El alma de niño: inagotable y esplendorosa fuente de la espiritualidad cristiana

Introducción

La joven Monja Teresa del Niño Jesús  escribió lo siguiente sobre la interioridad infantil:

„Ved al niño: está lleno de defectos, es ignorante, no sabe nada, todo lo rompe, cae a cada momento en las mismas faltas, y, no obstante, este niño es muy cándido, vive en paz, se divierte y duerme tranquilo. ¿Sabéis por qué? Tiene la simplicidad interior, se conoce tal cual es, acepta en paz la humillación de su estado, confiesa su ignorancia, su inexperiencia, sus defectos; a todo responde: «es verdad», y, cuando ha hecho esta confesión, en lugar de avergonzarse. de llorar, o de enfadarse por ello, se va a jugar. habla de otras cosas como de ordinario. He aquí el secreto de la paz interior: la simplicidad de la infancia. ¡Ah! creedme. poned vuestra paz interior en esta sencillez de niño, y será inalterable. Si queréis ponerla en vuestra enmienda, en vuestros progresos en la perfección, no la tendréis nunca. He aquí una razón profunda: es que, cuanto más nos acercamos a Dios, más descubrimos nuestra miseria y nuestra nada y he aquí por qué cuanto más santa es el alma, es también más humilde..”

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897) es sin duda la autora espiritual que más difundió la doctrina del abandono del creyente cristiano en Dios, hasta tal grado, que la Iglesia resolvió primero beatificarla y más tarde recomendarla a todos los católicos, como digno ejemplo a  imitar en la manifestación del amor, de la humildad y de la confianza hacia Dios con alma de niño.

Su mensaje es que la espiritualidad se basa en la sencillez , y para alcanzarla propone lo que élla llamó el “caminito de la infancia espiritual”, es decir, el hacerse pequeño como un niño. Pero hacernos pequeños como niños supone dar un golpe mortal al orgullo y a la vanidad que nos impiden abandonarnos y descansar en Dios, lo que en consecuencia tambien nos incapacita para vivir una vida más espiritual.

Las obras que se hacen para causar la admiración de la gente no son las que tienen valor, sino el amor por el cual se hacen y con el que están vivificadas. Dios no necesita nuestras obras deslumbrantes, ni nuestro afán de destacarnos sobre los demás. Lo que Dios busca es nuestro amor hacia al prójimo y a Él.

El amor puro puede vivificarlo todo: desde la obtención de un premio nobel hasta la acción tan trivial de pelar papas en una cocina.

Lo maravilloso de tener alma de niño

Lo que le da alegría y color a ésta vida que vivimos y sufrimos debajo del sol, son esos bellos estados del alma, que surgen de la bóveda que guarda el tesoro de nuestra infancia y que como los genios bonachones de las fábulas, salen de su claustro en el precíso instante en que los necesitamos, para endulzar y sosegar los inevitables sinsabores, problemas y dificultades de la existencia humana.

Sin el condimento del buen ánimo, la alegría de vivir, la diversión, la ternura, la inocencia, el deleite en las cosas sencillas y el encanto de la credulidad, atributos todos del alma de niño, la vida humana no sería digna de ser llamada vida. El alma de niño tiene además en nosotros los adultos otra función importantísima de socorro y protección, ya que es también el chaleco salvavidas espiritual con el que hemos sido dotados por Dios, para poder mantenernos a flote en esos mares de penas y aflicciones, que con frecuencia tenemos que atravesar en el transcurso de nuestra vida.

Las cualidades como la alegría, credulidad, inocencia, sencillez, humildad, sinceridad y paz interior, son virtudes que caracterizan la forma de ser de los niños. Por experiencia propia, sabemos que esas son sólo algunas de las grandes cualidades, que el ser humano posee en su caudal natural de facultades espirituales, pero que durante el avance de su desarrollo hacia su condición de adulto, van siendo gradualmente arrinconadas y sustituidas por otros estados del alma más insensibles, y debido también a las duras experiencias, prejuicios o suspicacias aprendidas, terminan siendo aplacadas.

