Del muladar (o basurero) al trono

SERMÓN DE CHARLES H. SPURGEON (1834-1892), PREDICADOR BAPTISTA DE ORIGEN INGLÉS

“El levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar,
para hacerlos sentar con los príncipes, con los príncipes de su pueblo.”
Salmo 113:7, 8

El alfarero es mucho mayor que la vasija que hizo, y el Señor es infinitamente mayor que todas Sus obras. Él llena todas las cosas, pero todas las cosas no pueden llenarlo a Él. Él contiene a la inmensidad, Él abarca a la eternidad, pero ni la inmensidad ni la eternidad pueden abarcarlo a Él.
“¡Grandioso Dios, cuán infinito eres Tú! ¡Cuán insignificantes gusanos somos nosotros!”

Muy atinadamente le canta el salmista como el Dios “que se humilla a mirar en el cielo.” Esos seres majestuosos, los querubines y serafines, que se desplazan con alas de fuego para cumplir las órdenes del Eterno, no han de ser observados por Él a menos que, en condescendencia hablando a la manera de los hombres—se incline para verlos. Cantamos acerca del cielo, incluso del cielo de los cielos, como propiedad del Señor, y decimos de esos gloriosos lugares que constituyen Su morada peculiar,
y eso es lo que son; y, sin embargo, el cielo de los cielos no puede contenerle, y los espíritus celestiales no son nada comparados con Él.

¡Consideren, entonces, la condescendencia del Señor al visitar a los hijos de los hombres! ¡Cuánta condescendencia hay aquí, hermanos míos! ¡Del trono del Infinito a las viviendas de arcilla del hombre! Seguramente en un momento percibirán que todas las escalas de rango entre nuestra raza de gusanos han de ser menos que nada, e incluso despreciables para Él. Él no frecuenta la compañía de los reyes cuando desciende a la tierra, pues ¿qué es su pompa ridícula para Él? Él no busca para Sí la sociedad imperial, como si fuera algo más acorde con Su dignidad que la asociación con la pobreza, pues ¿qué es el juego de niños de la grandiosidad cortesana para Él? ¡Un rey! ¿Qué es un rey sino un gusano con corona? ¡Un rey! ¿Qué es un rey sino polvo y cenizas colocados encima del restante montón de cenizas y polvo? El Señor, por tanto, tiene en muy poca consideración el honor proveniente del hombre cuyo aliento está en su nariz.

Cuando Su terrible carro desciende rodando de los cielos, hace que los hombres observen Su condescendencia cuando visita a los hombres de baja condición. Él se tendría que rebajar para visitar un palacio, pero no se rebaja más si visita el muladar. Cuando está involucrado en diligencias de misericordia, habiéndose rebajado tanto como para entrar en un salón de sesiones del gabinete, se requiere escasamente un paso más para llegar a la guarida de la pobreza y a la madriguera del vicio. Tengan ánimo, ustedes, que son los más humildes de los hijos de los hombres, pues quien reina en la gloria no desprecia a nadie.
“El levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar.”
Esto ha ocurrido frecuentemente en la providencia. En Sus arreglos, Dios altera singularmente la posición de los hombres. La historia no carece de ejemplos en los que quienes están más arriba han quedado más abajo, y los de abajo han terminado colocados arriba. He aquí, “hay postreros que serán primeros, y primeros que serán postreros.” Salomón dijo: “Vi siervos a caballo, y príncipes que andaban como siervos sobre la tierra”; y lo mismo se ha visto incluso en estos modernos tiempos, cuando los reyes han huido de sus tronos y los hombres que andaban merodeando sumidos
en pobreza, se han remontado al poder imperial. Dios, en la providencia, se ríe a menudo del linaje y de los ancestros, y mancha el honor y la dignidad de todo aquello de lo que se jacta la naturaleza humana.
El ascenso del cuchitril al palacio es fácil cuando el cielo favorece.

Es aquí donde vemos por encima de todo la soberanía condescendiente de Sus tratos. Él toma lo vil del mundo, y lo que no es, para deshacer lo que es. Selecciona para Sí a los que los hombres habrían repudiado con escarnio. Cubre Su tabernáculo del testimonio con pieles de tejones, elige piedras sin labrar para usarlas como materiales para Su altar, una zarza es el lugar para Su manifestación flameante, y escoge un muchacho pastor para ser el varón conforme a Su corazón. Aquellas personas y cosas que desprecian los hombres, son a menudo de gran estima a los ojos de Dios.

Al considerar el texto esta mañana, hemos de notar los objetos de la selección de Dios. Primero, ¿dónde se encuentran algunos de esos hombres?; en segundo lugar, ¿cómo los toma de su condición degradada?; y en tercer lugar, ¿cómo los alza?. Será la historia de un hijo de Dios: del muladar al trono.
Los novelistas embadurnan nuestras paredes con títulos sensacionales, pero hay uno que podría satisfacerlos en su ambición de deleitar a los mórbidos anhelos de esta época. “Del muladar al trono,” es un tema que debería atraer su atención, y si no lo hiciera, la culpa, en verdad, sería mía, pues en él habrá siempre la bendita novedad del interés; y, sin embargo, damos gracias a Dios porque es una descripción correcta de la experiencia del ascenso de todo el pueblo de Dios. El Señor encuentra a decenas de miles de personas colocadas en el muladar y las transporta a lo alto con los brazos de Su misericordia y las lleva a sentarse entre los príncipes de Su pueblo.

1. VAMOS A COMENZAR ALLÍ DONDE DIOS COMENZÓ CON NOSOTROS. ¿DÓNDE ESTÁN LOS ELEGIDOS DE DIOS CUANDO SE REÚNE CON ELLOS?
La expresión usada en el texto implica, en primer lugar, que muchos de ellos se encuentran en la más baja escala social. La gracia soberana tiene un pueblo en todas partes, en todos los rangos y condiciones de
hombres. Su fuéremos transportados al cielo y si los espíritus celestiales llevaren cualquier indicativo de su rango en la tierra, diríamos al regresar:
“Por aquí y por allá vi un rey; observé unos cuantos príncipes de linaje real, y un puñado de pares del reino; observé un pequeño grupo de personas prudentes y una camarilla de los ricos y famosos; pero ví a un enorme grupo de pobres y de desconocidos, que eran ricos en fe y conocidos para el Señor.”
El Señor no excluye de Su elección a nadie, en razón de su rango o condición. No erramos si decimos:
A la vez que la gracia es dada al príncipe,
El pobre recibe su parte;
Ningún mortal tiene una justa excusa
Para morir en la desesperación.”
Sin embargo, ¡cuán cierto es que muchos de aquellos a quienes Dios ha elegido, son encontrados, no simplemente entre los obreros, sino en los rangos más pobres de los hijos del esfuerzo! Hay algunos cuya faena diaria difícilmente les proporciona el suficiente alimento para mantener el alma en el cuerpo, y sin embargo, se han alimentado opíparamente con el pan del cielo. Muchos están vestidos con ropas del tipo más burdo, parchada y remendada por todas partes, y sin embargo, están tan gloriosamente vestidos a los ojos de Dios y de los santos ángeles, como los santos más resplandecientes: “Pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos.”
Algunas de las biografías más conmovedoras de algunos cristianos han sido las vidas de los más humildes, entresacadas de las “Crónicas de los pobres.” ¿Quién no ha encontrado el mayor placer al visitar a quienes están recluidos en cama en las salas de los asilos, esos santos de Dios que deben a la caridad su alimento diario porque la enfermedad los ha privado de los medios de ganar su pan?

Oyente pobre, mientras estás sentado en esa banca esta mañana, podrías sentir como si no fueras lo suficientemente respetable para estar en un lugar de adoración, pero te ruego que no permitas que tu pobreza obstaculice tu recepción del Evangelio, cuya gloria peculiar es ser predicado a los pobres. Puede ser que no tengas absolutamente nada en el mundo, ni una vara de terreno que pudieras llamar propia; podrías haber estado luchando contra la adversidad en una lucha mortal, año tras año, y sin embargo, podrías ser todavía tan pobre como la pobreza misma; no voy a ensalzar ni a vituperar tu pobreza, pues no hay nada necesariamente bueno o moralmente malo en cualquier condición de vida, pero te ruego que no permitas que tus circunstancias te desalienten en el asunto de tu interés espiritual delante de Dios. Ven como un mendigo, si eres un mendigo. Ven en andrajos, si no tienes otra cosa con qué
cubrirte. “Los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche.”
La expresión en el texto no se refiere meramente a escalas sociales; no tengo ninguna duda de que tiene un significado más espiritual. El muladar es un lugar donde los hombres arrojan sus cosas sin valor. Cuando has utilizado un artículo y no puedes usarlo ya más, lo tiras a la basura. Le has dado dos o tres usos desde que fue empleado por primera vez para su propósito original, y ahora estorba el paso y no puede guardarse más; no sirve para ser vendido ni siquiera como metal viejo, y por tanto lo tiras en el muladar para ser eliminado con el resto de la basura. ¡Cuán a menudo los propios elegidos de Dios se han sentido como meros desechos y basura, como inútiles que han de ser echados fuera!

