se encuentra en el Antiguo Testamento de la Biblia, le dedica 13 versículos al Nuevo Pacto que Dios decidió hacer con la Casa de Israel y con la casa de Judá. Estos son tres versículos que he seleccionado por ser claves y fundamentales de esa profecía:

He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.

No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová.

Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.
Jeremías 31: 31-33

A continuación encontrarán una excelente y hermosa meditación sobre el capítulo 31 de Jeremías, que escribió el predicador inglés Charles Spurgeon:

Yo seré a ellos por Dios“ Jeremías 31:33

!Cristiano! Acá está todo lo que necesitas. Para ser feliz querías algo que te diera satisfacción, ¿no es esto suficiente? Si no puedes verter esta promesa en tu copa, no podrás afirmar como lo hizo el rey David: „has llenado mi copa a rebosar“ (Salmo 23: 5), tengo más de lo que el corazón puede desear.
Cuando esta promesa, „Yo seré su Dios“, se cumple, ¿no eres poseedor de todas las cosas? El deseo es insaciable como la muerte, pero aquel que puede llenarlo todo puede satisfacer el deseo. ¿quién puede conocer la medida de nuestros deseos, sino la inmensurable riqueza de Dios que puede rebasarla?

Te pregunto: ¿Te sientes incompleto aún cuando Dios es tuyo? ¿Deseas algo aparte de Dios? Si todo lo demás fallara, ¿no alcanzaría la completa suficiencia de Dios para satisfacerte? Pero tú querías más que serena satisfacción, deseabas deleite extremo. Ven, alma, aquí en tu porción existe música digna del cielo, pues Dios mismo ha creado el cielo. No toda la música ejecutada con dulces instrumentos, ni proveniente de seres vivientes, puede entregar una melodía semejante a la de esta dulce promesa: „Yo seré su Dios“.

Encontramos aquí un profundo océano de gozo, un infinito océano de de deleite. Ven, baña tu espíritu en él, nada prolongadamente y no encontrarás la orilla, sumérgete en la eternidad, y no encontrarás el fondo. „Yo seré su Dios“.
Si esto no hace que tus ojos brillen y que tu corazón palpite aceleradamente con gozo, tu alma no está sana. Pero tú deseabas más que placeres actuales, anhelaste algo por medio de lo cual pudieras ejercitar la esperanza, y ¿qué más puedes desear excepto que se cumpla esta gran promesa?: „Yo seré su Dios“.

Esta es la obra maestra de las promesas. Disfrutarla es tener el cielo en la Tierra, y hará también que sea el cielo allá arriba. Sumérgete en la luz del Señor, y permite que tu alma sea siempre satisfecha con su amor. Extrae el tuétano y la grosura que esta porción te entrega. Vive de acuerdo a sus privilegios y regocíjate con gozo indecible.

El amor al dinero y la codicia son contrarios al amor a Dios y al prójimo

Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. Lucas 13, 15

Así como el amor espiritual en los seres humanos es una fuente de gozo y felicidad, muy por el contrario, el amor al dinero es una fuente de odio y de codicia. En vista de que sobre los frutos del amor espiritual verdadero los conocemos bien, y que me he referido ya a ese tema en varias reflexiones, en esta oportunidad trataré el tema de los perjudiciales frutos del amor al dinero y de la codicia.

Lo primero que deseo dejar claro es, que si bien es cierto que vivimos bajo un sistema económico capitalista basado en el poder del dinero y de la acumulación de capital, el cual fomenta e impulsa permanentemente el consumo de bienes y servicios. Lo segundo y mucho más importante, es que en el sistema político democrático que tenemos, disponemos de plenas libertades ciudadanas, que nos permiten vivir y dirigir nuestra vida personal, según lo que nos dictan nuestra propia conciencia y nuestras creencias religiosas, es decir: cada individuo tiene el derecho y la capacidad de escoger el estilo de vida y la manera de vivir, que más se ajuste a sus valores morales y a su fe cristiana.

En el Nuevo Testamento el Señor Jesucristo nos advirtió a los creyentes cristianos de forma clara y categórica, no dejarnos cautivar y hechizar por el deseo excesivo de bienes y riquezas, que los medios de comunicación y las empresas comerciales con sus mensajes de publicidad, día y noche se empeñan en persuadirnos, para que compremos sus productos y así disfrutemos de la vida.

A continuación dos de sus advertencias más conocidas:
Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que una persona rica entre en el reino de Dios. Marcos 10, 25

Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas. Mateo 6, 24

En relación a ésta advertencia, de que no se puede servir a la vez a dos señores o amos, existe la siguiente palabra creada en la antigua Grecia por filósofos notables, que describe el desprecio o el odio hacia los seres humanos, la cual en estos tiempos modernos no se usa y es por lo tanto desconocida: La Misantropía y el misántropo, quien es el que sufre de ese mal.
Como ejemplos conocidos de misántropos hoy en día están los siguientes: los racistas, quienes desprecian seres humanos de otras razas diferentes a la suya; los aristócratas que tienen un complejo de superioridad social y cultural, quienes desprecian a la gente humilde y pobre. Sin embargo, el misántropo más común y más terrible son los delincuentes y criminales, quienes por medio de robos, estafas, secuestros de personas adineradas, negocios ilegales como el tráfico de drogas estupefacientes, etcétera; se convierten en ricos o millonarios en pocos años, pero causan muchos daños a la sociedad en general, a la que desprecian. Y es precísamente por el daño y la zozobra que causan en las sociedades, que los misántropos son también llamados: los enemigos de la humanidad.  

El hecho de ser rico o millonario, no es algo malo ni pecaminoso en sí mismo, sino que es la abundancia de dinero y de bienes, lo que va estimulando e induciendo el amor al dinero y el deseo de más riquezas en el individuo, que es lo que conduce de manera imperceptible a los misántropos a obrar mal y a cometer graves pecados.

Son innumerables los casos que aparecen a diario en los periódicos de personas ordinarias que movidos por la codicia y la envidia, cometen actos de corrupción administrativa en sus puestos de trabajos, estafas, asesinatos para apoderarse de una herencia familiar y muchos delitos más.

En esta vida terrenal los creyentes cristianos tenemos que hacer el compromiso, de tomar una decisión muy importante y trascendental en relación a cuál señor o amo vamos a servir: a Dios o a las riquezas?

En mi caso personal, la decisión ha sido tan natural y espontánea, que ni siquiera tuve que pensarlo. ¿Cómo no voy a entregarle mi alma y mi cuerpo a Dios Padre Todopoderoso y eterno, a nuestro propio creador y creador del Cielo y de la Vida Eterna, del Universo y de todo lo que existe en este planeta; asi como creador y fuente del Amor espiritual y de la Verdad?

¿Y qué son las riquezas y el dinero? Nada, solamente humo que aparece y se desvanece, y sobre todo ellas son las raíces de todos los males que perjudican a la Humanidad.

Para aquel creyente cristiano que ha tomado la magnífica decisión en su vida, de servir por amor a Dios Padre y al Señor Jesucristo con toda su alma y su corazón, puede sentirse confiado y seguro de que ha tomado el camino estrecho y correcto, para alcanzar las Bienaventuranzas del conocido Sermón de Jesús en el Monte (Mateo 5 :1-12), con la dirección y la ayuda del Espíritu Santo.

Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Juan 6, 63

Nuestra relación personal con Dios y con su Reino divino, está basada en nuestra fe, la cual es una virtud del alma o espíritu humano, que se conoce en el lenguaje de la religión, como creer en la existencia de Dios y de Jesucristo, así como en el contenido de la Biblia: su Sagrada Palabra.
En esta magnífica y muy clara frase del Señor Jesucristo que sirve de título de esta reflexión, Él confirma esa gran verdad, de que las palabras que están impresas en la Biblia, contienen ciertamente un mensaje espiritual y vivo, que calma la sed espiritual del creyente. Imaginémonos que ese contenido espiritual, es como si fuera un olor de perfume que la palabra exhala o despide, y que el lector lo percibe, le agrada y se apropia de él.

En relación a esta atracción y al gozo posterior del creyente que la lectura de la Biblia le puede producir, recuerdo una conmovedora experiencia que presencié en mi iglesia, en que un grupo de jóvenes, quienes habían sido adictos a las drogas durante años, visitaron la iglesia con el propósito de dar su testimonio personal sobre su curación y su recuperación total del vicio, y también para agradecer por el financiamiento recibido para su tratamiento en una organización benéfica cristiana denominada REMAR. Uno de los jóvenes que sujetaba una Biblia en su mano derecha, mientras daba su testimonio frente a la congregación, se puso la Biblia sobre el pecho y la abrazaba con tanta satisfacción y alegría, que a muchos nos dejó impresionados.

