El amor de Dios devuelve la belleza al alma

La frase que hace de título es una esclarecida y certera afirmación de Agustín de Hipona, uno de los grandes doctores de la iglesia cristiana, quién con su genial talento y su extraordinaria sensibilidad espiritual, supo captar e interpretar con exepcional tino el mensaje de las Sagradas Escrituras como ningún otro teólogo, lo cual le permitió aclarar a la Humanidad muchos misterios revelados en la Biblia y ponerlos al alcance de generaciones de creyentes cristianos ordinarios, como tú y yo.

Agustín después de haber meditado profundamente sobre la caridad o amor verdadero, logró llegar a la conclusión de que el amor es la cualidad espiritual por excelencia que le transmite la belleza al alma humana, y así lo manifestó a sus oyentes en uno de sus sermones, con la siguiente sentencia:

 “La belleza crece en ti en la misma proporción en que crece tu amor, puesto que el amor mismo es la belleza del alma.”

Agustín define al amor como el ingrediente indispensable que hace crecer o aumentar la belleza, hermosura o atractivo en un ser humano de una manera efectiva y duradera. En sentido figurado podríamos comparar el efecto del amor sobre la belleza del alma, con el efecto inmediato del aire cuando se sopla en un globo y le hace aumentar de tamaño.

Entre más capaz sea una persona de amar al prójimo como así mismo, más digna será esa persona de ser amada por los demás. El amor es un arte que hay que aprenderlo amando. Es necesario amar a alguien para aprender el arte de amar.
Es a partir del momento del nacimiento, en que se inicia el proceso de aprendizaje de amar en el niño, quien amando a su madre porque lo ama, alimenta y cuida con esmero, va aprendiendo a amar de ese modo.

Con cada día que pasa en contacto con su madre, el niño va desarrollando y fortaleciendo su capacidad de amar, así su amor va creciendo cada vez más hasta alcanzar ese amor incondicional y vigoroso con el que llegan a amar a sus padres, hermanos y demás familiares que conviven con él. Y en la medida que va creciendo el amor en el niño, en esa misma medida crece la belleza de su alma, la cual le transmite a los niños pequeños su cualidades características:  alegría, graciosidad, ternura, dulzura, encanto y bondad, en resumen, la belleza natural de los infantes.

Los niños pequeños con su enorme capacidad de amar, pareciera que pueden tejer a su alrededor una gran telaraña invisible de amor en la que se queda prendido todo cuanto pasa cerca: joven, anciano, vecina, amiga; así como se lo imaginó en una oportunidad el gran escritor ruso León Tolstoi.

Es tan notorio y lógico el enunciado de San Agustín, que se podría expresar incluso por medio de la siguiente fórmula:

más amor = más belleza del alma = más belleza de la persona

La conclusión que se deriva de esta fórmula es muy clara: Si deseamos ser amados, primero tenemos nosotros que ser capaces de amar.

¿Estas tú mujer amando suficiente en la actualidad o estas más bien ambicionando poseer más conocimientos, más dinero o trabajos de mayor responsabilidad? La envidia, los celos, la ambición, todo tipo de avidez, son pasiones; el amor es una acción y es el ejercicio de una virtud humana, que sólo puede realizarse en la libertad y jamás como resultado de una compulsión.

Erich Fromm en su libro El arte de amar dice: El amor es una actividad, no un afecto pasivo; es un «estar continuado», no un «súbito arranque». En el sentido más general, puede describirse el carácter activo del amor afirmando que amar es fundamentalmente dar, no recibir.

Recordemos la muy conocida frase del Señor Jesucristo: «Más Bienaventurado es dar que recibir«. Hechos 20, 35

La belleza en términos generales tanto para personas como para objetos es descrita en el diccionario como: el conjunto de cualidades cuya manifestación sensible nos produce un deleite espiritual, un sentimiento de admiración.

Sabemos que en las personas existen dos tipos de belleza: la belleza del cuerpo o exterior y la belleza del alma o interior. Se sabe también que existe una relación predeterminada de correspondencia y de dependencia entre ellas pero en un sólo sentido: del alma hacia el cuerpo. La belleza del alma es manifestada por el cuerpo por medio de la forma de ser de la persona, su personalidad y su simpatía. En el sentido opuesto no ocurre lo mismo, puesto que la belleza del cuerpo no puede hacer crecer la belleza del alma.

La belleza exterior dura muy poco tiempo, es superficial y muy susceptible a alteraciones por enfermedades, accidentes y el envejecimiento natural, mientras que la belleza del alma por ser de naturaleza espiritual no se altera, siempre y cuando logremos mantener nuestra capacidad de amar a través del ejercicio del amor. Así como procuramos mantener los músculos activos y fuertes, haciendo ejercicios corporales periódicamente.

San Agustín también escribió en latín Amor, pondus animae, que significa el amor es el peso del alma, lo que la hace densa, lo que le da valor. La capacidad de amar de una persona es lo que la hace amable, valiosa, agradable, encantadora para los demás.

El aspecto exterior y la belleza corporal llaman la atención de los otros y atraen las miradas durante unos instantes, pero poco después termina la curiosidad y pasa.

El apóstol Pedro en su primera carta le recomienda a las mujeres lo siguiente:

No se preocupen tanto por lucir peinados rebuscados, collares de oro y vestidos lujosos, todas cosas exteriores, sino que más bien irradie de lo íntimo del corazón la belleza que no se pierde, es decir, un espíritu gentil y sereno. Eso sí que es precioso ante Dios. 1 Pedro 3, 3-4

Me imagino que el apóstol Pedro al hacer esa recomendación en particular, desea que las mujeres no enfoquen tanto su atención en atraer y seducir al varón para tenerlo a su lado por un corto tiempo, sino más bien para que puedan retenerlo a su lado y comparta toda la vida con ellas. La finalidad del consejo de Pedro coincide con el profundo deseo de cada mujer de lograr tener familia y una relación amorosa duradera.

Al inicio de la relación sentimental, la belleza corporal está indudablemente en el primer plano del interés y de la atención de los enamorados, y después de conocerse mejor, se va convirtiendo la belleza del alma en lo principal, pasando así la belleza física a un segundo plano. Este cambio en la preferencia se da de un modo imperceptible, por eso uno como enamorado no se percata del cambio, sencillamente porque uno no sabe distinguir cuál es la belleza del cuerpo y cuál es la belleza del alma. A uno le gusta la persona amada como es élla toda, y eso es lo único que cuenta.

Ya en los tiempos de la antigua Grecia, Platón en su obra El banquete refiriéndose a la belleza del cuerpo y a la belleza del alma, decía que amar de verdad a alguién es liberarse de las apariencias del cuerpo, porque “cuando uno ama una alma bella, permanece fiel toda la vida, porque lo que ama es durable”.

Sócrates hablando sobre la belleza femenina, dijo:

«La belleza de la mujer se halla iluminada por una luz que nos lleva y convida a contemplar el alma que habita tal cuerpo, y si aquélla es tan bella como ésta, es imposible no amarla.»

Ahora bien, la belleza corporal es un atributo sumamente subjetivo y es un asunto muy personal porque se trata del gusto individual y único que tiene cada ser humano. Por su parte, el amor es una fuerza espiritual que viene de Dios y como tal es universal y enigmático, por consiguiente, la belleza del alma en los seres humanos es igualmente universal y misteriosa. No ha sido por mera casualidad, sino por voluntad expresa de Dios que el amor y la belleza espiritual interior sean los factores determinantes y los que más cuentan en las relaciones personales.

He aquí, una evidencia más tanto de la universalidad del amor y la justicia de Dios para todos los hombres y mujeres, como del inexplicable misterio del amor que envuelve las relaciones sentimentales de los seres humanos, el cual siempre nos sorprende y nos deja perplejos.

El amor verdadero o espiritual entre parejas, como don que recibimos de Dios, ha sido un misterio de la vida humana en el pasado y lo sigue siendo hoy en día.
No sabemos cómo aparece en nuestras vidas, ni por qué lo sentimos con unas personas determinadas, ni sabemos tampoco la razón de su desaparición inesperada.

Hay personas que le dan más preferencia a la belleza física que a la belleza del alma, otros prefieren la belleza interior de la persona que su belleza exterior. Unos logran establecer relaciones amorosas estables y duraderas, y otros no tienen tanta suerte en sus experiencias amorosas o se aburren en algún momento de su pareja, prefiriéndo entonces terminar su relación actual y buscarse una nueva pareja más joven. De todo hay en la viña del Señor.

Amar y ser amado son necesidades primarias del alma, y por eso cada ser humano se esmera en satisfacerlas a su manera muy particular.

Sin embargo, cada individuo tiene que aprender a distinguir muy bien entre la necesidad del amor carnal y la necesidad del amor espiritual e incondicional.
El amor carnal es el deseo natural del cuerpo que tiene por finalidad el placer y la satisfacción inmediata.  El amor puro es el deseo del alma que tiene como finalidad que el gozo espiritual que experimenta no deje de existir nunca, es decir, que se haga eterno.

El deseo muere automáticamente cuando se logra: fenece al satisfacerse. El amor en cambio, es un eterno insatisfecho”.  José Ortega y Gasset

El arte de vivir sin preocupaciones

A muchísima gente joven en la actualidad y también a muchos que ya tienen el cabello canoso, se les hace muy difícil creer, que un libro escrito hace miles de años como es la Biblia, pueda tener validez en nuestra época moderna, y que su variado y enorme contenido de enseñanzas y revelaciones divinas, pueda servir de guía cierta y eficaz para sus vidas hoy en día, y que además, se encuentren en élla, una infinidad de recomendaciones prácticas capaces de transformar la vida de cualquier persona y de llenarla de gozo, sentido y plenitud.

Con éste escrito me propongo ilustrarle a todos aquellos que dudan todavía de la vigencia y la eficacia de la palabra de Dios, cómo en un mensaje contenido en el siguiente consejo personal que San Pablo le dió a un pequeño grupo de personas en la ciudad de Corintios, el gran apóstol nos reveló la poderosa herramienta psicológica de la que disponemos en nuestra mente, para lograr evitar las preocupaciones que le roban la quietud al alma humana:

«Hermanos, os digo esto: el tiempo es corto. Por tanto, en lo que queda, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran, como si no poseyesen; y los que disfrutan de este mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa. Yo quiero que ustedes vivan sin inquietudes.”
1 Corintios 7, 29 -32

La clave del mensaje esta en la expresión: hacer como si. La conducta de hacer como si, es una herramienta psicológica natural del ser humano, la cual la desarrollamos a muy temprana edad en la infancia. En la experiencia del juego simbólico de los niños, el pedagogo suizo Jean Piaget relata lo siguiente:

«En una niña el símbolo lúdico con todas las apariencias externas de la conciencia del ‘como si’ comenzó al año, 3 meses y 12 días», cuando con un trozo de tela hace como habitualmente hace con su almohada. El niño se limita a hacer ‘como si ‘ ejerciera una de sus acciones habituales, ‘como si’ durmiera, se lavara, se meciera, comiera, … esquemas que ejerce simbólicamente, puesto que actúa en ausencia de los objetivos habituales de estas acciones y de todo objeto real»

En el juego simbólico, se hace referencia a un objeto o fenómeno ausente como asimilación de lo real. Al principio, estos juegos se centran en los aspectos y elementos más cercanos al niño, como la familia, el colegio, los amigos, etc. para luego pasar a aspectos más alejados a su estilo de vida, como diferentes personas profesionales. En ésta etapa se habla de un fuerte egocentrismo por parte del niño, ya que este, mediante el juego, deforma la realidad con el fin de satisfacer sus necesidades.

Conforme a su crecimiento, en un grado más de complejidad, el niño corrige la realidad en su juego, más que reproducirla. Piaget nos habla de la existencia de una intencionalidad en este cambio, con el objetivo de compensar sus frustraciones y deshacerse de las tensiones.  A través de la imaginación, el infante reproduce la realidad conforme a sus deseos. Jugando entonces, el niño aísla el contexto o situación desagradable, asimilándolo de forma progresiva.

Los niños durante su desarrollo y crecimiento se ven constantemente forzados a adaptarse al mundo social de los adultos y a un mundo exterior que todavía no comprenden bien. Es entonces cuando se hace necesario el juego imaginario,  como mecanismo psicológico que el niño en su mente emplea para transformar lo real y nuevo del mundo exterior a las necesidades del yo, por asimilación.

El individuo una vez que ha llegado al la edad adulta continúa haciendo uso de juegos psicológicos y de juegos de placer, tanto es así, que el historiador holandés Johan Huizinga en 1939 escribió un libro que se titula homo ludens (el hombre jugador), en el que se expone un modelo descripitivo, según el cual, el ser humano desarrolla sus capacidades a traves del juego. Huizinga concluye afirmando, que el hombre necesita del juego como forma elemental de encontrarle sentido a su vida.

Eric Berne creador del Análisis transaccional, según su experiencia terapéutica menciona entre las finalidades de los juegos psicológicos en los adultos estan las siguientes :

  • Una forma de saciar el hambre de reconocimiento.
  • Obtener un perdón que es forzado por las disculpas
  • Conservar el equilibrio psíquico y la salud
  • Manipular a los demás
  • Demostrarse a sí mismo y a los otros que lo que se cree o se piensa de sí mismo es cierto
  • Dar salida a los malos sentimientos acumulados

La persona tambien hace uso de lo que Sigmund Freud llamó los mecanismos de defensa del Yo, los cuales no son más que estrategias mentales para interrumpir el curso de las vivencias presentes y los sentimientos asociados a estas vivencias. En algunos casos estas estrategias defensivas del Yo sirven para garantizar la supervivencia.

