La fresca huella del divino Creador en la arcilla blanda

EL LLAMADO DE JESÚS A LOS ADULTOS A SER COMO NIÑOS.
LOS NIÑOS SON LOS VERDADEROS EJEMPLOS DE VIRTUDES Y CUALIDADES ESPIRITUALES.

Cuando entre personas creyentes de cualquier religión, se habla sobre el tema de las huellas divinas dejadas por Dios en el mundo natural, durante el proceso de la Creación del universo, resultan ser innumerables los testimonios y las evidencias del rastro que dejó Dios de su grandiosa obra.

En el caso del cristianismo, se mencionan en la Biblia un gran número de relatos de manifestaciones de Dios a los hombres, que están en la naturaleza que nos rodea. San Pablo refiriéndose a ese asunto afirma claramente lo siguiente:

« porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. » Romanos 1, 19-20

De ésta afirmación de Pablo, muchos se habrán extrañado en aquel tiempo y se extrañan hoy todavia y se preguntan:¿ cómo es eso posible, que cosas invisibles se puedan hacer claramente visibles? La respuesta es muy sencilla: Hay que creer primero, para poder verlas!

Para ser capaz de ver las realidades espirituales es indispensable creer que ellas existen. La huellas propias del mismísimo Dios en la creación son de naturaleza espiritual y son invisibles, pero afortunadamente, por medio de la facultad que poseemos de creer las verdades reveladas por Dios, se pueden hacer claramente visibles.

Estoy plenamente de acuerdo con la opinión del místico español Juan de la Cruz cuando al referirse a la mejor huella de Dios, escribió la siguiente frase:

„El alma del ser humano, hecha a imagen y semejanza de Dios, es la mejor huella que Dios dejó de sí en la creación”.

Para mí eso es una gran verdad, la cual lamentablemente ha pasado a un segundo plano en estos tiempos modernos en que el materialismo y el dinero reinan el mundo. Sin embargo, Dios por su Gracia y su amor eterno hacia la humanidad nos lo hace recordar insistentemente a traves de su huella dejada en nosotros. Y en el ser humano como criatura de Dios, es en el cuerpecito aún blando del niño, donde está estampada la huella del pulgar de su Hacedor.

Si, son los niños el maravilloso testimonio universal, permanente y familiar de la naturaleza divina del espíritu, que Dios le insufló al Hombre en el momento de su creación. Jesucristo nos lo reveló y lo enseñó en la memorable escena con los niños, en que Él les dice a sus discípulos:

“Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.” Marcos, 10, 13-16

Creer y recibir a Dios como lo haría un niño, es decir, con la fe, el amor, la humildad y la confianza que caracteriza a los niños pequeños en su relación con sus padres. Esto es una evidencia más de ese gran misterio que enmascara el plan de Dios, por el cual en su insondable sabiduría, Él eligió la sencillez y las cosas comunes para revelarse a la humanidad.

Efectivamente, en nuestro tiernos y candorosos hijos o nietos pequeños, tenemos los adultos el grandioso privilegio de contemplar y percibir en plena acción y durante el brevísimo período de la infancia, cómo las cualidades espirituales invisibles del alma divina se hacen visibles. Solamente hace falta en primer lugar, creer que éllas existen teniendo siempre presente que el cuerpo las esconde, y en segundo lugar, desear verlas conscientemente mediante la observación atenta y cuidadosa de todo lo que hacen y dicen los niños.

Para poder reconocer y notar en los niños las manifestaciones del alma humana, tenemos los adultos que desmantelar nuestros prejuicios y deshacer la vanidosa jactancia de creer, que son únicamente los niños los que tienen que aprender del ejemplo de sus padres, y que los niños no tienen nada en absoluto que enseñarnos.

La actitud más sensata y adecuada en la relación entre padres e hijos sería, la de esmerarse concientemente en averiguar cuáles son las fortalezas y debilidades nuestras y cuáles son las de los niños, para poder entonces definir ¿Quién enseña qué, a quién?

Pero uno se pregunta: ¿Por qué al convertirnos en padres y madres, ni siquiera se nos ocurre pensar en hacer algo así? Por ese tremendo complejo de superioridad que tenemos en relación a nuestros hijos y por esas falsas creencias arraigadas en la sociedad, que mantiene separados al mundo de los niños y al mundo de los adultos como el aceite y el agua, que ni siquiera son capaces de mezclarse cuando estan juntos.

Es lógico e indudable que en la gran mayoría de los aspectos y los temas concernientes a la adecuación a la vida pública futura de los niños y a su convivencia en la sociedad, somos los padres y los adultos los que tenemos la responsabilidad y la capacidad de enseñarles y educarles. Eso está claro.

Sin embargo, en lo concerniente a nuestra dimensión espiritual como individuos, es decir concretamente, en lo refente al uso y a la aplicación de las cualidades espirituales naturales que poseemos todavía, son los niños los que nos pueden enseñar a los adultos, por la sencilla razón, de que ésa es su gran fortaleza.

Los adultos no somos mejores que los niños en los aspectos y cualidades espirituales. Esa es precísamente la realidad que a muchos nos cuesta reconocer. Nos creemos y sentimos superiores o mejores que éllos en todos los aspectos de la vida, y la verdad es que no lo somos. Allí esta la gran equivocación, y Jesús por ese motivo, lo declaró públicamente en ese pasaje de las Escrituras.

Los niños pequeños que todavía no han sido « contagiados » por nuestras propias alteraciones de ánimo, complejos, debilidades y deficiencias, son superiores a los adultos en las siguientes capacidades:

  • Amar sin condiciones
  • Ser auténticos y espontáneos
  • Ser sinceros y francos
  • Ser humildes
  • Creer y confiar plenamente
  • Tener paz interior y tranquilidad
  • conformarse y ser tolerantes
  • aceptarse a sí mismos y estar contentos consigo mismo
  • poseer un excelente sentido del humor
  • Tener gran libertad interior
  • Meditar y ensimismarse
  • No dejarse influenciar por las circunstancias o las personas
  • Poseer sentido de justicia
  • No tener remordimientos de conciencia

Estoy seguro que ésta lista está incompleta y que aún faltan cualidades espirituales de los niños por anotar, que desconozco.

No, no somos los adultos los ejemplos de virtudes y cualidades espirituales.
Son los niños los verdaderos modelos de virtudes. Ellos con su ejemplo nos dan clases magistrales todos los días, pero como nosotros creemos que somos mejores seres humanos que éllos, los subestimamos y no los tomamos en cuenta. Ése es uno de los grandes errores que cometemos en nuestro legítimo afán de ser ejemplos únicos para nuestros hijos en los otros aspectos necesarios e importantes de la vida.

Los niños nacen puros, inocentes, inofensivos y con un insaciable hambre de amor y de atención.  El desarrollo y el comportamiento de los niños son el resultado y la consecuencia directa  de lo que hacen y dejan de hacer los adultos con éllos durante su crianza y educación.  Por lo tanto, si un niño o un adolescente llega a manifestar conductas algo problemáticas, eso es una clara evidencia de que los problemas han sido causados por deficiencias y fallas en las actividades de crianza de los padres y en el trabajo de los maestros y de las escuelas.
Somos los adultos los que con nuestros miedos, conflictos personales, frustraciones, complejos, resentimientos y actitudes negativas, causamos en nuestros niños esas reacciones y conductas indeseables.

No existen niños difíciles o problemáticos, los problema los creamos y los tenemos los adultos, por dejarnos afectar demasiado en nuestra vida interior, de las circunstancias y de las personas que nos rodean.

Fueron los acontecimientos del nacimiento de Jesús y su obra relatada en el Evangelio, lo que lograron que la mirada y la atención del mundo adulto se dirigiera hacia los niños pequeños, quienes en la antigüedad eran considerados por los adultos como seres humanos en estado inferior. Tanto la historia de los tres Reyes magos que vinieron del Oriente para adorar al recien nacido Niño-Dios, como también ese acto insólito y hasta revolucionario de Jesús, de elevar al niño al primer plano y de ponerlo como ejemplo para los adultos, marcaron el inicio de un proceso de cambio en el concepto tradicional sobre la infancia y de su nuevo significado religioso.

A partir de la edad media comienzan a aparecer en el arte de la pintura, la representación de niños pequeños como ángeles y el niño Jesús o el Niño-Dios, en murales de iglesias y en cuadros con motivos religiosos. El alma pura, amorosa y vigorosa de los niños es lo que los hacen semejantes los ángeles de Dios, pero los pintores como no podían pintar algo invisible como es el alma, tuvieron que materializarla por medio de las figuras de sus cuerpecitos.

