Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros. 1 Pedro 5:7

INSPIRADORA MEDITACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS, ESCRITA POR EL GRAN PREDICADOR CHARLES H. SPURGEON PARA CADA DÍA.
TOMADA DE SU LIBRO: «DE MAÑANA OIRÉ SU VOZ»

Una forma agradable de minimizar la tristeza es sentir que «Él cuida de nosotros». Cristiano, no deshonres la religión teniendo siempre un rostro preocupado, ve y entrega tu carga al Señor. Estás tambaleando bajo un peso que tu Padre no sentiría. Lo que a tí te parece una carga aplastante sería para Él una insignificancia. No existe nada más dulce que «descansar en las manos del Señor, y conocer solo su voluntad».

Tú, hijo del sufrimiento, sé paciente. Dios, en su providencia no te ha pasado por alto. Él, que es quién alimenta a los gorriones, también te dará lo que necesitas.  La nube más oscura se dispersará en lluvias de bendición. La noche más oscura va dar a lugar a la mañana. Él, si tú eres uno de su familia, va a vendar tus heridas y a sanar tu corazón herido. No dudes de su gracia por causa de la tribulación, más bien cree que Él te ama tanto en los tiempos de problemas como en los tiempos de felicidad.

¡Qué vida tan serena y tranquila podrías llevar si dejaras la provisión en manos de Dios de la Providencia! Con un poco de harina en la tinaja y un poco de aceite en el jarro Elías sobrevivió a la hambruna (1 Reyes 17:12), y tú harás lo mismo. Si Dios se preocupa por ti, ¿para qué tienes que preocuparte tú también? ¿Puedes confiar tu alma a Él y no tu cuerpo? Él nunca se rehusó a llevar tu carga, nunca desmayó bajo su peso.

Ven alma, da fin a tus lamentos y deposita todos tus temores en las manos de tu Dios fiel.

He aquí te he purificado, y no como a plata; te he escogido en horno de aflicción.  Isaías 48, 10

Inspiradora meditación de la Palabra de Dios, escrita por el gran predicador Charles H. Spurgeon para cada día.
Tomada de su libro «De mañana oiré su voz»

Consuélate creyente probado, con este pensamiento Dios dijo: «Te he escogido en el horno de la aflicción». ¿No viene la Palabra como una lluvia suave, que apacigua la furia de las llamas? Sí, ¿No es una armadura de amianto, contra la cual el calor no tiene poder? Dejemos que venga la aflicción, Dios nos ha escogido.

Pobreza, aunque avances hacia nuestra puerta, Dios ya está en la casa y nos ha escogido. Enfermedad, puede que te entrometas, pero tenemos listo un bálsamo, Dios nos ha escogido. Sin importar qué nos ocurra en este valle de lágrimas, sé que Él nos ha escogido.

Si tú, creyente, aún necesitaras mayor consuelo, recuerda que tienes al Hijo del Hombre, allí en el horno contigo. En tu habitación silenciosa, se sienta junto a ti Uno a quién tú no has visto, pero a quien amas y, en ocasiones, cuando no lo sabes, mulle tu cama en tu aflicción. Estás en pobreza, pero en esa, tu amada casa, el Señor de la vida y la gloria es un visitante frecuente.

Él ama ir a esos lugares desolados para visitarte. Tu amigo permanece cerca de ti. No puedes verlo, pero puedes sentir el peso de sus manos. ¿No escuchas acaso su voz? Aún en el valle de sombra de muerte Él dice: «No temas porque yo estoy contigo; no te angusties porque yo soy tu Dios» (Isaias 41:10).
No temas cristiano, Jesús está contigo. En todas tus grandes pruebas, su presencia es tanto tu consuelo como tu seguridad. Él nunca abandonará a uno a quien ha escogido para sí. «No temas porque yo estoy contigo», es la segura palabra de promesa a sus escogidos que están en el «horno de la aflicción».

Entonces, ¿no te tomarás de Cristo y dirás: A través de inundaciones y fuego, si Jesus lidera, yo lo seguiré donde vaya»

Nacidos para la vida eterna

„Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Ustedes están muy equivocados.”  Marcos 12,27

“¿A quien iremos, Señor? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” Juan 6,68

Si hay una incógnita que el ser humano es incapaz de saber por sí mismo, esa es el propósito postrero para el cual ha nacido, para qué ha sido creado? Cada quién en el transcurso de su vida, y de llegar si acaso a pensar seriamente en eso alguna vez, trata de imaginarse algo y en su fantasía termina por soñar algo, que le gustaría ser y lo establece como meta deseable. Sin duda, ésas aspiraciones son importantes y muy necesarias para la vida operativa, pero son insuficientes y sobre todo se quedan muy cortas, cuando de repente nos percatamos, que vamos ya avanzando hacia el ocaso de nuestra breve vida en éste mundo.

