No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las cosas que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.  2. Corintios 4: 18

INSPIRADORA MEDITACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS, ESCRITA POR EL GRAN PREDICADOR CHARLES H. SPURGEON PARA CADA DÍA.
TOMADA DE SU LIBRO «DE MAÑANA OIRÉ SU VOZ»

En nuestra peregrinación cristiana está bien, en términos generales, mirar a hacia adelante. Hacia adelante está la corona y la meta. Ya sea por esperanza, por gozo, por consuelo o por la fuente de inspiración de nuestro amor, el futuro debe, después de todo, ser el gran objetivo del ojo de la fe. Al mirar hacia el futuro, podemos ver al pecado echado fuera, al cuerpo del pecado y de muerte destruido, al alma hecha perfecta y preparada para ser partícipe de la herencia de los santos de la luz.

Y si miramos todavía más allá, el ojo iluminado del creyente puede ver que el río de la muerte se ha cruzado, que la sombría corriente fue atravesada y que se alcanzan los montes de luz sobre los que se levanta la ciudad celestial, y se ve así mismo entrando por las puertas de perlas, aclamado como más que vencedor, coronado por la mano de Cristo, abrazado por Jesús, glorificado junto con Él, y sentándose junto con Él en su trono, exactamente como el que venció y se sentó junto al Padre en el trono.

El pensamiento de este futuro bien puede aliviar la oscuridad del pasado y la penumbra del presente. El gozo del cielo con toda seguridad compensará las tristezas de la Tierra.

¡Callen, callen todas mis dudas! La muerte no es sino una corriente angosta, y pronto la habrás atravesado.

Tiempo, ¡que corto! Eternidad, ¡que larga! Muerte, cuán breve. Inmortalidad, cuán infinita. A mi parecer, todavía ahora como del racimo del valle de Escol (ver Números 13:14) y bebo del pozo que está a tus puertas. ¡El camino es tan corto, tan corto! Pronto estaré allí.

„ Cuando el mundo desgarre mi corazón
con su pesada carga de preocupaciones,
pensamientos alegres subirán al cielo
para encontrar refugio de la desesperación.
La optimista visión de la fe me sostendrá
hasta que la peregrinación termine
pueden atribularme los temores y causarme dolor los problemas,
pero a mi hogar finalmente llegaré“.

Nacidos para la vida eterna

„Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Ustedes están muy equivocados.”  Marcos 12,27

“¿A quien iremos, Señor? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” Juan 6,68

Si hay una incógnita que el ser humano es incapaz de saber por sí mismo, esa es el propósito postrero para el cual ha nacido, para qué ha sido creado? Cada quién en el transcurso de su vida, y de llegar si acaso a pensar seriamente en eso alguna vez, trata de imaginarse algo y en su fantasía termina por soñar algo, que le gustaría ser y lo establece como meta deseable. Sin duda, ésas aspiraciones son importantes y muy necesarias para la vida operativa, pero son insuficientes y sobre todo se quedan muy cortas, cuando de repente nos percatamos, que vamos ya avanzando hacia el ocaso de nuestra breve vida en éste mundo.

A travéz de los tiempos, Dios le ha estado revelando al ser humano lo que le estaba vedado saber por sus propios medios, de allí la enorme importancia que tarde o temprano, la fe religiosa adquiere en la vida de los hombres y las mujeres.

La humanidad en toda su historia no había recibido una revelación de Dios más maravillosa, que la buena nueva que anunció Jesucristo personalmente y por primera vez al mundo: que el ser humano posee un alma inmortal y que después de la muerte, hay una vida eterna en el Reino de los cielos. Debido a ese acontecimiento tan transcendental para la humanidad y que jamás había ocurrido antes, la historia universal fue partida en dos: la historia antes de Cristo y después de Cristo (Anno Domini AD).

Ese hecho da inicio a la era cristiana, al establecerse en el calendario, el año del nacimiento de Jesucristo, como año primero de la era cristiana. Con la venida de Cristo Jesús, se inició un nuevo tiempo para la humanidad, el tiempo de la Gracia y del perdón de Dios, el nuevo tiempo del mensaje y de la obra de la buena nueva, es decir, del Evangelio.

El mensaje y la enseñanza de Cristo están repletos de la visión de la eternidad. El Señor Jesús siempre tuvo una visión de eternidad que le daba forma a su vida cotidiana. El evangelio de Jesús nos enseña a vivir y a morir con metas eternas.

El gran aporte del Cristianismo a la humanidad ha sido el enseñarnos a vivir con esperanza, es decir, a ser seres esperanzados, así como también, el preparar espiritualmente al creyente a recibir el momento de la muerte con la promesa de vida eterna.

“El cristianismo es grande, porque es una preparación para la muerte inevitable.” Esta frase de Cecilio Acosta (1818 – 1881), insigne intelectual y escritor venezolano, resume la portentosa obra que realiza en el alma del creyente, la esperanza viva que surge de la promesa de vida eterna que trajo Jesucristo, el Hijo de Dios, a la humanidad.

El gran filósofo francés Michel de Montaigne (1533 – 1592)  en un ensayo que escribió sobre la superación del temor a la muerte ineludible, afirmó:
“Quien le enseña al hombre a morir,  le enseña a vivir.”

La monja Teresita del Niño Jesús, con apenas 24 años de edad, momentos antes de su muerte podía exclamar con plena conciencia: «Yo no muero, entro en la vida».

El fin último del ser humano es alcanzar un día la eternidad y allí tener la vida en abundancia que nos prometió nuestro Señor Jesucristo: “El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.” Juan 10, 10

Ahora bien, cuando el Señor Jesús afirma que ha venido para que tengamos vida, y vida en abundancia, no se refiere a ésta vida terrenal, simple y llanamente porque vivimos en un cuerpo demasiado frágil y muy limitado; sino que se refiere a la otra vida después de la muerte,  a la vida espiritual, nueva y eterna.

La conciencia de que en ésta vida temporal somos peregrinos y de que nuestro destino final es eterno, debe acompañar nuestra vida en todo momento. Esto lejos de hacernos desentender de nuestra vida en el aquí y ahora, por el contrario nos lleva a tener muy en serio nuestras responsabilidades personales y sociales. La esperanza de alcanzar un día el Cielo, no es consuelo de débiles ni de tontos, sino todo lo contrario, fortaleza de luchadores de la causa de Dios y del amor a los hermanos. Aspirar a las alegrías y bienes del cielo, no va contra la razón, sino que es algo muy humano, natural y necesario.

Uno de los anhelos más profundos y ardientes de todo ser humano es ser inmortal, es el deseo natural de que su existencia no sea liquidada por la muerte, después de de haber vivido una vida tan corta y sufrida, como la que vivimos en éste mundo.

Miguel de Unanmuno (1864-1936) en su conocido libro Del sentimiento trágico de la vida, escribió sobre el deseo innato humano de ser inmortal:
«¡Eternidad! ¡eternidad! Éste es el anhelo: la sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres; y quien a otro ama es que quiere eternizarse en él»

Una bella muestra de la expresión popular del amor eterno entre enamorados, se encuentra en las letras de canciones románticas de épocas pasadas. Cómo ejemplo de una sublime inspiración, transcribo a continuación una de las más conocidas, y que tiene como título “Esperame en el cielo, corazón” del compositor puertoriqueño Francisco López Vidal:

«Espérame en el cielo, corazón,
si es que te vas primero.
Espérame en el cielo, corazón,
para empezar de nuevo.

Nuestro amor es tan grande y tan grande
que nunca termina
y esta vida es tan corta y no basta
para nuestro idilio.

