El conocido psiquiatra austríaco Viktor Frankl en su libro “el vacío existencial” escribe: “Cada época tiene su neurosis y cada tiempo necesita su psicoterapia. Hoy en día no nos enfrentamos con una frustación sexual como en los tiempos de Freud, sino con una frustración existencial. El paciente típico de nuestros dias no sufre tanto bajo un complejo de inferioridad, sino bajo un abismal complejo de falta de sentido, acompañado de un sentimiento de vació, razón por la que me inclino a hablar de un vacío existencial.”
Para Frankl el sentido de la vida, es aquello que le confiere propósito a la vida, un significado, una misión a realizar, que a su vez le proporciona tambien un soporte interno a la existencia. Por lo tanto, la búsqueda de sentido en la vida sería una necesidad específica y fundamental del ser humano, la cual está presente en mayor o menor grado en todas las personas.
Según Frankl y otros psicoterapeutas está demostrado que esa frustración de no encontrar el sentido a la propia vida y la carencia de propósito, es una fuente de desajuste emocional que conduce con el tiempo a un vacío existencial. Es éste sentimiento de vacío lo que impulsa a las personas afectadas, a tratar de compensarlo de alguna forma, surgiendo de allí las más diversas alteraciones emocionales que causan las adicciones a drogas, las depresiones, las neurosis y otras patologías modernas (obesidad), que atormentan hoy en día a las sociedades de consumo.
Basándome en la comprobación científica por parte de la medicina psiquiátrica, acerca de la magnitud la crisis existencial por la que está atravezando una buena parte de la sociedad moderna, se me ha ocurrido relacionar ese sentimiento de vacío que asedia a tanta gente, con la crisis espiritual y la falta de fe en Dios que se percibe en los países más industrializados, donde debido entre otros factores a la abundancia de bienestar material, de tecnología, de entretenimiento y de consumismo, se han estado olvidando de si mismos, de su propia dimensión espiritual y de Dios, su Creador.
Para ilustrar en forma figurada y de manera sencilla la relación causa-efecto que existe entre la crisis existencial y la crisis espiritual, he seleccionado un objeto muy común y de uso cotidiano como son los recipientes. Si bien el recipiente es algo ordinario, como símbolo para explicar mi argumentación que viene a continuación, tiene una enorme fuerza de evidencia, incluso me atrevería a decir, hasta mágica.
Empecemos entonces por refrescar la definición y la función del recipiente:
El recipiente es un objeto para guardar o contener algo. Como su propósito y finalidad son la de guardar o englobar un contenido, es el contenido en consecuencia lo de mayor valor y es además, mucho más necesario que el recipiente. Un recipiente sirve para lo que fue fabricado y cumple su propósito, única y exclusivamente cuando contiene algo. Esa es la razón de su existencia. Si está vacío, no sirve de nada y se desecha. El contenido es lo valioso, lo útil y lo importante.
Antes indagar sobre el sentido de nuestra propia vida y de nuestro destino último, tenemos primero que remontarnos al tema de nuestro origen como seres humanos, y preguntarnos quiénes somos, porqué existimos y qué nos sucede después de la muerte?; lo cual es como un deseo primario del hombre o una curiosidad existencial, que aflora en el transcurso de nuestra vida de vez en cuando, sobre todo en las ocasiones que estamos muy afligidos o sufriendo.
En vista de que el hombre no está en capacidad de responder de manera absoluta y convincente esa incógnita vital, la explicación de nuestro origen la ha recibido por medio de una revelación de Dios, que en el caso de la civilización occidental, la encontramos en el Libro del Génesis en la Biblia.
Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. Génesis. 2,7
La Sagrada Escritura nos relata que en el momento de la creación del mundo y todas las criaturas que conocemos, los seres humanos recibimos de Dios el espíritu inmortal como constituyente de nuestra existencia, el cual se manifiesta en esa fuerza substancial y el propósito natural de vivir que todos poseemos, a la que los antiguos sabios llamaron en latín animus o alma.
Una de las verdades divinas más trascendentales relevada por Dios, es la existencia del espíritu en el ser humano. La realidad indiscutible de que el hombre es una dualidad de cuerpo y alma, que es nuestra dualidad original, que somos un cuerpo con un espíritu, que somos la unión perfecta de una naturaleza material visible y una naturaleza espiritual invisible en el mismo ser.
