La falta de memoria del recipiente de carne y hueso

El conocido psiquiatra austríaco Viktor Frankl en su libro “el vacío existencial” escribe:  “Cada época tiene su neurosis y cada tiempo necesita su psicoterapia. Hoy en día no nos enfrentamos con una frustación sexual como en los tiempos de Freud, sino con una frustración existencial. El paciente típico de nuestros dias no sufre tanto bajo un complejo de inferioridad, sino bajo un abismal complejo de falta de sentido, acompañado de un sentimiento de vació, razón por la que me inclino a hablar de un vacío existencial.”

Para Frankl el sentido de la vida, es aquello que le confiere propósito a la vida, un significado,  una misión a realizar, que a su vez le proporciona tambien un soporte interno a la existencia. Por lo tanto, la búsqueda de sentido en la vida sería una necesidad específica y fundamental del ser humano, la cual está presente en mayor o menor grado en todas las personas.

Según Frankl y otros psicoterapeutas está demostrado que esa frustración de no encontrar el sentido a la propia vida y la carencia de propósito,  es una fuente de desajuste emocional que conduce con el tiempo a un vacío existencial. Es éste sentimiento de vacío lo que impulsa a las personas afectadas, a tratar de compensarlo de alguna forma, surgiendo de allí las más diversas alteraciones emocionales que causan las adicciones a drogas, las depresiones, las neurosis y otras patologías modernas (obesidad), que atormentan hoy en día a las sociedades de consumo.

Basándome en la comprobación científica por parte de la medicina psiquiátrica, acerca de la magnitud la crisis existencial por la que está atravezando una buena parte de la sociedad moderna, se me ha ocurrido relacionar ese sentimiento de vacío que asedia a tanta gente, con la crisis espiritual y la falta de fe en Dios que se percibe en los países más industrializados, donde debido entre otros factores a la abundancia de bienestar material,  de tecnología, de entretenimiento y de consumismo, se han estado olvidando de si mismos, de su propia dimensión espiritual y de Dios, su Creador.

Para ilustrar en forma figurada y de manera sencilla la relación causa-efecto que existe entre la crisis existencial y la crisis espiritual, he seleccionado un objeto muy común y de uso cotidiano como son los recipientes. Si bien el recipiente es algo ordinario, como símbolo para explicar mi argumentación que viene a continuación, tiene una enorme fuerza de evidencia, incluso me atrevería a decir, hasta mágica.

Empecemos entonces por refrescar la definición y la función del recipiente:

El recipiente es un objeto para guardar o contener algo. Como su propósito y finalidad son la de guardar o englobar un contenido, es el contenido en consecuencia lo de mayor valor y es además, mucho más necesario que el recipiente. Un recipiente sirve para lo que fue fabricado y cumple su propósito, única y exclusivamente cuando contiene algo. Esa es la razón de su existencia. Si está vacío, no sirve de nada  y se desecha. El contenido es lo valioso, lo útil y lo importante.

Antes indagar sobre el sentido de nuestra propia vida y de nuestro destino último, tenemos primero que remontarnos al tema de nuestro origen como seres humanos, y preguntarnos quiénes somos, porqué existimos y qué nos sucede después de la muerte?; lo cual es como un deseo primario del hombre o una curiosidad existencial, que aflora en el transcurso de nuestra vida de vez en cuando, sobre todo en las ocasiones que estamos muy afligidos o sufriendo.

En vista de que el hombre no está en capacidad de responder de manera absoluta y convincente esa incógnita vital, la explicación de nuestro origen la ha recibido por medio de una revelación de Dios, que en el caso de la civilización occidental, la encontramos en el Libro del Génesis en la Biblia.

Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. Génesis. 2,7

La Sagrada Escritura nos relata que en el momento de la creación del mundo y todas las criaturas que conocemos, los seres humanos recibimos de Dios el espíritu inmortal como constituyente de nuestra existencia, el cual se manifiesta en esa fuerza substancial y el propósito natural de vivir que todos poseemos, a la que los antiguos sabios llamaron en latín animus o alma.

Una de las verdades divinas más trascendentales relevada por Dios, es la existencia del espíritu en el ser humano. La realidad indiscutible de que el hombre es una dualidad de cuerpo y alma, que es nuestra dualidad original, que somos un cuerpo con un espíritu, que somos la unión perfecta de una naturaleza material visible y una naturaleza espiritual invisible en el mismo ser.