Ustedes, queridos amigos, se encuentran en un caso semejante, pues han descubierto su propia y total inutilidad. Mirándose a ustedes mismos a la luz recibida del cielo, su valor imaginario se ha esfumado. Ustedes fueron alguna vez muy importantes en su propia estima, pero ahora perciben que si se perdieran, lejos de afectar al cielo y a la tierra, no tendría una más grave consecuencia para el mundo en su conjunto que el lanzamiento de una fruta podrida en el muladar, o que la caída de una hoja seca de un árbol del bosque en medio de una miríada de hojas. En su propia estimación hay en ustedes una falta de adecuación para cualquier propósito útil; no tienen mayor utilidad que la sal que ha perdido su sabor.
No pueden glorificar a Dios como lo desearían; tampoco lo desean como deberían hacerlo.
Ni puedes orar con el fervor que desearías, ni alabar con la gratitud que desearías sentir.
Al examinar tu vida pasada, te sientes avergonzado de corazón. Te lamentas en un rincón: “¡Señor, qué indigno pedazo de madera he sido en este mundo! ¡Cómo he desaprovechado la vida en la tierra!
¡Qué siervo tan inútil he sido para honrarte!” Has sido útil para tu familia, o para tu país, y pensabas antes que eso bastaba; pero ahora te mides como a la luz de Dios; y en tanto que no has glorificado nunca a tu Hacedor y nos has honrado a tu amable y benevolente Preservador, te sientes tan indigno que, si el Señor te arrojara al muladar y dijera: “¡Échenlo fuera! ¡Es tan indigno como la escoria o el estiércol!,” sólo te estaría tratando como lo mereces.

Mi querido amigo, esta opinión de ti mismo, aunque te acarrea mucha infelicidad, es un signo muy saludable. Cuando nos consideramos poca cosa, Dios tiene un alto concepto de nosotros. “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” ¡Él no te quebrará, oh caña cascada! ¡Él no te apagará, oh pábilo humeante! Pero aunque sólo sirvas para ser arrojado al muladar, Su benevolencia tendrá una tierna misericordia de ti, y te exaltará entre los príncipes de Su pueblo. Bien, amigo despreciado, permíteme recordarte que el Señor se ha fijado con frecuencia en aquellos a quienes el hombre ha despreciado; y aunque tus propios padres pudieran haberse sentido frustrados contigo, y la sociedad pudiera burlarse de ti, y tú mismo pudieras sentir ahora como si el escarnio fuera muy merecido, sin embargo, ten confianza y ten buen ánimo, pues Dios visita muladares cuando no visita palacios, y levantará a los humildes y a los mansos del polvo en el que desfallecen y languidecen.

Pero, ¡oh, el amor de mi Señor! Él ha condescendido a menudo a rescatar del muladar a los abandonados. En el cielo veo a quienes lavaron sus ropas y las emblanquecieron en la sangre del Cordero, aunque una vez fueron rameras como Rahab, adúlteros como David e idólatras como Manasés. Delante del trono de Dios, entre los pares de Dios, están hoy aquellos que, en sus días de perdición, fueron ladrones, borrachos y blasfemos. Los atrios del cielo son hollados por muchos que una vez fueron los peores
pecadores, pero que ahora son los santos más resplandecientes.
Te ruego, amado, que nunca pienses que el Evangelio de Cristo salvó a grandes ofensores en tiempos pasados, pero que ahora es sólo para los que no han caído y para los justos. Los justos son libremente invitados a Cristo, de quien nunca olvidamos testificar, pero los inmorales son invitados también. El Señor vino a nuestra tierra como un Médico, y no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento; no vino a sanar a quienes gozan de una buena salud, sino a los enfermos.

Oh, amado oyente, si estás tan enfermo por el pecado que toda tu cabeza está enferma y todo tu corazón está desfallecido, y desde la coronilla de tu cabeza hasta la planta de tu pie no hay un lugar sano en ti, sino sólo heridas y raspones y llagas putrefactas, ¡aún así el amor de mi Señor se inclinará hasta ti! Si has agregado lujuria al robo, y has añadido asesinato a la lujuria, y si estás manchado de sangre con una infame iniquidad, empero, el sagrado baño carmesí que fue llenado por el corazón de Jesús, puede limpiar “todo pecado y blasfemia.” Todo aquel que crea en Él es justificado de todas las cosas de las que no podría ser justificado por la ley de Moisés.
Las mentes refinadas pensaron justo ahora que yo estaba usando una expresión muy fea cuando hablé de rescatar a la podredumbre del muladar, pero la expresión es extremadamente limpia cuando se compara con el pecado; pues toda la inmundicia y repugnancia que hayan ofendido jamás al ojo y a la nariz, es dulzura comparada con el pecado. La cosa más sucia y más detestable en todo el universo es el pecado. Es eso lo que mantiene ardiendo el fuego del infierno como la gran necesidad sanitaria de Dios.

2. EN SEGUNDO LUGAR, DESEAMOS DESCRIBIR: ¿CÓMO EL SEÑOR LOS ALZA DEL MULADAR?

Él alza del muladar a los necesitados. Se trata de un peso muerto y nadie sino el brazo eterno podría hacerlo. Es una proeza de la omnipotencia alzar a un pecador desde su natural degradación; todo es hecho por el poder del Espíritu Santo a través de la Palabra saturada de la energía de Dios. La operación es más o menos de este modo. Cuando el Señor comienza a tratar con el pecador necesitado, el primer alzamiento levanta sus deseos. El hombre no está satisfecho de estar donde ha estado y de ser lo que ha sido. No había percibido que el muladar fuera tan inmundo como realmente lo es; y el primer signo de vida espiritual es el horror por su condición perdida, y un ansioso deseo de escapar de esa condición.

Querido oyente, ¿has llegado hasta ese punto? ¿Sientes que todo está mal en relación a ti? ¿Deseas ser salvado de tu presente estado? En tanto que puedas decir: “todo está bien conmigo,” y te jactes de que no eres peor que los demás, no tengo ninguna esperanza contigo. Dios no alza a aquellos que ya están alzados; pero cuando tú comienzas a sentir que tu presente condición es de degradación y ruina y que desearías ardientemente escapar de ella, entonces el Señor ha puesto la palanca debajo de ti, y ha comenzado a alzarte.
El siguiente signo es generalmente que para un individuo así, el pecado pierde toda dulzura. Cuando el Señor comienza a obrar contigo, incluso antes de que encuentres a Cristo para gozo de tu alma, descubrirás que el gozo del pecado ha desaparecido. Un alma revivida que siente el peso del pecado, no puede encontrar placer en él. Aunque el mal del pecado no puede ser percibido claramente y evangélicamente sin fe en Jesús, sin embargo, la conciencia de un pecador que ha despertado, al percibir el carácter terriblemente corruptor de algunos pecados, le obliga a renunciar a ellos. La taberna ya no es visitada; la silla del escarnecedor se queda vacía; las lujurias de la carne son abandonadas: y aunque esto
no alza al pecador del muladar es, sin embargo, un signo de que el Señor ha comenzado Su obra de gracia. Cuando el pecado se vuelve amargo, la misericordia se vuelve dulce. Oh, amigo mío, que el Señor te destete de los dulces venenos del mundo, y te lleve a los verdaderos placeres que están ocultos en Cristo Jesús.

Otro bendito signo de que el hombre está siendo alzado del muladar, es que comienza a sentir que su propia justicia no es de ninguna ayuda para él; cuando, habiendo orado, contempla sus oraciones con arrepentimiento, y habiendo ido a la casa de Dios, no descansa en las formas exteriores.
Es bueno que el hombre sea cortado enteramente de toda confianza en sí mismo. Podría estar todavía en el muladar, pero estoy seguro de que no estará por mucho tiempo, pues cuanto tú y tu conciencia han contendido, Dios y tú mismo comienzan a estar en paz; cuando tú puedes ver a través de esa justicia de telaraña tuya, que una vez pareció ser un hermoso vestido de seda; cuando puedes odiar esa moneda falsa que una vez pareció brillar y sonar como oro legítimo; cuando estás hundido en la zanja y tus propios vestidos te aborrecen, no ha de pasar mucho tiempo antes de que seas salvado con una salvación eterna. Ahora viene el verdadero alzamiento que te sacará del muladar. Ese individuo pobre, culpable, perdido, indigno, oye de Jesucristo que vino al mundo para salvar a los pecadores: esa pobre alma lo mira con una mirada que quiere decir:
“¡Señor, Tú eres mi último recurso! Si Tú no me salvas, pereceré; y Tú has de salvarme completamente, pues yo no puedo ayudarte.»
“Toda mi ayuda descansa en Ti;
Toda mi confianza obtengo de Ti;
Cubre mi cabeza indefensa
Con la sombra de Tu ala.”