Es por esa razón, que es de fundamental importancia mantener una actitud de fe y de veneración, durante la lectura de la Biblia; sin dudar en ningún instante de que es la sagrada Palabra de Dios, y que además de estar compuesta de letras y poseer un sentido literal, contiene un mensaje espiritual.

A continuación un texto revelador sobre este tema de las sagradas escrituras, escrito por el erudito y teólogo holandés Erasmo de Rotterdam en su libro titulado Enquiridion:

Existe una enorme diferencia entre las letras humanas y divinas. Toda la Biblia está inspirada por Dios, su autor intelectual. No existe una doctrina humana que no esté viciada por la negrura de algún error y de falsedad. Solamente la doctrina de Dios y de Jesucristo es toda pura y toda sincera. El hecho de que sea un tanto dura y áspera nos adentra en su significado divino, escondido en el sentido exacto de la palabra. Si el lector superficial se contenta solamente con la cáscara de las palabras, y no extrae de la médula el sentido espiritual que contienen, en consecuencia no logrará captar o beber el mensaje divino.

Los mensajes divinos que contienen la Palabra de Dios y la de Jesucristo, se podría comparar con una fuente espiritual de aguas vivas, que calman la sed espiritual de los creyentes.

Hermanos cristianos, si buscan el alimento espiritual y vivo que se encuentra implícito en las Sagradas Escrituras, recuerden siempre leer la Biblia con alma de niños, es decir, con plena confianza en Dios Padre y mucha humildad.

La grave crisis de fe en las iglesias tradicionales del mundo occidental

“El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.” Juan 6, 63

Esta es una enseñanza clara e incuestionable, que el Señor Jesucristo dejó como testimonio a los cristianos y a toda la humanidad, en primer lugar, de que nuestra naturaleza como seres humanos, está compuesta de un espíritu o alma inmortal y un cuerpo de carne; y en segundo lugar, que el espíritu humano es el que le da vida a nuestro ser, y que en consecuencia, es nuestra alma espiritual lo más valioso e importante de nuestra existencia terrenal, por haber sido creada por Dios para vivir eternamente. La carne del cuerpo humano, por el contrario, no está hecha para la vida eterna, ya que inevitablemente se enferma, envejece y al morir, se pudre.

La doctrina materialista, la cual niega la existencia del alma espiritual y su inmortalidad, ha tomado tanto auge entre los académicos, intelectuales, científicos y filósofos desde hace 150 años, que actualmente se encuentra muy arraigada en los programas de estudio de las universidades, centros de formación profesional y escuelas de bachillerato en el mundo occidental.

Es difícil de creer y penoso de aceptar el hecho, de que también las facultades de teología y los seminarios de las iglesias católicas y protestantes, lamentablemente se han dejado influenciar demasiado por esa filosofía materialista, lo cual se conoce en la literatura académica como el proceso de secularización en las iglesias, el cual consiste en la transformación que ha vivido la iglesia como institución religiosa, que ha pasado de consagrarse en la antiguedad a su misión esencialmente divina y espiritual, a dedicarse en la actualidad a temas mundanos y materiales.

La secularización en las iglesias ha traído graves consecuencias a sus teólogos y al personal de sacerdotes, entre las cuales están: dudas en su vocación religiosa, la razón ha sustituido en gran parte a la fe en Dios, reducción de la fe en la Palabra de Dios y debilitamiento del compromiso con el verdadero Evangelio.
Tan seria es la situación actual, que existen ya teólogos, sacerdotes y pastores modernos que son ateos!

Desde hace muchísimo tiempo en las iglesias tradicionales no se habla ni se escribe de manera entusiasta y abierta en los sermones y en sus publicaciones periódicas, sobre la promesa de vida eterna y el Reino de los Cielos, sobre la maravillosa esperanza cristiana, sobre el Espíritu Santo que vive y obra siempre entre nosotros, sobre la existencia del alma espiritual y su inmortalidad y ni mucho menos, sobre nuestra propia espiritualidad como hijos de Dios que también somos. Esta realidad es muy lamentable, pero es así.

Estas son precísamente algunas de las causas de la enorme crisis por la que están atravezando las iglesias tradicionales, que ha provocado el éxodo de millones de sus creyentes hacia las iglesias evangélicas y otras denominaciones cristianas.

Yo en lo personal, que fui criado y educado como católico en mi familia, que estudié el bachillerato en colegios jesuítas y maristas, y que colaboré como catequista durante mis estudios, estoy completamente decepcionado de la iglesia católica, de sus autoridades y de su doctrina contraria y alejada del Evangelio de Cristo, por las razones ya mencionadas y por muchas otras.

Es por eso que hoy más que nunca, una tarea indispensable del creyente cristiano es la de leer la palabra de Dios, tal cual como está escrita en la Biblia, y no conformarse con las interpretaciones, comentarios y explicaciones de su significado, que la mayoría de los teólogos, pastores y sacerdotes modernos tanto católicos como protestantes han estado difundiendo desde el siglo pasado.

Y algo aún más importante, es tener siempre presente que el Señor Jesucristo desea estar en nuestros corazones y mantener una relación personal con nosotros, porque como Hijo unigénito de Dios es nuestro único mediador ante Dios Padre y Él mismo envió al Espíritu Santo para que nos inspirara, acompañara y guiara en nuestra vida espiritual, y por lo tanto, no necesitamos a ningún intermediario eclesiástico.  

“En tu mano están mis tiempos.” Salmo 31:15

SERMÓN DE CHARLES H. SPURGEON (1834-1892) PREDICADOR BAPTISTA  DE ORIGEN INGLÉS

David estaba triste: su vida se había consumido en la aflicción, y sus años en el gemir. Su angustia había agotado sus fuerzas, y aun sus huesos se habían consumido en su interior. Crueles enemigos lo perseguían con maliciosa astucia, hasta el punto de buscar su vida. En tales momentos él utilizaba el mejor recurso que hay para el dolor: pues afirma en el versículo 14: “Mas yo en ti confío, oh Jehová.” No tenía otro refugio sino el que había encontrado en su fe en el Señor su Dios.
Si los enemigos lo denigraban, él no devolvía injuria por injuria; si tramaban quitarle su vida, no enfrentaba a la violencia con violencia; sino que, sosegadamente, confiaba en el Señor. Sus enemigos corrían de un lado al otro, usando todo tipo de redes y trampas para convertir al hombre de Dios en su víctima; pero él enfrentó todas sus maquinaciones con la sola defensa simple de la confianza en Dios.
Muchos son los dardos de fuego del maligno, pero nuestro escudo es uno. El escudo de la fe no sólo apaga los dardos de fuego, sino que quiebra las flechas de acero. Aunque las jabalinas del enemigo fueran sumergidas en el veneno del infierno, nuestro único escudo de fe nos guardaría incólumes, desviándolas de nosotros. Así David tenía el recurso de la fe en la hora del peligro. Noten bien que él expresó un glorioso derecho, el mayor derecho que un hombre haya argumentado jamás: “Digo: Tú eres mi Dios.”
Quien pueda decir: “este reino es mío,” reclama un derecho a ser rey; quien pueda decir: “este monte de plata es mío,” reclama un derecho a las riquezas; pero quien pueda decir al Señor: “Tú eres mi Dios,” ha dicho más de lo que todos los monarcas y los millonarios pudieran alcanzar.
Si este Dios es tu Dios por Su don de Sí mismo a ti, ¿qué más podrías tener? Si Jehová ha sido hecho tuyo mediante un acto de la fe apropiadora, ¿qué más podría concebirse? No tienes al mundo, pero tienes al Hacedor del mundo, y eso es mucho más. No hay forma de medir la grandeza del tesoro de aquel que tiene a Dios como su todo en todo.

Habiendo tomado así el mejor recurso al confiar en Jehová, y habiendo pronunciado el mayor argumento al decir: “Tú eres mi Dios,” el Salmista se detiene ahora en una antigua doctrina grandiosa, una de las doctrinas más maravillosas jamás reveladas a los hombres.
Canta: “En tu mano están mis tiempos.” Esto es para él un hecho sumamente alentador: no tenía temor de sus circunstancias, pues todas las cosas están en la mano divina. No estaba acorralado por la mano del enemigo, pues su pie estaba en una habitación espaciosa, pues se encontraba en un espacio lo suficientemente grande para el océano, viendo que el Señor lo había colocado en el hueco de Su mano. Estar enteramente a la disposición de Dios es vida y libertad para nosotros.

