La falta de memoria del recipiente de carne y hueso

El conocido psiquiatra austríaco Viktor Frankl en su libro “el vacío existencial” escribe:  “Cada época tiene su neurosis y cada tiempo necesita su psicoterapia. Hoy en día no nos enfrentamos con una frustación sexual como en los tiempos de Freud, sino con una frustración existencial. El paciente típico de nuestros dias no sufre tanto bajo un complejo de inferioridad, sino bajo un abismal complejo de falta de sentido, acompañado de un sentimiento de vació, razón por la que me inclino a hablar de un vacío existencial.”

Para Frankl el sentido de la vida, es aquello que le confiere propósito a la vida, un significado,  una misión a realizar, que a su vez le proporciona tambien un soporte interno a la existencia. Por lo tanto, la búsqueda de sentido en la vida sería una necesidad específica y fundamental del ser humano, la cual está presente en mayor o menor grado en todas las personas.

Según Frankl y otros psicoterapeutas está demostrado que esa frustración de no encontrar el sentido a la propia vida y la carencia de propósito,  es una fuente de desajuste emocional que conduce con el tiempo a un vacío existencial. Es éste sentimiento de vacío lo que impulsa a las personas afectadas, a tratar de compensarlo de alguna forma, surgiendo de allí las más diversas alteraciones emocionales que causan las adicciones a drogas, las depresiones, las neurosis y otras patologías modernas (obesidad), que atormentan hoy en día a las sociedades de consumo.

Basándome en la comprobación científica por parte de la medicina psiquiátrica, acerca de la magnitud la crisis existencial por la que está atravezando una buena parte de la sociedad moderna, se me ha ocurrido relacionar ese sentimiento de vacío que asedia a tanta gente, con la crisis espiritual y la falta de fe en Dios que se percibe en los países más industrializados, donde debido entre otros factores a la abundancia de bienestar material,  de tecnología, de entretenimiento y de consumismo, se han estado olvidando de si mismos, de su propia dimensión espiritual y de Dios, su Creador.

Para ilustrar en forma figurada y de manera sencilla la relación causa-efecto que existe entre la crisis existencial y la crisis espiritual, he seleccionado un objeto muy común y de uso cotidiano como son los recipientes. Si bien el recipiente es algo ordinario, como símbolo para explicar mi argumentación que viene a continuación, tiene una enorme fuerza de evidencia, incluso me atrevería a decir, hasta mágica.

Empecemos entonces por refrescar la definición y la función del recipiente:

El recipiente es un objeto para guardar o contener algo. Como su propósito y finalidad son la de guardar o englobar un contenido, es el contenido en consecuencia lo de mayor valor y es además, mucho más necesario que el recipiente. Un recipiente sirve para lo que fue fabricado y cumple su propósito, única y exclusivamente cuando contiene algo. Esa es la razón de su existencia. Si está vacío, no sirve de nada  y se desecha. El contenido es lo valioso, lo útil y lo importante.

Antes indagar sobre el sentido de nuestra propia vida y de nuestro destino último, tenemos primero que remontarnos al tema de nuestro origen como seres humanos, y preguntarnos quiénes somos, porqué existimos y qué nos sucede después de la muerte?; lo cual es como un deseo primario del hombre o una curiosidad existencial, que aflora en el transcurso de nuestra vida de vez en cuando, sobre todo en las ocasiones que estamos muy afligidos o sufriendo.

En vista de que el hombre no está en capacidad de responder de manera absoluta y convincente esa incógnita vital, la explicación de nuestro origen la ha recibido por medio de una revelación de Dios, que en el caso de la civilización occidental, la encontramos en el Libro del Génesis en la Biblia.

Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. Génesis. 2,7

La Sagrada Escritura nos relata que en el momento de la creación del mundo y todas las criaturas que conocemos, los seres humanos recibimos de Dios el espíritu inmortal como constituyente de nuestra existencia, el cual se manifiesta en esa fuerza substancial y el propósito natural de vivir que todos poseemos, a la que los antiguos sabios llamaron en latín animus o alma.

Una de las verdades divinas más trascendentales relevada por Dios, es la existencia del espíritu en el ser humano. La realidad indiscutible de que el hombre es una dualidad de cuerpo y alma, que es nuestra dualidad original, que somos un cuerpo con un espíritu, que somos la unión perfecta de una naturaleza material visible y una naturaleza espiritual invisible en el mismo ser.

El término dualidad quiere decir:  la reunión dos fenómenos opuestos en una misma persona o cosa.

Es oportuno mencionar aquí un aspecto importante relacionado con mi interpretación del mensaje contenido en el Evangelio, la cual está basada en la creencia de que el cuerpo y el alma son dos substancias esencialmente distintas e independientes. Nuestro ser está formado entonces de dos dimensiones: el cuerpo (dimensión física) y el alma (dimensión espiritual).

Ésta realidad concreta que somos, se deja representar maravillosamente con el símbolo del recipiente: el ser humano es un recipiente porque contiene el espíritu o alma. Es el apostol Pablo el que hace la magistral representación simbólica del creyente con un recipiente en la Sagrada Escritura:

Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios.
2. Cor 4, 7

En su primera carta a los Corintios Pablo afirma una vez más que somos recipientes (templo) del Espíritu de Dios y que habita en nosotros, cuando encara a sus oyentes diciendo:

¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? 1 Corintios 3, 16

Hablando en forma figurada, el ser humano es más bien un espíritu que vive encerrado en un cuerpo físico, ya que todas las cualidades de la persona única o sujeto inteligente que nos caracteriza como individuos, son fuerzas o potencias espirituales como por ejemplo: el entendimiento, la voluntad, la conciencia, los pensamientos, la memoria, la fe, el amor, la esperanza, las pasiones, la justicia, el perdón, el consuelo, la paz interior, la prudencia,  la fortaleza, la templanza, la bondad , la malicia, etc.
De allí que hasta podríamos también afirmar con propiedad, que somos seres espirituales o realidades espirituales que existimos en un cuerpo.

Es muy conveniente que éste conocimiento de sí mismo y la conciencia de nuestra propia dimension espiritual los tengamos siempre presente, y que con la ayuda de la imaginación, tratemos de visualizar ese espíritu que llevamos dentro y que sentimos cuando sobrepuja a todas las exterioridades de nuestro cuerpo, cuando se manifiesta por medio de nuestro estado emocional y el comportamiento a través de las expresiones visibles y audibles conocidas: las palabras, la risa, el llanto, las caricias, el buen ánimo, el enamoramiento, la tristeza, la alegría, el mal humor, los afectos, los deseos, las pasiones, etc.

¿Qué significa ésta verdad bíblica para nosotros, de que el espíritu habita en nuestro cuerpo, y cuáles son las implicaciones de ser amados por Dios y de ser los recipientes de tan divino tesoro?

El significado es realmente grandioso! Si creen en la Palabra de Dios, traten ustedes por favor de imagínarse esa alegoría de que son unos recipientes o cántaros que contienen el espíritu de Dios, que son los tesoreros de un espíritu divino, que lo llevan dentro de su cuerpo, y que es precísamente por esa razón, que en la Biblia dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios.(Génesis 1, 26)

Eso es lo que tú y yo somos: recipientes y tesoreros del espíritu de Dios, y no descendientes de los monos, como lo cuentan con arrogante ligereza en la escuela.

Nuestra alma es la parte espiritual que tenemos de Dios, en el cuerpo. Somos seres dotados de un cuerpo material y mortal, cuya composición Pablo en forma simbólica la compara con el barro, y de un alma, a la que por ser inmaterial e inmortal, el Apóstol la califica: el tesoro.

Por lo tanto, la importancia del alma es mucho mayor que la del cuerpo, por ser espiritual, de origen divino y eterna. Como recipientes guardamos un gran tesoro: el alma.

Para un alma infeliz, algunas veces un cuerpo sano no es nada más que una prisión insoportable, cuyas cadenas son lamentablemente quebrantadas por el suicidio. Porque los males del alma, los pecados y las infelicidades de todo tipo constituyen para el individuo un peso mucho más doloroso y mucho más terrible de soportar, que todos los padecimientos físicos.

No fue para salvar nuestros cuerpos que el Señor Jesucristo vino al mundo y se hizo inmolar en la Cruz del Calvario en expiación de los pecados de sus criaturas. No fue para salvar los cuerpos que la Iglesia fue instituida, ni es para salvar cuerpos que los sacramentos existen.

Cuando el señor Jesús sanaba cuerpos, era constantemente con el fin principal de salvar sus almas. Dios permite enfermedades y grandes dolores físicos en las personas para atraerlas a la penitencia por medio del sufrimiento. Lo que quiere decir, que Él permite que los cuerpos se enfermen y mueran, para que sus almas se salven.

Por pura Gracia, Dios nos ha concedido el don de considerarnos como sus hijos, y por la Obra redentora del Señor Jesucristo, el privilegio de llamarlo nuestro Padre celestial. El sabernos amados por Dios como sus hijos, nos permite estimar más nuestro propio valor como personas que somos, por el hecho de que tenemos a nuestro Señor Jesucristo y el Evangelio como referencia firme e indiscutible para darnos el valor que merecemos y por lo tanto, no darle en cambio tanta importancia a los criterios materialistas y utilitarios, según los cuales estamos siendo valorados por el sistema socio-económico dominante, que ha establecido una escala de valores que menosprecia la dignidad inherente de las personas, como son: nivel de educación, ingreso económico, estrato social, profesión, apariencia, conocimientos, rasgos étnicos, rendimiento en el trabajo, etc.

Si aceptamos como verdad absoluta la existencia de Dios como Creador del Universo, su Santa Palabra y la Vida y Obra Redentora de su Hijo Jesucristo, cada creyente cristiano puede estar seguro de que como ser humano, su vida posee un sentido innato, un propósito supremo concedido por Dios, que es inherente a su propia existencia y que le confiere ya significado y plenitud básicos a su vida, independientemente de sus aptitudes y su destino.

Dios tiene para cada uno de nosotros una vida con finalidad y además provechosa, pero por lo general no nos revela su propósito, para que aprendamos a confiar en Él bajo cualquier tipo de circunstancias en que nos toque vivir.

Según mi opinión, la crisis existencial de la que habla el señor Frankl es por lo tanto, la consecuencia lógica del enfriamiento de la fe en Dios, de la pérdida del interés por lo divino y del olvido de la propia espiritualidad, que se derivan de ese frívolo estilo de vida de la sociedad actual, con el que pretendiendo ignorar a Dios y la tradición cristiana, nos hemos entregado al placer y al consumo sin riendas y sin miramientos.

Al olvidarse de Dios, el ser humano no se da cuenta de que simultáneamente se está olvidando de sí mismo, porque en realidad la esencia del hombre es su interioridad, su conciencia, es decir, el fondo de sí mismo, donde se encuentra el alma y por lo tanto la imagen de Dios. Ésto sucede, porque nosotros estamos acostumbrados a pensar, que nuestro ser sólo consiste en nuestra exterioridad: el cuerpo material y visible que percibimos con nuestros sentidos.

No pensamos, ni recordamos que somos justamente “recipientes de carne y hueso”. Y al olvidarse de su contenido, el hombre-recipiente se siente entonces como si estuviera vacío, y al creerse vacío, pierde su propósito original y termina así por perder el sentido de su propia vida.

Esa es la razón por la que yo he resuelto llamar al fenómeno del vacío existencial de una modo más preciso: la falta de memoria del recipiente de carne y hueso.

Los humanos somos sin lugar a dudas seres muy complejos, no solamente tenemos que hacer infinidad de tareas y trabajos, sino tambien tenemos que desempeñar diversos roles o funciones.

Ésta función humana de servir de recipiente del espíritu de Dios, que ahora para nosotros nos resulta extraña, era entre los creyentes cristianos en la Antigüedad seguramente más conocida, que en ésta época nuestra caracterizada por el racionalismo y la ideología del materialismo y del consumo, los cuales están apartando a Dios y la espiritualidad cristiana de la vida pública, mediante la poderosa influencia de los medios de comunicación y la industria del entretenimiento, que atraen y dominan la atención de los individuos en todos los ámbitos de sus actividades, manipulándolos con maña para su propio provecho económico.