Sin embargo, lo importante es recordar que esas nobles virtudes son innatas, que aún forman parte integrante de nuestro ser y que están, aunque algo adormecidas, siempre presentes en nosotros.

Para ilustrar ésta tematica algo abstracta, voy a recurrir al Análisis Transaccional, el cual es una teoría de la personalidad y de las relaciones humanas creada por  el Dr. Eric Berne (1910-1970), médico psiquiatra canadiense, que ha logrado explicar de una forma genial y muy práctica el funcionamiento de la personalidad humana, ya que se basa en el análisis de los estados del yo, las relaciones sociales y los guiones de vida.

Berne afirma que todos los seres humanos manifestamos tres estados del Yo: Padre, Adulto y Niño; definidos como sistemas coherentes de pensamiento y sentimiento exteriorizados por los correspondientes patrones de conducta.
Es importante saber que éstos tres estados del Yo no son simples papeles que se desempeñan sino realidades psicológicas de la persona.

El estado del Yo es producido por la reproducción de datos registrados de acontecimientos vividos en el pasado, y que se refieren a personas reales, tiempos reales, lugares reales, decisiones reales y sentimientos también reales.

Las personas normalmente interactúan entre sí desde estas tres posiciones psicológicas distintas o estados del Yo. Se considera que la mayoría de las personas tienen la tendencia inconsciente de funcionar más desde una de estas  tres posiciones y mantienen códigos de lenguaje específicos en cada caso.
En este escrito me voy a referir exclusivamente al estado del yo Niño (alma de niño), que Berne definió como“una serie de sentimientos, actitudes y pautas de conducta que son reliquias de la propia infancia del individuo”. 

Como sabemos, cada uno de nosotros lleva dentro un niño. Ese niño que una vez fuimos. Y cómo todos hemos sido niños, es por lo tanto muy normal que algunas veces sintamos, pensemos, hablemos o actuemos como cuando éramos niños, tanto a solas como en nuestras relaciones con los otros.

La conducta del estado del Yo Niño está regida por nuestros sentimientos, deseos y nuestras necesidades biológicas y psicológicas básicas. Es muy importante que conozcamos nuestro estado del yo Niño, no sólo porque nos acompaña toda la vida, sino porque es la parte más valiosa de la personalidad, ya que allí se encuentran nuestros deseos y anhelos más profundos de amar y de ser amado, de sabernos seguros y comprendidos, nuestras motivaciones, la ilusión de vivir, la capacidad de disfrutar, el amor propio, etc.

El Niño natural es también la parte más genuina de nosotros mismos, la que ríe o llora cuando lo siente, que se pone triste o contento en consonancia con los acontecimientos, que dice las cosas tal como las siente, sin restricciones y tabúes, sin prejuicios, la que se asombra con cualquier cosa, que se rebela en las injusticias, que sueña, que cree e intuye todo lo invisible y lo incomprensible.
Es además la fuente originaria de la energía vital que como motor vigoriza y moviliza a los estados del Yo Adulto y Yo Padre.

En su aspecto positivo, este estado del yo Niño se manifiesta de forma natural y espontánea, siente y vive las emociones auténticas de manera plena, gusta de disfrutar la alegría de vivir compartiendo con otras personas. Allí reside igualmente el potencial para la creatividad, bien sea artística o científica y para la originalidad. Y contiene además aspectos como la curiosidad, el deseo de aprender, la intuición y la sensibilidad.