La gran verdad es esta: todo lo que concierne al creyente está en las manos del Dios Todopoderoso. “Mis tiempos,” estos cambian y mutan; pero sólo cambian de acuerdo con el amor inmutable, y se mudan sólo de acuerdo al propósito de Uno en el que no hay mudanza, ni sombra de variación. “Mis tiempos,” es decir, mis altibajos, mi salud y mi enfermedad, mi pobreza y mi riqueza; todas estas cosas están en la mano del Señor, que arregla y asigna, de conformidad a Su santa voluntad, la prolongación de mis días, y la oscuridad de mis noches. Las tormentas y las calmas hacen variar las estaciones según el señalamiento divino. Si los tiempos son alentadores o tristes, a Él corresponde decidirlo, que es Señor tanto del tiempo como de la eternidad; y nos alegra que así sea.

Asentimos con el enunciado: “En tu mano están mis tiempos,” en cuanto a sus resultados. Cualquier cosa que resulte en nuestra vida, está en la mano de nuestro Padre celestial. Él guarda la vid de la vida, y protege también los racimos que serán producidos en ella. Si la vida fuera como un campo, el campo está bajo la mano del grandioso Labrador, y la cosecha de ese campo depende de Él.

Los resultados finales de Su obra de gracia en nosotros, y de Su educación de nosotros en esta vida, están en la mejor mano. No estamos en nuestras propias manos, ni en manos de maestros terrenales, sino que estamos bajo la diestra operación de las manos que no hacen nada en vano. El término de la vida no es decidido por el filoso cuchillo de las parcas, sino por la mano del amor. No moriremos antes del tiempo que nos corresponda, ni seremos olvidados ni dejados en el escenario por demasiado tiempo.

No solamente estamos nosotros mismos en la mano del Señor, sino todo lo que nos rodea. Nuestros tiempos forman un tipo de atmósfera de la existencia; y todo esto está bajo un orden divino. Moramos en el hueco de la palma de la mano de Dios. Estamos absolutamente a Su disposición, y todas nuestras circunstancias son ordenadas por Él en todos sus detalles. Nos consuela que así sea. ¿Cómo llegaron a estar los tiempos del Salmista en la mano de Dios? Debo responder, primero, que estaban allí en el orden de la naturaleza, de conformidad al eterno propósito y decreto de Dios.

Todas las cosas son ordenadas por Dios, y son establecidas por Él, de conformidad a Su sabia y santa predestinación. Cualquier cosa que ocurra aquí, no ocurre por azar, sino de acuerdo al consejo del Altísimo. Los actos y las acciones de los hombres aquí abajo, aunque son dejados enteramente a sus propias voluntades, son la contraparte de lo que está escrito en el propósito del cielo.

Los actos visibles de la Providencia aquí abajo, concuerdan exactamente con lo que está escrito en el libro secreto, que ningún ojo de hombre o de ángel escudriñó todavía. Este propósito eterno controló nuestro nacimiento. “En tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.”(Salmo 139, 16)
En Su libro cada pisada de cada criatura es registrada antes de que la criatura sea formada. Dios ha delineado la senda a seguir por cada persona que atraviesa las llanuras de la vida. Algunos podrían dudar de esto; pero todos están de acuerdo en que Dios ve con anticipación todas las cosas; y ¿cómo podrían ser vistas anticipadamente con certeza a menos que ocurran con certeza? No es un consuelo insignificante para un hombre de Dios que sienta que, por ordenamiento divino y sagrada predestinación, sus tiempos están en la mano de Dios.

Pero los tiempos de David estaban en la mano de Dios en otro sentido; es decir, que por fe los había confiado todos a Dios. Observen cuidadosamente el quinto versículo: “En tu mano encomiendo mi espíritu; Tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad.” Nosotros usamos en vida las palabras que el Señor usó tan pacientemente en la muerte: ponemos nuestros espíritus en la mano de Dios. Si nuestras vidas no fuesen determinadas por el cielo, desearíamos que lo fuesen. Si no hubiere una Providencia gobernante, imploraríamos una. Quisiéramos fusionar nuestras propias voluntades a la voluntad del grandioso Dios, y clamar: “Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres.”

Sería una perspectiva espantosa para nosotros que algún punto de la historia de nuestra vida fuese dejado al azar, o a las frivolidades de nuestra propia imaginación; pero con jubilosa esperanza nos apoyamos en la eterna presciencia y en la sabiduría infalible de Dios, y clamamos: “El nos elegirá nuestras heredades.” Le rogaríamos que tomara en Su mano nuestros tiempos, aun si no estuvieran.

 Además, amados hermanos, nuestros tiempos están en las manos del Señor, porque somos uno con Cristo Jesús. “Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.” Todo lo que concierne a Cristo toca el corazón del grandioso Padre. Él tiene en mayor estima a Jesús que a todo el resto del mundo. De aquí se sigue que cuando nos volvemos uno con Jesús, nos convertimos en objetos conspicuos del cuidado del Padre. Nos toma en la mano por amor de Su amado Hijo. Quien ama a la Cabeza ama a todos los miembros del cuerpo místico.

No podemos concebir que el amado Redentor esté jamás fuera de la mente del Padre; tampoco puede quedar alguno de nosotros—los que estamos en Cristo—fuera del cuidado activo y amoroso del Padre: nuestros tiempos están siempre en Su mano. Todos Sus eternos propósitos obran para la glorificación del Hijo, y con la misma certeza obran conjuntamente para el bien de aquellos que están en Su Hijo. Los propósitos que conciernen a nuestro Señor y nos conciernen a nosotros están de tal manera entrelazados, que no pueden separarse nunca.

Que nuestros tiempos estén en la mano de Dios ha de significar, no solamente que están a la disposición de Dios, sino que están ordenados por la más eminente sabiduría. La mano de Dios nunca yerra; y si nuestros tiempos están en Su mano, esos tiempos están ordenados rectamente.

No necesitamos enredar nuestros cerebros para entender las dispensaciones de la Providencia: un curso más fácil y más sabio está abierto para nosotros; es decir, creer que la mano del Señor obra todas las cosas para lo mejor.
¡Quédate tranquilo, oh hijo, a los pies de tu grandioso Padre, y deja que haga lo que le parezca bien! Cuando no puedas comprenderlo, debes recordar que un bebé no puede entender la sabiduría de su progenitor. Tu Padre comprende todas las cosas, aunque tú no puedas: que Su sabiduría te baste. Podemos dejarlo todo allí sin ansiedades, puesto que está en la mano de Dios; y está donde será realizado hasta una conclusión exitosa. Las cosas que están en Su mano prosperan. “En tu mano están mis tiempos,” es una garantía que nadie puede perturbarlos, o pervertirlos o envenenarlos. En esa mano descansamos tan seguramente como descansa un bebé sobre el pecho de su madre.

 ¿Dónde podrían estar tan bien asegurados nuestros intereses como en la mano eterna? ¡Qué bendición es ver, por el ojo de la fe, que todas las cosas que les conciernen están asidas por la mano de Dios! ¡Qué paz fluye dentro del alma, en cuanto a todo asunto que pudiera causar ansiedad, cuando vemos todas nuestras esperanzas construidas sobre un cimiento tan estable, y preservadas por un poder tan supremo! “¡En tu mano están mis tiempos!”

Antes de adentrarme en el tema, para mostrar la dulzura de esta confianza, ruego a cada cristiano aquí presente que lea el texto, y lo tome en el modo singular, y no como lo acabamos de cantar:

En tu mano están nuestros tiempos,
Cualesquiera que ellos sean,
Agradables o dolorosos, oscuros o brillantes,
Como mejor te parezca que sean
.”

Encontramos la forma singular en el salmo: “En tu mano están mis tiempos.” Esto no excluye que el cuerpo entero de los santos goce juntamente de esta seguridad; pero, después de todo, la verdad es más dulce cuando cada persona prueba por sí misma su sabor.
Vamos, que cada individuo se aplique esta doctrina del supremo ordenamiento de Dios, y crea que es verdadera en cuanto a su propio caso, “En tu mano están mis tiempos.” Las alas del querubín me cubren. El Señor Jesús me amó, y se entregó por mí, y mis tiempos están en esas manos que fueron clavadas a la cruz para mi redención. ¿Cuál será el efecto de tal fe, si es clara, personal y duradera? Este será nuestro tema en este momento. ¡Que el Espíritu Santo nos ayude!

1. Una clara convicción de que nuestros tiempos están en la mano de Dios FORMARÁ EN NOSOTROS UN SENTIDO DE LA CERCANÍA DE DIOS. Si la mano de Dios está puesta sobre todos nuestros alrededores, Dios mismo está cerca de nosotros. Nuestros padres puritanos caminaban más fácilmente con Dios porque ellos creían que Dios ordenaba todo en sus asuntos diarios y en su vida doméstica; y le vieron en la historia de la nación, y en todos los eventos que acontecían.