En el evangelio de Mateo, Jesús hace un claro llamado a los adultos a reconocer, a imitar y a practicar las cualidades espirituales del niño en su relación personal e íntima con Dios:

Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Mateo 18, 2-4

Jesús sabe muy bien que el orgullo, la vanidad y la avarícia de la persona adulta son los impedimentos espirituales que la incapacitan para creer y aceptar a Dios como su Señor y Padre, por esa razón, nos hace el llamado a ser como niños, por que en ellos las virtudes espirituales aún no están adulteradas, sino que conservan todavía su pureza y su vitalidad original, pero sólo por el corto tiempo de la infancia.

Nuestra alma es ese grandioso tesoro espiritual que en los niños resplandece  y deslumbra fugazmente, pero eso sí, sólo para aquellos adultos que desean de verdad contemplarlo y que quieren igualmente dejarse inspirar por ellos en su relación con Dios. De manera de poder recuperar, la disposición del alma que como condición previa básica tenemos que tener, para acercarnos a Dios y relacionarnos con él, como hijos con su Padre celestial.

La huella más fresca de Dios en el ser humano está estampada en los niños y está la vista de los que la quieran ver. Jesús te lo reveló. Ahora te toca abrir tu corazón, para dejarte inspirar.

Concluyo con un inspirador comentario del sacerdote italiano Romano Guardini (1885-1968):

«El niño es joven. Posee la sencillez de la mirada y el corazón. Al llegar lo nuevo, lo grande, o redentor, el niño lo mira, se acerca y entra en ello. Esta sencillez es aquella infancia de la que nos habla la parábola. Ser niño, en el fondo, significa lo mismo que ser creyente. Es la actitud natural de la fe. En ella actúa libremen­te lo que viene de Dios. La infancia espiritual consiste, según Jesús, en vivir de la paternidad de Dios. La infancia espiritual, en el sentido de Jesucristo, es lo mismo que la madurez cristiana».

El alma de niño: inagotable y esplendorosa fuente de la espiritualidad cristiana

Introducción

La joven Monja Teresa del Niño Jesús  escribió lo siguiente sobre la interioridad infantil:

„Ved al niño: está lleno de defectos, es ignorante, no sabe nada, todo lo rompe, cae a cada momento en las mismas faltas, y, no obstante, este niño es muy cándido, vive en paz, se divierte y duerme tranquilo. ¿Sabéis por qué? Tiene la simplicidad interior, se conoce tal cual es, acepta en paz la humillación de su estado, confiesa su ignorancia, su inexperiencia, sus defectos; a todo responde: «es verdad», y, cuando ha hecho esta confesión, en lugar de avergonzarse. de llorar, o de enfadarse por ello, se va a jugar. habla de otras cosas como de ordinario. He aquí el secreto de la paz interior: la simplicidad de la infancia. ¡Ah! creedme. poned vuestra paz interior en esta sencillez de niño, y será inalterable. Si queréis ponerla en vuestra enmienda, en vuestros progresos en la perfección, no la tendréis nunca. He aquí una razón profunda: es que, cuanto más nos acercamos a Dios, más descubrimos nuestra miseria y nuestra nada y he aquí por qué cuanto más santa es el alma, es también más humilde..”

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897) es sin duda la autora espiritual que más difundió la doctrina del abandono del creyente cristiano en Dios, hasta tal grado, que la Iglesia resolvió primero beatificarla y más tarde recomendarla a todos los católicos, como digno ejemplo a  imitar en la manifestación del amor, de la humildad y de la confianza hacia Dios con alma de niño.

Su mensaje es que la espiritualidad se basa en la sencillez , y para alcanzarla propone lo que élla llamó el “caminito de la infancia espiritual”, es decir, el hacerse pequeño como un niño. Pero hacernos pequeños como niños supone dar un golpe mortal al orgullo y a la vanidad que nos impiden abandonarnos y descansar en Dios, lo que en consecuencia tambien nos incapacita para vivir una vida más espiritual.

Las obras que se hacen para causar la admiración de la gente no son las que tienen valor, sino el amor por el cual se hacen y con el que están vivificadas. Dios no necesita nuestras obras deslumbrantes, ni nuestro afán de destacarnos sobre los demás. Lo que Dios busca es nuestro amor hacia al prójimo y a Él.

El amor puro puede vivificarlo todo: desde la obtención de un premio nobel hasta la acción tan trivial de pelar papas en una cocina.

Lo maravilloso de tener alma de niño

Lo que le da alegría y color a ésta vida que vivimos y sufrimos debajo del sol, son esos bellos estados del alma, que surgen de la bóveda que guarda el tesoro de nuestra infancia y que como los genios bonachones de las fábulas, salen de su claustro en el precíso instante en que los necesitamos, para endulzar y sosegar los inevitables sinsabores, problemas y dificultades de la existencia humana.

Sin el condimento del buen ánimo, la alegría de vivir, la diversión, la ternura, la inocencia, el deleite en las cosas sencillas y el encanto de la credulidad, atributos todos del alma de niño, la vida humana no sería digna de ser llamada vida. El alma de niño tiene además en nosotros los adultos otra función importantísima de socorro y protección, ya que es también el chaleco salvavidas espiritual con el que hemos sido dotados por Dios, para poder mantenernos a flote en esos mares de penas y aflicciones, que con frecuencia tenemos que atravesar en el transcurso de nuestra vida.

Las cualidades como la alegría, credulidad, inocencia, sencillez, humildad, sinceridad y paz interior, son virtudes que caracterizan la forma de ser de los niños. Por experiencia propia, sabemos que esas son sólo algunas de las grandes cualidades, que el ser humano posee en su caudal natural de facultades espirituales, pero que durante el avance de su desarrollo hacia su condición de adulto, van siendo gradualmente arrinconadas y sustituidas por otros estados del alma más insensibles, y debido también a las duras experiencias, prejuicios o suspicacias aprendidas, terminan siendo aplacadas.

Sin embargo, lo importante es recordar que esas nobles virtudes son innatas, que aún forman parte integrante de nuestro ser y que están, aunque algo adormecidas, siempre presentes en nosotros.

Para ilustrar ésta tematica algo abstracta, voy a recurrir al Análisis Transaccional, el cual es una teoría de la personalidad y de las relaciones humanas creada por  el Dr. Eric Berne (1910-1970), médico psiquiatra canadiense, que ha logrado explicar de una forma genial y muy práctica el funcionamiento de la personalidad humana, ya que se basa en el análisis de los estados del yo, las relaciones sociales y los guiones de vida.

Berne afirma que todos los seres humanos manifestamos tres estados del Yo: Padre, Adulto y Niño; definidos como sistemas coherentes de pensamiento y sentimiento exteriorizados por los correspondientes patrones de conducta.
Es importante saber que éstos tres estados del Yo no son simples papeles que se desempeñan sino realidades psicológicas de la persona.

El estado del Yo es producido por la reproducción de datos registrados de acontecimientos vividos en el pasado, y que se refieren a personas reales, tiempos reales, lugares reales, decisiones reales y sentimientos también reales.

Las personas normalmente interactúan entre sí desde estas tres posiciones psicológicas distintas o estados del Yo. Se considera que la mayoría de las personas tienen la tendencia inconsciente de funcionar más desde una de estas  tres posiciones y mantienen códigos de lenguaje específicos en cada caso.
En este escrito me voy a referir exclusivamente al estado del yo Niño (alma de niño), que Berne definió como“una serie de sentimientos, actitudes y pautas de conducta que son reliquias de la propia infancia del individuo”. 

Como sabemos, cada uno de nosotros lleva dentro un niño. Ese niño que una vez fuimos. Y cómo todos hemos sido niños, es por lo tanto muy normal que algunas veces sintamos, pensemos, hablemos o actuemos como cuando éramos niños, tanto a solas como en nuestras relaciones con los otros.

La conducta del estado del Yo Niño está regida por nuestros sentimientos, deseos y nuestras necesidades biológicas y psicológicas básicas. Es muy importante que conozcamos nuestro estado del yo Niño, no sólo porque nos acompaña toda la vida, sino porque es la parte más valiosa de la personalidad, ya que allí se encuentran nuestros deseos y anhelos más profundos de amar y de ser amado, de sabernos seguros y comprendidos, nuestras motivaciones, la ilusión de vivir, la capacidad de disfrutar, el amor propio, etc.

El Niño natural es también la parte más genuina de nosotros mismos, la que ríe o llora cuando lo siente, que se pone triste o contento en consonancia con los acontecimientos, que dice las cosas tal como las siente, sin restricciones y tabúes, sin prejuicios, la que se asombra con cualquier cosa, que se rebela en las injusticias, que sueña, que cree e intuye todo lo invisible y lo incomprensible.
Es además la fuente originaria de la energía vital que como motor vigoriza y moviliza a los estados del Yo Adulto y Yo Padre.