Todos nosotros empleamos en distinta medida e intensidad los tres estados del yo mencionados, lo importante es observar y tratar de controlar aquellas manifestaciones nocivas y emplear cada estado según la situación que se esté viviendo; es decir, utilizar cada estado en el momento adecuado y oportuno. Uno de los resultados de la activación de los tres estados del yo, ante cualquier situación, y del diálogo interno entre éllos, es que, en cada ocasión, uno de los tres estados del yo va a llevar el control del comportamiento de la persona. Él es el que tiene el control ejecutivo de la personalidad en ese momento.
El Niño puede ser activado voluntaria o involuntariamente en cualquier momento y puede ser experimentado como una realidad objetiva con la misma vivacidad que se tuvo en la experiencia original.

En vista de que la gran mayoría de nosotros por simple vanidad, no está consciente ni de la importancia ni del potencial tan admirable que tiene nuestro Niño para la vida, y de que muchos sin darnos cuenta tendemos incluso a menospreciarlo o ignorarlo, es mi deseo revelarles de seguidas, algunas de las magníficas joyas que guarda el portentoso cofre de nuestra infancia en nuestra alma de niño. Y cuando hablo de joya, me refiero indudablemente a algo muy precioso que se usa como adorno.

Por eso, supongo que ustedes estarán de acuerdo conmigo en que el cariño, la ternura, la inocencia, la alegría de vivir, la paz interior, la dulzura, la humildad, la confianza, la espontaneidad y la sinceridad son sin lugar a dudas las joyas inmateriales que adornan a los niños.

Amor filial, confianza, y humildad

Éste trio de cualidades son joyas excelentes, porque el tener fe en Dios no es más que un acto de confianza, de amor filial y de humildad de parte del ser humano hacia su Creador, quien al reconocer su dependencia y fragilidad natural, se siente objeto del amor misericordioso e incondicional de su Padre celestial.

Un corazón humilde y confiado nos hace volver a ser como niños, haciéndonos capaces de dar ese paso firme hacia delante en la fe y creer en Dios Todopoderoso, tal como una vez creímos y confiamos en nuestros padres cuando éramos pequeños. El amor de hijos o amor filial, es la disposición que lleva al alma a ponerse en las manos de Dios, asi como un niño se echa en el regazo de su madre, buscando seguridad y apoyo.

Mundo interno y libertad interior

Los niños tienen la maravillosa facultad de abstraerse durante largos ratos para atender su propia intimidad, su mundo interno ideal, en el que se ocupan de sí mismos, viviendo sus experiencias íntimas y disfrutando solos de sus sueños y fantasías. Ese mundo interno de cada niño es lo que los adultos conocemos como el mundo feliz infantil.

En su exuberante interioridad y su pequeña alma, el niño se recrea, actúa, viaja, conversa, siente, crea y medita con una libertad franca y poderosa. Con esa libertad interior que tienen, los niños obran maravillas en su mundo íntimo, lo cual los hace sentirse a gusto consigo mismos, contentos y serenos.

Ellos viven con frecuencia ensimismados en su mundo interior, del cual emergen para atender las necesidades prácticas inmediatas de sí mismo y de su entorno hogareño habitual, y luego, se meten de nuevo en su mundo feliz, el cual han poblado con sus propios amigos, lugares, escenas imaginadas, ideas y asociaciones, de modo que, dondequiera que estén o si los llega a estorbar algún asunto, su propio mundo interior posee siempre más atractivos para su mente, que los que son producidos por las circunstancias externas.

Calma y paz interior

Para esos momentos de abstracción en que el niño sale virtualmente del mundo exterior,  requiere como condición previa, encontrarse ya en un estado de ánimo de sosiego y de quietud espiritual, para poder recogerse dentro de sí mismo, ese estado de ánimo no es otra cosa que la ausencia absoluta de cualquier conflicto, ansiedad, preocupación o agitación en su tierno corazón, es decir, que gozan de paz interior.

Hasta aqui, hemos descrito sólo algunas de las facultades del alma de los niños, que como joyas los adornan y les transmiten el encanto y la ternura irresistible que los caracterizan.