El término dualidad quiere decir:  la reunión dos fenómenos opuestos en una misma persona o cosa.

Es oportuno mencionar aquí un aspecto importante relacionado con mi interpretación del mensaje contenido en el Evangelio, la cual está basada en la creencia de que el cuerpo y el alma son dos substancias esencialmente distintas e independientes. Nuestro ser está formado entonces de dos dimensiones: el cuerpo (dimensión física) y el alma (dimensión espiritual).

Ésta realidad concreta que somos, se deja representar maravillosamente con el símbolo del recipiente: el ser humano es un recipiente porque contiene el espíritu o alma. Es el apostol Pablo el que hace la magistral representación simbólica del creyente con un recipiente en la Sagrada Escritura:

Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios.
2. Cor 4, 7

En su primera carta a los Corintios Pablo afirma una vez más que somos recipientes (templo) del Espíritu de Dios y que habita en nosotros, cuando encara a sus oyentes diciendo:

¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? 1 Corintios 3, 16

Hablando en forma figurada, el ser humano es más bien un espíritu que vive encerrado en un cuerpo físico, ya que todas las cualidades de la persona única o sujeto inteligente que nos caracteriza como individuos, son fuerzas o potencias espirituales como por ejemplo: el entendimiento, la voluntad, la conciencia, los pensamientos, la memoria, la fe, el amor, la esperanza, las pasiones, la justicia, el perdón, el consuelo, la paz interior, la prudencia,  la fortaleza, la templanza, la bondad , la malicia, etc.
De allí que hasta podríamos también afirmar con propiedad, que somos seres espirituales o realidades espirituales que existimos en un cuerpo.

Es muy conveniente que éste conocimiento de sí mismo y la conciencia de nuestra propia dimension espiritual los tengamos siempre presente, y que con la ayuda de la imaginación, tratemos de visualizar ese espíritu que llevamos dentro y que sentimos cuando sobrepuja a todas las exterioridades de nuestro cuerpo, cuando se manifiesta por medio de nuestro estado emocional y el comportamiento a través de las expresiones visibles y audibles conocidas: las palabras, la risa, el llanto, las caricias, el buen ánimo, el enamoramiento, la tristeza, la alegría, el mal humor, los afectos, los deseos, las pasiones, etc.

¿Qué significa ésta verdad bíblica para nosotros, de que el espíritu habita en nuestro cuerpo, y cuáles son las implicaciones de ser amados por Dios y de ser los recipientes de tan divino tesoro?

El significado es realmente grandioso! Si creen en la Palabra de Dios, traten ustedes por favor de imagínarse esa alegoría de que son unos recipientes o cántaros que contienen el espíritu de Dios, que son los tesoreros de un espíritu divino, que lo llevan dentro de su cuerpo, y que es precísamente por esa razón, que en la Biblia dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios.(Génesis 1, 26)

Eso es lo que tú y yo somos: recipientes y tesoreros del espíritu de Dios, y no descendientes de los monos, como lo cuentan con arrogante ligereza en la escuela.

Nuestra alma es la parte espiritual que tenemos de Dios, en el cuerpo. Somos seres dotados de un cuerpo material y mortal, cuya composición Pablo en forma simbólica la compara con el barro, y de un alma, a la que por ser inmaterial e inmortal, el Apóstol la califica: el tesoro.

Por lo tanto, la importancia del alma es mucho mayor que la del cuerpo, por ser espiritual, de origen divino y eterna. Como recipientes guardamos un gran tesoro: el alma.

Para un alma infeliz, algunas veces un cuerpo sano no es nada más que una prisión insoportable, cuyas cadenas son lamentablemente quebrantadas por el suicidio. Porque los males del alma, los pecados y las infelicidades de todo tipo constituyen para el individuo un peso mucho más doloroso y mucho más terrible de soportar, que todos los padecimientos físicos.

No fue para salvar nuestros cuerpos que el Señor Jesucristo vino al mundo y se hizo inmolar en la Cruz del Calvario en expiación de los pecados de sus criaturas. No fue para salvar los cuerpos que la Iglesia fue instituida, ni es para salvar cuerpos que los sacramentos existen.

