La concordia y la discordia entre los seres humanos son fenómenos espirituales, que están sujetos a la soberana Providencia de Dios.

Existe esta curiosa expresión en el idioma alemán: «da scheiden sich die Geister«; que se usa para describir esa circunstancia tan común que se presenta cuando dentro de un grupo armónico de personas afines, emergen de repente desacuerdos y disputas sobre un tema particular. La expresión dice textualmente en español: allí los espíritus se desunen, cuando por divergencias de opinión sobre algún punto se dividen los integrantes de un grupo.

Ese es exactamente el mismo fenómeno del altercado que se da una y otra vez entre las parejas casadas, los enamorados, los amigos, los compañeros de trabajo, etc., es decir, personas que normalmente se entienden muy bien cuando están juntas.

El fenónemo de la discordia, el cual en sí mismo es desagradable y enojoso, porque nos hace pasar malos ratos, nos altera y nos quita la acostumbrada serenidad; además de ser repentino, es también imprevisible e involuntario. No se sabe cuándo va suceder ni dónde, tampoco se sabe la causa exacta que lo desencadena ni cómo controlarlo. En consecuencia, el altercado es un misterio más de los tantos que existen en nuestra vida, pero al que estamos muy bien habituados, y aunque no nos guste experimentarlo, lo hemos tenido que aceptar como algo normal e inevitable.

Ningún neurobiólogo ni psiquiatra en el mundo, nos puede explicar el origen y los causas de las desavenencias y discordias que se dan entre los seres humanos. En relación a esta incompetencia, la ciencia y la medicina no pueden en absoluto argumentar que no han tenido interés, ni tiempo, ni suficientes individuos de experimentación para poder resolver el enigma.
Por esa razón me atrevo a afirmar, que la gran mayoría de los fenómenos de la vida humana que la ciencia y la medicina modernas desconocen, son sobrenaturales.

A esos misterios inexplicables, la ciencia los cubre discretamente con un grueso manto de silencio como si no formaran parte de la realidad en que vivimos, procurando así que sean olvidados, y cuando ya se les hace imposible ocultarlos como es el caso de la muerte, entonces los médicos se encogen de hombros, inclinan la cabeza y se marchan abatidos, deseando en secreto que se los trague la tierra por el peso de la impotencia.
Cuando se trata de asuntos sobrenaturales o realidades espirituales invisibles le toca el turno de actuar a nuestra fe, esa prodigiosa capacidad espiritual que poseemos para traspasar los límites que nos impone el mundo natural visible. Por lo tanto, no nos queda otra alternativa que creer en Dios o no creer.

Y si en efecto son realidades espirituales, lo mejor que podemos hacer es acudir a las sagradas escrituras para buscar allí algún esclarecimiento, que nos ayude a conocernos mejor y sobre todo a comprender nuestra manera de comportarnos y de reaccionar ante las diversas situaciones que se nos puedan presentar.

Al revisar la Biblia, encontré los siguientes versículos relacionados con nuestro tema:

„Pero Dios envió un espíritu de discordia entre Abimelec y los habitantes de Siquem, y éstos traicionaron a Abimelec.“  Jueces 9, 23

„Esto dice Yavé: Ese día, te vendrán ideas al espíritu y tendrás en la cabeza malas intenciones.“  Ezequiel 38, 10

„Entonces te tomará el espíritu de Yavé y serás cambiado en otro hombre.“  Primer Libro de Samuel 10, 6

Como ustedes mismos bien pueden constatar, el Espíritu de Dios siempre ha obrado e intervenido directamente sobre los seres humanos, lo hizo en la Antigüedad y lo continúa haciendo hoy en día.

La explicación de las causas primarias de las discordias y los conflictos están en la sabia y soberana Providencia de Dios, en el plan que tiene Dios para cada individuo durante su existencia y que los seres humanos desconocemos totalmente. Así lo testimonia la Biblia de forma clara e indiscutible.

La gente de los pueblos antíguos que se mencionan en la Biblia, no fueron ni un ápice menos inteligentes, ni menos capaces de comprender asuntos complejos y profundos que nosotros. Ellos tuvieron que aceptar la realidad inevitable de la vida y sus propios destinos, de igual manera como nosotros tenemos que aceptar la realidad inevitable de hoy y nuestros destinos individuales, que también están en las manos de Dios.

Ningún ser humano normal estando en su sano juicio, se desea ni procura premeditadamente tener altercados, discordias, conflictos y demás pleitos con su querida esposa, hijos, familiares, amigos, compañeros y extraños. Todos sin exepción, somos arrastrados a ello por una fuerza espiritual superior que es más fuerte que nosotros.

Hace casi 2000 años Agustín, Obispo de Hipona y uno de los pilares fundamentales de la Iglesia cristiana universal, afirmó que el cuerpo humano es instrumento del alma. Según Agustín el alma posee al cuerpo, usa de él y lo gobierna. Él escribió textualmente: «El alma es cierta substancia dotada de razón que está allí para dominar y regir al cuerpo». «Es el hombre un alma racional que tiene un cuerpo mortal y terreno para su uso».

Para Agustín el ser humano es esencialmente el alma y el cuerpo no es un componente de igual rango, y por eso considera que el hombre y la mujer valen muchísimo más por su espíritu que por su cuerpo y que las personas lo que más deben estimar y aferrarse es a su espíritu.

Cada quién es libre de creer y de aceptar esa explicación. En mi caso particular, a mí me pareció genial y muy lógica su tesis sobre el orden del universo y sobre la relación que existe entre el alma y el cuerpo.