A travéz de los tiempos, Dios le ha estado revelando al ser humano lo que le estaba vedado saber por sus propios medios, de allí la enorme importancia que tarde o temprano, la fe religiosa adquiere en la vida de los hombres y las mujeres.

La humanidad en toda su historia no había recibido una revelación de Dios más maravillosa, que la buena nueva que anunció Jesucristo personalmente y por primera vez al mundo: que el ser humano posee un alma inmortal y que después de la muerte, hay una vida eterna en el Reino de los cielos. Debido a ese acontecimiento tan transcendental para la humanidad y que jamás había ocurrido antes, la historia universal fue partida en dos: la historia antes de Cristo y después de Cristo (Anno Domini AD).

Ese hecho da inicio a la era cristiana, al establecerse en el calendario, el año del nacimiento de Jesucristo, como año primero de la era cristiana. Con la venida de Cristo Jesús, se inició un nuevo tiempo para la humanidad, el tiempo de la Gracia y del perdón de Dios, el nuevo tiempo del mensaje y de la obra de la buena nueva, es decir, del Evangelio.

El mensaje y la enseñanza de Cristo están repletos de la visión de la eternidad. El Señor Jesús siempre tuvo una visión de eternidad que le daba forma a su vida cotidiana. El evangelio de Jesús nos enseña a vivir y a morir con metas eternas.

El gran aporte del Cristianismo a la humanidad ha sido el enseñarnos a vivir con esperanza, es decir, a ser seres esperanzados, así como también, el preparar espiritualmente al creyente a recibir el momento de la muerte con la promesa de vida eterna.

“El cristianismo es grande, porque es una preparación para la muerte inevitable.” Esta frase de Cecilio Acosta (1818 – 1881), insigne intelectual y escritor venezolano, resume la portentosa obra que realiza en el alma del creyente, la esperanza viva que surge de la promesa de vida eterna que trajo Jesucristo, el Hijo de Dios, a la humanidad.

El gran filósofo francés Michel de Montaigne (1533 – 1592)  en un ensayo que escribió sobre la superación del temor a la muerte ineludible, afirmó:
“Quien le enseña al hombre a morir,  le enseña a vivir.”

La monja Teresita del Niño Jesús, con apenas 24 años de edad, momentos antes de su muerte podía exclamar con plena conciencia: «Yo no muero, entro en la vida».

El fin último del ser humano es alcanzar un día la eternidad y allí tener la vida en abundancia que nos prometió nuestro Señor Jesucristo: “El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.” Juan 10, 10

Ahora bien, cuando el Señor Jesús afirma que ha venido para que tengamos vida, y vida en abundancia, no se refiere a ésta vida terrenal, simple y llanamente porque vivimos en un cuerpo demasiado frágil y muy limitado; sino que se refiere a la otra vida después de la muerte,  a la vida espiritual, nueva y eterna.

La conciencia de que en ésta vida temporal somos peregrinos y de que nuestro destino final es eterno, debe acompañar nuestra vida en todo momento. Esto lejos de hacernos desentender de nuestra vida en el aquí y ahora, por el contrario nos lleva a tener muy en serio nuestras responsabilidades personales y sociales. La esperanza de alcanzar un día el Cielo, no es consuelo de débiles ni de tontos, sino todo lo contrario, fortaleza de luchadores de la causa de Dios y del amor a los hermanos. Aspirar a las alegrías y bienes del cielo, no va contra la razón, sino que es algo muy humano, natural y necesario.

Uno de los anhelos más profundos y ardientes de todo ser humano es ser inmortal, es el deseo natural de que su existencia no sea liquidada por la muerte, después de de haber vivido una vida tan corta y sufrida, como la que vivimos en éste mundo.