La tendencia de esta época es alejarse más y más de Dios. Difícilmente los hombres toleran ahora a un Creador, y afirman que todo proviene de la evolución. Poner a Dios un paso más atrás es la ambición de la moderna filosofía; en cambio, si fuésemos sabios, deberíamos esforzarnos por eliminar todos los obstáculos, y dejar libre un canal de comunicación para acercarnos más a Dios y para que Dios se acerque más a nosotros. Cuando vemos que en Su mano están todos nuestros caminos, sentimos que Dios es real y está cerca. “En tu mano están mis tiempos.” Entonces nada es dejado al azar. Los eventos no les acontecen a los hombres por causa de una suerte que no tiene en sí orden ni propósito. “La suerte se echa en el regazo; mas de Jehová es la decisión de ella.”(Proverbios 16, 33)
La suerte es una idea pagana que ha sido derribada por la enseñanza de la Palabra, así como el arca derribó a Dagón, y lo despedazó.
Bienaventurado es el varón que ha terminado con el azar, que no habla nunca de la suerte, sino que cree que, desde la menor hasta la mayor, todas las cosas son ordenadas por el Señor. No nos atrevemos a dejar fuera al evento más insignificante. Un insecto que se arrastra sobre el capullo de una rosa es tan verdaderamente ordenado por el decreto de la Providencia, como el progreso de una plaga a través de una nación.

Crean esto; pues si lo mínimo es omitido por el gobierno supremo, de igual manera podría ser lo siguiente, hasta que no quedara nada en la mano divina. No hay lugar para el azar, puesto que Dios llena todas las cosas. “En tu mano están mis tiempos” es una seguridad que también pone un fin a la torva idea de un destino férreo que fuerza todas cosas. ¿Tienen la idea de que el destino da vueltas como una enorme rueda, aplastando cruelmente todo lo que encuentra en su camino, sin hacer pausas por piedad, sin hacerse a un lado por misericordia? Recuerden que, si comparan a la Providencia con una rueda, debería ser una rueda que está llena de ojos. Cada uno de sus giros es en sabiduría y bondad.

El ojo de Dios no deja nada a ciegas en la providencia, sino que llena todas las cosas con vista. Dios establece todas las cosas de acuerdo a Su propósito; pero luego Él mismo las hace. Allí radica toda la diferencia entre la solitaria maquinaria del destino prefijado, y la presencia de un Espíritu lleno de gracia y amoroso, que gobierna todas las cosas. Las cosas efectivamente ocurren según Él las planea; pero Él mismo está allí para hacer que sucedan, y para moderar, y guiar, y asegurar los resultados.

Nuestro grande gozo no es: “Mis tiempos están en la rueda del destino,” sino “En tu mano están mis tiempos.” Con un Dios vivo y amoroso que gobierna todas las cosas, nos sentimos en casa, descansando cerca del corazón de nuestro Padre. “En tu mano están mis tiempos.” ¿Acaso no revela esto la condescendencia del Señor? Él tiene a todo el cielo para adorarle, y a todos los mundos para gobernarlos; y, sin embargo, “mis tiempos” (los tiempos de una persona tan insignificante e indigna como yo) están en Su mano. Ahora, ¿qué es el hombre para que esto sea así? ¡Maravilla de maravillas, que Dios no solamente piense en mí, sino que mis preocupaciones las convierta en Sus preocupaciones, y tome mis asuntos en Su mano! Él tiene en Su mano a las estrellas, y, sin embargo, nos pone allí. Se digna tomar en Su mano los intereses pasajeros de oscuros hombres y de humildes mujeres.

Amados, Dios está cerca de Su pueblo con todos Sus atributos; Su sabiduría, Su poder, Su fidelidad, Su inmutabilidad; y todos ellos están bajo juramento de obrar para el bien de quienes ponen su confianza en Él. “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” Sí, Dios considera nuestros tiempos, y piensa en ellos; planea con Su corazón y Su alma hacernos bien. Esa mente augusta, de la que brotan todas las cosas, se inclina a nosotros; y esas alas eternas, que cubren el universo, se ciernen sobre nosotros y sobre nuestra casa, y nuestras diarias necesidades y aflicciones. Nuestro Dios no se sienta como un espectador distraído de nuestros pesares, tolerando que seamos arrastrados como objetos sin dueño por las aguas de las circunstancias, sino que se ocupa activamente y en todo momento de la defensa y perfeccionamiento de Sus hijos. Nos guía para conducirnos al hogar, al lugar donde Su rebaño reposará para siempre.

¡Qué bienaventuranza es esta! Nuestros tiempos, en todas sus necesidades y aspectos, están en la mano de Dios, y por tanto, Dios siempre nos está cuidando. ¡Cuán cerca de nosotros trae a Dios, y cuán cerca de Dios nos lleva a nosotros! ¡Hijo de Dios, no vayas mañana al campo lamentando que Dios no esté allí! Él bendecirá tu salida. No regreses a casa, a tu aposento, clamando: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!” Él bendecirá tu entrada. No te vayas a la cama, soñando que te has quedado huérfano; ni te despiertes en la mañana con un sentido de soledad sobre ti: no estás solo, pues el Padre está contigo. ¿Acaso no sentirás cuán bueno es que Dios se acerque a ti, y te entregue tu pan y tu agua, y bendiga tu cama y tu mesa? ¿No estás feliz de que se te permita acercarte tanto a Dios, como para decir: “En tu mano están mis tiempos”? Hay mucho en este primer punto en cuanto a la cercanía del Señor; y si lo volteas, verás más y más claramente que una convicción de que nuestros tiempos están en la mano de Dios, tiende a crear un santo y feliz sentido de la cercanía de Dios para con nosotros.

2. En segundo lugar, ESTA CONVICCIÓN ES UNA SUSTENTACIÓN ADECUADA EN CONTRA DEL MIEDO DE LOS HOMBRES. Cuando nuestros enemigos nos caen encima muy duramente, podemos decirnos: “no estoy en sus manos. “En Tu mano están mis tiempos.” Aquí hay unos caballeros que nos juzgan y nos condenan con gran rapidez. Dicen: “ha cometido un grave error: es un viejo fanático; él mismo se ha apagado.” Es más fácil decir que hacer eso. La vela brilla todavía. Dicen de ti: “es necio y terco, y en los asuntos religiosos es tan terco como una mula; y lo pasará mal.” No lo has pasado mal todavía de la manera que ellos predicen, y más les vale que no profeticen hasta que lo sepan.

Los piadosos no están en las manos de aquellos que se burlan de ellos. Los perversos pueden crujir los dientes ante los creyentes, pero no podrán destruirlos. En esto radica su consuelo: ellos han confiado su espíritu en la mano de Dios, y Él preservará sagradamente el precioso depósito. No teman a los juicios de los hombres. Apelen a una corte superior. Lleven el caso al Tribunal Supremo de Justicia del Rey. Acudan al propio Dios con su asunto, y Él emitirá Su sentencia como la luz, y su justicia como el mediodía. ¿Acaso los maliciosos han resuelto aplastarte? Usarán su pequeño poder al grado máximo; pero hay un poder superior que los sujetará. Di gozosamente: “En tu mano están mis tiempos.” ¿Acaso te tratan con desprecio? ¿Se burlan de ti? ¿Qué importa eso? Tu honra no proviene de los hombres. Su desprecio es el más alto cumplido que los impíos pueden rendirte. ¡Ay, muchas personas profesantes ponen sus tiempos en las manos del mundo! Si prosperan y se enriquecen, ven una oportunidad de ventaja social, y renuncian a sus amigos más humildes para unirse a un grupo más respetable. ¡Cuántas personas dejan de ser fieles porque sus prósperos tiempos no están en la mano de Dios, sino en la suya propia!

Otros, por otro lado, cuando se encuentran en la adversidad, se alejan del Señor. La excusa es: “no puedo ir más a la casa de Dios, pues mis ropas no son tan respetables como solían ser.” ¿Acaso tu pobreza ha de sacarte de las manos de tu Señor? No dejes que eso suceda nunca; sino más bien di: “En tu mano están mis tiempos.” Aférrate al Señor en las pérdidas lo mismo que en las ganancias, y así deja que todos tus tiempos estén con Él.

¡Cuán a menudo nos encontramos con personas que son tambaleadas por la calumnia! Es imposible detener a las lenguas maliciosas. Hieren, e incluso matan las reputaciones de los piadosos. El atribulado grita: “no puedo soportarlo: voy a renunciar a todo.” ¿Por qué? ¿Por qué ceder ante simples palabras? Incluso estas crueles lenguas están en la mano de Dios. ¿No puedes arrostrar sus ataques? Ellos no podrían expresar un solo susurro más allá de lo que Dios permita.