Por eso, yo te pido por favor
me esperes en el cielo
y allí entre nubes de algodón
haremos nuestro nido.«

Es oportuno destacar en este momento, que en la sociedad moderna de consumo y de afán de lucro en que vivimos, los únicos que no consideran como importante y necesaria ésta natural aspiración humana de la esperanza de vida eterna, son: la banca, la industria, el comercio y sus numerosos representantes en la política y en los medios de comunicación; ya que su interés primordial es el de fomentar el disfrute de la vida terrenal y de inflar exageradamente la alegría de nuestra existencia en éste mundo cruel e implacable, porque son éllos los que más se benefician, se hacen más poderosos y se lucran más a expensas de nuestro duro trabajo diario y de nuestro consumo. Y porque trabajar y consumir, sólo se puede en ésta vida.

Agustín de Hipona (354 –430) llamaba gran pensamiento al pensamiento de la eternidad. A la luz de este gran pensamiento, los grandes místicos de la antigüedad consiguieron mirar los tesoros y las grandezas de la tierra como si fueran paja, fango, humo, basura.

Mirándonos nosotros mismos y mirando la fe cristiana a la luz de este gran pensamiento, seremos capaces de valorar y comprender mucho mejor, en primer lugar, nuestra propia existencia, el sentido de la vida y nuestro destino final; y en segundo lugar, el significado que para nuestra vida tienen las enseñanzas de la Santas Escrituras en la Biblia, en particular el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

El apóstol Pablo al anunciar el evangelio en una plaza pública a los paganos y a sus hermanos de raza, los judíos contradecían con blasfemias cuanto Pablo decía:
“Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron: «A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos.”
Hechos 13, 46

Jesús le anunció a la humanidad hace más de 2000 años, que todos los seres humanos como hijos de Dios, somos dignos de la vida eterna.
Ahora bien, cada quién es libre de creer y de aceptar o no esa promesa, cada quién tiene la potestad de considerarse digno de la vida eterna o no.

Por tener el alma, es que el hombre intuye que existe Dios, el Creador y Señor del universo, y por eso siente y experimenta que es un ser inmortal y por lo tanto, digno de vivir eternamente.

Es verdad que pensar en la eternidad nos cuesta mucho, porque no estamos acostumbrados hacerlo. Ni siquiera se nos ocurre pensar en períodos de 10 años, mucho menos en algo tan abstracto y tan extraño como la eternidad, para nosotros seres limitados, quienes desde que nacemos aprendemos a vivir sólo en función de las dimensiones del tiempo (ayer, hoy y mañana) y del espacio inmediato que nos rodea. Vivir infinitamente en la eternidad nos parece un sueño, una película de ciencia-ficción.
Y aunque nos cueste mucho también aceptarlo, la eternidad es una gran realidad tan verdadera y tan cierta, como lo será algún día nuestra propia muerte.

Jesús afirmó  y nos prometió que al final de nuestra vida terrenal nos espera la vida eterna en la Casa de su Padre en el reino de los Cielos.

Nuestra alma vive en un cuerpo muy frágil y susceptible a enfermedades o accidentes, que pueden en cualquier momento perjudicar sus funciones vitales, pudiéndonos convertir en un instante en enfermos, o dicho de otra manera: en moribundos curables. Después de transcurrido los años y de haber consumido nuestro tiempo de vida, ya una vez viejos, nos convertiremos en moribundos incurables, para algún dia, por causa de muerte, tener que dejar ésta tierra para despertarnos en el reino de los vivos, es decir: el reino de Dios.
Sí, esa es la buena nueva que Jesucristo, nos trajo y predicó para toda la humanidad. Una nueva tan buena que nada lo puede igualar, la bendita nueva de que Dios descendió al hombre, para que el hombre al morir pueda ascender al reino de Dios.

Por eso es que el cristiano que cree firmemente en su Redentor Jesucristo quien resucitó y vive para siempre, concibe la muerte como un amanecer, como el momento en que empieza a cumplirse esa gloriosa esperanza viva, basada en las promesas de vida eterna que fueron pronunciadas por el mismo Hijo de Dios:

«En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. » Juan 14, 2-3

«Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino.» Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.» Lucas 23, 42-43

Los cristianos esperanzados son gente llena de esperanza porque tienen su mirada puesta en la eternidad. El apoderarnos de la promesa de Jesús de la vida eterna y hacer nuestra la eternidad como dimensión real de la vida, significa también poner nuestra existencia temporal sobre una base eterna. Aquellos creyentes que experimentan esto, comprueban la maravilla de sentir el amor de Dios en todo su ser, al despertarse su conciencia divina, y a partir de ese momento, ser capáces de reconocer y sentir su propia alma y de vislumbrar las realidades eternas. 

Esa experiencia interior aviva enormemente la fe y la esperanza incipientes que ya teníamos desde niños en Jesucristo y su buena nueva; y también hace desaparecer el terrible temor a la muerte que nos angustia tanto. Élla también le da a nuestra vida terrrenal ese sentido trascendental, tan necesario para comprender el evangelio cabalmente y para poder superar las pruebas que nos depare el destino durante nuestro paso por éste mundo temporal, porque ahora tenemos la certeza de cual es nuestro propósito final como hijos de Dios: el haber nacido para la vida eterna.

Por su Gracia, recibimos de Dios esa perspectiva eterna en nuestras vidas como un implante divino, la cual nos permite valorarnos nosotros mismos en la justa dimensión, por el hecho de que tenemos a Jesúcristo nuestro Salvador y su Palabra como referencia de nuestro propio valor, y  nos ayuda además, a no darle tanta importancia a los criterios materialistas y utilitarios por los que estamos siendo valorados en la actualidad por el sistema socio-económico imperante, según nuestro nivel económico y social, influencia, profesión o la rentabilidad de nuestro trabajo.

“La palabra Eternidad es la médula del Evangelio de Jesucristo. Si se quitara esa palabra, se le robaría a la sagrada revelación su parte más divina”. Charles H. Spurgeon, Predicador inglés (1834 – 1892)

El tema de esta reflexión está dirigido principalmente a los sacerdotes católicos, pastores protestantes y evangelistas de congregaciones cristianas en el mundo, quienes son los responsables de predicar el verdadero Evangelio del Señor Jesucristo a los creyentes cristianos en la actualidad.
Y debido a que el tema es de fundamental importancia para lograr alimentar y fortalecer la esperanza cristiana en la vida eterna, tanto en los creyentes cristianos como en los que son aún incrédulos; me siento obligado y comprometido a llamar la atención y a advertir del grave peligro de enfriamiento o debilitamiento de la fe y de la esperanza cristiana, que se está manifestando desde hace ya medio siglo en la iglesias tradicionales: la grave crisis de ausencia de feligreses en los cultos los domingos, por lo que los bancos de las iglesias están cada vez más vacíos.

Hace casi 200 años el gran predicador bautista Charles H. Spurgeon en Inglaterra, hizo la clara advertencia sobre el gravísimo error, de que las autoridades de las iglesias cristianas y su personal religioso se abstuvieran de predicar con fe firme, sobre la promesa de vida eterna del Señor Jesucristo y sobre la eternidad de Dios y de su Reino a sus congregaciones.
Sin embargo, las mismas altas autoridades, sacerdotes, pastores y teólogos de la iglesias, decidieron de forma voluntaria adaptarse a las nuevas costumbres, conocimientos científicos y modos de pensar, que han surgido con el transcurso de los siglos, con el argumento de que era necesario renovarse y ajustarse a la mentalidad y a la cultura de las nuevas generaciones, creyendo y esperando que con esos cambios, aumentaría su influencia religiosa y popularidad en las sociedades. Pero de manera lamentable, se han equivocado.

