El amor verdadero es para gente valiente e inconformista

Cualquiera que estando a orillas de un riachuelo y que desee deleitarse con el agua pura y fresca del manantial, para poder llegar hasta él, tiene necesariamente que ir contra la corriente y marchar por un camino empinado.

Con el amor verdadero, por ser igualmente puro y fresco, sucede exactamente igual. Para poder disfrutar de una relacion amorosa auténtica, profunda y apasionada, los enamorados tienen, por lo general, tambien que ir contra rígidas normas y costumbres tanto de sus familias como de la sociedad, y además, estar dispuestos a vivir en algunas circunstancias difíciles o no tan cómodas.

El escritor francés François de La Rochefoucauld, quien vivió en el siglo XVIII, refiriéndose a la rareza de encontrar en esa época parejas que se amaran profundamente y con todo su corazón, dijo: “El verdadero amor es como los espíritus: todos hablan de ellos, pero pocos los han visto».

La gran mayoría de las personas se enamoran en algún momento de su vida, y llegan por lo tanto a sentir, cómo el espíritu del amor-pasión dentro de su ser, brota impetuoso y fluye como un manantial, y en consecuencia, viven interiormente esa experiencia única y maravillosa que es el enamoramiento, pero, debido a diversos temores que les asaltan, refrenan sus sentimientos y tras amarga lucha interior terminan por aplacarlos gradualmente.

Entre los miedos a la pasión del amor puro, existen unos bien fundados como el temor al sufrimiento de no ser correspondido o de ser engañado, es decir, circunstancias que están fuera de su poder de acción y que hacen irrealizable la vivencia del amor aunque sea ese su más ardiente deseo; y existen otros que son actualmente los más frecuentes, aquellos generados por la  poderosa influencia que ejerce el medio socioeconómico y cultural que nos rodea, como el miedo de disgustar a la familia, el de contrariar las exigencias de la clase social, y aún más  a menudo, el temor a sacrificar un acomodado y fácil estilo de vida que le puede proporcionar otro pretendiente más adinerado y de una mejor formación profesional.

Muchas personas que no son capaces de vencer esos miedos y que tienden a conformarse gustosamente con los convencionalismos sociales,  prefieren reprimir sus genuinos sentimientos y taponar su propio manantial de agua rica y pristina, para después tener al final de cuentas que contentarse con beber un agua revuelta y terrosa, satisfaciendo sólo a medias su sed de amor, pero eso sí, dándose sus gustos materiales preferidos.

Es perfectamente comprensible en la Francia de hace 300 años, que el señor de la Rochefoucauld no haya visto muchas relaciones de felices enamorados, ya que las severas normas morales y hábitos sociales que imponían a sangre y fuego la iglesia católica y la sociedad vigente, sencillamente no lo permitian, y por eso la mayoría de los enamorados tanto hombres como mujeres, tenían más que razón y les correspondía el derecho de lamentarse por la falta de libertad personal.

Por eso llama tanto la atención el hecho, de que justamente hoy en día, cuando disponen los individuos, y de manera muy particular las mujeres en el ámbito sentimental, de una libertad personal tan enorme, para elegir entre una amplísima gama de opciones y para expresar sus sentimientos y opiniones en diversas maneras,  por un lado se sigan viendo relativamente pocos felices enamorados,  y por el otro lado, se vean tantas relaciones matrimoniales por conveniencia y como  resultado lógico, tantas parejas infelices y divorciadas.

Situación ésta que me hace pensar en el la tremenda vigencia, que tiene todavía el viejo refrán popular: “El amor y el interés se fueron al campo un día, pero más pudo el interés que el amor que le tenía.”

Platón en la antigua Grecia, hablando del amor puro, dijo una vez: “No hay hombre tan cobarde a quién el amor no haga valiente y transforme en un héroe.”

De ahí se puede derivar, que el dejarse guiar por los sentimientos amorosos puros es efectivamente un acto de heroísmo, lo cual explica claramente entonces, que sean muy pocas las parejas verdaderamente enamoradas, que se logran ver hoy en día entre nosotros.

Sin embargo, el amor espiritual o verdadero como potencia divina que viene de Dios Todopoderoso, continúa  actuando y soplando como viento espiritual sobre su amada Humanidad,  y sigue llevando consigo esa maravillosa fuerza transformadora de voluntades, en la búsqueda de corazones que lo reciban gustosamente y le permitan hacer brotar el manantial de ese amor que tan magistralmente describe el apóstol Pablo en su Epístola a los Corintios Cap. 13, 4-7:

El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.  El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Ése es el amor de los felices enamorados que son tan difícil de ver entre nosotros, ése es el amor que envalentona a los cobardes, el mismo que fabrica a los que podríamos llamar: héroes del amor.

Termino con una frase de Santa Teresa de Jesús, que tiene mucha médula y sustancia, de la cual deberíamos de nutrirnos más, nosotros que vivimos en una sociedad tan entregada al argumento racional y utilitario:

Lo provechoso para el alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho.