Miguel de Unanmuno (1864-1936) en su conocido libro Del sentimiento trágico de la vida, escribió sobre el deseo innato humano de ser inmortal:
«¡Eternidad! ¡eternidad! Éste es el anhelo: la sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres; y quien a otro ama es que quiere eternizarse en él»

Una bella muestra de la expresión popular del amor eterno entre enamorados, se encuentra en las letras de canciones románticas de épocas pasadas. Cómo ejemplo de una sublime inspiración, transcribo a continuación una de las más conocidas, y que tiene como título “Esperame en el cielo, corazón” del compositor puertoriqueño Francisco López Vidal:

«Espérame en el cielo, corazón,
si es que te vas primero.
Espérame en el cielo, corazón,
para empezar de nuevo.

Nuestro amor es tan grande y tan grande
que nunca termina
y esta vida es tan corta y no basta
para nuestro idilio.

Por eso, yo te pido por favor
me esperes en el cielo
y allí entre nubes de algodón
haremos nuestro nido.«

Es oportuno destacar en este momento, que en la sociedad moderna de consumo y de afán de lucro en que vivimos, los únicos que no consideran como importante y necesaria ésta natural aspiración humana de la esperanza de vida eterna, son: la banca, la industria, el comercio y sus numerosos representantes en la política y en los medios de comunicación; ya que su interés primordial es el de fomentar el disfrute de la vida terrenal y de inflar exageradamente la alegría de nuestra existencia en éste mundo cruel e implacable, porque son éllos los que más se benefician, se hacen más poderosos y se lucran más a expensas de nuestro duro trabajo diario y de nuestro consumo. Y porque trabajar y consumir, sólo se puede en ésta vida.

Agustín de Hipona (354 –430) llamaba gran pensamiento al pensamiento de la eternidad. A la luz de este gran pensamiento, los grandes místicos de la antigüedad consiguieron mirar los tesoros y las grandezas de la tierra como si fueran paja, fango, humo, basura.

Mirándonos nosotros mismos y mirando la fe cristiana a la luz de este gran pensamiento, seremos capaces de valorar y comprender mucho mejor, en primer lugar, nuestra propia existencia, el sentido de la vida y nuestro destino final; y en segundo lugar, el significado que para nuestra vida tienen las enseñanzas de la Santas Escrituras en la Biblia, en particular el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

El apóstol Pablo al anunciar el evangelio en una plaza pública a los paganos y a sus hermanos de raza, los judíos contradecían con blasfemias cuanto Pablo decía:
“Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron: «A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos.”
Hechos 13, 46

Jesús le anunció a la humanidad hace más de 2000 años, que todos los seres humanos como hijos de Dios, somos dignos de la vida eterna.
Ahora bien, cada quién es libre de creer y de aceptar o no esa promesa, cada quién tiene la potestad de considerarse digno de la vida eterna o no.

Por tener el alma, es que el hombre intuye que existe Dios, el Creador y Señor del universo, y por eso siente y experimenta que es un ser inmortal y por lo tanto, digno de vivir eternamente.

Es verdad que pensar en la eternidad nos cuesta mucho, porque no estamos acostumbrados hacerlo. Ni siquiera se nos ocurre pensar en períodos de 10 años, mucho menos en algo tan abstracto y tan extraño como la eternidad, para nosotros seres limitados, quienes desde que nacemos aprendemos a vivir sólo en función de las dimensiones del tiempo (ayer, hoy y mañana) y del espacio inmediato que nos rodea. Vivir infinitamente en la eternidad nos parece un sueño, una película de ciencia-ficción.
Y aunque nos cueste mucho también aceptarlo, la eternidad es una gran realidad tan verdadera y tan cierta, como lo será algún día nuestra propia muerte.

Jesús afirmó  y nos prometió que al final de nuestra vida terrenal nos espera la vida eterna en la Casa de su Padre en el reino de los Cielos.

Nuestra alma vive en un cuerpo muy frágil y susceptible a enfermedades o accidentes, que pueden en cualquier momento perjudicar sus funciones vitales, pudiéndonos convertir en un instante en enfermos, o dicho de otra manera: en moribundos curables. Después de transcurrido los años y de haber consumido nuestro tiempo de vida, ya una vez viejos, nos convertiremos en moribundos incurables, para algún dia, por causa de muerte, tener que dejar ésta tierra para despertarnos en el reino de los vivos, es decir: el reino de Dios.
Sí, esa es la buena nueva que Jesucristo, nos trajo y predicó para toda la humanidad. Una nueva tan buena que nada lo puede igualar, la bendita nueva de que Dios descendió al hombre, para que el hombre al morir pueda ascender al reino de Dios.

