« ¡Conciencia, conciencia!, instinto divino, inmortal y celeste voz, guía segura de un ser ignorante y limitado, pero inteligente y libre; juez infalible del bien y del mal; sin ti no siento en mí nada que me eleve por encima de las bestias, mas que el triste privilegio de extraviarme de errores en errores con la ayuda de un entendimiento sin reglas y de una razón sin principios »
Con ésta magnífica descripción, el escritor y filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau (1712 – 1778) logró ilustrar con palabras uno de los más grandes misterios del alma humana: nuestra conciencia.
Una cosa es saber o tener conocimiento de algo y otra muy distinta es tener conciencia de sí mismo, de la realidad que nos rodea, de lo que uno hace, o bien de lo que se deja de hacer.
Rousseau en su escrito, al comparar las cualidades de la conciencia y de la razón humana, hace además ésta importante afirmación:
« La conciencia o el sentimiento que la inspira, tiene la primacía sobre la razón. Si nos atenemos al desarrollo de las facultades, primero encontramos en el hombre la sensibilidad física, el sentimiento de la propia existencia y el amor a sí mismo, de esta fuente brota el impulso y el contenido de la conciencia moral. En la conciencia esta la guía segura contra los extravíos de la razón. La razón puede equivocarse, sus juicios pueden ser afectados por la acción de los prejuicios y las propias pasiones. Sin embargo, la conciencia nunca se equivoca y ella es la encargada de conducir a la razón por el camino acertado. »
Se dice que el único juez válido de nuestras acciones es nuestra propia conciencia, pero siempre y cuando, interroguemos previamente a nuestro corazón si lo que estamos por hacer es lo correcto, si está bien o mal.
Viktor Frankl, psiquiatra austríaco y creador de la logoterapia, recomendaba a la gente lo siguiente:« Sé dueño de tu voluntad y siervo de tu conciencia ». Entendiendo que el ser dueño de tu voluntad implica la condición previa de concebirse como ser libre, pero plenamente responsable de sus actos voluntarios. El ser siervo de tu conciencia, implica para Frankl el hecho lógico de que la conciencia debe ser por consiguiente algo distinto de sí mismo. Tiene que ser algo que esta dentro de mí, pero que al mismo tiempo, está tambien por encima de mí, entendiendo a la conciencia como un fenómeno que trasciende y que es más que mi propio yo.
San Pablo, quien en la Biblia menciona por primera vez el término conciencia y explica su funcionamiento, como el centro moral con el que Dios ha dotado al ser humano para vigilar y conducir a la razón por el camino acertado, y que al mismo tiempo, sirve de testigo fiel y riguroso de sus acciones y obras.
« Así que cada uno examine su obra, y entonces tendrá gloria sólo respecto de sí mismo, y no en otro. » Gálatas 6, 4
Hablando de su propia experiencia personal, Pablo nos aconseja usar siempre como guía a la conciencia en nuestro comportamiento y en la toma de decisiones :
« Este es para nosotros un motivo de orgullo: el testimonio que nos da nuestra conciencia de que siempre, y particularmente en relación con ustedes, nos hemos comportado con la santidad y la sinceridad que proceden de Dios, movidos, no por una sabiduría puramente humana, sino por la gracia de Dios.» 2. Corintios 1, 12
La vida humana es permanente encrucijada ante las múltiples situaciones y posibilidades que nos presentan las circunstancias, en las cuales tenemos que elegir entre dos cosas. Constantemente enfrentamos situaciones en la que tenemos que elegir algo. Se puede decir que uno ha alcanzado una sabiduría elevada en la vida, cuando el individuo es capaz de distinguir entre lo que es verdaderamente esencial y lo que es secundario o accesorio. Cuando uno puede distinguir entre lo verdadero y lo aparente, es decir, lo que parece y no es.
En éste mundo tecnológico en que vivimos, repleto de informaciones y conocimientos que son generadas constantemente sobre una infinidad de temas, nuestras mentes estan siendo alimentadas por los medios de comunicación con una cantidad tan enorme de conocimientos y con tanta rapidez, que nuestra conciencia no los puede analizar o procesar eficientemente. Imagínense a la mente humana como el buche de un ave en el que se va acumulando el alimento obtenido, y a la conciencia, como el estómago y el intestino que tienen la funciones de digerir todo y de asimilar al final solamente lo conveniente, nutritivo y vivificante.
Debido a ese flujo contínuo de informaciones que estamos recibiendo, incluso sin desearlo, y que terminan por saturar la mente, la conciencia parece estar tan sobrecargada con el examen y el análisis de los conocimientos recibidos, que está como adormecida. No es de extrañar entonces que estemos todos tan abarrotados mentalmente con informaciones, y que por eso la razón y el sentido común se encuentren algo extraviados en este torbellino alocado e insensato, conocido como la sociedad de consumo.