Nuestra vida interior secreta constituida por la conciencia, deseos, sentimientos, ideas, pensamientos y fantasías, es tan real como nuestra vida pública, porque forma parte de nuestra naturaleza. Ese mundo interior nuestro tiene una propiedad formidable: hace al sujeto prácticamente omnipotente en esa realidad. A diferencia de lo que sucede en la vida pública, en la interioridad los deseos se satisfacen de manera inmediata, es decir, la sustitución pasajera de la vida pública. Esa es una de sus funciones más importantes como mecanismo para asegurar la supervivencia, en particular cuando el individuo se encuentra en situaciones extremas como guerras, catástrofes,  horribles prisiones y  enfermedades incurables. Gracias a nuestra vida interior podemos soportar la vida pública, colmada de dificultades, penas y sufrimientos.

El uso de la actitud y del comportamiento como si es tan normal y frecuente en la sociedad, que el filósofo alemán Hans Vaihinger(1852-1933) escribió una obra titulada: “La filosofía del como si”. En su obra expone Vaihinger la teoría del ficcionalismo, según la cual, el conocimiento, en todas sus diversas manifestaciones (ciencia, filosofía, moral, religión, etc.) es una trama de representaciones ficticias, irreales, cuya única finalidad es ayudar al individuo y a la especie a que se orienten en su lucha permanente por la adaptación y la supervivencia. Vaihinger demostró que el pensamiento ficticio es una facultad humana fundamental, destacando su omnipresencia y variedad.

Comportarse como si, es un instrumento psicológico muy potente que nos ayuda a realizar unos cambios positivos en nuestra vida.
En la literatura popular la expresión como si se encuentra por todas partes, como por ejemplo  en la siguiente frase del famoso escritor británico Oscar Wilde en su obra « Sobre las mujeres » :
« El hombre ideal sería el que nos hablase como si fueramos diosas y nos tratase como si fueramos niñas. »

Después de todos los argumentos expuestos hasta ahora, puedo sin lugar a dudas afirmar, que para nosotros el hacer como si, es decir, imaginar, fingir, aparentar y disimular, es tan natural y tan fácil como beber agua.

Sólamente necesitamos tener un motivo para hacerlo y sobre todo, una meta que deseamos alcanzar con la ficción: el beneficio concreto y el servicio práctico que la ficción le prestará a nuestra existencia. Una vez que nos creamos una meta ficticia, luchamos por alcanzarla como si equivalieran al éxito, la felicidad y la seguridad.

Ahora bien, lo importante es saber definir la meta ficticia que deseamos alcanzar en función de su utilidad y de su valor para nosotros. En vista de que en la vida no podemos alcanzar ni disfrutar de todo lo que deseamos, tenemos que elegir y establecer prioridades.

Es importante señalar aqui, que el vivir una vida sin preocupaciones, no es una meta imposible de alcanzar. Si Pablo lo dice, es porque él lo sabe por experiencia propia. Nadie da un consejo que es imposible de lograr. Mucho menos San Pablo en éste caso.

Por lo tanto, la pregunta para el lector es: ¿Consideras tu valioso y útil para tu existencia, el poder vivir la vida sin angustias? Si la respuesta es afirmativa, pasemos entonces a la exposición de una serie de argumentos y experiencias personales, que nos pueden ayudar a aprender el arte de vivir sin preocupaciones.

Porque la apariencia de este mundo pasa”.

Ciertamente éste mundo es apariencia, es algo no definitivo que siempre está cambiando, y que pasa, es decir, muda de estado y deja de ser. Tanto es apariencia lo que nos rodea, que se podría comparar con los decorados y vestuarios que se montan y se cambian en el escenario de un teatro, para ser utilizados como escenografía en una obra teatral. Junto con el mundo pasan y cambian con el tiempo igualmente nuestros cuerpos, nuestros pensamientos, actitudes, deseos, gustos, valores, opiniones, etc. Esa transitoriedad le resta importancia inevitablemente a todas las instancias de éste mundo, al relacionarlas con lo eterno, con lo permanente.

Sin embargo, es esa una gran realidad que el ser humano en sus años de juventud, por lo general se resiste a creer, porque éste mundo es lo único que ve, conoce y tiene. Por lo tanto hay que reconocer, que es una situación difícil de aceptar para mucha gente.

El reformador alemán Martin Lutero, refiriéndose a ese párrafro de San Pablo que nos ocupa, escribió:

La vida presente del cristiano es un aguardar la vida eterna. Pocos son, en efecto, los que esperan aquella otra vida con una certeza tal que la dan por más segura que la vida presente, y que contemplan la vida presente a través de lentes coloreados, aquella otra en cambio con ojos no enturbiados por nada. Por esto se nos dice en 1. Corintios 7 que «los que disfrutan de este mundo, sean como si no lo disfrutasen; los que compran, como si no poseyesen; los que tienen esposa, sean como si no la tuviesen«. Ya que después de esta vida que vemos con nuestros ojos corporales viene otra vida, mejor que ésta, el apóstol nos hace aparecer la vida terrenal en una luz dudosa, para que no la consideremos nuestra vida verdadera y genuina, sino que sólo la miremos de reojo. Aquella otra vida en cambio, con miras a la cual hemos recibido el evangelio y el bautismo, ésta debemos esperarla, estar completamente seguros de ella, y tener los ojos puestos fijamente en ella.”

La promesa de Cristo Jesús sobre la vida eterna, es la primera promesa de la que tiene que apoderarse un cristiano en su vida como creyente. Precísamente porque nuestra vida terrenal es pasajera y la apariencia de este mundo pasa. La esperanza de la vida eterna en el Reino de Dios, es el ancla más firme y más potente en la vida cambiante, pasajera y atormentada de un ser humano.

En ese sentido el monje capuchino Raniero Cantalamessa dice muy acertadadmente:
“Descartada la esperanza de la eternidad, el sufrimiento humano parece doble e irremediablemente absurdo.”

El poeta Juvenal de la antigua Roma que vivió en el siglo primero, escribió:
“El mayor crimen es preferir la vida al honor y, por vivir la vida, perder la razón de vivir.”

Y San Agustín por su parte se hizo la siguiente interrogante:
¿De qué le sirve vivir bien, al que no puede vivir para siempre?

Al vivir la vida sin la esperanza de la eternidad después de la muerte, se arriesga uno a perder el sentido de la vida, a no encontrar el propósito supremo para vivir y sufrir. Con los pies en la tierra y el corazón en el cielo, alguien ha calificado así la actitud adecuada de los cristianos, en posición vertical, como una persona libre, arraigado firmemente en la tierra, en la vida cotidiana, de ninguna manera apartado del mundo, pero con la mirada puesta en Jesús resucitado y con el corazón en el cielo.

y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen

El desapego al que se refiere San Pablo, no se refiere sólo a lo material sino tambien al mundo de los sentimientos o a los estados de ánimo como el sufrimiento y la alegría, los cuales han de ser manejados con libertad interior, como es propio de quien tiene puestos los ojos en la verdadera vida en Cristo.

La libertad interior, es la única libertad que podemos alcanzar de forma absoluta, si así lo deseamos. Esa libertad que somos capaces de ejercer en nuestra mente, en nuestra vida interior, es la que nos permite adoptar la actitud mental del «como si «. La libertad interior, además de ser la única libertad que somos capaces de disfrutar sin limitaciones, es la que nos proporciona verdaderas satisfacciones y dicha. Sólo necesitamos tomar conciencia de que todavía poseemos esa capacidad natural en nuestra mente, y aprender de nuevo a utilizarla como lo hacíamos antes, cuando éramos niños.

Pablo nos advierte, el procurar no desviar nuestra atención de lo que es perpetuo, por meras cuestiones temporales.

Si sufrimos debemos procurar no agobiar demasiado tiempo nuestra alma, ni en la más profunda tristeza, como tampoco dejarla caer en el extravío, aún en la alegría más completa, que a menudo resulta ser pasajera e inconsistente. Se trata entonces de no perder la paciencia, ni la esperanza, y de mantenernos firmes tanto en los tiempos buenos y como en los malos.
Es un gran consuelo para todos aquellos que lloran y que estan de duelo, saber que todo dolor en este mundo tendrá su fin y pasará, porque el tiempo de esta vida terrenal es corto, si muy corto. Si lloras, has de saber que el llanto es también pasajero, porque en el Reino de Dios nos espera la alegría y la paz eterna.

Refieréndose al uso de todos los bienes materiales que el mundo ofrece, Pablo nos aconseja que de ningún objeto lleguemos a decir, que sin esto o sin aquello no podríamos vivir, sea lo que sea. Solamente nuestra libertad interior y una cierta distancia de las cosas del mundo harán posible que no estemos preocupados por la eventual pérdida de esos bienes, y que las preocupaciones de esta vida y los encantos de las riquezas no terminen por asfixiar nuestro anhelo por la vida eterna.

En Dios están nuestras vidas en buenas manos con todo lo que eso significa, en la fortuna y en el fracaso, en la alegría y en la tristeza, en la riqueza y en la pobreza, tanto en nuestra interioridad como en la exterioridad.

el tiempo es corto.”

Con esta frase, entiendo yo, que Pablo se refiere a la duración de la vida terrena.
Si el tiempo de vida promedio de 80 años para un ser humano sano, lo comparamos con la duración de la eternidad, el tiempo de vida se convierte en menos que breve, se convierte en insignificante.

Aquellos que han alcanzado una edad madura  y que estan ya disfrutando de sus nietos, cuando echan una mirada retrospectiva al pasado, saben por experiencia propia que el tiempo de vida pasa muy rápidamente y que ni siquiera nos percatamos de ello mientras transcurre. Por el contario, los adolescentes y las personas jóvenes perciben el paso del tiempo, como demasiado lento y hasta como si se detuviera a veces.

Sin embargo, a pesar de que ni los unos ni los otros están muy concientes de su avance inevitable, la vida fluye, el tiempo transcurre y la apariencia del mundo pasa.

Concluyo con un poema del escritor y poeta mexicano Amado Nervo (1870-1919), ilustre talento de la literaura latinoamericana, en cuya obra se destaca la enorme influencia que el misticismo y la espiritualidad cristiana ejercieron en su vida. Su título: ¿Amas a Dios?

«Si amas a Dios, en ninguna parte has de sentirte extranjero, porque Él estará en todas las regiones, en lo más dulce de todos los países, en el límite indeciso de todos los horizontes.

Si amas a Dios, en ninguna parte estarás triste, porque, a pesar de la diaria tragedia, Él llena de júbilo el universo.

Si amas a Dios, no tendrás miedo de nada ni de nadie, porque nada puedes perder y todas las fuerzas del cosmos serían impotentes para quitarte tu heredad.

Si amas a Dios, ya tienes alta ocupación para todos los instantes, porque no habrá acto que no ejecutes en su nombre, ni el más humilde ni el más elevado.

Si amas a Dios, ya no querrás investigar los enigmas, porque le llevas a Él, que es la clave y resolución de todos.

Si amas a Dios, ya no podrás establecer con angustia una diferencia entre la vida y la muerte, porque en Él estás y Él permanece incólume a través de todos los cambios.«

El alma de niño: inagotable y esplendorosa fuente de la espiritualidad cristiana

Introducción

La joven Monja Teresa del Niño Jesús  escribió lo siguiente sobre la interioridad infantil:

„Ved al niño: está lleno de defectos, es ignorante, no sabe nada, todo lo rompe, cae a cada momento en las mismas faltas, y, no obstante, este niño es muy cándido, vive en paz, se divierte y duerme tranquilo. ¿Sabéis por qué? Tiene la simplicidad interior, se conoce tal cual es, acepta en paz la humillación de su estado, confiesa su ignorancia, su inexperiencia, sus defectos; a todo responde: «es verdad», y, cuando ha hecho esta confesión, en lugar de avergonzarse. de llorar, o de enfadarse por ello, se va a jugar. habla de otras cosas como de ordinario. He aquí el secreto de la paz interior: la simplicidad de la infancia. ¡Ah! creedme. poned vuestra paz interior en esta sencillez de niño, y será inalterable. Si queréis ponerla en vuestra enmienda, en vuestros progresos en la perfección, no la tendréis nunca. He aquí una razón profunda: es que, cuanto más nos acercamos a Dios, más descubrimos nuestra miseria y nuestra nada y he aquí por qué cuanto más santa es el alma, es también más humilde..”

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897) es sin duda la autora espiritual que más difundió la doctrina del abandono del creyente cristiano en Dios, hasta tal grado, que la Iglesia resolvió primero beatificarla y más tarde recomendarla a todos los católicos, como digno ejemplo a  imitar en la manifestación del amor, de la humildad y de la confianza hacia Dios con alma de niño.

Su mensaje es que la espiritualidad se basa en la sencillez , y para alcanzarla propone lo que élla llamó el “caminito de la infancia espiritual”, es decir, el hacerse pequeño como un niño. Pero hacernos pequeños como niños supone dar un golpe mortal al orgullo y a la vanidad que nos impiden abandonarnos y descansar en Dios, lo que en consecuencia tambien nos incapacita para vivir una vida más espiritual.

Las obras que se hacen para causar la admiración de la gente no son las que tienen valor, sino el amor por el cual se hacen y con el que están vivificadas. Dios no necesita nuestras obras deslumbrantes, ni nuestro afán de destacarnos sobre los demás. Lo que Dios busca es nuestro amor hacia al prójimo y a Él.

El amor puro puede vivificarlo todo: desde la obtención de un premio nobel hasta la acción tan trivial de pelar papas en una cocina.

Lo maravilloso de tener alma de niño

Lo que le da alegría y color a ésta vida que vivimos y sufrimos debajo del sol, son esos bellos estados del alma, que surgen de la bóveda que guarda el tesoro de nuestra infancia y que como los genios bonachones de las fábulas, salen de su claustro en el precíso instante en que los necesitamos, para endulzar y sosegar los inevitables sinsabores, problemas y dificultades de la existencia humana.