Por eso es que el cristiano que cree firmemente en su Redentor Jesucristo quien resucitó y vive para siempre, concibe la muerte como un amanecer, como el momento en que empieza a cumplirse esa gloriosa esperanza viva, basada en las promesas de vida eterna que fueron pronunciadas por el mismo Hijo de Dios:

«En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. » Juan 14, 2-3

«Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino.» Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.» Lucas 23, 42-43

Los cristianos esperanzados son gente llena de esperanza porque tienen su mirada puesta en la eternidad. El apoderarnos de la promesa de Jesús de la vida eterna y hacer nuestra la eternidad como dimensión real de la vida, significa también poner nuestra existencia temporal sobre una base eterna. Aquellos creyentes que experimentan esto, comprueban la maravilla de sentir el amor de Dios en todo su ser, al despertarse su conciencia divina, y a partir de ese momento, ser capáces de reconocer y sentir su propia alma y de vislumbrar las realidades eternas. 

Esa experiencia interior aviva enormemente la fe y la esperanza incipientes que ya teníamos desde niños en Jesucristo y su buena nueva; y también hace desaparecer el terrible temor a la muerte que nos angustia tanto. Élla también le da a nuestra vida terrrenal ese sentido trascendental, tan necesario para comprender el evangelio cabalmente y para poder superar las pruebas que nos depare el destino durante nuestro paso por éste mundo temporal, porque ahora tenemos la certeza de cual es nuestro propósito final como hijos de Dios: el haber nacido para la vida eterna.

Por su Gracia, recibimos de Dios esa perspectiva eterna en nuestras vidas como un implante divino, la cual nos permite valorarnos nosotros mismos en la justa dimensión, por el hecho de que tenemos a Jesúcristo nuestro Salvador y su Palabra como referencia de nuestro propio valor, y  nos ayuda además, a no darle tanta importancia a los criterios materialistas y utilitarios por los que estamos siendo valorados en la actualidad por el sistema socio-económico imperante, según nuestro nivel económico y social, influencia, profesión o la rentabilidad de nuestro trabajo.

Y haré descender la lluvia en su tiempo; lluvias de bendición serán. Ezequiel 34: 26

Inspiradora meditación de la Palabra de Dios, escrita por el gran predicador Charles H. Spurgeon para cada día. Tomada de su libro titulado:
«De mañana oiré su voz»

Aquí hay misericordia soberana. Y haré descender la lluvia en su tiempo. ¿No es misericordia soberana y divina? Pues ¿quién puede decir: Y haré descender la lluvia en su tiempo sino Dios? Solo hay una voz que puede hablarle a las nubes y hacer que llueva. ¿Quién envió la lluvia sobre la tierra? ¿Quién esparció la lluvia sobre la hierba verde? ¿No soy yo, el Señor? Por lo tanto, es don de Dios y no es creado por el hombre. Eso también necesitó gracia. ¿Qué sería de la tierra sin la lluvia? Puedes arar la tierra, sembrar las semillas, pero: ¿qué puedes hacer sin la lluvia?

Así también absolutamente necesaria es la bendición divina. En vano trabajas hasta que Dios concede la extensa lluvia y envía la salvación. Entonces la gracia divina es abundante: haré descender la lluvia. No dice „les enviaré gotas“, sino lluvias de bendición serán. Así es con la gracia. Si Dios da una bendición, generalmente la da en tal medida que no alcanza el espacio para recibirla. ¡Gracia abundante!
¡Oh! Queremos abundante gracia para mantenernos humildes, para hacernos personas de oración, para hacernos santos, gracia abundante para hacernos fervientes creyentes, para preservarnos a lo largo de esta vida y finalmente llegar al cielo. No podemos lograrlo sin empaparnos en lluvias de gracia. Otra vez, es gracia oportuna.

Y haré descender la lluvia en su tiempo. ¿Cuál es tu estación esta mañana? ¿Es la época de sequía? Entonces, esa es la estación para la lluvia. ¿Es una época de gran pesar y de nubes negras? Entonces, es el tiempo para la lluvia. Y como tus días serán tus fuerzas (Deuteronomio 33: 25) Y aquí hay una variedad de bendiciones. Lluvias de bendición serán. La Palabra está en plural.  Dios enviará todo tipo de bendiciones.. Todas las bendiciones de Dios van unidas, como eslabones en una cadena de oro.  Si Él da gracia de conversión, también dará gracia que consuela. Él enviará lluvias de bendición.

