¿Quién no ha escuchado o leído el conocido refrán en español que dice: La suerte en el amor de la mujer fea, la bonita la desea ? La sabiduría popular expresa ilustrativamente esa realidad tan evidente que se percibe en las relaciones personales, de que la simpatía y el encanto de una persona, surgen de su interior, de su alma, es decir, de su forma de ser y de actuar.
La belleza del aspecto físico de la persona es sin duda atractiva y llama la atención, pero se queda en eso simplemente, en una excitación muy breve que atrae la atención o deleita por un momento y después pasa. Por esa razón, se sabe que la belleza exterior humana es superficial, y tan superficial es, que algunos escritores la han comparado con una simple capa de barniz y con la profundidad de nuestra epidermis que es de 0,5 a 1,5 milímetros de espesor.
En la antigüedad, ya los filósofos, teólogos y demás letrados afirmaban que la belleza y la fascinación de un individuo salen de su alma o corazón. Agustín de Hipona escribió: “La belleza crece en ti en la misma proporción en que crece tu amor, puesto que el amor mismo es la belleza del alma.”
Agustín define al amor como el ingrediente indispensable que hace crecer o aumentar la belleza, hermosura o atractivo en un ser humano de una manera efectiva y duradera. La mejor demostración de esta afirmación en la vida cotidiana la tenemos en los niños pequeños con los que convivimos.
El atractivo natural, la gracia, la irresistible ternura y todo lo que hace a los niños tan dignos de ser amados, surgen de su alma vigorosa, de su gran capacidad de amar y de su afecto; es decir, del amor incondicional que ellos le expresan a sus familiares y conocidos.
De los niños podemos aprender nuevamente el uso de nuestras propias facultades espirituales, y lo primero que podríamos aprender es amar como ellos.
Platón en su obra El banquete refiriéndose a la belleza del cuerpo y a la belleza del alma, decía que amar de verdad a alguién es liberarse de las apariencias del cuerpo, porque “cuando uno ama una alma bella, permanece fiel toda la vida, porque lo que ama es durable”.
Y Sócrates hablando sobre la belleza femenina, dijo:
«La belleza de la mujer se halla iluminada por una luz que nos lleva y convida a contemplar el alma que habita tal cuerpo, y si aquélla es tan bella como éste, es imposible no amarla.»
Hasta aquí hemos mencionado algunos argumentos irrefutables tanto de la sabiduría popular como de la sabiduría de la filosofía, los cuales confirman que la belleza interior de los seres humanos es la más importante, más valiosa y más perdurable. Lo maravilloso de la capacidad de amar y de la belleza interior de una persona, es que ellas embellecen su fealdad corporal.
Ahora bien, la belleza exterior es un atributo sumamente subjetivo y es un asunto muy personal porque se trata del gusto individual y único que tiene cada ser humano. Por su parte, el amor es una fuerza espiritual que viene de Dios y como tal es universal y enigmático, por consiguiente, la belleza del alma en los seres humanos es igualmente universal y misteriosa.
No ha sido por mera casualidad, sino por voluntad expresa de Dios que el amor y la belleza espiritual interior sean los factores determinantes y los que más cuentan en las relaciones personales. Amar y ser amado son necesidades primarias del alma, y por eso cada ser humano se esmera en satisfacerlas a su manera muy particular.
Sin embargo, cada individuo tiene que aprender a distinguir muy bien entre la necesidad biológica del sexo y la necesidad del amor espiritual e incondicional. El sexo es el deseo natural del cuerpo que tiene por finalidad el placer y la satisfacción sexual inmediata. El amor puro es el deseo del alma que tiene como finalidad que el gozo espiritual que experimenta no deje de existir nunca, es decir, que se haga eterno.