3. EL TERCER PUNTO ES: ¿CÓMO LOS LEVANTA?.

En primer lugar, son alzados por una completa justificación. Cada cristiano aquí presente esta mañana, independientemente de lo que hubiere sido su vida pasada, es perfecto en este instante a los ojos de Dios por medio de Jesucristo. La justicia inmaculada de Cristo es imputada a ese pecador creyente en Él, así que, esta mañana, es “acepto en el amado.” Ahora, amado, sopesa esto, dale vueltas, y medita en ello. Pobre, necesitado, pero creyente pecador, tú eres tan acepto delante de Dios en este momento presente por medio de Cristo Jesús, como si nunca hubieses pecado, como si hubieses hecho y llevado a cabo cada obra de Su sumamente justa ley sin la menor falla.

Demos el siguiente paso. Muchos de los hijos de Dios que han sido alzados del muladar, gozan de una plena seguridad de fe. Tienen la certeza de que son salvos; pueden decir conjuntamente con Job: “Yo sé que mi Redentor vive.” En cuanto a que si son hijos de Dios o no, no tienen ninguna duda; el testimonio infalible del Espíritu Santo da testimonio con su espíritu de que son nacidos de Dios. Cristo es el hermano mayor, Dios es su Padre, y ellos respiran el espíritu filial por el cual claman: “¡Abba, Padre!” Ellos conocen su propia seguridad; están convencidos de que “ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” Yo le pregunto a cada quien que posea un corazón que entiende, si esto no es sentarse con los príncipes.
Amados, yo no daría un centavo por el trono de un príncipe, pero daría todo lo que poseo aunque me lo pidieran mil veces, si pudiera gozar siempre de la plena seguridad de la fe, pues la plena seguridad de la fe es un gozo mayor que el gozo que jamás podrían producir el palacio de lirios de Susa, o la casa del bosque del Líbano de Salomón. Un sentido de la misericordia divina es mejor que la vida misma: es un cielo joven madurando abajo, para ser plenamente desarrollado arriba. Saber que mi Amado es mío y que yo soy Suyo, y que me amó y se entregó por mí, es mucho mejor que ser heredero legítimo de muchos imperios.

SOLAMENTE POR GRACIA

Resumen de los primeros capítulos del pequeño libro titulado “Solamente por gracia” de Charles H. Spurgeon (1834-1892), predicador baptista de origen inglés.

NUESTRO PROPÓSITO

He oído un cuento. Creo que me vino del norte del país. Cierto ministro de una iglesia visitó a una pobre mujer para llevarle algún socorro; porque sabía que ella era muy pobre. Llamó a su puerta con una moneda en la mano; pero no hubo respuesta. Creyendo que la señora no estaba en casa, se marchó. Poco después la halló en la capilla y le dijo que se había acordado de su necesidad.
“Toqué varias veces en su puerta, y creí que no estaba usted en casa, pues no hubo respuesta.
– ¿A qué hora fue eso?

-Cerca del mediodía.
-¡Ay de mí! Le oí, señor, y siento no haberle abierto la puerta, pues pensaba que era el propietario de la casa que venía a buscar el alquiler.”

¡Cuántas familias pobres conocen el significado de esto! En cuanto a mí, deseo que se me oiga, y por lo tanto digo que no busco alquiler alguno. En verdad, este libro no tiene por objeto pedir, sino dar, declarando que la salvación es solamente por gracia, lo que equivale a decir que es gratuita, es don, es dádiva. Este libro no viene en demanda de nada, sino más bien te trae algo. No vamos a hablar de ley, de deber, de penitencia, sino de amor, de bondad, de perdón, de misericordia, de vida eterna. Por tanto, no finjas estar fuera de casa, no te hagas el desentendido. Nada te pido en nombre de Dios, ni en nombre del prójimo. No es mi intención requerir nada, sino en cambio llevarte un don gratuito que te proporcionará dicha presente y eterna. Abre la puerta para que te enteres de la oferta.

Venid, dice el Señor, y estemos a cuenta” (Isaías 1: 18). El Señor mismo te invita a conferenciar acerca de tu bienaventuranza inmediata y eterna, cosa que no haría, si no deseara tu bienestar. No rechaces al Señor Jesús que llama a tu puerta, pues lo hace con esa mano que fue clavada al madero por los que son como tú. Siendo tu bien su único objetivo, acércate e inclina tu oído. Escucha atentamente permitiendo que su voz penetre hasta el fondo de tu alma. Acaso ha llegado ya la hora para que entres tú en esa vida nueva que es el principio del cielo.”La fe viene por el oír” (Romanos 10: 17)

DIOS JUSTIFICA A LOS INCRÉDULOS

Atención a este breve discurso. Hallarás el texto en la Epístola a los Romanos 4, 5: “pero al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”.
Te llamo la atención a las palabras: “Aquel que justifica al impío”. Estas palabras me parecen muy maravillosas. ¿No te sorprende el que haya tal expresión en la sagrada Biblia como esta: Aquel que justifica al impío? He oído que los que odian las doctrinas de la cruz, acusan de injusto a Dios por salvar los impíos y recibir al más vil de los pecadores. Mas he aquí, como la misma Escritura acepta la acusación y lo declara francamente. Por boca del apóstol Pablo, por la inspiración del Espíritu Santo, consta el calificativo de Aquel que justifica al impío. Él justifica a los injustos, perdona a los que merecen castigo y favorece a los que no merecen favor alguno. ¿No has pensado o creído siempre que la salvación era para los buenos, y que la gracia de Dios era para los justos y santos, libres de pecado? Te ha parecido bien sin duda, que si fueras bueno, Dios te recompensaría, y has pensado seguramente que no siendo digno, nunca podrías disfrutar de sus favores. Por tanto te debe sorprender la lectura de un texto como este: Aquel que justifica al impío.

No me extraño de que te sorprendas, pues con toda mi familiaridad con la gracia divina no dejo de maravillarme de este texto. ¿Suena bien sorprendente, verdad, el que fuera posible que un Dios justo, justificara una persona impía? Según la natural lealtad de nuestro corazón, estamos siempre hablando de nuestra propia bondad y nuestros méritos, tenazmente apegados a la idea de que debe haber algo de bueno en nosotros, para merecer que Dios se ocupe de nuestras vidas. Pero Dios que bien conoce nuestros engaños y malicias, sabe que no hay bondad ninguna en nosotros y declara que: no hay justo, ni aun uno (Romanos 3: 10). Él sabe que: todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia (Isaías 64: 6); y por lo mismo el Señor Jesús no vino al mundo para buscar bondad y justicia entre los seres humanos, sino para llevar consigo bondad y justicia para entregárselas a las personas que carecen de ellas. No vino porque éramos justos, sino para hacernos justos, justificando al pecador.

Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores. Esto es cosa sorprendente: cosa maravillosa especialmente para los que disfrutan de ella. Sé que para mí, hasta el día de hoy, ésta es la maravilla más grande que he conocido, a saber: que me justificase a mí. Aparte de su amor inmenso, me siento indigno, corrompido, un conjunto de miseria y pecado. No obstante, sé por certeza plena que por fe soy justificado por los méritos de Cristo, y tratado como si fuera perfectamente justo, hecho heredero de Dios y coheredero de Cristo Jesús, todo a pesar de corresponderme, por naturaleza, el lugar del primero de los pecadores. Yo, del todo indigno, soy tratado como si fuera digno. Se me ama con tanto amor, como si siempre hubiera sido fiel creyente, siendo así que antes era incrédulo. ¿Quién no se maravilla de esto? La gratitud por tal favor se reviste de admiración indecible.

Siendo esto tan admirable, deseo que tomes nota de cuán accesible esto hace el evangelio para ti y para mí. Si Dios justifica al impío, entonces querido amigo, te puede justificar a ti. ¿No es esto precísamente la persona que eres? Si hasta hoy vives incrédulo, te cuadra perfectamente la palabra; pues has vivido sin Dios, siendo lo contrario a fiel creyente o temeroso de Dios; en una palabra, has sido y eres impío. Acaso ni has frecuentado los cultos en el día domingo, has vivido sin respetar el día del Señor, ni su iglesia, ni su Palabra, lo que prueba que has sido impío. Peor todavía, probablemente has procurado poner en tela de juicio la existencia de Dios, y esto hasta tal punto de declarar tus dudas. Habitante de esta tierra tan hermosa, llena de señales de la presencia de Dios, has persistido en cerrar los ojos a las pruebas palpables de su poder y divinidad. Cierto, has vivido como si no existiera Dios. Tal vez has vivido ya muchos años en este estado de incredulidad, de manera que ya estas bien afirmado en tus caminos, y sin embargo, Dios no está en ninguno de ellos. Si te llamaran “impío” te cuadraría este nombre tan bien como si al mar se le llamara agua salada, ¿verdad?

