No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las cosas que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.  2. Corintios 4: 18

INSPIRADORA MEDITACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS, ESCRITA POR EL GRAN PREDICADOR CHARLES H. SPURGEON PARA CADA DÍA.
TOMADA DE SU LIBRO «DE MAÑANA OIRÉ SU VOZ»

En nuestra peregrinación cristiana está bien, en términos generales, mirar a hacia adelante. Hacia adelante está la corona y la meta. Ya sea por esperanza, por gozo, por consuelo o por la fuente de inspiración de nuestro amor, el futuro debe, después de todo, ser el gran objetivo del ojo de la fe. Al mirar hacia el futuro, podemos ver al pecado echado fuera, al cuerpo del pecado y de muerte destruido, al alma hecha perfecta y preparada para ser partícipe de la herencia de los santos de la luz.

Y si miramos todavía más allá, el ojo iluminado del creyente puede ver que el río de la muerte se ha cruzado, que la sombría corriente fue atravesada y que se alcanzan los montes de luz sobre los que se levanta la ciudad celestial, y se ve así mismo entrando por las puertas de perlas, aclamado como más que vencedor, coronado por la mano de Cristo, abrazado por Jesús, glorificado junto con Él, y sentándose junto con Él en su trono, exactamente como el que venció y se sentó junto al Padre en el trono.

El pensamiento de este futuro bien puede aliviar la oscuridad del pasado y la penumbra del presente. El gozo del cielo con toda seguridad compensará las tristezas de la Tierra.

¡Callen, callen todas mis dudas! La muerte no es sino una corriente angosta, y pronto la habrás atravesado.

Tiempo, ¡que corto! Eternidad, ¡que larga! Muerte, cuán breve. Inmortalidad, cuán infinita. A mi parecer, todavía ahora como del racimo del valle de Escol (ver Números 13:14) y bebo del pozo que está a tus puertas. ¡El camino es tan corto, tan corto! Pronto estaré allí.

„ Cuando el mundo desgarre mi corazón
con su pesada carga de preocupaciones,
pensamientos alegres subirán al cielo
para encontrar refugio de la desesperación.
La optimista visión de la fe me sostendrá
hasta que la peregrinación termine
pueden atribularme los temores y causarme dolor los problemas,
pero a mi hogar finalmente llegaré“.

Yo soy tu socorro, dice Jehová; el Santo de Israel es tu Redentor. Isaías 41, 14

INSPIRADORA MEDITACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS, ESCRITA POR EL GRAN PREDICADOR CHARLES H. SPURGEON PARA CADA DÍA.
TOMADA DE SU LIBRO «DE MAÑANA OIRÉ SU VOZ»

Oigamos esta mañana al Señor Jesús hablar a cada uno de nosotros: «Yo mismo te ayudaré». Cosa pequeña es para mí, tu Dios, ayudarte. Considera lo que ya he hecho. ¡Qué! ¿No te ayudé? Porque yo te compré con mi sangre. ¡Qué! ¿No te ayudé? Morí por tí, y si he hecho lo más grande, ¿por qué no haré lo menos? ¡Ayudarte! Es lo mínimo que haría por ti. He hecho más y haré más. Antes de que el mundo existiera, te elegí. Hice el pacto por ti. Dejé mi gloria de lado y me hice hombre por ti, di mi vida por ti, y si hice todo esto, con toda seguridad te ayudaré ahora. Al ayudarte, te estoy dando lo que ya compré para ti. Si necesitas mil veces más ayuda, te la daré. Requieres poco comparado con lo que estoy preparado para darte.

Es mucho para ti lo que necesitas, pero es poco para mí para concederte. ¿Ayudarte? ¡No temas! Si hubiese una hormiga a la puerta de tu granero pidiendo ayuda, no te arruinaría a tí dándole un puñado de tu trigo, y tú no eres sino un pequeño insecto a la puerta de mi completa suficiencia. «Yo mismo te ayudaré»

Alma mía, ¿no es esto suficiente? ¿Necesitas más fortaleza que la omnipotencia de la unida Trinidad? ¿Quieres más sabiduría que la que se halla en el Padre, más amor que el que se demuestra por sí mismo en el Hijo o más poder del que se manifiesta en la influencia del Espíritu?

Con certeza este pozo lo llenará. Apresúrate, reúne tus anhelos y tráelos aquí, a tu vacío, a tus clamores, a tus necesidades. Contempla este río de Dios que está lleno para suplir. ¿Qué puedes desear fuera de esto?

Prosigue, alma mía en esta tu fuerza. El Dios eterno es tu ayudador.

Nacidos para la vida eterna

„Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Ustedes están muy equivocados.”  Marcos 12,27

“¿A quien iremos, Señor? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” Juan 6,68

Si hay una incógnita que el ser humano es incapaz de saber por sí mismo, esa es el propósito postrero para el cual ha nacido, para qué ha sido creado? Cada quién en el transcurso de su vida, y de llegar si acaso a pensar seriamente en eso alguna vez, trata de imaginarse algo y en su fantasía termina por soñar algo, que le gustaría ser y lo establece como meta deseable. Sin duda, ésas aspiraciones son importantes y muy necesarias para la vida operativa, pero son insuficientes y sobre todo se quedan muy cortas, cuando de repente nos percatamos, que vamos ya avanzando hacia el ocaso de nuestra breve vida en éste mundo.

A travéz de los tiempos, Dios le ha estado revelando al ser humano lo que le estaba vedado saber por sus propios medios, de allí la enorme importancia que tarde o temprano, la fe religiosa adquiere en la vida de los hombres y las mujeres.

La humanidad en toda su historia no había recibido una revelación de Dios más maravillosa, que la buena nueva que anunció Jesucristo personalmente y por primera vez al mundo: que el ser humano posee un alma inmortal y que después de la muerte, hay una vida eterna en el Reino de los cielos. Debido a ese acontecimiento tan transcendental para la humanidad y que jamás había ocurrido antes, la historia universal fue partida en dos: la historia antes de Cristo y después de Cristo (Anno Domini AD).

Ese hecho da inicio a la era cristiana, al establecerse en el calendario, el año del nacimiento de Jesucristo, como año primero de la era cristiana. Con la venida de Cristo Jesús, se inició un nuevo tiempo para la humanidad, el tiempo de la Gracia y del perdón de Dios, el nuevo tiempo del mensaje y de la obra de la buena nueva, es decir, del Evangelio.

El mensaje y la enseñanza de Cristo están repletos de la visión de la eternidad. El Señor Jesús siempre tuvo una visión de eternidad que le daba forma a su vida cotidiana. El evangelio de Jesús nos enseña a vivir y a morir con metas eternas.

El gran aporte del Cristianismo a la humanidad ha sido el enseñarnos a vivir con esperanza, es decir, a ser seres esperanzados, así como también, el preparar espiritualmente al creyente a recibir el momento de la muerte con la promesa de vida eterna.

“El cristianismo es grande, porque es una preparación para la muerte inevitable.” Esta frase de Cecilio Acosta (1818 – 1881), insigne intelectual y escritor venezolano, resume la portentosa obra que realiza en el alma del creyente, la esperanza viva que surge de la promesa de vida eterna que trajo Jesucristo, el Hijo de Dios, a la humanidad.

El gran filósofo francés Michel de Montaigne (1533 – 1592)  en un ensayo que escribió sobre la superación del temor a la muerte ineludible, afirmó:
“Quien le enseña al hombre a morir,  le enseña a vivir.”

La monja Teresita del Niño Jesús, con apenas 24 años de edad, momentos antes de su muerte podía exclamar con plena conciencia: «Yo no muero, entro en la vida».

El fin último del ser humano es alcanzar un día la eternidad y allí tener la vida en abundancia que nos prometió nuestro Señor Jesucristo: “El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.” Juan 10, 10

Ahora bien, cuando el Señor Jesús afirma que ha venido para que tengamos vida, y vida en abundancia, no se refiere a ésta vida terrenal, simple y llanamente porque vivimos en un cuerpo demasiado frágil y muy limitado; sino que se refiere a la otra vida después de la muerte,  a la vida espiritual, nueva y eterna.

La conciencia de que en ésta vida temporal somos peregrinos y de que nuestro destino final es eterno, debe acompañar nuestra vida en todo momento. Esto lejos de hacernos desentender de nuestra vida en el aquí y ahora, por el contrario nos lleva a tener muy en serio nuestras responsabilidades personales y sociales. La esperanza de alcanzar un día el Cielo, no es consuelo de débiles ni de tontos, sino todo lo contrario, fortaleza de luchadores de la causa de Dios y del amor a los hermanos. Aspirar a las alegrías y bienes del cielo, no va contra la razón, sino que es algo muy humano, natural y necesario.

Uno de los anhelos más profundos y ardientes de todo ser humano es ser inmortal, es el deseo natural de que su existencia no sea liquidada por la muerte, después de de haber vivido una vida tan corta y sufrida, como la que vivimos en éste mundo.

Miguel de Unanmuno (1864-1936) en su conocido libro Del sentimiento trágico de la vida, escribió sobre el deseo innato humano de ser inmortal:
«¡Eternidad! ¡eternidad! Éste es el anhelo: la sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres; y quien a otro ama es que quiere eternizarse en él»

Una bella muestra de la expresión popular del amor eterno entre enamorados, se encuentra en las letras de canciones románticas de épocas pasadas. Cómo ejemplo de una sublime inspiración, transcribo a continuación una de las más conocidas, y que tiene como título “Esperame en el cielo, corazón” del compositor puertoriqueño Francisco López Vidal:

«Espérame en el cielo, corazón,
si es que te vas primero.
Espérame en el cielo, corazón,
para empezar de nuevo.

Nuestro amor es tan grande y tan grande
que nunca termina
y esta vida es tan corta y no basta
para nuestro idilio.

Por eso, yo te pido por favor
me esperes en el cielo
y allí entre nubes de algodón
haremos nuestro nido.«

Es oportuno destacar en este momento, que en la sociedad moderna de consumo y de afán de lucro en que vivimos, los únicos que no consideran como importante y necesaria ésta natural aspiración humana de la esperanza de vida eterna, son: la banca, la industria, el comercio y sus numerosos representantes en la política y en los medios de comunicación; ya que su interés primordial es el de fomentar el disfrute de la vida terrenal y de inflar exageradamente la alegría de nuestra existencia en éste mundo cruel e implacable, porque son éllos los que más se benefician, se hacen más poderosos y se lucran más a expensas de nuestro duro trabajo diario y de nuestro consumo. Y porque trabajar y consumir, sólo se puede en ésta vida.

Agustín de Hipona (354 –430) llamaba gran pensamiento al pensamiento de la eternidad. A la luz de este gran pensamiento, los grandes místicos de la antigüedad consiguieron mirar los tesoros y las grandezas de la tierra como si fueran paja, fango, humo, basura.

Mirándonos nosotros mismos y mirando la fe cristiana a la luz de este gran pensamiento, seremos capaces de valorar y comprender mucho mejor, en primer lugar, nuestra propia existencia, el sentido de la vida y nuestro destino final; y en segundo lugar, el significado que para nuestra vida tienen las enseñanzas de la Santas Escrituras en la Biblia, en particular el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

El apóstol Pablo al anunciar el evangelio en una plaza pública a los paganos y a sus hermanos de raza, los judíos contradecían con blasfemias cuanto Pablo decía:
“Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron: «A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos.”
Hechos 13, 46

Jesús le anunció a la humanidad hace más de 2000 años, que todos los seres humanos como hijos de Dios, somos dignos de la vida eterna.
Ahora bien, cada quién es libre de creer y de aceptar o no esa promesa, cada quién tiene la potestad de considerarse digno de la vida eterna o no.

Por tener el alma, es que el hombre intuye que existe Dios, el Creador y Señor del universo, y por eso siente y experimenta que es un ser inmortal y por lo tanto, digno de vivir eternamente.