Muchos sacerdotes, pastores y predicadores cristianos hoy en día se abstienen en sus sermones y estudios bíblicos de hablar con entusiasmo y convicción sobre la promesa de vida eterna y sobre las moradas en el cielo que Jesús nos tiene preparadas, para que cuando llegue el momento de nuestra muerte, pasemos a mejor vida en el Reino de los Cielos y vivamos junto a él.

Para esa extraña actitud de un predicador cristiano frente a su congregación, solamente hay dos explicaciones posibles: o el propio predicador no cree en esa promesa, o no desea tocar ese tema, por el temor de ahuyentar a algunos feligreses incrédulos de su iglesia o por el temor de que se burlen de él.

El teólogo y filósofo danés Sören Kierkegaard (1813-1855) hizo el siguiente comentario sobre la debilitada fe religiosa en la alta sociedad danesa de su época, hace 200 años:

La vida eterna después de la muerte se ha convertido en un chiste, no solo se ha convertido en una necesidad incierta, sino que tampoco nadie espera más en eso. Va tan lejos, que hasta nos hace gracia pensar que hubo un tiempo en que la promesa de vida eterna era capaz de transformar la vida de una persona.

En lo que a mi respecta, comparto totalmente la opinión del predicador Spurgeon, de que la promesa de vida eterna, es la médula del Evangelio de Jesucristo y además, es la fuente divina y el sello del caracter distintivo de Dios, estampado en ese mensaje divino único en la historia y grandioso para la Humanidad.

Ese es el mensaje esencial y central de la Buena Nueva de Cristo Jesús. La verdad divina de la vida eterna en el Reino de los cielos, a pesar de haber sido predicada y mencionada tantas veces por Jesucristo durante su venida a este mundo, hoy en día no se predica ni se habla persistentemente sobre ese tema en las iglesias cristianas, como debería de ser. Es lamentable, pero son muy pocos los predicadores, pastores y sacerdotes, que creen profundamente en esa maravillosa promesa.

Supongo que esa grave equivocación ha sido cometida por la falta de conciencia de algunos altos funcionarios ecleciásticos sobre sus decisiones tomadas a la ligera, sin analizarlas bien ni imaginarse las graves consecuencias negativas que podrían llegar a tener en sus congregaciones.

Apoyándome en las siguientes citas, deseo invitarlos a fortalecer y consolidar de manera permanente la fe y la esperanza cristiana en sus congregaciones, lo cual es la columna esencial y principal del Cristianismo en el mundo, las demás actividades de los cultos como por ejemplo la música, las alabanzas y las colectas o recaudaciones de dinero son secundarios:

“Todo está dicho, pero como nadie escucha, hay que repetirlo cada mañana”
André Gide, filósofo francés

«Cuando uno no vive como piensa y cree, acaba pensando como vive.»
Gabriel Marcel.

Por fortuna, algunas pocas congregaciones de iglesias tradicionales, han reaccionado a la contínua pérdida de feligreses en sus actividades y al desinterés por el aspecto espiritual de la vida cristiana, en las cuales han organizado talleres de estrategias futuras, para definir nuevas tácticas y enfoques con el propósito de salir de la crisis causada por el enfriamiento de la fe y la falta de esperanza en la vida eterna.

El reino de los cielos y nosotros

SERMÓN DE CHARLES H. SPURGEON (1834-1892), PREDICADOR BAPTISTA DE ORIGEN INGLÉS

Y el que nos ha hecho para lo mismo es Dios, el cual también nos ha dado las arras del Espíritu.
2 Corintios 5, 5

Nuestro texto nos presenta una gran obra de Dios con un objeto distinto: el hecho de que seamos «revestidos de nuestra casa celestial»; y mirando las palabras minuciosamente, vemos que el único designio se lleva a cabo mediante tres grandes procesos. El Señor ha obrado en nosotros deseos de gloria celestial. «El que nos ha hecho hacer lo mismo, es Dios.» El apóstol había hablado dos veces de gemir tras la casa celestial, y entendemos que aquí afirma que este gemido fue obrado en él por Dios. En segundo lugar, el Señor ha obrado en nosotros una aptitud para el mundo eterno, porque así puede entenderse el texto. El que nos ha preparado para la herencia celestial de la cual el Espíritu es la prenda. Luego, en tercer lugar, Dios ha dado a los creyentes, además de los deseos y la aptitud para ello, una prenda de la gloria que ha de ser revelada, la cual es la prenda del Espíritu Santo. Hablemos de estas tres cosas como el Espíritu Santo nos instruya.

La obra de Dios se ve en nuestras almas al causarnos deseos excitantes y vehementes después de haber sido «revestidos de nuestra casa que es del cielo».

Este ferviente deseo, del cual el apóstol ha estado hablando en los versículos anteriores, se compone de dos cosas: un gemido doloroso y la sensación de estar agobiados mientras estamos en esta vida presente, y un anhelo supremo por nuestra porción prometida en el mundo venidero. La insatisfacción con la idea misma de encontrar una ciudad continua aquí, que equivale incluso a gemir, es la condición de la mente del cristiano. «No miramos las cosas que se ven», no merecen una mirada; Son temporales y, por lo tanto, no son aptas para ser el gozo de un espíritu inmortal. El cristiano es el hombre más contento del mundo, pero es el menos contento con el mundo. Es como un viajero en una posada, perfectamente satisfecho con la posada y su alojamiento, considerándola como una posada, pero dejando fuera de toda consideración la idea de convertirla en su hogar. De paso, se alimenta y está agradecido, pero sus deseos lo llevan siempre hacia ese país mejor donde se preparan las muchas mansiones. El creyente es como un hombre en un barco de vela, muy contento con el buen barco por lo que es, y con la esperanza de que pueda llevarlo a salvo a través del mar, dispuesto a soportar todos sus inconvenientes sin quejarse; Pero si le preguntáis si preferiría vivir a bordo en ese estrecho camarote, os dirá que añora el tiempo en que el puerto esté a la vista, y los verdes campos, y las felices granjas de su tierra natal. Nosotros, hermanos míos, damos gracias a Dios por todos los nombramientos de la providencia; ya sea que nuestra porción sea grande o escasa, estamos contentos porque Dios la ha establecido: sin embargo, nuestra porción no está aquí, ni la tendríamos aquí si pudiéramos.

Ningún pensamiento sería más terrible para nosotros que la idea de tener nuestra porción en esta vida, en este mundo oscuro que rechazó el amor de Jesús y lo echó de su viña. Tenemos deseos que el mundo entero no podría satisfacer, tenemos anhelos insaciables que mil imperios no podrían satisfacer. El Creador nos ha hecho jadear y anhelar tras sí mismo, y todas las criaturas juntas no podrían deleitar nuestras almas sin su presencia.

Además de esta insatisfacción, reina en el corazón regenerado un anhelo supremo por el estado celestial. Cuando los creyentes están en su sano juicio, sus aspiraciones al cielo son tan fuertes que desprecian la muerte misma.

Sea lo que fuere lo que la separación del alma del cuerpo pueda implicar dolor o misterio, el creyente siente que podría atreverse a todo, a entrar de inmediato en los gozos inmarcesibles de la tierra de la gloria. A veces el heredero del cielo se impacienta por su esclavitud, y como un cautivo que, mirando por la estrecha ventana de su prisión, contempla los verdes campos de la tierra sin trabas, y observa las olas relampagueantes del océano, siempre libre, y oye los cantos de los inquilinos del aire no enjaulados, llora al ver su estrecha celda, y oye el tintineo de sus cadenas. Hay ocasiones en que los más pacientes de los desterrados del Señor sienten que la nostalgia del hogar se apodera de ellos. Como esas bestias que hemos visto a veces en los zoológicos, que se pasean de un lado a otro en sus madrigueras, y se rozan contra los barrotes, inquietas, infelices, prorrumpiendo de vez en cuando en feroces rugidos, como si anhelaran el bosque o la selva; Aun así, nosotros también nos irritamos y nos inquietamos en esta nuestra prisión, anhelando ser libres.