Acaso eres persona de otra categoría, pues has cumplido con todas las ceremonias  y apariencias de la religión. Sin embargo, de corazón nada has hecho, y así en realidad has vivido impío interiormente. Te has codeado con el pueblo de Dios, pero nunca le has encontrado a Él mismo. Has cantado en el coro, pero no has alabado al Señor en secreto con el alma. Has vivido sin amar de corazón a Dios y sin respetar sus mandamientos.

Sea como fuere, tú eres precísamente la persona, a la cual este evangelio se proclama: esta buena nueva que nos asegura que Dios justifica al impío. Maravilloso es y felizmente sirve para tu caso particular. Te cuadra perfectamente. ¿Verdad que sí? ¡Cuánto deseo que lo aceptaras! Si eres una persona sensata, notarás lo maravilloso de la gracia de Dios anticipándose a las necesidades de personas como tú, y dirás dentro de ti: “!Justificar al impío! Pues entonces, ¿ por qué no seré yo justificado, y justificado ahora mismo?”.

Toma nota, por otra parte, del hecho de que esto debe ser así: a saber, que la salvación de Dios debe ser para aquellos que no la merecen ni estén preparados para recibirla. Es natural que conste la afirmación del texto en la Biblia; porque apreciado amigo, sólo necesita ser justificado quien carezca de justicia propia. Si alguno de mis lectores fuese persona absolutamente justa, no necesitaría ser justificada. Pues tú que te sientes que cumples bien todo deber y por poco haces al cielo deudor de ti por tanta bondad, ¿para qué necesitas tú misericordia, ni Salvador alguno? ¿Para qué necesitas tú justificación? Estarás ya cansado de esta lectura, pues no te interesa este asunto.

Si alguno de vosotros se rodea de aires tan farisaicos, escúchame por un momento. Tan cierto como vives, te encaminas hacia la perdición eterna. Vosotros, justos, rodeados de justicia propia, o vivís engañados o sois engañadores; porque dice la sagrada Escritura que no puede mentir, y lo dice claramente: no hay justo, ni aun uno. De todos modos, no tengo evangelio ninguno, ni una palabra para los rodeados de justicia propia. Jesucristo mismo declaraba que no había venido para llamar a los justos, y no voy a hacer yo lo que Él no hacía. Pues si os llamara, no vendríais; y por lo mismo no os llamaré bajo ese punto de vista. Al contrario, os suplico que contempléis esa vuestra justicia propia, hasta descubrir lo falsa que es. Ni siquiera tiene la mitad de la fuerza ni el aguante de una telaraña. ¡Desechadla! ¡Huíd de la misma!

Las únicas personas que necesitan justificación son las que reconocen que no son justas. Sienten esta la necesidad de que se haga algo para que sean justas ante el Tribunal de Dios. Hacer justo al que ya es justo no es obra de Dios. Pero hacer justo al injusto es obra del amor eterno de Dios. Justificar al impío es un milagro digno de Dios. Ciertamente es así.

Atención ahora. Si en alguna parte del mundo un médico descubre remedios eficaces y útiles, ¿a quién ha de servir tal médico? A gente de buena salud? Cierto que no. Colóquesele en un distrito sin enfermos, y se sentirá fuera de su ambiente de trabajo. Allí sobra su presencia. Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores (Marcos 2: 17), dice el Señor. ¿No es igualmente claro que los grandes remedios de gracia y redención son para las almas enfermas o pecadoras? Si tú, querido amigo, te sientes completamente perdido, eres la mismísima persona comprendida en el plan de salvación por pura gracia.
El pecador que se siente sucio por sus pecados, ese es el tipo de persona que ha venido Jesucristo a blanquear. ¿Cómo se explica la venida del Salvador, su muerte en la cruz y el evangelio del perdón sin admitir de una vez, que el humano es un ser culpable y digno de condenación? El pecador es la razón de ser y de la existencia del Evangelio de Cristo.

Permítaseme, por tanto, insistir en todos aquellos que carecen de una conciencia limpia, no teniendo siquiera un buen sentimiento para recomendarse a Dios, crean firmemente que nuestro misericordioso Dios es tanto capaz como dispuesto a recibirlos, incluso sin nada que les recomiende, para perdonarles espontáneamente, no porque sean ellos buenos, sino porque él es bueno. ¿No hace Dios al sol brillar sobre malos y buenos? ¿No es Él que da los tiempos fructíferos, y a su tiempo envía lluvias del cielo y hace que salga el sol sobre las naciones más pecadoras? Sí, a la misma Sodoma bañaba el sol, y caía el rocío sobre Gomorra. Oh, amigo, la gracia inmensa de Dios sobrepuja mi entendimiento y tu entendimiento, y desearía que lo apreciaras de un modo digno. Tan alto como está el cielo sobre la tierra, están los pensamientos de Dios sobre nuestros pensamientos, es precísamente por esa razón, que nunca lograremos comprender los propósitos de Dios.

DIOS ES EL QUE JUSTIFICA

Si nunca hubiésemos quebrantado las leyes de Dios, no habría necesidad de tal justificación, siendo todos naturalmente justos. Pero estoy seguro que tú, querido lector, así como yo, no te halles en ese estado de inocencia y pureza espiritual. Eres demasiado honrado para pretenderte limpio de todo pecado, y por lo tanto, necesitas ser también justificado.
En Romanos 8: 33 dice: Dios es el que justifica, y esto, sí que va al grano. Este hecho es asombroso, es un hecho que debemos considerar detenidamente. En primer lugar, nadie más que Dios solamente podría haber pensado en justificar a personas culpables. Se trata de personas que han vivido manifiestamente rebeldes obrando mal con ambas manos; de personas que han ido de mal en peor, de personas que han vuelto al mal aun después de haber sido castigadas y forzadas a cesar de cometer el mal por algún tiempo. Han quebrantado la ley y pisoteado el evangelio. Han rechazado las proclamas de misericordia y persistido en la iniquidad. ¿Cómo podrán tales personas alcanzar perdón y justificación? Sus amigos y conocidos defraudados de ellos, dicen: “Son casos sin remedio”. Incluso los cristianos les miran más bien con tristeza que con esperanza. Pero escrito está: Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó (Romanos 8: 30). Así es, como podemos leer, el Señor ha resuelto justificar algunos y ¿por qué no seríamos tú y yo de este lote?
Nadie más que un Dios pensaría jamás en justificarme a . Resultó para mi mismo un milagro. Contemplo a Saulo de Tarso “vociferando amenazas y muerte” contra los siervos de Cristo. Como lobo rapaz espantaba a las ovejas del Señor por todas partes, no obstante, Dios lo detuvo en el camino hacia Damasco y cambió su corazón justificándole del todo, tan plenamente que bien pronto este perseguidor de cristianos, fue convertido en el más grande predicador de la justificación por la fe, que haya vivido sobre la faz de la tierra. Nadie más que Dios podía haber pensado en justificar a un hombre como el perseguidor Saulo. Pero Dios Todopoderoso es glorioso en gracia.

Nadie más que Dios contra quien hemos pecado, puede borrar nuestra falta. Por lo tanto, acudamos directamente a Él en busca de misericordia, y cuidado, que no nos dejemos desviar por los sacerdotes, quienes desean que acudamos a ellos en busca de lo que solamente Cristo puede concedernos, puesto que Jesús es el único Mediador entre Dios y los seres humanos.

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Efesios 2, 8-9

El tema de esta reflexión está dirigido principalmente a los creyentes , quienes como mi persona, fueron criados y educados según las enseñanzas y tradiciones católicas.
En vista de que para el creyente cristiano, la salvación eterna de su alma es la meta principal y más decisiva de nuestra vida de fe, y además, es nuestra esperanza suprema para el momento en que nos toque morir, es de suma importancia conocer bien la doctrina de la Gracia escrita en la Biblia, con el fin de tener claro su concepto original y conocer el verdadero medio, por el cual recibimos ese magnífico don de Dios.
El apostol Pablo en el versículo de arriba de su carta a los Efesios, afirma que es por medio de la fe únicamente, y NO por obras, que Dios nos concede su gracia.