Si hay algo que no debemos de olvidar es el espíritu que llevamos dentro, nuestra esencia divina y eterna, el cual nos hace únicos, irrepetibles, dignos por el sólo hecho de existir, no tanto por sus dotes intelectuales o talentos, sólo por ser personas e hijos de Dios.

Concluyo ésta reflexión con unas bellas frases de dos grandes místicos cristianos:

“Conócete a ti misma, alma hermosa: tú eres la imagen de Dios”.  
Ambrosio (349-397)

“Dios esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser de tu alma”
Juan de la Cruz (1542-1591)

¿De que nos sirven los conocimientos, si no usamos nuestra conciencia?

« ¡Conciencia, conciencia!, instinto divino, inmortal y celeste voz, guía segura de un ser ignorante y limitado, pero inteligente y libre; juez infalible del bien y del mal; sin ti no siento en mí nada que me eleve por encima de las bestias, mas que el triste privilegio de extraviarme de errores en errores con la ayuda de un entendimiento sin reglas y de una razón sin principios »

Con ésta magnífica descripción, el escritor y filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau (1712 – 1778) logró ilustrar con palabras uno de los más grandes misterios del alma humana: nuestra conciencia.
Una cosa es saber o tener conocimiento de algo y otra muy distinta es tener conciencia de sí mismo, de la realidad que nos rodea, de lo que uno hace, o bien de lo que se deja de hacer.

Rousseau en su escrito, al comparar las cualidades de la conciencia y de la razón humana, hace además ésta importante afirmación:

« La conciencia o el sentimiento que la inspira, tiene la primacía sobre la razón. Si nos atenemos al desarrollo de las facultades, primero encontramos en el hombre la sensibilidad física, el sentimiento de la propia existencia y el amor a sí mismo, de esta fuente brota el impulso y el contenido de la conciencia moral. En la conciencia esta la guía segura contra los extravíos de la razón. La razón puede equivocarse, sus juicios pueden ser afectados por la acción de los prejuicios y las propias pasiones. Sin embargo, la conciencia nunca se equivoca y ella es la encargada de conducir a la razón por el camino acertado. »

Se dice que el único juez válido de nuestras acciones es nuestra propia conciencia, pero siempre y cuando, interroguemos previamente a nuestro corazón si lo que estamos por hacer es lo correcto, si está bien o mal.

Viktor Frankl, psiquiatra austríaco y creador de la logoterapia, recomendaba a la gente lo siguiente:« Sé dueño de tu voluntad y siervo de tu conciencia ». Entendiendo que el ser dueño de tu voluntad implica la condición previa de concebirse como ser libre, pero plenamente responsable de sus actos voluntarios. El ser siervo de tu conciencia, implica para Frankl el hecho lógico de que la conciencia debe ser por consiguiente algo distinto de sí mismo. Tiene que ser algo que esta dentro de mí, pero que al mismo tiempo, está tambien por encima de mí, entendiendo a la conciencia como un fenómeno que trasciende y que es más que mi propio yo.

San Pablo, quien en la Biblia menciona por primera vez el término conciencia y explica su funcionamiento, como el centro moral con el que Dios ha dotado al ser humano para vigilar y conducir a la razón por el camino acertado, y que al mismo tiempo, sirve de testigo fiel y riguroso de sus acciones y obras.

« Así que cada uno examine su obra, y entonces tendrá gloria sólo respecto de sí mismo, y no en otro. » Gálatas 6, 4

Hablando de su propia experiencia personal, Pablo nos aconseja usar siempre como guía a la conciencia en nuestro comportamiento y en la toma de decisiones :
 « Este es para nosotros un motivo de orgullo: el testimonio que nos da nuestra conciencia de que siempre, y particularmente en relación con ustedes, nos hemos comportado con la santidad y la sinceridad que proceden de Dios, movidos, no por una sabiduría puramente humana, sino por la gracia de Dios.» 2. Corintios 1, 12

La vida humana es permanente encrucijada ante las múltiples situaciones y posibilidades que nos presentan las circunstancias, en las cuales tenemos que elegir entre dos cosas. Constantemente enfrentamos situaciones en la que tenemos que elegir algo. Se puede decir que uno ha alcanzado una sabiduría elevada en la vida, cuando el individuo es capaz de distinguir entre lo que es verdaderamente esencial  y lo que es secundario o accesorio. Cuando uno puede distinguir entre lo verdadero y lo aparente, es decir, lo que parece y no es.

En éste mundo tecnológico en que vivimos, repleto de informaciones y conocimientos que son generadas constantemente sobre una infinidad de temas,  nuestras mentes estan siendo alimentadas por los medios de comunicación con una cantidad tan enorme de conocimientos y con tanta rapidez, que nuestra conciencia no los puede analizar o procesar eficientemente. Imagínense a la mente humana como el buche de un ave en el que se va acumulando el alimento obtenido, y a la conciencia, como el estómago y el intestino que tienen la funciones de digerir todo y de asimilar al final solamente lo conveniente, nutritivo y vivificante.

Debido a ese flujo contínuo de informaciones que estamos recibiendo, incluso sin desearlo, y que terminan por saturar la mente, la conciencia parece estar tan sobrecargada con el examen y el análisis de los conocimientos recibidos, que está como adormecida. No es de extrañar entonces que estemos todos tan abarrotados mentalmente con informaciones, y que por eso la razón y el sentido común se encuentren algo extraviados en este torbellino alocado e insensato, conocido como la sociedad de consumo.

Sin darnos cuenta, estamos siendo condicionados por un estilo de vida que no hemos elegido ni de manera conciente ni voluntaria, sino que nos ha sido impuesto por la educación, las empresas y los medios de comunicación. Hacemos muchas actividades sin pensar y sin reflexionar, las hacemos sencillamente porque la mayoría las hace. Una gran parte de las ideas y de los pensamientos que ocupan a diario nuestra mente, son ideas y creencias que nos han inculcado, son pensamientos ajenos que de tanto escucharlos o leerlos los hemos asumido como propios, pero siguen siendo postizos.

En virtud de esa situación, tenemos que esforzarnos en hacer un mayor uso de nuestra conciencia para poder filtrar ese enorme cúmulo de informaciones e ideas nuevas que estamos recibiendo, y asimilar lo que a nuestro juicio es lo mejor para nosotros, desechando el resto de las informaciones sobrantes que son sólo una carga inútil. Despertemos nuestras conciencias y no permitamos que, sin desearlo, se nos siga llenando nuestro « estómago mental» con informaciones innecesarias.

¿Cómo podemos notar si nuestra conciencia está efectivamente algo adormecida?
Un examen íntimo de conciencia nos puede ayudar a determinar nuestra situación personal actual. Las siguientes preguntas podrían servir de orientación:

  • ¿En tus momentos de soledad mantienes siempre un diálogo interior con la voz de tu conciencia, o por el contrario, te sientes extraño e incómodo contigo mismo?
  • Estás amando de todo corazón e incondicionalmente a alguien en estos momentos, o estás compartiendo la vida con alguien sólo por evitar la soledad ?
  • ¿Eres el protagonista de tu mundo interior, de tus decisiones y criterios para actuar, o más bien tiendes a dejarte llevar por las circunstancias y por lo que hacen los demás?
  • ¿Estas centrado en tí mismo o estas más orientado y atento hacia lo que viene de afuera, de los otros, de lo que esta sucediendo alrededor de tí?

Una de las experiencias personales de mayor significado y trascendencia en la vida de cualquier individuo, es el tomar conciencia de su propia conciencia, o dicho de otra manera,  reconocer la existencia del alma como una entidad o sujeto que habita dentro del cuerpo. El reconocimiento consciente de nuestra naturaleza compuesta de cuerpo y alma.

En este orden de ideas el antropólogo y psiquiatra chileno Claudio Naranjo afirma lo siguiente: « Se puede decir que cuando el individuo llega a tomar conciencia de su conciencia misma—más allá de la conciencia de su cuerpo–, es decir sus emociones y sus pensamientos, ello constituye una especie de nuevo nacimiento, un nacimiento espiritual con el que penetra en un nuevo nivel de vida.  La simple toma de conciencia es sanadora, y a veces basta con captar uno de nuestros patrones relacionales compulsivos para que comencemos a desidentificarnos de éste, recuperando la libertad de actuar en forma creativa y apropiada a las circunstancias en vez de hacerlo desde la inercia de condicionamientos tempranos obsoletos.»

Sobre la importancia la conciencia dice San Agustin:

«Si la esencia del hombre es la interioridad, la conciencia como interioridad del hombre lo define en su cualidad central: el hombre es su conciencia, se encuentra a sí mismo en su conciencia, que contiene y la dicta la norma del valor moral. La conciencia es la parte más segura y espiritual del alma, la que se identifica con el hombre interior; abierta, por consiguiente, para ver lo que se debe temer, desear, buscar, alabar y amar. Por eso, si muchas veces se identifican corazón y conciencia, otras veces la conciencia aparece como el centro del corazón, «vientre del hombre interior»

Es también una vivencia maravillosa y muy provechosa el llegar a tener conciencia de sí mismo, pero no sólo del cuerpo sino de tus emociones, pensamientos, imaginación, deseos, congojas, penas, etc, en resumen, de nuestra vida interior, de nuestra alma. Tener conciencia de nuestra dimensión espiritual y de nuestra dualidad natural entre el cuerpo y el espíritu, es decir el hombre exterior y el hombre interior.
San Agustín en uno de sus sermones con el fin de ilustrar mejor la dualidad de la naturaleza humana compuesta de alma y cuerpo, animaba a sus oyentes a comprobar en si mismos la realidad de la existencia del hombre interior (ánimo o alma), que no se ve pero que se siente y el cual habita dentro del hombre exterior (el cuerpo que tenemos):

“Y lo que no se ve, esto se ama más, pues consta que se ama más al hombre interior que al exterior. ¿Cómo consta esto? Compruébelo cada uno en sí mismo. En efecto, ¿qué se ama en el amigo, donde el amor es totalmente sincero y limpio? ¿Qué se ama en el amigo, el ánimo o el cuerpo? Si se ama la lealtad, se ama al ánimo; si se ama la benevolencia, sede de la benevolencia es el ánimo; si en el otro amas que ése mismo te ama también a ti, amas el ánimo, porque no la carne, sino el ánimo, ama.”

Nuestra conciencia no es solamente capaz de captar los actos que hacemos, sino tambien de percibir nuestra interioridad espiritual, y de manera particular, al fenómeno espiritual por excelencia de la creatura humana: el amor a sí mismo y el amor al prójimo.

El filósofo español Joaquín Xirau describe lo que él denominó como la conciencia amorosa del ser humano:
« Claro es que en algún sentido, es el amor -el «amor puro» de que hablamos aquí- un fenómeno de conciencia.
El amor no es pasión, sino acción. No depende inicialmente de las circunstancias ni de las inclinaciones de los demás. Es iniciativa y espontaneidad, entrega gratuita y sin intención ni esperanza de recompensa ni aun de correspondencia. Descansa en una intima necesidad del espíritu que se expande y halla en la expansión su goce supremo. Todo se baña y se anega en las aguas de la vida espiritual. Mediante ello el mundo se nos hace interior y se convierte en experiencia íntima, inefable e intransferible. Nadie es capaz de experimentar lo que yo experimento ni de sentir lo que yo siento.

