Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros. 1 Pedro 5:7

INSPIRADORA MEDITACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS, ESCRITA POR EL GRAN PREDICADOR CHARLES H. SPURGEON PARA CADA DÍA.
TOMADA DE SU LIBRO: «DE MAÑANA OIRÉ SU VOZ»

Una forma agradable de minimizar la tristeza es sentir que «Él cuida de nosotros». Cristiano, no deshonres la religión teniendo siempre un rostro preocupado, ve y entrega tu carga al Señor. Estás tambaleando bajo un peso que tu Padre no sentiría. Lo que a tí te parece una carga aplastante sería para Él una insignificancia. No existe nada más dulce que «descansar en las manos del Señor, y conocer solo su voluntad».

Tú, hijo del sufrimiento, sé paciente. Dios, en su providencia no te ha pasado por alto. Él, que es quién alimenta a los gorriones, también te dará lo que necesitas.  La nube más oscura se dispersará en lluvias de bendición. La noche más oscura va dar a lugar a la mañana. Él, si tú eres uno de su familia, va a vendar tus heridas y a sanar tu corazón herido. No dudes de su gracia por causa de la tribulación, más bien cree que Él te ama tanto en los tiempos de problemas como en los tiempos de felicidad.

¡Qué vida tan serena y tranquila podrías llevar si dejaras la provisión en manos de Dios de la Providencia! Con un poco de harina en la tinaja y un poco de aceite en el jarro Elías sobrevivió a la hambruna (1 Reyes 17:12), y tú harás lo mismo. Si Dios se preocupa por ti, ¿para qué tienes que preocuparte tú también? ¿Puedes confiar tu alma a Él y no tu cuerpo? Él nunca se rehusó a llevar tu carga, nunca desmayó bajo su peso.

Ven alma, da fin a tus lamentos y deposita todos tus temores en las manos de tu Dios fiel.

He aquí te he purificado, y no como a plata; te he escogido en horno de aflicción.  Isaías 48, 10

Inspiradora meditación de la Palabra de Dios, escrita por el gran predicador Charles H. Spurgeon para cada día.
Tomada de su libro «De mañana oiré su voz»

Consuélate creyente probado, con este pensamiento Dios dijo: «Te he escogido en el horno de la aflicción». ¿No viene la Palabra como una lluvia suave, que apacigua la furia de las llamas? Sí, ¿No es una armadura de amianto, contra la cual el calor no tiene poder? Dejemos que venga la aflicción, Dios nos ha escogido.

Pobreza, aunque avances hacia nuestra puerta, Dios ya está en la casa y nos ha escogido. Enfermedad, puede que te entrometas, pero tenemos listo un bálsamo, Dios nos ha escogido. Sin importar qué nos ocurra en este valle de lágrimas, sé que Él nos ha escogido.

Si tú, creyente, aún necesitaras mayor consuelo, recuerda que tienes al Hijo del Hombre, allí en el horno contigo. En tu habitación silenciosa, se sienta junto a ti Uno a quién tú no has visto, pero a quien amas y, en ocasiones, cuando no lo sabes, mulle tu cama en tu aflicción. Estás en pobreza, pero en esa, tu amada casa, el Señor de la vida y la gloria es un visitante frecuente.

Él ama ir a esos lugares desolados para visitarte. Tu amigo permanece cerca de ti. No puedes verlo, pero puedes sentir el peso de sus manos. ¿No escuchas acaso su voz? Aún en el valle de sombra de muerte Él dice: «No temas porque yo estoy contigo; no te angusties porque yo soy tu Dios» (Isaias 41:10).
No temas cristiano, Jesús está contigo. En todas tus grandes pruebas, su presencia es tanto tu consuelo como tu seguridad. Él nunca abandonará a uno a quien ha escogido para sí. «No temas porque yo estoy contigo», es la segura palabra de promesa a sus escogidos que están en el «horno de la aflicción».

Entonces, ¿no te tomarás de Cristo y dirás: A través de inundaciones y fuego, si Jesus lidera, yo lo seguiré donde vaya»

¡Ayúdame Dios mío, no te tardes!

« Súplica en la desgracia », es el título del salmo 70 en que el Rey David clama a Dios por ayuda diciendo:
« Dios mío, ¡dígnate ayudarme! Señor, ¡ven pronto a socorrerme! Y yo,  menesteroso y afligido; ¡ven pronto, oh Dios, en mi ayuda! Tu eres mi ayuda; ¡eres mi libertador! ¡No tardes, Señor! » Salmo 70, 1 y 6

Las desgracias, el sufrimiento y la aflicción tienen en la vida humana un lugar privilegiado, eso ha sido siempre una realidad constante en la historia de la humanidad,  y sigue siendo así, incluso hoy en día en nuestra época moderna, a pesar de todo el avance de la ciencia y de las innumerables comodidades que nos ofrecen los nuevos inventos tecnológicos y los bienes de consumo, con los que se trata de hacer la existencia menos penosa que en el pasado.

Nuestra realidad es que ante Dios nada somos, y nada tenemos que Él no nos haya dado.  Dice San Agustín: « Que tienes tú que no hayas recibido, ¿por qué gloriarte como si no lo hubieses recibido?”. Nada es nuestro porque nada hemos sido capaces de crear, solo Dios es el único Creador, nosotros frente a Él y frente a todos, sólo somos la nada de la nada.»

El reformador Martín Lutero, refiriéndose a nuestra relación de dependencia de Dios como Creador del Universo y nosotros en nuestra condición natural de ser sus criaturas, dijo con mucho acierto: » Todos estamos necesitados. Eso es lo real.“

Para el místico alemán Maestro Eckhart, el deseo y la necesidad de Dios que siente el ser humano, caracterizan la condición de ser la única criatura, a la que Dios le donó su espíritu: nuestra alma.

La persona que sufre es una persona necesitada. El sufrimiento nos convierte de forma instantánea en personas necesitadas, en indigentes. Y a mayor sufrimiento, mayor será la necesidad que nos apremie.

Es sumamente interesante como Eckhart explica la transformación que tiene lugar en el individuo cuando sufre. El sufrimiento genera en nosotros una serie de deseos insatisfechos que nos hacen conscientes de que nos falta algo, o dicho de otra manera, nos hace sentir la ausencia de Dios, que es lo que hace surgir en la persona el recuerdo de Dios. Según Eckhart, la condición natural del hombre es ser hijo de Dios, y cuando la persona se siente hijo de Dios, es cuando vive efectivamente conforme a su naturaleza. El convertirse en hijo de Dios es ante todo un proceso de transformación diario, para el cual Eckhart encuentra una representación metafórica muy hermosa. Él compara este proceso de transformación con la quema de la madera: «Cuando el fuego hace su efecto y enciende la madera y se prende, el fuego hace a la madera muy fina y delicada … y hace que la madera en sí, se asemeje más y más al fuego.”  

Cuando estamos sanos, cuando todo marcha adecuadamente y vivimos en un ámbito estable y próspero, esas son las condiciones que conocemos como: la normalidad.