A pesar de que así está escrito en el Nuevo Testamento, el catecismo de la iglesia católica, enseña que los medios de gracia y salvación son: el bautizo, la comunión, las oraciones y las buenas obras.
Al notar esta inexplicable e irreverente contradicción entre el catecismo católico con la Biblia, yo me pregunto:
1. ¿Será posible que la redacción del catecismo católico, la hayan realizado individuos que no conocían el Nuevo Testamento al pie de la letra?

2. ¿ O más bien será que por el absoluto poder político y religioso, así como la inmensa influencia que la iglesia católica mantuvo durante siglos en el mundo, que sus autoridades se atrevieron a adjudicarse, la atribución y el derecho de modificar a su conveniencia las enseñanzas de la Biblia?

En todo caso, son evidentes y conocidas las mútltiples incongruencias entre las enseñanzas bíblicas y el catecismo o dogmas católicos, en la turbulenta, conflictiva  y larga historia de la iglesia católica.

Leemos en las Escrituras que nadie puede venir a Cristo, a menos que antes Dios lo atraiga e inspire a hacerlo, por medio del Espíritu Santo.
En el evangelio de Juan dice:
Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Juan 6, 44

Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que viene a mí, no le echo fuera. Juan 6, 37

Siendo nosotros los seres humanos por naturaleza vanidosos, orgullosos, desobedientes y rebeldes, no elegiremos ni podemos elegir a Dios por iniciativa propia espontánea. Por lo tanto, está claro que quienes vienen a Cristo son atraídos de antemano por Él.

Una persona no puede ser salva contra su voluntad, sino que es una acción voluntaria por la obra del Espíritu Santo, que ha realizado previamente en ella. Una gracia, que como fuerza espiritual poderosa entra en el individuo, lo desarma, hace de él una nueva criatura y es salvado.
Ese proceso espiritual de regeneración, fue exactamente lo que le sucedió a Saulo como fariseo y perseguidor de los cristianos, antes de su conversión en el camino a Damasco, cuando Jesús resucitado se le acercó y le habló personalmente. Y Saulo fue transformado allí en un nuevo hombre totalmente opuesto, nacido de nuevo en el espíritu, quien a partir de esa experiencia, comenzó a llamarse Pablo y se convirtió, en el mejor y mayor apóstol predicador de la fe cristiana en la historia.  

Los ejemplos por excelencia y más impresionantes del llamado de Dios en el Nuevo Testamento, son el del apóstol Pablo y el del malhechor arrepentido en el Calvario, a quienes Dios atrajo por medio de su Gracia irresistible, para ser redimidos y salvados por el Señor Jesucristo.

Jesucristo autor y perfeccionador de nuestra fe, enseñó esa gloriosa verdad, que concuerda hasta el final con la declaración de Pablo: «Por gracia habéis sido salvos». La doctrina de la gracia es el contenido y la esencia del testimonio de Jesús.

La presencia y la obra continua y permanente del Espíritu Santo en este mundo sobre los creyentes cristianos, tampoco fue reconocida y exaltada debidamente por las autoridades de la Iglesia católica, sino que más bien la acción imperceptible del Espíritu Santo fue ignorada, a pesar de ser de vital importancia, según la Biblia.

Muchas veces me he preguntado como cristiano, quien fui criado desde la niñez en mi familia como católico, y que también fui educado en colegios católicos privados, ¿porqué nunca se me enseñó a leer la Biblia regularmente?

Resulta que después de varias décadas, me entero de que la iglesia católica evitó durante muchos siglos, que cientos de millones de feligreses católicos en todo el mundo, tuvieran libre acceso a la Biblia para leerla, debido a que la Biblia católica estaba escrita en latín, lengua muerta esa, que únicamente los sacerdotes, monjes y monjas tenían el privilegio de aprender. Apenas a partir del año 1964 fue que la iglesia permitió la publicación de Biblias traducidas al idioma español, y que fueron puestas a la venta en Latino América.

Los cristianos protestantes sí tuvieron la oportunidad de leer la Biblia desde mucho antes, pues desde los tiempos de la Reforma protestante, Martín Lutero se dedicó a traducir el Nuevo Testamento del idioma griego al idioma alemán en el año 1522.
En 1525, esta traducción al alemán ya habían tenido 22 ediciones, y se estima que para ese año, ya uno de cada tres alemanes capaces de leer, poseía una Biblia de Lutero.

Mi entrañable y sincera recomendación para los cristianos católicos es la siguiente:
Dedicarse a leer regularmente la Palabra de Dios, tanto el viejo como el nuevo Testamento, y aferrarse a ella, porque es la verdad divina que Dios le dejó a la humanidad, para su propia instrucción e edificación espiritual.

La Biblia es la fuente pura, original y verdadera de las enseñanzas de Dios, y sobre todo, es el alimento espiritual para el alma humana, tal como lo anunció el Señor Jesucristo. (Yo soy el Pan de la vida)
Si hoy en día tenemos el privilegio de adquirir una Biblia, o dicho de forma metafórica, de beber directamente el agua pura y cristalina del manantial, porqué entonces, conformarse con beber el agua turbia y contaminada del río.

Porque mi pueblo es necio, no me conoce; hijos ignorantes son, no son entendidos. Jeremías 4, 22

La definición de la palabra “necio” según el diccionario de la real academia española es la siguiente: ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber. Esta definición la menciono por adelantado en mi introducción al tema de esta reflexión, porque de esta palabra existen otros significados o sinónimos, que son los más frecuentemente usados por la gente en la actualidad, como por ejemplo: tonto, terco, bufón, etc.
Hace poco leí la frase “Lo verdadero es el todo” de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, un filósofo alemán del siglo XIX, en el prefacio de su obra “Fenomenología del espíritu”. El señor Hegel tratando de explicar el razonamiemto que lo condujo a concluir con dicha frase, agregó: «Todos vivimos en el mundo, por lo que nunca podremos mirar el mundo desde fuera y entenderlo como un todo«.

Esa frase de Hegel significa que, solamente se puede comprender el mundo, si se ve y se toma en cuenta todo el conjunto de diversos procesos de un sistema, que interactúan en sus relaciones y dependencias. Hegel comprendió que la unilateralidad no es solo es el mayor enemigo del pensamiento humano, sino también de nuestras acciones. Quien sólo ve una parte, ve la mitad del conjunto y, por tanto, piensa parcialmente, toma decisiones unilaterales, actúa parcialmente y en consecuencia, se equivoca. De esta limitación humana en nuestra capacidad de pensar, se originó la famosa cita de “Errar es humano” del antiguo filósofo romano Séneca, la cual es una verdad indiscutible.  
Resumiendo, por ser la realidad de la vida humana sumamente compleja desde el punto de vista de los conocimientos, la ciencia ha tratado de simplificarla, creando infinidad de disciplinas o materias de estudio, que han sido ordenadas y dispuestas a su vez, en numerosas profesiones y oficios, que todos conocemos.

Tomemos por ejemplo la Medicina, la ciencia que estudia el cuerpo del ser humano.
El cuerpo humano es un conjunto de órganos y procesos tan complejo, que tuvieron que crear diferentes especialidades médicas para estudiarlo y comprenderlo, precísamente debido a esa limitación natural de la mente humana, que es la unilateralidad del pensamiento.
A esta limitación innata en la mente que todos poseemos, se le ha añadido una limitación adicional absurda al sentido de la vista, que consiste en la siguiente conclusión materialista de mucha gente: si algo no se ve, no existe y no es real; la cual trae como tristes consecuencias: la incredulidad en Dios y en las realidades espirituales.

Los creyentes cristianos, debemos sentirnos felices y estar muy agradecidos por haber recibido de Dios su Gracia y su misericordia; y particularmente por haber despertado en nuestra alma, el deseo y la necesidad de acudir a Él y al Señor Jescucristo, para alimentar nuestra vida espiritual con su amor eterno, su consuelo, su paz, sus promesas y sus enseñazas contenidas en la Biblia.

Nosotros como creyentes cristianos, tenemos en Dios el bien supremo que un ser humano puede aspirar en esta vida terrenal.
Para San Agustín, el bien es un concepto fundamental que se relaciona directamente con Dios. Según su teología, Dios es el bien supremo y todo lo que existe en el mundo creado es bueno en la medida en que se acerca a la perfección divina.
En este sentido, San Agustín distingue entre dos tipos de bien: el bien verdadero, que se identifica con Dios, y el bien aparente, que es todo aquello que parece bueno pero que en realidad no lo es. El bien verdadero es el que le da sentido, esperanza y consuelo a esta vida dura y penosa, que tenemos que soportar en el mundo, y es la meta última de todo cristiano esperanzado: la vida eterna en el Reino de los Cielos.