Sin el condimento del buen ánimo, la alegría de vivir, la diversión, la ternura, la inocencia, el deleite en las cosas sencillas y el encanto de la credulidad, atributos todos del alma de niño, la vida humana no sería digna de ser llamada vida. El alma de niño tiene además en nosotros los adultos otra función importantísima de socorro y protección, ya que es también el chaleco salvavidas espiritual con el que hemos sido dotados por Dios, para poder mantenernos a flote en esos mares de penas y aflicciones, que con frecuencia tenemos que atravesar en el transcurso de nuestra vida.

Las cualidades como la alegría, credulidad, inocencia, sencillez, humildad, sinceridad y paz interior, son virtudes que caracterizan la forma de ser de los niños. Por experiencia propia, sabemos que esas son sólo algunas de las grandes cualidades, que el ser humano posee en su caudal natural de facultades espirituales, pero que durante el avance de su desarrollo hacia su condición de adulto, van siendo gradualmente arrinconadas y sustituidas por otros estados del alma más insensibles, y debido también a las duras experiencias, prejuicios o suspicacias aprendidas, terminan siendo aplacadas.

Sin embargo, lo importante es recordar que esas nobles virtudes son innatas, que aún forman parte integrante de nuestro ser y que están, aunque algo adormecidas, siempre presentes en nosotros.

Para ilustrar ésta tematica algo abstracta, voy a recurrir al Análisis Transaccional, el cual es una teoría de la personalidad y de las relaciones humanas creada por  el Dr. Eric Berne (1910-1970), médico psiquiatra canadiense, que ha logrado explicar de una forma genial y muy práctica el funcionamiento de la personalidad humana, ya que se basa en el análisis de los estados del yo, las relaciones sociales y los guiones de vida.

Berne afirma que todos los seres humanos manifestamos tres estados del Yo: Padre, Adulto y Niño; definidos como sistemas coherentes de pensamiento y sentimiento exteriorizados por los correspondientes patrones de conducta.
Es importante saber que éstos tres estados del Yo no son simples papeles que se desempeñan sino realidades psicológicas de la persona.

El estado del Yo es producido por la reproducción de datos registrados de acontecimientos vividos en el pasado, y que se refieren a personas reales, tiempos reales, lugares reales, decisiones reales y sentimientos también reales.

Las personas normalmente interactúan entre sí desde estas tres posiciones psicológicas distintas o estados del Yo. Se considera que la mayoría de las personas tienen la tendencia inconsciente de funcionar más desde una de estas  tres posiciones y mantienen códigos de lenguaje específicos en cada caso.
En este escrito me voy a referir exclusivamente al estado del yo Niño (alma de niño), que Berne definió como“una serie de sentimientos, actitudes y pautas de conducta que son reliquias de la propia infancia del individuo”. 

Como sabemos, cada uno de nosotros lleva dentro un niño. Ese niño que una vez fuimos. Y cómo todos hemos sido niños, es por lo tanto muy normal que algunas veces sintamos, pensemos, hablemos o actuemos como cuando éramos niños, tanto a solas como en nuestras relaciones con los otros.

La conducta del estado del Yo Niño está regida por nuestros sentimientos, deseos y nuestras necesidades biológicas y psicológicas básicas. Es muy importante que conozcamos nuestro estado del yo Niño, no sólo porque nos acompaña toda la vida, sino porque es la parte más valiosa de la personalidad, ya que allí se encuentran nuestros deseos y anhelos más profundos de amar y de ser amado, de sabernos seguros y comprendidos, nuestras motivaciones, la ilusión de vivir, la capacidad de disfrutar, el amor propio, etc.

El Niño natural es también la parte más genuina de nosotros mismos, la que ríe o llora cuando lo siente, que se pone triste o contento en consonancia con los acontecimientos, que dice las cosas tal como las siente, sin restricciones y tabúes, sin prejuicios, la que se asombra con cualquier cosa, que se rebela en las injusticias, que sueña, que cree e intuye todo lo invisible y lo incomprensible.
Es además la fuente originaria de la energía vital que como motor vigoriza y moviliza a los estados del Yo Adulto y Yo Padre.

En su aspecto positivo, este estado del yo Niño se manifiesta de forma natural y espontánea, siente y vive las emociones auténticas de manera plena, gusta de disfrutar la alegría de vivir compartiendo con otras personas. Allí reside igualmente el potencial para la creatividad, bien sea artística o científica y para la originalidad. Y contiene además aspectos como la curiosidad, el deseo de aprender, la intuición y la sensibilidad.

Todos nosotros empleamos en distinta medida e intensidad los tres estados del yo mencionados, lo importante es observar y tratar de controlar aquellas manifestaciones nocivas y emplear cada estado según la situación que se esté viviendo; es decir, utilizar cada estado en el momento adecuado y oportuno. Uno de los resultados de la activación de los tres estados del yo, ante cualquier situación, y del diálogo interno entre éllos, es que, en cada ocasión, uno de los tres estados del yo va a llevar el control del comportamiento de la persona. Él es el que tiene el control ejecutivo de la personalidad en ese momento.
El Niño puede ser activado voluntaria o involuntariamente en cualquier momento y puede ser experimentado como una realidad objetiva con la misma vivacidad que se tuvo en la experiencia original.

En vista de que la gran mayoría de nosotros por simple vanidad, no está consciente ni de la importancia ni del potencial tan admirable que tiene nuestro Niño para la vida, y de que muchos sin darnos cuenta tendemos incluso a menospreciarlo o ignorarlo, es mi deseo revelarles de seguidas, algunas de las magníficas joyas que guarda el portentoso cofre de nuestra infancia en nuestra alma de niño. Y cuando hablo de joya, me refiero indudablemente a algo muy precioso que se usa como adorno.

Por eso, supongo que ustedes estarán de acuerdo conmigo en que el cariño, la ternura, la inocencia, la alegría de vivir, la paz interior, la dulzura, la humildad, la confianza, la espontaneidad y la sinceridad son sin lugar a dudas las joyas inmateriales que adornan a los niños.

Amor filial, confianza, y humildad

Éste trio de cualidades son joyas excelentes, porque el tener fe en Dios no es más que un acto de confianza, de amor filial y de humildad de parte del ser humano hacia su Creador, quien al reconocer su dependencia y fragilidad natural, se siente objeto del amor misericordioso e incondicional de su Padre celestial.

Un corazón humilde y confiado nos hace volver a ser como niños, haciéndonos capaces de dar ese paso firme hacia delante en la fe y creer en Dios Todopoderoso, tal como una vez creímos y confiamos en nuestros padres cuando éramos pequeños. El amor de hijos o amor filial, es la disposición que lleva al alma a ponerse en las manos de Dios, asi como un niño se echa en el regazo de su madre, buscando seguridad y apoyo.

Mundo interno y libertad interior

Los niños tienen la maravillosa facultad de abstraerse durante largos ratos para atender su propia intimidad, su mundo interno ideal, en el que se ocupan de sí mismos, viviendo sus experiencias íntimas y disfrutando solos de sus sueños y fantasías. Ese mundo interno de cada niño es lo que los adultos conocemos como el mundo feliz infantil.

En su exuberante interioridad y su pequeña alma, el niño se recrea, actúa, viaja, conversa, siente, crea y medita con una libertad franca y poderosa. Con esa libertad interior que tienen, los niños obran maravillas en su mundo íntimo, lo cual los hace sentirse a gusto consigo mismos, contentos y serenos.

Ellos viven con frecuencia ensimismados en su mundo interior, del cual emergen para atender las necesidades prácticas inmediatas de sí mismo y de su entorno hogareño habitual, y luego, se meten de nuevo en su mundo feliz, el cual han poblado con sus propios amigos, lugares, escenas imaginadas, ideas y asociaciones, de modo que, dondequiera que estén o si los llega a estorbar algún asunto, su propio mundo interior posee siempre más atractivos para su mente, que los que son producidos por las circunstancias externas.

Calma y paz interior

Para esos momentos de abstracción en que el niño sale virtualmente del mundo exterior,  requiere como condición previa, encontrarse ya en un estado de ánimo de sosiego y de quietud espiritual, para poder recogerse dentro de sí mismo, ese estado de ánimo no es otra cosa que la ausencia absoluta de cualquier conflicto, ansiedad, preocupación o agitación en su tierno corazón, es decir, que gozan de paz interior.

Hasta aqui, hemos descrito sólo algunas de las facultades del alma de los niños, que como joyas los adornan y les transmiten el encanto y la ternura irresistible que los caracterizan.

El orgullo y la vanidad humana que con el pasar de los años florecen y prosperan en el alma adulta, en primer lugar, nos hacen olvidar que una vez fuimos también niños cariñosos y alegres, y en segundo lugar, nos colocan sobre los ojos un velo, que no nos permite reconocer y apreciar esas cualidades del alma en los niños, que por momentos nos rodean o con quienes compartimos, como cualidades que podrían ser muy valiosas para nuestra propia vida y que por lo tanto merecerían ser imitadas.

Pero así, como es con los demás asuntos verdaderamente importantes de la vida del ser humano, ha sido justamente a través de una revelación divina, que Dios nos ha instruido por medio de Jesucristo y su santa Palabra, para que podamos librarnos del ofuscamiento de nuestra mente y quitarnos el velo que turba nuestra vista.

En la Biblia encontramos en el capítulo 18 del Evangelio de Mateo, el relato de la siguiente escena:
“En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?» Jesús llamó a un niñito, lo colocó en medio de los discípulos y declaró: «En verdad les digo: si no cambian y no llegan a ser como niños, nunca entrarán en el Reino de los Cielos. El que se haga pequeño como este niño, ése será el más grande en el Reino de los Cielos. Mateo 18, 1-5

En su respuesta Jesucristo dijo claramente lo que tenemos que hacer y dónde tenemos que buscar. Somos nosotros mismos los que tenemos que cambiar y no lo demás que está fuera de nosotros. Por lo tanto la búsqueda debe ser en el alma, en nuestra propia interioridad para poder llegar a ser como los niños.
El gran tesoro está dentro de nosotros.

Sin embargo, acostumbrados como estamos a buscar siempre y únicamente fuera de nosotros mismos, esos bienes inmateriales tan importantes como el amor, la esperanza, la confianza, la libertad, la verdad, la alegría de vivir, la paz interior, el deleite; hemos puesto nuestros ojos a mirar y a buscarlos en las cosas materiales y visibles que el mundo natural nos ofrece, creyendo y hasta anhelando, que esos bienes materiales como las piedras preciosas (diamantes, zafiros, esmeraldas) y las pulseras de oro, pudieran llegar a ser capaces algún dia de librarnos de los conflictos internos que atormentan nuestro corazón y de llenar nuestra alma con dicha y paz interior.

En vista de que estamos buscando el tesoro donde no está, no nos debe entonces extrañar ni sorprender, que muchos de nosotros nos sintamos algo frustrados y desilusionados con la vida y hasta con nosotros mismos. Pero como dice el refrán: “Nunca es tarde cuando la dicha es buena
Tener fe en Dios es lo más grande y lo más valioso en la vida. Dios nos ha creado y nos ha dado su espíritu, que es nuestra alma, la cual ha creado a su imagen y semejanza.

Absolutamente todos los seres humanos hemos sido una vez niños y por lo tanto, podemos llegar a ser como niños, si realmente deseamos y queremos hacernos pequeños como éllos.

Todos tenemos un alma de niño, ese cofre espiritual donde se encuentran las maravillosas facultades de nuestra infancia. Y esas preciosas relíquias están esperando que las busquemos. Jesucristo nos dice a su manera, que las necesitamos para entrar al Reino de los Cielos.

Si deseamos sinceramente creer en Jesucristo con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todo nuestro corazón, Dios por medio del Espíritu Santo nos ayudará a recobrar la humildad, la confianza y el amor de niño que una vez tuvimos. Sólamente tenemos que acudir a él y pedírselo.

Jesús nos invita, desde siempre y por siempre, que vengamos a Él:

«Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.» Mateo 11. 28-30

Hay unas frases del conocido poema “El Profeta” que sobre los hijos escribió el escritor libanés Gibran Kahlil Gibran, cuyo mensaje es sobre todo un gran consejo colmado de verdad y divinidad:

Puedes esforzarte en ser como éllos, pero no procures hacerlos semejantes a ti porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer. Puedes abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños.

¿De que nos sirven los conocimientos, si no usamos nuestra conciencia?

« ¡Conciencia, conciencia!, instinto divino, inmortal y celeste voz, guía segura de un ser ignorante y limitado, pero inteligente y libre; juez infalible del bien y del mal; sin ti no siento en mí nada que me eleve por encima de las bestias, mas que el triste privilegio de extraviarme de errores en errores con la ayuda de un entendimiento sin reglas y de una razón sin principios »

Con ésta magnífica descripción, el escritor y filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau (1712 – 1778) logró ilustrar con palabras uno de los más grandes misterios del alma humana: nuestra conciencia.
Una cosa es saber o tener conocimiento de algo y otra muy distinta es tener conciencia de sí mismo, de la realidad que nos rodea, de lo que uno hace, o bien de lo que se deja de hacer.

Rousseau en su escrito, al comparar las cualidades de la conciencia y de la razón humana, hace además ésta importante afirmación:

« La conciencia o el sentimiento que la inspira, tiene la primacía sobre la razón. Si nos atenemos al desarrollo de las facultades, primero encontramos en el hombre la sensibilidad física, el sentimiento de la propia existencia y el amor a sí mismo, de esta fuente brota el impulso y el contenido de la conciencia moral. En la conciencia esta la guía segura contra los extravíos de la razón. La razón puede equivocarse, sus juicios pueden ser afectados por la acción de los prejuicios y las propias pasiones. Sin embargo, la conciencia nunca se equivoca y ella es la encargada de conducir a la razón por el camino acertado. »

Se dice que el único juez válido de nuestras acciones es nuestra propia conciencia, pero siempre y cuando, interroguemos previamente a nuestro corazón si lo que estamos por hacer es lo correcto, si está bien o mal.