Cuando el señor Jesús sanaba cuerpos, era constantemente con el fin principal de salvar sus almas. Dios permite enfermedades y grandes dolores físicos en las personas para atraerlas a la penitencia por medio del sufrimiento. Lo que quiere decir, que Él permite que los cuerpos se enfermen y mueran, para que sus almas se salven.

Por pura Gracia, Dios nos ha concedido el don de considerarnos como sus hijos, y por la Obra redentora del Señor Jesucristo, el privilegio de llamarlo nuestro Padre celestial. El sabernos amados por Dios como sus hijos, nos permite estimar más nuestro propio valor como personas que somos, por el hecho de que tenemos a nuestro Señor Jesucristo y el Evangelio como referencia firme e indiscutible para darnos el valor que merecemos y por lo tanto, no darle en cambio tanta importancia a los criterios materialistas y utilitarios, según los cuales estamos siendo valorados por el sistema socio-económico dominante, que ha establecido una escala de valores que menosprecia la dignidad inherente de las personas, como son: nivel de educación, ingreso económico, estrato social, profesión, apariencia, conocimientos, rasgos étnicos, rendimiento en el trabajo, etc.

Si aceptamos como verdad absoluta la existencia de Dios como Creador del Universo, su Santa Palabra y la Vida y Obra Redentora de su Hijo Jesucristo, cada creyente cristiano puede estar seguro de que como ser humano, su vida posee un sentido innato, un propósito supremo concedido por Dios, que es inherente a su propia existencia y que le confiere ya significado y plenitud básicos a su vida, independientemente de sus aptitudes y su destino.

Dios tiene para cada uno de nosotros una vida con finalidad y además provechosa, pero por lo general no nos revela su propósito, para que aprendamos a confiar en Él bajo cualquier tipo de circunstancias en que nos toque vivir.

Según mi opinión, la crisis existencial de la que habla el señor Frankl es por lo tanto, la consecuencia lógica del enfriamiento de la fe en Dios, de la pérdida del interés por lo divino y del olvido de la propia espiritualidad, que se derivan de ese frívolo estilo de vida de la sociedad actual, con el que pretendiendo ignorar a Dios y la tradición cristiana, nos hemos entregado al placer y al consumo sin riendas y sin miramientos.

Al olvidarse de Dios, el ser humano no se da cuenta de que simultáneamente se está olvidando de sí mismo, porque en realidad la esencia del hombre es su interioridad, su conciencia, es decir, el fondo de sí mismo, donde se encuentra el alma y por lo tanto la imagen de Dios. Ésto sucede, porque nosotros estamos acostumbrados a pensar, que nuestro ser sólo consiste en nuestra exterioridad: el cuerpo material y visible que percibimos con nuestros sentidos.

No pensamos, ni recordamos que somos justamente “recipientes de carne y hueso”. Y al olvidarse de su contenido, el hombre-recipiente se siente entonces como si estuviera vacío, y al creerse vacío, pierde su propósito original y termina así por perder el sentido de su propia vida.

Esa es la razón por la que yo he resuelto llamar al fenómeno del vacío existencial de una modo más preciso: la falta de memoria del recipiente de carne y hueso.

Los humanos somos sin lugar a dudas seres muy complejos, no solamente tenemos que hacer infinidad de tareas y trabajos, sino tambien tenemos que desempeñar diversos roles o funciones.

Ésta función humana de servir de recipiente del espíritu de Dios, que ahora para nosotros nos resulta extraña, era entre los creyentes cristianos en la Antigüedad seguramente más conocida, que en ésta época nuestra caracterizada por el racionalismo y la ideología del materialismo y del consumo, los cuales están apartando a Dios y la espiritualidad cristiana de la vida pública, mediante la poderosa influencia de los medios de comunicación y la industria del entretenimiento, que atraen y dominan la atención de los individuos en todos los ámbitos de sus actividades, manipulándolos con maña para su propio provecho económico.

Si hay algo que no debemos de olvidar es el espíritu que llevamos dentro, nuestra esencia divina y eterna, el cual nos hace únicos, irrepetibles, dignos por el sólo hecho de existir, no tanto por sus dotes intelectuales o talentos, sólo por ser personas e hijos de Dios.

