El amor de Dios devuelve la belleza al alma

La frase que hace de título es una esclarecida y certera afirmación de Agustín de Hipona, uno de los grandes doctores de la iglesia cristiana, quién con su genial talento y su extraordinaria sensibilidad espiritual, supo captar e interpretar con exepcional tino el mensaje de las Sagradas Escrituras como ningún otro teólogo, lo cual le permitió aclarar a la Humanidad muchos misterios revelados en la Biblia y ponerlos al alcance de generaciones de creyentes cristianos ordinarios, como tú y yo.

Agustín después de haber meditado profundamente sobre la caridad o amor verdadero, logró llegar a la conclusión de que el amor es la cualidad espiritual por excelencia que le transmite la belleza al alma humana, y así lo manifestó a sus oyentes en uno de sus sermones, con la siguiente sentencia:

 “La belleza crece en ti en la misma proporción en que crece tu amor, puesto que el amor mismo es la belleza del alma.”

Agustín define al amor como el ingrediente indispensable que hace crecer o aumentar la belleza, hermosura o atractivo en un ser humano de una manera efectiva y duradera. En sentido figurado podríamos comparar el efecto del amor sobre la belleza del alma, con el efecto inmediato del aire cuando se sopla en un globo y le hace aumentar de tamaño.

Entre más capaz sea una persona de amar al prójimo como así mismo, más digna será esa persona de ser amada por los demás. El amor es un arte que hay que aprenderlo amando. Es necesario amar a alguien para aprender el arte de amar.
Es a partir del momento del nacimiento, en que se inicia el proceso de aprendizaje de amar en el niño, quien amando a su madre porque lo ama, alimenta y cuida con esmero, va aprendiendo a amar de ese modo.

Con cada día que pasa en contacto con su madre, el niño va desarrollando y fortaleciendo su capacidad de amar, así su amor va creciendo cada vez más hasta alcanzar ese amor incondicional y vigoroso con el que llegan a amar a sus padres, hermanos y demás familiares que conviven con él. Y en la medida que va creciendo el amor en el niño, en esa misma medida crece la belleza de su alma, la cual le transmite a los niños pequeños su cualidades características:  alegría, graciosidad, ternura, dulzura, encanto y bondad, en resumen, la belleza natural de los infantes.

Los niños pequeños con su enorme capacidad de amar, pareciera que pueden tejer a su alrededor una gran telaraña invisible de amor en la que se queda prendido todo cuanto pasa cerca: joven, anciano, vecina, amiga; así como se lo imaginó en una oportunidad el gran escritor ruso León Tolstoi.

Es tan notorio y lógico el enunciado de San Agustín, que se podría expresar incluso por medio de la siguiente fórmula:

más amor = más belleza del alma = más belleza de la persona

La conclusión que se deriva de esta fórmula es muy clara: Si deseamos ser amados, primero tenemos nosotros que ser capaces de amar.

¿Estas tú mujer amando suficiente en la actualidad o estas más bien ambicionando poseer más conocimientos, más dinero o trabajos de mayor responsabilidad? La envidia, los celos, la ambición, todo tipo de avidez, son pasiones; el amor es una acción y es el ejercicio de una virtud humana, que sólo puede realizarse en la libertad y jamás como resultado de una compulsión.

Erich Fromm en su libro El arte de amar dice: El amor es una actividad, no un afecto pasivo; es un «estar continuado», no un «súbito arranque». En el sentido más general, puede describirse el carácter activo del amor afirmando que amar es fundamentalmente dar, no recibir.

Recordemos la muy conocida frase del Señor Jesucristo: «Más Bienaventurado es dar que recibir«. Hechos 20, 35

La belleza en términos generales tanto para personas como para objetos es descrita en el diccionario como: el conjunto de cualidades cuya manifestación sensible nos produce un deleite espiritual, un sentimiento de admiración.

Sabemos que en las personas existen dos tipos de belleza: la belleza del cuerpo o exterior y la belleza del alma o interior. Se sabe también que existe una relación predeterminada de correspondencia y de dependencia entre ellas pero en un sólo sentido: del alma hacia el cuerpo. La belleza del alma es manifestada por el cuerpo por medio de la forma de ser de la persona, su personalidad y su simpatía. En el sentido opuesto no ocurre lo mismo, puesto que la belleza del cuerpo no puede hacer crecer la belleza del alma.

La belleza exterior dura muy poco tiempo, es superficial y muy susceptible a alteraciones por enfermedades, accidentes y el envejecimiento natural, mientras que la belleza del alma por ser de naturaleza espiritual no se altera, siempre y cuando logremos mantener nuestra capacidad de amar a través del ejercicio del amor. Así como procuramos mantener los músculos activos y fuertes, haciendo ejercicios corporales periódicamente.