Mira para arriba, tú, planta reseca, y abre tus hojas y flores para recibir el riego celestial.

La fresca huella del divino Creador en la arcilla blanda

EL LLAMADO DE JESÚS A LOS ADULTOS A SER COMO NIÑOS.
LOS NIÑOS SON LOS VERDADEROS EJEMPLOS DE VIRTUDES Y CUALIDADES ESPIRITUALES.

Cuando entre personas creyentes de cualquier religión, se habla sobre el tema de las huellas divinas dejadas por Dios en el mundo natural, durante el proceso de la Creación del universo, resultan ser innumerables los testimonios y las evidencias del rastro que dejó Dios de su grandiosa obra.

En el caso del cristianismo, se mencionan en la Biblia un gran número de relatos de manifestaciones de Dios a los hombres, que están en la naturaleza que nos rodea. San Pablo refiriéndose a ese asunto afirma claramente lo siguiente:

« porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. » Romanos 1, 19-20

De ésta afirmación de Pablo, muchos se habrán extrañado en aquel tiempo y se extrañan hoy todavia y se preguntan:¿ cómo es eso posible, que cosas invisibles se puedan hacer claramente visibles? La respuesta es muy sencilla: Hay que creer primero, para poder verlas!

Para ser capaz de ver las realidades espirituales es indispensable creer que ellas existen. La huellas propias del mismísimo Dios en la creación son de naturaleza espiritual y son invisibles, pero afortunadamente, por medio de la facultad que poseemos de creer las verdades reveladas por Dios, se pueden hacer claramente visibles.

Estoy plenamente de acuerdo con la opinión del místico español Juan de la Cruz cuando al referirse a la mejor huella de Dios, escribió la siguiente frase:

„El alma del ser humano, hecha a imagen y semejanza de Dios, es la mejor huella que Dios dejó de sí en la creación”.

Para mí eso es una gran verdad, la cual lamentablemente ha pasado a un segundo plano en estos tiempos modernos en que el materialismo y el dinero reinan el mundo. Sin embargo, Dios por su Gracia y su amor eterno hacia la humanidad nos lo hace recordar insistentemente a traves de su huella dejada en nosotros. Y en el ser humano como criatura de Dios, es en el cuerpecito aún blando del niño, donde está estampada la huella del pulgar de su Hacedor.

Si, son los niños el maravilloso testimonio universal, permanente y familiar de la naturaleza divina del espíritu, que Dios le insufló al Hombre en el momento de su creación. Jesucristo nos lo reveló y lo enseñó en la memorable escena con los niños, en que Él les dice a sus discípulos:

“Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.»
Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.” Marcos, 10, 13-16

Creer y recibir a Dios como lo haría un niño, es decir, con la fe, el amor, la humildad y la confianza que caracteriza a los niños pequeños en su relación con sus padres. Esto es una evidencia más de ese gran misterio que enmascara el plan de Dios, por el cual en su insondable sabiduría, Él eligió la sencillez y las cosas comunes para revelarse a la humanidad.

Efectivamente, en nuestro tiernos y candorosos hijos o nietos pequeños, tenemos los adultos el grandioso privilegio de contemplar y percibir en plena acción y durante el brevísimo período de la infancia, cómo las cualidades espirituales invisibles del alma divina se hacen visibles. Solamente hace falta en primer lugar, creer que éllas existen teniendo siempre presente que el cuerpo las esconde, y en segundo lugar, desear verlas conscientemente mediante la observación atenta y cuidadosa de todo lo que hacen y dicen los niños.

Para poder reconocer y notar en los niños las manifestaciones del alma humana, tenemos los adultos que desmantelar nuestros prejuicios y deshacer la vanidosa jactancia de creer, que son únicamente los niños los que tienen que aprender del ejemplo de sus padres, y que los niños no tienen nada en absoluto que enseñarnos.

La actitud más sensata y adecuada en la relación entre padres e hijos sería, la de esmerarse concientemente en averiguar cuáles son las fortalezas y debilidades nuestras y cuáles son las de los niños, para poder entonces definir ¿Quién enseña qué, a quién?