Parte de esa normalidad en el ser humano, la constituyen las pasiones innatas entre las que destacan sobremanera el orgullo y la vanidad.

El libro de Eclesiastés en el Viejo Testamento se inicia con estas palabras : « Vanidad de vanidades ! –dice Cohelet-, vanidad de vanidades, todo vanidad. » Más adelante en el texto, dice en versículo 14: « He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos. « 

La vanidad humana se podría comparar con un objeto vacío que contiene sólo aire, y que como un globo, se infla y se desinfla muy fácilmente. Se dice que la vanidad tiene alas doradas, por la facilidad con que se infla, sube a la cabeza y se apodera de nuestra mente.

La vanidad y el orgullo poseen la particular capacidad de aturdir la conciencia, el intelecto y a la memoria de tal manera, que los embriaga reduciendo su claridad de percibir la realidad. El individuo no está ya consciente de su extrema fragilidad natural y se olvida de su gran vulnerabilidad a las desgracias, al dolor y al sufrimiento.

El individuo dominado por la vanidad y el orgullo cuando actúa, sabe muy bien lo que hace y lo que siente, pero no está muy consciente ni de las causas que lo motivan, ni tampoco de las consecuencias de sus acciones. La vanidad tiene tanto poder de influencia en nuestra mente, que si se lo permitimos, nos puede hacer creer que somos casi dioses, que somos capaces de todo y por esfuerzo propio, que somos dueños de nuestra vida y de nuestro futuro, y sobre todo, que somos libres e independientes y que no necesitamos recurrir a Dios.

Poseemos la fabulosa facultad de negar la endeble realidad que somos y la de crear en su lugar, por obra de nuestra mente, una realidad de indestructibilidad imaginaria que nos agrade más, siendo capaces de percibir esa ilusión, como si fuera la realidad en la que actuamos. Nos encanta soñar con los ojos abiertos, mientras las circunstancias de la vida sean favorables y nos sintamos a gusto. Sin embargo, sólo hasta que la siguiente tormenta del destino nos sacuda y nos despierte.

Cuando caemos en desgracia por una contrariedad inesperada: un grave accidente, una seria enfermedad, una desilusión amorosa, un fracaso estrepitoso, la desocupación, la ruina, etc; nuestra vanidad cae también en picada y nos desinflamos. El sufrimiento y la aflicción que entran entonces en escena en nuestra vida, se encargan con esmero de que toquemos fondo más temprano que tarde, de que nos percatemos nuevamente de lo frágil que somos, y de que reingresemos a nuestra verdad y realidad.

Poco tiempo después, nos damos cuenta de que ante Dios no somos nada, y de cómo, en última instancia, dependemos de Dios para estar vivos y sanos. De cómo dependemos de Dios, para que nuestro corazón siga palpitando, o para que nuestro metabolismo bioquímico genere la inmensidad de procesos, hormonas y enzimas indispensables para poder estar sanos y funcionar bien.

Aun cuando en la sociedad moderna, en las universidades y en el mundo laboral más bien se fomenta el orgullo, la vanidad y una actitud de vida sin tomar en cuenta a Dios,  Él por su parte, en su misericordia y amor hacia su criatura, continuará haciéndonos sentir su divina disciplina cada vez que la necesitemos, para mantener a la vanidad en su mínimo y recordarnos nuestra condición de dependencia como hijos suyos que somos en Cristo, nuestro Redentor.

Los salmos son un maravilloso ejemplo de la manifestación de la clara conciencia que el rey David tuvo de si mismo, de sus virtudes y defectos personales, de su condición de ser criatura de Dios y en consecuencia,  de estar muy consciente de su dependencia filial hacia Dios, así como un niño pequeño depende de su madre y de su padre. En su estrecha relación personal con Dios, es David también un modelo universal de fe, humildad y sencillez, ya que a pesar de haber sido coronado Rey de Judá, demostró poseer caracter y dominio de sí, al no permitir que la vanidad y el orgullo le enfriaran su ardiente celo y el temor de Dios, cuando durante su reinando dispuso de poderes, lujos y riquezas.

La ayuda que podemos recibir de la gente y de nuestros seres queridos cuando caemos en alguna desgracia es siempre limitada y pasajera, ya que las necesidades que afloran en nuestra existencia son de dos tipos: las necesidades materiales y las espirituales.

Nuestros amigos y familiares nos pueden ayudar a cubrir las necesidades materiales y a aliviar los tormentos corporales por un tiempo, pero no pueden estar siempre atendiéndonos y pensando en nosotros, porque simplemente la mitad del tiempo estan durmiendo y en la otra mitad estan ocupados en sus propios asuntos. En cambio, Dios no cesa de pensar en nosotros ni de atendernos, él sabe perfectamente cuáles son nuestras penas y nuestras necesidades. El Dios que todo lo puede y todo lo sabe, tiene también bajo su control todo lo que sucede en nuestra vida material como en la vida espiritual. El ser humano en la desgracia, necesita también de mucho consuelo.

Sin duda alguna, no puede ser jamás la misma consolación, ni la fortaleza, ni la serenidad, ni la paz interior que puede llegar a sentir el incrédulo o el ateo cuando cae en desgracia, que la que siente y experimenta en su alma el creyente, cuando en su desgracia clama a Dios por ayuda, porque tiene con Él una relación personal de Padre a hijo.

En ésta vida todo ser humano padece sufrimientos y penas que no se pueden evitar. Ese es uno de los misterios inescrutables de la vida humana. Debido a que el sufrimiento forma parte integrante de la vida, es en consecuencia universal e inevitable. El gran desafío para nosotros consiste entonces, en la forma de asumir el sufrimiento y de padecerlo, para que con la ayuda y el consuelo de Dios logremos transformarnos en la aflicción  y aprendamos a coexistir con élla.

A continuación transcribo una pequeña porción de una de las obras más conocidas del Maestro Eckhart titulada “El libro del consuelo divino”:

“Según la verdad natural, Dios es la fuente única y el manatial único de todo bien, de la verdad esencial y del consuelo, mientras que todo lo que no es Dios, no es en si mismo más que natural amargura, desconsuelo y sufrimiento, y nada añade a la bondad que es de Dios, sino que menoscaba, tapa y oculta la dulzura, el deleite y el consuelo que da Dios.”

“Si lo que me hace sufrir es un perjuicio por cosas materiales, eso es un signo inequívoco de que de verdad me gustan las cosas materiales y que de verdad me gusta el sufrimiento y el desconsuelo y los busco. ¿Que tiene entonces de extraño que sufra y esté triste?  En realidad, a Dios y al mundo entero les resulta del todo imposible hacer que el hombre encuentre el consuelo verdadero en las personas. Pero, si lo que uno ama en la persona es sólo Dios y ama a la persona sólo en Dios, por todas partes encontrará consuelo verdadero, justo y equitativo.”