Viktor Frankl, psiquiatra austríaco y creador de la logoterapia, recomendaba a la gente lo siguiente:« Sé dueño de tu voluntad y siervo de tu conciencia ». Entendiendo que el ser dueño de tu voluntad implica la condición previa de concebirse como ser libre, pero plenamente responsable de sus actos voluntarios. El ser siervo de tu conciencia, implica para Frankl el hecho lógico de que la conciencia debe ser por consiguiente algo distinto de sí mismo. Tiene que ser algo que esta dentro de mí, pero que al mismo tiempo, está tambien por encima de mí, entendiendo a la conciencia como un fenómeno que trasciende y que es más que mi propio yo.

San Pablo, quien en la Biblia menciona por primera vez el término conciencia y explica su funcionamiento, como el centro moral con el que Dios ha dotado al ser humano para vigilar y conducir a la razón por el camino acertado, y que al mismo tiempo, sirve de testigo fiel y riguroso de sus acciones y obras.

« Así que cada uno examine su obra, y entonces tendrá gloria sólo respecto de sí mismo, y no en otro. » Gálatas 6, 4

Hablando de su propia experiencia personal, Pablo nos aconseja usar siempre como guía a la conciencia en nuestro comportamiento y en la toma de decisiones :
 « Este es para nosotros un motivo de orgullo: el testimonio que nos da nuestra conciencia de que siempre, y particularmente en relación con ustedes, nos hemos comportado con la santidad y la sinceridad que proceden de Dios, movidos, no por una sabiduría puramente humana, sino por la gracia de Dios.» 2. Corintios 1, 12

La vida humana es permanente encrucijada ante las múltiples situaciones y posibilidades que nos presentan las circunstancias, en las cuales tenemos que elegir entre dos cosas. Constantemente enfrentamos situaciones en la que tenemos que elegir algo. Se puede decir que uno ha alcanzado una sabiduría elevada en la vida, cuando el individuo es capaz de distinguir entre lo que es verdaderamente esencial  y lo que es secundario o accesorio. Cuando uno puede distinguir entre lo verdadero y lo aparente, es decir, lo que parece y no es.

En éste mundo tecnológico en que vivimos, repleto de informaciones y conocimientos que son generadas constantemente sobre una infinidad de temas,  nuestras mentes estan siendo alimentadas por los medios de comunicación con una cantidad tan enorme de conocimientos y con tanta rapidez, que nuestra conciencia no los puede analizar o procesar eficientemente. Imagínense a la mente humana como el buche de un ave en el que se va acumulando el alimento obtenido, y a la conciencia, como el estómago y el intestino que tienen la funciones de digerir todo y de asimilar al final solamente lo conveniente, nutritivo y vivificante.

Debido a ese flujo contínuo de informaciones que estamos recibiendo, incluso sin desearlo, y que terminan por saturar la mente, la conciencia parece estar tan sobrecargada con el examen y el análisis de los conocimientos recibidos, que está como adormecida. No es de extrañar entonces que estemos todos tan abarrotados mentalmente con informaciones, y que por eso la razón y el sentido común se encuentren algo extraviados en este torbellino alocado e insensato, conocido como la sociedad de consumo.

Sin darnos cuenta, estamos siendo condicionados por un estilo de vida que no hemos elegido ni de manera conciente ni voluntaria, sino que nos ha sido impuesto por la educación, las empresas y los medios de comunicación. Hacemos muchas actividades sin pensar y sin reflexionar, las hacemos sencillamente porque la mayoría las hace. Una gran parte de las ideas y de los pensamientos que ocupan a diario nuestra mente, son ideas y creencias que nos han inculcado, son pensamientos ajenos que de tanto escucharlos o leerlos los hemos asumido como propios, pero siguen siendo postizos.

En virtud de esa situación, tenemos que esforzarnos en hacer un mayor uso de nuestra conciencia para poder filtrar ese enorme cúmulo de informaciones e ideas nuevas que estamos recibiendo, y asimilar lo que a nuestro juicio es lo mejor para nosotros, desechando el resto de las informaciones sobrantes que son sólo una carga inútil. Despertemos nuestras conciencias y no permitamos que, sin desearlo, se nos siga llenando nuestro « estómago mental» con informaciones innecesarias.

¿Cómo podemos notar si nuestra conciencia está efectivamente algo adormecida?
Un examen íntimo de conciencia nos puede ayudar a determinar nuestra situación personal actual. Las siguientes preguntas podrían servir de orientación:

  • ¿En tus momentos de soledad mantienes siempre un diálogo interior con la voz de tu conciencia, o por el contrario, te sientes extraño e incómodo contigo mismo?
  • Estás amando de todo corazón e incondicionalmente a alguien en estos momentos, o estás compartiendo la vida con alguien sólo por evitar la soledad ?
  • ¿Eres el protagonista de tu mundo interior, de tus decisiones y criterios para actuar, o más bien tiendes a dejarte llevar por las circunstancias y por lo que hacen los demás?
  • ¿Estas centrado en tí mismo o estas más orientado y atento hacia lo que viene de afuera, de los otros, de lo que esta sucediendo alrededor de tí?

Una de las experiencias personales de mayor significado y trascendencia en la vida de cualquier individuo, es el tomar conciencia de su propia conciencia, o dicho de otra manera,  reconocer la existencia del alma como una entidad o sujeto que habita dentro del cuerpo. El reconocimiento consciente de nuestra naturaleza compuesta de cuerpo y alma.

En este orden de ideas el antropólogo y psiquiatra chileno Claudio Naranjo afirma lo siguiente: « Se puede decir que cuando el individuo llega a tomar conciencia de su conciencia misma—más allá de la conciencia de su cuerpo–, es decir sus emociones y sus pensamientos, ello constituye una especie de nuevo nacimiento, un nacimiento espiritual con el que penetra en un nuevo nivel de vida.  La simple toma de conciencia es sanadora, y a veces basta con captar uno de nuestros patrones relacionales compulsivos para que comencemos a desidentificarnos de éste, recuperando la libertad de actuar en forma creativa y apropiada a las circunstancias en vez de hacerlo desde la inercia de condicionamientos tempranos obsoletos.»

Sobre la importancia la conciencia dice San Agustin:

«Si la esencia del hombre es la interioridad, la conciencia como interioridad del hombre lo define en su cualidad central: el hombre es su conciencia, se encuentra a sí mismo en su conciencia, que contiene y la dicta la norma del valor moral. La conciencia es la parte más segura y espiritual del alma, la que se identifica con el hombre interior; abierta, por consiguiente, para ver lo que se debe temer, desear, buscar, alabar y amar. Por eso, si muchas veces se identifican corazón y conciencia, otras veces la conciencia aparece como el centro del corazón, «vientre del hombre interior»

Es también una vivencia maravillosa y muy provechosa el llegar a tener conciencia de sí mismo, pero no sólo del cuerpo sino de tus emociones, pensamientos, imaginación, deseos, congojas, penas, etc, en resumen, de nuestra vida interior, de nuestra alma. Tener conciencia de nuestra dimensión espiritual y de nuestra dualidad natural entre el cuerpo y el espíritu, es decir el hombre exterior y el hombre interior.
San Agustín en uno de sus sermones con el fin de ilustrar mejor la dualidad de la naturaleza humana compuesta de alma y cuerpo, animaba a sus oyentes a comprobar en si mismos la realidad de la existencia del hombre interior (ánimo o alma), que no se ve pero que se siente y el cual habita dentro del hombre exterior (el cuerpo que tenemos):

“Y lo que no se ve, esto se ama más, pues consta que se ama más al hombre interior que al exterior. ¿Cómo consta esto? Compruébelo cada uno en sí mismo. En efecto, ¿qué se ama en el amigo, donde el amor es totalmente sincero y limpio? ¿Qué se ama en el amigo, el ánimo o el cuerpo? Si se ama la lealtad, se ama al ánimo; si se ama la benevolencia, sede de la benevolencia es el ánimo; si en el otro amas que ése mismo te ama también a ti, amas el ánimo, porque no la carne, sino el ánimo, ama.”

Nuestra conciencia no es solamente capaz de captar los actos que hacemos, sino tambien de percibir nuestra interioridad espiritual, y de manera particular, al fenómeno espiritual por excelencia de la creatura humana: el amor a sí mismo y el amor al prójimo.

El filósofo español Joaquín Xirau describe lo que él denominó como la conciencia amorosa del ser humano:
« Claro es que en algún sentido, es el amor -el «amor puro» de que hablamos aquí- un fenómeno de conciencia.
El amor no es pasión, sino acción. No depende inicialmente de las circunstancias ni de las inclinaciones de los demás. Es iniciativa y espontaneidad, entrega gratuita y sin intención ni esperanza de recompensa ni aun de correspondencia. Descansa en una intima necesidad del espíritu que se expande y halla en la expansión su goce supremo. Todo se baña y se anega en las aguas de la vida espiritual. Mediante ello el mundo se nos hace interior y se convierte en experiencia íntima, inefable e intransferible. Nadie es capaz de experimentar lo que yo experimento ni de sentir lo que yo siento.

Fuera de mi intimidad la realidad del mundo se reduce a mera percepción «exterior», impersonal, abstracta y mostrenca,y las cosas a meras «cosas» insignificantes e indiferentes. Por la experiencia espiritual el mundo se hace mío, lo siento como cosa mía, íntimamente vinculada a mi personalidad y a mi destino. El espíritu impregna la totalidad de nuestro ser y del ser de las cosas entre las cuales vivimos. Como un halo sutil nos inunda y al mismo tiempo que nos proyecta más allá de nosotros mismos y nos permite vivir en el mundo y por el mundo, nos repliega, nos destaca y nos aísla e incluye el mundo entero en el ámbito de la intimidad. Mi centro personal se convierte en el centro del universo y el universo entero se vincula orgánicamente a mi vida. »

En la encíclica Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II promulgada en 1965, dice en la sección referente a la conciencia humana, lo siguiente:
« En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente (ver Rm 2, 14-16). La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. » 

He expuesto hasta aquí, ésta serie de valiosas opiniones y afirmaciones de ilustres personalidades sobre la conciencia, las cuales representan una pequeña pero sólida muestra de la extensa argumentación, que está disponible en la literatura universal sobre el prodigioso papel de la conciencia en la existencia humana y su imprescindible contribución, para lograr en la vida esas fases de plenitud, de gozo y de felicidad tan anheladas por todos.

En contraste con lo anterior, voy a exponer a partir de aquí, algunos argumentos críticos en contra del exagerado culto que se le brinda al saber, al conocimiento científico y a la tecnología.

Se admira y se confía tanto en la capacidad intelectual y en los conocimientos, que una y otra vez nos olvidamos de dos de los aspectos más primordiales del ser humano:

  1. sus características naturales más evidentes: las limitaciones de su mente y de sus conocimientos, el hecho indiscutible de que errar es humano, la absoluta dependencia de la naturaleza (aire, agua, tierra, plantas y animales), la extrema fragilidad de su cuerpo, el ser mortal y disponer de una vida útil muy breve.
  2. el papel de la conciencia para examinar, percibir y considerar todos los factores y circunstancias, con el propósito de guiar nuestras acciones por el camino acertado.

Esta es una de las debilidades humanas más frecuentes y persistentes, a la cual generación tras generación siempre volvemos a sucumbir, así tal como lo testimonió en el siglo XVI el célebre teólogo holandés Erasmo de Rotterdam en su obra « El elogio a la locura » cuando hizo la siguiente afirmación:

« Y, lo repito una vez más, los que están más lejos de la felicidad son aquellos que más cultivan el saber, mostrándose por eso doblemente necios, pues, a pesar de ser hombres, se olvidan de su condición y acumulando sus ciencias una sobre la otra pretenden emular a los dioses y declarar como los Gigantes la guerra a la Naturaleza, valiéndose de estos ardides, lo que demuestra que los menos desdichados son los que siguiendo su instinto se aproximan más a la sandez y cualidades de los brutos y no intentan nada que esté por encima de la condición humana, y voy a demostrar este aserto aunque no ciertamente valiéndome de los entimemas de los estoicos, sino con un ejemplo evidente que entre por los ojos.» 

Después de haber transcurrido más de 500 años de esa valiente aseveración de Erasmo, y sobre todo después de haber logrado la humanidad los mayores avances científicos, y de haber generado las universidades el mayor volúmen de conocimientos tecnológicos de la historia, tenemos hoy en dia que llenarnos de mucho coraje y paciencia al constatar con renovado asombro, la tremenda crisis ambiental que hemos generado las sociedades de consumo con nuestro despilfarrador estilo de vida, al agotar demasido rápido los recursos naturales y al ocasionar el calentamiento del clima mundial por el elevado consumo de energía. Con el agravante de no haber sido capaces de usar la conciencia ecológica de modo constante y efectivo, y por habernos involucrado nuevamente en una absurda guerra contra la naturaleza, guerra ésta que estamos condenados a perder.

Por todo lo que he escrito y para finalizar la reflexión, lanzo de nuevo la pregunta a mi estimados lectores, esperando que se animen a buscarle una respuesta: ¿De que nos sirven los conocimientos, si no usamos nuestra conciencia?

¡Ayúdame Dios mío, no te tardes!

« Súplica en la desgracia », es el título del salmo 70 en que el Rey David clama a Dios por ayuda diciendo:
« Dios mío, ¡dígnate ayudarme! Señor, ¡ven pronto a socorrerme! Y yo,  menesteroso y afligido; ¡ven pronto, oh Dios, en mi ayuda! Tu eres mi ayuda; ¡eres mi libertador! ¡No tardes, Señor! » Salmo 70, 1 y 6

Las desgracias, el sufrimiento y la aflicción tienen en la vida humana un lugar privilegiado, eso ha sido siempre una realidad constante en la historia de la humanidad,  y sigue siendo así, incluso hoy en día en nuestra época moderna, a pesar de todo el avance de la ciencia y de las innumerables comodidades que nos ofrecen los nuevos inventos tecnológicos y los bienes de consumo, con los que se trata de hacer la existencia menos penosa que en el pasado.