Bienaventurado aquel cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en el SEÑOR su Dios.
Salmo 146, 5

Y seré para vosotros padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.
2. Corintios 6, 18

El Dios Todopoderoso como creador del universo y dueño absoluto de la verdad, nos ha concedido a los creyentes, el gran privilegio de leer la verdad en su Sagrada Escritura contenida en la Biblia. Aprovechemos ese privilegio de conocer de manera exclusiva “lo Verdadero y el Todo” proveniente de Dios, quien TODO lo sabe y quien nos lo pone a nuestra disposición por amor.
Acerquémonos entonces a la Biblia sin prejuicios de ningún tipo, y leamos con plena confianza la Palabra de Dios, que ha sido revelada por su amor eterno a la humanidad. 

Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. Lucas 23, 42-43

Estos versículos narran el breve diálogo que tuvo Jesucristo, con el malhechor crucificado que estaba a su lado, antes de morir en la cruz. Este testimonio del Evangelio de San Lucas, es una clara evidencia que nos permite comprender mejor, la divina obra de la Gracia y la Misericordia de Dios en la salvación eterna del alma de un pecador, debido al grandioso mérito que obtuvo Cristo Jesús al sacrificarse voluntariamente por amor a la humanidad, para lograr expiar y  perdonar nuestros pecados.

Expiar significa borrar las culpas por medio de un sacrificio. Jesús, el Hijo de Dios, se hizo hombre y llevó nuestros pecados en su propio cuerpo hasta su muerte en la cruz del Calvario. Hemos visto el castigo que se le impuso para que nosotros también podamos ser perdonados, tener paz y estar reconciliados con Él. Debido a que Jesucristo, verdaderamente santo y puro en su vida libre de pecado alguno, se encargó de cumplir la ley divina recibiendo el castigo que merecíamos, y precísamente por su sacrificio es que Dios puede perdonar nuestros pecados. Eso es lo que se conoce en el nuevo Testamento, como las doctrinas de la gracia y de la reconciliación.

En relación con estas doctrinas fundamentales de la fe cristiana, el predicador inglés Charles H. Spurgeon en su autobiografía hace la siguiente afirmación esclarecedora:
Cuando estuve en las manos del Espíritu Santo, convencido de mi pecado, supe cuál era la justicia de Dios. Cualquiera que sea el significado del pecado para otras personas, para mí se convirtió en una carga insoportable. No tanto porque yo temiera al infierno, sino porque temía al pecado. Constantemente sentí una profunda preocupación por la gloria del nombre de Dios y la pureza de Su dominio espiritual. Sentí que buscar el perdón de manera injusta no apaciguaría mi conciencia. Y entonces me vino la pregunta: “¿Cómo puede Dios ser justo y justificarme a mí que soy culpable?”. La pregunta me preocupó. No pude encontrar la respuesta a eso. Y ciertamente nunca podría haber inventado una respuesta que hubiera tranquilizado mi conciencia.

Para mí, la doctrina de la expiación es una de las pruebas más seguras de la inspiración divina de las Sagradas Escrituras. ¿Quién hubiera pensado que el Principe justo muera por el rebelde injusto? Esta no es una doctrina de mitología humana, ni un sueño de imaginación poética. Esta forma de expiación es conocida por los hombres, sólo porque fue un hecho realizado por el Señor Jesucristo; nadie podría haberlo inventado. Dios mismo lo creó.

Así como el malhechor habló personalmente con Jesús, así mismo podemos nosotros hablar directamente con Él, cuando arrepentidos de nuestros pecados, oramos en espíritu y en verdad. No hace falta en realidad ningún intermediario humano entre Jesucristo y nosotros, ya que para esa función y muchas más, Jesús envió al Espíritu Santo o “El Consolador” a este mundo terrenal, como una especie de compensación por Su ausencia física, para realizar las funciones que Él hubiera hecho, si hubiera permanecido entre nosotros.
Pero cuando Él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que habrá de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber. Juan 16, 13-14

Entre esas funciones está la de revelar la verdad de Dios. La presencia del Espíritu dentro de nosotros, nos permite comprender mejor la Palabra de Dios. Él es el guía fundamental, que va al lado de nosotros, mostrando el camino, abriendo el entendimiento y conduciendo nuestra vida espiritual. Él nos revela las realidades espirituales más importantes: la existencia de Dios, de nuestra alma y del Reino de los Cielos. Sin tal guía, estaríamos expuestos a dejarnos extraviar del camino que nos señaló el Senor Jesucristo. Una parte decisiva de la Verdad que Él revela, es lo que el mismo Jesús afirmo ser: Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mi.(Juan 14, 6)

De todos los dones dados por Dios a la humanidad, no hay uno más grande que la presencia del Espíritu Santo. El Espíritu tiene muchas funciones y actividades. Primero, Él obra en el alma de todos nosotros, de manera directa e imperceptible. Jesús le dijo a Sus discípulos que Él enviaría al Espíritu de Dios al mundo para “convencer al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio” (Juan 16, 8).

Otra función importante del Espiritu Santo es la de conceder los dones espirituales, que describe el apóstol Pablo en 1. Corintios 12, otorgados a los creyentes, para que podamos funcionar como el cuerpo de Cristo en el mundo.

El Espíritu Santo al obrar sobre los creyentes también produce frutos espirituales en nuestras vidas, como son: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Estas no son las obras de la carne, la cual es incapaz de producir tales frutos espirituales, sino que es el producto de la presencia del Espíritu de Dios en nuestras almas.

El conocimiento de que el Espíritu Santo obra en nuestras vidas, de que Él ejerce todas estas funciones divinas, de que Él mora con nosotros para siempre y que nunca nos desamparará, es causa de gran gozo y consuelo para cualquier creyente cristiano.

Conocer y creer la obra del Espíritu Santo, es de suprema importancia precisamente en estos tiempos modernos, cuando las iglesias tradicionales están atravesando una grave crisis de fe y de espiritualidad, por no cumplir estrictamente las enseñanzas del Evangelio de Jesús y por dejarse influenciar del materialismo y del escepticismo religioso, que reinan en la sociedad de consumo occidental.

El divino manantial de donde se nutre la vida espiritual humana: la Gracia de Dios.

« doble falta ha cometido mi pueblo: me ha abandonado a mí, que soy manantial de aguas vivas, y se han cavado pozos, pozos agrietados que no retendrán el agua. » Jeremías 2, 13

En el Libro de Jeremías, Dios se denomina a sí mismo un manantial de aguas vivas, y con esa descripción nos ha dado al mismo tiempo, una representación simbólica de algo muy conocido y universal como es el agua, que es la fuente perceptible de vida en nuestro mundo natural y que fluye por todas partes, tanto sobre la superficie de la tierra como por debajo de manera subterránea y oculta.

La vida espiritual interior del ser humano, la podría uno imaginar como un arroyo que fluye silencioso e invisible detrás de la vida pública y aparente, que la persona muestra a los demás. El caudal espiritual de nuestra vida estaría formado por los innumerables pensamientos, juicios, recuerdos, deseos, intenciones, anhelos, esperanzas, congojas, tristezas, emociones, pasiones, odios, amores, ambiciones, virtudes, remordimientos, pesares, tormentos, etc. que contínuamente generamos, sentimos, padecemos y que muchas veces hasta nos asaltan de improviso.

Todo ese caudal de experiencias y vivencias íntimas están contenidas y almacenadas en nuestra memoria y en nuestra conciencia. Por eso es que cuando recordamos alguna experiencia vivida en el pasado, nos fluyen las imágenes de nuevo y las evocamos o percibimos nuevamente en nuestra mente, como si fuera el rodaje de una película cinematográfica que ya hemos visto.
Nuestra vida interior es como un río espiritual que corre secretamente sin darnos cuenta en absoluto.

Así como el agua es la fuente de vida de todos los organismos vivos, en el caso exclusivo de los seres humanos por estar compuestos de un cuerpo físico y un alma espiritual, es necesario adicionalmente un manantial espiritual del que pueda brotar el divino torrente que alimente el espíritu humano, es decir, la fuente del ánimo, de la voluntad, de la fe, del amor, del consuelo, de la esperanza, del entusiasmo, de la paz interior, de la inspiración y de tantas otras facultades espirituales que poseemos.

La expresión aguas vivas que se menciona tanto en el Viejo como en el Nuevo Testamento, según mi interpretación, sirve como símbolo de las fuerzas espirituales y eternas que Dios derrama y hace fluir entre nosotros para darle vida a las almas. De modo que únicamente los seres humanos necesitamos dos fuentes de vida: el agua natural para el cuerpo y el agua viva para el alma.