El apostol Pablo en su segunda carta a los Corintios dice sobre el consuelo de Dios lo siguiente:
« Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Así como abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. » 2. Corintios 3-5

Los 150 salmos de David contienen un vasto tesoro de sermones, plegarias, súplicas, ruegos, clamores, alabanzas y lamentaciones para cualquier persona, pero de manera especial, para aquella persona  a quién una adversidad o desgracia la haya transformado en una persona necesitada de ayuda, fortaleza y consuelo.
Hay salmos prácticamente para cada situación personal y estado anímico en que uno se encuentre.

La franqueza, la cercanía, el afecto, la confianza y el amor con que David se expresa directamente a Dios y a su propia alma en sus salmos, son sumamente inspiradores. David nos da una lección magistral, de cómo dirigirnos con cariño a nuestra propia alma, que gime tambien cuando estamos afligidos y abatidos por las desgracias y adversidades.  Es verdaderamente impresionante apreciar, cómo David en sus diálogos secretos consigo mismo, se desdobla y se habla a sí mismo diciéndole a su propia alma: ¿Porqué te abates alma mía, y te turbas dentro de mí?

Esa actitud que tuvo David en su íntima relación con Dios y consigo mismo, es una prueba excelente del amor que le expresaba a Dios y del amor que sentía por sí mismo.

Puede ser que tú estés sano y que en tu apariencia exterior te veas muy bien alimentado, muy bien vestido y satisfecho, pero en tu vida interior donde se padece en secreto y con mucho más frecuencia, puede ser que debido a alguna adversidad, aflicción o desilusión, esté tu alma necesitada de ayuda y de consuelo. Atiéndela y ayúdala! Ese es mi humilde consejo.

El sufrimiento es la disciplina divina que Dios permite por amor, para la salvación eterna de nuestra alma.

Las desgracias, el sufrimiento y la aflicción tienen en la vida humana un lugar privilegiado, eso ha sido siempre una realidad constante en la historia de la humanidad,  y sigue siendo así, incluso hoy en día en nuestra época moderna, a pesar de todo el avance de la ciencia y de las innumerables comodidades que nos ofrecen los nuevos inventos tecnológicos y los bienes de consumo, con los que se trata de hacer la existencia menos penosa que en el pasado.

Para el místico alemán Maestro Eckhart (1260 – 1328), el deseo y la necesidad de Dios que siente el ser humano, caracterizan la condición de ser la única criatura, a la que Dios le donó su espíritu: nuestra alma.

LA PERSONA QUE SUFRE ES UNA PERSONA NECESITADA.
El sufrimiento nos convierte de forma instantánea en personas necesitadas. Y a mayor sufrimiento, mayor será la necesidad que nos apremie.

Es sumamente interesante como Eckhart explica la transformación que tiene lugar en el individuo cuando sufre. El sufrimiento genera en nosotros una serie de deseos insatisfechos que nos hacen conscientes de que nos falta algo, o dicho de otra manera, nos hace sentir la ausencia de Dios, que es lo que hace surgir en la persona el recuerdo de Dios. Según Eckhart, la condición natural del hombre es ser hijo de Dios, y cuando la persona se siente hijo de Dios, es cuando vive efectivamente conforme a su naturaleza. El convertirse en hijo de Dios es ante todo un proceso de transformación diario, para el cual Eckhart encuentra una representación metafórica muy hermosa. Él compara este proceso de transformación con la quema de la madera: «Cuando el fuego hace su efecto y enciende la madera y se prende, el fuego hace a la madera muy fina y delicada … y hace que la madera en sí, se asemeje más y más al fuego.”  

Cuando estamos sanos, cuando todo marcha adecuadamente y vivimos en un ámbito estable y próspero, esas son las condiciones que conocemos como: la normalidad. Parte de esa normalidad en el ser humano, la constituyen las pasiones innatas entre las que destacan principalmente: la vanidad y el orgullo.

El libro de Eclesiastés en el Viejo Testamento se inicia con estas palabras : « Vanidad de vanidades ! –dijo el Predicador-, vanidad de vanidades, todo es vanidad. » Más adelante en el texto, dice en versículo 14: « Miré todas las obras que se hacen debajo el sol y he visto que todo es vanidad y aflicción de espíritu. « 

La vanidad humana se podría comparar con un objeto vacío que contiene sólo aire, y que como un globo, se infla y se desinfla muy fácilmente. Se dice que la vanidad tiene alas doradas, por la facilidad con que se infla, sube a la cabeza y se apodera de nuestra mente. La vanidad y el orgullo poseen la particular capacidad de aturdir la conciencia, el intelecto y a la memoria de tal manera, que los embriaga reduciendo su claridad de percibir la realidad. El individuo no está ya consciente de su extrema fragilidad natural y se olvida de su gran vulnerabilidad a las desgracias, al dolor y al sufrimiento.

El individuo dominado por la vanidad y el orgullo cuando actúa, sabe muy bien lo que hace y lo que siente, pero no está muy consciente ni de las causas que lo motivan, ni tampoco de las consecuencias de sus acciones.

La vanidad tiene tanto poder de influencia en nuestra mente, que si se lo permitimos, nos puede hacer creer que somos indestructibles, que somos capaces de todo y por esfuerzo propio, que somos dueños de nuestra vida y de nuestro destino, y sobre todo, que somos libres e independientes y que no necesitamos a Dios.

Poseemos la fabulosa facultad de negar la frágil realidad que somos y la de crear en su lugar, por obra de nuestra mente, una realidad de indestructibilidad imaginaria que nos agrade más, siendo capaces de percibir esa ilusión, como si fuera la realidad en la que actuamos. Nos encanta soñar con los ojos abiertos, mientras las circunstancias de la vida sean favorables y nos sintamos a gusto. Sin embargo, sólo hasta que la siguiente tormenta del destino nos golpee y nos despierte.

Cuando caemos en desgracia por una contrariedad inesperada: un peligroso accidente, una grave enfermedad, una desilusión amorosa, un fracaso estrepitoso, la desocupación, la ruina, etc; nuestra vanidad cae también en picada y nos desinflamos. El sufrimiento y la aflicción que entran entonces en escena en nuestra vida, se encargan con esmero de que toquemos fondo más temprano que tarde, de que nos percatemos nuevamente de lo frágil que somos, y de que reingresemos a nuestra realidad verdadera.

Poco tiempo después, nos damos cuenta de que ante Dios no somos nada, y de cómo, en última instancia, dependemos de Dios para estar vivos y sanos. De cómo dependemos de Dios, para que nuestro corazón siga palpitando, o para que nuestro metabolismo bioquímico genere la inmensidad de procesos, hormonas y enzimas indispensables para poder estar sanos y funcionar bien.

Aún cuando en la sociedad moderna, en las universidades y en el mundo laboral más bien se fomenta el orgullo, la vanidad y una actitud de vida sin tomar en cuenta a Dios,  Él por su parte, en su misericordia y amor hacia su criatura, continuará haciéndonos sentir su divina disciplina cada vez que la necesitemos, para mantener a la vanidad en su mínimo y recordarnos nuestra condición de dependencia como hijos suyos que somos en Cristo, nuestro Redentor.

