EL LLAMADO DE JESÚS A LOS ADULTOS A SER COMO NIÑOS.
LOS NIÑOS SON LOS VERDADEROS EJEMPLOS DE VIRTUDES Y CUALIDADES ESPIRITUALES.
Cuando entre personas creyentes de cualquier religión, se habla sobre el tema de las huellas divinas dejadas por Dios en el mundo natural, durante el proceso de la Creación del universo, resultan ser innumerables los testimonios y las evidencias del rastro que dejó Dios de su grandiosa obra.
En el caso del cristianismo, se mencionan en la Biblia un gran número de relatos de manifestaciones de Dios a los hombres, que están en la naturaleza que nos rodea. San Pablo refiriéndose a ese asunto afirma claramente lo siguiente:
« porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. » Romanos 1, 19-20
De ésta afirmación de Pablo, muchos se habrán extrañado en aquel tiempo y se extrañan hoy todavia y se preguntan:¿ cómo es eso posible, que cosas invisibles se puedan hacer claramente visibles? La respuesta es muy sencilla: Hay que creer primero, para poder verlas!
Para ser capaz de ver las realidades espirituales es indispensable creer que ellas existen. La huellas propias del mismísimo Dios en la creación son de naturaleza espiritual y son invisibles, pero afortunadamente, por medio de la facultad que poseemos de creer las verdades reveladas por Dios, se pueden hacer claramente visibles.
Estoy plenamente de acuerdo con la opinión del místico español Juan de la Cruz cuando al referirse a la mejor huella de Dios, escribió la siguiente frase:
„El alma del ser humano, hecha a imagen y semejanza de Dios, es la mejor huella que Dios dejó de sí en la creación”.
Para mí eso es una gran verdad, la cual lamentablemente ha pasado a un segundo plano en estos tiempos modernos en que el materialismo y el dinero reinan el mundo. Sin embargo, Dios por su Gracia y su amor eterno hacia la humanidad nos lo hace recordar insistentemente a traves de su huella dejada en nosotros. Y en el ser humano como criatura de Dios, es en el cuerpecito aún blando del niño, donde está estampada la huella del pulgar de su Hacedor.
Si, son los niños el maravilloso testimonio universal, permanente y familiar de la naturaleza divina del espíritu, que Dios le insufló al Hombre en el momento de su creación. Jesucristo nos lo reveló y lo enseñó en la memorable escena con los niños, en que Él les dice a sus discípulos:
“Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.” Marcos, 10, 13-16
Creer y recibir a Dios como lo haría un niño, es decir, con la fe, el amor, la humildad y la confianza que caracteriza a los niños pequeños en su relación con sus padres. Esto es una evidencia más de ese gran misterio que enmascara el plan de Dios, por el cual en su insondable sabiduría, Él eligió la sencillez y las cosas comunes para revelarse a la humanidad.
Efectivamente, en nuestro tiernos y candorosos hijos o nietos pequeños, tenemos los adultos el grandioso privilegio de contemplar y percibir en plena acción y durante el brevísimo período de la infancia, cómo las cualidades espirituales invisibles del alma divina se hacen visibles. Solamente hace falta en primer lugar, creer que éllas existen teniendo siempre presente que el cuerpo las esconde, y en segundo lugar, desear verlas conscientemente mediante la observación atenta y cuidadosa de todo lo que hacen y dicen los niños.
Para poder reconocer y notar en los niños las manifestaciones del alma humana, tenemos los adultos que desmantelar nuestros prejuicios y deshacer la vanidosa jactancia de creer, que son únicamente los niños los que tienen que aprender del ejemplo de sus padres, y que los niños no tienen nada en absoluto que enseñarnos.
La actitud más sensata y adecuada en la relación entre padres e hijos sería, la de esmerarse concientemente en averiguar cuáles son las fortalezas y debilidades nuestras y cuáles son las de los niños, para poder entonces definir ¿Quién enseña qué, a quién?
Pero uno se pregunta: ¿Por qué al convertirnos en padres y madres, ni siquiera se nos ocurre pensar en hacer algo así? Por ese tremendo complejo de superioridad que tenemos en relación a nuestros hijos y por esas falsas creencias arraigadas en la sociedad, que mantiene separados al mundo de los niños y al mundo de los adultos como el aceite y el agua, que ni siquiera son capaces de mezclarse cuando estan juntos.
Es lógico e indudable que en la gran mayoría de los aspectos y los temas concernientes a la adecuación a la vida pública futura de los niños y a su convivencia en la sociedad, somos los padres y los adultos los que tenemos la responsabilidad y la capacidad de enseñarles y educarles. Eso está claro.
Sin embargo, en lo concerniente a nuestra dimensión espiritual como individuos, es decir concretamente, en lo refente al uso y a la aplicación de las cualidades espirituales naturales que poseemos todavía, son los niños los que nos pueden enseñar a los adultos, por la sencilla razón, de que ésa es su gran fortaleza.
Los adultos no somos mejores que los niños en los aspectos y cualidades espirituales. Esa es precísamente la realidad que a muchos nos cuesta reconocer. Nos creemos y sentimos superiores o mejores que éllos en todos los aspectos de la vida, y la verdad es que no lo somos. Allí esta la gran equivocación, y Jesús por ese motivo, lo declaró públicamente en ese pasaje de las Escrituras.