Otro símbolo mencionado en la Biblia, que tiene mucha relación con la figura del manantial, y que por simple analogía, el entendimiento humano lo puede comprender fácilmente, es el árbol o la vid:

« Porque él será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raices, y no verá cuando viniere el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de hacer fruto. » Jeremías 17, 8

En el Evangelio, Jesús por su parte se llama a sí mismo la vid cuando dice:

« Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque sin mí nada podéis hacer. » Juan 15, 5

Con la ayuda de éstos dos importantes símbolos y de nuestra fantasía, podríamos figurarnos que existe también en éste mundo un portentoso torrente espiritual proveniente de Dios, que fluye por todas partes con el propósito de alimentar los espíritus humanos durante el tiempo que transcurra su vida aquí en la tierra.

A principios de la Edad Media la mística alemana Hildegarda de Bingen (1098-1179), inspirada redactó un revelador concepto al que le dió el nombre de Viriditas, en el que a esa fuerza vital que poseen las plantas y que se manifiesta en su prodigiosa capacidad de reverdecer al llegar la primavera o de retoñar vigorosamente al caer las primeras lluvias, Hildegarda la relaciona con la fuerza espiritual de las virtudes espirituales en los seres humanos. Viriditas es la palabra en latín con que ella denomina esa fuerza incontenible de vigor, y resulta de la combinación de la palabra viridis (verde) con la palabra virtus que significa virtud.

La mística Hildegarda con este concepto logra deducir que entre nosotros en éste mundo, existen igualmente fuerzas espirituales divinas capaces de nutrir el alma humana, entre las cuales se encuentran las conocidas virtudes, que son repartidas y otorgadas a los hombres y mujeres por Obra y Gracia del Espíritu Santo. Ella se refiere aquí concretamente a la fuerza de acción vivificadora de Dios que actúa sobre la humanidad. La virtudes humanas son fuerzas interiores espirituales que nos inspiran a actuar en un modo determinado.

Hildegarda para describir lo que sucede cuando un creyente deja enfriar su fe y se aleja por completo de Dios, lo explica de la siguiente manera: « Si la persona abandona la fuerza vital (viriditas) de las virtudes y se dedica a la sequía de la indiferencia, al quedarse en consecuencia sin la savia y la vitalidad de las buenas obras, las fuerzas de su alma languidecen y se marchitan.»

Los creyentes creemos firmemente que Dios interviene y obra en nuestras vidas a través del Espíritu Santo. El preciso instante de la actuación del Espíritu Santo sobre los seres humanos es absolutamente imperceptible. Lo único que tan sólo logramos notar o sentir es el efecto y el cambio que se ha dado en nuestra vida, después de su actuación.
El ejemplo más universal y más común de la intervención divina en la vida humana es el enamoramiento.

En esta reflexión me referiré a la Gracia de Dios, basándome en el criterio de San Agustín, el cual me parece muy instructivo y a la vez sencillo.
La Gracia es el favor divino o la ayuda que Dios nos concede sin ser dignos de recibirla como premio, y sin tomar en cuenta el hecho de que nuestras obras hayan sido buenas o malas. Agustín considera la Gracia de Dios como una ayuda duradera, indispensable y gratuita para el ser humano. Es una ayuda duradera porque es de naturaleza espiritual y actúa en nuestra alma directamente.
No solamente el buen ejemplo y la doctrina del Evangelio animan a ser rectos y a vivir bien. Dios también corrige la naturaleza humana y obra efectivamente en su interioridad por medio del Espíritu Santo, quien inspira la inteligencia y enciende la voluntad con su amor.

Es una ayuda indispensable, porque sencillamente el hombre por sí mismo, no puede salvar su propia alma. No le bastan las fuerzas de su naturaleza para reparar el daño que ha hecho el pecado. Por eso, necesitamos siempre la ayuda de Dios. Sólo Dios puede sanar y salvar nuestra alma.

« Porque Dios es el que produce en ustedes el querer y el hacer, conforme a su designio de amor*.  Filipenses 2, 13

Refiriéndose a esta afirmación de San Pablo, dice Agustín:“Este santo pensamiento guarda a los hijos de los hombres, que esperan protección bajo las alas de Dios, ser embriagados por la abundancia de su casa y del torrente de sus delicias.”

Tratando de ilustrar el efecto de la Gracia de Dios en el ser humano, Agustín explica así las consecuencias de la presencia, o por el contrario, de la ausencia de Dios en nuestras vidas:
“El alma vive de Dios cuando vive bien; no puede vivir bien sino obra Dios en ella el bien. Vive, en cambio, el cuerpo por el alma cuando el alma vive en él, viva ella de Dios o no. Te abandona Dios algún tanto por el flanco de tu soberbia para que sepas que no eres un ser independiente de Él, sino que estás en sus manos, y aprendas a reprimir los movimientos del orgullo.
Todo pecado, si no me engaño, es un desprecio de Dios; y todo desprecio de Dios es soberbia. ¿Qué cosa tan soberbia como despreciar a Dios? Luego todo pecado es soberbia, aun según el oráculo de la divina Escritura, que dice: Principio de todo pecado es la soberbia. Y también: El principio de la soberbia es apartarse de Dios. Eclesiastes 10, 14-15
Por eso, para que el bien sea amado, la caridad divina es derramada en nuestros corazones no por el libre albedrío, que radica en nosotros, sino por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.”

¿Qué has logrado en tu vida que no hayas recibido como don o regalo de Dios?

Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido? 1 Corintios 4, 7

El ser humano se olvida de Dios con facilidad, sobre todo cuando tiene bienestar económico, comodidades materiales, buena salud y prosperidad.
En esas condiciones favorables de desarrollo social y económico se vive desde hace varias décadas en muchos países del mundo. Además, ese estado de bienestar tan prolongado, ha contribuido a inflar la vanidad y el orgullo humano en tal grado, que el hombre y la mujer modernos creen que todo lo que han logrado en su vida, ha sido hecho única y exclusivamente por ellos mismos. De esta manera se han estado apropiando de méritos ajenos, los cuales en realidad le corresponden a Dios, porque todos somos el resultado de su grandiosa obra de la Creación, de su Gracia y su Misericordia.
Veamos en primer lugar las propias cualidades, características y talentos de nuestro cuerpo y mente, con las que hemos nacido y hemos recibido como regalo de Dios:

Belleza corporal
Mujeres y hombres presumen de su belleza corporal y se jactan de ella, como si éllos mismos hubiesen hecho su cuerpo así. La belleza del cuerpo no puede considerarse como un mérito personal, porque no hemos hecho nada para adquirirla.

Talentos naturales o innatos
Son todas aquellas capacidades, fortalezas y habilidades que nos destacan de los demás. Algunas surgen solas y se hacen evidentes, otras quedan algún tiempo ocultas hasta que las logramos identificar y poner en práctica. Entre los talentos más conocidos están: inteligencia, liderazgo, organización, auto-disciplina, iniciativa, cálculo matemático, oratoria, prudencia, inspiración artística, creatividad, destreza manual, espiritualidad, capacidad de análisis y lógica, etc. Todos esos talentos también los hemos recibido de Dios gratuítamente.

Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy; no suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tuvieres se aumente; y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre; Deuteronomio 8, 11-14

No sea que digas en tu corazón: « Mi poder y la fuerza de mi mano me han producido esta riqueza. » Pero acuérdate del Señor tu Dios, porque El es el que te da poder para hacer riquezas, a fin de confirmar Su pacto, el cual juró a tus padres como en este día. Deuteronomio 8, 17-18

En relación a nuestro nacimiento, condición social, desarrollo personal y prosperidad, es decir nuestro destino, la influencia de Dios sobre la vida de cada uno de nosotros es innegable.
No pudímos decidir nuestro nacimiento, familia y el país. En cambio, Dios sí lo ha hecho: Antes de haberte formado yo en el vientre materno, te conocía. Jeremías, 1, 5
Las oportunidades para prosperar, las amistades y las relaciones personales que hemos tenido en la vida, ni las creamos de la nada, ni las buscamos nosotros. Simplemente nos han sido dadas por un destino predeterminado por Dios.

Los creyentes cristianos debemos tener siempre presente, que el orgullo y la vanidad son después del pecado, los mayores enemigos de nuestra relación personal con Dios, porque sin darnos cuenta, nos hacen olvidarlo y alejarnos de Él.
Si un angel de Dios alguna vez nos preguntara: ¿qué tienes tú que no hayas recibido de Dios?
Tendríamos que responder si somos sinceros: mis pecados, mi poquita fe, mi falta de obediencia a tus mandamientos, mis equivocaciones, mi orgullo y mi vanidad inflados. Eso sí que es parte de nuestras propias obras y lo hemos hecho nosotros mismos.

Jesucristo en su vida en este mundo nos enseñó y nos demostró con sus acciones la virtud de la humildad para poder relacionarnos con Dios Padre y para ser capaces de servirnos mutuamente unos a otros. Es por eso que todo aquello que fomente el orgullo y la vanidad en tu vida, no concuerda con la verdadera doctrina del Evangelio de Jesús.