Es verdad que pensar en la eternidad nos cuesta mucho, porque no estamos acostumbrados hacerlo. Ni siquiera se nos ocurre pensar en períodos de 10 años, mucho menos en algo tan abstracto y tan extraño como la eternidad, para nosotros seres limitados, quienes desde que nacemos aprendemos a vivir sólo en función de las dimensiones del tiempo (ayer, hoy y mañana) y del espacio inmediato que nos rodea. Vivir infinitamente en la eternidad nos parece un sueño, una película de ciencia-ficción.
Y aunque nos cueste mucho también aceptarlo, la eternidad es una gran realidad tan verdadera y tan cierta, como lo será algún día nuestra propia muerte.

Jesús afirmó  y nos prometió que al final de nuestra vida terrenal nos espera la vida eterna en la Casa de su Padre en el reino de los Cielos.

Nuestra alma vive en un cuerpo muy frágil y susceptible a enfermedades o accidentes, que pueden en cualquier momento perjudicar sus funciones vitales, pudiéndonos convertir en un instante en enfermos, o dicho de otra manera: en moribundos curables. Después de transcurrido los años y de haber consumido nuestro tiempo de vida, ya una vez viejos, nos convertiremos en moribundos incurables, para algún dia, por causa de muerte, tener que dejar ésta tierra para despertarnos en el reino de los vivos, es decir: el reino de Dios.
Sí, esa es la buena nueva que Jesucristo, nos trajo y predicó para toda la humanidad. Una nueva tan buena que nada lo puede igualar, la bendita nueva de que Dios descendió al hombre, para que el hombre al morir pueda ascender al reino de Dios.

Por eso es que el cristiano que cree firmemente en su Redentor Jesucristo quien resucitó y vive para siempre, concibe la muerte como un amanecer, como el momento en que empieza a cumplirse esa gloriosa esperanza viva, basada en las promesas de vida eterna que fueron pronunciadas por el mismo Hijo de Dios:

«En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. » Juan 14, 2-3

«Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino.» Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.» Lucas 23, 42-43

Los cristianos esperanzados son gente llena de esperanza porque tienen su mirada puesta en la eternidad. El apoderarnos de la promesa de Jesús de la vida eterna y hacer nuestra la eternidad como dimensión real de la vida, significa también poner nuestra existencia temporal sobre una base eterna. Aquellos creyentes que experimentan esto, comprueban la maravilla de sentir el amor de Dios en todo su ser, al despertarse su conciencia divina, y a partir de ese momento, ser capáces de reconocer y sentir su propia alma y de vislumbrar las realidades eternas. 

Esa experiencia interior aviva enormemente la fe y la esperanza incipientes que ya teníamos desde niños en Jesucristo y su buena nueva; y también hace desaparecer el terrible temor a la muerte que nos angustia tanto. Élla también le da a nuestra vida terrrenal ese sentido trascendental, tan necesario para comprender el evangelio cabalmente y para poder superar las pruebas que nos depare el destino durante nuestro paso por éste mundo temporal, porque ahora tenemos la certeza de cual es nuestro propósito final como hijos de Dios: el haber nacido para la vida eterna.

Por su Gracia, recibimos de Dios esa perspectiva eterna en nuestras vidas como un implante divino, la cual nos permite valorarnos nosotros mismos en la justa dimensión, por el hecho de que tenemos a Jesúcristo nuestro Salvador y su Palabra como referencia de nuestro propio valor, y  nos ayuda además, a no darle tanta importancia a los criterios materialistas y utilitarios por los que estamos siendo valorados en la actualidad por el sistema socio-económico imperante, según nuestro nivel económico y social, influencia, profesión o la rentabilidad de nuestro trabajo.

No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las cosas que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. 2. Corintios 4: 18

INSPIRADORA MEDITACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS, ESCRITA POR EL GRAN PREDICADOR CHARLES H. SPURGEON PARA CADA DÍA.
TOMADA DE SU LIBRO: «DE MAÑANA OIRÉ SU VOZ»

En nuestra peregrinación cristiana está bien, en términos generales, mirar hacia adelante. Hacia adelante está la corona y la meta. Ya sea por esperanza, por gozo, por consuelo o por fuente de inspiración de nuestro amor, el futuro debe, después de todo, ser el gran objetivo del ojo de la fe. Al mirar hacia el futuro, podemos ver al pecado echado afuera, al cuerpo del pecado y de muerte destruido, al alma hecha perfecta y preparada para ser partícipe de la herencia de los santos de luz.

Y si miramos todavía más allá, el ojo iluminado del creyente puede ver que el río de la muerte se ha cruzado, que la sombría corriente fue atravesada y que se alcanzan los montes de luz sobre los que se levanta la ciudad celestial, y se ve a sí mismo entrando por las puertas de perlas, aclamado como más que vencedor, coronado por la mano de Cristo, abrazado por Jesús, glorificado junto con Él, y sentándose junto con Él en su trono, exactamente como el que venció y se sentó junto al Padre en el trono.

El pensamiento de este futuro bien puede aliviar la oscuridad del pasado y la penumbra del presente. El gozo del cielo con toda seguridad compensará las tristezas de la tierra.
!Callen, callen todas mis dudas! La muerte no es sino una corriente angosta, y pronto la habrás atravesado.

Tiempo, !qué corto! Eternidad !qué larga! Muerte, cuan breve. Inmortalidad, cuán infinita. A mi parecer, todavía ahora como del racimo del Valle de Escol y bebo del pozo que está a tus puertas. !El camino es tan, tan corto! Pronto estaré allí.

«Cuando el mundo desgarre mi corazón
con su pesada carga de preocupaciones,
pensamientos alegres subirán al cielo
para encontrar refugio de la desesperación.
La optimista visión de la fe me sostendrá
hasta que la peregrinación termine
pueden atribularme los temores y causarme dolor los problemas,
mas a mi hogar celestial finalmente llegaré.»

El nuevo pacto de Dios con el pueblo judío, fue realizado por el Señor Jesucristo cuando vino al mundo, y por esa razón, en realidad somos los creyentes cristianos el nuevo pueblo Dios.

El gran profeta de Israel Jeremías, en el capítulo 31 de su Libro que se encuentra en el Antiguo Testamento de la Biblia, le dedica 13 versículos al Nuevo Pacto que Dios decidió hacer con la Casa de Israel y con la casa de Judá. Estos son tres versículos que he seleccionado por ser claves y fundamentales de esa profecía:

He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.

No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová.

Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.
Jeremías 31: 31-33

A continuación encontrarán una excelente y hermosa meditación sobre el capítulo 31 de Jeremías, que escribió el predicador inglés Charles Spurgeon:

Yo seré a ellos por Dios“ Jeremías 31:33

!Cristiano! Acá está todo lo que necesitas. Para ser feliz querías algo que te diera satisfacción, ¿no es esto suficiente? Si no puedes verter esta promesa en tu copa, no podrás afirmar como lo hizo el rey David: „has llenado mi copa a rebosar“ (Salmo 23: 5), tengo más de lo que el corazón puede desear.
Cuando esta promesa, „Yo seré su Dios“, se cumple, ¿no eres poseedor de todas las cosas? El deseo es insaciable como la muerte, pero aquel que puede llenarlo todo puede satisfacer el deseo. ¿quién puede conocer la medida de nuestros deseos, sino la inmensurable riqueza de Dios que puede rebasarla?

Te pregunto: ¿Te sientes incompleto aún cuando Dios es tuyo? ¿Deseas algo aparte de Dios? Si todo lo demás fallara, ¿no alcanzaría la completa suficiencia de Dios para satisfacerte? Pero tú querías más que serena satisfacción, deseabas deleite extremo. Ven, alma, aquí en tu porción existe música digna del cielo, pues Dios mismo ha creado el cielo. No toda la música ejecutada con dulces instrumentos, ni proveniente de seres vivientes, puede entregar una melodía semejante a la de esta dulce promesa: „Yo seré su Dios“.

Encontramos aquí un profundo océano de gozo, un infinito océano de de deleite. Ven, baña tu espíritu en él, nada prolongadamente y no encontrarás la orilla, sumérgete en la eternidad, y no encontrarás el fondo. „Yo seré su Dios“.
Si esto no hace que tus ojos brillen y que tu corazón palpite aceleradamente con gozo, tu alma no está sana. Pero tú deseabas más que placeres actuales, anhelaste algo por medio de lo cual pudieras ejercitar la esperanza, y ¿qué más puedes desear excepto que se cumpla esta gran promesa?: „Yo seré su Dios“.

Esta es la obra maestra de las promesas. Disfrutarla es tener el cielo en la Tierra, y hará también que sea el cielo allá arriba. Sumérgete en la luz del Señor, y permite que tu alma sea siempre satisfecha con su amor. Extrae el tuétano y la grosura que esta porción te entrega. Vive de acuerdo a sus privilegios y regocíjate con gozo indecible.

La grave crisis de fe en las iglesias tradicionales del mundo occidental

“El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.” Juan 6, 63

Esta es una enseñanza clara e incuestionable, que el Señor Jesucristo dejó como testimonio a los cristianos y a toda la humanidad, en primer lugar, de que nuestra naturaleza como seres humanos, está compuesta de un espíritu o alma inmortal y un cuerpo de carne; y en segundo lugar, que el espíritu humano es el que le da vida a nuestro ser, y que en consecuencia, es nuestra alma espiritual lo más valioso e importante de nuestra existencia terrenal, por haber sido creada por Dios para vivir eternamente. La carne del cuerpo humano, por el contrario, no está hecha para la vida eterna, ya que inevitablemente se enferma, envejece y al morir, se pudre.

La doctrina materialista, la cual niega la existencia del alma espiritual y su inmortalidad, ha tomado tanto auge entre los académicos, intelectuales, científicos y filósofos desde hace 150 años, que actualmente se encuentra muy arraigada en los programas de estudio de las universidades, centros de formación profesional y escuelas de bachillerato en el mundo occidental.

Es difícil de creer y penoso de aceptar el hecho, de que también las facultades de teología y los seminarios de las iglesias católicas y protestantes, lamentablemente se han dejado influenciar demasiado por esa filosofía materialista, lo cual se conoce en la literatura académica como el proceso de secularización en las iglesias, el cual consiste en la transformación que ha vivido la iglesia como institución religiosa, que ha pasado de consagrarse en la antiguedad a su misión esencialmente divina y espiritual, a dedicarse en la actualidad a temas mundanos y materiales.

La secularización en las iglesias ha traído graves consecuencias a sus teólogos y al personal de sacerdotes, entre las cuales están: dudas en su vocación religiosa, la razón ha sustituido en gran parte a la fe en Dios, reducción de la fe en la Palabra de Dios y debilitamiento del compromiso con el verdadero Evangelio.
Tan seria es la situación actual, que existen ya teólogos, sacerdotes y pastores modernos que son ateos!

Desde hace muchísimo tiempo en las iglesias tradicionales no se habla ni se escribe de manera entusiasta y abierta en los sermones y en sus publicaciones periódicas, sobre la promesa de vida eterna y el Reino de los Cielos, sobre la maravillosa esperanza cristiana, sobre el Espíritu Santo que vive y obra siempre entre nosotros, sobre la existencia del alma espiritual y su inmortalidad y ni mucho menos, sobre nuestra propia espiritualidad como hijos de Dios que también somos. Esta realidad es muy lamentable, pero es así.

Estas son precísamente algunas de las causas de la enorme crisis por la que están atravezando las iglesias tradicionales, que ha provocado el éxodo de millones de sus creyentes hacia las iglesias evangélicas y otras denominaciones cristianas.

Yo en lo personal, que fui criado y educado como católico en mi familia, que estudié el bachillerato en colegios jesuítas y maristas, y que colaboré como catequista durante mis estudios, estoy completamente decepcionado de la iglesia católica, de sus autoridades y de su doctrina contraria y alejada del Evangelio de Cristo, por las razones ya mencionadas y por muchas otras.