Nuestra realidad es que ante Dios nada somos, y nada tenemos que Él no nos haya dado.  Dice San Agustín: « Que tienes tú que no hayas recibido, ¿por qué gloriarte como si no lo hubieses recibido?”. Nada es nuestro porque nada hemos sido capaces de crear, solo Dios es el único Creador, nosotros frente a Él y frente a todos, sólo somos la nada de la nada.»

El reformador Martín Lutero, refiriéndose a nuestra relación de dependencia de Dios como Creador del Universo y nosotros en nuestra condición natural de ser sus criaturas, dijo con mucho acierto: » Todos estamos necesitados. Eso es lo real.“

Para el místico alemán Maestro Eckhart, el deseo y la necesidad de Dios que siente el ser humano, caracterizan la condición de ser la única criatura, a la que Dios le donó su espíritu: nuestra alma.

La persona que sufre es una persona necesitada. El sufrimiento nos convierte de forma instantánea en personas necesitadas, en indigentes. Y a mayor sufrimiento, mayor será la necesidad que nos apremie.

Es sumamente interesante como Eckhart explica la transformación que tiene lugar en el individuo cuando sufre. El sufrimiento genera en nosotros una serie de deseos insatisfechos que nos hacen conscientes de que nos falta algo, o dicho de otra manera, nos hace sentir la ausencia de Dios, que es lo que hace surgir en la persona el recuerdo de Dios. Según Eckhart, la condición natural del hombre es ser hijo de Dios, y cuando la persona se siente hijo de Dios, es cuando vive efectivamente conforme a su naturaleza. El convertirse en hijo de Dios es ante todo un proceso de transformación diario, para el cual Eckhart encuentra una representación metafórica muy hermosa. Él compara este proceso de transformación con la quema de la madera: «Cuando el fuego hace su efecto y enciende la madera y se prende, el fuego hace a la madera muy fina y delicada … y hace que la madera en sí, se asemeje más y más al fuego.”  

Cuando estamos sanos, cuando todo marcha adecuadamente y vivimos en un ámbito estable y próspero, esas son las condiciones que conocemos como: la normalidad.

Parte de esa normalidad en el ser humano, la constituyen las pasiones innatas entre las que destacan sobremanera el orgullo y la vanidad.

El libro de Eclesiastés en el Viejo Testamento se inicia con estas palabras : « Vanidad de vanidades ! –dice Cohelet-, vanidad de vanidades, todo vanidad. » Más adelante en el texto, dice en versículo 14: « He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos. « 

La vanidad humana se podría comparar con un objeto vacío que contiene sólo aire, y que como un globo, se infla y se desinfla muy fácilmente. Se dice que la vanidad tiene alas doradas, por la facilidad con que se infla, sube a la cabeza y se apodera de nuestra mente.

La vanidad y el orgullo poseen la particular capacidad de aturdir la conciencia, el intelecto y a la memoria de tal manera, que los embriaga reduciendo su claridad de percibir la realidad. El individuo no está ya consciente de su extrema fragilidad natural y se olvida de su gran vulnerabilidad a las desgracias, al dolor y al sufrimiento.

El individuo dominado por la vanidad y el orgullo cuando actúa, sabe muy bien lo que hace y lo que siente, pero no está muy consciente ni de las causas que lo motivan, ni tampoco de las consecuencias de sus acciones. La vanidad tiene tanto poder de influencia en nuestra mente, que si se lo permitimos, nos puede hacer creer que somos casi dioses, que somos capaces de todo y por esfuerzo propio, que somos dueños de nuestra vida y de nuestro futuro, y sobre todo, que somos libres e independientes y que no necesitamos recurrir a Dios.

Poseemos la fabulosa facultad de negar la endeble realidad que somos y la de crear en su lugar, por obra de nuestra mente, una realidad de indestructibilidad imaginaria que nos agrade más, siendo capaces de percibir esa ilusión, como si fuera la realidad en la que actuamos. Nos encanta soñar con los ojos abiertos, mientras las circunstancias de la vida sean favorables y nos sintamos a gusto. Sin embargo, sólo hasta que la siguiente tormenta del destino nos sacuda y nos despierte.

Cuando caemos en desgracia por una contrariedad inesperada: un grave accidente, una seria enfermedad, una desilusión amorosa, un fracaso estrepitoso, la desocupación, la ruina, etc; nuestra vanidad cae también en picada y nos desinflamos. El sufrimiento y la aflicción que entran entonces en escena en nuestra vida, se encargan con esmero de que toquemos fondo más temprano que tarde, de que nos percatemos nuevamente de lo frágil que somos, y de que reingresemos a nuestra verdad y realidad.

Poco tiempo después, nos damos cuenta de que ante Dios no somos nada, y de cómo, en última instancia, dependemos de Dios para estar vivos y sanos. De cómo dependemos de Dios, para que nuestro corazón siga palpitando, o para que nuestro metabolismo bioquímico genere la inmensidad de procesos, hormonas y enzimas indispensables para poder estar sanos y funcionar bien.

Aun cuando en la sociedad moderna, en las universidades y en el mundo laboral más bien se fomenta el orgullo, la vanidad y una actitud de vida sin tomar en cuenta a Dios,  Él por su parte, en su misericordia y amor hacia su criatura, continuará haciéndonos sentir su divina disciplina cada vez que la necesitemos, para mantener a la vanidad en su mínimo y recordarnos nuestra condición de dependencia como hijos suyos que somos en Cristo, nuestro Redentor.

Los salmos son un maravilloso ejemplo de la manifestación de la clara conciencia que el rey David tuvo de si mismo, de sus virtudes y defectos personales, de su condición de ser criatura de Dios y en consecuencia,  de estar muy consciente de su dependencia filial hacia Dios, así como un niño pequeño depende de su madre y de su padre. En su estrecha relación personal con Dios, es David también un modelo universal de fe, humildad y sencillez, ya que a pesar de haber sido coronado Rey de Judá, demostró poseer caracter y dominio de sí, al no permitir que la vanidad y el orgullo le enfriaran su ardiente celo y el temor de Dios, cuando durante su reinando dispuso de poderes, lujos y riquezas.

La ayuda que podemos recibir de la gente y de nuestros seres queridos cuando caemos en alguna desgracia es siempre limitada y pasajera, ya que las necesidades que afloran en nuestra existencia son de dos tipos: las necesidades materiales y las espirituales.

Nuestros amigos y familiares nos pueden ayudar a cubrir las necesidades materiales y a aliviar los tormentos corporales por un tiempo, pero no pueden estar siempre atendiéndonos y pensando en nosotros, porque simplemente la mitad del tiempo estan durmiendo y en la otra mitad estan ocupados en sus propios asuntos. En cambio, Dios no cesa de pensar en nosotros ni de atendernos, él sabe perfectamente cuáles son nuestras penas y nuestras necesidades. El Dios que todo lo puede y todo lo sabe, tiene también bajo su control todo lo que sucede en nuestra vida material como en la vida espiritual. El ser humano en la desgracia, necesita también de mucho consuelo.

Sin duda alguna, no puede ser jamás la misma consolación, ni la fortaleza, ni la serenidad, ni la paz interior que puede llegar a sentir el incrédulo o el ateo cuando cae en desgracia, que la que siente y experimenta en su alma el creyente, cuando en su desgracia clama a Dios por ayuda, porque tiene con Él una relación personal de Padre a hijo.

En ésta vida todo ser humano padece sufrimientos y penas que no se pueden evitar. Ese es uno de los misterios inescrutables de la vida humana. Debido a que el sufrimiento forma parte integrante de la vida, es en consecuencia universal e inevitable. El gran desafío para nosotros consiste entonces, en la forma de asumir el sufrimiento y de padecerlo, para que con la ayuda y el consuelo de Dios logremos transformarnos en la aflicción  y aprendamos a coexistir con élla.

A continuación transcribo una pequeña porción de una de las obras más conocidas del Maestro Eckhart titulada “El libro del consuelo divino”:

“Según la verdad natural, Dios es la fuente única y el manatial único de todo bien, de la verdad esencial y del consuelo, mientras que todo lo que no es Dios, no es en si mismo más que natural amargura, desconsuelo y sufrimiento, y nada añade a la bondad que es de Dios, sino que menoscaba, tapa y oculta la dulzura, el deleite y el consuelo que da Dios.”

“Si lo que me hace sufrir es un perjuicio por cosas materiales, eso es un signo inequívoco de que de verdad me gustan las cosas materiales y que de verdad me gusta el sufrimiento y el desconsuelo y los busco. ¿Que tiene entonces de extraño que sufra y esté triste?  En realidad, a Dios y al mundo entero les resulta del todo imposible hacer que el hombre encuentre el consuelo verdadero en las personas. Pero, si lo que uno ama en la persona es sólo Dios y ama a la persona sólo en Dios, por todas partes encontrará consuelo verdadero, justo y equitativo.”

El apostol Pablo en su segunda carta a los Corintios dice sobre el consuelo de Dios lo siguiente:
« Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Así como abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. » 2. Corintios 3-5

Los 150 salmos de David contienen un vasto tesoro de sermones, plegarias, súplicas, ruegos, clamores, alabanzas y lamentaciones para cualquier persona, pero de manera especial, para aquella persona  a quién una adversidad o desgracia la haya transformado en una persona necesitada de ayuda, fortaleza y consuelo.
Hay salmos prácticamente para cada situación personal y estado anímico en que uno se encuentre.

La franqueza, la cercanía, el afecto, la confianza y el amor con que David se expresa directamente a Dios y a su propia alma en sus salmos, son sumamente inspiradores. David nos da una lección magistral, de cómo dirigirnos con cariño a nuestra propia alma, que gime tambien cuando estamos afligidos y abatidos por las desgracias y adversidades.  Es verdaderamente impresionante apreciar, cómo David en sus diálogos secretos consigo mismo, se desdobla y se habla a sí mismo diciéndole a su propia alma: ¿Porqué te abates alma mía, y te turbas dentro de mí?

Esa actitud que tuvo David en su íntima relación con Dios y consigo mismo, es una prueba excelente del amor que le expresaba a Dios y del amor que sentía por sí mismo.

Puede ser que tú estés sano y que en tu apariencia exterior te veas muy bien alimentado, muy bien vestido y satisfecho, pero en tu vida interior donde se padece en secreto y con mucho más frecuencia, puede ser que debido a alguna adversidad, aflicción o desilusión, esté tu alma necesitada de ayuda y de consuelo. Atiéndela y ayúdala! Ese es mi humilde consejo.

Amar y sentir es vivir plenamente

Amar y sentir es lo primero y lo más importante en la vida. Esa necesidad primordial humana la conocemos desde el mero inicio de nuestra existencia: al nacer.

El neonato en sus primeras horas, días y semanas de haber nacido no piensa, no razona, no analiza, él únicamente ama y siente. Su existencia y su frágil cuerpecito dependen absolutamente de sus instintos biológicos básicos, los cuales son manifestados a su madre y al mundo exterior, por su capacidad de sentir hambre, sed, dolor, frio, calor, asi como también de percibir el amor, el cuidado y las atenciones de su madre. Como segunda fase del desarrollo natural del infante y de su estrecha relación con su madre, se crean entonces inmediatamente entre los dos seres, los lazos invisibles de amor, ese maravilloso sentimiento, al cual podemos llamar: el más grandioso y sublime de los sentimientos humanos.

Por lo tanto, ya desde el comienzo de la existencia humana, el vivir y el sentir forman una unidad monolítica, inseparable y recíproca, la cual no sólo representa una realidad indiscutible, sino que además muestra claramente la interacción de dependencia mutua que existe entre el cuerpo y el alma, relación ésta de suprema importancia, para que cualquier ser humano sea capaz de lograr su desarrollo integral y una vida plena conforme a su naturaleza compuesta de una dimensión corporal y una espiritual.

Importancia e influencia de los sentimientos en nuestra existencia

En nuestro mundo interior los sentimientos constituyen el pegamento que articula nuestra experiencia para generar creencias y comportamientos que se expresan en valores fundamentales, principios de vida, rutinas y realización de potencialidades.

Es por eso, que el escritor checo Milan Kundera llega a afirmar: “no son los pensamientos aquello que me constituye, sino mis sentimientos: siento, luego soy.” En un fragmento de su novela La inmortalidad, Kundera subraya el peso y la influencia del sufrimiento humano en el proceso de tomar conciencia de nuestro propio yo.

Los sentimientos no son otra cosa que comunicaciones reales y llenas de significado de cómo mejorar nuestra vida y nuestra relación con el mundo. Cada sentimiento activa en nuestro cuerpo la bioquímica celular, las hormonas y los neurotransmisores. A travéz de un proceso metabólico, los sentimientos se traducen en energía física y en movimiento, convirtiéndonos así literalmente en lo que sentimos.

La manera como sentimos determina nuestras actitudes frente a la vida. Los seres humanos estamos estructurados por tres energías internas:  sentimiento, pensamiento y movimiento; una energía traduce a la otra y la armonía entre ellas genera congruencia. Nuestros sentimientos dan sentido y orientan la calidad de nuestra existencia.

No hay decisiones sin emociones. No podemos tomar una sola decisión que no sea por medio de una emoción. En el sistema límbico que regula las emociones, están los poderes más primitivos del cerebro y que son la guía para las decisiones de nuestro organismo.
Las emociones como el miedo, la seguridad, la ira, el amor, la tristeza y  la alegría  no son sólo complementos del intelecto. Éllas aseguran nuestra supervivencia. Sin sentir el asco, comeríamos el moho. La ira nos hace atentos y el miedo nos hace actuar y reaccionar. Y cuentan también en la toma de decisiones importantes.

