Crees que esta vida mortal llena de angustias, fatigas y enfermedades, es lo único que nuestro eterno Dios de Misericordia y Amor nos puede ofrecer?

Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima. 1. Corintios 15, 19

Verdaderamente crees, que Dios nos ha creado solamente para vivir, procrear y morir en este mundo cruel y finito, así como ha creado con ese destino a todos los animales que habitan en la tierra? Como creyente cristiano que soy, yo no lo creo.
Por el contrario, creo firmemente en Dios, en nuestro Señor Jesucristo y en su grandiosa promesa de vida eterna para todo aquel que crea en él. Jesús nos enseñó y nos otorgó el privilegio de considerarnos dignos de ser hijos de Dios, porque Dios nos ha creado con un cuerpo y con un alma inmortal, y por lo tanto, los seres humanos nacemos en este mundo para que después de vivir esta vida terrenal, pasemos a vivir la vida nueva y eterna, como grandioso destino definitivo.

Para Dios lo más valioso e importante del ser humano es su espíritu o alma inmortal y no el cuerpo mortal, el cual se va deteriorando con el transcurso del tiempo y finalmente muere. Un cuerpo sin vida, es decir un cadáver, no le interesa a nadie y mucho menos a Dios.

El alma viviente e inmortal que llevamos dentro del cuerpo es lo que más cuenta para Dios, y así mismo debería ser tambien para nosotros, pues el alma espiritual es nuestra propia existencia y nuestro ser. Al cuerpo humano lo podríamos comparar con un envase de carne y huesos que contiene el alma espiritual, así como un envase de vidrio contiene un perfume caro.
¿Qué tiene más valor para nosotros: el perfume o el envase de vidrio? Es evidente que el perfume es lo más valioso.

El cuerpo humano hace el papel de envase y el alma eterna es su contenido espiritual. Dios sabe muy bien que los seres humanos estamos constituídos de un cuerpo de carne y un espíritu eterno.
Sin embargo, la mayoría de los cristianos de hoy, no hemos querido creer y aceptar que somos en realidad un alma espiritual que habita en un cuerpo de carne y huesos, así como lo enseñaba San Agustín de Hipona en su tratado sobre la morfología humana.

El apostol Pablo creyó y aceptó la existencia del espíritu humano inmortal, a quien él llamó el “hombre interior” para diferenciarlo del hombre exterior o el cuerpo humano que vemos y tocamos.
Como consecuencia de su gran fe en el Señor, Pablo se apoderó de la promesa de la vida eterna en el Reino de los cielos, y albergó en su corazón con mucho fervor, esa gran esperanza de vivir eternamente junto a Jesucristo en los Cielos. Es por eso que Pablo en su primera carta a los Corintios les dice, que si esperan en Cristo Jesús solamente para esta vida terrenal, son las personas más dignas de lástima, por desaprovechar la vida eterna que el Señor Jesucristo nos está ofreciendo.

Jesucristo desde su venida al mundo hace ya más de 2000 años, cuando abrió las puertas del Reino de los Cielos para toda la humanidad, le promete la vida eterna a cada creyente cristiano por su gran Gracia y su gran amor eterno.

Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?…  Juan 11, 25-26

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

“Ustedes, pues, oren de esta manera: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” Mateo 6, 9-10

Sin duda alguna, rezar el Padre Nuestro es un gran privilegio de los creyentes cristianos, porque además de ser la oración perfecta que nos dejó nuestro Señor Jesucristo, está también llena de amor y de divinidad. Es corta y al mismo tiempo es muy completa, pues en ella nos referimos a las necesidades materiales y espirituales más primordiales, que cualquier ser humano requiere para vivir, como son el alimento de cada día y las virtudes básicas para todo creyente: la fe, el amor, el perdón y la esperanza.

Llamar a Dios nuestro Padre es una forma de expresarle nuestro afecto de hijo y de reconocerlo como Padre Celestial por la Obra y la Gracia de Cristo Jesús.

Únicamente el Señor Jesucristo, por ser el Hijo de Dios que descendió de los Cielos y se hizo hombre, pudo haber dicho esta grandiosa afirmación para toda la humanidad: Que estás en los cielos.
Antes de la venida de Jesús como el Mesías o el Cristo anunciado en el viejo Testamento, durante siglos el pueblo de Israel solamente pudo creer e imaginarse que Dios estaba en los cielos, puesto que es Jesucristo quien confirma esa gran verdad, por primera vez en la historia de la humanidad.

Dios está en el cielo, esa es su morada. La Casa del Padre es por tanto nuestra patria celestial en la que Jesús nos prometió recibirnos, cuando seamos llamados a vivir eternamente junto a Él.
Cuando el creyente ora diciendo Padre nuestro que estás en los cielos, manifiesta su fe, su anhelo y su esperanza de que después de morir, irá a esa “morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos”, así como lo dice el apostol Pablo en 2 Corintios 5, 1.