El término dualidad quiere decir: la reunión dos fenómenos opuestos en una misma persona o cosa.
Es oportuno mencionar aquí un aspecto importante relacionado con mi interpretación del mensaje contenido en el Evangelio, la cual está basada en la creencia de que el cuerpo y el alma son dos substancias esencialmente distintas e independientes. Nuestro ser está formado entonces de dos dimensiones: el cuerpo (dimensión física) y el alma (dimensión espiritual).
Ésta realidad concreta que somos, se deja representar maravillosamente con el símbolo del recipiente: el ser humano es un recipiente porque contiene el espíritu o alma. Es el apostol Pablo el que hace la magistral representación simbólica del creyente con un recipiente en la Sagrada Escritura:
Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios.
2. Cor 4, 7
En su primera carta a los Corintios Pablo afirma una vez más que somos recipientes (templo) del Espíritu de Dios y que habita en nosotros, cuando encara a sus oyentes diciendo:
¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? 1 Corintios 3, 16
Hablando en forma figurada, el ser humano es más bien un espíritu que vive encerrado en un cuerpo físico, ya que todas las cualidades de la persona única o sujeto inteligente que nos caracteriza como individuos, son fuerzas o potencias espirituales como por ejemplo: el entendimiento, la voluntad, la conciencia, los pensamientos, la memoria, la fe, el amor, la esperanza, las pasiones, la justicia, el perdón, el consuelo, la paz interior, la prudencia, la fortaleza, la templanza, la bondad , la malicia, etc.
De allí que hasta podríamos también afirmar con propiedad, que somos seres espirituales o realidades espirituales que existimos en un cuerpo.
Es muy conveniente que éste conocimiento de sí mismo y la conciencia de nuestra propia dimension espiritual los tengamos siempre presente, y que con la ayuda de la imaginación, tratemos de visualizar ese espíritu que llevamos dentro y que sentimos cuando sobrepuja a todas las exterioridades de nuestro cuerpo, cuando se manifiesta por medio de nuestro estado emocional y el comportamiento a través de las expresiones visibles y audibles conocidas: las palabras, la risa, el llanto, las caricias, el buen ánimo, el enamoramiento, la tristeza, la alegría, el mal humor, los afectos, los deseos, las pasiones, etc.
¿Qué significa ésta verdad bíblica para nosotros, de que el espíritu habita en nuestro cuerpo, y cuáles son las implicaciones de ser amados por Dios y de ser los recipientes de tan divino tesoro?
El significado es realmente grandioso! Si creen en la Palabra de Dios, traten ustedes por favor de imagínarse esa alegoría de que son unos recipientes o cántaros que contienen el espíritu de Dios, que son los tesoreros de un espíritu divino, que lo llevan dentro de su cuerpo, y que es precísamente por esa razón, que en la Biblia dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios.(Génesis 1, 26)
Eso es lo que tú y yo somos: recipientes y tesoreros del espíritu de Dios, y no descendientes de los monos, como lo cuentan con arrogante ligereza en la escuela.
Nuestra alma es la parte espiritual que tenemos de Dios, en el cuerpo. Somos seres dotados de un cuerpo material y mortal, cuya composición Pablo en forma simbólica la compara con el barro, y de un alma, a la que por ser inmaterial e inmortal, el Apóstol la califica: el tesoro.
Por lo tanto, la importancia del alma es mucho mayor que la del cuerpo, por ser espiritual, de origen divino y eterna. Como recipientes guardamos un gran tesoro: el alma.
Para un alma infeliz, algunas veces un cuerpo sano no es nada más que una prisión insoportable, cuyas cadenas son lamentablemente quebrantadas por el suicidio. Porque los males del alma, los pecados y las infelicidades de todo tipo constituyen para el individuo un peso mucho más doloroso y mucho más terrible de soportar, que todos los padecimientos físicos.
No fue para salvar nuestros cuerpos que el Señor Jesucristo vino al mundo y se hizo inmolar en la Cruz del Calvario en expiación de los pecados de sus criaturas. No fue para salvar los cuerpos que la Iglesia fue instituida, ni es para salvar cuerpos que los sacramentos existen.
Cuando el señor Jesús sanaba cuerpos, era constantemente con el fin principal de salvar sus almas. Dios permite enfermedades y grandes dolores físicos en las personas para atraerlas a la penitencia por medio del sufrimiento. Lo que quiere decir, que Él permite que los cuerpos se enfermen y mueran, para que sus almas se salven.