En su aspecto positivo, este estado del yo Niño se manifiesta de forma natural y espontánea, siente y vive las emociones auténticas de manera plena, gusta de disfrutar la alegría de vivir compartiendo con otras personas. Allí reside igualmente el potencial para la creatividad, bien sea artística o científica y para la originalidad. Y contiene además aspectos como la curiosidad, el deseo de aprender, la intuición y la sensibilidad.

Todos nosotros empleamos en distinta medida e intensidad los tres estados del yo mencionados, lo importante es observar y tratar de controlar aquellas manifestaciones nocivas y emplear cada estado según la situación que se esté viviendo; es decir, utilizar cada estado en el momento adecuado y oportuno. Uno de los resultados de la activación de los tres estados del yo, ante cualquier situación, y del diálogo interno entre éllos, es que, en cada ocasión, uno de los tres estados del yo va a llevar el control del comportamiento de la persona. Él es el que tiene el control ejecutivo de la personalidad en ese momento.
El Niño puede ser activado voluntaria o involuntariamente en cualquier momento y puede ser experimentado como una realidad objetiva con la misma vivacidad que se tuvo en la experiencia original.

En vista de que la gran mayoría de nosotros por simple vanidad, no está consciente ni de la importancia ni del potencial tan admirable que tiene nuestro Niño para la vida, y de que muchos sin darnos cuenta tendemos incluso a menospreciarlo o ignorarlo, es mi deseo revelarles de seguidas, algunas de las magníficas joyas que guarda el portentoso cofre de nuestra infancia en nuestra alma de niño. Y cuando hablo de joya, me refiero indudablemente a algo muy precioso que se usa como adorno.

Por eso, supongo que ustedes estarán de acuerdo conmigo en que el cariño, la ternura, la inocencia, la alegría de vivir, la paz interior, la dulzura, la humildad, la confianza, la espontaneidad y la sinceridad son sin lugar a dudas las joyas inmateriales que adornan a los niños.

Amor filial, confianza, y humildad

Éste trio de cualidades son joyas excelentes, porque el tener fe en Dios no es más que un acto de confianza, de amor filial y de humildad de parte del ser humano hacia su Creador, quien al reconocer su dependencia y fragilidad natural, se siente objeto del amor misericordioso e incondicional de su Padre celestial.

Un corazón humilde y confiado nos hace volver a ser como niños, haciéndonos capaces de dar ese paso firme hacia delante en la fe y creer en Dios Todopoderoso, tal como una vez creímos y confiamos en nuestros padres cuando éramos pequeños. El amor de hijos o amor filial, es la disposición que lleva al alma a ponerse en las manos de Dios, asi como un niño se echa en el regazo de su madre, buscando seguridad y apoyo.

Mundo interno y libertad interior

Los niños tienen la maravillosa facultad de abstraerse durante largos ratos para atender su propia intimidad, su mundo interno ideal, en el que se ocupan de sí mismos, viviendo sus experiencias íntimas y disfrutando solos de sus sueños y fantasías. Ese mundo interno de cada niño es lo que los adultos conocemos como el mundo feliz infantil.

En su exuberante interioridad y su pequeña alma, el niño se recrea, actúa, viaja, conversa, siente, crea y medita con una libertad franca y poderosa. Con esa libertad interior que tienen, los niños obran maravillas en su mundo íntimo, lo cual los hace sentirse a gusto consigo mismos, contentos y serenos.

Ellos viven con frecuencia ensimismados en su mundo interior, del cual emergen para atender las necesidades prácticas inmediatas de sí mismo y de su entorno hogareño habitual, y luego, se meten de nuevo en su mundo feliz, el cual han poblado con sus propios amigos, lugares, escenas imaginadas, ideas y asociaciones, de modo que, dondequiera que estén o si los llega a estorbar algún asunto, su propio mundo interior posee siempre más atractivos para su mente, que los que son producidos por las circunstancias externas.

Calma y paz interior

Para esos momentos de abstracción en que el niño sale virtualmente del mundo exterior,  requiere como condición previa, encontrarse ya en un estado de ánimo de sosiego y de quietud espiritual, para poder recogerse dentro de sí mismo, ese estado de ánimo no es otra cosa que la ausencia absoluta de cualquier conflicto, ansiedad, preocupación o agitación en su tierno corazón, es decir, que gozan de paz interior.

Hasta aqui, hemos descrito sólo algunas de las facultades del alma de los niños, que como joyas los adornan y les transmiten el encanto y la ternura irresistible que los caracterizan.

El orgullo y la vanidad humana que con el pasar de los años florecen y prosperan en el alma adulta, en primer lugar, nos hacen olvidar que una vez fuimos también niños cariñosos y alegres, y en segundo lugar, nos colocan sobre los ojos un velo, que no nos permite reconocer y apreciar esas cualidades del alma en los niños, que por momentos nos rodean o con quienes compartimos, como cualidades que podrían ser muy valiosas para nuestra propia vida y que por lo tanto merecerían ser imitadas.

Pero así, como es con los demás asuntos verdaderamente importantes de la vida del ser humano, ha sido justamente a través de una revelación divina, que Dios nos ha instruido por medio de Jesucristo y su santa Palabra, para que podamos librarnos del ofuscamiento de nuestra mente y quitarnos el velo que turba nuestra vista.

En la Biblia encontramos en el capítulo 18 del Evangelio de Mateo, el relato de la siguiente escena:
“En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?» Jesús llamó a un niñito, lo colocó en medio de los discípulos y declaró: «En verdad les digo: si no cambian y no llegan a ser como niños, nunca entrarán en el Reino de los Cielos. El que se haga pequeño como este niño, ése será el más grande en el Reino de los Cielos. Mateo 18, 1-5

En su respuesta Jesucristo dijo claramente lo que tenemos que hacer y dónde tenemos que buscar. Somos nosotros mismos los que tenemos que cambiar y no lo demás que está fuera de nosotros. Por lo tanto la búsqueda debe ser en el alma, en nuestra propia interioridad para poder llegar a ser como los niños.
El gran tesoro está dentro de nosotros.

Sin embargo, acostumbrados como estamos a buscar siempre y únicamente fuera de nosotros mismos, esos bienes inmateriales tan importantes como el amor, la esperanza, la confianza, la libertad, la verdad, la alegría de vivir, la paz interior, el deleite; hemos puesto nuestros ojos a mirar y a buscarlos en las cosas materiales y visibles que el mundo natural nos ofrece, creyendo y hasta anhelando, que esos bienes materiales como las piedras preciosas (diamantes, zafiros, esmeraldas) y las pulseras de oro, pudieran llegar a ser capaces algún dia de librarnos de los conflictos internos que atormentan nuestro corazón y de llenar nuestra alma con dicha y paz interior.

En vista de que estamos buscando el tesoro donde no está, no nos debe entonces extrañar ni sorprender, que muchos de nosotros nos sintamos algo frustrados y desilusionados con la vida y hasta con nosotros mismos. Pero como dice el refrán: “Nunca es tarde cuando la dicha es buena
Tener fe en Dios es lo más grande y lo más valioso en la vida. Dios nos ha creado y nos ha dado su espíritu, que es nuestra alma, la cual ha creado a su imagen y semejanza.

Absolutamente todos los seres humanos hemos sido una vez niños y por lo tanto, podemos llegar a ser como niños, si realmente deseamos y queremos hacernos pequeños como éllos.

Todos tenemos un alma de niño, ese cofre espiritual donde se encuentran las maravillosas facultades de nuestra infancia. Y esas preciosas relíquias están esperando que las busquemos. Jesucristo nos dice a su manera, que las necesitamos para entrar al Reino de los Cielos.

Si deseamos sinceramente creer en Jesucristo con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todo nuestro corazón, Dios por medio del Espíritu Santo nos ayudará a recobrar la humildad, la confianza y el amor de niño que una vez tuvimos. Sólamente tenemos que acudir a él y pedírselo.

Jesús nos invita, desde siempre y por siempre, que vengamos a Él:

«Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.» Mateo 11. 28-30

Hay unas frases del conocido poema “El Profeta” que sobre los hijos escribió el escritor libanés Gibran Kahlil Gibran, cuyo mensaje es sobre todo un gran consejo colmado de verdad y divinidad:

Puedes esforzarte en ser como éllos, pero no procures hacerlos semejantes a ti porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer. Puedes abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños.

Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Juan 6, 63

Nuestra relación personal con Dios y con su Reino divino, está basada en nuestra fe, la cual es una virtud del alma o espíritu humano, que se conoce en el lenguaje de la religión, como creer en la existencia de Dios y de Jesucristo, así como en el contenido de la Biblia: su Sagrada Palabra.
En esta magnífica y muy clara frase del Señor Jesucristo que sirve de título de esta reflexión, Él confirma esa gran verdad, de que las palabras que están impresas en la Biblia, contienen ciertamente un mensaje espiritual y vivo, que calma la sed espiritual del creyente. Imaginémonos que ese contenido espiritual, es como si fuera un olor de perfume que la palabra exhala o despide, y que el lector lo percibe, le agrada y se apropia de él.

En relación a esta atracción y al gozo posterior del creyente que la lectura de la Biblia le puede producir, recuerdo una conmovedora experiencia que presencié en mi iglesia, en que un grupo de jóvenes, quienes habían sido adictos a las drogas durante años, visitaron la iglesia con el propósito de dar su testimonio personal sobre su curación y su recuperación total del vicio, y también para agradecer por el financiamiento recibido para su tratamiento en una organización benéfica cristiana denominada REMAR. Uno de los jóvenes que sujetaba una Biblia en su mano derecha, mientras daba su testimonio frente a la congregación, se puso la Biblia sobre el pecho y la abrazaba con tanta satisfacción y alegría, que a muchos nos dejó impresionados.

Es por esa razón, que es de fundamental importancia mantener una actitud de fe y de veneración, durante la lectura de la Biblia; sin dudar en ningún instante de que es la sagrada Palabra de Dios, y que además de estar compuesta de letras y poseer un sentido literal, contiene un mensaje espiritual.

A continuación un texto revelador sobre este tema de las sagradas escrituras, escrito por el erudito y teólogo holandés Erasmo de Rotterdam en su libro titulado Enquiridion:

Existe una enorme diferencia entre las letras humanas y divinas. Toda la Biblia está inspirada por Dios, su autor intelectual. No existe una doctrina humana que no esté viciada por la negrura de algún error y de falsedad. Solamente la doctrina de Dios y de Jesucristo es toda pura y toda sincera. El hecho de que sea un tanto dura y áspera nos adentra en su significado divino, escondido en el sentido exacto de la palabra. Si el lector superficial se contenta solamente con la cáscara de las palabras, y no extrae de la médula el sentido espiritual que contienen, en consecuencia no logrará captar o beber el mensaje divino.

Los mensajes divinos que contienen la Palabra de Dios y la de Jesucristo, se podría comparar con una fuente espiritual de aguas vivas, que calman la sed espiritual de los creyentes.

Hermanos cristianos, si buscan el alimento espiritual y vivo que se encuentra implícito en las Sagradas Escrituras, recuerden siempre leer la Biblia con alma de niños, es decir, con plena confianza en Dios Padre y mucha humildad.

Quiero contarles todo lo grande y bello que estoy sintiendo

Toda la gama de pensamientos, ideas, experiencias, vivencias y manifestaciones del alma, que se suceden en nuestra vida interior y que percibimos conscientemente, se podría decir que han sido guardadas o registradas en alguna parte de nuestra memoria. Todas esas impresiones o cambios del estado de ánimo efectuados en el alma humana y las sensaciones naturales que se manifiestan en el cuerpo, son las que nosotros expresamos con el verbo sentir.
Una de las tareas más difíciles para la gran mayoría de las personas, es sin duda, poder expresar con palabras lo que en algún momento especial se ha vivido y sentido. No obstante, quiero contarles a mi manera lo que vivo y siento desde que tuve una extraordinaria experiencia, que nunca antes había vivido.
Hace varios años, experimenté dentro de mí un acontecimiento maravilloso, cuando algo así como un resplandor interior o una visión, despertó de repente en mi conciencia unas realidades espirituales que yo desconocía completamente: el amor de Dios hacia todos nosotros, la existencia de mi propia alma y de la eternidad.

Ese excepcional episodio en mi vida ha generado en mí una nueva y vigorosa energía espiritual, que ha potenciado y fortalecido enormemente mi fe en Dios, el celo por Jesucristo y mi esperanza en el Reino de los Cielos.
Justamente después que se dio ese avivamiento espiritual en mi vida, fue cuando comencé a escribir mis reflexiones sobre nuestra propia espiritualidad y demás temas asociados a ella.

Ahora bien, lo más maravilloso han sido los cambios que he experimentado dentro de mi después de ese momento, pero aún más exquisito es el primoroso fruto de esos cambios en mi existencia.

Entre los cambios más relevantes que he notado en mí hasta ahora, están los siguientes :
• Ya no siento esa incómoda angustia existencial, que supongo agobia la vida de la mayoría de la gente, causada por el temor natural a la muerte que nos acompaña como una espantosa sombra en todo momento, y también por esa extraña sensación que se siente en lo profundo del alma, de estar sólo en este universo.

• Durante muchos años padecí de un temor incisivo, que incluso llegó a restringir mi libertad de acción y mi tranquilidad en la vida cotidiana. Ese miedo ha desaparecido totalmente.

• La interrogante natural sobre cuál es el sentido y el propósito de nuestra propia existencia en éste mundo, la cual desencadena en nosotros esa búsqueda constante de algo evidentemente esencial que sentimos que nos falta, para estar satisfechos y contentos, pero que curiosamente no sabemos con exactitud qué cosa es.
Pues puedo decirles, que creo haber encontrado ese algo, ya que ahora no tengo ninguna duda en absoluto sobre el sentido de mi vida, y no me interesa tampoco buscar nada más, debido a que me siento interiormente saciado y complacido.

El primoroso fruto es la nueva paz interior que siento y disfruto como nunca antes. Esa paz espiritual que sólo Dios puede dar, cuando uno cree en Jesucristo y se apodera de sus promesas del perdón de los pecados y de la vida eterna en el Reino de los Cielos.

La paz interior es esa santa calma que siente aquel individuo en el alma, que después de lograr vencer su orgullo, vanidad y avaricia, deposita su fe en Dios, en su Palabra y en la Obra Redentora de su Hijo Jesús el Cristo; y además, cree y acepta la santas escrituras contenidas en la Biblia, como la verdad absoluta revelada por Dios.

Estoy convencido de que la única y verdadera paz que puede alcanzar el ser humano en ésta vida terrenal, es esa paz interior en su corazón y en su conciencia, que implica necesariamente la paz con Dios y consigo mismo.
Es esa paz interior maravillosa que Dios como obsequio divino, nos permite poseer y disfrutar a todos los seres humanos sin excepción, durante el breve período de nuestra infancia, y que después en la etapa de vida como adultos, podemos alcanzar recuperarla de nuevo en algún momento de nuestra existencia.

La paz espiritual de la que Jesús hablaba y predicaba durante su vida terrenal, fue confundida a menudo con la paz entre las personas y los pueblos por la gran mayoría de la gente en aquellos tiempos, y la siguen confundiendo hoy en día.

Antes de su partida de éste mundo, Jesús se lo dijo a los discípulos muy claramente:
La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (Juan 14:27)

La paz interior es el estado del alma, que en primer lugar tiene que arribar y asentarse en el corazón humano, para que de él, como sustrato o tierra fértil espiritual, puedan después germinar y crecer el gozo duradero y la alegría abundante.

El filósofo y escritor británico Bertrand Russel (1872-1970) afirma en una de sus citas, cuán indispensable es obtener la paz en nuestro corazón, para después poder sentir ese gozo duradero que todos anhelamos: « Una vida feliz debe ser en gran parte una vida tranquila, pues solo en una atmósfera calma puede existir el verdadero placer. »

Si creemos firmemente la maravillosa revelación de Dios, de que nuestra propia existencia, es decir nuestra alma, es un espíritu divino e inmortal, y si estamos conformes con San Pablo, en considerarlo en consecuencia como nuestro gran tesoro espiritual, ¿cómo esa convicción que hemos asumido y aceptado como una realidad en nuestra vida, no va a generar en nuestra interioridad esa paz y esa calma que sobrepasa todo entendimiento?
Y además, ¿que puede haber más provechoso en la vida, que al reconocer y aceptar nuestra alma como un tesoro divino y eterno, decidamos apoyar nuestra existencia aquí y ahora en ese valiosísimo fundamento, y nuestra esperanza ponerla en la promesa de vida eterna de Jesucristo, para cuando nos llegue el momento crucial de morir?

Fíjense a continuación cómo describe San Pablo de manera genial y reconfortante la obra portentosa de la paz espiritual en nuestra alma:
« Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. » Filipenses 4, 7

Esa es la paz espiritual de Dios, que Jesucristo nos dejó y nos la da de pura Gracia, por amor a su criatura.

