La esperanza eterna le da sentido a tu vida en el presente

el navío llamado Esperanza

Esto dice San Pablo magistralmente sobre la esperanza cristiana:

Porque solamente en esperanza estamos salvados. Ahora bien, cuando se ve lo que se espera, ya no se espera más: ¿acaso se puede esperar lo que se ve? En cambio, si esperamos lo que no vemos, lo esperamos con constancia. Romanos 8, 24-25

La fuerza vigorosa, la propagación y el crecimiento del cristianismo en el mundo desde sus inicios hasta la actualidad, se ha sustentado y se ha nutrido de ese maravilloso encuentro del ser humano con el Dios eterno, Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra; pero sobre todo se ha nutrido del encuentro con esa esperanza viva de la vida eterna prometida por nuestro Señor Jesucristo, una esperanza inimaginable, tan grande, tan maravillosa, tan poderosa que supera con creces cualquier otra expectativa común de la vida humana como son: el triunfo, el poder, la libertad, la gloria, la salud, la riqueza, la familia, el trabajo y la fama.

La esperanza nos anima a vivir esperando en sus promesas y a tener confianza en Dios, aún en medio de las horas más oscuras de la historia de la humanidad, aún en medio de las dificultades de la vida cotidiana, incluso en medio de las grandes contrariedades como la enfermedad y la muerte que encontramos en la realización de nuestra misión en la vida.

La esperanza nos conduce a contemplar el futuro con confianza, porque tenemos la mirada puesta en el Señor Jesús. Cristo es la esperanza que no falla nunca, para aquellos que creen en él.

La actitud de la esperanza es la cualidad por excelencia que caracteriza a los creyentes de fe firme, porque saben que Dios es fiel y que Dios ha cumplido su promesa en la obra Redentora y de Salvación de Jesús nuestro Señor.

El cristiano que cree y se aferra a la promesa de vida eterna se convierte en un ser esperanzado, lo cual es muy diferente a una persona optimista. Para ilustrar mejor esta diferencia tendríamos que imaginarnos las dos posibles condiciones antagónicas de vida que todos enfrentamos en nuestra existencia: las épocas de buen tiempo cuando todo va bien y las épocas de las tormentas cuando todo va de mal en peor.

En las épocas de buen tiempo es fácil ser optimista, pero durante las tormentas de la vida el optimismo se tambalea y se agota. Por el contrario, el esperanzado está confiado y fortalecido por su fe tanto en las épocas de buen tiempo como de las tormentas.

Con la ayuda de la siguiente metáfora náutica, trato de representar con símbolos de la navegación a vela en el mar, la enorme importancia del papel que cumple la esperanza en nuestras vidas como el vehículo que nos carga y nos lleva:

El amor de Dios, cual viento espiritual inagotable, está soplando siempre.
Por eso, para aprovecharlo tenemos solamente que izar las velas de nuestra fe, para que con la viva esperanza como navío, seamos capaces de navegar sin temor alguno en el tempestuoso mar de la vida, rumbo a las playas eternas de nuestra patria celestial.

 

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