Los salmos son un maravilloso ejemplo de la manifestación de la clara conciencia que el rey David tuvo de sí mismo, de sus virtudes y defectos personales, de su condición de ser criatura de Dios y en consecuencia,  de estar muy consciente de su dependencia filial hacia Dios, así como un niño pequeño depende de su madre y de su padre.

En su estrecha relación personal con Dios, es David también un modelo universal de fe, humildad y sencillez, ya que a pesar de haber sido coronado Rey de Judá, demostró poseer caracter y dominio de sí, al no permitir que la vanidad y el orgullo le enfriaran su ardiente celo y el temor de Dios, cuando durante su reinado dispuso de poderes, lujos y riquezas.

En esta vida todo ser humano padece sufrimientos y penas que no se pueden evitar. Ese es uno de los misterios inescrutables de la vida humana.

Debido a que el sufrimiento forma parte integrante de la vida, es en consecuencia universal e inevitable.

El gran desafío para nosotros consiste entonces, en la forma de asumir el sufrimiento y de padecerlo, para que con la ayuda y el consuelo de Dios logremos transformarnos en la aflicción  y aprendamos a coexistir con élla.

A continuación transcribo una pequeña porción de una de las obras más conocidas del Maestro Eckhart titulada “El libro del consuelo divino”:

Según la verdad natural, Dios es la fuente única y el manatial único de todo bien, de la verdad esencial y del consuelo, mientras que todo lo que no es Dios, no es en si mismo más que natural amargura, desconsuelo y sufrimiento, y nada añade a la bondad que es de Dios, sino que menoscaba, tapa y oculta la dulzura, el deleite y el consuelo que da Dios.

Si lo que me hace sufrir es un perjuicio por cosas materiales, eso es un signo inequívoco de que de verdad me gustan las cosas materiales y que de verdad me gusta el sufrimiento y el desconsuelo y los busco. ¿Que tiene entonces de extraño que sufra y esté triste?  En realidad, a Dios y al mundo entero les resulta del todo imposible hacer que el hombre encuentre el consuelo verdadero en las personas. Pero, si lo que uno ama en la persona es sólo Dios y ama a la persona sólo en Dios, por todas partes encontrará consuelo verdadero, justo y equitativo.

El apostol Pablo en su segunda carta a los Corintios dice sobre el consuelo de Dios lo siguiente:

« Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Así como abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. » 2. Corintios 3-5

Dios es la única fuente segura de fortaleza, consuelo y gozo, especialmente cuando padecemos penas, sufrimientos y dolores.

Existen demasiados millones de personas cristianas en el mundo, que no saben que los humanos somos seres compuestos de un cuerpo y un alma de origen divino; y que por lo tanto, somos una dualidad de dos naturalezas completamente diferentes: un cuerpo biológico mortal y un alma espiritual inmortal, que coexisten en un individuo.

Debido a esa dualidad natural, poseemos diferentes necesidades: unas corporales y otras espirituales. Como las corporales las conocemos muy bien, menciono a continuación solamente las necesidades espirituales más importantes:
amor verdadero, fe en Dios, esperanza de vida eterna, consuelo, fortaleza espiritual, compasión, paz interior, paciencia, perdón, misericordia, gozo interior, bondad, benigdidad y comprensión del sentido de la vida y de la muerte.

Por lo general, acudimos y buscamos a Dios cuando estamos enfrentando problemas serios de salud, situaciones de gran peligro, accidentes graves, etc; que sobrepasan nuestras fuerzas, nuestros recursos materiales y la ayuda de familiares y amigos.

Uno de los casos más comunes son los problemas graves de salud, que no tienen curación posible ni solución médica definitiva.

Deseo comentar un primer testimonio que leí hace ya más de 30 años, se trata de una chica norteamericana cristiana llamada Joni Eareckson Tada, quien cuando era apenas una adolescente, tuvo un accidente en un río donde se bañaba junto con amigos. En ese lugar había un muelle de madera para el embarque de botes pequeños. A la chica se le ocurrió lanzarse de cabeza del muelle al rio, y debido a la poca profundidad del agua, se golpeó en la cabeza con el fondo de río, y se fracturó la nuca, quedando cuadripléjica.

Durantes años fue llevada a los mejores hospitales para hacer todos los tratamientos médicos y terapias disponibles para su caso, pero no tuvieron éxito. Y su cuerpo quedó paralizado desde la base del cuello hasta los pies. Sin embargo, su profunda fe en Dios le permitió recuperar su ánimo, el sentido de la vida y las ganas de vivir, para después dedicarse activamente a predicar el Evangelio y a promover la lectura de la Biblia, por medio de conferencias y de varios libros que ha escrito, a cientos de miles de personas que están en condiciones similares a las de ella.

Ella cuenta que la lectura de las Sagradas Escrituras fue el factor indispensable que le ayudó para ser capaz; primero, de levantar su ánimo y su voluntad, del estado de depresión y de postración en que estuvo durante años; y segundo, para después lograr rehacer su vida y fortalecer su fe y su esperanza en el Señor Jesucristo.

Para el ser humano que sufre, lo más importante es lógicamente que su cuerpo sea sanado, aunque sea por un corto tiempo, pero para Jesús lo prioritario y principal es la salvación eterna del alma en el Reino de los Cielos, es decir, la sanación del alma y no del cuerpo, porque sencillamente nuestro cuerpo inevitablemente muere, se descompone y desaparece.

Joni durante decenas de años estuvo alimentando su profundo deseo y abrigando la esperanza, de que Dios algun día sanaría su cuerpo y que podría mover su cuerpo y caminar otra vez, hasta que un día leyendo la Biblia, encontró en el capítulo 1 del evangelio según San Marcos, la siguiente escena de una sanación que hizo Jesús:

Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían. Levantándose muy de mañana, siendo muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba. Y le buscó Simón, y los que con él estaban; y hallándole, le dijeron: Todos te buscan. (para ser sanados)
El les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para eso he venido. Marcos 1, 34-38

Esta escena le confirmó a Jane, que el Señor Jesucristo vino al mundo con el principal propósito de predicar su Evangelio y de salvar almas para la vida eterna con Dios en el Reino de los Cielos, y no para sanar cuerpos. Al leer ese pasaje comprendió finalmente, que Jesús le ofrecía a ella una sanación mucho más profunda y para siempre: la sanación de su alma para compartir con Él la vida eterna!

Después de aceptar de forma definitiva la condición de su cuerpo, Dios cambió su actitud ante la vida, al darse cuenta de que ella esperaba solamente que Jesús solucionara su parálisis y pudiera tener una vida normal, lo cual la condujo a un estado depresivo y de amargura. Hasta que el Evangelio de Marcos, le reveló claramente el significado de la promesa de vida eterna del Señor Jesucrito.

Paso ahora, a referirme a un segundo testimonio de una madre de familia, quien nació con poliomielitis, pero quien pudo tener una vida normal con las usuales limitaciones al caminar. Sin embargo, muchos años después su vida cambió para mal, debido al llamado síndrome post-polio, en que los músculos se van degenerando y reduciendo inevitablemente con pérdidas de su fuerza y muchos dolores. Hoy en día usa una silla de ruedas para ir, a donde antes lo hacía caminando.