Para el místico franciscano Buenaventura de Fidanza, la paz interior es el bien espiritual más preciado que un ser humano sea capaz de alcanzar en su vida terrenal, y por esa razón, la considera un anticipo de la Bienaventuranza eterna.

En vista de que no poseo la capacidad de expresar exactamente lo que siento en lo más profundo mi corazón, prefiero darle la palabra a continuación y con enorme placer al predicador inglés Charles H. Spurgeon, inspirado y esclarecido hombre de Dios, quien con una virtuosa habilidad de expresión y dominio del lenguaje, redactó cientos de magníficos sermones, que dió en su congregación en Londres durante muchos años.
He escogido de su sermón titulado « La paz espiritual », algunas partes del texto que logran expresar de modo formidable, todo lo grande y bello que estoy sintiendo:

« Cuando un hombre tiene fe en la sangre de Cristo, no es sorprendente que tenga paz, pues ciertamente tiene garantía de gozar de la más profunda calma que un corazón mortal pueda conocer. La consecuencia necesaria de eso es que él posee paz mental.
¿Cómo, pregunto yo, puede temblar quien crea que ha sido perdonado? Ciertamente sería muy extraño que su fe no le infundiera una santa calma en su pecho.
Además, el hijo de Dios recibe su paz de otro conducto de oro, pues un sentido de perdón ha sido derramado en abundancia en su alma. No solamente cree en su perdón por el testimonio de Dios, sino que siente el perdón. Es algo más que una creencia en Cristo; es la crema de la fe, el fruto maduro en plenitud de la fe, es un privilegio muy encumbrado y especial que Dios otorga después de la fe. Si todos los testigos falsos que hay en la tierra se pusieran de pie y le dijeran a ese hombre, en ese momento, que Dios no está reconciliado con él, y que sus pecados permanecen sin perdón, él se reiría hasta la burla; pues dice: «el Espíritu Santo ha derramado abundantemente en mi corazón el amor de Dios.»

Él siente que está reconciliado con Dios. Ha subido desde la fe hasta el gozo, y cada uno de los poderes de su alma siente el rocío divino conforme es destilado desde el cielo. El entendimiento lo siente, ha sido iluminado; la voluntad lo siente, ha sido encendida con santo amor; la esperanza lo siente, pues espera el día cuando el hombre completo será hecho semejante a la Cabeza de su pacto, Jesucristo.

¿Cómo puede sorprender, entonces, que el hombre tenga paz con Dios cuando el Espíritu Santo se convierte en un huésped real del corazón, con toda su gloriosa caravana de bendiciones?
Tal vez ustedes dirán, bien, ¡pero el cristiano tiene problemas como otros hombres: pérdidas en los negocios, muertes en su familia, y enfermedades en su cuerpo! Sí, pero él tiene otro fundamento para su paz: una seguridad de la fidelidad y de la veracidad del pacto de su Dios y Padre. Él cree que Dios es un Dios fiel; que Dios no echará fuera a quienes ha amado. Para él todas las providencias oscuras no son sino bendiciones encubiertas. Cuando su copa es amarga, él cree que fue preparada por amor, y todo terminará bien, pues Dios garantiza el resultado final. Por tanto, ya sea que haya mal tiempo o buen tiempo, cualesquiera que sean las condiciones, su alma se abriga bajo las alas gemelas de la fidelidad y del poder de su Dios del Pacto.

La paz del mundo, la que viene del dinero y del poder, de la vanidad y soberbia no es nunca jamás la misma que da el Espíritu Santo. El hombre no sabe quién es, y por tanto piensa que es algo, cuando no es nada. Dice: «yo soy rico y próspero en bienes,» cuando está desnudo, y es pobre y es miserable.

Entonces nuestra paz es hija de Dios, y su carácter es semejante a Dios. Su Espíritu es su progenitor, y es como su Padre. ¡Es «mi paz,» dice Cristo! No es la paz de un hombre; sino la paz serena, calma y profunda del Eterno Hijo de Dios. Oh, si sólo tuviera esta única cosa dentro de su pecho, esta paz divina, el cristiano sería ciertamente algo glorioso; y aun los reyes y los hombres poderosos de este mundo son como nada cuando se les compara con el cristiano; pues lleva una joya en su pecho que ni todo el mundo podría comprar, una joya elaborada desde la vieja eternidad y ordenada por la gracia soberana para que sea la gran bendición, la herencia real justa de los hijos elegidos de Dios.

Entonces esta paz es divina en su origen; y también es divina en su alimento. Es una paz que el mundo no puede dar; y no puede contribuir a su sustento.
Entonces es una paz nacida y alimentada divinamente. Y déjenme señalar de nuevo que es una paz que vive por encima de las circunstancias. El mundo ha tratado con empeño de poner un fin a la paz del cristiano, pero nunca ha sido capaz de lograrlo.

Yo recuerdo, en mi niñez, haber oído a un anciano cuando oraba, y escuché algo que se grabó en mí: «Oh Señor, da a tus siervos esa paz que el mundo no puede ni dar ni quitar.» ¡Ah! Todo el poder de nuestros enemigos no puede quitárnosla. La pobreza no la puede destruir; el cristiano en ropas harapientas puede tener paz con Dios. La enfermedad no la puede estropear; acostado en su cama, el santo está gozoso en medio de los fuegos. La persecución no la puede arruinar, pues la persecución no puede separar al creyente de Cristo, y mientras él sea uno con Cristo su alma está llena de paz. »

La salvación prometida por el Señor Jesucristo, la alcanzaremos por nuestra fe y por la Gracia de Dios, nunca solamente por nuestras obras.

Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Romanos 5, 1

Creer o no creer, esa es una gran decisión, que cada ser humano tiene el absoluto poder de tomar de acuerdo a su propia voluntad, y por eso precisamente, nadie en el mundo puede impedir que cada uno de nosotros pueda escoger libremente en qué creer y en que no. La fe es una facultad espiritual exclusiva del ser humano, así como son igualmente el amor y la esperanza. Esas son las facultades del alma humana, que el cristianismo considera como las tres virtudes cardinales, porque son indispensables para ser capaces de creer, amar y esperar en Dios y de relacionarnos directamente con Él.

Creer en cualquier persona o cualquier cosa material conocida es muy fácil, pero creer de verdad en Dios, en Jesucristo y en el mundo espiritual invisible e imperceptible, no lo es en estos tiempos en que predominan el materialismo, el culto a la tecnología y el consumismo en el mundo. De esa situación, los creyentes cristianos debemos estar conscientes. Por eso, también debemos sentirnos contentos y muy agradecidos con Dios por su Gracia y Misericordia hacia nosotros.

En el transcurso de mi vida como creyente, he logrado aprender el significado de la frase bíblica que dice: adorar en espíritu y en verdad (Juan 4, 24). Creer en Dios en espíritu y en verdad, es exactamente la manera profunda y firme, de cómo los niños pequeños creen en sus padres. Ellos creen de verdad y con toda su alma en su mamá y su papá. De esa misma manera, podríamos los cristianos permitirnos creer en Dios y en Jesucristo, así como creímos a nuestros padres cuando fuimos niños. Esa manera de creer en Dios, la he llamado creer con alma de niño, de ese niño que una vez fuimos y que todavía todos llevamos dentro. Por supuesto, esa manera de creer es un privilegio y una excepción que le otorgamos solamente a Dios Padre, a su Hijo Jesucristo y al Espíritu Santo. Todavía me sigue sorprendiendo el hecho, de que hoy en día exista gente que no creen en espíritu y verdad en Dios Todopoderoso y Creador del universo, pero llegan a creer ciegamente en otras personas comunes y pecadoras como: políticos, algunos pastores y sacerdotes corruptos, médicos, científicos, actores, cantantes, etc.
Así dice el SEÑOR: Maldito el hombre que en el hombre confía, y hace de la carne su fortaleza, y del SEÑOR se aparta su corazón. Jeremías 17, 5.

Aprendamos a confiar en Dios con toda nuestra alma y toda nuestra mente y no en nuestras obras o en las obras de otras personas. Muchos de los que no creen en el Señor Jesucristo y en su promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos, deciden no creer, porque su mente considera la vida eterna algo imposible e irrealizable. Sin embargo, se olvidan de que para Dios no existe nada imposible, o peor aún tampoco creen en Dios como Creador del universo. Si Dios creó ese insignificante y repugnante insecto que se arrastra por la tierra y por las plantas, como es el gusano, al cual lo hizo capaz de convertirse en una pupa o crisálida, para después por medio de una singular metamorfosis, se pueda transformar en otro ser vivo como es una bella mariposa, que vuela graciosamente por los cielos. ¿Cómo no va haber podido Dios crear al ser humano, su criatura preferida, con un alma espiritual inmortal, la cual al morir el cuerpo, se dirigirá al Cielo para encontrarse con el Dios Padre y vivir allí una vida nueva y eterna?

