El nuevo pacto de Dios con el pueblo judío, fue realizado por el Señor Jesucristo cuando vino al mundo, y por esa razón, en realidad somos los creyentes cristianos el nuevo pueblo Dios.

El gran profeta de Israel Jeremías, en el capítulo 31 de su Libro que se encuentra en el Antiguo Testamento de la Biblia, le dedica 13 versículos al Nuevo Pacto que Dios decidió hacer con la Casa de Israel y con la casa de Judá. Estos son tres versículos que he seleccionado por ser claves y fundamentales de esa profecía:

He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.

No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová.

Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.
Jeremías 31: 31-33

A continuación encontrarán una excelente y hermosa meditación sobre el capítulo 31 de Jeremías, que escribió el predicador inglés Charles Spurgeon:

Yo seré a ellos por Dios“ Jeremías 31:33

!Cristiano! Acá está todo lo que necesitas. Para ser feliz querías algo que te diera satisfacción, ¿no es esto suficiente? Si no puedes verter esta promesa en tu copa, no podrás afirmar como lo hizo el rey David: „has llenado mi copa a rebosar“ (Salmo 23: 5), tengo más de lo que el corazón puede desear.
Cuando esta promesa, „Yo seré su Dios“, se cumple, ¿no eres poseedor de todas las cosas? El deseo es insaciable como la muerte, pero aquel que puede llenarlo todo puede satisfacer el deseo. ¿quién puede conocer la medida de nuestros deseos, sino la inmensurable riqueza de Dios que puede rebasarla?

Te pregunto: ¿Te sientes incompleto aún cuando Dios es tuyo? ¿Deseas algo aparte de Dios? Si todo lo demás fallara, ¿no alcanzaría la completa suficiencia de Dios para satisfacerte? Pero tú querías más que serena satisfacción, deseabas deleite extremo. Ven, alma, aquí en tu porción existe música digna del cielo, pues Dios mismo ha creado el cielo. No toda la música ejecutada con dulces instrumentos, ni proveniente de seres vivientes, puede entregar una melodía semejante a la de esta dulce promesa: „Yo seré su Dios“.

Encontramos aquí un profundo océano de gozo, un infinito océano de de deleite. Ven, baña tu espíritu en él, nada prolongadamente y no encontrarás la orilla, sumérgete en la eternidad, y no encontrarás el fondo. „Yo seré su Dios“.
Si esto no hace que tus ojos brillen y que tu corazón palpite aceleradamente con gozo, tu alma no está sana. Pero tú deseabas más que placeres actuales, anhelaste algo por medio de lo cual pudieras ejercitar la esperanza, y ¿qué más puedes desear excepto que se cumpla esta gran promesa?: „Yo seré su Dios“.

Esta es la obra maestra de las promesas. Disfrutarla es tener el cielo en la Tierra, y hará también que sea el cielo allá arriba. Sumérgete en la luz del Señor, y permite que tu alma sea siempre satisfecha con su amor. Extrae el tuétano y la grosura que esta porción te entrega. Vive de acuerdo a sus privilegios y regocíjate con gozo indecible.

El amor verdadero es para gente valiente e inconformista

Cualquiera que estando a orillas de un riachuelo y que desee deleitarse con el agua pura y fresca del manantial, para poder llegar hasta él, tiene necesariamente que ir contra la corriente y marchar por un camino empinado.

Con el amor verdadero, por ser igualmente puro y fresco, sucede exactamente igual. Para poder disfrutar de una relacion amorosa auténtica, profunda y apasionada, los enamorados tienen, por lo general, tambien que ir contra rígidas normas y costumbres tanto de sus familias como de la sociedad, y además, estar dispuestos a vivir en algunas circunstancias difíciles o no tan cómodas.

El escritor francés François de La Rochefoucauld, quien vivió en el siglo XVIII, refiriéndose a la rareza de encontrar en esa época parejas que se amaran profundamente y con todo su corazón, dijo: “El verdadero amor es como los espíritus: todos hablan de ellos, pero pocos los han visto».