Prosigue tu camino, oh justo, y deja que las falsas lenguas derramen su veneno a su antojo. “Condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio.” Si mis tiempos están en la mano de Dios, nadie puede dañarme a menos que Dios lo permita. Aunque mi alma esté entre leones, ningún león podrá morderme mientras el ángel de Jehová sea mi guarda. Este sentimiento de que nuestros intereses están a salvo bajo la más elevada guarda, genera un espíritu independiente. Previene que nos rebajemos delante de los grandes, y que adulemos a los fuertes. Al mismo tiempo, elimina toda tendencia a la envidia; así que no deseamos la prosperidad de los que hacen iniquidad, ni nos impacientamos a causa de los malignos. Cuando uno sabe que sus tiempos están en la mano de Dios, no cambiaría su lugar por el de un rey; es más, ni siquiera por el de un ángel.

3. Una plena creencia en el enunciado de nuestro texto es UNA CURA PARA LA AFLICCIÓN PRESENTE. ¡Oh Señor, si mis tiempos están en tu mano, yo he puesto mi cuidado sobre Ti, y confío y no tengo miedo! ¿Por qué, hermana mía, te afliges por un asunto que está en la mano de Dios? (Este hábito de afligirse abunda en la agraciada hermandad de mujeres.) Si Él ha tomado a Su cargo lo tuyo, ¿qué motivo tienes para estar ansiosa?

Y tú, hermano mío, ¿por qué quieres interferir en los asuntos del Señor? (Pues hay muchos hombres que están nerviosos e inquietos) Si el caso está en Su mano, ¿qué necesidad hay para que estés entremetiéndote y clamando? Estabas preocupándote esta mañana, y angustiándote la noche anterior, y ahora estás acongojado, y estarás peor mañana por la mañana.

¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Obtuviste algún bien alguna vez por angustiarte? Cuando no había suficiente lluvia para tu finca, ¿conseguiste que cayera un aguacero por medio de tus preocupaciones? Cuando había demasiada agua, o así lo creías, ¿disipaste las nubes con tu aflicción? Dime, ¿produjiste alguna vez una moneda de plata por preocuparte? Es un negocio que no es rentable.

Acaso me preguntes: “entonces, ¿qué hemos de hacer en tiempos problemáticos?” Vamos, acude a Él en cuya mano has confiado tu persona y tus tiempos. Consulta con la infinita sabiduría por medio de la oración; consuélate con el amor infinito mediante la comunión con Dios. Dile al Señor lo que sientes, y lo que temes. Es mejor diez minutos de oración que un año de murmuración. Aquel que espera en el Señor y pone su carga en Él, puede llevar una vida de reyes: en verdad, será mucho más feliz que un rey.

Dejar nuestros tiempos con Dios es vivir tan libre de preocupaciones como los pájaros en las ramas. Si nos angustiamos, no glorificaríamos a Dios; y no induciríamos a otros a ver lo que la verdadera religión hace por nosotros en la hora de tribulación. La angustia y la preocupación reducen nuestro poder de actuar sabiamente; pero si podemos confiar plenamente en Dios porque todo está realmente en Su mano, estaremos tranquilos, y nuestra acción será resuelta; y por esa precisa razón será sabia con mayor probabilidad. El que deposita su carga sobre el Señor será fuerte para hacer o para sufrir lo requerido; y sus días serán como los días del cielo en la tierra.

Yo admiro la serenidad de Abraham. No parece estar nunca aturdido, sino que se mueve grandiosamente como un príncipe entre los hombres. Es mucho más que el igual de los hombres más grandes con los que se relaciona: con dificultad vemos a Lot bajo el microscopio una vez que hemos visto a Abraham. ¿Por qué era así Abraham? Porque creía en Dios y no se tambaleaba. La mitad del gozo de la vida radica en la expectación. Nuestros hijos experimentan un mayor placer cuando esperan un día feriado que cuando llega el propio día. Sucede lo mismo con nosotros. Si creemos que todos nuestros tiempos están en la mano de Dios, esperaremos grandes cosas de nuestro Padre celestial. Si nos encontramos en una dificultad, diremos: “voy a ver ahora las maravillas de Dios, y voy a comprobar otra vez cuán ciertamente libra a los que confían en Él.”

Yo doy gracias a Dios porque he aprendido en algunos momentos a gloriarme en las necesidades, como si abrieran una ventana al cielo para mí, desde la cual el Señor derramará abundantemente Sus provisiones. Ha sido para mí un deleite tan indecible ver cómo el Señor ha provisto mis necesidades para el Orfanato, para el Colegio, y para otras obras, que casi he llegado a desear estar en apuros, para poder ver cómo el Señor responde por mí.

Recuerdo, hace algún tiempo—cuando año tras año todo el dinero llegaba para las diversas actividades—que comencé a echar de menos aquellos grandiosos días idos cuando el Señor permitió que se secara el arroyo de Querit, y detuvo a los cuervos con su pan y carne, pero luego encontró alguna otra forma de suplir las necesidades de los huérfanos.

En aquellos días, el Señor solía venir a mí, por decirlo así, caminando sobre las cumbres de los montes, hollando de pico en pico, y supliendo mediante obras maravillosas todo lo que me faltaba conforme a Sus riquezas en gloria en Cristo Jesús. ¿Saben?, casi quisiera que el Señor detuviera los arroyos y luego me permitiera ver cómo saca agua de la roca.

Hizo eso, no hace mucho tiempo. Los fondos eran muy escasos, y entonces clamé a Dios, y Él me respondió desde Su monte santo. ¡Cuán feliz estaba yo de oír los pasos del siempre presente Señor, respondiendo la oración de Su hijo, y haciéndole saber que sus tiempos estaban aún en la mano de Padre! En verdad es mejor confiar en el Señor que poner la confianza en el hombre. Es un gozo que vale mundos ser conducido al lugar donde nadie sino el Señor puede ayudarte, y luego ver Su mano poderosa sacándote de la red. El gozo radica principalmente en el hecho de que estás seguro que se trata del Señor, y seguro que está cerca de ti. Este bendito entendimiento de la intervención del Señor nos lleva a gloriarnos en la tribulación. ¿Acaso no es eso una cura para la aflicción, una bendita cura para la ansiedad?

4. En cuarto lugar, una firme convicción de esta verdad es UN TIRO DE GRACIA PARA FUTUROS TEMORES. “En tu mano están mis tiempos.” ¿Deseas saber qué te sucederá en un corto tiempo? ¿Quieres atisbar entre las hojas plegadas del futuro? Podrías comprar un periódico barato que te diría la suerte de las naciones de este mismo año. Puedes estar casi seguro que no sucederá nada de lo que es predecido de esa manera; y por tanto, será de poca utilidad para ti. Quédate contento con las profecías de la Escritura, pero no sigas a cada uno de sus intérpretes.

Muchas personas estarían dispuestas a pagar grandes sumas para que se les diera a conocer el futuro. Si fuesen sabias, más desearían que les fuera ocultado. No quieras conocerlo, pues tal conocimiento no respondería a ningún objetivo útil. El futuro tiene el propósito de ser un libro sellado. El presente es todo lo que necesitamos tener delante de nosotros. Haz tu obra del día en su día, y pon el mañana en tu Dios. Si hubiese formas de leer el futuro, sería sabio rehusar usarlas. El conocimiento generaría responsabilidad, despertaría el miedo, y disminuiría el gozo presente; ¿por qué intentar hacerlo? Mata de hambre a la curiosidad ociosa, y dedica tu fuerza a la obediencia creyente. Puedes estar muy seguro de esto: no hay nada en el libro del futuro que deba causar desconfianza en el creyente. Sus tiempos están en la mano de Dios, y esto los asegura.

La propia palabra “tiempos” supone cambio para ti; pero como no hay cambios en cuanto a Dios, todo está bien. Sucederán cosas que no puedes prever; pero tu Dios ha visto anticipadamente todo, y ha provisto para todo. Nada puede ocurrir sin la permisión divina, y Él no permitirá lo que fuera para tu detrimento real y permanente. “Me gustaría saber”—dirá alguno—“si voy a morirme pronto.” No albergues ningún deseo en esa dirección: tu tiempo vendrá cuando deba venir. La mejor manera de vivir por encima de todo miedo a la muerte es morir cada mañana antes de que abandones tu aposento. El apóstol Pablo dice: “Cada día muero.” (1. Corintios 15, 31)
Cuando hubieres adquirido el santo hábito de morir diariamente, te será fácil morir por última vez. Es grandemente sabio estar familiarizado con nuestras últimas horas. Al desvestirte por la noche, practica la solemne escena cuando pondrás a un lado tu túnica de carne. Cuando te vistas por la mañana, anticipa el ser vestido con tu casa que es del cielo en el día de la resurrección.