Amiga cristiana y amigo cristiano, si deseas sentirte aún más cerca de Dios, necesitas aumentar tu confianza, amor y humildad, para aprender a depender de Él asi como dependías de tu madre cuando eras un niño y necesitabas sus consejos y orientaciones.

No esperemos justicia en este mundo injusto y arbitrario, confiemos en Dios justo y misericordioso.

« Los jueces de la tierra juzgan y condenan a los acusados, es decir, hombres pecadores juzgan y condenan a hombres pecadores.» San Agustín

En este mundo no puede haber justicia verdadera e imparcial, porque los seres humanos debido a nuestra misma naturaleza, poseemos demasiados defectos y siempre adquirimos vicios o hábitos de obrar mal en el transcurso de la vida.
San Agustín lo explica bien en su comentario sobre los jueces en el mundo, quienes siendo también hombres pecadores, juzgan y condenan a otros hombres igual de pecadores como éllos. El argumento de Agustín es claro y simple: Si los jueces no están libres de pecados, no son dignos tampoco de recibir la autoridad moral para juzgar a otros pecadores.
Existen además innumerables factores humanos, sociales y políticos, que combinados hacen realidad la mala aplicación de la justicia y la arbitrariedad de los jueces, que reinan en el mundo desde que existe la humanidad y de las que somos víctimas todos nosotros en esta vida terrenal.
¿Quién no ha sufrido una injusticia o arbitrariedad en carne propia por parte de alguna autoridad, o ha escuchado sobre: jueces corruptos, jueces racistas y discriminadores, jueces politizados, jueces sin escrúpulos, jueces misógenos, etc; es decir, todos jueces parciales y oportunistas?

Mientras vivamos en este mundo, tenemos necesariamente que acostumbrarnos a las injusticias y las arbitrariedades de los hombres, por lo tanto no debemos confiar en la justicia terrenal. Si la mayor injusticia y la más arbitraria jamás cometida en toda la historia, ha sido el juicio y la crucifixión de Jesucristo, siendo Hijo de Dios, justo y libre de pecado; ¿qué podemos esperar nosotros?

El escritor español Francisco de Quevedo (1580-1645) en un escrito que redactó sobre los argumentos de la inmortalidad del alma, se refirió de la siguiente manera a la imposibilidad de que los tribunales de este mundo puedan castigar o tener acceso alguno al espíritu humano:
« En el mundo no hay verdugos, ni tormentos para los pecados sino para los pecadores. Quién peca es la voluntad, y esta es potencia espiritual del alma: está fuera de la jurisdicción del cuchillo, de la soga y del fuego. Si no hay otra vida, alma inmortal y Dios, el pecado se queda sin pena y sin juez. Los tribunales de la tierra ajustician al homicida, al ladrón y al adúltero, para conseguir los efectos del escarmiento.»

Como creyentes cristianos confiemos plenamente en Dios y pongamos toda nuestra esperanza en la vida eterna prometida por nuestro Señor Jesucristo, de quienes sí podemos esperar Gracia, Justicia y Misericordia en el día del Juicio Final.

Recordemos las palabras de San Pablo: Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: « Mía es la venganza, yo pagaré » dice el Señor. Romanos 12, 19

Concluyo con un par de muy buenas frases sobre la injusticia:
« Si sufres injusticias consuélate, porque la verdadera desgracia es cometerlas. » Pitágoras, filósofo y matemático griego.

“La justicia es un perro rabioso que sólo muerde a la gente de pocos recursos”
Álvaro Salóm Becerra, escritor colombiano.

¡Cristiano pase lo que pase, nunca te olvides de Cristo Jesús ni de tu alma inmortal!

¡Aleluya! Dad gracias al Señor porque es bueno. Porque es eterna su misericordia. Salmo 109, 1

En el viejo Testamento, algunos profetas y hombres de Dios ya afirmaban, que la misericordia y el amor de Dios eran eternos para con los hombres y las mujeres, lo cual, se puede interpretar como una señal precursora de Dios para el pueblo de Israel, de lo que vendría anunciar formalmente Jesucristo a la humanidad miles de años después: la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos, después de la muerte inevitable.

Si el amor y la misericordia, que Dios nuestro Creador nos tiene y nos profesa, son eternos, es lógico pensar entonces, que Dios nos ama no solamente durante nuestra breve vida en este mundo terrenal, sino aún después de morir, durante nuestra vida espiritual y eterna.

Pues estoy seguro que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor. Romanos 8, 38-39

Con estas palabras describe San Pablo el inmenso y poderoso amor de Dios hacia sus hijos. Si el amor que nosotros seres pecadores, imperfectos y limitados le tenemos a nuestros hijos es ya muy fuerte, el amor y la misericordia de Dios Padre hacia la humanidad son todavía infinitamente mayores.

Dios ha creado al ser humano con un alma espiritual y eterna, la cual hizo a imagen y semejanza suya, para poder amarnos, ayudarnos, aconsejarnos, guiarnos y salvarnos durante nuestro paso a través del misterio que representa la vida terrenal y transitoria.

Creo firmemente que Dios por su gran amor y misericordia, nos ha creado para que dependamos de Él en nuestra preparación o adiestramiento, que estamos recibiendo en este mundo, para la vida eterna prometida por nuestro Señor Jesucristo.

Por lo tanto, acerquémonos con plena confianza a la sede de la gracia, a fin de obtener misericordia y hallar la gracia del auxilio oportuno. Hebreos 4, 16

Pase lo que pase en tu vida y aún a pesar de no comprender lo que sucede, te ruego que mantengas tu fe en Jesucristo y que recuerdes tu alma inmortal que llevas escondida dentro de tí.

La Gracia de Dios es tan vivificante y gratuita como la lluvia

La vida espiritual interior del ser humano, la podría uno imaginar como un arroyo que fluye silencioso e invisible detrás de la vida pública y aparente, que la persona muestra a los demás.

El caudal espiritual de nuestra vida estaría formado por los innumerables pensamientos, juicios, recuerdos, deseos, intenciones, anhelos, sentimientos, congojas, tristezas, emociones, pasiones, odios, amores, ambiciones, virtudes, remordimientos, pesares, tormentos, etc. que contínuamente generamos, sentimos, padecemos y que muchas veces hasta nos asaltan de improviso.

Todo ese caudal de experiencias y vivencias íntimas están contenidas y almacenadas en nuestra memoria y en nuestra conciencia. Por eso es que cuando recordamos alguna experiencia vivida en el pasado, nos fluyen las imágenes de nuevo y las evocamos o percibimos nuevamente en nuestra mente, como si fuera el rodaje de una película cinematográfica que ya hemos visto. Nuestra vida interior es como un río espiritual que corre secretamente sin darnos cuenta en absoluto.

Así como el agua es la fuente de vida de todos los organismos vivos, en el caso exclusivo de los seres humanos por estar compuestos de un cuerpo físico y un alma espiritual, es necesario adicionalmente un manantial espiritual del que pueda brotar el divino torrente que alimente el espíritu humano, es decir, la fuente del ánimo, de la voluntad, de la fe, del amor, del consuelo, de la esperanza, del entusiasmo, de la paz interior, de la inspiración y de tantas otras facultades espirituales que poseemos.

« doble falta ha cometido mi pueblo: me ha abandonado a mí, que soy manantial de aguas vivas, y se han cavado pozos, pozos agrietados que no retendrán el agua. » Jeremías 2, 13

La expresión agua viva que se menciona tanto en el Viejo como en el Nuevo Testamento, según mi interpretación, sirve como símbolo de las fuerzas espirituales y eternas que Dios derrama y hace fluir entre nosotros para darle vida a las almas. De modo que únicamente los seres humanos necesitamos dos fuentes de vida: el agua natural para el cuerpo y el agua viva para el alma.

La Gracia es el favor divino o la ayuda que Dios nos concede sin ser dignos de recibirla como premio, y sin tomar en cuenta el hecho de que nuestras obras hayan sido buenas o malas.

San Agustín considera la Gracia de Dios como una ayuda duradera, indispensable y gratuita para el ser humano. Es una ayuda duradera porque es de naturaleza espiritual y actúa en nuestra alma directamente. Es una ayuda indispensable, porque sencillamente el hombre por sí mismo, no puede salvar su propia alma. No le bastan las fuerzas de su naturaleza para reparar el daño que ha hecho el pecado. Por eso, necesitamos siempre la ayuda de Dios. Sólo Dios puede sanar y salvar nuestra alma.

No solamente el buen ejemplo y la doctrina del Evangelio animan a ser rectos y a vivir bien. Dios también corrige la naturaleza humana y obra efectivamente en su interioridad por medio del Espíritu Santo, quien inspira la inteligencia y enciende la voluntad con su amor.