Los sentimientos proporcionan a la persona su instalación en el mundo. Constituyen, por ello, un a priori de todo conocimiento, son el punto de vista propio, particular del sujeto. Los sentimientos revelan nuestro modo de estar en el mundo, previo a la escisión que establece la razón entre sujeto y objeto. Todo nuestro conocimiento está teñido por los sentimientos como los colores de un cuadro; se podría decir que constituyen el color o la música de todas nuestras experiencias. Los sentimientos nos dan lo familiar, el mundo íntimo, personal, aquello con lo que yo estoy íntimamente comprometido: mi mundo personal. Y también el entorno socio-político que la persona puede llamar suyo: el sitio (ciudad, pueblo, etc.) donde ha nacido, su país, en resumen, la cultura a la que pertenece y donde hunde sus raíces.

A diferencia de los pensamientos, los sentimientos sólo pueden sentirse, y por lo tanto son propios de la persona que los siente, y además son únicos  e intransmisibles. Mi dolor, por ejemplo, lo siento únicamente yo, tu dolor es sólo tuyo y más nadie en el mundo lo puede sentir como tú, ni a nadie se lo puedes transferir. Precísamente por esa razón, el dolor y el sufrimiento nos conectan y comunican con nuestro verdadero yo, con nuestra alma, con nuestra consciencia.

Durante esos momentos en que sufrimos, en que sentimos dolores, o bien cuando estamos siendo afligidos por una enfermedad, abandonamos nuestros acostumbrados papeles o roles que desempeñamos siempre en la vida cotidiana, dejamos de aparentar lo que no somos, y aflora así entonces, nuestro propio yo sin ningún tipo de fingimiento.

La enfermedad y el sufrimiento no son más que procesos naturales e inevitables, que obligan al cuerpo y al espíritu a sentirse mutuamente, y además, conducen al ser humano a ensimismarse, a centrarse en sí mismo, a comprenderse, a encontrarse primero consigo mismo y seguidamente con Dios.

De los sentimientos y emociones que sentimos en carne propia podemos entonces deducir, que son absolutamente nuestros y verdaderos, por el contrario, del inmenso caudal de pensamientos que fluye permanentemente por nuestra mente, no podemos afirmar con plena certeza que todos son nuestros, ya que nuestros pensamientos originarios se encuentran mezclados con aquellos pensamientos ajenos, que hemos incorporado y aceptado durante nuestra crianza, educación y evolución personal.

Otra característica muy específica y exclusiva de los sentimientos es su condición de ser universal en los seres humanos de todos los tiempos. Así como la función de la respiración la realiza cada ser humano de manera imperceptible y libre, igualmente cada persona siente y experimenta sus sentimientos y emociones, independientemente de la edad, del grado de educación, del estrato social, de la raza, de la cultura, de sus capacidades y de la inteligencia.

Mientras que los pensamientos van cambiando en el transcurso de la vida según nuestro estado de desarrollo y las experiencias vividas, y son además, muy influenciados por esos factores mencionados.

Si recordamos y tomamos en cuenta el hecho de que durante toda la historia de la humanidad, según los testimonios de los pueblos y civilizaciones antiguas conocidas, sólo un minúsculo grupo de personas privilegiadas de cada comunidad que existió en nuestro planeta, supo leer y escribir, y que por lo tanto, casi la totalidad de los seres humanos que existieron anteriormente fueron analfabetas, humildes en bienes materiales y vivieron de forma sencilla y en condiciones de subsistencia.

Si las condiciones de vida de la gente fueron así en la antigüedad, estoy seguro que ustedes tambien coincidirán conmigo, en que sería completamente inconcebible y absurdo pensar, que Dios como Creador amoroso y justo que es, le haya otorgado más poder y más influencia a la capacidad de pensar y de conocer del hombre, que a la capacidad de sentir y de percibir emociones, para poder alcanzar una vida plena y llena de sentido.

Solamente tenemos que imaginarnos las condiciones de analfabetismo y de oscurantismo en que vivieron durante milenios las grandes mayorías de las civilizaciones precedentes, para admitir y estar de acuerdo con la tesis de que son nuestros sentimientos y no nuestros pensamientos, los que nos conectan con nuestro propio ser interior, y que por esa razón, sentir es lo primero y lo más importante en la vida de los seres humanos.

No son los altos estudios universitarios, ni el uso de la tecnología avanzada, ni las nuevas comodidades materiales, ni la abundancia del consumo de bienes, ni la cantidad de actividades varias que nos ocupan, ni mucho menos las numerosas distracciones o aficiones con las que pasamos el tiempo libre; lo que le da plenitud, sentido y apasionamiento a la vida humana. Y no puede ser cierto por la sencilla razón, de que los miles de millones de personas comunes que existieron antes de nosotros y que no tuvieron nada de eso del mundo moderno que disponemos ahora, vivieron indudablemente una vida plena e intensa y seguro que no vegetaron como plantas.

La vida humana auténtica, es todo lo que sucede y transcurre de manera oculta y secreta en tu vida interior, lo que piensas, sientes, crees y esperas. El tipo de sentimientos y de emociones que percibes, su fuerza, su frecuencia, su duración. Siendo el amor lo más importante de la vida humana, porque es su principal guión. Y asi como lo expresa bellamente la letra de una canción latinoamericana: Amor es el pan de la vida, amor es la copa divina.
Son tambien de capital importancia los estados del alma como: tener fe en Dios, una conciencia tranquila, paz interior y esperanza.

En estos tiempos modernos en que vivimos, se ha enfocado toda la atención de las escuelas, universidades y comunidades científicas, en la capacidad racional del hombre y en el entorno material exclusivamemte, descuidando su dimensión espiritual y emocional hasta tal punto, que ha terminado siendo menospreciada e ignorada.

Cada sociedad, así también como cada familia en particular, enseña diferentes formas de expresar o reprimir emociones y sentimientos. Desde que los niños son muy pequeños, los adultos comenzamos este proceso de formación del carácter, tanto en forma explícita (diciendo cómo pueden o no expresar ciertos sentimientos) como en forma no explícita, es decir, a través de nuestra propia forma de ser. Los niños aprenden principalmente por imitación, por lo tanto si nos ven reír aprenderán a celebrar las cosas buenas y reírse; si nos ven de mal humor aprenderán a irritarse cuando se enojen.
Si bien estos aprendizajes pueden resultar necesarios para que los niños se adapten al medio que pertenecen, también pueden dificultar la toma de contacto con ciertas emociones y sentimientos que no desaparecen, sino que se transforman.

En algunas culturas  el lenguaje de los sentimientos no es tomado en cuenta (por ejemplo, nadie se toma el tiempo para oír las penas de los demás), pero sí se pone atención cuando alguien manifiesta un dolor físico. De esta forma, los padres enseñan a sus hijos que el lenguaje de los sentimientos y emociones se limita a las manifestaciones corporales, volviéndolos personas que se quejarán frecuentemente de diversas dolencias físicas sobre todo para buscar afecto. De hecho, se ha visto que evitar la expresión de las emociones puede terminar en verdaderos trastornos de la salud, siendo los hombres quienes más padecen de estas enfermedades llamadas psicosomáticas.

Pareciera que expresar con gestos o palabras lo que sentimos, es una necesidad para mantener sano el organismo, evitando así el peligro de que nuestra inhibición emocional se traduzca posteriormente en dolencias o enfermedades orgánicas graves.

Todos sentimos y percibimos nuestros sentimientos, pero entendemos poco de éllos.

Explicar con palabras lo que sentimos es una tarea sumamente dificil, y muchas veces, es sencillamente imposible. Para poder tener conciencia de nuestro estado emocional, no sólo debemos darnos cuenta de como nos sentimos, sino también entender nuestros sentimientos y saber reconocerlos en los demás.

La inteligencia emocional implica la capacidad de usar la razón no para reprimir las emociones, sino para tenerlas en cuenta, saber expresarlas oportunamente y apoyarnos en éllas en el momento de tomar decisiones.

El pintor norteamericano Daniel F. Gerhartz escribió un poema titulado Aprendiendo a usar mi alma, el cual comienza expresando lo siguiente: „Aprendo a usar el alma porque es la única forma de sentir la vida, de sentirme vivo,
de conocer y empaparme de amor de verdad, de palpitar con todo mi cuerpo y no sólo con el corazón.»

Las emociones no se pueden elegir, éllas surgen o brotan en nosotros afectando nuestro estado anímico o emocional, lo que si tenemos es el poder de reprimirlas o de reconocerlas y aceptarlas, para después poder expresarlas de acuerdo a lo que nos dicte la razón en el momento y a la situación particular en que nos encontremos.

Los sentimientos son un misterio digno de explorar con los ojos abiertos, si lo que buscamos es comprender más este complejo mundo interior nuestro, como también conocernos mejor a nosotros mismos.

Efectos del racionalismo y del avance de las ciencias modernas

Aunque se sabe desde hace mucho tiempo, que para la conducta humana es más determinante el sentimiento que el pensamiento, sin embargo, en los últimos 100 años las ciencias modernas de la mente humana han estado considerando los sentimientos como subproductos de los pensamientos y hasta contaminantes de los mismos.

Desde que se inició en Europa, la época de las luces y del racionalismo en el siglo XVIII, y con éllos, el avance incontenible de la educación, las ciencias y de la tecnología, se fue gradualmente consolidando la creencia, de que lo más importante y conveniente para el desarrollo del mundo y la sociedad modernos, era fomentar el desarrollo de las capacidades intelectuales y aumentar la adquisición de conocimientos.

Cómo durante décadas, la civilización occidental se ha preocupado al máximo por la educación intelectual y sus rendimientos, es por esa razón, que hoy en día, se admira más la inteligencia y la sabiduría de una persona que su capacidad de amar, y como consecuencia de esa nueva creencia, el descuido en lo afectivo ha sido enorme.

Refiriéndose a esa situación, el psiquiatra colombiano Luis Carlos Restrepo, afirma: “Los ciudadanos occidentales sufrimos una terrible deformación, un empobrecimiento histórico que nos ha llevado a un nivel nunca antes conocido de analfabetismo afectivo. Sabemos sumar, multiplicar y dividir; pero nada sabemos de nuestra vida afectiva, por lo que seguimos exhibiendo gran torpeza en nuestras relaciones con otros, campo en el que cualquiera de las culturas llamadas exóticas o primitivas nos supera en creces»

Según el señor Restrepo, esta separación entre el entendimiento y la afectividad se debe a una elección por parte de la sociedad moderna de una percepción mediada por nuestros receptores sensoriales a distancia como son la vista y el oído. Así occidente prefirió el conocimiento a través de estos dos receptores a distancia conformando una cultura basada en la formación audiovisual.

La subestimación de nuestros propios sentimientos y el hecho de considerarlos como algo totalmente secundario en nuestras vidas, se ha convertido en la más grave deficiencia social  y en la causa más relevante tanto del empobrecimiento afectivo como del vacío existencial que se han estado propagando rápida y silenciosamente en las sociedades modernas.

A medida que los tiempos avanzan y nos adentramos en e! siglo XXI, nuestras sociedades se alejan cada día más de la posibilidad de lograr lo que tanto ansían: paz interior, armonía, equilibrio psicológico y emocional.  Los problemas emocionales en las sociedades modernas han aumentado vertiginosamente, convirtiéndose en una verdadera epidemia de nuestra civilización, tanto es así, que en Norteamerica y en Europa los consultorios existentes de psiquiatras y de psicólogos no dan a basto para la tremenda demanda que existe.

Como respuesta a ésta situación y a la dificultad de conseguir un cupo de tratamiento en un consultorio profesional, han surgido una organización privada de autoayuda similar a la de alcoholicos anónimos, que se llaman emocionales anónimos.

Lo que dijeron sobre los sentimientos algunos de los grandes filósofos

Henri Bergson

El filósofo Henri Bergson aseveraba que sin recuerdos no poseeríamos una auténtica personalidad, pues ¿qué somos nosotros? ¿qué es nuestro carácter sino la condensación de la historia que hemos vivido desde nuestro nacimiento, antes de nuestro nacimiento incluso, dado que llevamos con nosotros disposiciones prenatales?

Los recuerdos se encuentran íntimamente ligados a los sentimientos y las vivencias y como estos a la temporalidad. Al transcurrir las vivencias durante el tiempo, su permanencia como recuerdos conforma nuestro Yo. Así, los recuerdos pasan a convertirse en una suerte de «certificado» de nuestra existencia, conforman nuestra persona, nuestro ser, deseamos que perduren y tememos que con nuestra muerte desaparezcan y se pierdan.

El amor es la mayor fuerza de origen divino que existe en todo el Universo, y para estar en contacto con élla, hay que primero consentirla para poder sentirla y estar conectado con élla.

Miguel de Unamuno

Para Miguel de Unamuno, la raíz de la existencia humana es el sentimiento trágico de la vida. Lo que Bergson llama emoción fundamental, Unamuno lo llama sentimiento trágico. No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas o pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo el que hace nuestras ideas .

A la luz de estos textos es cuando adquiere luminosidad la doctrina de Unamuno sobre los estados de conciencia, impregnados de fe y esperanza. La doctrina teológica conexiona estas virtudes mostrando cómo de la fe brota la esperanza. Porque creemos en Dios esperamos en Él, porque creemos en el amor infinito que Dios nos ha revelado en Cristo, ponemos en Él toda nuestra confianza, toda nuestra seguridad. La esperanza nos impulsa a anhelar el reino de los cielos, que es nuestro fin último.

Bergson por su parte afirma, que las grandes ideas, nuestro modo de pensar, no son un producto meramente intelectivo, sino que tienen un manantial oculto en la conciencia. Este manantial oculto es la emoción fundamental que define nuestro más íntimo ser.