San Agustín también escribió en latín Amor, pondus animae, que significa el amor es el peso del alma, lo que la hace densa, lo que le da valor. La capacidad de amar de una persona es lo que la hace amable, valiosa, agradable, encantadora para los demás.

El aspecto exterior y la belleza corporal llaman la atención de los otros y atraen las miradas durante unos instantes, pero poco después termina la curiosidad y pasa.

El apóstol Pedro en su primera carta le recomienda a las mujeres lo siguiente:

No se preocupen tanto por lucir peinados rebuscados, collares de oro y vestidos lujosos, todas cosas exteriores, sino que más bien irradie de lo íntimo del corazón la belleza que no se pierde, es decir, un espíritu gentil y sereno. Eso sí que es precioso ante Dios. 1 Pedro 3, 3-4

Me imagino que el apóstol Pedro al hacer esa recomendación en particular, desea que las mujeres no enfoquen tanto su atención en atraer y seducir al varón para tenerlo a su lado por un corto tiempo, sino más bien para que puedan retenerlo a su lado y comparta toda la vida con ellas. La finalidad del consejo de Pedro coincide con el profundo deseo de cada mujer de lograr tener familia y una relación amorosa duradera.

Al inicio de la relación sentimental, la belleza corporal está indudablemente en el primer plano del interés y de la atención de los enamorados, y después de conocerse mejor, se va convirtiendo la belleza del alma en lo principal, pasando así la belleza física a un segundo plano. Este cambio en la preferencia se da de un modo imperceptible, por eso uno como enamorado no se percata del cambio, sencillamente porque uno no sabe distinguir cuál es la belleza del cuerpo y cuál es la belleza del alma. A uno le gusta la persona amada como es élla toda, y eso es lo único que cuenta.

Ya en los tiempos de la antigua Grecia, Platón en su obra El banquete refiriéndose a la belleza del cuerpo y a la belleza del alma, decía que amar de verdad a alguién es liberarse de las apariencias del cuerpo, porque “cuando uno ama una alma bella, permanece fiel toda la vida, porque lo que ama es durable”.

Sócrates hablando sobre la belleza femenina, dijo:

«La belleza de la mujer se halla iluminada por una luz que nos lleva y convida a contemplar el alma que habita tal cuerpo, y si aquélla es tan bella como ésta, es imposible no amarla.»

Ahora bien, la belleza corporal es un atributo sumamente subjetivo y es un asunto muy personal porque se trata del gusto individual y único que tiene cada ser humano. Por su parte, el amor es una fuerza espiritual que viene de Dios y como tal es universal y enigmático, por consiguiente, la belleza del alma en los seres humanos es igualmente universal y misteriosa. No ha sido por mera casualidad, sino por voluntad expresa de Dios que el amor y la belleza espiritual interior sean los factores determinantes y los que más cuentan en las relaciones personales.

He aquí, una evidencia más tanto de la universalidad del amor y la justicia de Dios para todos los hombres y mujeres, como del inexplicable misterio del amor que envuelve las relaciones sentimentales de los seres humanos, el cual siempre nos sorprende y nos deja perplejos.

El amor verdadero o espiritual entre parejas, como don que recibimos de Dios, ha sido un misterio de la vida humana en el pasado y lo sigue siendo hoy en día.
No sabemos cómo aparece en nuestras vidas, ni por qué lo sentimos con unas personas determinadas, ni sabemos tampoco la razón de su desaparición inesperada.

Hay personas que le dan más preferencia a la belleza física que a la belleza del alma, otros prefieren la belleza interior de la persona que su belleza exterior. Unos logran establecer relaciones amorosas estables y duraderas, y otros no tienen tanta suerte en sus experiencias amorosas o se aburren en algún momento de su pareja, prefiriéndo entonces terminar su relación actual y buscarse una nueva pareja más joven. De todo hay en la viña del Señor.

Amar y ser amado son necesidades primarias del alma, y por eso cada ser humano se esmera en satisfacerlas a su manera muy particular.

Sin embargo, cada individuo tiene que aprender a distinguir muy bien entre la necesidad del amor carnal y la necesidad del amor espiritual e incondicional.
El amor carnal es el deseo natural del cuerpo que tiene por finalidad el placer y la satisfacción inmediata.  El amor puro es el deseo del alma que tiene como finalidad que el gozo espiritual que experimenta no deje de existir nunca, es decir, que se haga eterno.

El deseo muere automáticamente cuando se logra: fenece al satisfacerse. El amor en cambio, es un eterno insatisfecho”.  José Ortega y Gasset

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