¿Qué es lo que hace que el cristiano anhele el cielo? ¿Qué es lo que hay en él que le hace inquieto hasta que llega a una tierra mejor? Es, en primer lugar, un deseo de lo invisible. La mente carnal está satisfecha con lo que los ojos pueden ver, las manos pueden tocar y el gusto disfrutar, pero el cristiano tiene un espíritu dentro de él que tiene pasiones y apetitos que los sentidos no pueden satisfacer. Este espíritu ha sido creado, desarrollado, iluminado e instruido por el Espíritu Santo, y vive en un mundo de realidades invisibles, de las cuales los hombres no regenerados no tienen conocimiento. Mientras está en este mundo pecaminoso y cuerpo terrenal, el espíritu se siente como un ciudadano exiliado de su tierra natal.

Estorbado por este cuerpo de barro, el espíritu, que es semejante a los ángeles, clama por la libertad; anhela ver al Gran Padre de los Espíritus, comulgar con las huestes de los espíritus puros que rodean para siempre el trono de Dios, tanto a los ángeles como a los hombres glorificados; anhela, de hecho, habitar en su verdadero elemento. Una criatura espiritual, engendrada desde lo alto, nunca puede descansar hasta que esté presente con el Señor.

Además, el espíritu cristiano anhela la santidad. El que nace de nuevo de simiente incorruptible, encuentra que su peor problema es el pecado. Mientras estaba en su estado natural, amó el pecado y buscó placer en él, pero ahora, habiendo nacido de Dios y hecho semejante a Dios, odia el pecado, la mención de él irrita sus oídos, el verlo en otros le causa una profunda tristeza, pero la presencia de él en su propio corazón es su plaga y su carga diarias.

En el espíritu del cristiano hay también un suspiro por el descanso: «Hay un descanso para el pueblo de Dios», como si Dios hubiera puesto en nosotros el anhelo de lo que ha preparado; Trabajamos diariamente para entrar en ese reposo. Hermanos, anhelamos el descanso, pero no podemos encontrarlo aquí. «Este no es nuestro descanso». No podemos encontrar descanso ni siquiera dentro de nosotros mismos. Las guerras y las luchas son continuas dentro del espíritu regenerado; la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu guerrea contra la carne. Mientras estemos aquí, debe ser así. Estamos en el campo de la guerra, no en la cámara de la comodidad.

Este deseo divino se compone de otro elemento, a saber, la sed de comunión con Dios. Aquí, en el mejor de los casos, nuestro estado es descrito como «ausente del Señor». Disfrutamos de la comunión con Dios, porque «verdaderamente nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo», pero es remota y oscura. «Vemos a través de un cristal oscuro», y todavía no cara a cara. Tenemos el olor de sus vestidos desde lejos, y están perfumados con mirra, áloe y casia, pero el rey todavía está en sus palacios de marfil, y la puerta de perla está entre nosotros y él. ¡Oh, si pudiéramos llegar a él! ¡Oh, que incluso ahora nos abrazara y nos besara con los besos de su boca! Cuanto más ama el corazón a Cristo, más anhela la mayor cercanía posible a Él. La separación es muy dolorosa para una novia cuyo corazón arde por la presencia del novio; y tales anhelamos oír la dulcísima voz de nuestro Esposo y ver el semblante que es como el Líbano, excelente como los cedros. Que un alma salva anhele estar donde está su Salvador, no es un deseo antinatural. Estar con él es mucho mejor que lo mejor de la tierra, y sería extraño que no lo anheláramos. Dios, pues, ha obrado en nosotros esto en todas sus formas, nos ha hecho temer la idea de tener nuestra porción en esta vida, ha creado en nosotros un anhelo supremo por nuestro hogar celestial, nos ha enseñado a valorar las cosas invisibles y eternas, a suspirar por la santidad, a suspirar por el descanso sin pecado, y anhelar una comunión más estrecha con Dios en Cristo Jesús.

Hermanos míos, si habéis sentido un deseo como el que he descrito, dad la gloria de ello a Dios; bendecid y amad al Espíritu Santo que ha obrado esto mismo en vosotros, y pedidle que haga que los deseos sean aún más vehementes, porque son para su gloria.

Puedes estar muy seguro de que tienes la naturaleza de Dios en ti si estás suspirando por Dios; Y si tus anhelos son de tipo espiritual, ten por seguro que eres una persona espiritual. No está en el animal suspirar por los goces espirituales, ni tampoco está en el mero hombre carnal suspirar por las cosas celestiales. Lo que son tus deseos, eso es tu alma. Si realmente están insaciablemente hambrientos de santidad y de Dios, hay dentro de ustedes lo que es semejante a Dios, lo que es esencialmente santo, ciertamente hay una obra del Espíritu Santo dentro de sus corazones.

Este deseo de una porción en el mundo invisible es infundido primero en nosotros por la regeneración. La regeneración engendra en nosotros una naturaleza espiritual, y la naturaleza espiritual trae consigo sus propios anhelos y deseos; estos anhelos y deseos son en pos de la perfección y de Dios.

Estos deseos son ayudados además por la instrucción. Cuanto más nos enseña el Espíritu Santo sobre el mundo venidero, más lo anhelamos. Si un niño hubiera vivido en una mina, podría contentarse con el resplandor de la luz de las velas; pero si oyera hablar del sol, de los verdes campos y de las estrellas, puedes estar seguro de que el niño no sería feliz hasta que pudiera subir a la salida y contemplar por sí mismo el resplandor del que había oído hablar; y a medida que el Espíritu Santo nos revela el mundo venidero, sentimos anhelos dentro de nosotros, misteriosos pero poderosos, y suspiramos y clamamos por estar lejos de donde está Jesús.

Estos deseos se incrementan aún más por las aflicciones santificadas. Las espinas en nuestro nido nos hacen usar nuestras alas; La amargura de esta copa nos hace desear fervientemente beber del vino nuevo del reino. Los deseos celestiales se inflaman aún más por la comunión con Cristo. Tanto las experiencias dulces como las amargas pueden ser hechas para aumentar nuestros anhelos por el mundo venidero. Cuando un hombre ha conocido una vez lo que es la comunión con Jesús, entonces suspira por disfrutarla para siempre.

«Desde que probé las uvas, muchas veces anhelo ir
a donde mi amado Señor cuida de la viña,
y crecen todos los racimos». Amén.

«Dejar la tierra de los moribundos, para despertar en el reino de los vivos eternos.» El destino eterno del alma humana.

Ésta es una de las diversas expresiones que el predicador inglés Charles H. Spurgeon utilizó para describir lo que la muerte significaba para él como cristiano creyente.

Me imagino que cada persona a su manera y en algún momento de su vida ha pensado en la muerte y que se ha hecho su propia concepción de la muerte. Como también debe haber gente, que el pensamiento acerca de la muerte nunca les ha pasado por la mente, o ven la muerte como algo tan lejano como si jamás hubiese de llegar.

Todos sabemos muy bien que vamos a morir algun dia, pero supongo que es por nuestro instinto natural de supervivencia, que suprimimos los pensamientos acerca de nuestra muerte.

Sin embargo, creo que con la edad entramos en una etapa de nuestras vidas en el que uno reflexiona más a menudo sobre su propia existencia, y afloran entonces los temas de la muerte y de nuestro destino más allá. Éste es el momento preciso e indicado, para traer a nuestra memoria la maravillosa esperanza de la vida eterna, a la cual estamos llamados todos aquellos que creen en el señor Jesucristo, y que esa realidad de la vida eterna la podemos comenzar a vivir desde ahora, en la medida en que tengamos puesta la mirada en esa meta eterna.  