Fuera de mi intimidad la realidad del mundo se reduce a mera percepción «exterior», impersonal, abstracta y mostrenca,y las cosas a meras «cosas» insignificantes e indiferentes. Por la experiencia espiritual el mundo se hace mío, lo siento como cosa mía, íntimamente vinculada a mi personalidad y a mi destino. El espíritu impregna la totalidad de nuestro ser y del ser de las cosas entre las cuales vivimos. Como un halo sutil nos inunda y al mismo tiempo que nos proyecta más allá de nosotros mismos y nos permite vivir en el mundo y por el mundo, nos repliega, nos destaca y nos aísla e incluye el mundo entero en el ámbito de la intimidad. Mi centro personal se convierte en el centro del universo y el universo entero se vincula orgánicamente a mi vida. »

En la encíclica Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II promulgada en 1965, dice en la sección referente a la conciencia humana, lo siguiente:
« En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente (ver Rm 2, 14-16). La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. » 

He expuesto hasta aquí, ésta serie de valiosas opiniones y afirmaciones de ilustres personalidades sobre la conciencia, las cuales representan una pequeña pero sólida muestra de la extensa argumentación, que está disponible en la literatura universal sobre el prodigioso papel de la conciencia en la existencia humana y su imprescindible contribución, para lograr en la vida esas fases de plenitud, de gozo y de felicidad tan anheladas por todos.

En contraste con lo anterior, voy a exponer a partir de aquí, algunos argumentos críticos en contra del exagerado culto que se le brinda al saber, al conocimiento científico y a la tecnología.

Se admira y se confía tanto en la capacidad intelectual y en los conocimientos, que una y otra vez nos olvidamos de dos de los aspectos más primordiales del ser humano:

  1. sus características naturales más evidentes: las limitaciones de su mente y de sus conocimientos, el hecho indiscutible de que errar es humano, la absoluta dependencia de la naturaleza (aire, agua, tierra, plantas y animales), la extrema fragilidad de su cuerpo, el ser mortal y disponer de una vida útil muy breve.
  2. el papel de la conciencia para examinar, percibir y considerar todos los factores y circunstancias, con el propósito de guiar nuestras acciones por el camino acertado.

Esta es una de las debilidades humanas más frecuentes y persistentes, a la cual generación tras generación siempre volvemos a sucumbir, así tal como lo testimonió en el siglo XVI el célebre teólogo holandés Erasmo de Rotterdam en su obra « El elogio a la locura » cuando hizo la siguiente afirmación:

« Y, lo repito una vez más, los que están más lejos de la felicidad son aquellos que más cultivan el saber, mostrándose por eso doblemente necios, pues, a pesar de ser hombres, se olvidan de su condición y acumulando sus ciencias una sobre la otra pretenden emular a los dioses y declarar como los Gigantes la guerra a la Naturaleza, valiéndose de estos ardides, lo que demuestra que los menos desdichados son los que siguiendo su instinto se aproximan más a la sandez y cualidades de los brutos y no intentan nada que esté por encima de la condición humana, y voy a demostrar este aserto aunque no ciertamente valiéndome de los entimemas de los estoicos, sino con un ejemplo evidente que entre por los ojos.» 

Después de haber transcurrido más de 500 años de esa valiente aseveración de Erasmo, y sobre todo después de haber logrado la humanidad los mayores avances científicos, y de haber generado las universidades el mayor volúmen de conocimientos tecnológicos de la historia, tenemos hoy en dia que llenarnos de mucho coraje y paciencia al constatar con renovado asombro, la tremenda crisis ambiental que hemos generado las sociedades de consumo con nuestro despilfarrador estilo de vida, al agotar demasido rápido los recursos naturales y al ocasionar el calentamiento del clima mundial por el elevado consumo de energía. Con el agravante de no haber sido capaces de usar la conciencia ecológica de modo constante y efectivo, y por habernos involucrado nuevamente en una absurda guerra contra la naturaleza, guerra ésta que estamos condenados a perder.

Por todo lo que he escrito y para finalizar la reflexión, lanzo de nuevo la pregunta a mi estimados lectores, esperando que se animen a buscarle una respuesta: ¿De que nos sirven los conocimientos, si no usamos nuestra conciencia?

Ir de victoria en victoria hasta la derrota final y definitiva. Las luchas espirituales y las luchas de la vida pública.

Uno de los términos que más se usan actualmente es la palabra éxito o su adjetivo exitoso. Es tan importante el tener éxito en estos tiempos, que se ha establecido lo que podríamos llamar: la cultura del éxito.

Todo el mundo quiere tener éxito, ser ganador, ser vencedor. Y no me refiero, por supuesto, en las áreas del juego y del deporte donde aspirarlo es característico, sino en los más variados ámbitos de la vida.

Y como evidencia de esa situación, nada más que hay que fijarse en como han proliferado recientemente, los registros de records tontos e intrascendentes en el libro de Guiness: que si el velo de novia más largo, o la paella más grande o bien el eructo más ruidoso del mundo; y también en la enorme cantidad de personas ordinarias (hasta inválidos y ancianos) que tratan de escalar los 8’000 metros del Mount Everest en el Himalaya.

Pero, es en el mundo laboral donde el tener éxito se ha propagado más, y es hacia el éxito donde se dirigen todos los esfuerzos de las empresas y sus trabajadores. El significado del éxito empresarial ha estado cambiando a través del tiempo, antes se refería a aspectos como: la utilidad o la belleza del producto,  la innovación,  la calidad del producto, o el prestigio del fabricante.

Hoy en día el significado de tener éxito para la gran mayoría de la gente, se ha reducido al simple hecho de ganar más dinero. Cuando en realidad, el tener éxito significa etimológicamente: salir bien o salir vencedor de una situación difícil determinada.

Las novelas bestseller, las películas de cine y las series de la televisión populares están todas basadas en la cultura del éxito, el protagonista siempre sale bien y como vencedor, y el fin de la obra es usualmente un final exitoso. Sin embargo, en la cruda realidad de nuestra vida, sabemos que no todo lo que emprendemos nos va a salir bien y que también experimentamos fracasos.

Y yo me pregunto, pero no puede una persona también fracasar rotundamente y sin embargo, tener éxito y hasta victorias? Claro que sí, es la respuesta, y a continuación está la explicación:

Todo va a depender de cómo nosotros mismos consideremos lo que nos sucede en la vida y más específicamente dónde nos sucede, si es en el mundo exterior en el que vivimos, o en nuestro ser interior, es decir, dentro de nuestra  propia conciencia, en nuestra alma; que sólo nosotros percibimos y que está totalmente fuera del alcance de las miradas u opiniones de los demás, ya que es nuestro santuario impenetrable e inviolable, ese recinto oculto donde podemos estar a solas con Dios y hablar con él tranquilamente.

Es interesante mencionar, que uno de los significados originales de la palabra victoria, tiene que ver con la acción de vencer o dominar nuestros propios vicios y las pasiones desordenadas del alma. De esa lucha de las pasiones que se da en nuestro ser interior, es que se deriva por ejemplo la frase de Buda: “La máxima victoria es la que se gana sobre uno mismo”.

San Agustin de Hipona por su parte, también describió de una manera excelente esa lucha interior que se produce en la conciencia de todo ser humano entre el bien y el mal, a la que llamó el combate, y que transcribo gustosamente a continuación:

“Porque nadie sale vencedor sino con la victoria que da la gracia de Jesucristo. Y la contínua guerra tiene un carácter de intimidad, porque dentro del espíritu mismo se libran las grandes batallas, en que la voluntad y las fuerzas del mal chocan entre sí.  En el santo bautismo serán borrados vuestros pecados, pero quedarán en su vigor vuestras concupiscencias, con que habéis de pelear después de recibir la gracia regeneratriz. Sigue, pues, el combate dentro de vosotros mismos. No temáis a ningún enemigo externo; véncete a ti mismo, y el mundo será vencido.

No ves al enemigo, pero sientes la fuerza de tu deseo; no ves al diablo, pero sí lo que te atrae y deleita. Vence lo que sientes en tu interior: Combate, combate sin tregua. Nuestro corazón es continuo campo de batallas. Un sólo hombre pelea con una multitud en su interior. Porque allí le molestan las sugestiones de la avaricia, los estímulos de la liviandad, las atracciones de la gula y las de la alegría popular; todo le atrae y a todo hace guerra; con todo, es difícil que no reciba alguna herida. ¿Dónde, pues, hallarás la seguridad? Aquí en ninguna parte, a no ser en la esperanza de las divinas promesas. Mas cuando lleguemos allí reinará la paz perfecta, porque serán cerradas y selladas las puertas de Jerusalén; allí el lugar de la victoria total y de gozo grandes.

Nuestra vida en esta peregrinación espiritual no puede estar sin tentaciones, porque 
nuestro progreso se realiza con nuestra tentación; quien no conoce la tentación no se conoce a sí mismo, ni puede ser coronado el que no venciere, ni vencer el que no peleare, ni pelear sin hostilidades ni pruebas
. El espíritu nos empuja hacia arriba, la carne nos tira hacia abajo; entre estos dos conatos de elevación y gravitación terrena hay cierta lucha, que pertenece a la tensión del lugar.

Los hijos de Dios combaten porque tienen a su favor un poderoso auxiliador. Dios no asiste como mero espectador al combate íntimo, al estilo de una multitud que presencia una pelea. Esa multitud puede estar a favor de un peleador; pero, si éste está en peligro, no le puede prestar ayudar. Al contrario, en este espectáculo interior, el Espíritu de Dios es el que lucha por ti contra ti, contra lo que hay de contrario a tu propio bien dentro de ti.  

El mundo es un mar, pero también a él le hizo el Señor, y no permite que se encrespen sus olas sino hasta el cantil, donde su furia se deshace. No hay ninguna 
tentación que no haya recibido de Dios su medida. Y como de las tentaciones, lo mismo digamos de los trabajos y contrariedades: no se permiten para que acaben contigo, sino para que te hagas más fuerte.”

Muchos pensadores y filósofos coinciden en la concepción de la vida humana como un proceso de desarrollo, o un pregrinar, que está acompañado permanentemente de una pugna entre elementos antagónicos como: el bien y el mal, lo físico y lo espiritual , el cuerpo y el alma, la razón y el sentimiento, la vida y la muerte, el amor y el odio, etc.

La vida en sí misma, consiste en una lucha por satisfacer necesidades y aspiraciones: unas necesidades materiales existenciales en el mundo visible exterior y otras necesidades espirituales en nuestro ser interior invisible. Es decir que cada uno de nosotros está luchando en dos arenas o frentes simultáneamente, y como si eso no fuera ya suficiente, la lucha es además sin cesar. De ésta situación resulta entonces, la dureza que caracteriza la vida.

En medio de lo afanoso y exigente que es la vida, el gran escritor ruso Leon Tolstoi dijo lo siguiente refiriéndose al sentido de la vida:

“Me di claramente cuenta de que entre la cantidad de asuntos que llenan nuestra vida, hay asuntos verdaderos y asuntos insignificantes. Saber reconocer los que son verdaderos y los que son insignificantes: ahí radica toda la sabiduría de la vida. El error principal de la vida de los hombres es que cada individuo piensa que lo que conduce su vida es la aspiración a los placeres y la aversión por los sufrimientos. Y el hombre solo, privado de dirección, se entrega a esa pauta, busca los placeres y rehuye los sufrimientos y en eso sitúa el objetivo y el sentido de la vida.
Pero el hombre nunca puede vivir de placeres, ni puede evitar los sufrimientos.
Si el marinero decidiera que su objetivo es evitar las crestas de las olas ¿adonde llegaría? El objetivo de la vida está más allá de los placeres y de los sufrimientos. Se consigue pasando a través de ellos.”

En el transcurso de la vida, por medio de algúna experiencia íntima que nos estremece interiormente, llegamos cada uno de nosotros a sentir la necesidad de buscar la verdad y el sentido verdadero de nuestra existencia.

Por lo general, ese acontecimiento existencial es un hecho hiriente y doloroso que nos sucede: enfermedad, desilución, accidente grave, desengaño amoroso, muerte de un ser querido o bien un fracaso; el cual nos hace reflexionar, nos hace escuchar la llamada de nuestra propia conciencia y nos hace retornar a nosotros mismos. Allí dentro de nosotros, y por obra del Espíritu de Dios, llegamos a descubrir lo verdadero, lo esencial, lo maravilloso: nuestra propia alma.
San Agustín lo confirma cuando dice: “es en el hombre interior donde habita la verdad.”

