Medita mucho sobre el cielo, que esa esperanza te ayudará a seguir adelante y a olvidar la fatiga del camino.

« Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros. »
Romanos 8, 18

« Porque solamente en esperanza estamos salvados. Ahora bien, cuando se ve lo que se espera, ya no se espera más: ¿acaso se puede esperar lo que se ve? En cambio, si esperamos lo que no vemos, lo esperamos con constancia. » Romanos 8, 24-25

San Pablo fue un gran apóstol del Evangelio, porque supo magistralmente interpretar y transmitir el mensaje de Jesucristo con palabras que lo hicieron más comprensible a toda la humanidad. Muchos de nosotros cuando escuchamos las expresiones fe y esperanza por primera vez, no comprendimos en aquél tiempo su gran importancia para la vida, y mucha gente hoy en día, aún no la han logrado comprender bien.

La fe y la esperanza son tan necesarias para los seres humanos, que sin éllas la vida humana sería impensable, puesto que no seríamos personas sino animales actuando guiados por los instintos biológicos conocidos. La esperanza es la espera de algo y el anhelo de alcanzar en el FUTURO lo esperado. Se podría decir entonces, que somos seres que vivimos orientados hacia el futuro llenos de buenas expectativas, porque siempre estamos mirando hacia el futuro, hacia el mañana, hacia lo que está por venir. El día que dejemos de esperar algo del futuro, a partir de ese día no tendremos más ganas de vivir o nuestra vida se convertirá simplemente en un vivir muriendo. Sin esperanza la vida pierde sentido y vigor.

Es natural que estemos siempre esperando lo mejor y tengamos buenas expectativas para nosotros y nuestros seres queridos, pero cuando menos lo esperamos, ese futuro incierto también nos traerá a todos sin excepción, esos tiempos de tristeza, sufrimiento, amargura, angustia, pena, dolor, enfermedad, duelo, agonía y finalmente el de la muerte, que forman parte de la realidad cambiante e inevitable de la vida humana en este mundo.

Antes de ser crucificado Jesús les dijo a sus Discípulos con la clara intención de animarlos a perseverar en la fe y en la esperanza: « Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo. » Juan 16, 33.

La promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos más allá de la muerte que anunció el Señor Jesucristo, es la maravillosa revelación de Dios para toda la humanidad, de que la existencia de nuestro espíritu o alma inmortal no termina aquí en este mundo al morir, sino que después nos espera una nueva vida espiritual y eterna. Esa es la gloriosa esperanza cristiana, que ha sido capaz de consolar, fortalecer y hacer perseverar hasta el final a los creyentes cristianos en medio de los infortunios, enfermedades, sufrimientos y demás golpes de la vida, durante los más de dos mil años de historia del cristianismo.

Todo lo que aparece escrito sobre la esperanza en el Nuevo Testamento lo ha dicho prácticamente San Pablo, por eso y con toda razón, se le podría llamar el predicador de la esperanza cristiana.
En su carta a los Colosenses (Col. 1, 23), Pablo nos exhorta a que permanezcamos anclados en nuestra fe en Jesucristo así como firmes e inconmovibles en la esperanza de vida eterna.

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