Como yo me encuentro en esa fase de la vida, quisiera compartir algunas reflexiones y pensamientos muy inspiradores, esperando que les puedan servir de inspiración igualmente a ustedes.

Desde el mismo instante de nuestra concepción, los seres humanos recibimos de Dios el alma inmortal como constituyente de nuestra existencia, que se manifiesta en esa fuerza substancial y el propósito natural de vivir que todos poseemos, a la que los antiguos sabios llamaron el ánimo o aliento de vida.

Nuestro ser está formado entonces de dos dimensiones: el cuerpo (dimensión física) y el alma (dimensión espiritual).

Pero no debemos olvidar que desde el momento en que nacemos, por estar sujetos a la muerte física, empezamos tambien a morir, al activarse algo así como la cuenta regresiva de nuestro tiempo de vida en este mundo.

En su obra “Sueño del infierno” el escritor español Francisco de Quevedo (1580-1645) escribe “ …ningún hombre muere de repente, y de descuidado y de divertido sí. Cómo puede morir de repente, quien desde que nace ve que va corriendo por la vida y lleva consigo la muerte? ….. No os habeis de llamar, no, gente que murió de repente, sino gente que murió incrédula, de que podía morir así.”

Puesto que nuestro cuerpo dentro de poco tiempo va a ser incorporado en el suelo, para servir, en el mejor de los casos, de abono orgánico, y que tenemos un alma inmortal, lo mejor que podemos hacer es pensar bien dónde va a pasar la eternidad esa alma nuestra.

El tiempo es corto y la eternidad larga, es razonable que vivamos esta breve vida a la luz de la eternidad.

Nuestra alma vive en un cuerpo muy frágil y susceptible a enfermedades o accidentes, que pueden en cualquier momento perjudicar sus funciones vitales, pudiéndonos convertir en un instante en enfermos, o dicho de otra manera: en moribundos curables. Después de transcurrido los años y de haber consumido nuestro tiempo de vida, ya una vez viejos, nos convertiremos en moribundos incurables, para algún día, por causa de muerte, tener que dejar ésta tierra para despertarnos en el reino de los vivos.

Sí, esa es la buena nueva (el evangelio) que Jesucristo, nos trajo y predicó para toda la humanidad. Una nueva tan buena que nada lo puede igualar, la bendita nueva de que Dios descendió al hombre para que el hombre al morir pueda ascender al reino de Dios.

Por eso es que el cristiano que cree firmemente en su Redentor Jesucristo quien resucitó y vive para siempre, concibe la muerte como un amanecer, como el momento en que empieza a cumplirse esa gloriosa esperanza viva, basada en las promesas de vida eterna que fueron pronunciadas por el mismo Hijo de Dios:

Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Ustedes están muy equivocados.”  Marcos 12,27

«En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. » Juan 14, 2-3

Por lo tanto, para los cristianos creyentes la muerte no es el ocaso, ni mucho menos el final, sino el comienzo de la verdadera vida, la vida eterna.

San Agustín llamaba gran pensamiento al pensamiento de la eternidad. A la luz de este gran pensamiento, los santos miraban los tesoros y grandezas de la tierra como si fueran paja, fango, humo, basura.

Este pensamiento ha comunicado valor indomable y fortaleza a innumerables mártires para soportar con gran firmeza los sacrificios a que fueron expuestos.

En su escrito “Idea de la muerte” el filósofo tomista Manuel García Morente (1886-1942) dice: el hombre que en la muerte vea el comienzo de la vida eterna, de la verdadera vida, tendrá que considerar esta vida humana terrestre -la vida biológica que la muerte suprime- como un mero tránsito o paso o preparación efímera para la otra vida decisiva y eterna.

Dichosa el alma que vive siempre con la mira puesta en la Eternidad, dice San Pablo, vive de la fe, de esa fe que conserva a los justos en la gracia y amistad de Dios; de esa fe que infunde la vida en las almas, desprendiéndolas de los afectos terrenos y poniéndoles siempre a la vista los bienes eternos que Dios tiene preparados para los que le aman.

El tránsito de la vida terrenal a la existencia eterna del ser humano, lo explica Dante Alighieri en uno de los versos de Canto del purgatorio en su obra “la divina comedia” con la siguiente alegoría: ¿No os dais cuenta de que somos gusanos nacidos para formar la angélica mariposa que dirige su vuelo sin impedimento hacia la Justicia de Dios?   

Deseo terminar con una preciosa reflexión de Charles H. Spurgeon, autor de la frase que hace de título de ésta reflexión, quien tenía un talento extraordinario para imaginar y describir escenas muy ilustrativas de lo que podría ser la vida celestial, las cuales nos pueden ayudar a figurarnos la vida eterna que nos espera después de morir.

«Las cosas que no se ven..» 2. Corintios 4:18

Es bueno que la mayor parte del tiempo de nuestra peregrinación, estemos mirando hacia adelante. Más allá está la corona, más allá, la gloria. El futuro debe ser, al fin y al cabo, el gran objeto de la fe, pues él nos trae esperanza, nos comunica gozo, nos consuela e inspira nuestro amor. Al mirar hacia el futuro, vemos eliminado el mal, vemos deshecho el cuerpo del pecado y de la muerte y al alma gozando de perfección y puesta en condiciones de participar de la herencia de los santos en luz. Mirando aún más allá, el iluminado ojo del creyente puede ver cruzado el río de la muerte, vadeado el sombrío arroyo, y alcanzadas las montañas de luz donde está la ciudad celestial. El creyente se ve a sí mismo entrando por las puertas de perla, aclamado como más que vencedor, coronado por las manos de Cristo, abrazado por Jesús y sentado con Él en su trono, así como Él ha vencido y se ha sentado con su Padre en su trono. La meditación en este futuro puede disipar la noche del pasado y la niebla del presente. Las alegrías del cielo compensarán las tristezas de la tierra. ¡Afuera mis temores! La vida en este mundo es corta; pronto la acabaré. ¡Afuera mis dudas! La muerte es sólo un pequeño arroyo; pronto lo cruzaré. ¡Cuán corto es el tiempo! ¡Cuán larga la eternidad! ¡Cuán breve es la muerte, cuán infinita es la inmortalidad! Me parece estar ahora mismo comiendo de los racimos de Escol y bebiendo del manantial que está del otro lado de la puerta. ¡El viaje es tan corto…! ¡Pronto estaré allí!

La universalidad del amor eterno y de la justicia de Dios

Hay una pregunta existencial muy común entre los creyentes cristianos, que nos hacemos con cierta frecuencia: ¿Si Dios es bondadoso, justo y nos ama, por qué permite el mal, el sufrimiento y el dolor en esta vida terrenal?
Para tratar de responder a esa pregunta, el filósofo alemán Gottfried Leibniz creó el término en griego “Teodicea” en 1710, que significa la justificación de Dios, con el propósito de mostrar que el Mal en el mundo no está en contradicciõn con la bondad de Dios. Sin embargo, el intento de Leibniz no tuvo éxito, porque trató de responderla con argumentos racionales y filosóficos, sin fundamentarse en la fe cristiana y en la Palabra de Dios.

Sin fe y sin confiar firmemente en Dios no es posible comprender y captar el sentido adecuado y el significado correcto de las Sagradas Escrituras. La palabras en la Biblia poseen un sentido espiritual y un sentido literal, porque aunque fueron escritas por seres humanos, esos personajes bíblicos fueron inspirados directamente por Dios.

Un ejemplo destacado en la Biblia es la palabra “vida”, la cual se menciona allí infinidad de veces, pero tambiém tiene diferentes significados y sentidos en los idiomas originales en que fue traducida la Biblia. En el idioma griego antiguo que fue escrita originalmente la Biblia, fueron utlizados 3 diferentes términos griegos para la describir la palabra vida: Bíos, Psyque y Zoé.