Tenerle miedo a la muerte es a menudo el colmo de la locura. Un gran profeta corrió una vez muchas millas para escapar de la muerte de manos de una reina despótica. Él era uno de los más intrépidos entre los valientes, y sin embargo, se apresuró a la soledad para escapar de las amenazas de una mujer. Cuando hubo concluido su agotante caminar, se sentó y efectivamente oró: “Quítame la vida.” Era algo muy singular hacer eso: huir para salvar la vida, y luego clamar: “Quítame la vida.” Ese hombre no murió nunca; pues hablamos de Elías, que subió al cielo en un carro de fuego.

Dios no responde a todas las oraciones de Su pueblo, pues Él tiene mejores cosas para ellos de las que piden. No tiembles por lo que tal vez no llegue a ocurrir nunca. Incluso nosotros podríamos no morir nunca; pues está escrito: “No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta.” Algunos de nosotros podríamos estar vivos y permanecer a la venida del Señor. ¿Quién lo sabe? ¡He aquí, viene pronto! De todos modos, la muerte no debe preocuparnos, pues está en Sus manos.

5. Además, una plena convicción de que nuestros tiempos están en Su mano, será UNA RAZÓN PARA UN SERVICIO CONSAGRADO. Si Dios ha tomado en Sus manos mis asuntos, entonces es muy conveniente que yo asuma los asuntos que Él me asigne.

La reina Isabel quería que uno de los comerciantes más destacados de Londres fuera a Holanda para vigilar sus intereses allá. El honesto hombre le dijo a su majestad que obedecería sus órdenes; pero le suplicó que recordara que implicaría la ruina de su propio negocio si se ausentara. A esto la reina replicó: “si te ocupas de mis asuntos, yo me ocuparé de los tuyos.” Con tal promesa real podía separarse voluntariamente de su negocio; pues la reina tiene bajo su poder hacer más por un súbdito de lo él podría hacer por sí mismo.

El Señor, en efecto, le dice al creyente: “yo voy a tomar tus asuntos en mi mano, y voy a vigilar que se hagan.” ¿Acaso no sentirías de inmediato, que se ha convertido en tu gozo, tu deleite, vivir para glorificar a tu Señor lleno de gracia? Ser dejado en libertad para servir al Señor es la más plena libertad. ¡Cuán hermoso es leer en el libro de Isaías, “Y extranjeros apacentarán vuestras ovejas, y los extraños serán vuestros labradores y vuestros viñadores!” Forasteros harán las faenas penosas por ti, y te dejarán en libertad para un servicio más elevado.

Continúen leyendo y vean: “Y vosotros seréis llamados sacerdotes de Jehová, ministros de nuestro Dios seréis llamados.” La fe nos libera del deterioro del acerbo cuidado, para que podamos entregarnos enteramente al servicio del Señor nuestro Dios. La fe nos impulsa a vivir exentos de angustia, para servir únicamente al Dios bendito. Liberados de la carga de las cosas terrenales por el tierno cuidado de Dios para con nosotros, presentamos nuestros cuerpos en sacrificio vivo al Señor nuestro Dios. Él no nos ha hecho esclavos ni ganapanes, sino sacerdotes y reyes para Dios.

Estoy seguro, queridos amigos, que si esta verdad saturara plenamente nuestras almas: que nuestros tiempos están en la mano de Dios, haría de nuestras vidas algo más grandioso de lo que jamás serían. ¿Crees que la mano de Dios está obrando contigo y para ti? Entonces eres alzado por encima de las mudas bestias arreadas que te rodean; pues el Dios del cielo piensa en ti, y pone Sus manos en tus asuntos. Esta conexión con lo divino da muchos ánimos al hombre, y lo eleva a un esfuerzo sostenido, y a una gran fe.

Sentimos que somos inmortales hasta que nuestra obra esté concluida; sentimos que Dios está con nosotros, y que con seguridad saldremos victoriosos por medio de la sangre de Jesús. No seremos derrotados en la campaña de la vida, pues el Señor de los ejércitos está con nosotros, y hollaremos a nuestros enemigos. Dios nos fortalecerá, pues nuestros tiempos están en Su mano; por tanto, le serviremos de todo nuestro corazón y de toda nuestra alma, estando plenamente convencidos de que “nuestro trabajo en el Señor no es en vano.”

6. Finalmente, si nuestros tiempos están en la mano de Dios, aquí tenemos UN GRAN ARGUMENTO PARA FUTURAS BENDICIONES. Quien cuida nuestros tiempos cuidará nuestra eternidad. Quien nos ha traído hasta este punto, y ha obrado tan agraciadamente para con nosotros, vigilará nuestra seguridad en todo el resto del camino. Yo me maravillo por causa de ustedes, personas mayores, cuando comienzan a dudar. Dirán: “mírate a ti mismo.” Bien, eso hago; y estoy avergonzado de corazón de que alguna vez alguna pajita de desconfianza se hubiera introducido en el ojo de mi fe. Quisiera sacarla a base de llanto, y mantenerla fuera en el futuro.

Aun así, algunos de ustedes son mayores que yo, pues tienen setenta u ochenta años de edad. ¿Por cuánto tiempo más esperas viajar por este desierto? ¿Piensas que cuentas con otros diez años? Dios te ha otorgado Su gracia durante setenta años, y ¿te angustiarás por los últimos diez, que, tal vez, no lleguen nunca? Eso no funciona así. Dios ha librado a algunos de ustedes de tan grandes tribulaciones, que sus pruebas presentes son simples piquetes de pulga.

Sir Francis Drake, después de haber navegado alrededor del mundo, llegó al río Támesis, y cuando pasó por Gravesend se encontró con una tormenta que amenazaba el barco. El valeroso comandante dijo: “¡cómo!, ¿darle la vuelta al mundo con seguridad, para luego ahogarse en una zanja? ¡Nunca!” Nosotros hemos de decir lo mismo. Dios nos ha sostenido en grandes tribulaciones, y no vamos a ser abatidos por pruebas que son comunes a todos los hombres.

Un hombre de energía, si asume completar una obra, la llevará a término; y el Señor nuestro Dios nunca toma a Su cargo algo que no completará. “En tu mano están mis tiempos,” y, por tanto, el fin será glorioso. Señor mío, si mis tiempos estuvieren en mi propia mano, demostrarían ser un fracaso; pero puesto que están en Tu mano, Tú no fallarás, ni tampoco fallaré yo.

La mano de Dios asegura el éxito a todo lo largo del trayecto. En aquel día cuando veamos el tapiz que registra nuestras vidas, veremos allí todas las escenas con un ojo sorprendido; veremos cuánta sabiduría, cuánto amor, cuánta ternura, cuánto cuidado fueron prodigados sobre ellas. Una vez que un asunto está en la mano de Dios, nunca es abandonado ni olvidado, sino que es completado hasta el fin. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.

No he sido capaz de predicar sobre este texto como esperaba hacerlo, pues estoy todo dolorido y tengo un gran dolor de cabeza; pero gracias a Dios, no tengo dolor en mi corazón, con tan grandiosa verdad delante de mí. Dulce para mi alma son estas palabras: “En tu mano están mis tiempos.” Adopten esta frase de oro. Guarden esta verdad en su mente. Dejen que se quede sobre su lengua como una oblea hecha con miel. Dejen que se disuelva hasta que toda su naturaleza sea endulzada por ella.

Sí, querida dama anciana, usted que ha salido del hospicio esta mañana para escuchar este sermón, dígase: “En tu mano están mis tiempos.” Sí, tú, querido amigo, que no puedes encontrar una plaza, y has gastado las suelas de tus zapatos en el vano empeño de buscar una: tú también puedes decir: “En tu mano están mis tiempos.” Sí, mi querida hermana, que te consumes de tisis, este puede ser tu cántico: “En tu mano están mis tiempos.” Sí, joven, tú que acabas de comenzar en los negocios, y te has enfrentado a una aplastante pérdida, será para tu beneficio, después de todo; por tanto, di: “En tu mano están mis tiempos.”

Esta pequeña frase, en mi mente, se expande en un himno: produce capullos y florece en un salmo. Pocas son sus palabras, pero poderoso es el sentido, y lleno de descanso. Ahora, recuerden que no es cualquiera el que puede encontrar miel en este panal. ¡Oh, pecadores, ustedes están en las manos de un Dios airado; y esto es terrible! El Dios contra el cual pecan continuamente, y a quien provocan al rehusar Su gracia, tiene absoluto poder sobre ustedes. Tengan cuidado, ustedes que olvidan a Dios, no sea que los destroce.