Es por eso que hoy más que nunca, una tarea indispensable del creyente cristiano es la de leer la palabra de Dios, tal cual como está escrita en la Biblia, y no conformarse con las interpretaciones, comentarios y explicaciones de su significado, que la mayoría de los teólogos, pastores y sacerdotes modernos tanto católicos como protestantes han estado difundiendo desde el siglo pasado.

Y algo aún más importante, es tener siempre presente que el Señor Jesucristo desea estar en nuestros corazones y mantener una relación personal con nosotros, porque como Hijo unigénito de Dios es nuestro único mediador ante Dios Padre y Él mismo envió al Espíritu Santo para que nos inspirara, acompañara y guiara en nuestra vida espiritual, y por lo tanto, no necesitamos a ningún intermediario eclesiástico.  

“En tu mano están mis tiempos.” Salmo 31:15

SERMÓN DE CHARLES H. SPURGEON (1834-1892) PREDICADOR BAPTISTA  DE ORIGEN INGLÉS

David estaba triste: su vida se había consumido en la aflicción, y sus años en el gemir. Su angustia había agotado sus fuerzas, y aun sus huesos se habían consumido en su interior. Crueles enemigos lo perseguían con maliciosa astucia, hasta el punto de buscar su vida. En tales momentos él utilizaba el mejor recurso que hay para el dolor: pues afirma en el versículo 14: “Mas yo en ti confío, oh Jehová.” No tenía otro refugio sino el que había encontrado en su fe en el Señor su Dios.
Si los enemigos lo denigraban, él no devolvía injuria por injuria; si tramaban quitarle su vida, no enfrentaba a la violencia con violencia; sino que, sosegadamente, confiaba en el Señor. Sus enemigos corrían de un lado al otro, usando todo tipo de redes y trampas para convertir al hombre de Dios en su víctima; pero él enfrentó todas sus maquinaciones con la sola defensa simple de la confianza en Dios.
Muchos son los dardos de fuego del maligno, pero nuestro escudo es uno. El escudo de la fe no sólo apaga los dardos de fuego, sino que quiebra las flechas de acero. Aunque las jabalinas del enemigo fueran sumergidas en el veneno del infierno, nuestro único escudo de fe nos guardaría incólumes, desviándolas de nosotros. Así David tenía el recurso de la fe en la hora del peligro. Noten bien que él expresó un glorioso derecho, el mayor derecho que un hombre haya argumentado jamás: “Digo: Tú eres mi Dios.”
Quien pueda decir: “este reino es mío,” reclama un derecho a ser rey; quien pueda decir: “este monte de plata es mío,” reclama un derecho a las riquezas; pero quien pueda decir al Señor: “Tú eres mi Dios,” ha dicho más de lo que todos los monarcas y los millonarios pudieran alcanzar.
Si este Dios es tu Dios por Su don de Sí mismo a ti, ¿qué más podrías tener? Si Jehová ha sido hecho tuyo mediante un acto de la fe apropiadora, ¿qué más podría concebirse? No tienes al mundo, pero tienes al Hacedor del mundo, y eso es mucho más. No hay forma de medir la grandeza del tesoro de aquel que tiene a Dios como su todo en todo.

Habiendo tomado así el mejor recurso al confiar en Jehová, y habiendo pronunciado el mayor argumento al decir: “Tú eres mi Dios,” el Salmista se detiene ahora en una antigua doctrina grandiosa, una de las doctrinas más maravillosas jamás reveladas a los hombres.
Canta: “En tu mano están mis tiempos.” Esto es para él un hecho sumamente alentador: no tenía temor de sus circunstancias, pues todas las cosas están en la mano divina. No estaba acorralado por la mano del enemigo, pues su pie estaba en una habitación espaciosa, pues se encontraba en un espacio lo suficientemente grande para el océano, viendo que el Señor lo había colocado en el hueco de Su mano. Estar enteramente a la disposición de Dios es vida y libertad para nosotros.

La gran verdad es esta: todo lo que concierne al creyente está en las manos del Dios Todopoderoso. “Mis tiempos,” estos cambian y mutan; pero sólo cambian de acuerdo con el amor inmutable, y se mudan sólo de acuerdo al propósito de Uno en el que no hay mudanza, ni sombra de variación. “Mis tiempos,” es decir, mis altibajos, mi salud y mi enfermedad, mi pobreza y mi riqueza; todas estas cosas están en la mano del Señor, que arregla y asigna, de conformidad a Su santa voluntad, la prolongación de mis días, y la oscuridad de mis noches. Las tormentas y las calmas hacen variar las estaciones según el señalamiento divino. Si los tiempos son alentadores o tristes, a Él corresponde decidirlo, que es Señor tanto del tiempo como de la eternidad; y nos alegra que así sea.

Asentimos con el enunciado: “En tu mano están mis tiempos,” en cuanto a sus resultados. Cualquier cosa que resulte en nuestra vida, está en la mano de nuestro Padre celestial. Él guarda la vid de la vida, y protege también los racimos que serán producidos en ella. Si la vida fuera como un campo, el campo está bajo la mano del grandioso Labrador, y la cosecha de ese campo depende de Él.

Los resultados finales de Su obra de gracia en nosotros, y de Su educación de nosotros en esta vida, están en la mejor mano. No estamos en nuestras propias manos, ni en manos de maestros terrenales, sino que estamos bajo la diestra operación de las manos que no hacen nada en vano. El término de la vida no es decidido por el filoso cuchillo de las parcas, sino por la mano del amor. No moriremos antes del tiempo que nos corresponda, ni seremos olvidados ni dejados en el escenario por demasiado tiempo.

No solamente estamos nosotros mismos en la mano del Señor, sino todo lo que nos rodea. Nuestros tiempos forman un tipo de atmósfera de la existencia; y todo esto está bajo un orden divino. Moramos en el hueco de la palma de la mano de Dios. Estamos absolutamente a Su disposición, y todas nuestras circunstancias son ordenadas por Él en todos sus detalles. Nos consuela que así sea. ¿Cómo llegaron a estar los tiempos del Salmista en la mano de Dios? Debo responder, primero, que estaban allí en el orden de la naturaleza, de conformidad al eterno propósito y decreto de Dios.

Todas las cosas son ordenadas por Dios, y son establecidas por Él, de conformidad a Su sabia y santa predestinación. Cualquier cosa que ocurra aquí, no ocurre por azar, sino de acuerdo al consejo del Altísimo. Los actos y las acciones de los hombres aquí abajo, aunque son dejados enteramente a sus propias voluntades, son la contraparte de lo que está escrito en el propósito del cielo.

Los actos visibles de la Providencia aquí abajo, concuerdan exactamente con lo que está escrito en el libro secreto, que ningún ojo de hombre o de ángel escudriñó todavía. Este propósito eterno controló nuestro nacimiento. “En tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.”(Salmo 139, 16)
En Su libro cada pisada de cada criatura es registrada antes de que la criatura sea formada. Dios ha delineado la senda a seguir por cada persona que atraviesa las llanuras de la vida. Algunos podrían dudar de esto; pero todos están de acuerdo en que Dios ve con anticipación todas las cosas; y ¿cómo podrían ser vistas anticipadamente con certeza a menos que ocurran con certeza? No es un consuelo insignificante para un hombre de Dios que sienta que, por ordenamiento divino y sagrada predestinación, sus tiempos están en la mano de Dios.

Pero los tiempos de David estaban en la mano de Dios en otro sentido; es decir, que por fe los había confiado todos a Dios. Observen cuidadosamente el quinto versículo: “En tu mano encomiendo mi espíritu; Tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad.” Nosotros usamos en vida las palabras que el Señor usó tan pacientemente en la muerte: ponemos nuestros espíritus en la mano de Dios. Si nuestras vidas no fuesen determinadas por el cielo, desearíamos que lo fuesen. Si no hubiere una Providencia gobernante, imploraríamos una. Quisiéramos fusionar nuestras propias voluntades a la voluntad del grandioso Dios, y clamar: “Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres.”

Sería una perspectiva espantosa para nosotros que algún punto de la historia de nuestra vida fuese dejado al azar, o a las frivolidades de nuestra propia imaginación; pero con jubilosa esperanza nos apoyamos en la eterna presciencia y en la sabiduría infalible de Dios, y clamamos: “El nos elegirá nuestras heredades.” Le rogaríamos que tomara en Su mano nuestros tiempos, aun si no estuvieran.

 Además, amados hermanos, nuestros tiempos están en las manos del Señor, porque somos uno con Cristo Jesús. “Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.” Todo lo que concierne a Cristo toca el corazón del grandioso Padre. Él tiene en mayor estima a Jesús que a todo el resto del mundo. De aquí se sigue que cuando nos volvemos uno con Jesús, nos convertimos en objetos conspicuos del cuidado del Padre. Nos toma en la mano por amor de Su amado Hijo. Quien ama a la Cabeza ama a todos los miembros del cuerpo místico.

No podemos concebir que el amado Redentor esté jamás fuera de la mente del Padre; tampoco puede quedar alguno de nosotros—los que estamos en Cristo—fuera del cuidado activo y amoroso del Padre: nuestros tiempos están siempre en Su mano. Todos Sus eternos propósitos obran para la glorificación del Hijo, y con la misma certeza obran conjuntamente para el bien de aquellos que están en Su Hijo. Los propósitos que conciernen a nuestro Señor y nos conciernen a nosotros están de tal manera entrelazados, que no pueden separarse nunca.

Que nuestros tiempos estén en la mano de Dios ha de significar, no solamente que están a la disposición de Dios, sino que están ordenados por la más eminente sabiduría. La mano de Dios nunca yerra; y si nuestros tiempos están en Su mano, esos tiempos están ordenados rectamente.

No necesitamos enredar nuestros cerebros para entender las dispensaciones de la Providencia: un curso más fácil y más sabio está abierto para nosotros; es decir, creer que la mano del Señor obra todas las cosas para lo mejor.
¡Quédate tranquilo, oh hijo, a los pies de tu grandioso Padre, y deja que haga lo que le parezca bien! Cuando no puedas comprenderlo, debes recordar que un bebé no puede entender la sabiduría de su progenitor. Tu Padre comprende todas las cosas, aunque tú no puedas: que Su sabiduría te baste. Podemos dejarlo todo allí sin ansiedades, puesto que está en la mano de Dios; y está donde será realizado hasta una conclusión exitosa. Las cosas que están en Su mano prosperan. “En tu mano están mis tiempos,” es una garantía que nadie puede perturbarlos, o pervertirlos o envenenarlos. En esa mano descansamos tan seguramente como descansa un bebé sobre el pecho de su madre.

 ¿Dónde podrían estar tan bien asegurados nuestros intereses como en la mano eterna? ¡Qué bendición es ver, por el ojo de la fe, que todas las cosas que les conciernen están asidas por la mano de Dios! ¡Qué paz fluye dentro del alma, en cuanto a todo asunto que pudiera causar ansiedad, cuando vemos todas nuestras esperanzas construidas sobre un cimiento tan estable, y preservadas por un poder tan supremo! “¡En tu mano están mis tiempos!”

Antes de adentrarme en el tema, para mostrar la dulzura de esta confianza, ruego a cada cristiano aquí presente que lea el texto, y lo tome en el modo singular, y no como lo acabamos de cantar:

En tu mano están nuestros tiempos,
Cualesquiera que ellos sean,
Agradables o dolorosos, oscuros o brillantes,
Como mejor te parezca que sean
.”

Encontramos la forma singular en el salmo: “En tu mano están mis tiempos.” Esto no excluye que el cuerpo entero de los santos goce juntamente de esta seguridad; pero, después de todo, la verdad es más dulce cuando cada persona prueba por sí misma su sabor.
Vamos, que cada individuo se aplique esta doctrina del supremo ordenamiento de Dios, y crea que es verdadera en cuanto a su propio caso, “En tu mano están mis tiempos.” Las alas del querubín me cubren. El Señor Jesús me amó, y se entregó por mí, y mis tiempos están en esas manos que fueron clavadas a la cruz para mi redención. ¿Cuál será el efecto de tal fe, si es clara, personal y duradera? Este será nuestro tema en este momento. ¡Que el Espíritu Santo nos ayude!