Sin darnos cuenta, estamos siendo condicionados por un estilo de vida que no hemos elegido ni de manera conciente ni voluntaria, sino que nos ha sido impuesto por la educación, las empresas y los medios de comunicación. Hacemos muchas actividades sin pensar y sin reflexionar, las hacemos sencillamente porque la mayoría las hace. Una gran parte de las ideas y de los pensamientos que ocupan a diario nuestra mente, son ideas y creencias que nos han inculcado, son pensamientos ajenos que de tanto escucharlos o leerlos los hemos asumido como propios, pero siguen siendo postizos.
En virtud de esa situación, tenemos que esforzarnos en hacer un mayor uso de nuestra conciencia para poder filtrar ese enorme cúmulo de informaciones e ideas nuevas que estamos recibiendo, y asimilar lo que a nuestro juicio es lo mejor para nosotros, desechando el resto de las informaciones sobrantes que son sólo una carga inútil. Despertemos nuestras conciencias y no permitamos que, sin desearlo, se nos siga llenando nuestro « estómago mental» con informaciones innecesarias.
¿Cómo podemos notar si nuestra conciencia está efectivamente algo adormecida?
Un examen íntimo de conciencia nos puede ayudar a determinar nuestra situación personal actual. Las siguientes preguntas podrían servir de orientación:
- ¿En tus momentos de soledad mantienes siempre un diálogo interior con la voz de tu conciencia, o por el contrario, te sientes extraño e incómodo contigo mismo?
- Estás amando de todo corazón e incondicionalmente a alguien en estos momentos, o estás compartiendo la vida con alguien sólo por evitar la soledad ?
- ¿Eres el protagonista de tu mundo interior, de tus decisiones y criterios para actuar, o más bien tiendes a dejarte llevar por las circunstancias y por lo que hacen los demás?
- ¿Estas centrado en tí mismo o estas más orientado y atento hacia lo que viene de afuera, de los otros, de lo que esta sucediendo alrededor de tí?
Una de las experiencias personales de mayor significado y trascendencia en la vida de cualquier individuo, es el tomar conciencia de su propia conciencia, o dicho de otra manera, reconocer la existencia del alma como una entidad o sujeto que habita dentro del cuerpo. El reconocimiento consciente de nuestra naturaleza compuesta de cuerpo y alma.
En este orden de ideas el antropólogo y psiquiatra chileno Claudio Naranjo afirma lo siguiente: « Se puede decir que cuando el individuo llega a tomar conciencia de su conciencia misma—más allá de la conciencia de su cuerpo–, es decir sus emociones y sus pensamientos, ello constituye una especie de nuevo nacimiento, un nacimiento espiritual con el que penetra en un nuevo nivel de vida. La simple toma de conciencia es sanadora, y a veces basta con captar uno de nuestros patrones relacionales compulsivos para que comencemos a desidentificarnos de éste, recuperando la libertad de actuar en forma creativa y apropiada a las circunstancias en vez de hacerlo desde la inercia de condicionamientos tempranos obsoletos.»
Sobre la importancia la conciencia dice San Agustin:
«Si la esencia del hombre es la interioridad, la conciencia como interioridad del hombre lo define en su cualidad central: el hombre es su conciencia, se encuentra a sí mismo en su conciencia, que contiene y la dicta la norma del valor moral. La conciencia es la parte más segura y espiritual del alma, la que se identifica con el hombre interior; abierta, por consiguiente, para ver lo que se debe temer, desear, buscar, alabar y amar. Por eso, si muchas veces se identifican corazón y conciencia, otras veces la conciencia aparece como el centro del corazón, «vientre del hombre interior»
Es también una vivencia maravillosa y muy provechosa el llegar a tener conciencia de sí mismo, pero no sólo del cuerpo sino de tus emociones, pensamientos, imaginación, deseos, congojas, penas, etc, en resumen, de nuestra vida interior, de nuestra alma. Tener conciencia de nuestra dimensión espiritual y de nuestra dualidad natural entre el cuerpo y el espíritu, es decir el hombre exterior y el hombre interior.
San Agustín en uno de sus sermones con el fin de ilustrar mejor la dualidad de la naturaleza humana compuesta de alma y cuerpo, animaba a sus oyentes a comprobar en si mismos la realidad de la existencia del hombre interior (ánimo o alma), que no se ve pero que se siente y el cual habita dentro del hombre exterior (el cuerpo que tenemos):
“Y lo que no se ve, esto se ama más, pues consta que se ama más al hombre interior que al exterior. ¿Cómo consta esto? Compruébelo cada uno en sí mismo. En efecto, ¿qué se ama en el amigo, donde el amor es totalmente sincero y limpio? ¿Qué se ama en el amigo, el ánimo o el cuerpo? Si se ama la lealtad, se ama al ánimo; si se ama la benevolencia, sede de la benevolencia es el ánimo; si en el otro amas que ése mismo te ama también a ti, amas el ánimo, porque no la carne, sino el ánimo, ama.”
Nuestra conciencia no es solamente capaz de captar los actos que hacemos, sino tambien de percibir nuestra interioridad espiritual, y de manera particular, al fenómeno espiritual por excelencia de la creatura humana: el amor a sí mismo y el amor al prójimo.