Ustedes le han provocado, ofendido y agraviado; pero, sin embargo, tienen esperanza, porque Su misericordia es eterna. Aunque han vejado a Su Santo Espíritu, sin embargo, vuélvanse a Él, y Él tendrá misericordia de ustedes, y los perdonará abundantemente. En verdad están en Sus manos, y no pueden escapar de Él. Si escalaran al cielo, o se sumergieran en el infierno, no estarían fuera de Su alcance. Ninguna fuerza que posean podría resistirle, y ni la velocidad podría rebasarle. Sométanse a Dios; y entonces, este grandioso poder de Dios, que ahora les rodea, se convertirá en su consuelo. Al presente debería ser motivo de su terror. Los ojos de Dios están posados sobre ustedes; la mano de Dios está en contra de ustedes; y si no son salvados, un toque de esa mano significaría muerte y destrucción eterna. Esa mano que el creyente besa devotamente, es la mano que bien podrían temer. ¡Oh, que huyeran a Cristo Jesús, y encontraran abrigo de la ira bajo el dosel carmesí de Su preciosa sangre!

La principal fuente de la verdadera felicidad es procurar hacer todo por amor.

Si como creyentes cristianos creemos que el Dios Todopoderoso es el autor y el dueño absoluto de la verdad, debemos entonces reconocer y creer que la Palabra de Dios plasmada en la Biblia es la VERDAD DIVINA, la cual fue escrita por individuos escogidos e inspirados por Dios, con el fin de ser revelada y predicada a la humanidad durante su vida terrenal, para dar a conocer la voluntad de Dios y el plan de salvación eterna para todos aquellos que creen en la obra redentora del Señor Jesucristo..
El señor Jesucristo, como Hijo de Dios, fue quien afirmó por primera vez la suprema importancia del amor espiritual en la vida humana: 

Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Mateo 22, 37-40

El apóstol Pablo posteriormente, explicó magistralmente la relevancia el amor espiritual para la vida humana en su Carta a los Corintios capítulo 13:

Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.

El patriarca de la iglesia cristiana Agustín de Hipona, describe el inigualable y maravilloso efecto del amor espiritual en el ser humano, recomendándo hacerlo de la siguiente manera práctica y sencilla:

Ama y haz lo que quieras. Si callas, hazlo por amor; si gritas hazlo por amor; si corriges, corrige por amor; si te abstienes, abstente por amor. Si tienes el amor arraigado en tí, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos.”

Esta recomendación de San Agustin no es en absoluto una “misión imposible” para nosotros, si lo creemos y estamos convencidos de que efectivamente es posible, lo lograremos sin ninguna dificultad.

Si nos detenemos a pensar y analizar el exagerado afán de lucro y de acumular dinero, que ha sido creado artificialmente en la sociedad de consumo por la publicidad y los medios de comunicación, se llega a la sensata e inteligente conclusión, de que es mucho más fàcil y mejor ser un MILLONARIO EN AMOR, que un millonario en dinero.

Si recordamos el éxito económico de la industria del cine de Hollywood en el mundo del espectàculo, se puede afirmar que logró generar ganancias de dinero astronòmicas y en consecuencia, tambien produjo muchos actores y actrices millonarios en muy pocos años. Los actores más exitosos fueron llamados “Estrellas del cine” por los medios de comunicaciòn, a quienes les hacìan mucha publicidad, mostrando cómo vivian en sus lujosas mansiones valoradas en millones de dólares y cómo viajaban volando en sus propios aviones jet, sin embargo, sobre su vida privada se mencionaba muy poco o nada. Ese hermético silencio sobre su vida privada tenía una buena justificación: sus verdaderas vidas privadas no eran tan ejemplares como para darlas a conocer al público. La gran mayoría de esas “Estrellas” en sus vidas privadas terminaron literalmente “estrelladas” y arruinadas, caracterizadas ellas por: vidas conyugales turbulentas de hasta 8 o más divorcios, consumo abusivo del alcohol, adicción a drogas estupefacientes y a juegos de azar, suicidios, ruinas financieras, soledad, etc.

Sobre los reyes, los nobles de la sociedad y los ricos en el mundo, ha existido siempre desde el inicio de la historia, la muy conocida creencia o leyenda de que los poderosos, ricos, opulentos y millonarios, viven mucho más felices y mejor que la gente humilde y ordinaria. En la Palabra de Dios no se encuentra ningún texto o referencia en que se elogie las riquezas materiales, sino todo lo contrario, se censuran, por ser un gran obstáculo para la fe en Cristo y para alcanzar la vida eterna. Así lo afirmó Jesús según el evangelio del apóstol Marcos:

Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios. Marcos 10, 25

Por lo tanto, esa creencia de que los ricos padecen menos sufrimientos y aflicciones que los demás, es totalmente falsa e imaginaria, debido a que por ser el Señor un Dios amoroso, misericordioso y justo, la aflicción en esta vida terrenal es universal para toda la humanidad sin exepciones, independientemente de su condición económica y social.

En las sociedades de consumo occidentales, la aspiraciòn general de cada individuo ya no es el ganar suficiente dinero, para poder vivir una vida cómoda de clase media alta, sino es la de alcanzar a ser un millonario, o mejor aún, ser un multimillonario.

Está comprobado que los medios de comunicación, especialmente los privados, tienen un impacto significativo en nuestra percepción de la realidad. Pues su objetivo es influir en la opinión pública y, en última instancia, crear en la población nuevos estímulos y deseos que persuadan a los consumidores a comprar aquellos  productos y servicios anunciados en su publicidad, generando asi una realidad virtual e ilusoria a travez de las pantallas de los teléfonos inteligentes, la televisión, los computadores y los cines, que durante tanto tiempo estamos mirando cada día.
Como consumidores que estamos siendo adoctrinados por los medios, debemos estar muy atentos y ser desconfiados y críticos de los anuncios comerciales que nos ofrecen.

El gozo, la dicha y la verdadera felicidad son sentimientos que por lo general se viven y se disfrutan en secreto, en nuestra alma o corazón, generando en el individuo una satisfacción placentera y muy íntima, de la que nadie más puede percibir ni percatarse en absoluto. En conclusión, los momentos de gozo, dicha y felicidad verdadera no son manifestados por el cuerpo, ni siquiera hacia nuestros seres más amados y cercanos, cada persona los siente de manera exclusiva en su vida interior espiritual y secreta.

Es por esa razón, que en todas las expresiones artísticas como el teatro, el canto, el baile, la comedia, la ópera, el cine y sobre todo en las escenas de los avisos publicitarios de los medios, se hace uso de la actuación y la interpretación de papeles o roles fingidos, que son desempeñados por actores y actrices.
¿Cómo es posible entonces, que nos dejemos engañar por una sonrisa fingida o un gesto fingido de satisfacción de una actriz, y aceptemos dicha escena como una manifestación de “verdadera felicidad” en un aviso publicitario?

Nosotros como creyentes cristianos, quienes conocemos la verdad escrita en las Santas Escrituras, debemos de estar muy conscientes de que TODO lo que nos muestran los medios de comunicación en las pantallas, es una ilusión, un engaño virtual que nos invita a soñar y a imaginarnos un futuro irreal, el cual existe solamente en las pantallas, y que como consecuencia negativa, nos aparta del camino de fe y esperanza de vida eterna, enseñado por nuestro Señor Jesucristo.

La realidad común y corriente que se puede constatar en todas partes del mundo y en todas las épocas de la humanidad, y que sin embargo, no quiere ser aceptada por demasiada gente, es la siguiente: Para ser verdaderamente feliz no hace falta mucho dinero.

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Efesios 2, 8-9

El tema de esta reflexión está dirigido principalmente a los creyentes , quienes como mi persona, fueron criados y educados según las enseñanzas y tradiciones católicas.
En vista de que para el creyente cristiano, la salvación eterna de su alma es la meta principal y más decisiva de nuestra vida de fe, y además, es nuestra esperanza suprema para el momento en que nos toque morir, es de suma importancia conocer bien la doctrina de la Gracia escrita en la Biblia, con el fin de tener claro su concepto original y conocer el verdadero medio, por el cual recibimos ese magnífico don de Dios.
El apostol Pablo en el versículo de arriba de su carta a los Efesios, afirma que es por medio de la fe únicamente, y NO por obras, que Dios nos concede su gracia.

A pesar de que así está escrito en el Nuevo Testamento, el catecismo de la iglesia católica, enseña que los medios de gracia y salvación son: el bautizo, la comunión, las oraciones y las buenas obras.
Al notar esta inexplicable e irreverente contradicción entre el catecismo católico con la Biblia, yo me pregunto:
1. ¿Será posible que la redacción del catecismo católico, la hayan realizado individuos que no conocían el Nuevo Testamento al pie de la letra?

2. ¿ O más bien será que por el absoluto poder político y religioso, así como la inmensa influencia que la iglesia católica mantuvo durante siglos en el mundo, que sus autoridades se atrevieron a adjudicarse, la atribución y el derecho de modificar a su conveniencia las enseñanzas de la Biblia?