Además también por experiencia propia, llegamos a darnos cuenta en algún momento de nuestras vidas, que la gloria del mundo exterior en el que vivimos, tan sólo es vanidad y apariencia, y que además, es breve y engañosa.

“Cuanto hay en el mundo – dijo el teólogo Fray Diego de Estella (1524-1578)- es falso y vano, porque es pasado, presente y futuro. Lo pasado ya no es, lo que está por venir es incierto, y lo presente es inestable y momentáneo.”

Si somos sinceros con nosotros mismos, podemos constatar que lo que vemos a nuestro alrededor y lo que percibimos de la gente no es más que una farsa, porque en realidad la gran mayoría de las personas sólo vive de apariencias.
Es como un teatro de máscaras en la que lo único que cuenta es aparentar, ya que lo importante es quedar bien ante los demás, impresionar y que nos tengan por importantes, dichosos o privilegiados, aunque no sea verdad.

Debido a la enorme influencia de los medios de comunicación y de la publicidad, el mundo de hoy en día se ha convertido en un gran escenario de la mentira, donde las mentiras se escriben, se dicen y se divulgan con naturalidad, maestría y elegancia; y donde cada uno hasta se cree y defiende su propio engaño.

En la Biblia el Rey David en sus Salmos, se describió a sí mismo como un ser pobre y necesitado, no porque le faltasen honras y riquezas, sino porque entendía que todo era engaño y vanidad, y porque en algunos momentos críticos sentía que le faltaba su Dios.

En la medida que vamos tomando conciencia de la clara contradicción que existe entre nuestros propios pensamientos, conciencia y valores, que es lo verdadero; y el acontecer cotidiano en el mundo exterior que nos circunda, que es lo aparente y engañoso; vamos arribando a la conclusión de que el ámbito de nuestro espíritu, de nuestra propia conciencia es el más auténtico y sobre todo el más importante. Es la vida del espíritu, de nuestros pensamientos, deseos, emociones, en resumen, del reino interior que tenemos dentro, la que contiene la verdad y la esencia eterna de la vida humana.

El filósofo danés Sören Kierkegaard (1813-1855), refiriéndose a la concepción de la existencia humana, describió de una manera muy ilustrativa,  ese proceso de toma de conciencia de si mismo en tres estadios o fases que corresponden a tres modos de existencia: la fase estética,  la fase ética y la fase de la fe.

La fase que Kierkegaard denomina estética, corresponde a la actitud de vida caraterística de la juventud dominada por la exterioridad, en que la persona se orienta al placer y al goce contemplativo que le ofrece el mundo exterior, a lo inmediato, a aprovechar el instante. El estético se deja llevar por el deseo y se empeña en su satisfacción inmediata. Debido a la inmediatez y a la exterioridad en que se enfoca la atención, ésta fase transcurre sin mucha conciencia del propio yo, sin conocimiento de si mismo, sin reconocimiento de su propio ser.

Lo que abre la posibilidad a la persona para pasar o dar el salto a la fase ética, es un estado de ánimo fundamental, es un estado de desesperación. Kierkegaard habla de la desesperación como un mero sufrir, un sufrir bajo las presiones de lo externo y cuya causa proviene del mundo exterior, pudiendo ser entre muchas vivencias, lo que en la opinión pública se considera como un fracaso.

Bajo esas condiciones, el espíritu pide una forma superior de existencia, de ahi que la persona da entonces el salto a la fase ética. En la fase ética se abandona el placer en favor del deber. Esta es la fase de la acción, y con ésta gana la persona cierta capacidad de autoreflexión. La acción implica necesariamente tener que hacer elecciones, y la más importante de éllas es esa elección ética que consiste en elegir entre la verdad de tu mundo interior y la mentira del mundo exterior, es decir, de elegirse a si mismo: lo verdadero.

La persona que se encuentra en la fase ética ha logrado vislumbrar el yo, el hombre interior que él mismo es  y donde habita la verdad, como algo muy diferenciado del mundo circundante en el que vive, el cual no es más que apariencias y vanidad.

Esa comprensión y el conocimiento de sí mismo que adquiere el hombre en la fase ética, al desprenderse del apego a la exterioridad y al tomar conciencia de su propia alma, le permitirá algún día descubrir la dimensión eterna del espíritu que ha recibido como don maravilloso de Dios. En ésta fase, la persona ante esa lucha contínua que libra tanto en su interior como en el mundo exterior, se hace consciente de la necesidad de acudir a Dios como su única fuente segura y confiable de ayuda, de fortaleza, de guía, de consuelo, de paz interior; pero igualmente se hace conciente de sus debilidades, de sus pecados, de su falta de esperanza; todo lo cual lo conduce al arrepentimiento sincero.
El arrepentimiento es el sentimiento que mueve al ético desesperado a dar el salto a la fase de la fe en Dios, Creador y Señor del universo, quien es la verdad absoluta y la vida eterna.

Ésta descripción de Kiekergaard de las fases de la existencia humana la considero muy  acertada y reveladora, porque yo personalmente he experimentado un proceso similar de toma de conciencia como el descrito arriba, encontrándome en este momento en la fase de la fe, por lo que la puedo recomendar con toda propiedad como una guía práctica, para poder saber en que fase de la vida se encuentra uno en la actualidad.

Ahora bien, si el alma es lo verdadero, y es además la maravillosa prenda de eternidad, que Dios al infundirnos su espíritu, nos ha dado por su inconmensurable Amor y Gracia, tenemos entonces que considerarla lo más prioritario y más importante de nuestra existencia terrenal. Nuestra alma es la parte de Dios que nosotros como seres humanos tenemos el gran privilegio de poseer, y por ser inmortal, vivirá eternamente y nunca pasará, a diferencia de nuestro cuerpo carnal y del mundo material exterior que si mueren y si pasan, quedando sólo sus restos o ruinas.

Orígenes (185-254), uno de los más grandes letrados del Cristianismo en la antigüedad, introdujo el término de “doble hombre”, para tratar de ilustrar la dualidad cuerpo – espíritu, la coexistencia del hombre carnal y el hombre espiritual en una misma persona.

Si hay algo valioso en este mundo en el que vivimos luchando, es el espíritu humano, por ser lo único que es verdadero y eterno. Nuestra alma es por lo que hace más de 2000 años, Dios envió a su Hijo Jesucristo y encarnándose se hizo hombre, y vivió entre nosotros para darnos con su ejemplo, el testimonio supremo del amor de Dios hacia la humanidad, y para darnos la buena nueva de que después de nuestra muerte, una Vida Eterna junto con Él nos espera.

Por esa razón, es en la lucha de las pasiones que se da en nuestra alma, donde tenemos que esforzarnos con más perseverancia y firmeza en lograr victorias y en alcanzar éxitos. Ya que en el mundo interior es donde se libran las batallas más difíciles y las más decisivas, porque allí estamos luchando por nuestro destino final, por nuestra paz y por nuestra felicidad eternas.

Aún cuando nuestro vivir diariamente sea una lucha dura y agotadora siempre se estarán alternando, por un lado los éxitos y los fracasos,  y por el otro las victorias y las derrotas. Esa es la situación normal y universal en cada ser humano.

Ahora bien, en el caso del cristiano que cree y espera en las promesas de Cristo Jesús, puede encontrar en la Biblia los consejos y las afirmaciones necesarias para aplicar la estrategia adecuada en su lucha de la vida, y para recibir la fortaleza y el ánimo de perseverar en el tiempo de su duración, es decir, hasta nuestra última bocanada de respiración.

Ahí está toda la Palabra de Dios en la Biblia para leerla y escudriñarla con atención y sin prejuicios, en la certeza de que cada uno encontrará el mensaje o el contenido que su alma necesita para sus situaciones y luchas.
En las luchas de la vida no estamos solos, Jesucristo lo dijo “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historiaMateo 28,20.

El mundo invisible de las realidades espirituales: Dios Padre , Jesucristo, el Espíritu Santo, el Reino de los Cielos, el espíritu humano, los ejércitos espirituales (de las cuales nuestros antecesores y familiares muertos ya forman parte); es lo que da y tiene vida eterna. Mientras que por el contrario, el mundo físico que vemos y percibimos con nuestros sentidos, pasará junto con el tiempo implacable y ya no será más.

Así lo afirma Jesucristo en el evangelio de San Juan cuando dijo: El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.” Juan 6, 63

Dejándose llevar por su propia vanidad y por la fama que le ofrece el mundo, hay muchos que por desear tener éxitos y alcanzar las mayores victorias en el mundo exterior, se olvidan de sí mismos, de su mundo interior y llegan a menospreciar la lucha que estan librando en su espíritu contra el mal,  arriesgando dejarse vencer por los instintos tenebrosos y las pasiones innobles, las cuales terminan arruinando su alma.

Pues, de que le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? Mateo, 16.26

De los grandes guerreros y conquistadores conocidos de la historia de la humanidad como Julio Cesar, Alejandro Magno, Atila, Gengis Kahn, Darío el Grande, Napoleon Bonaparte y Adolf Hitler, quienes en sus épocas conquistaron y establecieron imperios de enormes extensiones, guerreando y dominando cientos de naciones y ocupando innumerables ciudades, nos atreveríamos a decir, que éllos serían un buen ejemplo de ese tipo muy particular de personas con delirio de grandeza, que durante su vida fueron de victoria en victoria, posesionándose del territorio  y las riquezas que hallaban a su paso, hasta que les llegó la derrota final y definitiva, que significó su muerte y la perdición de su alma por los siglos de los siglos. Y éllos, después de haber sido dueños de medio mundo, tuvieron que conformarse con el estrecho espacio de su sarcófago.
Esa es la burla trágica de una vida llena de vanidad!

Nosotros como personas comunes y corrientes, también corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por un exceso de vanidad y llegar a abrigar la ambición de alcanzar alguna de las grandes metas de nuestra época como son: el sueño de ser millonario, el deseo de ser una estrella del cine, de la televisión o del deporte, un político de alta envergadura, un científico premio Nobel, o bien un record en el Libro de Guinnes; las cuales seguirán inevitablemente animándo a la humanidad a perseguir la gloria y la fama.

Es necesario tener siempre presente que el exceso de bienestar material, de prosperidad y de contínuos éxitos en la vida, tiende a generar en el ser humano el sueño más terrible: el sueño en el alma.

Pero por fortuna, seguirán siendo los grandes obstáculos de la vida, las derrotas, los accidentes, los desengaños, las enfermedades, los conflictos, es decir, todo lo que en el mundo material y visible se considera un fracaso o una piedra en el camino,  los que despertarán de la modorra espiritual al individuo, y a su vez,  lo impulsarán  a encontrarse a si mismo, a conocer el gran tesoro oculto de su propia alma, su ser interior, y después, a acudir a Dios con humildad y arrepentimiento, para así finalmente con su ayuda y compañía, lograr las victorias necesarias en esa lucha secreta, invisible, verdadera y muy sentida, que está librando en su espíritu. 

Es increíble pero cierto: vivimos de espaldas a nuestra propia alma. El amor con que uno se ama a sí mismo es el amor de Dios.

Si no quieres que me muera, ¡Ay, ámame!” Así dice la estrofa de una canción romántica del compositor cubano Miguel Matamoros, donde le ruega con hambre de amor, el enamorado a su amada. Sin embargo, dándole rienda suelta a la imaginación y pensando en las tristezas de nuestra propia interioridad, podría también ser el ruego silencioso de un alma sedienta de amor, atención y reconocimento, que le hace al ser humano que la lleva dentro sí, quién por estar tan ocupado con los estímulos del mundo exterior, se haya estando olvidando de ella.

Aunque parece increíble que seamos capaces de olvidarnos de nosotros mismos, los estudiosos del alma y la mente humana han comprobado esa falta de conciencia de si mismo y de amor propio en los países occidentales. Y tambien lo confirmo yo por mi propia experiencia, puesto que durante mis primeros 60 años de vida, estuve dándole la espalda a mi alma, por la sencilla razón, que mis padres no me dijeron que poseemos un alma inmortal creada por Dios, así como tampoco me lo enseñaron en los colegios religiosos, donde recibí lecciones de catecismo. Si ese fue mi caso personal, qué se puede esperar de todas las personas que tuvieron una educación laica en escuelas públicas?