Por pura Gracia, Dios nos ha concedido el don de considerarnos como sus hijos, y por la Obra redentora del Señor Jesucristo, el privilegio de llamarlo nuestro Padre celestial. El sabernos amados por Dios como sus hijos, nos permite estimar más nuestro propio valor como personas que somos, por el hecho de que tenemos a nuestro Señor Jesucristo y el Evangelio como referencia firme e indiscutible para darnos el valor que merecemos y por lo tanto, no darle en cambio tanta importancia a los criterios materialistas y utilitarios, según los cuales estamos siendo valorados por el sistema socio-económico dominante, que ha establecido una escala de valores que menosprecia la dignidad inherente de las personas, como son: nivel de educación, ingreso económico, estrato social, profesión, apariencia, conocimientos, rasgos étnicos, rendimiento en el trabajo, etc.
Si aceptamos como verdad absoluta la existencia de Dios como Creador del Universo, su Santa Palabra y la Vida y Obra Redentora de su Hijo Jesucristo, cada creyente cristiano puede estar seguro de que como ser humano, su vida posee un sentido innato, un propósito supremo concedido por Dios, que es inherente a su propia existencia y que le confiere ya significado y plenitud básicos a su vida, independientemente de sus aptitudes y su destino.
Dios tiene para cada uno de nosotros una vida con finalidad y además provechosa, pero por lo general no nos revela su propósito, para que aprendamos a confiar en Él bajo cualquier tipo de circunstancias en que nos toque vivir.
Según mi opinión, la crisis existencial de la que habla el señor Frankl es por lo tanto, la consecuencia lógica del enfriamiento de la fe en Dios, de la pérdida del interés por lo divino y del olvido de la propia espiritualidad, que se derivan de ese frívolo estilo de vida de la sociedad actual, con el que pretendiendo ignorar a Dios y la tradición cristiana, nos hemos entregado al placer y al consumo sin riendas y sin miramientos.
Al olvidarse de Dios, el ser humano no se da cuenta de que simultáneamente se está olvidando de sí mismo, porque en realidad la esencia del hombre es su interioridad, su conciencia, es decir, el fondo de sí mismo, donde se encuentra el alma y por lo tanto la imagen de Dios. Ésto sucede, porque nosotros estamos acostumbrados a pensar, que nuestro ser sólo consiste en nuestra exterioridad: el cuerpo material y visible que percibimos con nuestros sentidos.
No pensamos, ni recordamos que somos justamente “recipientes de carne y hueso”. Y al olvidarse de su contenido, el hombre-recipiente se siente entonces como si estuviera vacío, y al creerse vacío, pierde su propósito original y termina así por perder el sentido de su propia vida.
Esa es la razón por la que yo he resuelto llamar al fenómeno del vacío existencial de una modo más preciso: la falta de memoria del recipiente de carne y hueso.
Los humanos somos sin lugar a dudas seres muy complejos, no solamente tenemos que hacer infinidad de tareas y trabajos, sino tambien tenemos que desempeñar diversos roles o funciones.
Ésta función humana de servir de recipiente del espíritu de Dios, que ahora para nosotros nos resulta extraña, era entre los creyentes cristianos en la Antigüedad seguramente más conocida, que en ésta época nuestra caracterizada por el racionalismo y la ideología del materialismo y del consumo, los cuales están apartando a Dios y la espiritualidad cristiana de la vida pública, mediante la poderosa influencia de los medios de comunicación y la industria del entretenimiento, que atraen y dominan la atención de los individuos en todos los ámbitos de sus actividades, manipulándolos con maña para su propio provecho económico.
Si hay algo que no debemos de olvidar es el espíritu que llevamos dentro, nuestra esencia divina y eterna, el cual nos hace únicos, irrepetibles, dignos por el sólo hecho de existir, no tanto por sus dotes intelectuales o talentos, sólo por ser personas e hijos de Dios.
Concluyo ésta reflexión con unas bellas frases de dos grandes místicos cristianos:
“Conócete a ti misma, alma hermosa: tú eres la imagen de Dios”.
Ambrosio (349-397)
“Dios esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser de tu alma”
Juan de la Cruz (1542-1591)