Bíos, se refiere a la vida natural corporal de los seres vivos y mortales; Psyque, se refiere al alma o espíritu inmortal, insuflado por Dios en el ser humano durante la creación; Zoé, se refiere a la futura vida espiritual y eterna.

La vida verdadera, feliz, abundante, sin llanto, sin dolores y sufrimientos, sobre la que Jesús predicó durante su venida a este mundo, solamente puede ser la vida eterna en el Reino de los Cielos, prometida por Cristo a TODA la humanidad que crea en Él.

En el Evangelio de Juan, capítulo 10 y versículo 10, Jesús dice: yo he venido para que tengan vida (Zoé), y para que la tengan en abundancia. En esta frase Jesús no se refiere a mejorar y a enriquecer nuestra vida corporal y mortal (Bíos) en este mundo, sino a la vida eterna.

Para ser capaces de comprender adecuadamente la Biblia, es necesario en primer lugar, creer que el Señor Jesucristo es el Hijo de Dios, y en segundo lugar, creer en los dos más grandiosos mensajes que la humanidad haya recibido en toda su historia: el perdón de nuestros pecados por la obra de Redención de Cristo Jesús y su promesa de Vida Eterna en el Reino de los Cielos.

El sol que sale para todos, que irradia su luz y calor en el mundo entero, así como el aire de la atmósfera que nos suministra el oxígeno indispensable para poder vivir, son dos factores que ilustran muy bien, lo que efectivamente tiene carácter y vigencia universal para la existencia humana, en todos los tiempos de la Historia y en todos los lugares.  A eso es lo que me refiero cuando uso el término de universalidad.

La universalidad aplicándola específicamente a la humanidad, abarca entonces a todos los seres humanos sin distinción alguna en lo concerniente a sexo, raza, edad, época, educación, estrato social, estado de salud, etc.

La Gracia y el amor de Dios con respecto a la humanidad son universales. El alma humana como espíritu que es, y que fue hecha a imagen y semejanza de Dios es tambien universal. Todos los seres humanos tenemos un espíritu de origen divino. En consecuencia, la espiritualidad humana junto la fe, el amor, la esperanza, y todas sus virtudes, cualidades y pasiones espirituales son igualmente universales.

Dios como creador y Todopoderoso que es, debe necesariamente pensar de un modo muy diferente al nuestro, Dios debe pensar en todo en absoluto y comprender todo de manera global. Nosotros como sus criaturas predilectas, lógicamente no disponemos de esa misma capacidad de entendimiento, sino una muy limitada y con infinidad de restricciones.

Una de las restricciones es nuestra naturaleza altamente individualista. Tendemos a pensar y actuar según el criterio propio y no de acuerdo a la colectividad. Es por eso, que el concepto de universalidad para el ser humano es algo extraño, y además le cuesta imaginarse algo de condición universal, por no estar acostumbrado a pensar con esa amplitud de criterio.

Otra limitación muy importante son nuestros sentidos corporales, en particular la vista, a la cual le hemos otorgado demasiado poder de influencia en nuestras decisiones y criterios, al seguir ese principio simplista y muy equivocado: si no lo vemos, no existe y lo ignoramos.

Pensemos en las siguientes paradojas y contradicciones en la vida humana que existen y que siempre se han dado en este mundo:

•        el pobre hambriento y el rico opulento,

•        el individuo libre y el inocente condenado por un error a prisión perpetua, 

•        la persona sana sin ningún impedimento y el discapacitado permanente.

Cualquier ser humano de corazón sensible pensaría: ¿que ínjusticia la de Dios con respecto al pobre, al prisionero inocente y al discapacitado? ¿Cómo Dios permite que algo asi suceda en el mundo?

A nosotros como criaturas mortales y limitadas, Dios nos permite llegar a conocer sólamente una porción de la realidad del mundo, es decir, la realidad aparente que percibimos y conocemos bien. La otra realidad espiritual e invisible de la que nuestra alma forma parte, es del dominio absoluto de Dios. Por alguna divina razón, a nosotros no nos corresponde tener acceso a élla.

Fíjense a continuación, de que manera tan simple y al mismo tiempo tan instructiva le explica Dios al profeta Isaías, la imposibilidad de los hombres de comprender los misterios de la realidad del mundo, diciéndolo en los términos en que lo haría un padre amoroso a su pequeño hijo:

« Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos mis caminos», dice Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos y mis pensamientos más que vuestros pensamientos. »  Isaias 55, 8-9

Aunque nunca lograremos comprender la realidad que nos rodea, qué maravillosos han sido el amor y la Justicia de Dios, ya que por su Gracia nos ha concedido la capacidad de poder creer y confiar plenamente en Él y en su Hijo Jesucristo, y creer que todo el universo y nuestras vidas están en sus manos.  Y así mismo, tener la certeza de que la Justicia de Dios es universal y que su amor hacia toda la humanidad es eterno y para todos sin excepción alguna.

Procuremos entonces no cometer el imprudente atrevimiento, de dudar del amor, de la Misericordia y la Justicia de Dios para cada uno de sus hijos, ni mucho menos de faltarle el respeto por llegar a pensar, que Dios pueda ser menos misericordioso y justo que nosotros, puesto que somos todos en realidad, unos pobres ignorantes mortales, quienes estamos tan necesitados siempre de su Amor, Gracia y Misericordia.

Si solamente en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres.
1. Corintios 15, 19

Sabemos que antes de su encuentro con Jesús resucitado, Saulo de Tarso (ese era el nombre del apóstol Pablo antes de su conversión) como judío ortodoxo que era, había rechazado a Jesús de Nazareth como Hijo de Dios, sin embargo, no satisfecho con el rechazo y movido por un odio rabioso a las enseñanzas de Cristo, también se dedícó a perseguir a los primeros cristianos que iba encontrando en los lugares por donde él pasaba.

Saulo poseía un profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras contenidas en el Viejo Testamento y era extremadamente celoso del cumplimiento de las leyes allí establecidas para el pueblo judío. Por lo tanto, tenía grandes conocimientos de la palabra escrita, pero le faltaba la sabiduría espiritual que proviene del Espíritu de Dios y su iluminación divina, para interpretarla y aplicarla de forma correcta.
Finalmente, el celo ardiente que sentía por su religión y la firme voluntad de luchar por defenderla, lo condujo a perseguir y combatir a sus nuevos oponentes: los nuevos cristianos.

Y yendo por el camino, aconteció que llegando cerca de Damasco, súbitamente le cercó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús a quien tú persigues; Hechos 9, 3-5

Ese encuentro personal inesperado y repentino con Jesús, debió haber sido para Saulo una experiencia espantosa y terrible al inicio, para más tarde pasar a ser una vivencia maravillosa y trascendental en su vida espiritual, al reconocer a Jesús como el Hijo de Dios y el tan esperado Mesías del pueblo judío, quien mostrando su gran amor y su inmensa misericordia, escoge justamente a Saulo el perseguidor de cristianos, para convertirlo en un hombre nuevo llamado Pablo a partir de ese momento, por pura Gracia.

Pablo tuvo que haber experimentado con Jesús una experiencia divina y maravillosa, la cual produjo en él como fruto tres milagrosas transformaciones:

  1. que él naciera de nuevo en el espíritu, es decir, como un nuevo ser humano radicalmente opuesto al anterior, pero con el mismo cuerpo de antes.
  2. que Pablo se convirtiera en el más grande intérprete y predicador del Evangelio de toda la historia del cristianismo.
  3. que haya sido el privilegiado receptor del perdón y la Gracia de Dios, después de haber cometido ese gran pecado de combatir al Señor Jesucristo y de perseguir y castigar los cristianos, lo cual generó en Pablo un manantial de agradecimiento, regocijo y paz interior hasta el fin de su vida.