Debido a esa incomprensible omisión, he comenzado a redactar una introducción a la espiritualidad cristiana para niños, para darles a conocer ese imprescindible fundamento de la fe cristiana.

Estamos tan pendientes de lo que sucede fuera de nosotros, y ponemos tanta atención a las cosas o personas que nos rodean, que descuidamos nuestro propio yo.

Vivir de espaldas a su propio ser y a su propia conciencia, es tan frecuente en el ser humano, que ya San Agustín, uno de los sabios más lúcidos y preclaros que ha existido, escribía hace más de 1500 años sobre el tema de nuestra interioridad lo siguiente:

No hay que tener miedo a entrar en el interior, lo problemático será no entrar porque nos convertimos en huéspedes en la propia casa, viviendo como desterrados en la patria; entrar en el interior es intentar reintegrarse desde dentro, porque es ahí donde se vive y se tienen los grandes ideales: «¿Por qué miras alrededor de ti y no vuelves los ojos adentro de ti? Mírate bien por dentro, no salgas fuera de ti mismo.

Recapacita; sé juez para ti en tu corazón. Procura que en lo secreto de tu aposento, en el fondo más íntimo de tu corazón, donde estás tú solo y Aquel que también ve, te desagrade allí la iniquidad para que agrades a Dios.”

En su obra Confesiones, San Agustín en medio de su fervorosa búsqueda de Dios, le confesaba su situación interior con ésta insólita expresión: “Tú estabas dentro de mí y yo fuera”

Pasamos tan poco tiempo con nosotros mismos en soledad, que algunos hemos aprendido a sentirnos como extraños en nuestro propio interior.

El conocernos a nosotros mismos nos resulta demasiado obvio, a pesar de que no tenemos la más mínima idea de quién somos y no sabemos con seguridad lo que desea nuestro propio corazón.

Nos hemos acostumbrado a responder automáticamente a los golpes del destino, sin preguntarnos sinceramente qué propósito tenemos en la vida, y qué es lo más importante para nosotros, interrogantes estas que nos llevarían necesariamente a sumergirnos en las profundas aguas de nuestro mundo interior, pero como no estamos interesados en ello, preferimos nadar en la superficie del mar de la vida, quedarnos en lo superfluo e intrascendente, donde sus permanentes olas y vaivenes nos hacen perder el rumbo, y nos van dirigiendo, sin darnos cuenta, a donde no queremos.

De allí que nos contentamos con conocer y saber más de lo demás, que de nosotros mismos.

Es necesario estar y vivir en armonía con tu propia conciencia, con tu ser íntimo, es decir, estar centrado en si mismo. Para lograrlo disponemos de la facultad de meditar, como cuando rezamos fervorosamente, para salir mentalmente del mundo que nos rodea y entrar en el fondo de nuestra interioridad, en la cámara secreta de nuestra alma.

San Agustín, el gran erudito del amor, nos aconseja en una forma sencilla y magistral sobre qué deberíamos de preferir, en el momento de elegir lo que para nosotros es digno de amar:

„Es verdad que también en esta vida la virtud no es otra cosa que amar aquello que se debe amar. Elegirlo es prudencia; no separarse de ello a pesar de las molestias es fortaleza; a pesar de los incentivos es templanza; a pesar de la soberbia es justicia. ¿Y qué hemos de elegir para amarlo con predilección, sino lo mejor que hallemos? Eso es Dios. Si en nuestro amor le anteponemos algo o lo igualamos con él, no sabemos amarnos a nosotros mismos, porque tanto mejor nos ha de ir cuanto más nos acerquemos a aquel que es el mejor de todos. Y vamos hacia él no con los pies, sino con el amor.”

Y son los buenos y malos amores los que hacen buenas o malas las costumbres”.

San Agustin comentando el mandamiento Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,37-40), èl dice:

Así Dios nos dio a entender que el amor con que uno se ama a sí mismo es el amor de Dios. Hay que decir que se odia quien se ama de otra manera, pues se hace inicuo cuando se priva de la luz de la justicia, y se aparta del bien superior y mejor cuando se vuelve hacia los bienes míseros e inferiores, aunque sea hacia sí mismo. Entonces se realiza en él lo que fue escrito con verdad: “Quien ama la iniquidad odia su propia alma”.

Nadie, pues, se ama a sí mismo sino amando a Dios; por eso no era menester, al dar el precepto de amar a Dios, mandar al hombre que se amase a sí mismo, pues con amar a Dios se ama a sí mismo.

Como complemento de lo escrito sobre la obra de San Agustin, deseo agregar algunas frases del místico español Juan de la Cruz:, relacionadas con el alma en su poema Cántico Espiritual:

  • ¿Qué más quieres, oh alma, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma?
  • El alma, hecha a imagen y semejanza de Dios, es la mejor huella que Dios dejó de sí en la creación.
  • Esta introspección o conocimiento de sí, es lo primero que tiene que hacer el alma para ir al conocimiento de Dios.
  • El alma no puede amarse ni amar a Dios sin conocerse a sí misma, sin constatar su origen divino.

Nuestra mesa está bien puesta y tiene opulencia de deliciosas comidas y abundantes manjares; y sin embargo, nuestras almas están hambrientas y sedientas de amor.

Es bueno y justo, estar atento al llamado de la voz interior del alma.

Cada conciencia humana es un imperio secreto e inaccesible para el resto del mundo. La libertad interior es la única libertad plena que podemos tener.

El proverbio latino Imperium in imperio (un reino pequeño dentro de un reino grande), lo utilizaban los antiguos romanos, para  referirse a un grupo de personas que debiendo fidelidad a su maestro, subordinan los intereses de la colectividad más grande en la que viven, a la autoridad de ese maestro.

En todas las civilizaciones y en toda la historia de la humanidad se han formado espontáneamente ese tipo de grupos de personas o clanes,  quienes atraídos por la filosofía y la ideas de un personaje determinado, deciden adoptarlas y lo aceptan a él como su guía y su autoridad. 

Sin embargo, en la antigüedad cuando los pueblos eran regidos con mano dura y gran despotismo por emperadores, reyes, príncipes y demás tiranos, esas congregaciones tenían que existir secretamente y operaban en la clandestinidad, para protegerse de las autoridades locales y no ser descubiertos, procurando siempre no llamar la atención de los gobernantes con sus actividades y de esa manera inadvertida asegurar su permanencia.

En el mundo de hoy, en el que se han alcanzado muchas libertades civiles y que ha sido decretada la declaración universal de los derechos humanos por parte de la organización de las Naciones Unidas, el funcionamiento de ese tipo de  agrupaciones es legal y está muy generalizado. En la actualidad existe una infinidad de ejemplos de diversas asociaciones que tienen sus propios fines, estatutos y dirigentes.

Entre los más conocidos están las diferentes religiones, comunidades espirituales, las hermandades humanitarias como la masonería, gremios profesionales, sindicatos de trabajadores  y pueblos tribales originarios, los cuales se caracterizan en que los integrantes reconocen la autoridad de su jefe o su maestro y le brindan su lealtad, anteponiendo siempre sus intereses a los intereses del resto de la sociedad.

Con el transcurso del tiempo muchas de estas organizaciones han estado creciendo en tamaño y en dominio,  y aunque sus actividades las realizan de manera muy discreta y confidencial, se han transformado en grandes centros de poder y de influencia política, convirtiéndose algunos en grupos poderosos e intocables capaces de imponer pautas a los gobernantes de potencias mundiales, como por ejemplo en los Estados Unidos de America: los grupos financieros de Wall Street en Nueva York, que son una muestra evidente de un imperio dentro de un imperio.

Ahora bien, si enfocamos nuestra atención en las personas que conforman esos grupos, es importante que recordemos que cada persona, cada uno de nosotros como ser humano, está dotado de una conciencia y una personalidad única e irrepetible, de un espíritu con existencia propia y de un conjunto de cualidades que constituyen el sujeto inteligente que es, y que lo distinguen de cualquier otro individuo.

Y si pasamos a un nivel de observación aún más profundo y nos pudiéramos introducir en las entrañas de la persona, constataríamos que la conciencia humana es esa interioridad del hombre donde reside el alma, que corrige y guía la razón y el deseo, donde están la fuente de los juicios normativos sobre el bien y el mal, así como también esa cámara secreta e inaccesible, en la cual el hombre se encuentra con si mismo y con su Dios.

Después de esta breve descripción de la interioridad de la persona, podemos afirmar con toda propiedad, que cada ser humano en su interior dispone de las facultades indispensables y cumple con todos los requisitos necesarios para también obrar y conducirse como un imperio dentro de un imperio.

En realidad poseemos el imperio más valioso, más impenetrable e indestructible que pueda existir: la unión íntima y vital del alma humana y Dios, en la que Dios Todopoderoso se revela y se encuentra con su creatura amada.

Aunque ese imperio sea invisible y secreto, y a pesar de que nosotros mismos incluso no estemos tan conscientes de él, se trata sin embargo del imperio más importante y más verdadero que existe, porque es un imperio sagrado constituido por los dos seres, que al final de todo, más cuentan en el mundo: tu alma y el Señor Jesucristo.

La experiencia personal del encuentro de Dios y su consciencia, la resumió el cardenal británico John H. Newman (1811 – 1891) de la siguiente manera: “descansar en el pensamiento de dos y sólo dos seres absoluta y luminosamente autoevidentes: yo y mi Creador.

Desde mi niñez yo había entendido con especial claridad que mi Creador y yo, su criatura, éramos los dos seres cuya existencia se impone arrolladoramente, como la luz. Es por completo un cara a cara, entre el hombre y su Dios.”

El Cardenal Newman nos dejó también una sencilla reflexión acerca de la existencia humana y sobre la necesidad de buscar a Dios y de unirnos a él para poder disfrutar de su amparo y fortaleza:

“La vida pasa, las riquezas se van, la popularidad es inconstante, los sentidos decaen, el mundo cambia, los amigos mueren. Sólo Uno es constante; sólo Uno es veraz con nosotros; sólo Uno puede ser verdadero; sólo Uno puede ser todas las cosas para nosotros; sólo Uno puede formarnos y poseernos.¿Estamos dispuestos a ponernos bajo Su guía? Esta es ciertamente la única pregunta“.

La soberanía y la jurisdicción de nuestra alma, de nuestro “castillo interior” la tiene de manera exclusiva nuestro Dios Padre, el Creador y Señor del Universo.  

Sobre nuestro cuerpo material de carne, huesos y nervios podemos disponer nosotros, o bien según las circunstancias, alguien más o algo externo, pero sobre nuestro espíritu y conciencia sólo Dios tiene el absoluto dominio.

Jesús en su advertencia a los discípulos sobre la persecución que podían sufrir a causa de Él, les dijo:

“No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno”. San Mateo 10, 28

El escritor y filósofo español Francisco de Quevedo (1580-1645) en un escrito que redactó sobre los argumentos de la inmortalidad del alma, se refirió de la siguiente manera a la imposibilidad de que el mundo creado pueda eliminar, castigar o tener acceso alguno al espíritu humano:

En el mundo no hay verdugos, ni tormentos para el pecado sino para los pecadores. Quién peca es la voluntad, y ésta es potencia espiritual del alma: ella está fuera de la jurisdicción del cuchillo, de la soga y del fuego. Si no hay otra vida y tampoco alma inmortal y Dios, el pecado se queda sin pena y sin juez. Los tribunales de la tierra ajustician al homicida, al ladrón y al adúltero, sólo para conseguir los efectos del escarmiento.”

Según el gran pensador francés René Descartes, el universo material está sometido a una serie de leyes naturales, y debido a ese orden preestablecido, las sustancias corpóreas (la tierra, los animales, cuerpo humano, las plantas, etc), responden a esas leyes y modos de ser de la materia, mientras que el alma humana por ser de naturaleza espiritual no está sometida a ese orden y es por lo tanto la única excepción.