Pero uno se pregunta: ¿Por qué al convertirnos en padres y madres, ni siquiera se nos ocurre pensar en hacer algo así? Por ese tremendo complejo de superioridad que tenemos en relación a nuestros hijos y por esas falsas creencias arraigadas en la sociedad, que mantiene separados al mundo de los niños y al mundo de los adultos como el aceite y el agua, que ni siquiera son capaces de mezclarse cuando estan juntos.

Es lógico e indudable que en la gran mayoría de los aspectos y los temas concernientes a la adecuación a la vida pública futura de los niños y a su convivencia en la sociedad, somos los padres y los adultos los que tenemos la responsabilidad y la capacidad de enseñarles y educarles. Eso está claro.

Sin embargo, en lo concerniente a nuestra dimensión espiritual como individuos, es decir concretamente, en lo refente al uso y a la aplicación de las cualidades espirituales naturales que poseemos todavía, son los niños los que nos pueden enseñar a los adultos, por la sencilla razón, de que ésa es su gran fortaleza.

Los adultos no somos mejores que los niños en los aspectos y cualidades espirituales. Esa es precísamente la realidad que a muchos nos cuesta reconocer. Nos creemos y sentimos superiores o mejores que éllos en todos los aspectos de la vida, y la verdad es que no lo somos. Allí esta la gran equivocación, y Jesús por ese motivo, lo declaró públicamente en ese pasaje de las Escrituras.

Los niños pequeños que todavía no han sido « contagiados » por nuestras propias alteraciones de ánimo, complejos, debilidades y deficiencias, son superiores a los adultos en las siguientes capacidades:

  • Amar sin condiciones
  • Ser auténticos y espontáneos
  • Ser sinceros y francos
  • Ser humildes
  • Creer y confiar plenamente
  • Tener paz interior y tranquilidad
  • conformarse y ser tolerantes
  • aceptarse a sí mismos y estar contentos consigo mismo
  • poseer un excelente sentido del humor
  • Tener gran libertad interior
  • Meditar y ensimismarse
  • No dejarse influenciar por las circunstancias o las personas
  • Poseer sentido de justicia
  • No tener remordimientos de conciencia

Estoy seguro que ésta lista está incompleta y que aún faltan cualidades espirituales de los niños por anotar, que desconozco.

No, no somos los adultos los ejemplos de virtudes y cualidades espirituales.
Son los niños los verdaderos modelos de virtudes. Ellos con su ejemplo nos dan clases magistrales todos los días, pero como nosotros creemos que somos mejores seres humanos que éllos, los subestimamos y no los tomamos en cuenta. Ése es uno de los grandes errores que cometemos en nuestro legítimo afán de ser ejemplos únicos para nuestros hijos en los otros aspectos necesarios e importantes de la vida.

Los niños nacen puros, inocentes, inofensivos y con un insaciable hambre de amor y de atención.  El desarrollo y el comportamiento de los niños son el resultado y la consecuencia directa  de lo que hacen y dejan de hacer los adultos con éllos durante su crianza y educación.  Por lo tanto, si un niño o un adolescente llega a manifestar conductas algo problemáticas, eso es una clara evidencia de que los problemas han sido causados por deficiencias y fallas en las actividades de crianza de los padres y en el trabajo de los maestros y de las escuelas.
Somos los adultos los que con nuestros miedos, conflictos personales, frustraciones, complejos, resentimientos y actitudes negativas, causamos en nuestros niños esas reacciones y conductas indeseables.

No existen niños difíciles o problemáticos, los problema los creamos y los tenemos los adultos, por dejarnos afectar demasiado en nuestra vida interior, de las circunstancias y de las personas que nos rodean.

Fueron los acontecimientos del nacimiento de Jesús y su obra relatada en el Evangelio, lo que lograron que la mirada y la atención del mundo adulto se dirigiera hacia los niños pequeños, quienes en la antigüedad eran considerados por los adultos como seres humanos en estado inferior. Tanto la historia de los tres Reyes magos que vinieron del Oriente para adorar al recien nacido Niño-Dios, como también ese acto insólito y hasta revolucionario de Jesús, de elevar al niño al primer plano y de ponerlo como ejemplo para los adultos, marcaron el inicio de un proceso de cambio en el concepto tradicional sobre la infancia y de su nuevo significado religioso.

A partir de la edad media comienzan a aparecer en el arte de la pintura, la representación de niños pequeños como ángeles y el niño Jesús o el Niño-Dios, en murales de iglesias y en cuadros con motivos religiosos. El alma pura, amorosa y vigorosa de los niños es lo que los hacen semejantes los ángeles de Dios, pero los pintores como no podían pintar algo invisible como es el alma, tuvieron que materializarla por medio de las figuras de sus cuerpecitos.