Pablo como hombre de profunda fe y poseedor de una mente privilegiada, estaba más que convencido de que la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos, era lo más grandioso que oídos humanos habían escuchado en la larga historia del pueblo de Israel, y por supuesto, su alma sedienta de Dios, hizo suya esa promesa inmediatemente.

Después que Cristo resucitó, se le apareció a los doce discípulos en primer lugar, y de último se le apareció a Pablo, tal como lo describe el mismo en su primera carta a los Corintios:

Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mi. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. 1. Corintios 15, 8-10

¡Y de qué manera Pablo creyó y se aferró a la promesa de vida eterna durante su vida llena de peligros de muerte, penas, dificultades, desafíos, viajes, agotamiento, hambre, etc; mientras cumplía fielmente con esa titánica misión que Cristo Jesús le otorgó, de predicar el Evangelio a los pueblos paganos en casi todos los países del mundo antiguo!

En sus cartas que escribió a las diferentes comunidades y pueblos que visitó, Pablo explicó muy bien infinidad de temas importantes de la fe cristiana, y lo hizo de una forma sencilla y clara, para que el pueblo pobre y sencillo pudiera comprender lo que predicaba.

Muy buen ejemplo de un mensaje claro y simple de Pablo, es el versículo que escogí como título de esta reflexión: Si solamente en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres.

Esta afirmación me da la impresión, de que el apostol Pablo la ha escrito de manera especial para nuestra generación de los que hemos nacido entre la década de 1940 y 1990, es decir, en la época de mayor prosperidad, bienestar económico, desarrollo tecnológico y oferta de comodidades que ha tenido la humanidad en su historia.

Parafraseando el versículo de Pablo, me atrevo a decir: Si solamente en esta vida terrenal esperamos en Cristo y contamos con él, para lograr vivir bien con todas las comodidades y lujos que nos podamos comprar, y no esperamos en Cristo para que nos ayude a fortalezer nuestra esperanza de vida eterna, somos los más miserables de los hombres y de las mujeres.

Para ilustrar de qué manera el bienestar económico y la gigantesca oferta de comodidades y servicios influyen sobre la sociedad, al mejorar la calidad vida en el aspecto material; y cómo afectan a la fe religiosa estas nuevas condiciones de vida, les escribo a continuación un comentario del filósofo y Teólogo danés Sören Kierkegaard, que hizo sobre la debilitada fe religiosa en la alta sociedad danesa de su época, hace 200 años:

La vida eterna después de la muerte se ha convertido en un chiste, no solo se ha convertido en una necesidad incierta, sino que tampoco nadie espera más en eso. Va tan lejos, que hasta nos hace gracia pensar que hubo un tiempo en que la promesa de vida eterna era capaz de cambiar la vida de una persona.

Vivir es esperar esperando para pasar a mejor vida

para que por dos cosas inmutables, en las cuales, es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo, los que nos hemos refugiado asiéndonos (agarrándonos) de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como ancla del alma, segura y firme, y que penetra hasta dentro del velo; Hebreos 6, 18-19

Sin duda alguna, la vida humana consiste en vivir esperando algo o a alguien, que ha de suceder o de venir en el futuro próximo. Siempre esperamos con la firme esperanza, de que lo que anhelamos va a suceder, y esperar permanentemente, nos enseña a tener paciencia. En consecuencia, se puede afirmar que todos vivimos esperando algo.

Nuestra condición natural de que somos seres totalmente dependientes de la naturaleza y de las personas que nos rodean para vivir, determina la necesidad de tener que esperar. Por eso, cuando leí por primera vez la expresión “vivir es esperar esperando” de la frase del Teólogo brasileño Leonardo Boff, me gustó tanto, que la puse como título de esta reflexión.

Siempre deseamos lo mejor, anhelamos cosas y experiencias buenas para nuestra vida y la de nuestros seres queridos. Y a pesar de que también nos suceden experiencias desagradables, dificultades, accidentes, enfermedades, decepciones, tragedias, etc; no nos desanimamos y recuperamos de nuevo la esperanza y continuamos esperando lo mejor. Existe un término que describe ese estado de ánimo de actidud positiva ante la vida, pero que casi nunca se utiliza: longánimo, que significa de ánimo constante.

En la sociedad moderna mayormente egoísta, se ha establecido como meta deseable ser lo más independiente posible de los demás. En las grandes ciudades de cientos de miles de habitantes, mucha gente vive sola, aislada y sin contacto personal con los vecinos, debido a que desean ser lo que ellos llaman “autosuficientes”, personas rebeldes que están cansadas de esperar y de depender de otros.

Debido a que en la vida tener que esperar es invitable, estamos muy acostumbrados desde nuestra niñez, a esperar las cosas y los acontecimientos deseados por nosotros, que pueden suceder de manera inmediata o retardada.

La muerte es el acontecimiento natural de la vida, que por ser inevitable todos les seres humanos debemos aprender a aceptar como realidad implacable en el futuro. Gracias a la obra de sacrificio y redención realizada por nuestro Señor Jesucristo en la Cruz y a la inconmensurable Misericordia de Dios, tenemos los creyentes cristianos el privilegio de creer en su promesa de vida eterna y de esperar con fe y regocijo por su cumplimiento en el futuro, cuando Dios decida el momento de nuestra partida de este mundo.

No se trata de estar esperando la muerte, claro que no, sino de estar esperando con fe firme la vida eterna en el Reino de los Cielos, por la que Cristo el Hijo de Dios, se hizo hombre para anunciar y predicar como La Buena Nueva o Evangelio a la humanidad.

La promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos es el supremo bien o premio que Dios le ha prometido a todo aquel hombre o aquella mujer que crea en espíritu y en verdad en Cristo Jesús. Por lo tanto, cristiano al hacer tuya esa promesa, ese acto de fe se convertirá después en la esperanza puesta delante de ti, de la que te puedes agarrar, la cual tendrás como ancla segura y firme de tu alma, así como lo afirma el apostol Pablo en los versículos de arriba.

El símbolo del ancla de la esperanza, que menciona San Pablo en su Carta a los hebreos, fue utilizado por los cristianos de la iglesia primitiva en las tumbas hace miles de años. En la imagen a continuación se nota la figura de una cruz combinada con un ancla y con la letras griegas Alfa y Omega, que representan a Jesucristo, según el libro del Apocalipsis de San Juan en donde está escrito: “Yo soy el Alfa y el Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso”.

Inscripción lapidaria en una tumba antigua

Según Tomás de Aquino, la esperanza cristiana es la virtud que otorga al hombre la confianza absoluta de que alcanzará la vida eterna y los medios para llegar a ella con la ayuda de Dios.

La vida eterna es la vida en abundancia de la que habla Jesús en el Evangelio de San Juan 10, 10: El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.

Sin duda alguna, el Señor Jesucristo nos promete una vida mucho mejor de la que nos podríamos imaginar, un concepto que nos recuerda lo dicho por San Pablo en 1. Corintios 2: 9: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman.”

La expresión “pasar a mejor vida” es una linda metáfora para referirse a la vida eterna, que nos espera a los creyentes cristianos después de la muerte. Amén!

¿Has pensado en lo inmensos que son el amor, la misericordia y la justicia de Dios, otorgados a cada uno de nosotros?

Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo. Efesios 2, 4-5

Con esta reflexión deseo animarte a que dirijas tus pensamientos a Dios, y medites unos momentos sobre el sentido que esta dura vida terrenal tiene para tí, pero sobre todo, para que mantengas siempre presente en tu memoria: el amor, la misericordia y la justicia de Dios hacia la humanidad. 