A continuación transcribo el texto original de su testimonio personal:

Hace décadas, las palabras de 2 Corintios 6:10, “Como doloridos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo”, parecían admirables en teoría pero imposibles en la práctica. No podía imaginarme la alegría y el dolor coexistiendo; por definición, tener uno significaba la ausencia del otro. Los médicos dijeron que no había cura para mi condición y que viviría con pérdidas continuas. Para ralentizar la progresión, me aconsejaron que redujera la vida al mínimo y dejara de abusar de los brazos. Como esposa y madre de niños pequeños, me ví obligada a tomar decisiones difíciles todos los días y cada mes aparecían nuevas pérdidas. Se sentía implacable el dolor. Honestamente, todavía lo hace.

Hoy ni siquiera puedo hacer mi propio café, y mucho menos llevarlo a la mesa. Lidio con el dolor continuo que solo se intensificará. Si bien esto puede sonar deprimente, sorprendentemente me ha hecho más feliz. He aprendido a dejar de obsesionarme con mis circunstancias y comenzar a regocijarme en el Dios que se ha acercado a mí a través de ellas.

A medida que mi cuerpo se debilita, Dios se ha vuelto más real y presente que nunca. Puedo repetir las palabras del Salmo 46:1, que Dios es mi “refugio y fortaleza, mi pronto auxilio en las tribulaciones”. En todas mis pruebas, el Señor nunca me ha fallado, nunca se ha apartado de mi lado, nunca me ha dejado desamparada.

La Biblia se ha vuelto más valiosa para mí porque las garantías de Dios de consuelo, fortaleza y liberación ya no son simplemente palabras que he memorizado; ahora son promesas que me sostienen. Debido a que tengo que depender de Dios incluso para las tareas más pequeñas, debo buscarlo constantemente. Es una decisión consciente dejar de centrarme en lo que me rodea y empezar a centrarme en Dios. Es una elección que debo hacer todo el día, todos los días.

Mientras he caminado con Dios a través del valle de sombra de muerte, he aprendido tres grandes lecciones para estar “triste, pero siempre gozoso”.

Antes de poder regocijarme, necesito lamentarme y llorar. Este paso es crítico porque es solo a través del reconocimiento y el duelo de mi dolor que he experimentado la presencia y el consuelo de Dios. Sin este paso, mis palabras pueden sonar espirituales e incluso elocuentes, pero están desconectadas de mi vida: me quedo sintiéndome vacía y sola.

En la Biblia David comienza el Salmo 13 diciendo: “¿Hasta cuándo, oh Señor? me olvidaras para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? , y sin embargo, termina unos versículos más adelante diciendo: “Pero en tu misericordia he confiado; mi corazón se regocijará en tu salvación” (Salmo 13:5). ¿Qué causó su nueva perspectiva? ¿Cómo podía pasar de cuestionar a Dios en un momento a regocijarse al siguiente? Para mí, al igual que para David, este cambio ocurre cuando hablo directamente con Dios, esperando que me responda.

“En el sufrimiento, a menudo veo a Dios con mayor claridad, quizás porque estoy más desesperada por encontrarlo”.

Cuando sigo el ejemplo de David, mi perspectiva cambia como lo hizo David. Mis circunstancias pueden no cambiar, pero lo que sucede a mi alrededor ya no es mi enfoque. Algo dentro de mí cambia cuando leo las palabras de Dios y le derramo mis pensamientos sin editar. Dios mismo se encuentra conmigo, consolándome y reviviéndome. En un momento estoy abrumada por el dolor en mi vida, y al momento siguiente tengo esperanza y perspectiva renovadas. Incontables veces, he orado el Salmo 119:25, “Mi alma se ha aferrado al polvo; dame vida conforme a tu palabra!” Y Dios ha hecho exactamente eso.

Diferencia entre sensaciones, emociones y gozo espiritual.

Al inicio de este escrito, me referí a las diferencias que existen entre nuestras necesidades. Ahora deseo ilustrar específicamente las diferencias entre sensaciones, emociones y gozo espiritual, por medio de ejemplos:

– La risa es un estímulo manifestado exteriormente por el cuerpo, es decir, una simple sensación agradable y fugaz. La sensación es una reacción superficial del cuerpo a un estímulo exterior que puede ser agradable o desagradable.

– La emoción es una reacción a un estímulo relevante, que causa cambios notorios en el cuerpo, como: tensión muscular, sudor, cambios en el ritmo cardíaco o en la respiración., etc.

– El gozo interior es un estado espiritual profundo de confianza, paz, amor, plenitud, paciencia, dominio propio; que resulta de nuestra íntima relación personal con Dios. El gozo es un don de Dios y se traduce en un estado  permanente, que no depende de las circunstancias, ni del tiempo, ni del lugar ni de las personas que nos rodean, sino exclusivamente de la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida.

Como ustedes bien pueden ver, las sensaciones y emociones dependen de las circunstancias, son corporales y muy breves; mientras que el gozo interior es el fruto de una estrecha comunión con Dios y es un estado permanente.

Si Dios Padre permite la enfermedad, es porque debe ser necesaria para la salud del alma.

La enfermedad como proceso natural de nuestro frágil y mortal cuerpo, forma parte integrante de la vida. Durante su ciclo normal de vida el cuerpo envejece sin pausa, se deteriora progresivamente, se enferma y muere. Y si la enfermedad es una condición natural en la que el ser humano en ciertas ocasiones se encuentra, debe tener ese estado patológico un propósito determinado para el enfermo y para los que le rodean. En el orden del universo, todo lo que sucede tiene un propósito.

El hecho de que los seres humanos ignoremos los propósitos ocultos, que Dios en su soberanía le haya otorgado a los acontecimientos que ocurren en su creación, no significa que no existan. Albert Einstein, refiriéndose en una oportunidad al perfecto orden universal, dijo:  „Dios no juega a los dados“
Es conveniente también recordar, que todo suceso natural tiene siempre efectos positivos y negativos, como el momento del parto, en que el dolor y la alegría de la madre son siempre inseparables. Por consiguiente, la enfermedad no puede ser considerada como un accidente adverso de la naturaleza, ni tampoco un castigo de Dios, como lo creían los antiguos israelitas.

Así como no se reflexiona, ni se habla en absoluto sobre el sublime propósito del dolor de parto para la madre, tampoco nadie se pone a pensar sobre el propósito último que puede tener el sufrimiento de la enfermedad en la vida interior y en la conciencia del enfermo, debido seguramente a que ambas experiencias son aflictivas y desagradables.

Dependiendo desde cuál perspectiva se mire a la enfermedad, se le describirá de diferentes formas y se le atribuirán diversos efectos según sea el caso:

  • La persona enferma dirá que es: un problema, una desgracia, pérdida de tiempo, pérdida de independencia personal, un gasto innecesario, un aburrimiento, etc.
  • El médico tratante dirá que es: un caso interesante, una oportunidad de ganar dinero, un aprendizaje, una experiencia médica más, un cliente más, etc.
  • Los familiares del enfermo dirán que es: mala suerte, una preocupación más, más trabajo por la atención y curación, un trastorno entorpecedor de la tranquilidad familiar, etc.
  • El patrón dirá que es: un inconveniente para la empresa, más trabajo, menos ganancias, una excusa del empleado para no trabajar, etc.
  • El hospital dirá que es: más cantidad de dinero que ingresa, un caso más para experimentar, un medio más para amortizar equipos médicos, una fuente de trabajo, etc.