Los niños pequeños que todavía no han sido « contagiados » por nuestras propias alteraciones de ánimo, complejos, debilidades y deficiencias, son superiores a los adultos en las siguientes capacidades:
- Amar sin condiciones
- Ser auténticos y espontáneos
- Ser sinceros y francos
- Ser humildes
- Creer y confiar plenamente
- Tener paz interior y tranquilidad
- conformarse y ser tolerantes
- aceptarse a sí mismos y estar contentos consigo mismo
- poseer un excelente sentido del humor
- Tener gran libertad interior
- Meditar y ensimismarse
- No dejarse influenciar por las circunstancias o las personas
- Poseer sentido de justicia
- No tener remordimientos de conciencia
Estoy seguro que ésta lista está incompleta y que aún faltan cualidades espirituales de los niños por anotar, que desconozco.
No, no somos los adultos los ejemplos de virtudes y cualidades espirituales.
Son los niños los verdaderos modelos de virtudes. Ellos con su ejemplo nos dan clases magistrales todos los días, pero como nosotros creemos que somos mejores seres humanos que éllos, los subestimamos y no los tomamos en cuenta. Ése es uno de los grandes errores que cometemos en nuestro legítimo afán de ser ejemplos únicos para nuestros hijos en los otros aspectos necesarios e importantes de la vida.
Los niños nacen puros, inocentes, inofensivos y con un insaciable hambre de amor y de atención. El desarrollo y el comportamiento de los niños son el resultado y la consecuencia directa de lo que hacen y dejan de hacer los adultos con éllos durante su crianza y educación. Por lo tanto, si un niño o un adolescente llega a manifestar conductas algo problemáticas, eso es una clara evidencia de que los problemas han sido causados por deficiencias y fallas en las actividades de crianza de los padres y en el trabajo de los maestros y de las escuelas.
Somos los adultos los que con nuestros miedos, conflictos personales, frustraciones, complejos, resentimientos y actitudes negativas, causamos en nuestros niños esas reacciones y conductas indeseables.
No existen niños difíciles o problemáticos, los problema los creamos y los tenemos los adultos, por dejarnos afectar demasiado en nuestra vida interior, de las circunstancias y de las personas que nos rodean.
Fueron los acontecimientos del nacimiento de Jesús y su obra relatada en el Evangelio, lo que lograron que la mirada y la atención del mundo adulto se dirigiera hacia los niños pequeños, quienes en la antigüedad eran considerados por los adultos como seres humanos en estado inferior. Tanto la historia de los tres Reyes magos que vinieron del Oriente para adorar al recien nacido Niño-Dios, como también ese acto insólito y hasta revolucionario de Jesús, de elevar al niño al primer plano y de ponerlo como ejemplo para los adultos, marcaron el inicio de un proceso de cambio en el concepto tradicional sobre la infancia y de su nuevo significado religioso.
A partir de la edad media comienzan a aparecer en el arte de la pintura, la representación de niños pequeños como ángeles y el niño Jesús o el Niño-Dios, en murales de iglesias y en cuadros con motivos religiosos. El alma pura, amorosa y vigorosa de los niños es lo que los hacen semejantes los ángeles de Dios, pero los pintores como no podían pintar algo invisible como es el alma, tuvieron que materializarla por medio de las figuras de sus cuerpecitos.
En el evangelio de Mateo, Jesús hace un claro llamado a los adultos a reconocer, a imitar y a practicar las cualidades espirituales del niño en su relación personal e íntima con Dios:
Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Mateo 18, 2-4
Jesús sabe muy bien que el orgullo, la vanidad y la avarícia de la persona adulta son los impedimentos espirituales que la incapacitan para creer y aceptar a Dios como su Señor y Padre, por esa razón, nos hace el llamado a ser como niños, por que en ellos las virtudes espirituales aún no están adulteradas, sino que conservan todavía su pureza y su vitalidad original, pero sólo por el corto tiempo de la infancia.
Nuestra alma es ese grandioso tesoro espiritual que en los niños resplandece y deslumbra fugazmente, pero eso sí, sólo para aquellos adultos que desean de verdad contemplarlo y que quieren igualmente dejarse inspirar por ellos en su relación con Dios. De manera de poder recuperar, la disposición del alma que como condición previa básica tenemos que tener, para acercarnos a Dios y relacionarnos con él, como hijos con su Padre celestial.
La huella más fresca de Dios en el ser humano está estampada en los niños y está la vista de los que la quieran ver. Jesús te lo reveló. Ahora te toca abrir tu corazón, para dejarte inspirar.
Concluyo con un inspirador comentario del sacerdote italiano Romano Guardini (1885-1968):
«El niño es joven. Posee la sencillez de la mirada y el corazón. Al llegar lo nuevo, lo grande, o redentor, el niño lo mira, se acerca y entra en ello. Esta sencillez es aquella infancia de la que nos habla la parábola. Ser niño, en el fondo, significa lo mismo que ser creyente. Es la actitud natural de la fe. En ella actúa libremente lo que viene de Dios. La infancia espiritual consiste, según Jesús, en vivir de la paternidad de Dios. La infancia espiritual, en el sentido de Jesucristo, es lo mismo que la madurez cristiana».