El orgullo y la vanidad humana que con el pasar de los años florecen y prosperan en el alma adulta, en primer lugar, nos hacen olvidar que una vez fuimos también niños cariñosos y alegres, y en segundo lugar, nos colocan sobre los ojos un velo, que no nos permite reconocer y apreciar esas cualidades del alma en los niños, que por momentos nos rodean o con quienes compartimos, como cualidades que podrían ser muy valiosas para nuestra propia vida y que por lo tanto merecerían ser imitadas.

Pero así, como es con los demás asuntos verdaderamente importantes de la vida del ser humano, ha sido justamente a través de una revelación divina, que Dios nos ha instruido por medio de Jesucristo y su santa Palabra, para que podamos librarnos del ofuscamiento de nuestra mente y quitarnos el velo que turba nuestra vista.

En la Biblia encontramos en el capítulo 18 del Evangelio de Mateo, el relato de la siguiente escena:
“En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?» Jesús llamó a un niñito, lo colocó en medio de los discípulos y declaró: «En verdad les digo: si no cambian y no llegan a ser como niños, nunca entrarán en el Reino de los Cielos. El que se haga pequeño como este niño, ése será el más grande en el Reino de los Cielos. Mateo 18, 1-5

En su respuesta Jesucristo dijo claramente lo que tenemos que hacer y dónde tenemos que buscar. Somos nosotros mismos los que tenemos que cambiar y no lo demás que está fuera de nosotros. Por lo tanto la búsqueda debe ser en el alma, en nuestra propia interioridad para poder llegar a ser como los niños.
El gran tesoro está dentro de nosotros.

Sin embargo, acostumbrados como estamos a buscar siempre y únicamente fuera de nosotros mismos, esos bienes inmateriales tan importantes como el amor, la esperanza, la confianza, la libertad, la verdad, la alegría de vivir, la paz interior, el deleite; hemos puesto nuestros ojos a mirar y a buscarlos en las cosas materiales y visibles que el mundo natural nos ofrece, creyendo y hasta anhelando, que esos bienes materiales como las piedras preciosas (diamantes, zafiros, esmeraldas) y las pulseras de oro, pudieran llegar a ser capaces algún dia de librarnos de los conflictos internos que atormentan nuestro corazón y de llenar nuestra alma con dicha y paz interior.

En vista de que estamos buscando el tesoro donde no está, no nos debe entonces extrañar ni sorprender, que muchos de nosotros nos sintamos algo frustrados y desilusionados con la vida y hasta con nosotros mismos. Pero como dice el refrán: “Nunca es tarde cuando la dicha es buena
Tener fe en Dios es lo más grande y lo más valioso en la vida. Dios nos ha creado y nos ha dado su espíritu, que es nuestra alma, la cual ha creado a su imagen y semejanza.

Absolutamente todos los seres humanos hemos sido una vez niños y por lo tanto, podemos llegar a ser como niños, si realmente deseamos y queremos hacernos pequeños como éllos.

Todos tenemos un alma de niño, ese cofre espiritual donde se encuentran las maravillosas facultades de nuestra infancia. Y esas preciosas relíquias están esperando que las busquemos. Jesucristo nos dice a su manera, que las necesitamos para entrar al Reino de los Cielos.

Si deseamos sinceramente creer en Jesucristo con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todo nuestro corazón, Dios por medio del Espíritu Santo nos ayudará a recobrar la humildad, la confianza y el amor de niño que una vez tuvimos. Sólamente tenemos que acudir a él y pedírselo.

Jesús nos invita, desde siempre y por siempre, que vengamos a Él:

«Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.» Mateo 11. 28-30

Hay unas frases del conocido poema “El Profeta” que sobre los hijos escribió el escritor libanés Gibran Kahlil Gibran, cuyo mensaje es sobre todo un gran consejo colmado de verdad y divinidad:

Puedes esforzarte en ser como éllos, pero no procures hacerlos semejantes a ti porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer. Puedes abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños.

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