Después de haber vivido mis propias experiencias espirituales, estoy igualmente convencido de que Dios a través del Espíritu Santo interviene directamente sobre nuestra alma, y que el alma a su vez gobierna al cuerpo.
Primero sucede el cambio súbito en el estado de ánimo en nuestro interior, y después, lo manifiesta el cuerpo. Estando inicialmente serenos, primero recibimos una chispa espiritual imperceptible proveniente del Espíritu de Dios, la cual desencadena en nosotros una reacción que manifestamos de inmediato con palabras y gestos, expresando así nuestra discordia e irritación al otro. El oyente reacciona a nuestra alteración de la misma manera con su irritación, y así de fácil y en un instante, se ha provocado una discordia con su correspondiente mal rato.

El otro interesante fenómeno espiritual es el de simpatizar o congeniar con alguien. Lo misterioso del congeniar es que simpatizamos más con determinadas personas que con otras, así como hay también relaciones que funcionan bien y otras que no prosperan.

La palabra congeniar proviene del latin y esta formada por el prefijo con- que expresa la idea de encuentro, y la palabra genius con la que llamaban los antíguos romanos a un tipo de espíritu. En consecuencia, congeniar significa en latín: encuentro o reunión de espíritus.

San Pablo en su carta a los Gálatas escribe lo siguiente sobre la obra del Espíritu Santo:

Por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. Gálatas 5, 22

Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por él. Gálatas 5, 25

El Espíritu Santo en su divina acción sobre el alma humana, igualmente interviene para que la personas se unan, se encuentren y establezcan relaciones duraderas.

Existe un fenómeno espiritual que llama mucho la atención: el entusiasmo y la pasión con que algunas personas emprenden una actividad o labor determinada. El entusiasmo es un fervor interior, es una fuerza que anima y proporciona una energía adicional a la persona que lo experimenta. Las personas que están llenas de entusiasmo o de una pasión se destacan claramente, se les nota en su comportamiento, en sus ojos y en su forma de hablar. De esas personas se dice, que le han puesto el alma a las actividades que realizan.

Cuando hacemos algo con ganas porque nos gusta, decimos que la actividad esta acorde con nuestra alma, y si por el contrario hacemos algo sin tener ganas, decimos  entonces, que no tenemos el alma puesta en lo que estamos haciendo. Una experiencia muy común que nos sirve perfectamente de ejemplo, es la de besar a alguien. No es lo mismo darle un beso con ganas a alguien que nos gusta y amamos, que darle un beso sin ganas a alguien con quien no simpatizamos.

El amor verdadero es la fuerza espiritual más poderosa que existe, no solamente porque nos hace capaces de hacer cualquier acto heróico, esfuerzo o sacrificio por alguien que amamos, sino también por la indestructibilidad de los lazos invisibles que nos unen con nuestros seres amados.
Cuando hacemos las cosas por amor a alguien o a algo, es el alma el que gobierna al cuerpo. Sabemos muy bien que el amor entre las almas es el adhesivo espiritual universal, que une a las personas en innumerables tipos de relaciones y en diferentes grados de intensidad.

También sabemos en secreto muy bien, que nuestra propia vida es un gran misterio y que es muchísimo más lo que desconocemos y lo que no esta en nuestro poder de decidir ni de controlar, que lo que de verdad esta en nuestras manos, ya que es la realidad en la que vivimos o el destino, con la activa colaboración del transcurso del tiempo que como un arroyo invisible, nos va llevando y deparando todas las situaciones o vivencias que experimentamos día a día, de acuerdo al sabio plan, que Dios ha preparado para cada uno de nosotros. Es decir, la voluntad de Dios.

Cada vez que rezamos el Padre Nuestro, rogamos que se haga su voluntad en el Cielo así como en la tierra. Eso significa que tenemos que aprender a aceptar todo lo que sucede en nuestras vidas y que no ha sido posible evitar, por no haber estado en nuestro poder evitarlo, sino por voluntad soberana y absoluta de Dios. Aceptar las adversidades, los fracasos y los sufrimientos que nos suceden sin comprenderlos en absoluto, no es nada fácil. Es un proceso de aprendizaje muy lento que requiere de confiar en Dios como nuestro Creador y Padre Celestial, y de mucha humildad para someternos a su voluntad y dejarnos conducir por él.

Debemos aprender a creer que Dios efectivamente nos ama como hijos y que desea en primer lugar la salvación de nuestras almas, que es lo único que se puede salvar, aúnque el cuerpo tenga necesariamente que sufrir y finalmente morir.

Debemos también aprender a conocer, a amar y a estar pendiente de nuestra propia alma, con el mismo interés y la dedicación con que atendemos al cuerpo. El alma es el rastro que Dios dejó en nosotros y que nuestro cuerpo físico esconde muy bien. Por eso el alma es el mayor y el único tesoro divino que poseemos, ya que es la esencia espiritual de lo que somos, es inmortal y por consiguiente después de la muerte, vivirá eternamente.

Nosotros nos fijamos sólo en las apariencias de la gente, mientras que Dios ve también nuestra alma, mira el corazón.

Y Jehová respondió a Samuel: “No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo he rechazado; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; porque el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” 1 Samuel 16, 7

Así como Dios a ustedes les a puesto en sus almas una pasión, un entusiasmo o un ímpetu para hacer algo en particular por el que ustedes se esfuerzan mucho, a mí me ha puesto en el alma la inspiración y la vehemencia para difundir y escribir sobre las realidades espirituales de nuestra alma, sobre el amor de Dios para la humanidad y sobre la promesa de Jesucristo de vida eterna en el Reino de los cielos. 

Pablo ya dijo cuál es el fruto del Espíritu Santo, y si estamos siendo animados por él, dejémonos conducir confiadamente.
Dios sabe mucho mejor que nosotros lo que nos conviene para esta vida terrenal y para la vida eterna, porque Él sabe perfectamente quiénes somos, así como también nuestro presente y nuestro futuro.

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