La Biblia es el espejo fiel de nuestras pasiones, luchas y anhelos

Existen unos estados de ánimo o comportamientos opuestos que se definen en el idioma español con las siguientes expresiones de uso común:  estar dentro de sí (la serenidad) y estar fuera de sí (la alteración).

De estos estados mentales antagónicos en los seres humanos, el de la serenidad es el considerado como el más normal, primero, porque es el comportamiento más frecuente en las personas, y segundo, por ser el más apropiado para pensar, reflexionar, evaluar,  analizar, tomar decisiones, y finalmente, para actuar  convenientemente al afrontar los desafíos que la vida nos impone.

Por esa razón vamos a tratar de exponer e ilustrar a continuación, qué es eso que nuestros antepasados denominaron: estar dentro de sí.

La primera pregunta lógica, que se deriva de esas expresiones y que uno como desconocedor de la materia se hace, es: ¿qué es lo que sale de uno mismo y qué es lo que entra? Se podria decir entonces, que ese algo que sale y entra, son los pensamientos y la atención del individuo, los cuales nadie duda de su existencia real, pero que sin embargo, son invisibles e inmateriales por ser de naturaleza  espiritual, y por eso suceden de forma oculta.

Hoy en día a los pensamientos, las ideas y la atención, los alojamos simbólicamente  en nuestro cerebro, pero los antiguos griegos en su tiempo los alojaron en el corazón y los Israelitas mucho antes todavía, los alojaron a su vez en el hígado. Independientemente del órgano humano donde se quiera alojar a las ideas, es sin duda del interior de nuestro cuerpo, de donde éllas surgen y tienen su origen. Los pensamientos emergen de nuestro intelecto, de nuestra conciencia personal, de nuestro yo interior, es decir, de nuestra alma.

Cuando el ser humano se expresa con sus pensamientos e ideas, se manifiesta su conciencia, se afirma como persona concreta y real, afirma su conciencia, la cual es tambien una potencia espiritual humana.

Al estar dentro de sí, nos encontramos espiritualmente en nuestra alma, estamos concretamente en otro mundo, que no está en el mundo natural exterior conocido: nuestro mundo interior. Cuando reflexionamos y meditamos,  hablamos entonces en nuestro interior con nosotros mismos y para eso nos recogemos en nuestra interioridad, desentendiéndonos por algunos instantes del mundo exterior.

Nuestra conciencia, nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestras vivencias espirituales, es decir, nuestro mundo interior, es lo más verdadero y auténtico de nuestra existencia, y por esa sencilla razón, es lo que más deberíamos de consultar y escuchar a la hora de tomar decisiones en la vida.

Eso justamente, es lo que han hecho los grandes héroes de la fe, como el rey David de Judá hace más de 3000 años, quienes han quedado como modelos a imitar para toda la humanidad, y de quienes todos nosotros podríamos aprender muchísimo.

Fíjense en ésta manera tan expresiva y al mismo tiempo tan solícita y cariñosa, con la que David dice para sus adentros clamando: ¿Alma mía por qué te abates, por qué te turbas dentro de mi? Salmo 42, 11

¿Quién no se ha sentido alguna vez, así de triste, de abatido interiormente, de turbado y desconsolado como se sintió David en ese momento?

La Biblia, además de ser la Santa Palabra de Dios y de servir de alimento espiritual para la humanidad, en élla estan descritos y reflejados todos aquéllos estados y las pasiones del alma humana, que todo hombre y mujer han experimentado y padecido en algún momento de su vida.
Por esa razón, se podría considerar la Biblia como el espejo veraz y probado del espíritu humano, de todos los tiempos.

Los espejos normales frente a los cuales nos posamos para contemplarnos, nos muestran sólamente nuestra máscara de carne que llevamos como cuerpo, nos muestran nuestra apariencia y el aspecto físico, nos muestran como nos ven los demás. Pero esos espejos no nos pueden mostrar quién y cómo somos verdaderamente, no nos muestran ni la conciencia ni el alma. Podríamos decir entonces, que las imágenes de las personas que reflejan los espejos, en realidad no son más que un espejismo, una ilusión óptica de lo que en verdad somos.