1. Una clara convicción de que nuestros tiempos están en la mano de Dios FORMARÁ EN NOSOTROS UN SENTIDO DE LA CERCANÍA DE DIOS. Si la mano de Dios está puesta sobre todos nuestros alrededores, Dios mismo está cerca de nosotros. Nuestros padres puritanos caminaban más fácilmente con Dios porque ellos creían que Dios ordenaba todo en sus asuntos diarios y en su vida doméstica; y le vieron en la historia de la nación, y en todos los eventos que acontecían.

La tendencia de esta época es alejarse más y más de Dios. Difícilmente los hombres toleran ahora a un Creador, y afirman que todo proviene de la evolución. Poner a Dios un paso más atrás es la ambición de la moderna filosofía; en cambio, si fuésemos sabios, deberíamos esforzarnos por eliminar todos los obstáculos, y dejar libre un canal de comunicación para acercarnos más a Dios y para que Dios se acerque más a nosotros. Cuando vemos que en Su mano están todos nuestros caminos, sentimos que Dios es real y está cerca. “En tu mano están mis tiempos.” Entonces nada es dejado al azar. Los eventos no les acontecen a los hombres por causa de una suerte que no tiene en sí orden ni propósito. “La suerte se echa en el regazo; mas de Jehová es la decisión de ella.”(Proverbios 16, 33)
La suerte es una idea pagana que ha sido derribada por la enseñanza de la Palabra, así como el arca derribó a Dagón, y lo despedazó.
Bienaventurado es el varón que ha terminado con el azar, que no habla nunca de la suerte, sino que cree que, desde la menor hasta la mayor, todas las cosas son ordenadas por el Señor. No nos atrevemos a dejar fuera al evento más insignificante. Un insecto que se arrastra sobre el capullo de una rosa es tan verdaderamente ordenado por el decreto de la Providencia, como el progreso de una plaga a través de una nación.

Crean esto; pues si lo mínimo es omitido por el gobierno supremo, de igual manera podría ser lo siguiente, hasta que no quedara nada en la mano divina. No hay lugar para el azar, puesto que Dios llena todas las cosas. “En tu mano están mis tiempos” es una seguridad que también pone un fin a la torva idea de un destino férreo que fuerza todas cosas. ¿Tienen la idea de que el destino da vueltas como una enorme rueda, aplastando cruelmente todo lo que encuentra en su camino, sin hacer pausas por piedad, sin hacerse a un lado por misericordia? Recuerden que, si comparan a la Providencia con una rueda, debería ser una rueda que está llena de ojos. Cada uno de sus giros es en sabiduría y bondad.

El ojo de Dios no deja nada a ciegas en la providencia, sino que llena todas las cosas con vista. Dios establece todas las cosas de acuerdo a Su propósito; pero luego Él mismo las hace. Allí radica toda la diferencia entre la solitaria maquinaria del destino prefijado, y la presencia de un Espíritu lleno de gracia y amoroso, que gobierna todas las cosas. Las cosas efectivamente ocurren según Él las planea; pero Él mismo está allí para hacer que sucedan, y para moderar, y guiar, y asegurar los resultados.

Nuestro grande gozo no es: “Mis tiempos están en la rueda del destino,” sino “En tu mano están mis tiempos.” Con un Dios vivo y amoroso que gobierna todas las cosas, nos sentimos en casa, descansando cerca del corazón de nuestro Padre. “En tu mano están mis tiempos.” ¿Acaso no revela esto la condescendencia del Señor? Él tiene a todo el cielo para adorarle, y a todos los mundos para gobernarlos; y, sin embargo, “mis tiempos” (los tiempos de una persona tan insignificante e indigna como yo) están en Su mano. Ahora, ¿qué es el hombre para que esto sea así? ¡Maravilla de maravillas, que Dios no solamente piense en mí, sino que mis preocupaciones las convierta en Sus preocupaciones, y tome mis asuntos en Su mano! Él tiene en Su mano a las estrellas, y, sin embargo, nos pone allí. Se digna tomar en Su mano los intereses pasajeros de oscuros hombres y de humildes mujeres.

Amados, Dios está cerca de Su pueblo con todos Sus atributos; Su sabiduría, Su poder, Su fidelidad, Su inmutabilidad; y todos ellos están bajo juramento de obrar para el bien de quienes ponen su confianza en Él. “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” Sí, Dios considera nuestros tiempos, y piensa en ellos; planea con Su corazón y Su alma hacernos bien. Esa mente augusta, de la que brotan todas las cosas, se inclina a nosotros; y esas alas eternas, que cubren el universo, se ciernen sobre nosotros y sobre nuestra casa, y nuestras diarias necesidades y aflicciones. Nuestro Dios no se sienta como un espectador distraído de nuestros pesares, tolerando que seamos arrastrados como objetos sin dueño por las aguas de las circunstancias, sino que se ocupa activamente y en todo momento de la defensa y perfeccionamiento de Sus hijos. Nos guía para conducirnos al hogar, al lugar donde Su rebaño reposará para siempre.

¡Qué bienaventuranza es esta! Nuestros tiempos, en todas sus necesidades y aspectos, están en la mano de Dios, y por tanto, Dios siempre nos está cuidando. ¡Cuán cerca de nosotros trae a Dios, y cuán cerca de Dios nos lleva a nosotros! ¡Hijo de Dios, no vayas mañana al campo lamentando que Dios no esté allí! Él bendecirá tu salida. No regreses a casa, a tu aposento, clamando: “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!” Él bendecirá tu entrada. No te vayas a la cama, soñando que te has quedado huérfano; ni te despiertes en la mañana con un sentido de soledad sobre ti: no estás solo, pues el Padre está contigo. ¿Acaso no sentirás cuán bueno es que Dios se acerque a ti, y te entregue tu pan y tu agua, y bendiga tu cama y tu mesa? ¿No estás feliz de que se te permita acercarte tanto a Dios, como para decir: “En tu mano están mis tiempos”? Hay mucho en este primer punto en cuanto a la cercanía del Señor; y si lo volteas, verás más y más claramente que una convicción de que nuestros tiempos están en la mano de Dios, tiende a crear un santo y feliz sentido de la cercanía de Dios para con nosotros.

2. En segundo lugar, ESTA CONVICCIÓN ES UNA SUSTENTACIÓN ADECUADA EN CONTRA DEL MIEDO DE LOS HOMBRES. Cuando nuestros enemigos nos caen encima muy duramente, podemos decirnos: “no estoy en sus manos. “En Tu mano están mis tiempos.” Aquí hay unos caballeros que nos juzgan y nos condenan con gran rapidez. Dicen: “ha cometido un grave error: es un viejo fanático; él mismo se ha apagado.” Es más fácil decir que hacer eso. La vela brilla todavía. Dicen de ti: “es necio y terco, y en los asuntos religiosos es tan terco como una mula; y lo pasará mal.” No lo has pasado mal todavía de la manera que ellos predicen, y más les vale que no profeticen hasta que lo sepan.

Los piadosos no están en las manos de aquellos que se burlan de ellos. Los perversos pueden crujir los dientes ante los creyentes, pero no podrán destruirlos. En esto radica su consuelo: ellos han confiado su espíritu en la mano de Dios, y Él preservará sagradamente el precioso depósito. No teman a los juicios de los hombres. Apelen a una corte superior. Lleven el caso al Tribunal Supremo de Justicia del Rey. Acudan al propio Dios con su asunto, y Él emitirá Su sentencia como la luz, y su justicia como el mediodía. ¿Acaso los maliciosos han resuelto aplastarte? Usarán su pequeño poder al grado máximo; pero hay un poder superior que los sujetará. Di gozosamente: “En tu mano están mis tiempos.” ¿Acaso te tratan con desprecio? ¿Se burlan de ti? ¿Qué importa eso? Tu honra no proviene de los hombres. Su desprecio es el más alto cumplido que los impíos pueden rendirte. ¡Ay, muchas personas profesantes ponen sus tiempos en las manos del mundo! Si prosperan y se enriquecen, ven una oportunidad de ventaja social, y renuncian a sus amigos más humildes para unirse a un grupo más respetable. ¡Cuántas personas dejan de ser fieles porque sus prósperos tiempos no están en la mano de Dios, sino en la suya propia!

Otros, por otro lado, cuando se encuentran en la adversidad, se alejan del Señor. La excusa es: “no puedo ir más a la casa de Dios, pues mis ropas no son tan respetables como solían ser.” ¿Acaso tu pobreza ha de sacarte de las manos de tu Señor? No dejes que eso suceda nunca; sino más bien di: “En tu mano están mis tiempos.” Aférrate al Señor en las pérdidas lo mismo que en las ganancias, y así deja que todos tus tiempos estén con Él.

¡Cuán a menudo nos encontramos con personas que son tambaleadas por la calumnia! Es imposible detener a las lenguas maliciosas. Hieren, e incluso matan las reputaciones de los piadosos. El atribulado grita: “no puedo soportarlo: voy a renunciar a todo.” ¿Por qué? ¿Por qué ceder ante simples palabras? Incluso estas crueles lenguas están en la mano de Dios. ¿No puedes arrostrar sus ataques? Ellos no podrían expresar un solo susurro más allá de lo que Dios permita.

Prosigue tu camino, oh justo, y deja que las falsas lenguas derramen su veneno a su antojo. “Condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio.” Si mis tiempos están en la mano de Dios, nadie puede dañarme a menos que Dios lo permita. Aunque mi alma esté entre leones, ningún león podrá morderme mientras el ángel de Jehová sea mi guarda. Este sentimiento de que nuestros intereses están a salvo bajo la más elevada guarda, genera un espíritu independiente. Previene que nos rebajemos delante de los grandes, y que adulemos a los fuertes. Al mismo tiempo, elimina toda tendencia a la envidia; así que no deseamos la prosperidad de los que hacen iniquidad, ni nos impacientamos a causa de los malignos. Cuando uno sabe que sus tiempos están en la mano de Dios, no cambiaría su lugar por el de un rey; es más, ni siquiera por el de un ángel.

3. Una plena creencia en el enunciado de nuestro texto es UNA CURA PARA LA AFLICCIÓN PRESENTE. ¡Oh Señor, si mis tiempos están en tu mano, yo he puesto mi cuidado sobre Ti, y confío y no tengo miedo! ¿Por qué, hermana mía, te afliges por un asunto que está en la mano de Dios? (Este hábito de afligirse abunda en la agraciada hermandad de mujeres.) Si Él ha tomado a Su cargo lo tuyo, ¿qué motivo tienes para estar ansiosa?

Y tú, hermano mío, ¿por qué quieres interferir en los asuntos del Señor? (Pues hay muchos hombres que están nerviosos e inquietos) Si el caso está en Su mano, ¿qué necesidad hay para que estés entremetiéndote y clamando? Estabas preocupándote esta mañana, y angustiándote la noche anterior, y ahora estás acongojado, y estarás peor mañana por la mañana.

¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Obtuviste algún bien alguna vez por angustiarte? Cuando no había suficiente lluvia para tu finca, ¿conseguiste que cayera un aguacero por medio de tus preocupaciones? Cuando había demasiada agua, o así lo creías, ¿disipaste las nubes con tu aflicción? Dime, ¿produjiste alguna vez una moneda de plata por preocuparte? Es un negocio que no es rentable.

Acaso me preguntes: “entonces, ¿qué hemos de hacer en tiempos problemáticos?” Vamos, acude a Él en cuya mano has confiado tu persona y tus tiempos. Consulta con la infinita sabiduría por medio de la oración; consuélate con el amor infinito mediante la comunión con Dios. Dile al Señor lo que sientes, y lo que temes. Es mejor diez minutos de oración que un año de murmuración. Aquel que espera en el Señor y pone su carga en Él, puede llevar una vida de reyes: en verdad, será mucho más feliz que un rey.