En mi caso personal, he decidido creer en Dios con alma de niño, pero en los hombres y las mujeres creo con muchas reservas y restricciones, porque los seres humanos somos mentirosos por naturaleza, así fuimos creados y así somos. Además, en estos tiempos modernos en que el afán por el dinero y los medios de comunicación reinan en las sociedades de consumo, el uso de la mentira y la falsedad es aún peor y constante. En este mundo moderno lamentablemente todo es mentira y nada es verdad.

Dios es el creador y la fuente de la verdad. Asi lo afirmó el Señor Jesucristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.” Juan 14, 6

El trío maravilloso de requisitos para la fe en Dios: la confianza, el amor y la humildad de un niño

La beata Teresa de Lisieux (1873-1897) escribió lo siguiente sobre la interioridad infantil:

„Ved al niño: está lleno de defectos, es ignorante, no sabe nada, todo lo rompe, cae a cada momento en las mismas faltas, y, no obstante, este niño es muy cándido, vive en paz, se divierte y duerme tranquilo. ¿Sabéis por qué? Tiene la simplicidad interior, se conoce tal cual es, acepta en paz la humillación de su estado, confiesa su ignorancia, su inexperiencia, sus defectos; a todo responde: «es verdad», y, cuando ha hecho esta confesión, en lugar de avergonzarse. de llorar, o de enfadarse por ello, se va a jugar. habla de otras cosas como de ordinario. He aquí el secreto de la paz interior: la simplicidad de la infancia. ¡Ah! creedme. poned vuestra paz interior en esta sencillez de niño, y será inalterable. Si queréis ponerla en vuestra enmienda, en vuestros progresos en la perfección, no la tendréis nunca. He aquí una razón profunda: es que, cuanto más nos acercamos a Dios, más descubrimos nuestra miseria y nuestra nada y he aquí por qué cuanto más santa es el alma, es también más humilde..”

Hacernos pequeños como un niño supone dar un golpe mortal al orgullo y a la vanidad que nos impiden abandonarnos y descansar en Dios, lo que en consecuencia también nos incapacita para vivir una vida más espiritual. Las obras que se hacen para causar la admiración de la gente no son las que tienen valor, sino el amor por el cual se hacen y con el que están vivificadas. Dios no necesita nuestras obras deslumbrantes, ni nuestro afán de destacarnos sobre los demás. Lo que Dios busca es nuestro amor hacia al prójimo y a Él. El amor puede vivificarlo todo: desde la obtención de un premio nobel hasta el trabajo tan trivial de pelar papas en una cocina.

LO MARAVILLOSO DE TENER ALMA DE NIÑO

Lo que le da alegría y color a ésta vida que vivimos y sufrimos debajo del sol, son esos bellos estados del alma, que surgen de la bóveda que guarda el tesoro de nuestra infancia y que como los genios bonachones de las fábulas, salen de su claustro en el precíso instante en que los necesitamos, para endulsar y sosegar los inevitables sinsabores, problemas y dificultades de la existencia humana.

Sin el condimento del buen ánimo, la alegría de vivir, la diversión, la ternura, la inocencia, el deleite en las cosas sencillas y el encanto de la credulidad, atributos todos del alma de niño, la vida humana no sería digna de ser llamada vida.

El alma de niño tiene además en nosotros los adultos otra función importantísima de socorro y protección, ya que es también el chaleco salvavidas espiritual con el que hemos sido dotados por Dios, para poder mantenernos a flote en esos mares de penas y aflicciones, que con frecuencia tenemos que atravesar en el transcurso de nuestra vida. Las cualidades como la alegría, credulidad, inocencia, sencillez, humildad, sinceridad y paz interior, son virtudes que caracterizan la forma de ser de los niños.

Por experiencia propia, sabemos que esas son sólo algunas de las grandes cualidades, que el ser humano posee en su caudal natural de facultades espirituales, pero que durante el avance de su desarrollo hacia su condición de adulto, van siendo gradualmente arrinconadas y sustituidas por otros estados del alma más insensibles, y debido también a las duras experiencias, prejuicios o suspicacias aprendidas, terminan siendo aplacadas.

Sin embargo, lo importante es recordar que esas nobles virtudes son innatas, que aún forman parte integrante de nuestro ser y que están, aunque algo adormecidas, siempre presentes en nosotros.

Para ilustrar ésta tematica algo abstracta, voy a recurrir al Análisis Transaccional, el cual es una teoría de la personalidad y de las relaciones humanas creada por  el Dr. Eric Berne (1910-1970), médico psiquiatra norteamericano, que ha logrado explicar de una forma genial y muy práctica el funcionamiento de la personalidad humana, ya que se basa en el análisis de los estados del yo, las relaciones sociales y los guiones de vida.

Berne afirma que todos los seres humanos manifestamos tres estados del Yo: Padre, Adulto y Niño; definidos como sistemas coherentes de pensamiento y sentimiento exteriorizados por los correspondientes patrones de conducta. Es importante saber que éstos tres estados del Yo no son simples papeles que se desempeñan sino realidades psicológicas de la persona.

El estado del Yo es producido por la reproducción de datos registrados de acontecimientos vividos en el pasado, y que se refieren a personas reales, tiempos reales, lugares reales, decisiones reales y sentimientos también reales. Las personas normalmente interactuan entre sí desde estas tres posiciones psicológicas distintas o estados del Yo. Se considera que la mayoría de las personas tienen la tendencia inconsciente de funcionar más desde una de estas  tres posiciones y mantienen códigos de lenguaje específicos en cada caso.

En este escrito me voy a referir exclusivamente al estado del yo Niño (alma de niño), que Berne definió como“una serie de sentimientos, actitudes y pautas de conducta que son reliquias de la propia infancia del individuo”. 

Como sabemos, cada uno de nosotros lleva dentro un niño. Ese niño que una vez fuimos. Y cómo todos hemos sido niños, es por lo tanto muy normal que algunas veces sintamos, pensemos, hablemos o actuemos como cuando éramos niños, tanto a solas como en nuestras relaciones con los otros.

La conducta del estado del Yo Niño está regida por nuestros sentimientos, deseos y nuestras necesidades biológicas y psicológicas básicas. Es muy importante que conozcamos nuestro estado del yo Niño, no sólo porque nos acompaña toda la vida, sino porque es la parte más valiosa de la personalidad, ya que allí se encuentran nuestros deseos y anhelos más profundos de amar y de ser amado, de sabernos seguros y comprendidos, nuestras motivaciones, la ilusión de vivir, la capacidad de disfrutar, el amor propio, etc.

El Niño natural es también la parte más genuina de nosotros mismos, la que ríe o llora cuando lo siente, que se pone triste o contento en consonancia con los acontecimientos, que dice las cosas tal como las siente, sin restricciones y tabúes, sin prejuicios, la que se asombra con cualquier cosa, que se rebela en las injusticias, que sueña, que cree e intuye todo lo invisible y lo incomprensible. Es además la fuente originaria de la energía vital que como motor vigoriza y moviliza a los estados del Yo Adulto y Yo Padre.

En su aspecto positivo, este estado del yo Niño se manifiesta de forma natural y espontánea, siente y vive las emociones auténticas de manera plena, gusta de disfrutar la alegría de vivir compartiendo con otras personas. Allí reside igualmente el potencial para la creatividad, bien sea artística o científica y para la originalidad. Y contiene además aspectos como la curiosidad, el deseo de aprender, la intuición y la sensibilidad.

En vista de que la gran mayoría de nosotros por simple vanidad, no está consciente ni de la importancia ni del potencial tan admirable que tiene nuestro Niño para la vida, y de que muchos sin darnos cuenta tendemos incluso a menospreciarlo o ignorarlo, es mi deseo revelarles de seguidas, algunas de las magníficas joyas que guarda el portentoso cofre de nuestra infancia en nuestra alma de niño. Y cuando hablo de joya, me refiero indudablemente a algo muy precioso que se usa como adorno.

Por eso, supongo que ustedes estarán de acuerdo conmigo en que el cariño, la ternura, la inocencia, la alegría de vivir, la paz interior, la dulzura, la humildad, la confianza, la espontaneidad y la sinceridad son sin lugar a dudas las joyas inmateriales que adornan a los niños.

AMOR FILIAL, CONFIANZA, Y HUMILDAD

Éste trio de cualidades son joyas excelentes, porque el tener fe en Dios no es más que un acto de confianza, de amor filial y de humildad de parte del ser humano hacia su Creador, quien al reconocer su dependencia y fragilidad natural, se siente objeto del amor misericordioso e incondicional de su Padre celestial.