Concluyo ésta reflexión con unas bellas frases de dos grandes místicos cristianos:

“Conócete a ti misma, alma hermosa: tú eres la imagen de Dios”.  
Ambrosio (349-397)

“Dios esencial y presencialmente está escondido en el íntimo ser de tu alma”
Juan de la Cruz (1542-1591)

La Biblia es el espejo fiel de nuestras pasiones, luchas y anhelos

Existen unos estados de ánimo o comportamientos opuestos que se definen en el idioma español con las siguientes expresiones de uso común:  estar dentro de sí (la serenidad) y estar fuera de sí (la alteración).

De estos estados mentales antagónicos en los seres humanos, el de la serenidad es el considerado como el más normal, primero, porque es el comportamiento más frecuente en las personas, y segundo, por ser el más apropiado para pensar, reflexionar, evaluar,  analizar, tomar decisiones, y finalmente, para actuar  convenientemente al afrontar los desafíos que la vida nos impone.

Por esa razón vamos a tratar de exponer e ilustrar a continuación, qué es eso que nuestros antepasados denominaron: estar dentro de sí.

La primera pregunta lógica, que se deriva de esas expresiones y que uno como desconocedor de la materia se hace, es: ¿qué es lo que sale de uno mismo y qué es lo que entra? Se podria decir entonces, que ese algo que sale y entra, son los pensamientos y la atención del individuo, los cuales nadie duda de su existencia real, pero que sin embargo, son invisibles e inmateriales por ser de naturaleza  espiritual, y por eso suceden de forma oculta.

Hoy en día a los pensamientos, las ideas y la atención, los alojamos simbólicamente  en nuestro cerebro, pero los antiguos griegos en su tiempo los alojaron en el corazón y los Israelitas mucho antes todavía, los alojaron a su vez en el hígado. Independientemente del órgano humano donde se quiera alojar a las ideas, es sin duda del interior de nuestro cuerpo, de donde éllas surgen y tienen su origen. Los pensamientos emergen de nuestro intelecto, de nuestra conciencia personal, de nuestro yo interior, es decir, de nuestra alma.

Cuando el ser humano se expresa con sus pensamientos e ideas, se manifiesta su conciencia, se afirma como persona concreta y real, afirma su conciencia, la cual es tambien una potencia espiritual humana.

Al estar dentro de sí, nos encontramos espiritualmente en nuestra alma, estamos concretamente en otro mundo, que no está en el mundo natural exterior conocido: nuestro mundo interior. Cuando reflexionamos y meditamos,  hablamos entonces en nuestro interior con nosotros mismos y para eso nos recogemos en nuestra interioridad, desentendiéndonos por algunos instantes del mundo exterior.

Nuestra conciencia, nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestras vivencias espirituales, es decir, nuestro mundo interior, es lo más verdadero y auténtico de nuestra existencia, y por esa sencilla razón, es lo que más deberíamos de consultar y escuchar a la hora de tomar decisiones en la vida.

Eso justamente, es lo que han hecho los grandes héroes de la fe, como el rey David de Judá hace más de 3000 años, quienes han quedado como modelos a imitar para toda la humanidad, y de quienes todos nosotros podríamos aprender muchísimo.

Fíjense en ésta manera tan expresiva y al mismo tiempo tan solícita y cariñosa, con la que David dice para sus adentros clamando: ¿Alma mía por qué te abates, por qué te turbas dentro de mi? Salmo 42, 11

¿Quién no se ha sentido alguna vez, así de triste, de abatido interiormente, de turbado y desconsolado como se sintió David en ese momento?

La Biblia, además de ser la Santa Palabra de Dios y de servir de alimento espiritual para la humanidad, en élla estan descritos y reflejados todos aquéllos estados y las pasiones del alma humana, que todo hombre y mujer han experimentado y padecido en algún momento de su vida.
Por esa razón, se podría considerar la Biblia como el espejo veraz y probado del espíritu humano, de todos los tiempos.

Los espejos normales frente a los cuales nos posamos para contemplarnos, nos muestran sólamente nuestra máscara de carne que llevamos como cuerpo, nos muestran nuestra apariencia y el aspecto físico, nos muestran como nos ven los demás. Pero esos espejos no nos pueden mostrar quién y cómo somos verdaderamente, no nos muestran ni la conciencia ni el alma. Podríamos decir entonces, que las imágenes de las personas que reflejan los espejos, en realidad no son más que un espejismo, una ilusión óptica de lo que en verdad somos.