Dejar nuestros tiempos con Dios es vivir tan libre de preocupaciones como los pájaros en las ramas. Si nos angustiamos, no glorificaríamos a Dios; y no induciríamos a otros a ver lo que la verdadera religión hace por nosotros en la hora de tribulación. La angustia y la preocupación reducen nuestro poder de actuar sabiamente; pero si podemos confiar plenamente en Dios porque todo está realmente en Su mano, estaremos tranquilos, y nuestra acción será resuelta; y por esa precisa razón será sabia con mayor probabilidad. El que deposita su carga sobre el Señor será fuerte para hacer o para sufrir lo requerido; y sus días serán como los días del cielo en la tierra.

Yo admiro la serenidad de Abraham. No parece estar nunca aturdido, sino que se mueve grandiosamente como un príncipe entre los hombres. Es mucho más que el igual de los hombres más grandes con los que se relaciona: con dificultad vemos a Lot bajo el microscopio una vez que hemos visto a Abraham. ¿Por qué era así Abraham? Porque creía en Dios y no se tambaleaba. La mitad del gozo de la vida radica en la expectación. Nuestros hijos experimentan un mayor placer cuando esperan un día feriado que cuando llega el propio día. Sucede lo mismo con nosotros. Si creemos que todos nuestros tiempos están en la mano de Dios, esperaremos grandes cosas de nuestro Padre celestial. Si nos encontramos en una dificultad, diremos: “voy a ver ahora las maravillas de Dios, y voy a comprobar otra vez cuán ciertamente libra a los que confían en Él.”

Yo doy gracias a Dios porque he aprendido en algunos momentos a gloriarme en las necesidades, como si abrieran una ventana al cielo para mí, desde la cual el Señor derramará abundantemente Sus provisiones. Ha sido para mí un deleite tan indecible ver cómo el Señor ha provisto mis necesidades para el Orfanato, para el Colegio, y para otras obras, que casi he llegado a desear estar en apuros, para poder ver cómo el Señor responde por mí.

Recuerdo, hace algún tiempo—cuando año tras año todo el dinero llegaba para las diversas actividades—que comencé a echar de menos aquellos grandiosos días idos cuando el Señor permitió que se secara el arroyo de Querit, y detuvo a los cuervos con su pan y carne, pero luego encontró alguna otra forma de suplir las necesidades de los huérfanos.

En aquellos días, el Señor solía venir a mí, por decirlo así, caminando sobre las cumbres de los montes, hollando de pico en pico, y supliendo mediante obras maravillosas todo lo que me faltaba conforme a Sus riquezas en gloria en Cristo Jesús. ¿Saben?, casi quisiera que el Señor detuviera los arroyos y luego me permitiera ver cómo saca agua de la roca.

Hizo eso, no hace mucho tiempo. Los fondos eran muy escasos, y entonces clamé a Dios, y Él me respondió desde Su monte santo. ¡Cuán feliz estaba yo de oír los pasos del siempre presente Señor, respondiendo la oración de Su hijo, y haciéndole saber que sus tiempos estaban aún en la mano de Padre! En verdad es mejor confiar en el Señor que poner la confianza en el hombre. Es un gozo que vale mundos ser conducido al lugar donde nadie sino el Señor puede ayudarte, y luego ver Su mano poderosa sacándote de la red. El gozo radica principalmente en el hecho de que estás seguro que se trata del Señor, y seguro que está cerca de ti. Este bendito entendimiento de la intervención del Señor nos lleva a gloriarnos en la tribulación. ¿Acaso no es eso una cura para la aflicción, una bendita cura para la ansiedad?

4. En cuarto lugar, una firme convicción de esta verdad es UN TIRO DE GRACIA PARA FUTUROS TEMORES. “En tu mano están mis tiempos.” ¿Deseas saber qué te sucederá en un corto tiempo? ¿Quieres atisbar entre las hojas plegadas del futuro? Podrías comprar un periódico barato que te diría la suerte de las naciones de este mismo año. Puedes estar casi seguro que no sucederá nada de lo que es predecido de esa manera; y por tanto, será de poca utilidad para ti. Quédate contento con las profecías de la Escritura, pero no sigas a cada uno de sus intérpretes.

Muchas personas estarían dispuestas a pagar grandes sumas para que se les diera a conocer el futuro. Si fuesen sabias, más desearían que les fuera ocultado. No quieras conocerlo, pues tal conocimiento no respondería a ningún objetivo útil. El futuro tiene el propósito de ser un libro sellado. El presente es todo lo que necesitamos tener delante de nosotros. Haz tu obra del día en su día, y pon el mañana en tu Dios. Si hubiese formas de leer el futuro, sería sabio rehusar usarlas. El conocimiento generaría responsabilidad, despertaría el miedo, y disminuiría el gozo presente; ¿por qué intentar hacerlo? Mata de hambre a la curiosidad ociosa, y dedica tu fuerza a la obediencia creyente. Puedes estar muy seguro de esto: no hay nada en el libro del futuro que deba causar desconfianza en el creyente. Sus tiempos están en la mano de Dios, y esto los asegura.

La propia palabra “tiempos” supone cambio para ti; pero como no hay cambios en cuanto a Dios, todo está bien. Sucederán cosas que no puedes prever; pero tu Dios ha visto anticipadamente todo, y ha provisto para todo. Nada puede ocurrir sin la permisión divina, y Él no permitirá lo que fuera para tu detrimento real y permanente. “Me gustaría saber”—dirá alguno—“si voy a morirme pronto.” No albergues ningún deseo en esa dirección: tu tiempo vendrá cuando deba venir. La mejor manera de vivir por encima de todo miedo a la muerte es morir cada mañana antes de que abandones tu aposento. El apóstol Pablo dice: “Cada día muero.” (1. Corintios 15, 31)
Cuando hubieres adquirido el santo hábito de morir diariamente, te será fácil morir por última vez. Es grandemente sabio estar familiarizado con nuestras últimas horas. Al desvestirte por la noche, practica la solemne escena cuando pondrás a un lado tu túnica de carne. Cuando te vistas por la mañana, anticipa el ser vestido con tu casa que es del cielo en el día de la resurrección.

Tenerle miedo a la muerte es a menudo el colmo de la locura. Un gran profeta corrió una vez muchas millas para escapar de la muerte de manos de una reina despótica. Él era uno de los más intrépidos entre los valientes, y sin embargo, se apresuró a la soledad para escapar de las amenazas de una mujer. Cuando hubo concluido su agotante caminar, se sentó y efectivamente oró: “Quítame la vida.” Era algo muy singular hacer eso: huir para salvar la vida, y luego clamar: “Quítame la vida.” Ese hombre no murió nunca; pues hablamos de Elías, que subió al cielo en un carro de fuego.

Dios no responde a todas las oraciones de Su pueblo, pues Él tiene mejores cosas para ellos de las que piden. No tiembles por lo que tal vez no llegue a ocurrir nunca. Incluso nosotros podríamos no morir nunca; pues está escrito: “No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta.” Algunos de nosotros podríamos estar vivos y permanecer a la venida del Señor. ¿Quién lo sabe? ¡He aquí, viene pronto! De todos modos, la muerte no debe preocuparnos, pues está en Sus manos.

5. Además, una plena convicción de que nuestros tiempos están en Su mano, será UNA RAZÓN PARA UN SERVICIO CONSAGRADO. Si Dios ha tomado en Sus manos mis asuntos, entonces es muy conveniente que yo asuma los asuntos que Él me asigne.

La reina Isabel quería que uno de los comerciantes más destacados de Londres fuera a Holanda para vigilar sus intereses allá. El honesto hombre le dijo a su majestad que obedecería sus órdenes; pero le suplicó que recordara que implicaría la ruina de su propio negocio si se ausentara. A esto la reina replicó: “si te ocupas de mis asuntos, yo me ocuparé de los tuyos.” Con tal promesa real podía separarse voluntariamente de su negocio; pues la reina tiene bajo su poder hacer más por un súbdito de lo él podría hacer por sí mismo.

El Señor, en efecto, le dice al creyente: “yo voy a tomar tus asuntos en mi mano, y voy a vigilar que se hagan.” ¿Acaso no sentirías de inmediato, que se ha convertido en tu gozo, tu deleite, vivir para glorificar a tu Señor lleno de gracia? Ser dejado en libertad para servir al Señor es la más plena libertad. ¡Cuán hermoso es leer en el libro de Isaías, “Y extranjeros apacentarán vuestras ovejas, y los extraños serán vuestros labradores y vuestros viñadores!” Forasteros harán las faenas penosas por ti, y te dejarán en libertad para un servicio más elevado.

Continúen leyendo y vean: “Y vosotros seréis llamados sacerdotes de Jehová, ministros de nuestro Dios seréis llamados.” La fe nos libera del deterioro del acerbo cuidado, para que podamos entregarnos enteramente al servicio del Señor nuestro Dios. La fe nos impulsa a vivir exentos de angustia, para servir únicamente al Dios bendito. Liberados de la carga de las cosas terrenales por el tierno cuidado de Dios para con nosotros, presentamos nuestros cuerpos en sacrificio vivo al Señor nuestro Dios. Él no nos ha hecho esclavos ni ganapanes, sino sacerdotes y reyes para Dios.

Estoy seguro, queridos amigos, que si esta verdad saturara plenamente nuestras almas: que nuestros tiempos están en la mano de Dios, haría de nuestras vidas algo más grandioso de lo que jamás serían. ¿Crees que la mano de Dios está obrando contigo y para ti? Entonces eres alzado por encima de las mudas bestias arreadas que te rodean; pues el Dios del cielo piensa en ti, y pone Sus manos en tus asuntos. Esta conexión con lo divino da muchos ánimos al hombre, y lo eleva a un esfuerzo sostenido, y a una gran fe.

Sentimos que somos inmortales hasta que nuestra obra esté concluida; sentimos que Dios está con nosotros, y que con seguridad saldremos victoriosos por medio de la sangre de Jesús. No seremos derrotados en la campaña de la vida, pues el Señor de los ejércitos está con nosotros, y hollaremos a nuestros enemigos. Dios nos fortalecerá, pues nuestros tiempos están en Su mano; por tanto, le serviremos de todo nuestro corazón y de toda nuestra alma, estando plenamente convencidos de que “nuestro trabajo en el Señor no es en vano.”

6. Finalmente, si nuestros tiempos están en la mano de Dios, aquí tenemos UN GRAN ARGUMENTO PARA FUTURAS BENDICIONES. Quien cuida nuestros tiempos cuidará nuestra eternidad. Quien nos ha traído hasta este punto, y ha obrado tan agraciadamente para con nosotros, vigilará nuestra seguridad en todo el resto del camino. Yo me maravillo por causa de ustedes, personas mayores, cuando comienzan a dudar. Dirán: “mírate a ti mismo.” Bien, eso hago; y estoy avergonzado de corazón de que alguna vez alguna pajita de desconfianza se hubiera introducido en el ojo de mi fe. Quisiera sacarla a base de llanto, y mantenerla fuera en el futuro.

Aun así, algunos de ustedes son mayores que yo, pues tienen setenta u ochenta años de edad. ¿Por cuánto tiempo más esperas viajar por este desierto? ¿Piensas que cuentas con otros diez años? Dios te ha otorgado Su gracia durante setenta años, y ¿te angustiarás por los últimos diez, que, tal vez, no lleguen nunca? Eso no funciona así. Dios ha librado a algunos de ustedes de tan grandes tribulaciones, que sus pruebas presentes son simples piquetes de pulga.