Para llegar a su grado supremo, la intuición, es necesario pasar por una serie de estadios anímicos. El primero de estos estadios, de donde parte todo el proceso cognoscitivo, es la emoción para Bergson, el sentimiento trágico para Unamuno. De ellos brotan nuestras ideas. Ellos son la fuente de la moral del héroe, de la religión del santo, de la invención del genio y toda creación literaria o artística bebe sus aguas inspiradoras en este escondido manantial del espíritu.

Unamuno fue un escritor polémico que no quiso callar lo que otros muchos callan. Advertía que, con demasiada frecuencia, el ser humano huye, corre y se enreda en un activismo febril, con tal de no «sentirse a sí mismo» , con tal de eludir lo más intenso e íntimo, por el esfuerzo que exige llegar a ello. Es la llamada «pereza espiritual».

Quiso profundizar sobre la experiencia del sufrimiento, sabiendo que al igual que el dolor físico nos hace experimentar nuestro cuerpo, el dolor espiritual, la angustia, nos permite darnos cuenta del alma y nos lleva a descubrir la interioridad y la individualidad, despertando del sueño de la inconsciencia. El pensamiento que no nos duele es un pensamiento muerto, es un puro esqueleto; en cambio, de noche y a oscuras es como uno puede a llegar a ver en desnudo su alma.

Blas Pascal

«Digo que el corazón ama naturalmente a Dios; y se ama naturalmente a sí mismo si a ello se entrega; y se endurece entre lo uno y contra lo otro, según elige. Es el corazón el que siente a Dios y no la razón. La fe es esto: Dios sensible al corazón, no a la razón.  Conocemos la verdad no sólo por la razón, sino también por el corazón.»

Frente a la demostración cartesiana que concluye en la certidumbre acerca de la existencia de un “yo pienso”, Pascal opone la incerteza y la imposibilidad de cualquier prueba racional a la que opone las “certezas del corazón” que siente sus verdades y no las deduce de principios. Es en el corazón y no en la razón donde se juega la partida por encontrar la trascendencia hacia lo infinito y con ello la felicidad. 

Con su famoso adagio «el corazón tiene razones que la razón no entiende», Pascal introduce la importancia fundamental de los sentimientos en el conocimiento de la subjetividad y, por tanto, de la persona. Pascal pone en guardia frente a los racionalismos excesivamente abstractos en la consideración del hombre: la verdad, sin la participación decisiva del corazón, corre el riesgo de extenuarse.

Soren Kierkegaard

«Quien esperó lo imposible es el más grande de todos» La fe es un camino singular, es la pasión por lo imposible.

Para Kierkegaard, la angustia es una experiencia fundamental del ser humano: «La función esencial de la angustia no es relación con el decir, sino su relación con lo real».

En toda su obra se vislumbra un método de transmisión ligado a la experiencia subjetiva, una narración reflexiva del acontecer interno, que a partir de lo íntimo y singular muestra el rasgo univer­sal de la experiencia humana. El problema central es el de la persona, para defenderla no recurre a la filosofía, a la razón, sino a la religión, a la fe.

Según Kierkegaard el mundo existe porque Dios lo hace existir y considera que en la religión se esconde el secreto de la vida, la solución de nuestro único problema que es el de nosotros mismos como personas. Lo que considera importante es encontrar una idea con un sentido por la cual pueda vivir o morir, la razón de la existencia, un principio de vida.

San Agustin de Hipona

«Te doy un breve precepto: Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten dentro la raíz del amor, de la cual no puede brotar sino el bien» (Exposición sobre la 1 a epístola de san Juan, 7, 8) San Agustín

Ortega y Gasset

«Todo vivir es vivirse, sentirse vivir, saberse existiendo »

Los objetos meramente físicos no tienen una noticia de sí mismos, no se sienten ni se saben a sí mismos, nosotros sí. El saber al que se refiere es una conciencia inmediata de lo que estamos viviendo, de lo que estamos haciendo o padeciendo o queriendo, es un enterarse.

Nuestra vida no sería nada si no nos diésemos cuenta de ello, “sin ese saberse, sin ese darse cuenta el dolor de muelas no nos dolería”.

Santo Tomás de Aquino (Tomado de la obra « Primacía del amor » de Paul J. Wadell)

Lo esencial de la vida moral es que coincidan nuestros sentimientos con lo que es lo mejor para nosotros. Somos por naturaleza seres amantes, pero debemos aprender a amar las cosas adecuadas de modo apropiado. Hemos de educar nuestros afectos para que reaccionemos correctamente a todo lo que tenemos delante, amando lo bueno, odiando lo que es malo, sintiendo tristeza por la pérdida de lo que es realmente un bien, ira cuando lo vemos amenazado y temor cuando cabe la posibilidad de que sea vencido. Al contrario de lo que muchos piensan y de cómo muchas veces se ha interpretado el pensamiento del Aquinate, lo que importa en la vida moral no es negar las pasiones o intentar rep­rimirlas, sino cultivarlas hasta que nos faculten para hacer bien. La vida moral cristiana, insiste Tomás, no requiere extirpación de las pasiones, sino su transformación. La moralidad necesita de las pasiones porque, solo cuando algo nos importa, somos capaces de hacer alguna cosa. Santo Tomás valora los sentimientos, las pasiones y las emociones en su justo punto. Para él, la moralidad se mantiene gracias cultivo de un amor correcto al que permitimos la dirección  nuestras vidas.

Este es el esquema de la vida moral que expone Tomás: el amor empeñado en la búsqueda de su plenitud en el gozo. Sabe que es necesario sentir para poder actuar; por eso, nues­tras pasiones y afectos le parecen cruciales y no los desprecia en su discusión sobre la vida moral. Son el eje de la vida moral, porque lo que al final llegamos a hacer gira sobre lo que amamos y sobre cómo lo amamos, sobre lo que es­cogemos para hacernos felices y sobre lo que nos puede entristecer. En este sentido, el amor conforma todo lo que hacemos porque el deseo de lo que amamos nos mueve a su búsqueda a través de la acción. En nuestra vida se dan una multitud de amores y empeños, y cada uno de ellos guía, forma y transforma nuestra vida. Nuestros sentimientos son parte fundamental e indispensable de nuestra existencia  y Tomás quiere establecer un diálogo con ellos para definir su papel en la vida moral y descubrir por qué tienen tanto poder sobre nosotros. Despreciarlos sería ignorar una parte vital de no­sotros mismos; considerarlos irrelevantes en una discu­sión sobre la moralidad es plantear una ética que solo puede dañar.

Santo Tomás llama pasión al amor. Una pasión es signo de una deficiencia, una confesión de necesidad. El término significa la necesidad de un desarrollo posterior, habla de una indigencia que anhela superación; sin embargo, también reconoce que la plenitud no es algo que podemos darnos a nosotros mismos, la adquirimos por medio de la ac­ción de otro. Decir que el amor es la llave de nuestra salva­ción moral e identificarlo con una pasión equivale a saber que nuestra perfección llegará gracias a la recepción de un bien que nos falta y que, además, ese bien nos ha de venir de mano ajena, puesto que por naturaleza somos incapaces de proporcionárnoslo a nosotros mismos.

Llamar pasión al amor no solo significa que tiene que ocu­rrirnos algo más, sino también que ese «más» no depende de nuestro empeño en hacer, sino de la influencia que reciba­mos del otro. Estamos ante una relación que va de «la poten­cia a la realidad», una relación que se encuentra entre la pro­mesa y la posible realización. Tomás insiste en que tal realización no es obra de nuestras propias manos, sino que nos llega a través de la ternura de un amor mejor. Como vere­mos, esta intuición es la que sostiene la convicción del Aqui­nate de que las virtudes se perfeccionan no por nuestro pro­pio esfuerzo, sino por el Espíritu del Amor activo en nosotros.

Cuanto más nos acercamos a Dios, somos mejores, porque Dios es la excelencia en la que todo se vuelve bueno. Nosotros, estrictamente hablando, no nos hacemos buenos sino que nos transformamos, nos reno­vamos y nos fortalecemos por la acción del amor de Dios en nosotros, que cura y salva. Por eso, llamar pasión al amor y hacer de él la madre y raíz de las virtudes podría ser el ele­mento metodológico más brillante de Santo Tomás.

Una pasión significa que algo es más perfecto cuanto más recibe de la fuente de su perfección. No puede perfeccionarse a sí mismo porque la fuente de su per­fección está fuera de él. El término pasión implica que el paciente sea atraído hacia algo que hay en el agente

Ir de victoria en victoria hasta la derrota final y definitiva. Las luchas espirituales y las luchas de la vida pública.

Uno de los términos que más se usan actualmente es la palabra éxito o su adjetivo exitoso. Es tan importante el tener éxito en estos tiempos, que se ha establecido lo que podríamos llamar: la cultura del éxito.

Todo el mundo quiere tener éxito, ser ganador, ser vencedor. Y no me refiero, por supuesto, en las áreas del juego y del deporte donde aspirarlo es característico, sino en los más variados ámbitos de la vida.

Y como evidencia de esa situación, nada más que hay que fijarse en como han proliferado recientemente, los registros de records tontos e intrascendentes en el libro de Guiness: que si el velo de novia más largo, o la paella más grande o bien el eructo más ruidoso del mundo; y también en la enorme cantidad de personas ordinarias (hasta inválidos y ancianos) que tratan de escalar los 8’000 metros del Mount Everest en el Himalaya.

Pero, es en el mundo laboral donde el tener éxito se ha propagado más, y es hacia el éxito donde se dirigen todos los esfuerzos de las empresas y sus trabajadores. El significado del éxito empresarial ha estado cambiando a través del tiempo, antes se refería a aspectos como: la utilidad o la belleza del producto,  la innovación,  la calidad del producto, o el prestigio del fabricante.

Hoy en día el significado de tener éxito para la gran mayoría de la gente, se ha reducido al simple hecho de ganar más dinero. Cuando en realidad, el tener éxito significa etimológicamente: salir bien o salir vencedor de una situación difícil determinada.

Las novelas bestseller, las películas de cine y las series de la televisión populares están todas basadas en la cultura del éxito, el protagonista siempre sale bien y como vencedor, y el fin de la obra es usualmente un final exitoso. Sin embargo, en la cruda realidad de nuestra vida, sabemos que no todo lo que emprendemos nos va a salir bien y que también experimentamos fracasos.

Y yo me pregunto, pero no puede una persona también fracasar rotundamente y sin embargo, tener éxito y hasta victorias? Claro que sí, es la respuesta, y a continuación está la explicación:

Todo va a depender de cómo nosotros mismos consideremos lo que nos sucede en la vida y más específicamente dónde nos sucede, si es en el mundo exterior en el que vivimos, o en nuestro ser interior, es decir, dentro de nuestra  propia conciencia, en nuestra alma; que sólo nosotros percibimos y que está totalmente fuera del alcance de las miradas u opiniones de los demás, ya que es nuestro santuario impenetrable e inviolable, ese recinto oculto donde podemos estar a solas con Dios y hablar con él tranquilamente.

Es interesante mencionar, que uno de los significados originales de la palabra victoria, tiene que ver con la acción de vencer o dominar nuestros propios vicios y las pasiones desordenadas del alma. De esa lucha de las pasiones que se da en nuestro ser interior, es que se deriva por ejemplo la frase de Buda: “La máxima victoria es la que se gana sobre uno mismo”.

San Agustin de Hipona por su parte, también describió de una manera excelente esa lucha interior que se produce en la conciencia de todo ser humano entre el bien y el mal, a la que llamó el combate, y que transcribo gustosamente a continuación:

“Porque nadie sale vencedor sino con la victoria que da la gracia de Jesucristo. Y la contínua guerra tiene un carácter de intimidad, porque dentro del espíritu mismo se libran las grandes batallas, en que la voluntad y las fuerzas del mal chocan entre sí.  En el santo bautismo serán borrados vuestros pecados, pero quedarán en su vigor vuestras concupiscencias, con que habéis de pelear después de recibir la gracia regeneratriz. Sigue, pues, el combate dentro de vosotros mismos. No temáis a ningún enemigo externo; véncete a ti mismo, y el mundo será vencido.

No ves al enemigo, pero sientes la fuerza de tu deseo; no ves al diablo, pero sí lo que te atrae y deleita. Vence lo que sientes en tu interior: Combate, combate sin tregua. Nuestro corazón es continuo campo de batallas. Un sólo hombre pelea con una multitud en su interior. Porque allí le molestan las sugestiones de la avaricia, los estímulos de la liviandad, las atracciones de la gula y las de la alegría popular; todo le atrae y a todo hace guerra; con todo, es difícil que no reciba alguna herida. ¿Dónde, pues, hallarás la seguridad? Aquí en ninguna parte, a no ser en la esperanza de las divinas promesas. Mas cuando lleguemos allí reinará la paz perfecta, porque serán cerradas y selladas las puertas de Jerusalén; allí el lugar de la victoria total y de gozo grandes.

Nuestra vida en esta peregrinación espiritual no puede estar sin tentaciones, porque 
nuestro progreso se realiza con nuestra tentación; quien no conoce la tentación no se conoce a sí mismo, ni puede ser coronado el que no venciere, ni vencer el que no peleare, ni pelear sin hostilidades ni pruebas
. El espíritu nos empuja hacia arriba, la carne nos tira hacia abajo; entre estos dos conatos de elevación y gravitación terrena hay cierta lucha, que pertenece a la tensión del lugar.

Los hijos de Dios combaten porque tienen a su favor un poderoso auxiliador. Dios no asiste como mero espectador al combate íntimo, al estilo de una multitud que presencia una pelea. Esa multitud puede estar a favor de un peleador; pero, si éste está en peligro, no le puede prestar ayudar. Al contrario, en este espectáculo interior, el Espíritu de Dios es el que lucha por ti contra ti, contra lo que hay de contrario a tu propio bien dentro de ti.  