El amor de Jesucristo por nosotros es más fuerte que la muerte

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Juan 13, 1

Dios es amor. Esta es quizás la descripción más sencilla, más instructiva y más acertada para expresar lo que Dios debería de significar para todos los creyentes cristianos del mundo. Dicha frase se encuentra cerca del final de la Biblia en la primera epístola de San Juan: Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él.
(1 Juan 4, 8-9)

Dediquemos unos minutos a recordar la promesa de vida eterna del Señor Jesucristo y la obra de redención para el perdón de nuestros pecados; y también a imaginarnos primero, el rechazo y desprecio que recibió de sus hermanos de raza judíos; segundo, las vejaciones y humillaciones que Jesús tuvo que soportar antes de ser crucificado, y finalmente, la terrible y lenta muerte que padeció en la cruz del Calvario.
Y ahora les ruego que pensemos, en que Jesucristo siendo Hijo único de Dios, pasó por todo eso, únicamente por amor a toda la Humanidad y por amor a Dios Padre.

Igualmente es oportuno que recordemos, que el amor de Dios hacia nosotros es eterno, puesto que Dios no ama a nuestros cuerpos mortales que perecen, sino que ama sobre todo a nuestras almas o espíritus inmortales que vivirán eternamente.

El amor divino es inagotable, no tiene fin y tampoco tiene ningún obstáculo que lo detenga o interrumpa.
Dios nos ama desde que nacemos en este mundo y nos seguirá amando sin interrupción después de la muerte.

La promesa de vida eterna está plasmada clara y diáfanamente en el Evangelio para todos, solamente es necesario creer en Jesucristo y esperar con fervor en esa esperanza viva, confiando con la fe firme de un niño pequeño, en que el Hijo de Dios cumplirá su promesa.

Roguémosle al Espiritu Santo que nos fortalezca nuestra fe y nos conceda la humildad necesaria, para aferrarnos al amor y a la misericordia del Salvador que nos ama hasta el extremo.

La unión por amor de una pareja para toda la vida, solamente puede ser obra de Dios.

« Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y serán una sola carne. » Génesis 2, 24

Sobre el amor se ha dicho y escrito muchísimo, pero son muy pocos los autores que han reconocido que el verdadero origen y la fuente del amor entre parejas es un misterio, puesto que no se sabe porqué el amor aparece y desaparece de repente, y además, porque es algo completamente inesperado. El amor humano es un misterio porque es una facultad del alma, y por lo tanto, es espiritual. Pero como la ciencia no quiere reconocer la existencia del alma ni de Dios, los científicos intentan explicar el origen del amor con unas teorías neuroquímicas cada vez más absurdas, que lindan ya con el ridículo.

Yo por mi parte estoy convencido de que el origen y la fuente del amor es Dios, no solamente porque así lo afirman las Sagradas Escrituras, sino también por mi propia experiencia y porque es una realidad espiritual tan evidente y perceptible en la vida, que resulta una necedad negarlo.

El enamoramiento es la manifestación espiritual por excelencia en la vida, y es igualmente la más notoria que pueda sentir un ser humano, sobre todo por su condición de ser tan misteriosa y hasta mágica. Tal como sucede con todo lo que es de la dimensión espiritual que forma parte de nuestro cuerpo, cada individuo lo percibe a su manera y por medio de las usuales vivencias, sentimientos, pensamientos, imaginaciónes, ideas, pasiones y emociones que se viven o se padecen en esos bellos instantes.

Asi como sucede en el fenómeno espiritual llamado la ofuscación del entendimiento, en que nuestra mente se oscurece o se nubla, y por consiguiente, no somos capaces de percibir todo lo que esta presente en la realidad. En el caso del enamoramiento sucede todo lo contrario, nuestra mente se aclara o se ilumina, y entonces de repente, percibimos nuevos detalles y aspectos en la persona amada, de los cuales anteriormente no nos habíamos percatado.

La persona amada tiene ahora algo que nos atrae mucho, posee un brillo que emite y centellea como lo hace un faro desde la costa a los barcos que navegan de noche en el mar oscuro, de ese mismo modo, la amada con su brillo resplandeciente señala y orienta al enamorado, quien a partir de ese momento sólo tiene ojos para mirarla a élla.

A continuación, se despierta en el enamorado su conciencia amorosa, la cual le susurra suavemente, que esa persona tan atrayente es muy digna de ser amada. Asi sucede entonces, como por arte de magia, que todo aquello que forma parte de la persona amada como su aspecto físico, su personalidad, sus gestos y hasta sus defectos, le gustan al enamorado.

En la experiencia del enamoramiento, lo que hace tan maravilloso al amor verdadero, es que el enamorado logra más adelante considerar a su amada como parte integrante de su propio ser, culminándose así la milagrosa obra de que ya no son dos seres opuestos y ajenos, sino que se han fusionado espiritualmente en un sólo ser.
Tal como Dios lo prometió y está escrito en el versículo del Génesis.

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