Sir Francis Drake, después de haber navegado alrededor del mundo, llegó al río Támesis, y cuando pasó por Gravesend se encontró con una tormenta que amenazaba el barco. El valeroso comandante dijo: “¡cómo!, ¿darle la vuelta al mundo con seguridad, para luego ahogarse en una zanja? ¡Nunca!” Nosotros hemos de decir lo mismo. Dios nos ha sostenido en grandes tribulaciones, y no vamos a ser abatidos por pruebas que son comunes a todos los hombres.

Un hombre de energía, si asume completar una obra, la llevará a término; y el Señor nuestro Dios nunca toma a Su cargo algo que no completará. “En tu mano están mis tiempos,” y, por tanto, el fin será glorioso. Señor mío, si mis tiempos estuvieren en mi propia mano, demostrarían ser un fracaso; pero puesto que están en Tu mano, Tú no fallarás, ni tampoco fallaré yo.

La mano de Dios asegura el éxito a todo lo largo del trayecto. En aquel día cuando veamos el tapiz que registra nuestras vidas, veremos allí todas las escenas con un ojo sorprendido; veremos cuánta sabiduría, cuánto amor, cuánta ternura, cuánto cuidado fueron prodigados sobre ellas. Una vez que un asunto está en la mano de Dios, nunca es abandonado ni olvidado, sino que es completado hasta el fin. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.

No he sido capaz de predicar sobre este texto como esperaba hacerlo, pues estoy todo dolorido y tengo un gran dolor de cabeza; pero gracias a Dios, no tengo dolor en mi corazón, con tan grandiosa verdad delante de mí. Dulce para mi alma son estas palabras: “En tu mano están mis tiempos.” Adopten esta frase de oro. Guarden esta verdad en su mente. Dejen que se quede sobre su lengua como una oblea hecha con miel. Dejen que se disuelva hasta que toda su naturaleza sea endulzada por ella.

Sí, querida dama anciana, usted que ha salido del hospicio esta mañana para escuchar este sermón, dígase: “En tu mano están mis tiempos.” Sí, tú, querido amigo, que no puedes encontrar una plaza, y has gastado las suelas de tus zapatos en el vano empeño de buscar una: tú también puedes decir: “En tu mano están mis tiempos.” Sí, mi querida hermana, que te consumes de tisis, este puede ser tu cántico: “En tu mano están mis tiempos.” Sí, joven, tú que acabas de comenzar en los negocios, y te has enfrentado a una aplastante pérdida, será para tu beneficio, después de todo; por tanto, di: “En tu mano están mis tiempos.”

Esta pequeña frase, en mi mente, se expande en un himno: produce capullos y florece en un salmo. Pocas son sus palabras, pero poderoso es el sentido, y lleno de descanso. Ahora, recuerden que no es cualquiera el que puede encontrar miel en este panal. ¡Oh, pecadores, ustedes están en las manos de un Dios airado; y esto es terrible! El Dios contra el cual pecan continuamente, y a quien provocan al rehusar Su gracia, tiene absoluto poder sobre ustedes. Tengan cuidado, ustedes que olvidan a Dios, no sea que los destroce.

Ustedes le han provocado, ofendido y agraviado; pero, sin embargo, tienen esperanza, porque Su misericordia es eterna. Aunque han vejado a Su Santo Espíritu, sin embargo, vuélvanse a Él, y Él tendrá misericordia de ustedes, y los perdonará abundantemente. En verdad están en Sus manos, y no pueden escapar de Él. Si escalaran al cielo, o se sumergieran en el infierno, no estarían fuera de Su alcance. Ninguna fuerza que posean podría resistirle, y ni la velocidad podría rebasarle. Sométanse a Dios; y entonces, este grandioso poder de Dios, que ahora les rodea, se convertirá en su consuelo. Al presente debería ser motivo de su terror. Los ojos de Dios están posados sobre ustedes; la mano de Dios está en contra de ustedes; y si no son salvados, un toque de esa mano significaría muerte y destrucción eterna. Esa mano que el creyente besa devotamente, es la mano que bien podrían temer. ¡Oh, que huyeran a Cristo Jesús, y encontraran abrigo de la ira bajo el dosel carmesí de Su preciosa sangre!

VANIDADES Y VERDADES

SERMÓN DE CHARLES H. SPURGEON (1834-1892), PREDICADOR BAPTISTA DE ORIGEN INGLÉS

no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.
2. Corintios 4, 18

EL apóstol Pablo no era de ninguna manera un estoico. No había vencido todos los sentimientos humanos ni se había convertido en un hombre de piedra. Por el contrario, era extremadamente sensible. Se puede ver abundante evidencia, no solo en los Hechos de los Apóstoles, sino también en el tono de todas sus cartas, de que tiene un espíritu muy tierno. Siente agudamente cualquier falta de amabilidad. Si un amigo lo abandona, él lo llora; o si los amigos lo admiran, hay una emoción genuina en su gratitud. Es sensible, también, a la pobreza, sensible a la vergüenza; sensible a todas las penas que tiene que soportar por causa de Cristo. Él las padece. No es un hombre invulnerable con armadura, es un hombre de carne y hueso, a quien la flecha atraviesa y le duele. Sin embargo, con cuánta valentía se apega a su trabajo; Se enfrenta a todos los peligros y nunca sueña con inquietarse.

Ni por un solo momento parece tener en cuenta lo que puede tener que sufrir personalmente por el testimonio de Cristo y el triunfo del evangelio. Se acuerda de los dolores cuando ya han pasado; Mira las cicatrices cuando se han sanado, y a veces da una larga lista de los peligros y privaciones que ha tenido que soportar, dando así a entender que era muy sensible; pero nunca trata de evadir y protegerse de ningún tipo de sufrimiento, si es necesario para llevar a cabo la obra de su vida. De este modo, siguió adelante con firmeza a través de temporadas que se alternaban entre de mala fama y de buena reputación, a través del honor y a través de la deshonra, disfrutando del amor de las iglesias en un momento, y en otro momento sufriendo bajo una cruel sospecha de su apostolado, incluso entre sus propios conversos; ahora es el héroe de una popularidad ilimitada, cuando el pueblo se agolpa para rendirle honores, y después, es víctima del odio público y de los disturbios frenéticos, cuando es arrastrado fuera de la ciudad para ser apedreado hasta la muerte.

«Pero ninguna de estas cosas me conmueve, ni estimo por preciosa mi vida para mi mismo«, bien podía decir. Parecía como si Dios lo hubiera arrojado de su mano, así como si lanzara un rayo, y no se detuvo hasta que llegó al fin hacia el cual el poder de Dios lo estaba impulsando. Exclamó: «El amor de Cristo nos constriñe«. Se consideró, por lo tanto, muerto para todos menos para Cristo. Bien podemos sentir curiosidad por saber, qué fue lo que apoyó a un hombre tan noble en sus pruebas, y desarrolló a un héroe así bajo tal sucesión de oposiciones. Lo que lo mantenía tan tranquilo; ¿Qué lo hacía tan dueño de sí mismo e intrépido?

¿Cómo fue que cuando fue derribado no fue destruido, que cuando fue turbado no fue angustiado? ¿Qué lo sostuvo? Nos da la clave de esta fortaleza diciéndonos, que consideraba leves sus aflicciones porque, en su opinión, no eran más que por un momento; y estaban trabajando para él un peso de gloria mucho más grande y eterno. Estaba tranquilo y feliz en medio de la rabia y el tumulto, los prejuicios violentos y las circunstancias adversas e incluso desastrosas, porque, en el lenguaje del texto, no miraba las cosas que se ven, sino las cosas que no se ven, valorando o reconociendo que las cosas que se ven no son dignas de ser miradas, por ser tan pasajeras, mientras que las cosas que no se ven tienen un valor inestimable, porque son eternas. Ese es nuestro tema en este momento: en primer lugar, las cosas que no deben mirarse; y, en segundo lugar, las cosas que hay que mirar.

El texto tiene la forma de una doble paradoja. Las cosas que se pueden ver son, naturalmente, las cosas que hay que mirar. ¿Qué debe mirar un hombre sino lo que puede ver? Y, sin embargo, el apóstol nos dice que no miremos las cosas que se ven, sino las cosas que no se ven. ¿Cómo se pueden mirar las cosas invisibles? De nuevo, es una paradoja. ¿Cómo puedes mirar lo que no puedes ver? Esta es sólo una paradoja propia de la vida cristiana, que es toda paradoja, y el enigma está más bien en las palabras que en el sentido. Pronto descubriremos que no hay contradicción ni incongruencia, ni dificultad alguna.

1.- NO MIRAR LO QUE SE VE, y preguntémonos: ¿qué debemos entender por esta contradicción: «no mirando las cosas que se ven«? La palabra «mirar» se usa seis veces en el Nuevo Testamento, y se traduce de cuatro o cinco maneras diferentes. No pretendo ceñirme a esas traducciones, sino incluirlas en la explicación de lo que significa no mirar las cosas que se ven.

Significa, en primer lugar, menospreciar o estimar con ligereza tanto la alegría presente como la tristeza presente, como si no valieran la pena mirarlas. El presente está tan pronto por transcurrir, que a Pablo no le importa mirarlo. Hay tan poco de ello, y dura tan poco tiempo, que ni siquiera se digna echarle una mirada, no lo mira con mucha atenciôn. En un determinado momento es perseguido, despreciado, abandonado. «No durará mucho«, dice. «No es más que el pinchazo de un alfiler; pronto terminará, y estaré con la buena comunión de arriba, y contemplaré el rostro de mi Maestro«. No lo mira. Lo ignora.
Así nos corresponde hacer si estamos rodeados de pruebas, problemas, tristezas presentes: no debemos pensar tanto en ellos como para fijar nuestra atención o fijar nuestra mirada en ellos. Más bien, tratémoslos con indiferencia y digamos: «Es realmente un asunto muy pequeño si estoy en la riqueza o en la pobreza, en la salud o en la enfermedad; si disfruto de las comodidades o si me las roban. El presente se irá tan pronto que no me interesa mirarlo. Soy como un hombre que se queda en una posada por una noche mientras está de viaje. ¿Es incómoda la habitación? Cuando amanece no sirve de nada quejarse, por lo que se limita a no hacer ninguna crónica del hecho y se apresura a seguir adelante. Se dice a sí mismo: «No importa, me levanto y me voy; de nada sirve preocuparse por nimiedades». Si una persona va a recorrer una larga distancia en un vagón de ferrocarril, puede ser un poco exigente en cuanto a dónde se sentará para ver el paisaje, y en cuanto en cual lado de las ventanas le gusta viajar; pero si no es más que una etapa corta no piensa en ello. No le importa en compañía de quién esté, es sólo por unos minutos; es un asunto en el que no vale la pena fijarse. Así lo consideraba el apóstol. Consideró que sus alegrías y tristezas presentes iban a terminar tan pronto que eran para él un asunto de indiferencia, que ni siquiera valía la pena mirar en esa dirección para ver lo que eran.

Una eternidad entera está más allá, y por lo tanto una breve temporalidad se reduce a una insignificante bagatela. ¡Qué bendita filosofía es ésta, que nos enseña ni siquiera a mirar los problemas pasajeros y transitorios, sino a fijar nuestra mirada en los triunfos eternos!

Cuando tienes riquezas, te dices a ti mismo: «Este es un tesoro sólido; esto es ganancia de oro»? Ah, pero entonces se convertirá en tu dios, y si lo pierdes, la pérdida devorará como un tumor tu espíritu. Pero si dices: «Estas son cosas pasajeras; toman alas y se van volando; no consideraré el dinero como un tesoro, sino que sólo lo miraré como una sombra y lo consideraré como tal, como una cosa que no debe ser considerada como esencial, porque es visible y temporal«, esa es la manera de hacer con cada una de nuestras alegrías. No los mires como si fueran esenciales, porque no lo son. Son parte de este sueño de vida, de este espectáculo vacío.