Además, los pueblos y civilizaciones que habitan el mundo material, han creado por su lado también una gran cantidad de normas y leyes, para estructurar y organizar el funcionamiento de sus sociedades, y asi poder garantizar su supervivencia y la buena convivencia de sus habitantes.

En este mundo natural finito en que vivimos nuestra existencia terrenal, tienen algunos pocos más libertades y muchos otros menos libertades. Todos los seres vivientes tenemos nuestras dependencias innatas del medio natural e igualmente muchas interdependencias entre los mismos organismos vivos. El simple hecho de que existimos en un cuerpo material que está absolutamente sometido a las leyes naturales y que depende de recursos externos que le ofrece el medio ambiente para subsistir, nos limita y nos restringe.
Nuestro cuerpo material está inevitablemente sujeto a que le sean adjudicadas por la Providencia ciertas libertades desde su nacimiento hasta su muerte.

Descartes tenía como normas de ética algunas máximas entre las cuales estan las siguientes:

  • “intentar siempre vencerme a mi mismo antes que al destino y modificar mis deseos antes que el orden del mundo.“
  • “Aparte de nuestro pensamiento no hay nada que esté totalmente en nuestro poder.”
  • El error que más generalmente se comete es, que no distinguimos bastante las cosas que dependen enteramente de nosotros de las que no dependen en absoluto.”

El escritor italiano Arturo Graf (1848-1913) escribió sabiamente una vez: „Si no tienes la libertad interior, ¿qué otra libertad esperas poder tener? “. También él estaba convencido, de que es exclusivamente en la dimensión espiritual del ser humano, en su alma pensante, donde somos verdaderamente libres.

LA LIBERTAD INTERIOR

Si la libertad no es una autonomía absoluta, ni algo que depende de las circunstancias exteriores en que nos encontramos, ni tampoco un creciente dominio sobre la realidad que nos rodea: ¿qué es entonces?
Es nuestra libertad interior, la libertad de nuestra alma.

En su conocido libro “La libertad interior”, Jacques Philippe la describe como esa libertad soberana de toda persona, que le permite bajo cualquier circunstancia de restricción en la vida y por influencia del Espírtu Santo, tener la capacidad de pensar, creer, esperar y amar sin límite alguno y sin que nada ni nadie se lo pueda impedir jamás.

La libertad interior la encontramos en la medida en que nos damos cuenta de nuestra total dependencia de Dios y la aceptamos de todo corazón. Entre más creamos y confiemos en Dios tanto más libres interiormente seremos, porque Dios Padre y su amor eterno a la creatura, manifestado en la vida y muerte del Señor Jesucristo, son el fundamento de nuestra libertad. La dependencia amorosa y filial de Dios es la libertad del ser humano.

Recordemos aquí lo dicho antes, sobre el imperio inaccesible y divino que se forma en nuestra interioridad, cuando unimos por medio de la fe nuestra alma al Dios Todopoderoso, como en una relación padre-hijo o madre-hijo.

Y así lo afirma Jesús en el Evangelio de Juan:

«Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres». San Juan 8, 32

Dios es la verdad absoluta y nos la ha revelado por medio de su Hijo Jesucristo. Quien logra creer en Jesucristo y aprende a vivir según ésta verdad alcanza la libertad en su espíritu y será libre.
El crecimiento en la fe, la esperanza y la caridad es la única via de acceso a la libertad.

Por eso el señor Philippe dice que la libertad interior tiene mucho que ver con las circunstancias que consideramos como negativas y con todas aquellas contrariedades que entorpecen nuestros planes, porque son esos momentos de dificultades, en los que podemos ejercitar nuestro libre arbitrio interior de varias maneras. Existen principalmente tres actitudes típicas que tomamos como reacción cuando experimentamos situaciones difíciles en la vida: la rebelión, la resignación y la aceptación.

Por naturaleza no nos gusta padecer acontecimientos contrarios a nuestros planes. Por eso cuando algún problema que nos causa un sufrimiento llega a nuestra vida, por lo general respondemos espontáneamente con rebelión. Este comportamiento puede ser justificado en algunas ocasiones, pero en realidad no nos ayuda ni nos soluciona nada. Es peor, porque nos añade aún más peso y más ratos desgradables. Porque en vez de sufrir solamente a causa de las circunstacias externas desfavorables, tenemos que cargar con el sufrimiento adicional causado por nuestras pasiones y arrastralo durante el tiempo que duren nuestra pesadumbre y el descontento.

La resignación no es tampoco una actitud positiva, porque frente a los acontecimientos nos declaramos impotentes y quedamos sin esperanza y con la desagradable sensación de no haber cumplido con nuestra misión.

La actitud que debemos de buscar en cada circunstancia dificil es la de aceptación. Es la que nos capacita para no dejarnos afectar interiormente por sentimientos y pasiones negativas desencadenadas por sucesos exteriores adversos. Tiene como fundamento la confianza firme en Dios y el amor filial que nos asegura que lo que padecemos es para nuestro bien, a pesar de que no lo comprendamos.

Recordando que su amor paternal hacia nosotros es más poderoso que el mal que nos pueda afectar y que de alguna manera nos ayudará a sacar un bien ulterior para nuestra alma.

La elección entre la rebelión, la resignación y la aceptación está solamente en nuestro corazón. Esa actitud con la que afrontamos la realidad exterior depende totalmente de nosotros. Ninguna circunstancia exterior nos puede obligar a tomar una actitud si no se lo permitimos. No existe nada que nos pueda quitar la libertad interior, a menos que nosotros renunciemos voluntariamente a élla.

El tema de la libertad interior como la actitud de la aceptación, es el tema central del libro del padre Phillippe. “La libertad no es solamente elegir, sino aceptar lo que no hemos elegido”. Esa afirmación parece dar la impresión de ser una tesis de tipo quietista que invita a ser pasivo frente a las dificultades. Pero nada más equivocado, porque la aceptación es una actitud muy activa que requiere mucho dominio de sí mismo. Saber aceptar una contariedad, algo que no hemos elegido muestra que realmente somos libres, evidencia que las circunstancias exteriores no son capaces de hacernos esclavos de nuestras emociones negativas.

Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad.”  2. Corintios 3, 17.

San Pablo afirma que esa libertad interior, la del alma, es posible vivirla cuando la persona le pide a Dios que el Espíritu Santo guíe su vida. Pablo mismo, llegó a estar preso, y muchas otras veces fue perseguido por quienes quisieron matarlo. Pero nunca fue desbordado por esas situaciones adversas. Jamás fue marioneta de las circunstancias. No sufrió la pesada carga del temor, la congoja y la desesperación. Por el contrario, dentro de sí, reinaba la paz de Dios.

En el Apostol San Pablo tenemos un modelo por excelencia, de cómo una persona puede comportarse y actuar como un imperio dentro de un imperio y cómo puede hacer uso de la libertad interior.

Cada conciencia es un imperio secreto e inaccesible para el resto del mundo, en el cual sólo el Espíritu de Dios puede entrar e intervenir, siempre y cuando lo busquemos y se lo pidamos con alma de niño, es decir, amante, sincero, confiado y humilde.

El hombre es el único ser vivo que puede lograr o malograr su existencia. Conciencia de ser dignos de la vida eterna.

Así será de cierta esta afirmación que escogí como título, que sólamente tenemos que pensar y tomar en cuenta la siguiente característica natural que tienen todos los animales y vegetales sin excepción:

Todos los seres vivos inferiores cumplen correctamente con las funciones y los propósitos, que según su naturaleza les han sido asignados, y además, las contribuciones específicas de cada género al ecosistema natural, las hacen como debe ser y las hacen siempre bien. Éllos logran su existencia siempre. De esa diferencia tan extraordinaria y evidente entre los animales y nosotros los seres humanos, nunca había estado yo tan consciente como lo estoy en este momento de mi vida. Y supongo que algo similar les habrá sucedido a ustedes y a la gran mayoría de las personas que como yo, viven en el ambiente artificial de las grandes ciudades.

Estamos tan acostumbrados a leer y a escuchar permanentemente sobre la supremacía de los humanos en relación al resto de seres vivos: inteligencia, raciocinio, creatividad, dominio de la naturaleza, intelecto, ciencia, conocimientos, etc; que de tanta superioridad y engreimiento, nos hemos olvidado de recordar de vez en cuando, algunas de las ventajas, que los otros seres del reino natural tienen sobre nosotros los humanos.

Las dos metas más anheladas por los seres humanos son el vivir una existencia feliz y sin sufrimientos.
Esas son las pautas o los ideales hacia donde orientamos nuestras acciones y actividades, como si fueran dictadas por un instinto natural. Pero a pesar de que Dios también nos dotó con la inteligencia, la conciencia y la libre voluntad justamente para poder analizar esa situación y tomar decisiones más sensatas y conscientes, la gran mayoria de las personas se empecinan en perseguir esas dos metas ilusorias y alejadas de la realidad. Justamente por eso y muy temprano en la adolescencia, se inicia la discordancia entre los anhelos y la realidad; y eso es lo que trae consigo el descontento y la frustración, que conocemos bien y que sentimos una y otra vez en el transcurso de la vida.

Una existencia feliz y sin sufrimientos, no son más que ilusiones y anhelos seductores que nosotros mismos nos creamos en la mente, anhelos que pueden ser legítimos y atractivos, pero imposibles de realizar en la cruel realidad de la vida en éste mundo.

Creer, desear, imaginar e intuir son cualidades espirituales universales con las que nace todo ser humano, y además, son algunas de las muy pocas actividades que podemos hacer con absoluta libertad y que no dependen de ningún otro factor o condición, sino sólo de nuestra voluntad.

Esto significa que cada persona en su mundo interior es totalmente libre de creer, desear, imaginar e intuir cualquier cosa y sin límite alguno, si así su propia voluntad lo decide, sin embargo, en el mundo exterior que nos rodea y en la realidad que existe fuera de nuestra interioridad y que por cierto, es siempre una sola, es diferente y dispone de infinidad de límites y condiciones.

Desear y creer son capacidades que hay que aprender a emplear y a administrar bien con la ayuda de la conciencia, la razón y la fe, según sea la situación en que nos encontremos y dependiendo de a quién le brindemos nuestra confianza en el momento de creer.

Cada persona es libre de creer lo que quiera, pero también cada uno de nosotros es absolutamente responsable de sus decisiones y de las consecuencias que traen consigo sus creencias.

Hay una escena en el libro de los hechos en la Biblia, que indica de forma muy instructiva, el estado de conciencia de las personas y su disposición a poner la confianza en Dios en las grandes decisiones de la vida:

Casi toda la ciudad se reunió el sábado siguiente para escuchar la Palabra de Dios. Al ver esa multitud, los judíos se llenaron de envidia y con injurias contradecían las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron: “A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos.” Hechos, 13, 44

Fijémonos con detenimiento en lo que Pablo les dice a sus queridos hermanos de raza judía, quienes sabían muy bien y esperaban la venida del Mesías (Cristo en griego): “pero ya que que la rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos”

Si a tí te hicieran hoy la pregunta: ¿te consideras digno de vivir eternamente?
O dicho de otra manera: ¿Consideras tú que mereces vivir eternamente?
¿Que responderías?

Independientemente de cómo uno responda a esa pregunta, es cierto e incuestionable, que Dios sí considera que nosotros todos merecemos vivir eternamente, y por eso Jesucristo, su hijo amado vivió entre nosotros, murió crucificado y resucitó para demostrar al pueblo de Israel y a la humanidad toda, la verdad de esa Buena Nueva.

Y lo más importante que Dios nos pide es:

  • creer de corazón en Él y en su divino amor hacia la humanidad, demostrado magistralmente por Jesús su Hijo, con su vida, su Evangelio y su sacrificio.  
  • Hacer nuestra la Promesa de Vida eterna en el Reino de los Cielos y esperar confiada y pacientemente en su cumplimiento.
  • Aferrarnos a Jesucristo y a su Palabra en el Evangelio y seguirla fielmente.