La gran mayoría de las personas se enamoran en algún momento de su vida, y llegan por lo tanto a sentir, cómo el espíritu del amor-pasión dentro de su ser, brota impetuoso y fluye como un manantial, y en consecuencia, viven interiormente esa experiencia única y maravillosa que es el enamoramiento, pero, debido a diversos temores que les asaltan, refrenan sus sentimientos y tras amarga lucha interior terminan por aplacarlos gradualmente.

Entre los miedos a la pasión del amor puro, existen unos bien fundados como el temor al sufrimiento de no ser correspondido o de ser engañado, es decir, circunstancias que están fuera de su poder de acción y que hacen irrealizable la vivencia del amor aunque sea ese su más ardiente deseo; y existen otros que son actualmente los más frecuentes, aquellos generados por la  poderosa influencia que ejerce el medio socioeconómico y cultural que nos rodea, como el miedo de disgustar a la familia, el de contrariar las exigencias de la clase social, y aún más  a menudo, el temor a sacrificar un acomodado y fácil estilo de vida que le puede proporcionar otro pretendiente más adinerado y de una mejor formación profesional.

Muchas personas que no son capaces de vencer esos miedos y que tienden a conformarse gustosamente con los convencionalismos sociales,  prefieren reprimir sus genuinos sentimientos y taponar su propio manantial de agua rica y pristina, para después tener al final de cuentas que contentarse con beber un agua revuelta y terrosa, satisfaciendo sólo a medias su sed de amor, pero eso sí, dándose sus gustos materiales preferidos.

Es perfectamente comprensible en la Francia de hace 300 años, que el señor de la Rochefoucauld no haya visto muchas relaciones de felices enamorados, ya que las severas normas morales y hábitos sociales que imponían a sangre y fuego la iglesia católica y la sociedad vigente, sencillamente no lo permitian, y por eso la mayoría de los enamorados tanto hombres como mujeres, tenían más que razón y les correspondía el derecho de lamentarse por la falta de libertad personal.

Por eso llama tanto la atención el hecho, de que justamente hoy en día, cuando disponen los individuos, y de manera muy particular las mujeres en el ámbito sentimental, de una libertad personal tan enorme, para elegir entre una amplísima gama de opciones y para expresar sus sentimientos y opiniones en diversas maneras,  por un lado se sigan viendo relativamente pocos felices enamorados,  y por el otro lado, se vean tantas relaciones matrimoniales por conveniencia y como  resultado lógico, tantas parejas infelices y divorciadas.

Situación ésta que me hace pensar en el la tremenda vigencia, que tiene todavía el viejo refrán popular: “El amor y el interés se fueron al campo un día, pero más pudo el interés que el amor que le tenía.”

Platón en la antigua Grecia, hablando del amor puro, dijo una vez: “No hay hombre tan cobarde a quién el amor no haga valiente y transforme en un héroe.”

De ahí se puede derivar, que el dejarse guiar por los sentimientos amorosos puros es efectivamente un acto de heroísmo, lo cual explica claramente entonces, que sean muy pocas las parejas verdaderamente enamoradas, que se logran ver hoy en día entre nosotros.

Sin embargo, el amor espiritual o verdadero como potencia divina que viene de Dios Todopoderoso, continúa  actuando y soplando como viento espiritual sobre su amada Humanidad,  y sigue llevando consigo esa maravillosa fuerza transformadora de voluntades, en la búsqueda de corazones que lo reciban gustosamente y le permitan hacer brotar el manantial de ese amor que tan magistralmente describe el apóstol Pablo en su Epístola a los Corintios Cap. 13, 4-7:

El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.  El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

Ése es el amor de los felices enamorados que son tan difícil de ver entre nosotros, ése es el amor que envalentona a los cobardes, el mismo que fabrica a los que podríamos llamar: héroes del amor.

Termino con una frase de Santa Teresa de Jesús, que tiene mucha médula y sustancia, de la cual deberíamos de nutrirnos más, nosotros que vivimos en una sociedad tan entregada al argumento racional y utilitario:

Lo provechoso para el alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho.

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