En el evangelio de Mateo, Jesús hace un claro llamado a los adultos a reconocer, a imitar y a practicar las cualidades espirituales del niño en su relación personal e íntima con Dios:

Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Mateo 18, 2-4

Jesús sabe muy bien que el orgullo, la vanidad y la avarícia de la persona adulta son los impedimentos espirituales que la incapacitan para creer y aceptar a Dios como su Señor y Padre, por esa razón, nos hace el llamado a ser como niños, por que en ellos las virtudes espirituales aún no están adulteradas, sino que conservan todavía su pureza y su vitalidad original, pero sólo por el corto tiempo de la infancia.

Nuestra alma es ese grandioso tesoro espiritual que en los niños resplandece  y deslumbra fugazmente, pero eso sí, sólo para aquellos adultos que desean de verdad contemplarlo y que quieren igualmente dejarse inspirar por ellos en su relación con Dios. De manera de poder recuperar, la disposición del alma que como condición previa básica tenemos que tener, para acercarnos a Dios y relacionarnos con él, como hijos con su Padre celestial.

La huella más fresca de Dios en el ser humano está estampada en los niños y está la vista de los que la quieran ver. Jesús te lo reveló. Ahora te toca abrir tu corazón, para dejarte inspirar.

Concluyo con un inspirador comentario del sacerdote italiano Romano Guardini (1885-1968):

«El niño es joven. Posee la sencillez de la mirada y el corazón. Al llegar lo nuevo, lo grande, o redentor, el niño lo mira, se acerca y entra en ello. Esta sencillez es aquella infancia de la que nos habla la parábola. Ser niño, en el fondo, significa lo mismo que ser creyente. Es la actitud natural de la fe. En ella actúa libremen­te lo que viene de Dios. La infancia espiritual consiste, según Jesús, en vivir de la paternidad de Dios. La infancia espiritual, en el sentido de Jesucristo, es lo mismo que la madurez cristiana».

No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las cosas que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. 2. Corintios 4: 18

INSPIRADORA MEDITACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS, ESCRITA POR EL GRAN PREDICADOR CHARLES H. SPURGEON PARA CADA DÍA.
TOMADA DE SU LIBRO: «DE MAÑANA OIRÉ SU VOZ»

En nuestra peregrinación cristiana está bien, en términos generales, mirar hacia adelante. Hacia adelante está la corona y la meta. Ya sea por esperanza, por gozo, por consuelo o por fuente de inspiración de nuestro amor, el futuro debe, después de todo, ser el gran objetivo del ojo de la fe. Al mirar hacia el futuro, podemos ver al pecado echado afuera, al cuerpo del pecado y de muerte destruido, al alma hecha perfecta y preparada para ser partícipe de la herencia de los santos de luz.

Y si miramos todavía más allá, el ojo iluminado del creyente puede ver que el río de la muerte se ha cruzado, que la sombría corriente fue atravesada y que se alcanzan los montes de luz sobre los que se levanta la ciudad celestial, y se ve a sí mismo entrando por las puertas de perlas, aclamado como más que vencedor, coronado por la mano de Cristo, abrazado por Jesús, glorificado junto con Él, y sentándose junto con Él en su trono, exactamente como el que venció y se sentó junto al Padre en el trono.

El pensamiento de este futuro bien puede aliviar la oscuridad del pasado y la penumbra del presente. El gozo del cielo con toda seguridad compensará las tristezas de la tierra.
!Callen, callen todas mis dudas! La muerte no es sino una corriente angosta, y pronto la habrás atravesado.

Tiempo, !qué corto! Eternidad !qué larga! Muerte, cuan breve. Inmortalidad, cuán infinita. A mi parecer, todavía ahora como del racimo del Valle de Escol y bebo del pozo que está a tus puertas. !El camino es tan, tan corto! Pronto estaré allí.

«Cuando el mundo desgarre mi corazón
con su pesada carga de preocupaciones,
pensamientos alegres subirán al cielo
para encontrar refugio de la desesperación.
La optimista visión de la fe me sostendrá
hasta que la peregrinación termine
pueden atribularme los temores y causarme dolor los problemas,
mas a mi hogar celestial finalmente llegaré.»

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