Un corazón humilde y confiado nos hace volver a ser como niños, haciéndonos capaces de dar ese paso firme hacia delante en la fe y creer en Dios Todopoderoso, tal como una vez creímos y confiamos en nuestros padres cuando éramos pequeños. El amor de hijos o amor filial, es la disposición que lleva al alma a ponerse en las manos de Dios, asi como un niño se echa en el regazo de su madre, buscando seguridad y apoyo.

El orgullo y la vanidad humana que con el pasar de los años florecen y prosperan en el alma adulta, en primer lugar, nos hacen olvidar que una vez fuimos también niños cariñosos y alegres, y en segundo lugar, nos colocan sobre los ojos un velo, que no nos permite reconocer y apreciar esas cualidades del alma en los niños, que por momentos nos rodean o con quienes compartimos, como cualidades que podrían ser muy valiosas para nuestra propia vida y que por lo tanto merecerían ser imitadas.

Pero así, como es con los demás asuntos verdaderamente importantes de la vida del ser humano, ha sido justamente a través de una revelación divina, que Dios nos ha instruido por medio de Jesucristo y su santa Palabra, para que podamos librarnos del ofuscamiento de nuestra mente y quitarnos el velo que turba nuestra vista.

En la Biblia encontramos en el capítulo 18 del Evangelio de Mateo, el relato de la siguiente escena:

En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?» Jesús llamó a un niñito, lo colocó en medio de los discípulos y declaró: «En verdad les digo: si no cambian y no llegan a ser como niños, nunca entrarán en el Reino de los Cielos. El que se haga pequeño como este niño, ése será el más grande en el Reino de los Cielos.” Mateo 18, 1-5

En su respuesta Jesucristo dijo claramente lo que tenemos que hacer y dónde tenemos que buscar.
Somos nosotros mismos los que tenemos que cambiar y no lo demás que está fuera de nosotros. Por lo tanto la búsqueda debe ser en el alma, en nuestra propia interioridad para poder llegar a ser como los niños.
El gran tesoro está dentro de nosotros.

Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad. Juan 4, 24

En nuestras relaciones personales diarias, los seres humanos estamos tan acostumbrados desde nuestra juventud a aparentar y actuar ante los demás, que ya lo hacemos sin darnos cuenta y lo hemos interiorizado en nuestro comportamiento como algo absolutamente normal. Según sean las situaciones, las circunstancias y las personas con las que tratamos, en ciertas ocasiones aparentamos o hacemos ver a los demás con nuestra conducta, algo que no se corresponde con nuestros verdaderos pensamientos, sentimientos e intenciones.

Sin embargo, en nuestra relación con Dios y especialmente en nuestra adoración hacia Él, debemos hacerlo en espíritu y en verdad, es decir, hacerlo sinceramente con toda el alma y la mente desde nuestra vida espiritual interior, lo cual es totalmente lo contrario a la conducta de apariencias que adoptamos cotidianamente en nuestra vida pública. Recordemos que Dios conoce muy bien nuestros pensamientos, sentimientos e intenciones, y que por lo tanto, es sencillamente imposible e inútil tratar de ocultarle algo por medio de apariencias.

En el judaísmo antíguo, los escribas y fariseos desarrollaron una religión externa que consiste en una serie de ceremonias, rituales y vestimentas, acompañadas de infinidad de normas estrictas, que los creyentes judíos tenían que cumplir al pie de la letra, sin prestar al mismo tiempo la debida atención al elemento espiritual de la religión, que significa adorar a Dios en espíritu y en verdad.

El Señor Jesucristo condenó en Jerusalen la hipocresía y la falsedad de los fariseos y sacerdotes, cuando les reprochó de la siguiente manera:

¡Hipócritas! Bien profetizó Isaías de vosotros cuando dijo: “este pueblo con los labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. “Pues en vano me rinden culto, enseñando como doctrinas preceptos de hombres”. Mateo 15, 7-9

En las ceremonias y rituales religiosos que se realizan con el cuerpo, representan a la religión externa: lo que el ojo ve y el oido oye. El espíritu es el elemento interno e invisible de la religión, aquello que el alma recibe, entiende, cree y de lo que se alimenta. Es precísamente el elemento espiritual lo que vivifica a la religión, que la hace algo vivo y regenerador. Esta religión interior espiritual es coherente con la naturaleza espiritual de Dios y con el Espíritu Santo que obra sobre nosotros.

La iglesia católica romana tomó lamentablemente del ritualismo judío, la idea de la vida monástica que practican los monjes y monjas en los monasterios y conventos que conocemos, en los que los monjes y monjas vivían según rígidas reglas de vida establecidas por un monje superior, y que tenían que cumplir cada día por medio de ceremonias, rituales, penitencias, ayunos, oraciones, silencios, etc; hasta el fin de sus vidas.

Erasmo de Rotterdam (1466 – 1536) fue un monje y sacerdote holandés de la Orden de San Agustín, quien a los pocos años de vivir en el monasterio, decidió dejar la vida monástica por considerarla llena de barbarie y de ignorancia, debido a que alli todo se centraba en cumplir ciegamente las reglas por medio de actividades corporales, considerando poco la vida espirtual interior y los fundamentos cristianos como son: el amor, la fe, la Gracia, el perdón, la esperanza y la expiación de nuestros pecados por la muerte en la cruz del Señor Jesucristo.

Erasmo de Rotterdam concibió y defendió el concepto del Cristianismo interior o espiritual para todos los creyentes cristianos, basado en los siguientes criterios:

  1. El llamado a la perfección cristiana es universal para todos sin distinción.
  2. La perfección cristiana no es exclusiva de la condición de ser religioso; no depende de votos, hábitos externos, vida consagrada o cosas semejantes.
  3. Fomenta la espiritualidad laical y coloca al Señor Jesucristo en el centro de la vida espiritual del cristiano.

Una de sus numerosas obras es “Enchiridion”, un pequeño manual práctico para el cristiano ordinario, el cual se basa en el concepto tradicional, de que la vida espiritual del creyente es una lucha constante contra los enemigos del alma (mundo, demonio y carne); y que para vencer con eficacia en esa lucha propone varias armas: la oración, la lectura de de las Sagradas Escrituras y el conocimiento propio. También expone sus ideas acerca de la verdadera esencia del ser humano: la primacía de lo interior y espiritual sobre lo externo y carnal.

Todos en nuestra vida religiosa en la juventud, conocímos probablemente a miembros religiosos de la iglesia que durante los cultos y en eventos públicos, aparentaban una devoción exagerada, mostrando una santidad fingida o falsa. Mientras que en las ocasiones intimas y privadas se comportaban de una manera mundana e irreverente. Yo conocí personalmente unos cuantos sacerdotes y hermanos religiosos, durante mi educación escolar en colegios católicos, a quienes llamábamos “santurrones”, es decir: hipócritas.

Nadie puede burlarse de Dios ni mucho menos engañarlo!

No os engañeis; Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará. Porque el que siembra para su propia carne, de la carne segará corrupción, pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. Gálatas 6, 7-8

La enorme importancia de saberse amado por Dios

Si hay una necesidad espiritual del ser humano que sea vital para desarrollar plenamente su potencial como persona, esa es: amar y saberse amado por alguien. Ahora bien, no debemos confundir dos asuntos que son muy diferentes: el saberse amado, es una condición invariable y permanente de la persona, mientras que el  sentirse amado es una situación circunstancial y temporal, que tiene que ver sobre todo con nuestros sentimientos y emociones. Podemos sentirnos amados en unos momentos más y en otros menos, por el contrario, el saberse amado es una certeza profunda que no cambia.

El amor, la atención, los cuidados y la dedicación que recibe un niño desde su nacimiento, es lo que consiste y lo que se denomina como amor de padres. Maravilloso es el amor de padres particularmente por ese carácter incondicional y generoso que tiene, y por el cual las madres se esmeran en atender las necesidades su hijo. Durante su crecimiento el niño va percibiendo e interiorizando conscientemente el cariño y los cuidados de sus padres adquiriendo asi la seguridad de saberse amado por éllos y de formar parte integrante de la familia, es decir, se crea la conciencia de que él es importante para éllos y no está solo en el mundo.

El amor de padres se basa en una clara condición de la persona y se manifiesta en una actitud instintiva. Su otro aspecto admirable, es que el niño no tiene que ganarse o merecerse ese amor, él lo recibe simplemente por ser hijo y por estar allí. Con los años, al crecer y madurar el niño, va entonces consolidándose en su conciencia esa certeza del saberse amado por sus padres.