El mundo es un mar, pero también a él le hizo el Señor, y no permite que se encrespen sus olas sino hasta el cantil, donde su furia se deshace. No hay ninguna 
tentación que no haya recibido de Dios su medida. Y como de las tentaciones, lo mismo digamos de los trabajos y contrariedades: no se permiten para que acaben contigo, sino para que te hagas más fuerte.”

Muchos pensadores y filósofos coinciden en la concepción de la vida humana como un proceso de desarrollo, o un pregrinar, que está acompañado permanentemente de una pugna entre elementos antagónicos como: el bien y el mal, lo físico y lo espiritual , el cuerpo y el alma, la razón y el sentimiento, la vida y la muerte, el amor y el odio, etc.

La vida en sí misma, consiste en una lucha por satisfacer necesidades y aspiraciones: unas necesidades materiales existenciales en el mundo visible exterior y otras necesidades espirituales en nuestro ser interior invisible. Es decir que cada uno de nosotros está luchando en dos arenas o frentes simultáneamente, y como si eso no fuera ya suficiente, la lucha es además sin cesar. De ésta situación resulta entonces, la dureza que caracteriza la vida.

En medio de lo afanoso y exigente que es la vida, el gran escritor ruso Leon Tolstoi dijo lo siguiente refiriéndose al sentido de la vida:

“Me di claramente cuenta de que entre la cantidad de asuntos que llenan nuestra vida, hay asuntos verdaderos y asuntos insignificantes. Saber reconocer los que son verdaderos y los que son insignificantes: ahí radica toda la sabiduría de la vida. El error principal de la vida de los hombres es que cada individuo piensa que lo que conduce su vida es la aspiración a los placeres y la aversión por los sufrimientos. Y el hombre solo, privado de dirección, se entrega a esa pauta, busca los placeres y rehuye los sufrimientos y en eso sitúa el objetivo y el sentido de la vida.
Pero el hombre nunca puede vivir de placeres, ni puede evitar los sufrimientos.
Si el marinero decidiera que su objetivo es evitar las crestas de las olas ¿adonde llegaría? El objetivo de la vida está más allá de los placeres y de los sufrimientos. Se consigue pasando a través de ellos.”

En el transcurso de la vida, por medio de algúna experiencia íntima que nos estremece interiormente, llegamos cada uno de nosotros a sentir la necesidad de buscar la verdad y el sentido verdadero de nuestra existencia.

Por lo general, ese acontecimiento existencial es un hecho hiriente y doloroso que nos sucede: enfermedad, desilución, accidente grave, desengaño amoroso, muerte de un ser querido o bien un fracaso; el cual nos hace reflexionar, nos hace escuchar la llamada de nuestra propia conciencia y nos hace retornar a nosotros mismos. Allí dentro de nosotros, y por obra del Espíritu de Dios, llegamos a descubrir lo verdadero, lo esencial, lo maravilloso: nuestra propia alma.
San Agustín lo confirma cuando dice: “es en el hombre interior donde habita la verdad.”

Además también por experiencia propia, llegamos a darnos cuenta en algún momento de nuestras vidas, que la gloria del mundo exterior en el que vivimos, tan sólo es vanidad y apariencia, y que además, es breve y engañosa.

“Cuanto hay en el mundo – dijo el teólogo Fray Diego de Estella (1524-1578)- es falso y vano, porque es pasado, presente y futuro. Lo pasado ya no es, lo que está por venir es incierto, y lo presente es inestable y momentáneo.”

Si somos sinceros con nosotros mismos, podemos constatar que lo que vemos a nuestro alrededor y lo que percibimos de la gente no es más que una farsa, porque en realidad la gran mayoría de las personas sólo vive de apariencias.
Es como un teatro de máscaras en la que lo único que cuenta es aparentar, ya que lo importante es quedar bien ante los demás, impresionar y que nos tengan por importantes, dichosos o privilegiados, aunque no sea verdad.

Debido a la enorme influencia de los medios de comunicación y de la publicidad, el mundo de hoy en día se ha convertido en un gran escenario de la mentira, donde las mentiras se escriben, se dicen y se divulgan con naturalidad, maestría y elegancia; y donde cada uno hasta se cree y defiende su propio engaño.

En la Biblia el Rey David en sus Salmos, se describió a sí mismo como un ser pobre y necesitado, no porque le faltasen honras y riquezas, sino porque entendía que todo era engaño y vanidad, y porque en algunos momentos críticos sentía que le faltaba su Dios.

En la medida que vamos tomando conciencia de la clara contradicción que existe entre nuestros propios pensamientos, conciencia y valores, que es lo verdadero; y el acontecer cotidiano en el mundo exterior que nos circunda, que es lo aparente y engañoso; vamos arribando a la conclusión de que el ámbito de nuestro espíritu, de nuestra propia conciencia es el más auténtico y sobre todo el más importante. Es la vida del espíritu, de nuestros pensamientos, deseos, emociones, en resumen, del reino interior que tenemos dentro, la que contiene la verdad y la esencia eterna de la vida humana.

El filósofo danés Sören Kierkegaard (1813-1855), refiriéndose a la concepción de la existencia humana, describió de una manera muy ilustrativa,  ese proceso de toma de conciencia de si mismo en tres estadios o fases que corresponden a tres modos de existencia: la fase estética,  la fase ética y la fase de la fe.

La fase que Kierkegaard denomina estética, corresponde a la actitud de vida caraterística de la juventud dominada por la exterioridad, en que la persona se orienta al placer y al goce contemplativo que le ofrece el mundo exterior, a lo inmediato, a aprovechar el instante. El estético se deja llevar por el deseo y se empeña en su satisfacción inmediata. Debido a la inmediatez y a la exterioridad en que se enfoca la atención, ésta fase transcurre sin mucha conciencia del propio yo, sin conocimiento de si mismo, sin reconocimiento de su propio ser.

Lo que abre la posibilidad a la persona para pasar o dar el salto a la fase ética, es un estado de ánimo fundamental, es un estado de desesperación. Kierkegaard habla de la desesperación como un mero sufrir, un sufrir bajo las presiones de lo externo y cuya causa proviene del mundo exterior, pudiendo ser entre muchas vivencias, lo que en la opinión pública se considera como un fracaso.

Bajo esas condiciones, el espíritu pide una forma superior de existencia, de ahi que la persona da entonces el salto a la fase ética. En la fase ética se abandona el placer en favor del deber. Esta es la fase de la acción, y con ésta gana la persona cierta capacidad de autoreflexión. La acción implica necesariamente tener que hacer elecciones, y la más importante de éllas es esa elección ética que consiste en elegir entre la verdad de tu mundo interior y la mentira del mundo exterior, es decir, de elegirse a si mismo: lo verdadero.

La persona que se encuentra en la fase ética ha logrado vislumbrar el yo, el hombre interior que él mismo es  y donde habita la verdad, como algo muy diferenciado del mundo circundante en el que vive, el cual no es más que apariencias y vanidad.

Esa comprensión y el conocimiento de sí mismo que adquiere el hombre en la fase ética, al desprenderse del apego a la exterioridad y al tomar conciencia de su propia alma, le permitirá algún día descubrir la dimensión eterna del espíritu que ha recibido como don maravilloso de Dios. En ésta fase, la persona ante esa lucha contínua que libra tanto en su interior como en el mundo exterior, se hace consciente de la necesidad de acudir a Dios como su única fuente segura y confiable de ayuda, de fortaleza, de guía, de consuelo, de paz interior; pero igualmente se hace conciente de sus debilidades, de sus pecados, de su falta de esperanza; todo lo cual lo conduce al arrepentimiento sincero.
El arrepentimiento es el sentimiento que mueve al ético desesperado a dar el salto a la fase de la fe en Dios, Creador y Señor del universo, quien es la verdad absoluta y la vida eterna.

Ésta descripción de Kiekergaard de las fases de la existencia humana la considero muy  acertada y reveladora, porque yo personalmente he experimentado un proceso similar de toma de conciencia como el descrito arriba, encontrándome en este momento en la fase de la fe, por lo que la puedo recomendar con toda propiedad como una guía práctica, para poder saber en que fase de la vida se encuentra uno en la actualidad.

Ahora bien, si el alma es lo verdadero, y es además la maravillosa prenda de eternidad, que Dios al infundirnos su espíritu, nos ha dado por su inconmensurable Amor y Gracia, tenemos entonces que considerarla lo más prioritario y más importante de nuestra existencia terrenal. Nuestra alma es la parte de Dios que nosotros como seres humanos tenemos el gran privilegio de poseer, y por ser inmortal, vivirá eternamente y nunca pasará, a diferencia de nuestro cuerpo carnal y del mundo material exterior que si mueren y si pasan, quedando sólo sus restos o ruinas.

Orígenes (185-254), uno de los más grandes letrados del Cristianismo en la antigüedad, introdujo el término de “doble hombre”, para tratar de ilustrar la dualidad cuerpo – espíritu, la coexistencia del hombre carnal y el hombre espiritual en una misma persona.

Si hay algo valioso en este mundo en el que vivimos luchando, es el espíritu humano, por ser lo único que es verdadero y eterno. Nuestra alma es por lo que hace más de 2000 años, Dios envió a su Hijo Jesucristo y encarnándose se hizo hombre, y vivió entre nosotros para darnos con su ejemplo, el testimonio supremo del amor de Dios hacia la humanidad, y para darnos la buena nueva de que después de nuestra muerte, una Vida Eterna junto con Él nos espera.

Por esa razón, es en la lucha de las pasiones que se da en nuestra alma, donde tenemos que esforzarnos con más perseverancia y firmeza en lograr victorias y en alcanzar éxitos. Ya que en el mundo interior es donde se libran las batallas más difíciles y las más decisivas, porque allí estamos luchando por nuestro destino final, por nuestra paz y por nuestra felicidad eternas.

Aún cuando nuestro vivir diariamente sea una lucha dura y agotadora siempre se estarán alternando, por un lado los éxitos y los fracasos,  y por el otro las victorias y las derrotas. Esa es la situación normal y universal en cada ser humano.

Ahora bien, en el caso del cristiano que cree y espera en las promesas de Cristo Jesús, puede encontrar en la Biblia los consejos y las afirmaciones necesarias para aplicar la estrategia adecuada en su lucha de la vida, y para recibir la fortaleza y el ánimo de perseverar en el tiempo de su duración, es decir, hasta nuestra última bocanada de respiración.

Ahí está toda la Palabra de Dios en la Biblia para leerla y escudriñarla con atención y sin prejuicios, en la certeza de que cada uno encontrará el mensaje o el contenido que su alma necesita para sus situaciones y luchas.
En las luchas de la vida no estamos solos, Jesucristo lo dijo “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historiaMateo 28,20.

El mundo invisible de las realidades espirituales: Dios Padre , Jesucristo, el Espíritu Santo, el Reino de los Cielos, el espíritu humano, los ejércitos espirituales (de las cuales nuestros antecesores y familiares muertos ya forman parte); es lo que da y tiene vida eterna. Mientras que por el contrario, el mundo físico que vemos y percibimos con nuestros sentidos, pasará junto con el tiempo implacable y ya no será más.

Así lo afirma Jesucristo en el evangelio de San Juan cuando dijo: El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.” Juan 6, 63

Dejándose llevar por su propia vanidad y por la fama que le ofrece el mundo, hay muchos que por desear tener éxitos y alcanzar las mayores victorias en el mundo exterior, se olvidan de sí mismos, de su mundo interior y llegan a menospreciar la lucha que estan librando en su espíritu contra el mal,  arriesgando dejarse vencer por los instintos tenebrosos y las pasiones innobles, las cuales terminan arruinando su alma.

Pues, de que le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? Mateo, 16.26

De los grandes guerreros y conquistadores conocidos de la historia de la humanidad como Julio Cesar, Alejandro Magno, Atila, Gengis Kahn, Darío el Grande, Napoleon Bonaparte y Adolf Hitler, quienes en sus épocas conquistaron y establecieron imperios de enormes extensiones, guerreando y dominando cientos de naciones y ocupando innumerables ciudades, nos atreveríamos a decir, que éllos serían un buen ejemplo de ese tipo muy particular de personas con delirio de grandeza, que durante su vida fueron de victoria en victoria, posesionándose del territorio  y las riquezas que hallaban a su paso, hasta que les llegó la derrota final y definitiva, que significó su muerte y la perdición de su alma por los siglos de los siglos. Y éllos, después de haber sido dueños de medio mundo, tuvieron que conformarse con el estrecho espacio de su sarcófago.
Esa es la burla trágica de una vida llena de vanidad!

Nosotros como personas comunes y corrientes, también corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por un exceso de vanidad y llegar a abrigar la ambición de alcanzar alguna de las grandes metas de nuestra época como son: el sueño de ser millonario, el deseo de ser una estrella del cine, de la televisión o del deporte, un político de alta envergadura, un científico premio Nobel, o bien un record en el Libro de Guinnes; las cuales seguirán inevitablemente animándo a la humanidad a perseguir la gloria y la fama.

Es necesario tener siempre presente que el exceso de bienestar material, de prosperidad y de contínuos éxitos en la vida, tiende a generar en el ser humano el sueño más terrible: el sueño en el alma.

Pero por fortuna, seguirán siendo los grandes obstáculos de la vida, las derrotas, los accidentes, los desengaños, las enfermedades, los conflictos, es decir, todo lo que en el mundo material y visible se considera un fracaso o una piedra en el camino,  los que despertarán de la modorra espiritual al individuo, y a su vez,  lo impulsarán  a encontrarse a si mismo, a conocer el gran tesoro oculto de su propia alma, su ser interior, y después, a acudir a Dios con humildad y arrepentimiento, para así finalmente con su ayuda y compañía, lograr las victorias necesarias en esa lucha secreta, invisible, verdadera y muy sentida, que está librando en su espíritu. 

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