La Palabra de Dios, que está plasmada en la Biblia no nos muestra al leerla ni figuras de cuerpos, ni máscaras de carne, ni las apariencias de la gente sobre la cual escribe y relata; nos muestra principalmente sus pensamientos, sus hechos, sus sufrimientos, sus aflicciones, sus alegrías, sus satisfacciones, sus luchas, sus sueños, sus defectos, sus virtudes, sus clamores, sus miserias; en resumen, nos muestra el alma humana universal como es, y toda la gama de situaciones y estados posibles, que cualquier ser humano es capaz de vivir y padecer en el transcurso de su vida terrenal.

Es muy cierto que la lectura de la Biblia cuando nos iniciamos en élla, resulta ser dificil, pesada, incomprensible, cruel, despiadada, desgarradora, etc; pero eso sucede porque a todos nos cuesta aceptar que la vida real y el mundo en que vivimos son efectivamente así de crueles, y que esa es la cruda realidad.

Dios nos dice allí la verdad sobre el ser humano y habla con franqueza, nos muestra lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Dios en su Palabra descarna al hombre y a la mujer, y expone así el alma humana sin paliativos y sin disimulaciones.

Eso justamente es uno de los grandiosos méritos de la Biblia: ser el verdadero reflejo del alma humana y el testimonio de la Obra de Dios.

Esa bella expresión de David  “Oh alma mía”, que utiliza para dirigirse a sí mismo, nunca antes la había yo escuchado, y cuando la leí por primera vez me asombró e impresionó tanto, que me quedó grabada en la memoria, porque en esa época me encontraba yo interiormente igualmente abatido y turbado, por un enorme sentimiento de culpa y una fuerte depresión, como supongo se debió haber sentido David, y como se habrán sentido innumerables seres humanos, sino todos, en algúna ocasión de su vida.

Ese salmo de David, es por cierto, una muestra excelente y práctica del amor a sí mismo, al que se refirió Jesucristo en su mensaje sobre el mandamiento más importante.

El amor a sí mismo consiste en atender a nuestra propia alma apropiadamente y corresponder en lo posible sus necesidades fundamentales que son: el conocimiento de la verdad, el amor espiritual, la fe y la esperanza.

La lectura de los salmos de David en la Biblia, ha sido para mi una fuente maravillosa de consuelo, de comprensión y de solidaridad espiritual, porque los salmos me enseñaron en primer lugar, una manera de acudir a Dios por su ayuda y de expresar acertadamente mi propia aflicción y sufrimiento, y en segundo lugar, me enseñaron que otras personas tambien habían experimentado experiencias tormentosas en sus vidas y que habían sufrido en una forma muy similar a la mía.

Aprendí que en esas luchas, que en la vida tenemos necesariamente que librar, tanto en nuestra alma como en el mundo exterior, para sobrevivir y lograr mantenernos en el camino correcto, podemos acudir con toda confianza y humildad a Dios nuestro Padre celestial, en busca de la orientación, de la fortaleza y de la perseverancia que tanto necesitamos para superar las dificultades, y poder salir bien del combate vital, en que todos nosotros sin excepción, nos encontramos en ésta dura y cruel vida terrenal.

Si en alguna de las innumerables luchas que la vida nos pone en nuestro camino, si nuestra alma se llegara abatir por algo, si nos sentimos derribados moralmente, lo mejor que podemos hacer es, recogernos en la intimidad de nuestro ser, estar dentro de sí, centrárnos en lo más profundo de nuestra alma, y dirigirnos a élla y alentarla cariñosamente con las poderosas promesas que Dios nos ha revelado en su Palabra, tal como lo hizo el rey David durante su vida llena de peligros y dificultades.

Si nuestra propia alma está turbada y abatida, ¿cómo podemos nosotros esperar poder ayudar,  consolar y hacer algo eficaz a los que nos rodean? Si nosotros no atendemos y tratamos con amor y dedicación al alma nuestra, ¿cómo vamos ser capaces de amar y atender las necesidades de los demás?

Sería la misma situación, como cuando nuestro Señor Jesucristo les recriminó a los fariseos, por medio de la conocida comparación aquélla de: el ciego que guía a otro ciego.

El cristianismo enseñó el valor del recogimiento, del ensimismamiento, actitud totalmente necesaria para poder entrar dentro sí, poder hablar con nosotros mismos y poder dirigirnos espiritualmente a nuestro Señor Jesucristo por medio de la oración y el clamor.

«Causa reparo el enumerar todo lo que cada uno advierte y reprende en sí mismo con mayor acierto con sólo mirar atentamente al espejo de las Sagradas Escrituras». 
Agustin de Hipona

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