En esta oportunidad voy a introducir una perspectiva adicional: el enfoque espiritual que tanto se ignora y se olvida cuando en nuestra vida todo va bien, cuando estamos sanos y fuertes, y cuando nos atrapa la ilusión de que somos casi indestructibles y dueños absolutos de nuestro destino.

Con el paso de los años se afianza en mi cada vez más la creencia, de que por pura Gracia y Misericordia, Dios en su majestuoso plan para la salvación individual de las almas, le habría asignado a la enfermedad, la prodigiosa capacidad de hacer aflorar al alma de las profundidades del cuerpo, y de ponerla en primer plano del interés y de la atención de la persona que está enferma.

Ésta hipótesis la sostengo con una experiencia personal vivida en mi familia, la incurable enfermedad de mi padre:
Mi padre quién fue médico cirujano, a la edad de 52 años y en pleno auge de su carrera profesional se enfermó de un cáncer muy agresivo, cuyo padecimiento soportó con coraje y paciencia durante más de 2 años. Así como sucede muy frecuentemente entre médicos y científicos, mi padre era un escéptico de la religión y no creía en Dios. Cuando su enfermedad estaba ya bastante avanzada, un dichoso día le pidió a mi madre que llamara a un sacerdote amigo de la familia. Ya casi sin poder hablar y con la ayuda de un estetoscopio, se confesó y el sacerdote le pudo proporcionar la asistencia espiritual requerida.

El padecimiento de la enfermedad desempeña und doble papel en nuestra vida espiritual: el de tutor implacable, que nos obliga a tomar conciencia de sí mismos, y el de riguroso domador del orgullo y la vanidad. Por experiencia sabemos muy bien, que una grave enfermedad logra convertir al individuo más valiente, fuerte y presumido en un pequeño niño indefenso y sumiso. Esta transformación que se da en la conciencia del paciente sufrido, me hace asociarla con lo que una vez dijo Jesús : « De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos ». Mateo 18, 3

¿No será que el sufrimiento generado por la enfermedad, pueda ser utlizado por Dios como un mecanismo divino que nos ayuda hacernos como niños, recuperando asi la requerida sencillez de corazón y la actidud natural de fe, para poder acercanos a Dios con confianza y humildad?  Valdría la pena que meditáramos sobre ésto. La Gracia y la misericordia de Dios para con la humanidad son infinitas.

Eso además, es una clara manifestación más de la universalidad del amor y de la justicia de Dios, ya que la enfermedad y el sufrimiento que causa, son de carácter universal. Todos los seres humanos sin excepción y sin distinción alguna, son suceptibles de padecer enfermedades durante su vida.
«Nacer aquí y en cuerpo mortal es ya comenzar a padecer algun mal», dijo San Agustín.

«Señor, he aquí el que amas está enfermo.» Juan 11: 3
Con éste respetuoso y revelador ruego, María la hermana de Lázaro, le mandó a decir a Jesús que Lázaro, su querido amigo, estaba gravemente enfermo y le pidió que hiciera algo por él. A pesar de que Jesúcristo quería mucho a Lázaro, el joven murió a los pocos dias después y cuando Jesús finalmente llegó a la casa de Lázaro, ya tenía varias horas de haber muerto.

El relato de la enfermedad y muerte de Lázaro en la Biblia nos revela claramente, que el propósito divino del sufrimiento no tiene nada que ver con enemistad o mala voluntad por parte de Dios, lo cual refuta la idea de castigo y penitencia por haber pecado, que los antiguos israelitas le atribuyeron a la enfermedad. La aflicción que causa la enfermedad es una prueba y también una llamada al testimonio, tanto para el que la padece como para las personas que acompañan al enfermo y se hacen partícipes del sufrimiento ajeno.

Cuando un enfermo reconoce su nuevo estado de salud, diciendo: „siento que algo esta mal en mi cuerpo que me causa dolores “ eso pone en evidencia el hecho de que en la persona enferma tiene que haber otro alguien que no esta enfermo, un alguien que le permite reconocer, estar consciente de su enfermedad y afirmar que es suya. El cuerpo y la mente es la dimensión del individuo que se enferma y no el alma. Ese alguien es el alma o la conciencia, quién le asigna al enfermo su condición de doliente o sujeto del padecimiento.

Algún día sabrás, que Dios ha sido siempre bueno contigo.

En la Biblia están documentadas las experiencias y los estados de ánimo de innumerables individuos reales de diferentes naciones y épocas, vivencias personales estas, que fueron seleccionadas y relatadas para que sirvieran de testimonio, enseñaza y ejemplo para las generaciones futuras.

Uno de los personajes bíblicos que se destaca por sus testimonios sobre sus experiencias en una vida repleta de adversidades, tragedias y sufrimientos, es Job, el cual se encuentra en el Antiguo Testamento.
Las experiencias existenciales vividas por Job se podrían considerar como universales, ya que se pueden extender y aplicar a cualquier ser humano y en cualquier época de la historia, por la sencilla razón de que todos pasamos por fases de vida similares, que nos generan los mismos estados de ánimo y actitudes ante la vida como los experimentados por Job.  Del extenso relato de las conversaciones íntimas de Job con sus amigos he seleccionado tres diálogos: el primero de la parte inicial del Libro de Job, el segundo de la mitad y el tercero de la parte final. 

Estos diálogos que he escogido, manifiestan tres estados de ánimo y actitudes propias de la existencia humana que se dan en algún momento de nuestras vidas.
Leámos con atención los siguientes extractos del Libro de Job:

Job lamenta su condición (capítulo 10, 1-5):
„Mi alma está asqueada de la vida, quiero dar libre curso a mi queja, expresaré toda mi amargura.    
Diré a Dios: «No me condenes, dame a conocer por qué me recriminas».   
¿Es un placer para ti oprimir, despreciar la obra de tus manos y favorecer el designio de los malvados?“ 

Job a pesar de haber sido un hombre de fe, justo y temeroso de Dios, tuvo que pasar por una serie de terribles adversidades que lo asaltaron una detrás de la otra, entre las cuales están: la muerte de sus 10 hijos en una catástrofe natural, la pérdida de su finca, sus ganados y su fortuna, padeció una enfermedad dolorosa y repugnante, y además, fue abandonado por su esposa, quien él amaba tanto. Todas esas desgracias y calamidades generan en Job lógicamente sentimientos de rencor, rebeldía, hastío, desmoralización, injusticia, los cuales lo llevaron a adoptar una actitud muy negativa ante la vida y ante Dios.