La Palabra de Dios, que está plasmada en la Biblia no nos muestra al leerla ni figuras de cuerpos, ni máscaras de carne, ni las apariencias de la gente sobre la cual escribe y relata; nos muestra principalmente sus pensamientos, sus hechos, sus sufrimientos, sus aflicciones, sus alegrías, sus satisfacciones, sus luchas, sus sueños, sus defectos, sus virtudes, sus clamores, sus miserias; en resumen, nos muestra el alma humana universal como es, y toda la gama de situaciones y estados posibles, que cualquier ser humano es capaz de vivir y padecer en el transcurso de su vida terrenal.

Es muy cierto que la lectura de la Biblia cuando nos iniciamos en élla, resulta ser dificil, pesada, incomprensible, cruel, despiadada, desgarradora, etc; pero eso sucede porque a todos nos cuesta aceptar que la vida real y el mundo en que vivimos son efectivamente así de crueles, y que esa es la cruda realidad.

Dios nos dice allí la verdad sobre el ser humano y habla con franqueza, nos muestra lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Dios en su Palabra descarna al hombre y a la mujer, y expone así el alma humana sin paliativos y sin disimulaciones.

Eso justamente es uno de los grandiosos méritos de la Biblia: ser el verdadero reflejo del alma humana y el testimonio de la Obra de Dios.

Esa bella expresión de David  “Oh alma mía”, que utiliza para dirigirse a sí mismo, nunca antes la había yo escuchado, y cuando la leí por primera vez me asombró e impresionó tanto, que me quedó grabada en la memoria, porque en esa época me encontraba yo interiormente igualmente abatido y turbado, por un enorme sentimiento de culpa y una fuerte depresión, como supongo se debió haber sentido David, y como se habrán sentido innumerables seres humanos, sino todos, en algúna ocasión de su vida.

Ese salmo de David, es por cierto, una muestra excelente y práctica del amor a sí mismo, al que se refirió Jesucristo en su mensaje sobre el mandamiento más importante.

El amor a sí mismo consiste en atender a nuestra propia alma apropiadamente y corresponder en lo posible sus necesidades fundamentales que son: el conocimiento de la verdad, el amor espiritual, la fe y la esperanza.

La lectura de los salmos de David en la Biblia, ha sido para mi una fuente maravillosa de consuelo, de comprensión y de solidaridad espiritual, porque los salmos me enseñaron en primer lugar, una manera de acudir a Dios por su ayuda y de expresar acertadamente mi propia aflicción y sufrimiento, y en segundo lugar, me enseñaron que otras personas tambien habían experimentado experiencias tormentosas en sus vidas y que habían sufrido en una forma muy similar a la mía.

Aprendí que en esas luchas, que en la vida tenemos necesariamente que librar, tanto en nuestra alma como en el mundo exterior, para sobrevivir y lograr mantenernos en el camino correcto, podemos acudir con toda confianza y humildad a Dios nuestro Padre celestial, en busca de la orientación, de la fortaleza y de la perseverancia que tanto necesitamos para superar las dificultades, y poder salir bien del combate vital, en que todos nosotros sin excepción, nos encontramos en ésta dura y cruel vida terrenal.

Si en alguna de las innumerables luchas que la vida nos pone en nuestro camino, si nuestra alma se llegara abatir por algo, si nos sentimos derribados moralmente, lo mejor que podemos hacer es, recogernos en la intimidad de nuestro ser, estar dentro de sí, centrárnos en lo más profundo de nuestra alma, y dirigirnos a élla y alentarla cariñosamente con las poderosas promesas que Dios nos ha revelado en su Palabra, tal como lo hizo el rey David durante su vida llena de peligros y dificultades.

Si nuestra propia alma está turbada y abatida, ¿cómo podemos nosotros esperar poder ayudar,  consolar y hacer algo eficaz a los que nos rodean? Si nosotros no atendemos y tratamos con amor y dedicación al alma nuestra, ¿cómo vamos ser capaces de amar y atender las necesidades de los demás?

Sería la misma situación, como cuando nuestro Señor Jesucristo les recriminó a los fariseos, por medio de la conocida comparación aquélla de: el ciego que guía a otro ciego.