Creer en Dios como cree un niño con humildad y con confianza absoluta, es el primer paso que tenemos que dar.

La fe es el don divino maravilloso con que Dios a dotado a su criatura amada. La fe es la grandiosa facultad espiritual del alma humana que nos permite pensar que existe Dios y creer en él, en virtud de que somos creación suya, y que nuestra meta final es vivir eternamente junto a Él.

San Agustín lo describió magistralmente en su Confesiones: nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti.

Sin Dios, somos como seres perdidos en el universo, que desconocen su origen, ignoran su camino y carecen de meta. Sin Dios, el ser humano no es nada y anda errante por la vida sin rumbo ni destino y privado de auténtica felicidad.
Dios es el principio y la meta de nuestro existir. Y nuestra vida en éste mundo no es más que el puente que nos conduce a la vida eterna con Dios.

Otra sabia y esclarecedora explicación de San Agustín fue la que escribió sobre la felicidad en el ser humano:

La felicidad del hombre es la felicidad del alma.
Debemos, pues, buscar qué es lo que hay mejor para el hombre. Ahora bien, el hombre es un compuesto de alma y cuerpo, y, desde luego, la perfección del hombre no puede residir en este último. La razón es fácil: el alma es muy superior a todos los elementos del cuerpo, luego el sumo bien del mismo cuerpo no puede ser ni su placer, ni su belleza, ni su agilidad. Todo ello depende del alma, hasta su misma vida. Por tanto, si encontrásemos algo superior al alma y que la perfeccionara, eso seria el bien hasta del mismo cuerpo. Luego lo que perfeccione al alma será la felicidad del hombre. La felicidad del hombre es la felicidad del alma y la felicidad del alma es Dios.

Si leemos con atención éste argumento de San Agustin y lo analizamos bien, nos daremos cuenta que su afirmaciones son muy lógicas y tienen sentido. Agustín dice: “.el sumo bien del mismo cuerpo no puede ser ni su placer, ni su belleza, ni su agilidad…”

Sólo tenemos que pensar y tener en cuenta que a partir del preciso instante del parto y del nacimiento de un ser humano, ya se inician las molestias, las irritaciones, las incomodidades y los dolores en el frágil cuerpo del recien nacido. Desde que llegamos al mundo y si nacemos absolutamente sanos, se alternan sin cesar: enfermedades, hambre, sed, cansancio, frío, calor, plagas, dolores, golpes, molestias, sufrimientos, etc.
Pensemos en todos aquellos que nacen con alguna enfermedad congénita o defecto, con impedimentos físicos o mentales y en las personas sanas que sufren accidentes o se enferman gravemente en el transcurso de su vida. Recordemos el deterioro inevitable del cuerpo y de su belleza natural por el envejecimiento que se da con el paso del tiempo, debilidades que se empiezan a notar a los 40 años de edad, y después en la vejéz, aparecen cada vez con más frecuencia lo achaques y quebrantos de salud típicos de la edad más avanzada.

Por todas éstas razones, es que no debemos hacer depender nuestra felicidad de los placeres del cuerpo, de su belleza, salud y agilidad.

Hoy en día nuestra existencia y nuestra felicidad la identificamos casi exclusivamente con nuestro cuerpo frágil, vulnerable y doliente. Ignoramos completamente que tenemos tambien un alma eterna.

La fuente inagotable de nuestra felicidad está en el alma inmortal y divina, en ese tesoro invisible que llevamos dentro del cuerpo, que somos, sentimos y con la que dialogamos en nuestra conciencia.

La felicidad se logra alcanzar, pero es transitando a través de los placeres, las limitaciones  y los sufrimientos del cuerpo. Tenemos que aprender a identificar nuestra felicidad con los estados del alma: el amor, la complacencia, el afecto, la satisfacción, el regocijo, la paz interior, etc; estados éstos del alma que nosotros mismos podemos generar con plena libertad interior, e independientemente del mundo exterior y del estado de nuestro cuerpo.

Dios creó a los animales con un cuerpo y con unos instintos que los gobiernan y les señalan todo lo que tiene que hacer para lograr su existencia y su propósito en el mundo natural.

Al hombre y a la mujer los creó Dios con un cuerpo y con un espíritu o un alma inmortal, a su imagen y semejanza, para que cumplieran un propósito determinado en el mundo y después de su muerte, al separarse el alma del cuerpo, el alma regresa a Dios en el Reino de los Cielos, para vivir espiritualmente una existencia eterna.

Únicamente tú tienes la elección de vivir tu vida feliz o infeliz, y por consiguiente, de lograr o malograr tu existencia.

Si Dios Padre permite la enfermedad, es porque debe ser necesaria para la salud del alma.

La enfermedad como proceso natural de nuestro frágil y mortal cuerpo, forma parte integrante de la vida. Durante su ciclo normal de vida el cuerpo envejece sin pausa, se deteriora progresivamente, se enferma y muere. Y si la enfermedad es una condición natural en la que el ser humano en ciertas ocasiones se encuentra, debe tener ese estado patológico un propósito determinado para el enfermo y para los que le rodean. En el orden del universo, todo lo que sucede tiene un propósito.

El hecho de que los seres humanos ignoremos los propósitos ocultos, que Dios en su soberanía le haya otorgado a los acontecimientos que ocurren en su creación, no significa que no existan. Albert Einstein, refiriéndose en una oportunidad al perfecto orden universal, dijo:  „Dios no juega a los dados“
Es conveniente también recordar, que todo suceso natural tiene siempre efectos positivos y negativos, como el momento del parto, en que el dolor y la alegría de la madre son siempre inseparables. Por consiguiente, la enfermedad no puede ser considerada como un accidente adverso de la naturaleza, ni tampoco un castigo de Dios, como lo creían los antiguos israelitas.

Así como no se reflexiona, ni se habla en absoluto sobre el sublime propósito del dolor de parto para la madre, tampoco nadie se pone a pensar sobre el propósito último que puede tener el sufrimiento de la enfermedad en la vida interior y en la conciencia del enfermo, debido seguramente a que ambas experiencias son aflictivas y desagradables.

Dependiendo desde cuál perspectiva se mire a la enfermedad, se le describirá de diferentes formas y se le atribuirán diversos efectos según sea el caso:

  • La persona enferma dirá que es: un problema, una desgracia, pérdida de tiempo, pérdida de independencia personal, un gasto innecesario, un aburrimiento, etc.
  • El médico tratante dirá que es: un caso interesante, una oportunidad de ganar dinero, un aprendizaje, una experiencia médica más, un cliente más, etc.
  • Los familiares del enfermo dirán que es: mala suerte, una preocupación más, más trabajo por la atención y curación, un trastorno entorpecedor de la tranquilidad familiar, etc.
  • El patrón dirá que es: un inconveniente para la empresa, más trabajo, menos ganancias, una excusa del empleado para no trabajar, etc.
  • El hospital dirá que es: más cantidad de dinero que ingresa, un caso más para experimentar, un medio más para amortizar equipos médicos, una fuente de trabajo, etc.

En esta oportunidad voy a introducir una perspectiva adicional: el enfoque espiritual que tanto se ignora y se olvida cuando en nuestra vida todo va bien, cuando estamos sanos y fuertes, y cuando nos atrapa la ilusión de que somos casi indestructibles y dueños absolutos de nuestro destino.

Con el paso de los años se afianza en mi cada vez más la creencia, de que por pura Gracia y Misericordia, Dios en su majestuoso plan para la salvación individual de las almas, le habría asignado a la enfermedad, la prodigiosa capacidad de hacer aflorar al alma de las profundidades del cuerpo, y de ponerla en primer plano del interés y de la atención de la persona que está enferma.

Ésta hipótesis la sostengo con una experiencia personal vivida en mi familia, la incurable enfermedad de mi padre:
Mi padre quién fue médico cirujano, a la edad de 52 años y en pleno auge de su carrera profesional se enfermó de un cáncer muy agresivo, cuyo padecimiento soportó con coraje y paciencia durante más de 2 años. Así como sucede muy frecuentemente entre médicos y científicos, mi padre era un escéptico de la religión y no creía en Dios. Cuando su enfermedad estaba ya bastante avanzada, un dichoso día le pidió a mi madre que llamara a un sacerdote amigo de la familia. Ya casi sin poder hablar y con la ayuda de un estetoscopio, se confesó y el sacerdote le pudo proporcionar la asistencia espiritual requerida.

El padecimiento de la enfermedad desempeña und doble papel en nuestra vida espiritual: el de tutor implacable, que nos obliga a tomar conciencia de sí mismos, y el de riguroso domador del orgullo y la vanidad. Por experiencia sabemos muy bien, que una grave enfermedad logra convertir al individuo más valiente, fuerte y presumido en un pequeño niño indefenso y sumiso. Esta transformación que se da en la conciencia del paciente sufrido, me hace asociarla con lo que una vez dijo Jesús : « De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos ». Mateo 18, 3

¿No será que el sufrimiento generado por la enfermedad, pueda ser utlizado por Dios como un mecanismo divino que nos ayuda hacernos como niños, recuperando asi la requerida sencillez de corazón y la actidud natural de fe, para poder acercanos a Dios con confianza y humildad?  Valdría la pena que meditáramos sobre ésto. La Gracia y la misericordia de Dios para con la humanidad son infinitas.

Eso además, es una clara manifestación más de la universalidad del amor y de la justicia de Dios, ya que la enfermedad y el sufrimiento que causa, son de carácter universal. Todos los seres humanos sin excepción y sin distinción alguna, son suceptibles de padecer enfermedades durante su vida.
«Nacer aquí y en cuerpo mortal es ya comenzar a padecer algun mal», dijo San Agustín.

«Señor, he aquí el que amas está enfermo.» Juan 11: 3
Con éste respetuoso y revelador ruego, María la hermana de Lázaro, le mandó a decir a Jesús que Lázaro, su querido amigo, estaba gravemente enfermo y le pidió que hiciera algo por él. A pesar de que Jesúcristo quería mucho a Lázaro, el joven murió a los pocos dias después y cuando Jesús finalmente llegó a la casa de Lázaro, ya tenía varias horas de haber muerto.

El relato de la enfermedad y muerte de Lázaro en la Biblia nos revela claramente, que el propósito divino del sufrimiento no tiene nada que ver con enemistad o mala voluntad por parte de Dios, lo cual refuta la idea de castigo y penitencia por haber pecado, que los antiguos israelitas le atribuyeron a la enfermedad. La aflicción que causa la enfermedad es una prueba y también una llamada al testimonio, tanto para el que la padece como para las personas que acompañan al enfermo y se hacen partícipes del sufrimiento ajeno.

Cuando un enfermo reconoce su nuevo estado de salud, diciendo: „siento que algo esta mal en mi cuerpo que me causa dolores “ eso pone en evidencia el hecho de que en la persona enferma tiene que haber otro alguien que no esta enfermo, un alguien que le permite reconocer, estar consciente de su enfermedad y afirmar que es suya. El cuerpo y la mente es la dimensión del individuo que se enferma y no el alma. Ese alguien es el alma o la conciencia, quién le asigna al enfermo su condición de doliente o sujeto del padecimiento.

Solamente el conocimiento de la dualidad cuerpo y alma, nos permite comprender los dos misterios más difíciles de la vida humana.

La vida humana contiene muchos misterios que el hombre hasta ahora no ha alcanzado a comprender, misterios naturales como por ejemplo: la realidad del sufrimiento humano y nuestro destino final después de la muerte.
Todavía hoy en día, a pesar de los enormes adelantos en el conocimiento, en las ciencias y en la tecnología que ha logrado la humanidad en los últimos 100 años, la vida humana continúa, sin embargo, envuelta en sus velos de misterio, aunque muchos académicos y científicos pedantes se resistan a admitirlo, y aunque sigan diciendo que “TODO lo saben” y que “tienen TODO bajo control”.