Job asegura que su defensor está vivo (19, 23-27):
Ah, si se escribieran mis palabras y se las grabara en el bronce; si con un punzón de hierro y plomo fueran esculpidas en la roca para siempre! Porque yo sé que mi Redentor vive y que él, el último, se alzará sobre el polvo 
Y después que me arranquen esta piel, yo, con mi propia carne, veré a Dios.
Sí, yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño. ¡Mi corazón se deshace en mi pecho!“

El sufrimiento es uno de los medios que utiliza Dios para obrar en los hombres para su crecimiento espiritual y para atraerlos a su regazo, llevándolos a un conocimiento más firme y más profundo de Él. El resultado de esa aflicción para Job, fue un conocimiento nuevo e íntimo de Dios. Sin duda alguna, Job tuvo un encuentro o un contacto espiritual con Dios, que lo indujo a afirmar: Porque yo sé que mi Redentor vive

Siendo el sufrimiento una experiencia humana universal, deben las penas y adversidades, por consiguiente, tener un propósito divino que el ser humano no es capáz de comprender por sí mismo.

A partir de éste momento, comienza a calmarse ese estado de resentimiento y oprobio en que se encontraba Job, y se inicia un cambio positivo en su actitud hacia Dios y hacia la vida, en el que Job da muestras de que ha logrado comprender y aceptar su lastimosa situación, después de haber tenido numerosas disputas consigo mismo y con sus amigos.
Job responde a Dios (42, 3-6):
Sí, yo hablaba sin entender, de maravillas que me sobrepasan y que ignoro.    «Escucha, déjame hablar; yo te interrogaré y tú me instruirás». Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto, y me arrepiento en el polvo y la ceniza.“ 

En éste diálogo Job le confiesa a Dios su garrafal error de reclamar y de quejarse ante su Señor por lo que le estaba sucediendo, por ignorar la sabiduría divina, los propósitos y los planes de Dios para con él, los cuales son indescifrables y nos sobrepasan, debido a que somos todos criaturas limitadas y mortales. En vista de que Job conocía a Dios sólo por referencias y por tradición (así como tú y yo), confirma en estos párrafos que ahora si lo conoce personalmente, porque tuvo la maravillosa Gracia de ver a Dios con sus propios ojos. Por eso, se humilla y se arrepiente ante su amado Dios.

La reacción de Job de lamentarse ante sus amigos y de rebelarse ante Dios, es sólo una de las tres posibles reacciones de las personas a las adversidades y sufrimientos: rebelarse, resignarse o aceptarlas y superarlas.
Todos reaccionamos ante las aflicciones y las penas, pero lo hacemos de diferente manera.  La gran mayoría de la gente suele soportar con insospechada fortaleza los embates de la vida y sucesos extremos, e incluso son capaces de aprender y beneficiarse de tales experiencias. Dios nos ha concedido la capacidad y la fortaleza de soportar el sufrimiento y de superar las adversidades.

Por lo general los creyentes reaccionan acudiendo inmediatamente a Dios, buscando en Él la protección, el refugio, la fortaleza y el consuelo que tanto necesitan en esos tiempos de aflicción. El caso de Job es realmente muy excepcional, ya que siendo un hombre de fe, justo y temeroso de Dios, reacciona rebelándose ante su Señor y quejándose por su infortunio, y porque él creía que era víctima de una gran injusticia. Y sin embargo, Dios por su gracia, amor eterno y misericordia, lo recibe como si Job desde un principio hubiese acudido a Él como los demás creyentes, con una actitud solícita y humilde.

Dos de las enseñazas más relevantes del Libro de Job para los lectores de la Biblia son las siguientes:
1) Ningún creyente justo, piadoso, obediente y temeroso de Dios esta libre de ser afligido por adversidades, sufrimientos y tribulaciones.
2) Dios nunca desampara a sus fieles, y mucho menos, en los tiempos de dificultades y aflicciones.

En vista de que la gracia, el amor  y la misericordia de Dios hacia su criatura son infinitas, no solamente perdona los pecados de los creyentes, sino también a los ateos y a los sacrílegos muertos espiritualmente en sus pecados, como lo hizo el Señor Jesucristo con el delincuente arrepentido antes de su muerte en el Calvario.

Ahora bien, cuando tarde o temprano estemos atravesando nuestro propio valle de lágrimas y sufrimientos, lo importante es tener siempre presente, que Dios está obrando siempre a su modo en nuestra alma, que no nos desampara y que en el instante en que menos lo esperemos, nos dará una señal de su santa compañia, de su misericordia y de su amor paternal hacia cada uno de nosotros.

Yo también, estuve viviendo tiempos de grandes tribulaciones y sufrimiento durante decenas de años, y un día cuando menos lo esperaba, el Dios Padre me dió a través del Espíritu Santo una insospechada y repentina señal de su amor, la cual fue llenándome paulatinamente de fe, esperanza y una fuerza espiritual que nunca antes había tenido.

Si tu caso amigo lector, es que te sientes alejado de Dios, o te sientes defraudado de la fe cristiana por alguna mala experiencia vivida en tu iglesia, o te sientes solo, desorientado y hasta abandonado por la gente; te ruego que cuentes con Dios siempre y que esperes en su gracia, en su misericordia y en su amor hacia tí; porque a pesar de lo mucho que hayas sufrido o llegues a sufrir en ésta vida, algún día sabrás que Dios ha sido siempre bueno contigo.
Y luego tú agradecido, así como lo hizo Job, podrás dar tu propio testimonio a tus amigos.

Ten tus delicias en el Señor, y él te dará lo que pida tu corazón.

Salmo 37, 4

“Pero busquen primero Su reino y Su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por tanto, no se preocupen por el día de mañana.” Mateo 6, 33-34

En los momentos en que pasamos por graves dificultades, enfermedades, tristezas, angustias o sufrimientos, la gran mayoría de nosotros no creemos lo suficiente en la declaración hecha por Jesús, de que Dios cuida de cada uno de nosotros todos los días, y que además, conoce bien nuestras necesidades y anhelos personales. Esa falta de fe se presenta, porque cada persona en el transcurso de su vida no desea pasar por NINGUNA experiencia desagradable, espera siempre que no le suceda nada malo; que ni siquiera le pique un mosquito o que una lluvia repentina, le moje y le desbarate su peinado. Esa actitud ante la vida es absurda, pero es así.

Así somos, y sabemos que ese deseo o expectativa nuestra, es algo imposible y es una ilusión alejada totalmente de la realidad de la vida.
Vivir con la esperanza ante la vida de que no nos suceda nada desagradable, es primero, un autoengaño que nos hacemos, y segundo, es exigirle demasiado a Dios.

Dios está con nosotros siempre, en particular cuando estamos enfrentando los problemas y las aflicciones normales que todo ser humano sin exepción, padece en esta dura vida terrenal. Mientras nuestra existencia, que es el alma inmortal, habite en nuestro cuerpo frágil, enfermizo y sensible a los dolores, estaremos siempre expuestos a tener experiencias desagradables.