El cristianismo enseñó el valor del recogimiento, del ensimismamiento, actitud totalmente necesaria para poder entrar dentro sí, poder hablar con nosotros mismos y poder dirigirnos espiritualmente a nuestro Señor Jesucristo por medio de la oración y el clamor.

«Causa reparo el enumerar todo lo que cada uno advierte y reprende en sí mismo con mayor acierto con sólo mirar atentamente al espejo de las Sagradas Escrituras». 
Agustin de Hipona

El nuevo pacto de Dios con el pueblo judío, fue realizado por el Señor Jesucristo cuando vino al mundo, y por esa razón, en realidad somos los creyentes cristianos el nuevo pueblo Dios.

El gran profeta de Israel Jeremías, en el capítulo 31 de su Libro que se encuentra en el Antiguo Testamento de la Biblia, le dedica 13 versículos al Nuevo Pacto que Dios decidió hacer con la Casa de Israel y con la casa de Judá. Estos son tres versículos que he seleccionado por ser claves y fundamentales de esa profecía:

He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.

No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová.

Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.
Jeremías 31: 31-33

A continuación encontrarán una excelente y hermosa meditación sobre el capítulo 31 de Jeremías, que escribió el predicador inglés Charles Spurgeon:

Yo seré a ellos por Dios“ Jeremías 31:33

!Cristiano! Acá está todo lo que necesitas. Para ser feliz querías algo que te diera satisfacción, ¿no es esto suficiente? Si no puedes verter esta promesa en tu copa, no podrás afirmar como lo hizo el rey David: „has llenado mi copa a rebosar“ (Salmo 23: 5), tengo más de lo que el corazón puede desear.
Cuando esta promesa, „Yo seré su Dios“, se cumple, ¿no eres poseedor de todas las cosas? El deseo es insaciable como la muerte, pero aquel que puede llenarlo todo puede satisfacer el deseo. ¿quién puede conocer la medida de nuestros deseos, sino la inmensurable riqueza de Dios que puede rebasarla?

Te pregunto: ¿Te sientes incompleto aún cuando Dios es tuyo? ¿Deseas algo aparte de Dios? Si todo lo demás fallara, ¿no alcanzaría la completa suficiencia de Dios para satisfacerte? Pero tú querías más que serena satisfacción, deseabas deleite extremo. Ven, alma, aquí en tu porción existe música digna del cielo, pues Dios mismo ha creado el cielo. No toda la música ejecutada con dulces instrumentos, ni proveniente de seres vivientes, puede entregar una melodía semejante a la de esta dulce promesa: „Yo seré su Dios“.

Encontramos aquí un profundo océano de gozo, un infinito océano de de deleite. Ven, baña tu espíritu en él, nada prolongadamente y no encontrarás la orilla, sumérgete en la eternidad, y no encontrarás el fondo. „Yo seré su Dios“.
Si esto no hace que tus ojos brillen y que tu corazón palpite aceleradamente con gozo, tu alma no está sana. Pero tú deseabas más que placeres actuales, anhelaste algo por medio de lo cual pudieras ejercitar la esperanza, y ¿qué más puedes desear excepto que se cumpla esta gran promesa?: „Yo seré su Dios“.

Esta es la obra maestra de las promesas. Disfrutarla es tener el cielo en la Tierra, y hará también que sea el cielo allá arriba. Sumérgete en la luz del Señor, y permite que tu alma sea siempre satisfecha con su amor. Extrae el tuétano y la grosura que esta porción te entrega. Vive de acuerdo a sus privilegios y regocíjate con gozo indecible.

El amor verdadero es para gente valiente e inconformista

Cualquiera que estando a orillas de un riachuelo y que desee deleitarse con el agua pura y fresca del manantial, para poder llegar hasta él, tiene necesariamente que ir contra la corriente y marchar por un camino empinado.

Con el amor verdadero, por ser igualmente puro y fresco, sucede exactamente igual. Para poder disfrutar de una relacion amorosa auténtica, profunda y apasionada, los enamorados tienen, por lo general, tambien que ir contra rígidas normas y costumbres tanto de sus familias como de la sociedad, y además, estar dispuestos a vivir en algunas circunstancias difíciles o no tan cómodas.