En vista de que no es factible para nosotros llegar a conocer y a comprender todo del mundo natural, tenemos necesariamente que escoger y seleccionar los temas y las actividades que más nos ayuden a lograr vivir una vida plena.
Y para poder vivir una vida plena, de lo que más necesitamos saber y lo que mejor tenemos que conocer en profundidad es nuestra propia espíritualidad, es decir, conocer nuestra alma.

He aquí otro misterio natural y una de las grandes paradojas de la vida, que a pesar de que nuestra alma es lo más cercano, lo más importante y lo más valioso que tenemos, es lo que menos conocemos y, en consecuencia, lo que menos atendemos y amamos. Una de las verdades divinas más trascendentales, revelada por Dios en las Sagradas Escrituras, es la existencia del espíritu en el ser humano. La realidad indiscutible de que el hombre es una dualidad de cuerpo y alma, que es nuestra dualidad original, que somos un cuerpo con un espíritu, que somos la unión perfecta de una naturaleza material visible y una naturaleza espiritual invisible en el mismo ser.
El término dualidad quiere decir: la reunión dos fenómenos opuestos en una misma persona o cosa.

En el evangelio de Mateo, Jesús dice a sus discípulos: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, y el alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición al alma y el cuerpo en la gehena». (Mt 10, 28).

En el evangelio de Juan, les dice Jesús a los judíos en una sinagoga: «El Espíritu es el que da vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen». (Juan 6, 63).

Tratando de explicar esa situación paradójica del desconocimiento de nuestro ser interior, que por cierto, es una característica más común en las sociedades occidentales que en las culturas asiáticas, podríamos argumentar que se parte de la idea general, de que el conocimiento de sí mismo es una premisa que se supone. Es decir, existe la presuposición de que todos conocemos bien nuestra alma porque está dentro de nosotros y solo nosotros mismos tenemos acceso a ella, y además, nadie en el mundo nos la puede enseñar.

Sobre el desconocimiento generalizado de nuestra dimensión espiritual, el sacerdote español Enrique Martínez Lozano escribe: «El trato oculto que ha recibido la espiritualidad en la iglesia explica, en gran medida, no pocas características del modo de  comprendernos, percibirnos y vivir en nuestro contexto sociocultural: Consumismo, economicismo, egocentrismo, hedonismo, vacío existencial, etc; son manifestaciones de un mundo en el que se ha olvidado la dimensión genuinamente espiritual del ser humano”.

La ciencia ha utilizado tradicionalmente el argumento de la invisibilidad y la cualidad inmaterial del espíritu humano para descartar, y por lo tanto, ignorar la existencia del alma, y así emprender el estudio superfragmentado del mundo natural material y un conocimiento censurado e incompleto del cuerpo físico y la mente humana, lo cual es lo único que nos han enseñado en la escuela y en la universidad.

Para San Agustín de Hipona, uno de los grandes padres del cristianismo, el hombre constituye una unidad conformada por el alma y el cuerpo. Lo interesante de San Agustín es su concepción de la relación de rango y subordinación entre el alma y el cuerpo en el funcionamiento interior del ser humano. Según San Agustín, la unidad consiste más bien en que el alma posee al cuerpo, usa de él y lo gobierna. Por consiguiente, hablando con propiedad, el hombre es el alma, es su conciencia; el cuerpo no es un constitutivo esencial de igual rango. El cuerpo es un mero instrumento del alma.

San Agustín considera que el hombre se identifica con el alma. El cuerpo cumple un papel subsidiario y temporal, ya que será destruido por la muerte. El alma inmortal es una substancia racional completa, dotada de todas las cualidades necesarias para gobernar el cuerpo, que tiene como fin la unión con Dios.

Según San Pablo, el sufrimiento está claramente destinado a fomentar la salvación eterna de nuestra alma inmortal.
Dios condenaría nuestra alma a la perdición, si no nos hace pasar por todas las pruebas y aflicciones, y si no nos hace regresar a su atrio cuando nos hemos alejado de él. Así como nuestros padres naturales nos condenarían a una vida malograda y desgraciada, si en el hogar no nos corrigen por amor y por nuestro futuro bienestar social. Mientras nuestros padres nos corrigieron con disciplina para esta corta vida terrenal, Dios nos corrige con amor paternal para la futura vida eterna.

TRATANDO DE ENTENDER EL AMOR PATERNAL DE DIOS

Desde el preciso instante en que creí, conocí y finalmente entendí mi dualidad cuerpo y alma, empecé, por un lado a vislumbrar el misterio de mis propias luchas interiores y exteriores, y por el otro, a comprender mejor esta vida terrenal pasajera, el Evangelio de Jesús y su sacrificio en la Cruz, y la maravillosa promesa de vida eterna después de la muerte de mi cuerpo.

Como se puede deducir evidentemente, tanto de los versículos que hemos mencionado anteriormente del nuevo testamento como de la interpretación diáfana y lúcida de San Agustín, la primacía y la superioridad del alma humana sobre el cuerpo en nuestra dualidad natural es una realidad manifiesta e innegable.
La bellísima y luminosa alegoría de San Pablo de nuestra dualidad y la superioridad del alma en relación al cuerpo, que dice «Pero llevamos este tesoro en recipientes de barro…» no puede ser más ilustrativa y clara. San Pablo iguala el alma humana a un tesoro, y a nuestro cuerpo de carne y hueso a una frágil vasija de barro, que inevitablemente termina desmoronándose.

Al entender y aceptar el hecho de que alma es nuestro gran tesoro es cuando esos conocidos misterios que antes no comprendíamos en absoluto, ahora después de estas revelaciones empezamos entonces a reconocerlos y descubrirlos, en primer lugar en la Biblia, y en segundo lugar en nuestras propias vivencias espirituales.

Los seres humanos amamos en primer lugar los cuerpos que vemos y sentimos, pero Dios ama paternalmente en primer lugar nuestra alma que ve y siente como suya.

Es indispensable, que el creyente cristiano crea en su origen bíblico y se conozca bien a sí mismo, para el ejercicio pleno de su fe en Dios.

Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho un poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Salmo 8, 1-2

El rey David de Judea fue uno de los grandes héroes de la fe en la Antigüedad, y como tal, fue un gran precursor junto a Abraham de la fe cristiana. David creyó plenamente en la descripción de la creación del hombre que está escrita en el libro de Génesis, según la cual el ser humano fue hecho por Dios a su imagen y semejanza, y que lo formó del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un alma viviente.
Es pues, el hombre un animal prodigioso, compuesto de dos componentes muy diferentes entre sí, del alma o espíritu humano, que es como algo divino, y del cuerpo, como el de un simple animal. En cuanto al alma, somos tan capaces de lo divino que podemos sobrepasar la misma naturaleza de los ángeles y hacernos una misma cosa con Dios. De manera que si no estuviéramos unidos al cuerpo, seríamos algo divino; y si no estuviéramos dotados de alma espiritual, seríamos unas bestias.

A estas dos naturalezas, tan diferentes entre sí, las unió Dios, el Creador Supremo en feliz armonía. Pero fue la serpiente, en el jardín de Eden, la que las dividió con tan lamentable discordia, que ya no pueden separarse una de otra sin gran tormento, ni vivir juntas sin contínuo conflicto. Tan encarnizada lucha entablan entre sí, las que siendo una misma cosa, se manifiestan como si fuesen contrarias.
El cuerpo, porque es visible se deleita en las cosas visibles; por ser mortal, va tras las cosas temporales, y tiende hacia la tierra por ser pesado. El alma, por el contrario, acordándose de su condición de origen divino, tiende a subir hacia Dios con todas sus fuerzas. Desprecia las cosas materiales, pues sabe que son apariencias pasajeras, y busca las que son verdaderas y eternas. Como eterna que es el alma, su amor está entre las cosas eternas; siendo del cielo, anhela las celestiales.

El apóstol Pablo a estas dos naturalezas o componentes del ser humano, las describe en forma figurada como: el hombre exterior (cuerpo) y el hombre interior (alma). Y la lucha que mantienen entre sí, la describe de la siguiente manera: “Si vivís en el Espíritu , no dareis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no haceis lo que quisierais”. Gálatas 5, 16-17

Pablo, al explicar ampliamente los frutos de la carne o cuerpo y del espíritu o alma, vuelve a decir: “El que siembre en su carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu cosechará vida eterna” Gálatas 6, 8

En estos dos grandes personajes de la Biblia: el rey David con sus 150 Salmos, y el apóstol Pablo, como el mejor intérprete tanto del viejo como del nuevo Testamento; disponemos de dos magníficos Héroes de la fe, de quienes mucho es lo que podemos conocer, sobre la verdadera naturaleza humana, sus virtudes y sus debilidades.

No somos nada, mientras nuestra alma habite en este cuerpo tan frágil y mortal.

El hombre, como la hierba son sus días, florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más.
Salmo 103, 15-16

Durante estos angustiantes tiempos de la pandemia del virus Covid-19, han pasado imágenes de horror en las pantallas delante de nuestros ojos asombrados, que nos mostraron enormes multitudes de muertos y enfermos causados por esta nueva enfermedad contagiosa y mortal, en todo el mundo.

Una insignificante y despreciable criatura como es un microbio, puso a temblar de repente a los gobiernos más poderosos del planeta y a sus formidables ejércitos, los cuales no pudieron hacer nada en contra con sus armas, porque el enemigo resultó ser invisible esta vez.

A los sistemas de salud en los países más desarrollados les fue aún peor, aunque cuentan con una infraestructura de modernos hospitales y con un equipamiento óptimo de sus servicios básicos de personal paramédico, ambulancias, emergencias y suministro de medicamentos; el virus los puso de rodillas y muchas clínicas colapsaron totalmente, por no estar bien preparadas para esta contingencia, a pesar de que hace decenas de años, la Organización mundial de la salud y círculos profesionales de epidemiólogos de todos los continentes, estuvieron advirtiendo en varias oportunidades sobre la alta probabilidad de que una pandemia, podía ocurrir en cualquier momento.

La pandemia ha sido una clara señal para toda la humanidad, la cual se puede interpretar y analizar desde diversos aspectos de la vida y perspectivas.
Desde la perspectiva de la fe cristiana, considero que la pandemia ha sido un mensaje divino dirigido a sacudir la conciencia de la gente en las sociedades de los países industrializados, donde se adoran innumerables ídolos, entre los cuales están, en primer lugar, el hombre mismo, quien por su orgullo, vanidad y vanagloria se cree un superhombre que puede vivir bien olvidándose de Dios y de su fragilidad, y en segundo lugar, todos los objetos materiales creados por sus manos: el dinero, las máquinas, las edificaciones, la tecnología y la medicina moderna; con los cuales se siente más que seguro e imbatible.

Mientras millones de personas morían y se enfermaban por el virus, la naturaleza por el contrario, se recuperaba con vigor y hasta los indefensos pajaritos en los bosques, cantaban alegremente como siempre y como si nada estuviera sucediendo.

Desde hace más de 3 mil años fueron escritos en el Viejo Testamento, párrafos como el del salmo 103 citado arriba, que describen con metáforas y enseñan la verdad sobre los seres humanos: el hombre es tan frágil y perecedero como la hierba, o dicho de otra manera: el hombre no es nada.

La similitud entre las expresiones simbólicas del versículo y la forma de contagiarnos con el virus es asombrosa. La frase dice: “florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció”.
En el caso concreto del Covid-19, sabemos que la via principal de contagio, sucede al aspirar aire con micropartículas de agua (aerosoles) que contienen el virus, las cuales son transportadas por el viento.
Por lo tanto, así como el viento pasa por la vulnerable flor del campo y muere, igualmente podemos morir así de fácil, si un soplo de viento contaminado con el virus pasa por nosotros.

Ahora bien, lo más importante y la gran diferencia es que lo único que muere del hombre es su cuerpo de carne y huesos, pero no su alma inmortal, la cual en el instante de la muerte, pasa a una vida más abundante, eterna y libre de sufrimientos. Entonces tengamos bien claro y recordemos siempre lo siguiente: es sólo por culpa de nuestro cuerpo, que no somos nada. 

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