Otro significado de mirar es: prestar atención. El apóstol quiso decir, sin duda, que no prestó atención a las cosas que se veían. No pensaba en ellas ni se preocupaba por ellas; pero su preocupación, su pensamiento y su interés se referían a las cosas que no se ven. «todas estas cosas,» dice Cristo, «buscan los gentiles.» Y así lo hacen. Siempre están buscando el mundo; Desde las primeras horas de la mañana hasta altas horas de la noche, es el mundo que buscan. Bueno, dejemos que los gentiles sigan sus búsquedas; pero el hijo de Dios no debe hacerlo, porque nuestro Señor nos dice: «No os preocupéis por vuestra vida, qué habéis de comer, qué habéis de beber, ni por vuestro cuerpo, qué habeis de vestir«. Nos pide que pongamos nuestra confianza en él, y que dejemos de preocuparnos. «Buscad«, dice, «primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas«. Así que el apóstol Pablo nos dice que no nos preocupemos, ni nos angustiemos por las cosas que se ven, ya sean buenas o malas, prósperas o adversas, y que nunca permitamos que carcoman como un ácido corrosivo a nuestro espíritu. Debemos dedicar toda nuestra atención a nuestro caminar con Dios, a nuestra obediencia a su mandato, a cumplir su voluntad, a extender su reino, a prepararnos para la venida de Cristo, a prepararnos para el juicio, a estar preparados para morar eternamente con Dios a su diestra. Sobre esto debemos prestar atención. Este es nuestro negocio, pero, por desgracia, nuestros pensamientos naturalmente se desvían hacia el otro lado. Estas vanidades y temporalidades suelen absorbernos.

Para resumir el todo, mis queridos hermanos y hermanas en Cristo, no miren las cosas que se ven. No mires tus comodidades como si fueran duraderas. No las adores. No pienses en ellas como si las tuvieras de otra manera que no fuera como un préstamo, o como si tuvieras algún derecho sobre ellas. Da gracias a Dios por ellas; pero, debido a que pasarán tan pronto, no les des mucha importancia. No construyas tu nido en ninguno de estos árboles, porque todos están marcados para el hacha, y dentro de poco caerán todos.

2.- Ahora abordemos el segundo punto: MIRAR LAS COSAS QUE NO SE VEN. ¿Cómo podemos hacer eso?

Bueno, primero, imagínalos por medio de la fe. Creemos en la resurrección de los muertos, en el Juicio Final  y en la vida eterna, según la enseñanza de la palabra de Dios. Trata de verlos como hechos presentes. Algunos nunca lo harán. Te dirán que no podrían verlos aunque lo intentaran; pero eso es precisamente lo que nosotros, que hemos sido enseñados por Dios a mirar las cosas que no se ven, podemos discernir palpablemente. Oh, mirar más allá de la muerte a «la casa no hecha de manos, eterna, en los cielos». Te invito a que lo hagas, especialmente si tienes algunos seres queridos allí. ¿Los ves? ¿Escuchas su música? ¿Contemplas sus alegrías? ¿Vas a preocuparte más por ellos, después de haberte dado cuenta de su segura felicidad? Y dentro de poco vendrá la resurrección, y sonará la trompeta, y los muertos resucitarán. El mismo cuerpo sobre el cual lloraste, porque iba a ser entregado al gusano, se levantará en incomparable belleza a semejanza de su Señor. ¿No te secarás los ojos ahora y te someterás a la voluntad divina, porque ciertamente la esperanza de la bendita resurrección compensa la pérdida por la muerte?

El cristiano aprende a mirar estas cosas que no se ven con la vista, pero que sí se pueden ver con los ojos de la fe. ¿No es para ti, mi querido hermano en Cristo, un deleite ver a Dios? No me gustaría ir a ningún lugar donde no pudiera ver a mi Dios. Sin embargo, no se le ve. ¿No es una cosa deliciosa mirar hacia el cielo que está arriba, hacia la ciudad de los Bienaventurados? Cuando el Señor satisface nuestra fe con la visión de ese gozo eterno, y algunos de nosotros hemos sabido lo que es, ha sido demasiado para nuestra débil capacidad. Podemos reír en sueños cuando soñamos con el cielo, y podemos sentarnos en medio del dolor y la tristeza y sentir, como si no pudiéramos sentir más alegría de la que poseemos, porque nuestras almas han mirado los pináculos del palacio de nuestro Padre, y han visto el resplandor brillante de los doce cimientos enjoyados de la ciudad eterna donde hay una casa, una corona y un arpa para cada uno. La pobre muchacha que regresa a casa de su iglesia, a su pequeña y triste habitación, se sentiría verdaderamente miserable si mirara el lado sombrío de su condición; pero ella dice: «Mi Señor está en esta habitación», y el lugar resplandece como si estuviera hecho de losas de oro. Se acomoda y comienza a pensar en el cielo que es suyo, y se ve a sí misma como la hija de un rey, una verdadera princesa, porque posee en el mundo de la gloria, una corona que ninguna cabeza puede llevar sino la suya, y hay una mansión provista para ella que nadie puede alquilar sino ella misma; Feliz, por lo tanto, bien puede ser. ¡Oh, amados amigos!, aprended a mirar estas cosas con intenso deleite, porque ahora son nuestras en arrendamiento, y pronto serán nuestras en posesión.

Mira las cosas que no se ven, porque son eternas. El otro día me encontré con una situación que me impresionó poderosamente: Si un hombre no tuviera peor dolor que el dolor de muelas, si supiera que duraría para siempre, desearía morir para poder escapar de él. Cuando tenemos que soportar un dolor agudo por un momento, comenzamos a clamar por alivio, y nos resulta difícil estar tranquilos, pero si cualquier dolor durara eternamente, ¡el horror de tal expectativa sería incluso ahora abrumador! Con el terrible pensamiento de la eternidad te imploro que te asegures de que tu salvación esté asegurada de inmediato. Escapa por tu vida, amigo mío, y no mires detrás de ti, porque a menos que escapes a tiempo, tu destino estará sellado por los siglos de los siglos. Aquellas cosas que no se ven son eternas, y el infierno es una de ellas. A menos que escapes ahora por la fe en Jesucristo, nunca escaparás. Por lo tanto, el perdón debe solicitarse de inmediato.

Al mirar las cosas que no se ven, Pablo sin duda quiso decir que las miraba con esperanza. A su modo de ver, la cosecha estaba madura y estaba ansioso por recogerla. Invito a todos los creyentes a buscar con ardiente esperanza las cosas que son eternas. Anhela la brillante aparición del Señor. Anhela tu traslado a la ciudad de gloria. Espéralo, está en camino. Puede que estés mucho más cerca de lo que crees. Es posible que estés en el cielo antes del próximo año; De hecho, es posible que estés allí antes de mañana por la mañana. La luz de la tierra se está desvaneciendo. Querido amigo, mira hacia el cielo. Mira hacia las cosas eternas. Procura mirar hacia tu futuro hogar. Si hay algún joven aquí que no tenga veintiún años, y sepa que cuando llegue a la mayoría de edad va a ser caballero de un monarca, dueño de un parque y gozar de una rica herencia, me veré obligado a decir que a menudo se ha adelantado al tiempo porque está seguro de su título. Si alguno de ustedes tuviera una herencia de una gran propiedad, se iría esta misma semana a echarle un vistazo. A uno le gusta echarle un vistazo a lo suyo propio: Cristiano, asegúrate de inspeccionar tu propia posesión en los cielos. Lee mucho la Palabra de Dios, que te habla de tu herencia futura. Dite a tí mismo: «Todo esto es mío, ¿por qué no he de empezar a disfrutarlo?

La majestuosidad del firmamento y sus estrellas confirman la Gloria de Dios

Así se expresa Yavé: ¡El cielo es mi trono y la tierra la tarima para mis pies! ¿Qué casa podrían ustedes edificarme, o en qué parte fijarían mi lugar de reposo? Isaías 66,1

¡Qué pocas veces dirigimos hoy en día nuestra mirada hacia el cielo!, o como le llamaban en el pasado los antiguos poetas la bóveda celeste, para contemplar su belleza, su majestuosidad y sobre todo su firmeza. La palabra firmamento que se utiliza como equivalente del cielo, se derivó de la expresión “ser algo firme” en la lengua bíblica hace miles de años, el cual fue representado por un inmenso toldo inmóvil, donde fueron fijadas las estrellas por Dios, el gran creador del universo.

Por ser el firmamento inalcanzable para el ser humano y por la contraposición evidente que existe entre el cielo y la tierra,  los pueblos antiguos supieron interpretar bastante bien, las diferentes impresiones que percibieron de forma intuitiva del cielo como son: la divinidad, la trascendencia, la firmeza, la magnificiencia y la perennidad.

Por ejemplo, los sumerios en mesopotamia hace más de 5000 años creían que las estrellas estaban fijas a la esfera situada más allá de Saturno, de ahí que las llamasen “estrellas fijas” a las estrellas y “estrellas errantes” a los planetas. Fueron los primeros en definir las 12 constelaciones del zodíaco, que transitaban en 12 períodos que sumados conformaban un año solar. De ahí que el año fuera dividido en 12 meses y en cuatro estaciones de tres meses cada una. Y también dedujeron, que en las estrellas residían los dioses del Sol y la Luna.

Las civilizaciones prehispánicas del Nuevo Mundo también fueron atraídas por la majestuosidad del cielo. Los mayas basaron su cosmología en la repetición de configuraciones entre las estrellas y los planetas. Para ellos, Venus representaba al dios de la lluvia. Para los aztecas, Venus representaba al dios Quetzalcóatl, una serpiente alada. 
Al igual que otros pueblos, los mayas creían en la existencia de siete cielos, planos y superpuestos, y de otros tantos niveles subterráneos, donde residían dioses y demonios, respectivamente.

La simple contemplación del firmamento rebosante de estrellas durante las noches claras, hizo surgir seguramente en aquellos individuos de las sociedades primitivas, el pensamiento de su insignificancia como frágiles criaturas que eran y de su limitada vida terrenal, así como también, el anhelo natural por una vida eterna. Es por esa razón, que es difícil encontrar una cultura originaria en el mundo, donde no haya existido alguna forma de divinización del cielo y de los astros.

De todo lo que hemos mencionado hasta aquí, destaca y brilla como el sol claro del mediodía, la conclusión de que los millones de seres humanos que existieron en la antigüedad, pudiéndose guiar sólo por su sentido común y su intuición natural, lograron vislumbrar con mucho acierto que Dios está en el cielo. Conocimiento trascendental ese, que la humanidad siglos después, lo recibió por medio de la revelación divina en las Sagradas Escrituras.

Los antiguos pobladores de nuestro planeta adoraban en su corazón y con su espíritu al único Dios sin conocerlo. Los planetas representaban dioses, pero sin duda alguna, éllos intuyeron la existencia real de Dios y eso fue lo trascendental durante su vida terrenal, por la sencilla razón de que creyeron con un alma humilde e ingenua en la existencia de un ser divino superior y todopoderoso, que regía soberanamente sobre los acontecimientos naturales y sobrenaturales que afectaban su vida cotidiana. Supieron igualmente reconocer sus debilidades, limitaciones y su breve vida ante un Dios grande y poderoso, y además, aceptaron la dependencia y la necesidad que tenían de dejarse guiar en sus vidas por un ser sobrenatural. Así paulatinamente se fue desarrollando la fe religiosa en aquellos individuos de una forma natural, para pasar después al establecimiento de los diversos rituales y formas de veneración primitivas.

Hoy en día, cuando disponemos tantos conocimientos sobre Dios y sobre las sagradas escrituras, que se nos enseña en las clases de religión la existencia de Dios y que está en los cielos,  y cuando hemos aprendido infinidad de conocimientos sobre ciencias naturales y humanidades, se le hace cada vez mucho más difícil, al hombre moderno creer en Dios y en su Palabra con humildad y confianza, que al ser humano primitivo de la antigüedad.