En todo caso, son evidentes y conocidas las mútltiples incongruencias entre las enseñanzas bíblicas y el catecismo o dogmas católicos, en la turbulenta, conflictiva  y larga historia de la iglesia católica.

Leemos en las Escrituras que nadie puede venir a Cristo, a menos que antes Dios lo atraiga e inspire a hacerlo, por medio del Espíritu Santo.
En el evangelio de Juan dice:
Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Juan 6, 44

Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que viene a mí, no le echo fuera. Juan 6, 37

Siendo nosotros los seres humanos por naturaleza vanidosos, orgullosos, desobedientes y rebeldes, no elegiremos ni podemos elegir a Dios por iniciativa propia espontánea. Por lo tanto, está claro que quienes vienen a Cristo son atraídos de antemano por Él.

Una persona no puede ser salva contra su voluntad, sino que es una acción voluntaria por la obra del Espíritu Santo, que ha realizado previamente en ella. Una gracia, que como fuerza espiritual poderosa entra en el individuo, lo desarma, hace de él una nueva criatura y es salvado.
Ese proceso espiritual de regeneración, fue exactamente lo que le sucedió a Saulo como fariseo y perseguidor de los cristianos, antes de su conversión en el camino a Damasco, cuando Jesús resucitado se le acercó y le habló personalmente. Y Saulo fue transformado allí en un nuevo hombre totalmente opuesto, nacido de nuevo en el espíritu, quien a partir de esa experiencia, comenzó a llamarse Pablo y se convirtió, en el mejor y mayor apóstol predicador de la fe cristiana en la historia.  

Los ejemplos por excelencia y más impresionantes del llamado de Dios en el Nuevo Testamento, son el del apóstol Pablo y el del malhechor arrepentido en el Calvario, a quienes Dios atrajo por medio de su Gracia irresistible, para ser redimidos y salvados por el Señor Jesucristo.

Jesucristo autor y perfeccionador de nuestra fe, enseñó esa gloriosa verdad, que concuerda hasta el final con la declaración de Pablo: «Por gracia habéis sido salvos». La doctrina de la gracia es el contenido y la esencia del testimonio de Jesús.

La presencia y la obra continua y permanente del Espíritu Santo en este mundo sobre los creyentes cristianos, tampoco fue reconocida y exaltada debidamente por las autoridades de la Iglesia católica, sino que más bien la acción imperceptible del Espíritu Santo fue ignorada, a pesar de ser de vital importancia, según la Biblia.

Muchas veces me he preguntado como cristiano, quien fui criado desde la niñez en mi familia como católico, y que también fui educado en colegios católicos privados, ¿porqué nunca se me enseñó a leer la Biblia regularmente?

Resulta que después de varias décadas, me entero de que la iglesia católica evitó durante muchos siglos, que cientos de millones de feligreses católicos en todo el mundo, tuvieran libre acceso a la Biblia para leerla, debido a que la Biblia católica estaba escrita en latín, lengua muerta esa, que únicamente los sacerdotes, monjes y monjas tenían el privilegio de aprender. Apenas a partir del año 1964 fue que la iglesia permitió la publicación de Biblias traducidas al idioma español, y que fueron puestas a la venta en Latino América.

Los cristianos protestantes sí tuvieron la oportunidad de leer la Biblia desde mucho antes, pues desde los tiempos de la Reforma protestante, Martín Lutero se dedicó a traducir el Nuevo Testamento del idioma griego al idioma alemán en el año 1522.
En 1525, esta traducción al alemán ya habían tenido 22 ediciones, y se estima que para ese año, ya uno de cada tres alemanes capaces de leer, poseía una Biblia de Lutero.

Mi entrañable y sincera recomendación para los cristianos católicos es la siguiente:
Dedicarse a leer regularmente la Palabra de Dios, tanto el viejo como el nuevo Testamento, y aferrarse a ella, porque es la verdad divina que Dios le dejó a la humanidad, para su propia instrucción e edificación espiritual.

La Biblia es la fuente pura, original y verdadera de las enseñanzas de Dios, y sobre todo, es el alimento espiritual para el alma humana, tal como lo anunció el Señor Jesucristo. (Yo soy el Pan de la vida)
Si hoy en día tenemos el privilegio de adquirir una Biblia, o dicho de forma metafórica, de beber directamente el agua pura y cristalina del manantial, porqué entonces, conformarse con beber el agua turbia y contaminada del río.

Porque mi pueblo es necio, no me conoce; hijos ignorantes son, no son entendidos. Jeremías 4, 22

La definición de la palabra “necio” según el diccionario de la real academia española es la siguiente: ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber. Esta definición la menciono por adelantado en mi introducción al tema de esta reflexión, porque de esta palabra existen otros significados o sinónimos, que son los más frecuentemente usados por la gente en la actualidad, como por ejemplo: tonto, terco, bufón, etc.
Hace poco leí la frase “Lo verdadero es el todo” de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, un filósofo alemán del siglo XIX, en el prefacio de su obra “Fenomenología del espíritu”. El señor Hegel tratando de explicar el razonamiemto que lo condujo a concluir con dicha frase, agregó: «Todos vivimos en el mundo, por lo que nunca podremos mirar el mundo desde fuera y entenderlo como un todo«.

Esa frase de Hegel significa que, solamente se puede comprender el mundo, si se ve y se toma en cuenta todo el conjunto de diversos procesos de un sistema, que interactúan en sus relaciones y dependencias. Hegel comprendió que la unilateralidad no es solo es el mayor enemigo del pensamiento humano, sino también de nuestras acciones. Quien sólo ve una parte, ve la mitad del conjunto y, por tanto, piensa parcialmente, toma decisiones unilaterales, actúa parcialmente y en consecuencia, se equivoca. De esta limitación humana en nuestra capacidad de pensar, se originó la famosa cita de “Errar es humano” del antiguo filósofo romano Séneca, la cual es una verdad indiscutible.  
Resumiendo, por ser la realidad de la vida humana sumamente compleja desde el punto de vista de los conocimientos, la ciencia ha tratado de simplificarla, creando infinidad de disciplinas o materias de estudio, que han sido ordenadas y dispuestas a su vez, en numerosas profesiones y oficios, que todos conocemos.

Tomemos por ejemplo la Medicina, la ciencia que estudia el cuerpo del ser humano.
El cuerpo humano es un conjunto de órganos y procesos tan complejo, que tuvieron que crear diferentes especialidades médicas para estudiarlo y comprenderlo, precísamente debido a esa limitación natural de la mente humana, que es la unilateralidad del pensamiento.
A esta limitación innata en la mente que todos poseemos, se le ha añadido una limitación adicional absurda al sentido de la vista, que consiste en la siguiente conclusión materialista de mucha gente: si algo no se ve, no existe y no es real; la cual trae como tristes consecuencias: la incredulidad en Dios y en las realidades espirituales.

Los creyentes cristianos, debemos sentirnos felices y estar muy agradecidos por haber recibido de Dios su Gracia y su misericordia; y particularmente por haber despertado en nuestra alma, el deseo y la necesidad de acudir a Él y al Señor Jescucristo, para alimentar nuestra vida espiritual con su amor eterno, su consuelo, su paz, sus promesas y sus enseñazas contenidas en la Biblia.

Nosotros como creyentes cristianos, tenemos en Dios el bien supremo que un ser humano puede aspirar en esta vida terrenal.
Para San Agustín, el bien es un concepto fundamental que se relaciona directamente con Dios. Según su teología, Dios es el bien supremo y todo lo que existe en el mundo creado es bueno en la medida en que se acerca a la perfección divina.
En este sentido, San Agustín distingue entre dos tipos de bien: el bien verdadero, que se identifica con Dios, y el bien aparente, que es todo aquello que parece bueno pero que en realidad no lo es. El bien verdadero es el que le da sentido, esperanza y consuelo a esta vida dura y penosa, que tenemos que soportar en el mundo, y es la meta última de todo cristiano esperanzado: la vida eterna en el Reino de los Cielos.

Bienaventurado aquel cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en el SEÑOR su Dios.
Salmo 146, 5

Y seré para vosotros padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.
2. Corintios 6, 18

El Dios Todopoderoso como creador del universo y dueño absoluto de la verdad, nos ha concedido a los creyentes, el gran privilegio de leer la verdad en su Sagrada Escritura contenida en la Biblia. Aprovechemos ese privilegio de conocer de manera exclusiva “lo Verdadero y el Todo” proveniente de Dios, quien TODO lo sabe y quien nos lo pone a nuestra disposición por amor.
Acerquémonos entonces a la Biblia sin prejuicios de ningún tipo, y leamos con plena confianza la Palabra de Dios, que ha sido revelada por su amor eterno a la humanidad. 

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