El escritor francés François de La Rochefoucauld, quien vivió en el siglo XVIII, refiriéndose a la rareza de encontrar en esa época parejas que se amaran profundamente y con todo su corazón, dijo: “El verdadero amor es como los espíritus: todos hablan de ellos, pero pocos los han visto».

La gran mayoría de las personas se enamoran en algún momento de su vida, y llegan por lo tanto a sentir, cómo el espíritu del amor-pasión dentro de su ser, brota impetuoso y fluye como un manantial, y en consecuencia, viven interiormente esa experiencia única y maravillosa que es el enamoramiento, pero, debido a diversos temores que les asaltan, refrenan sus sentimientos y tras amarga lucha interior terminan por aplacarlos gradualmente.

Entre los miedos a la pasión del amor puro, existen unos bien fundados como el temor al sufrimiento de no ser correspondido o de ser engañado, es decir, circunstancias que están fuera de su poder de acción y que hacen irrealizable la vivencia del amor aunque sea ese su más ardiente deseo; y existen otros que son actualmente los más frecuentes, aquellos generados por la  poderosa influencia que ejerce el medio socioeconómico y cultural que nos rodea, como el miedo de disgustar a la familia, el de contrariar las exigencias de la clase social, y aún más  a menudo, el temor a sacrificar un acomodado y fácil estilo de vida que le puede proporcionar otro pretendiente más adinerado y de una mejor formación profesional.

Muchas personas que no son capaces de vencer esos miedos y que tienden a conformarse gustosamente con los convencionalismos sociales,  prefieren reprimir sus genuinos sentimientos y taponar su propio manantial de agua rica y pristina, para después tener al final de cuentas que contentarse con beber un agua revuelta y terrosa, satisfaciendo sólo a medias su sed de amor, pero eso sí, dándose sus gustos materiales preferidos.

Es perfectamente comprensible en la Francia de hace 300 años, que el señor de la Rochefoucauld no haya visto muchas relaciones de felices enamorados, ya que las severas normas morales y hábitos sociales que imponían a sangre y fuego la iglesia católica y la sociedad vigente, sencillamente no lo permitian, y por eso la mayoría de los enamorados tanto hombres como mujeres, tenían más que razón y les correspondía el derecho de lamentarse por la falta de libertad personal.

Por eso llama tanto la atención el hecho, de que justamente hoy en día, cuando disponen los individuos, y de manera muy particular las mujeres en el ámbito sentimental, de una libertad personal tan enorme, para elegir entre una amplísima gama de opciones y para expresar sus sentimientos y opiniones en diversas maneras,  por un lado se sigan viendo relativamente pocos felices enamorados,  y por el otro lado, se vean tantas relaciones matrimoniales por conveniencia y como  resultado lógico, tantas parejas infelices y divorciadas.

Situación ésta que me hace pensar en el la tremenda vigencia, que tiene todavía el viejo refrán popular: “El amor y el interés se fueron al campo un día, pero más pudo el interés que el amor que le tenía.”

Platón en la antigua Grecia, hablando del amor puro, dijo una vez: “No hay hombre tan cobarde a quién el amor no haga valiente y transforme en un héroe.”

De ahí se puede derivar, que el dejarse guiar por los sentimientos amorosos puros es efectivamente un acto de heroísmo, lo cual explica claramente entonces, que sean muy pocas las parejas verdaderamente enamoradas, que se logran ver hoy en día entre nosotros.

Sin embargo, el amor espiritual o verdadero como potencia divina que viene de Dios Todopoderoso, continúa  actuando y soplando como viento espiritual sobre su amada Humanidad,  y sigue llevando consigo esa maravillosa fuerza transformadora de voluntades, en la búsqueda de corazones que lo reciban gustosamente y le permitan hacer brotar el manantial de ese amor que tan magistralmente describe el apóstol Pablo en su Epístola a los Corintios Cap. 13, 4-7:

El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.  El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Ése es el amor de los felices enamorados que son tan difícil de ver entre nosotros, ése es el amor que envalentona a los cobardes, el mismo que fabrica a los que podríamos llamar: héroes del amor.

Termino con una frase de Santa Teresa de Jesús, que tiene mucha médula y sustancia, de la cual deberíamos de nutrirnos más, nosotros que vivimos en una sociedad tan entregada al argumento racional y utilitario:

Lo provechoso para el alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho.

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