En las sociedades de los países industrializados se adoran innumerables ídolos, entre los cuales están, en primer lugar, el hombre mismo quien por su inteligencia, orgullo, vanidad y vanagloria se cree un superhombre que puede vivir bien sin Dios y sin espiritualidad,  y en segundo lugar, todos los objetos y bienes creados por sus manos: el dinero, las máquinas, las edificaciones, la tecnología, los bienes de consumo, la medicina moderna, etc.
Al creer mucho más en nosotros mismos y en lo que somos capaces de hacer, que creer en Dios, estamos demostrando claramente que no nos conocemos suficientemente bien, ya que las cualidades más dominantes del ser humano son: la inconstancia, la vanidad y la necedad.

El filósofo francés Michel de Montaigne en su ensayo “De la inconstancia de nuestras acciones”, describe muy bien la variable naturaleza humana en los siguientes párrafos:

Nuestra ordinaria manera de vivir consiste en ir tras las inclinaciones de nuestros instintos; a derecha e izquierda, arriba y abajo, conforme las ocasiones que se nos presentan. No pensamos lo que queremos, sino en el instante en que lo queremos, y experimentamos los mismos cambios que el animal que toma el color del lugar en que se le coloca. Lo que en este momento nos proponemos, lo olvidamos en seguida; luego volvemos sobre nuestros pasos, y todo se reduce a movimiento e inconstancia.
Nosotros no vamos, somos llevados, como las cosas que flotan, ya dulcemente, ya con violencia, según que el agua se encuentre iracunda o en calma, cada día capricho nuevo; nuestras pasiones se mueven al compás de los cambios atmosféricos.

Por esa inconstancia innata, no nos debe sorprender el hecho de que estemos por lo general buscando algo, sin saber realmente lo que deseamos, y que también estemos cambiando con frecuencia lo que hacemos o el lugar donde estamos, como si así nos pudiéramos librar de algo que nos agobia.

Otro ejemplo de las incongruencias en nuestra manera de vivir y hacer las cosas, es esa actitud de entregarnos a los placeres de la vida, como si nos fuéramos a morir al día siguiente, y por el otro lado, acumular riquezas y comprar propiedades como si nuestra vida terrenal fuera durar para siempre.

En la primera entrevista que le hicieron al náufrago salvadoreño José Salvador Alvarenga, quien entre los años 2012 y 2013 estuvo a la deriva en el océano pacífico durante 14 meses, dijo que habia sido su fe en Dios lo que le salvó la vida y le dió la fuerza de voluntad para soportar solo y abandonado 10 meses en el mar, después que su compañero de pesca murió de hambre a los 4 meses de estar perdidos en la inmensidad del océano. También dijo que: « pasaba horas sentado, viendo el firmamento, viendo las nubes ».
Haz una pequeña pausa en la lectura y trata de imaginarte por unos instantes, la cruel experiencia que vivió el señor Alvarenga: 10 meses sólo y perdido en medio del océano pacifico, en un pequeño bote sin techo!

Si comparamos nuestro paso por la vida con un viaje, lo primero que tenemos que saber es adónde queremos llegar, y después, cómo nos vamos a orientar para alcanzar nuestro destino, cuando las adversidades, malos tiempos y dificultades se presenten en la travesía. Y para no desviarnos o no apartarnos de la ruta escogida, en esos momentos de tinieblas, tormentas, neblinas, sufrimiento, desesperación o tristeza por los que pasamos en la vida, necesitamos guiarnos por algo firme y constante que nos sostenga el ánimo y nos mantenga en el camino correcto.

Solamente en Dios podemos encontrar la luz y la orientación necesarias, cuando todo lo demás que tenemos a nuestro alcance falla o se tambalea.

Santa Teresa de Jesús escribió un bello poema para esas ocasiones, cuando duras pruebas y aflicciones estén agobiando nuestra existencia. Su texto comienza así: Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene, nada le falta: Sólo Dios basta. Eleva el pensamiento, al cielo sube, por nada te acongojes, nada te turbe.

Y cuando uno se entera por la prensa de una historia de naufragio como esa, se podría preguntar :¿Cuántas veces el señor Alvarenga habrá elevado su pensamiento y su mirada al cielo para fortalecer su fe durante su terrible odisea en el mar? 
¿Cuántas veces habrá rezado el Padre Nuestro y habrá clamado con vehemencia y con ardor en su corazón?, al susurrar las frases:

Padre nuestro, que estás en el cielo
Santificado sea tu nombre, venga tu Reino
Hágase tu voluntad en el cielo asi como en la tierra.
Danos hoy nuestro pan de cada día. Mateo 6, 9-11

Seguramente Alvarenga rezó el Padre Nuestro muchas veces y miró al cielo, y Dios lo salvó. De este señor se puede afirmar con propiedad, que durante su naufragio fue un verdadero héroe de la fe y de la perseverancia.

Sin embargo, en las horas de naufragio y de oscuridad que sobrevienen en nuestra vida, es bueno, que elevemos el pensamiento y la mirada al cielo, para recordar que el firmamento es el trono eterno de Dios Todopoderoso, y que de Él viene nuestra salvación.

La incredulidad y la idolatría en la sociedad moderna, no alteran la fidelidad eterna de Dios.

Si fuéremos infieles, el permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo.
2 Timoteo 2, 13

Las iglesias cristianas tradicionales como la católica y diferentes denominaciones protestantes del mundo occidental, se encuentran en una grave crisis de fe y de existencia desde hace ya mucho años. Han perdido millones de feligreses, lo cual ha causado en todos los países europeos, que muchos templos cristianos en desuso se estén utilizando como: museos, salones de conferencias, restaurantes, alojamientos para refugiados extranjeros, etc. Tambien el personal eclesiástico de sacerdotes y pastores se ha reducido en consecuencia, por falta de vocación y de interés de la juventud en esa profesión.   

LA SECULARIZACIÓN EN LAS IGLESIAS CRISTIANAS Y DE SUS SACERDOTES O PASTORES

Así como lo afirmó el filósofo griego Heráclito de Efesos en la antigüedad con la frase: “la única constante es el cambio”; sabemos que las épocas cambian, la gente cambia, las costumbres cambian y las instituciones humanas cambian con el tiempo. El término secularización proviene de la palabra en latín Saeculum o siglo, y consiste en la adaptación de la iglesia a la época moderna y profana en que estamos viviendo, caracterizada por una sociedad de personas autónomas y orgullosas, quienes han dejado atrás la tutela de la iglesia y de la religión, y que se imaginan que son dueñas de su propio destino y no les incomoda ser indiferentes hacia los asuntos sagrados y divinos.

Aunque la religión se refiere a la relación personal con Dios y a nuestras cualidades y necesidades espirituales, debído a ese proceso de adaptación que se ha dado dentro de las iglesias, sus representantes y teólogos desde hace ya 200 años, se han estado dedicando a predicar y hablar principalmente sobre temas sociales, económicos, políticos, culturales y de la salud en la sociedad actual, con mucho tacto y delicadeza, evitando mencionar palabras “desfavorables» como: pecado, moral cristiana, muerte, condenación, vida eterna, hombre espiritual, Hijo de Dios, Espíritu Santo, Reino de los Cielos, infierno, el maligno, etc; para no incomodar y ahuyentar a los pocos asistentes al servicio religioso.

Precísamente este proceso de secularización ha acentuado y acelerado la crisis y la decadencia que atraviezan las iglesias tradicionales, y todo eso, por no haber permanecido fiel a Dios y a su Palabra y por haberse apartado de sus enseñazas y consejos.

En la larga historia de las religiones tradicionales estos cambios siempre han sucedido y por lo tanto es algo normal, ahora bien lo más importante es saber y mantener siempre presente en nuestra conciencia, es que independientemente de que suceda lo que suceda entre los seres humanos, el Dios Eterno permanece fiel con su pueblo, así como lo confirma acertadamente el apóstol Pablo en su segunda carta a Timoteo: Si fuéremos infieles, el permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo.
¡Qué maravillosa verdad y poderoso consuelo nos da Pablo a los creyentes cristianos con esas palabras! Este versículo es un efectivo bálsamo para nuestra alma inquieta y asombrada, por ser nosotros testigos presenciales de estos negativos cambios y corrupciones que están sucediendo en las iglesias y en la sociedad moderna.

Si los sacerdotes, pastores y teólogos no creen en el Evangelio de Jesucristo, y si además la así llamada opinión pública lo rechaza, con todo, el Evangelio sigue siendo la misma verdad eterna. La opinión pública no es la comprobación ni la medición de la verdad, pues ha cambiado continuamente y seguirá cambiando. La suma total del pensamiento de hombres que fallan, es menos que nada cuando se contrasta con la mente de Dios, que es infalible, revelada a nosotros por medio del Espíritu Santo en las palabras verdaderas de las Escrituras. Pero algunos opinan que el “anticuado” Evangelio no puede estar en lo correcto, porque, vean, todos dicen que no está actualizado y que está equivocado. Esa es una razón para estar más seguros de que está en lo correcto, pues el mundo entero está bajo el maligno y su juicio está bajo su influencia. ¿Qué son las multitudes cuando todas ellas están bajo la influencia del padre de las mentiras? La mayoría más grande en el mundo es una minoría de un solo individuo, cuando el creyente está del lado de Dios.

Aunque el mundo entero no crea, el Evangelio de Dios no debe ser alterado para que se adapte a los caprichos y a las fantasías del hombre, sino que ha de ser proclamado aún en toda su verdad y singularidad, en toda su autoridad divina, sin eliminar nada, sin adaptaciones u omisiones.

Si los más selectos maestros, los predicadores, y los escritores no creen, Él permanece fiel. Una de las pruebas más duras para los jóvenes cristianos es la caída de un eminente maestro. He conocido a algunos que han estado casi a punto de renunciar a su fe, cuando alguien que parecía muy sincero y fiel ha renegado sorpresivamente de la religión. Recordamos que tales cosas han ocurrido, para nuestro intenso dolor; por tanto, quiero expresarlo muy, muy claramente. Si llegara a suceder que cualquiera a quien tú le rindes reverencia porque ha sido de bendición para tu alma—a quien amas porque has recibido de él la palabra de vida—si esa persona sobre quien, tal vez, te has apoyado demasiado, resultara en el futuro no ser veraz y fiel, y no creyera, no sigas su incredulidad.

A continuación voy incluir un extracto del texto de un magnífico sermón del predicador inglés Charles H. Spurgeon sobre este mismo tema:

Pedro niega a su Maestro: no sigas a Pedro cuando esté haciendo eso, pues tendrá que regresar llorando y le oirás predicando a su Maestro de nuevo. Peor aún, Judas vende a su Maestro: no sigas a Judas, pues Judas morirá de una muerte terrible, y su destrucción será una advertencia para otros para que se aferren más estrechamente a la fe. Pudieran ver que el hombre que estuvo como un cedro del Líbano cae por un golpe del hacha del diablo, pero no por eso piensen que los árboles del Señor, que están llenos de savia, caerán también. Él guardará a los Suyos, pues conoce a los que son Suyos.

No prendan su fe con agujas a la manga de ningún hombre. Su confianza no ha de apoyarse en ningún brazo de carne, ni deben decir: “Yo creo gracias al testimonio de tal y tal, y retengo la forma de las sanas palabras porque mi ministro la ha retenido,” pues todas esos apoyos pueden desaparecer y pueden fallarte de pronto. Permítanme expresar esto muy, muy claramente: si nosotros no creemos o si quienes parecieran ser los más distinguidos maestros de la época, si quienes han sido los más exitosos evangelistas del período, si quienes ocupan un alto lugar en la estima del pueblo de Dios, en una mala hora, abandonaran las verdades eternas y comenzaran a predicarles algún otro evangelio que no sea el Evangelio de Jesucristo, yo les suplico que no nos sigan sin importar quiénes pudiéramos ser, o qué pudiéramos ser. No permitan que ningún maestro, por grande que pudiera ser, los conduzca a la duda, pues Dios permanece fiel. Apéguense a la voluntad y a la mente reveladas por Dios, pues “Él no puede negarse a sí mismo.

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