El filósofo español Joaquín Xirau describe lo que él denominó como la conciencia amorosa del ser humano:
« Claro es que en algún sentido, es el amor -el «amor puro» de que hablamos aquí- un fenómeno de conciencia.
El amor no es pasión, sino acción. No depende inicialmente de las circunstancias ni de las inclinaciones de los demás. Es iniciativa y espontaneidad, entrega gratuita y sin intención ni esperanza de recompensa ni aun de correspondencia. Descansa en una intima necesidad del espíritu que se expande y halla en la expansión su goce supremo. Todo se baña y se anega en las aguas de la vida espiritual. Mediante ello el mundo se nos hace interior y se convierte en experiencia íntima, inefable e intransferible. Nadie es capaz de experimentar lo que yo experimento ni de sentir lo que yo siento.
Fuera de mi intimidad la realidad del mundo se reduce a mera percepción «exterior», impersonal, abstracta y mostrenca,y las cosas a meras «cosas» insignificantes e indiferentes. Por la experiencia espiritual el mundo se hace mío, lo siento como cosa mía, íntimamente vinculada a mi personalidad y a mi destino. El espíritu impregna la totalidad de nuestro ser y del ser de las cosas entre las cuales vivimos. Como un halo sutil nos inunda y al mismo tiempo que nos proyecta más allá de nosotros mismos y nos permite vivir en el mundo y por el mundo, nos repliega, nos destaca y nos aísla e incluye el mundo entero en el ámbito de la intimidad. Mi centro personal se convierte en el centro del universo y el universo entero se vincula orgánicamente a mi vida. »
En la encíclica Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II promulgada en 1965, dice en la sección referente a la conciencia humana, lo siguiente:
« En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente (ver Rm 2, 14-16). La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. »
He expuesto hasta aquí, ésta serie de valiosas opiniones y afirmaciones de ilustres personalidades sobre la conciencia, las cuales representan una pequeña pero sólida muestra de la extensa argumentación, que está disponible en la literatura universal sobre el prodigioso papel de la conciencia en la existencia humana y su imprescindible contribución, para lograr en la vida esas fases de plenitud, de gozo y de felicidad tan anheladas por todos.
En contraste con lo anterior, voy a exponer a partir de aquí, algunos argumentos críticos en contra del exagerado culto que se le brinda al saber, al conocimiento científico y a la tecnología.
Se admira y se confía tanto en la capacidad intelectual y en los conocimientos, que una y otra vez nos olvidamos de dos de los aspectos más primordiales del ser humano:
- sus características naturales más evidentes: las limitaciones de su mente y de sus conocimientos, el hecho indiscutible de que errar es humano, la absoluta dependencia de la naturaleza (aire, agua, tierra, plantas y animales), la extrema fragilidad de su cuerpo, el ser mortal y disponer de una vida útil muy breve.
- el papel de la conciencia para examinar, percibir y considerar todos los factores y circunstancias, con el propósito de guiar nuestras acciones por el camino acertado.
Esta es una de las debilidades humanas más frecuentes y persistentes, a la cual generación tras generación siempre volvemos a sucumbir, así tal como lo testimonió en el siglo XVI el célebre teólogo holandés Erasmo de Rotterdam en su obra « El elogio a la locura » cuando hizo la siguiente afirmación:
« Y, lo repito una vez más, los que están más lejos de la felicidad son aquellos que más cultivan el saber, mostrándose por eso doblemente necios, pues, a pesar de ser hombres, se olvidan de su condición y acumulando sus ciencias una sobre la otra pretenden emular a los dioses y declarar como los Gigantes la guerra a la Naturaleza, valiéndose de estos ardides, lo que demuestra que los menos desdichados son los que siguiendo su instinto se aproximan más a la sandez y cualidades de los brutos y no intentan nada que esté por encima de la condición humana, y voy a demostrar este aserto aunque no ciertamente valiéndome de los entimemas de los estoicos, sino con un ejemplo evidente que entre por los ojos.»
Después de haber transcurrido más de 500 años de esa valiente aseveración de Erasmo, y sobre todo después de haber logrado la humanidad los mayores avances científicos, y de haber generado las universidades el mayor volúmen de conocimientos tecnológicos de la historia, tenemos hoy en dia que llenarnos de mucho coraje y paciencia al constatar con renovado asombro, la tremenda crisis ambiental que hemos generado las sociedades de consumo con nuestro despilfarrador estilo de vida, al agotar demasido rápido los recursos naturales y al ocasionar el calentamiento del clima mundial por el elevado consumo de energía. Con el agravante de no haber sido capaces de usar la conciencia ecológica de modo constante y efectivo, y por habernos involucrado nuevamente en una absurda guerra contra la naturaleza, guerra ésta que estamos condenados a perder.
Por todo lo que he escrito y para finalizar la reflexión, lanzo de nuevo la pregunta a mi estimados lectores, esperando que se animen a buscarle una respuesta: ¿De que nos sirven los conocimientos, si no usamos nuestra conciencia?