Cada vez que vemos en los periódicos o en los noticieros las imágenes que nos muestran la magnitud y la continuidad del sufrimiento humano en el mundo, todos nos preguntamos una y otra vez, ¿por qué Dios permite que sucedan tantas guerras, catástrofes naturales, enfermedades, crímenes, hambrunas, violaciones, abusos, injusticias, etc.?

Sobre el sufrimiento humano se puede afirmar que es un factor que nos acompaña día y noche, puesto que nos puede afectar tanto en el cuerpo como en el alma y que forma parte integrante de la vida. Por eso se dice, que en la vida se vive y se sufre.  
La gente lleva haciéndose esa pregunta desde hace miles de años, y si el ser humano lleva tanto tiempo haciéndose la misma pregunta, eso es una prueba evidente de que no puede evitarlo.

Desde la venida del Señor Jesucristo a este mundo hace más de 2000 años, los cristianos sabemos, que todos los seres humanos venimos a habitar esta tierra durante un determinado tiempo como transeúntes que están de paso, y después al morir, dejamos este mundo para vivir eternamente. Esta realidad la anunció Jesús a la humanidad de forma clara y directa, por medio de su promesa de Vida Eterna en el Reino de los Cielos.
Yo me pregunto: ¿Puede nuestra corta existencia en este mundo de muerte, sufrimiento, fatiga e injusticia, llamarse vida realmente?
Según el diccionario, la palabra vida es definida desde el punto de vista biológico como: el tiempo de duración de la existencia de un ser vivo (humano, animal o vegetal) desde su nacimiento hasta su muerte.
Esto significa, que tanto un ser humano como una lombriz, tienen una vida durante su existencia.

Ahora bien, lo que más nos diferencia a los humanos de los animales es el espíritu o alma inmortal, que Dios nos insufló y que constituye precísamente la esencia de origen DIVINO de nuestra existencia como seres humanos. Nosotros somos capaces percibir algunas manifestaciones del alma espiritual que llevamos dentro del cuerpo, y lo más importante es, que el alma constituye la semilla de eternidad, que Dios nos ha concedido únicamente a los humanos como privilegio. En consecuencia, los animales, los vegetales y demás seres vivos tienen una sola vida, y nosotros después de morir, esa misma muerte que tanto tememos, será la puerta de entrada a la vida eterna, esa vida nueva y abundante que Jesús nos ha prometido.

Dios conoce muy bien, y seguramente hasta mejor que nosotros, las duras circunstancias y condiciones de la vida humana en este mundo, es por eso, que llegado el momento histórico justo en la antigüedad, envió al mundo a su Hijo Jesucristo, para el anuncio de la Buena Nueva de la vida eterna.
Cuando Jesús les habló a sus discípulos y seguidores, siempre se refirió al tiempo futuro en sus enseñazas y en sus parábolas, es decir, a la vida eterna y al Reino de los Cielos.

Así como lo escribió y afirmó el apostol Pablo a los efesios, “Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo”, somos nosotros como creyentes cristianos, a los que nos corresponde hoy en día pensar en la misericordia y el amor de Dios, precísamente cuando nos asalten de nuevo las preguntas: ¿Por qué existe el mal y el sufrimiento en este mundo?, o ¿porqué es dura y transitoria esta vida?. Dudas que los seres humanos no podremos jamás responder, y que por lo tanto, tendremos que aceptar sometiéndonos con humildad a la soberana voluntad divina.

Esas preguntas tan importantes sobre nuestra existencia deberían de conducirnos a recordar, que efectivamente Dios en su eterna bondad nos ha prometido la vida eterna, como grandiosa recompensa y compensación para la maldad y el sufrimiento de este mundo.

No existe una fuente de esperanza y de consuelo más poderosa para un ser humano, que la promesa de Vida Eterna en el Reino de los Cielos hecha por nuestro Señor Jesucristo, concedida por amor y de pura Gracia por Dios Padre, para toda aquella persona que crea en Jesús como su redentor y salvador.

Apreciado lector, de modo que nos toca a tí y a mi creer con fervor en el amor, la misericordia y justicia de Dios, para aceptar su gran verdad sobre la existencia del Reino de los Cielos y del espíritu inmortal humano, el cual está destinado a vivir eternamente una vida nueva y abundante.

Recuerda cristiano, la vida abundante y eterna no está en tu cuerpo, sino en tu espíritu o alma inmortal.

El espíritu es el que da vida; la carne nada aprovecha: las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida. Juan 6, 63

Para ser capaz de comprender bien y de captar el verdadero significado del mensaje del Nuevo Testamento en la Biblia, es necesario tener en mente nuestro espíritu o alma inmortal, que habita en nuestro cuerpo y que nos da la vida que es manifestada por el cuerpo, y del cual, el alma se sirve como instrumento para obrar. En la Biblia, el Señor Jesucristo se dirige directamente a nuestra alma inmortal y no a nuestro cuerpo mortal y transitorio. Por eso Jesús en sus enseñanzas, siempre se refería a lo eterno y a la eternidad; y anunció la Buena Nueva del Reino de los Cielos, es decir, la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos:

  • Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Mateo 5, 3
  • Venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Mateo 6, 10
  • No amontoneis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbe que corroen. Amontonad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbe que corroan. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. Mateo 6, 19-20
  • Pues ya sabe vuestro Padre Celestial que teneis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Mateo 6, 32
  • Pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna. Juan 4, 14

Por ejemplo, en esta última enseñanza, Jesús al decirle a la mujer samaritana que no tendrá sed jamás si bebe del agua que él le dará, es evidente y lógico que no se refiere al cuerpo de la mujer, sino a su alma espiritual. Por esa razón, al leer el Evangelio es indispensable que nos identifiquemos más con nuestra alma inmortal, que con nuestro cuerpo. Recuerda, Jesús le habla a nuestra alma viva, que es lo que somos en realidad, porque nuestro cuerpo de carne es solamente el recipiente o el cascarón en el cual habita el alma.

El cuerpo frágil, delicado, enfermizo y mortal, es precísamente lo que no nos permite tener vida en abundancia en este mundo, porque apenas una insignificante circunstancia del ambiente natural en que vivimos nos puede afectar, enfermar o entristecer, como por ejemplo: calor, frío, zancudos, virus, lluvia, ruido, ofensas, fracasos, traiciones, engaños, desamores, etc. En consecuencia, es sencillamente imposible que un ser humano pueda tener abundancia de vida en este mundo terrenal.  
Por eso la frase que dijo Jesucristo “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10, 10); se refiere igualmente a la vida eterna en el cielo y NO a poseer abundancia de dinero, propiedades y lujos, como algunos cristianos se lo imaginan de manera muy equivocada.  
Todas las Bienaventuranzas que anunció Jesús en el sermón del monte, están referidas a la vida eterna en el Reino de los Cielos, después de la muerte invitable del cuerpo. La palabra Bienaventurado significa en realidad: aquel que goza de Dios en el Cielo.

Cuando leas o escuches la Palabra de Dios, piensa en tu alma que llevas dentro de tí, imagina el ser espiritual que eres y que vive en ese cuerpo tuyo, esa alma con la que te diriges a Dios y le hablas en secreto durante tus oraciones.

San Agustín de Hipona movido por su gran fe y esperanza, afirmaba: “Por mi alma misma subiré a Dios.”

Desde el punto de vista de la religión y de la fe, nuestra dimensión espiritual o el alma, es la que adquiere la preferencia y se antepone al cuerpo, porque fue creada por Dios a su imagen y semejanza, para vivir eternamente, mientras que el cuerpo de carne y huesos fue creado para vivir un tiempo determinado y finalmente morir.

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