Dios Padre y el señor Jesucristo nos darán lo que pida nuestro corazón, en el momento oportuno y en las circunstancias convenientes, que ellos determinen. Esa es la esperanza correcta y sensata, que como creyentes deberíamos de mantener con confianza en nuestras vidas.

Hoy en día en esta sociedad moderna y agitada en que vivimos, todo el mundo persigue la tan manoseada “felicidad” de la que hablan los medios de comunicación, y por esa razón, la gran mayoría de la gente la andan buscando sin descanso, en infinidad de actividades y diversiones que las empresas ofrecen, pero nunca la encuentran.

En vista de que Dios si conoce de verdad los anhelos más profundos de tu corazón, verás cómo en los momentos en que tú menos te lo esperas, esos deseos te serán correspondidos y te llenarás de un verdadero gozo y deleite espiritual que perdurará en el tiempo. Esa es la verdadera satisfacción y contento que se sienten en el alma, y no esos instantes de amenidades y entretenimientos breves que los medios llaman “felicidad”, y que difunden día y noche.

La suprema esperanza del creyente cristiano es la vida eterna en el Reino de Dios, prometida por nuestro Señor Jesucristo, para la cual en esta dura vida, tendremos que esperar y soportar pacientemente hasta el día de nuestra muerte, cuando nuestra alma inmortal se separará del cuerpo, para ir a habitar a las moradas en el Cielo, que Jesús nos tiene preparadas.

Respecto a los sufrimientos que padecemos, Dios permite que eso suceda, para la salvación eterna de nuestra alma.

Pero él le dijo: “Como habla cualquier mujer necia, has hablado. ¿Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal?” En todo esto Job no pecó con sus labios. Job 2,10

Así como aceptamos todo lo bueno que nos sucede, tambien debemos aceptar todo lo malo que nos proporciona el destino durante la vida. El destino es una fuerza sobrenatural mayor, que actúa de forma inevitable tanto sobre las personas como sobre los acontecimientos y que no podemos cambiar. En la vida todo tiene un lado positivo y un lado negativo, empezando por cada ser humano que tiene virtudes y defectos. Al escoger nuestra pareja para compartir la vida, tenemos que aceptarla con sus buenas cualidades y sus defectos, porque nadie es perfecto, ni siquiera usted mismo.

En esta sociedad de consumo y de la abundancia en la que vivimos desde hace unos 80 años, la industria y los comercios nos han estado ofreciendo cada vez más productos y servicios para complacer nuestras necesidades, y de esa manera nos hemos acostumbrado a poder escoger y comprar lo que deseamos y a rechazar lo que no nos gusta. Esa situación, nos ha conducido a ser un poco malcriados y consentidos, en el sentido de que sin darnos cuenta, ahora también de la misma vida sólo aceptamos lo que nos gusta, lo que consideramos como bueno. Esa nueva actitud ante la vida NO se corresponde con la realidad, y en consecuencia, mucha gente vive frustrada, descontenta y amargada porque esperan recibir solamente lo bueno y lo que les gusta. La vida NO es una supertienda, a la que le podemos pedir solo lo bueno que deseamos y recibirlo a domicilio.

El filósofo español Maimónides de origen judío, escribió la siguiente reflexión acerca de la soberanía de Dios sobre todo lo que sucede en el universo, la cual nos puede ayudar a tomar la actitud adecuada ante la realidad de la vida:

El universo tiene sus propios fines, superiores a los que imagina el hombre, y el conocimiento divino que ordena la creación es de otra índole mucho más excelente que el conocimiento humano. Cuando nos hayamos percatado de estas verdades, sobrellevaremos fácilmente todo cuanto nos suceda; la desventura no suscitará dudas en nuestro corazón acerca de Dios, de si cuida de nosotros o nos abandona. Antes bien, el trágico destino contribuirá a encender nuestro amor a Dios. Todo en el Universo es bueno en esencia, y todas las acciones conspiran a despertar el conocimiento que lleva a Dios y a la felicidad

Todo lo inevitable tanto bueno como malo que sucede en nuestra vida y en el mundo, tiene seguramente un determinado fin y propósito, que nosotros desconocemos y que quizás nunca llegaremos a comprender.

Lo más importante para un creyente cristiano es confiar en Dios con toda su alma y con toda su mente, así como también tener paciencia y esperar siempre en el Señor Jesucristo, quien nunca nos defraudará.
Fijémonos en la paciencia y en la fe que tuvo Job, durante su desdichada vida a pesar de haber sido un hombre justo y que no le hizo mal a nadie.

Aceptemos entonces, con paciencia también el mal que nos depara la vida, puesto que esa es la soberana voluntad de Dios y porque todo lo que nos sucede, contribuye a la salvación eterna de nuestra alma.

Y sabemos que todas las cosas ayudan a bien, a los que aman a Dios, a los que conforme a su propósito son llamados. Romanos 8, 28

Los sufrimientos por los que pasamos no significan que vivimos sin Dios, sino lo contrario, pues esas pruebas provienen de Dios.

Pero Él sabe el camino que tomo; cuando me haya probado, saldré como el oro.  Job 23, 10

Sin duda alguna, el origen del sufrimiento humano es el mayor misterio de la vida. Y también, el sufrimiento es una gran realidad natural que forma parte esencial de la vida de todos los seres humanos sin excepción.
Vivir es también sufrir!
Para los creyentes cristianos el sufrimiento inocente, es decir, el sufrimiento de los niños y el sufrimiento del adulto justo y obediente, causan aún más consternación e incomprensión en las personas afectadas.

¿Por qué la vida terrenal es así? Nosotros no lo sabemos, pero Dios Creador de todo el universo, sí lo sabe, y además, el sufrimiento debe tener en consecuencia un propósito divino.

El libro de Job del Antiguo Testamento presenta la vida de sufrimiento del personaje principal Job, quien era un creyente hebreo justo que vivió en la época de los Patriarcas del pueblo de Israel. Job considera su terrible sufrimiento como algo injusto e inmerecido, y sin embargo, lucha por encontrar a Dios que se le oculta y a quien Job le sigue creyendo bueno y justo.
La lección espiritual del libro: el creyente debe persistir en su fe en Dios, incluso cuando está sufriendo.

Durante su dura prueba Job y a pesar de sus aflicciones, hace esta afirmación: « cuando (Dios) me haya probado, saldré como el oro ». Eso significa que Job estaba convencido de que Dios estaba permitiendo esas pruebas, y que indirectamente provenían de Él.
Al final de su drama, Job por mantenerse firme en su fe, logró tener un encuentro o una visión espiritual con Dios y le fue devuelta la familia y los bienes que había perdido.

Al leer en el Nuevo Testamento sobre la vida del Señor Jesucristo, sus enseñanzas, su promesa de vida eterna, y en particular, sobre los sufrimientos y dolores que Jesús tuvo que soportar por nuestra salvación al ser crucificado en el Calvario, deberíamos los cristianos reconocer y aceptar con humilde paciencia y sumisión, que nuestro sufrimiento y el de nuestros seres queridos es la soberana voluntad de Dios, y que por lo tanto, tiene un propósito divino que nos convendrá algún día, aunque no lo podamos comprender ahora.

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