El creer que el ser humano y todo el universo son obra de Dios, y que por ser su creación, nos ama profundamente y nos ha dado exclusivamente a nosotros su propio espíritu en forma de alma, es la piedra angular de la fe del creyente cristiano. San Agustín ya decía: “no hay razón más fuerte para el nacimiento del amor o para su crecimiento que el saberse amado, antes incluso de comenzar a amar.”
El saberse amado por Dios y el estar seguro de éllo, es el primer paso del cristiano en su camino como creyente consciente. De allí, su enorme importancia en la vida de todos nosotros.

Por su gran amor a la humanidad, Dios descendió al mundo y se hizo hombre encarnándose en nuestro Señor Jesús el Cristo, su hijo, para enseñarnos con su propia actuación, palabras y ejemplo el plan salvación de Dios; para darnos su Gracia, su Misericordia, su Perdón, su Espíritu de las que tanto dependemos, y  para mostrarnos el verdadero camino al Reino de los Cielos, es decir, a la vida eterna con Dios.
Por eso la Buena Nueva que Jesucristo nos trajo y nos predicó, es la siguiente: saberse amado y salvado por Dios.

La venida de Jesucristo al mundo como Mesías y su gran obra redentora en el Calvario, son la esencia y la demostración suprema y perfecta del amor de Dios para la humanidad. San Juan en su Evangelio en el versículo 3,16 lo dice claramente: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca”.

Sabiendo que todo el amor humano posible, los cuidados, dedicación y disciplina de los padres para sus hijos no podían ser perfectos y que eran tan sólo para el corto tiempo de nuestra vida terrenal, Dios omnipotente como parte de su plan para su creación, envió a su Hijo Jesucristo para mostrarnos el inmenso amor de Dios para con todos los hombres y las mujeres sin exepción alguna, y para hacernos saber que poseemos un espíritu eterno (el alma), que por su obra de sacrificio en la Cruz y su Redención, nos ama también como hijos suyos y que por eso tenemos el gran privilegio de llamarlo Padre. Es muy importante recordar que ese amor divino es eterno, y que nos es otorgado por la pura gracia de Dios, sin tener que ganarlo.

De allí el admirable honor que tenemos los cristianos de saber que poseemos unos padres naturales que nos engendraron y nos criaron, y que también tenemos al Dios creador del cielo y de la tierra como nuestro Padre celestial. Es necesario sólamente creer firmemente ésta verdad, para que podamos vivir y disfrutar de ese privilegio, al hacerlo nuestro. La certeza profunda de saberse amados por Dios genera en el corazón del hombre una esperanza viva, firme, real; una esperanza eterna que da el valor de proseguir en el camino de la vida a pesar de los sufrimientos, de las dificultades y las pruebas que la acompañan.

Muchos se preguntarán pero porqué es tan importante creer en Dios, en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo y además, saberse amado por Dios y tener nuestra esperanza puesta en Jesucristo, cuando ya nos sabemos amados por nuestros padres, madres, familiares, esposos, hijos, amigos, etc?
Primero, porque tenemos (o mejor dicho, somos) un alma que vivirá para siempre la Vida eterna y abundante en el Reino de los cielos, después de la muerte inevitable de nuestro cuerpo.
Y segundo, porque el amor que recibimos de nuestros queridos familiares, esposos, amigos, hijos y el que nosotros damos a los que nos rodean, es un amor que por más fuerte y profundo que sea, está limitado tanto en su pureza e intensidad como en su duración. El amor humano se puede comparar y representar como la llama de una vela. Mientras que el amor de Dios como es puro, de una intensidad inconmensurable y eterno, es como el sol.

Los que se han alumbrado de noche con una vela saben, que la llama no es muy grande, que varía también en intensidad, que es sumamente perecedera porque se puede apagar con un pequeño soplo de aire en cualquier instante, que no dura mucho tiempo porque la cera se consume, y que al final, la pequeña llama se extingue para no encenderse más.

Y cuando un vendaval del caprichoso destino extinga la luz de algunas de las velas que nos alumbran, o cuando venga la avalancha de la muerte y apague nuestra propia llama, que maravilloso refugio y consuelo es entonces saber, que tenemos y contamos para siempre con el amor inmenso de Dios que nos sostiene y nos ilumina el alma, durante las adversidades de la vida en este mundo, y nos da esa esperanza para la vida eterna junto con nuestro Señor Jesucristo y los demás espíritus celestiales en el prometido Reino de los cielos.

El gran amor de Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo estuvieron, están y estarán siempre presentes con todos nosotros, como el aire que respiramos y que nos da la vida, pero que no vemos ni sentimos, y que sin embargo, está siempre allí.

Los conocimientos inflan nuestro orgullo, mientras que el amor nos edifica y nos deleita.

Pero la ciencia hincha, el amor en cambio edifica. Si alguien cree conocer algo, aún no lo conoce como se debe conocer. Mas si uno ama a Dios, ese es conocido por él. 1 Corintios 8, 1

¿Quién no ha vivido la experiencia con alguna persona conocida, quién cuando joven había sido una persona sencilla y humilde, y que después de hacer una carrera universitaria o un Doctorado, se transformó en una persona altiva y soberbia?
Innumerables seres humanos, tan pronto como adquieren mayores conocimientos y títulos, o bien adquieren más riqueza y propiedades, se creen superiores y se creen estar por encima de los demás, llegando algunos incluso a despreciar y a humillar a los que no tienen su nueva posición social privilegiada.

Así sigue sucediendo hoy en día, tal como San Pablo les advirtió a los Corintios hace miles años, que la ciencia o los conocimientos hinchan el orgullo y la vanidad con tal fuerza e intensidad, que pueden convertir en engreídos y vanidosos a muchos individuos.
Ahora bien, cualquiera de ustedes como lectores podría argumentar, pero si ese proceso de engreimiento es normal y no es perjudicial para nadie, ¿dónde está entonces la dificultad y que tiene eso de negativo?
Ser orgulloso en nuestras relaciones con las demás personas, no tiene mayor consecuencia que poderle « caer » algo pesado y antipático a la gente. Sin embargo, es en nuestra relación personal con Dios donde tendremos la gran dificultad.
Ese es el verdadero problema, del cual muchos cristianos no están muy conscientes, en esta época en la que la formación profesional y la adquisición de conocimientos, ha alcanzado una importancia de primer orden en el desarrollo económico de las naciones.

El orgullo y la vanidad inflados es uno de los mayores obstáculos para poder establecer una relación cercana y profunda con Dios.

Sobre los soberbios, la Biblia dice lo siguiente:

  • Yaveh abomina al de corazón altivo, de cierto no quedará impune. Proverbios 16, 5
  • Al que infama a su prójimo en secreto, a ése le aniquilo; ojo altanero y corazón hinchado nos los soporto. Salmo 101, 5
  • Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Santiago 4, 6
  • Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso. Mateo 11, 29

En cambio, si procuramos sinceramente cultivar más la humildad y el amor en nuestras relaciones personales, esa actitud humilde y amorosa nos ayudará con el tiempo, a acudir a Dios por amor y con humildad, y así acercarnos más a Él y conocerlo mejor por medio de la lectura de su Palabra.

El amor edifica y embellece el alma, en tanto que el orgullo y la vanidad la llenan de fatuidad y presunción.

El amor ha sido, es y seguirá siendo la virtud espiritual humana más sublime y de mayor excelencia de todos los tiempos, y por lo tanto, debemos usarla en cada ocasión que se nos presente en el trato con las personas, y aún con mucho más reverencia y respeto en nuestra relación con el Señor Jesucristo.
Si Jesús por su eterno amor a la humanidad, se hizo hombre, enseñó el Evangelio con su ejemplo y sus palabras, y finalmente se humilló y se sacrificó por el perdón de nuestros pecados y por la salvación eterna de nuestras almas. ¿No consideras tú que Jesús se merece una retribución de amor de nuestra parte, y que lo mínimo que podemos hacer, es pagar esa deuda de amor divino, amando a los que nos rodean y siendo un poco más humildes?

Concluyo con unas frases de tres grandes héroes de la fe en Jesucristo, que confirman la enorme importancia de la humildad, para acercarnos y ampararnos en el Amor y la Misericordia de Dios y de Jesús nuestro Salvador:

« La humildad es la raíz de la salvación y de las virtudes, así como la soberbia lo es de los vicios » Orígenes de Alejandría, antiguo Padre de la Iglesia

« La humildad es la raíz permanente de toda vida espiritual, como la raíz del árbol que no deja de profundizar a medida que éste crece. »
Santa Teresa de Jesús

« el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; »
San Pablo a los Corintios

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