En las peticiones y las súplicas nos invita el texto a anteponer lo espiritual a lo material, las cosas del cielo a las cosas materiales de la tierra. Así lo enseña el mismo Jesús cuando dice: “buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”(Mateo 6, 33).

En la oración del Señor, la humildad se muestra en el reconocimiento de nuestras propias faltas ante Dios al rezar Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y en nuestro sometimiento a Dios y a perdonar a los demás, admitimos que con nuestros propios esfuerzos nada podemos alcanzar, sino con el poder y la ayuda de Dios.

El Padre Nuestro por ser la oración más perfecta, completa y divina que un cristiano puede rezar, hagamos todo lo posible de hacerlo tomando conciencia de cada una de sus frases y de su significado, recordando siempre, que es un precioso legado personal de nuestro Señor Jesucristo para cada uno de nosotros.

El amor a Dios y el amor a sí mismo son los motivos más excelentes para perdonar y pedir perdón.

Antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdónandoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo. Efesios 4, 32

Perdonar a los que nos lastiman y maltratan con palabras o con hechos es también un arte que es necesario aprender en la vida. Es cierto, que es un arte muy complejo y difícil, debido a que pertenece al mundo interior de nuestras pasiones, pensamientos y emociones que desconocemos totalmente. Y en virtud de que en la escuela no nos enseñan nada sobre ese mundo emocional, es entonces a través de nuestros conflictos personales y malas experiencias en el trato con los demás, como aprendemos a reconocer los errores cometidos y las reacciones negativas que hemos tenido hacia ellos.

La vanidad, el orgullo, el rencor, el odio, la envidia y los prejuicios son algunas de esas pasiones negativas del ser humano, que como obstáculos se interponen en nuestro camino hacia la paz interior y la felicidad duradera, que todos anhelamos alcanzar algún día, si deseamos vivir una vida plena y con sentido.

Jesucristo, en su célebre consejo en relación a que no deberíamos de juzgar a los demás, se refiere claramente a los grandes obstáculos interiores que tenemos y que no nos permiten ni razonar ni ver adecuadamente:
«No juzguen para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que ustedes juzguen, serán juzgados; y con la medida con que midan, se les medirá. «¿Por qué miras la pelusa que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo? Mateo 7, 1-3

Todos conocemos ese famoso refrán que dice: « Errar es humano », es decir, todos sin excepción cometemos errores, pero en realidad más humano todavía, es echarle la culpa a los demás.

De esas pasiones, el rencor y el odio que sentimos hacia alguien que nos ha lastimado y a quién no hemos perdonado, se convierten con el tiempo en una pesada carga o una hiriente espina que se arraiga en nuestro corazón, causándonos en secreto inquietud y pesadumbre.

El significado original de perdonar en latín es regalar a un deudor la deuda que tendría que pagar al acreedor, por lo tanto, el perdón es un regalo que se hace.

Ahora bien, como creyentes cristianos que somos, y quienes hemos recibido por Gracia y Misericordia de Dios y de nuestro Señor Jesucristo, su amor eterno y el perdón de nuestros pecados (o deudas) sin haberlo merecido, todos nosotros le debemos a Dios amor, obediencia y reverencia.

Así como dijo San Juan de la Cruz « El amor sólo con amor se paga », nuestro amor a Dios debería ser el primer gran motivo para perdonar a cualquiera que nos ofenda.
El segundo gran motivo para perdonar consiste en hacerlo por amor a uno mismo, porque al perdonar nos liberamos de la desagradable carga del resentimiento y del odio que nos agobia, y en consecuencia, el perdón viene a ser también un regalo que nos hacemos a nosotros mismos.

Es por esto entonces, que al perdonar y al pedir perdón, ese magnífico acto se convierte en una gran bendición, por ser un regalo múltiple: regalo para Dios, para uno mismo y para el ofensor.

El apóstol Pablo demostró con su vida ejemplar y fecunda, que el sufrimiento es una bendición disfrazada de Dios.

« Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre.» Hechos 9, 15-16

Los creyentes cristianos sabemos por experiencia, que también nosotros tenemos que cargar ciertas cruces en esta vida llena de penas y aflicciones. Ahora bien, lo importante es tener presente, que algunas de esas cruces provenientes de la mano soberana de Dios, son en realidad bendiciones disfrazadas, es decir, problemas o enfermedades las cuales parecen ser desgracias, que pueden traernos beneficios inesperados.

La vida del apóstol Pablo fue realmente excepcional y admirable, en primer lugar, por el cambio radical de su forma de ser y de pensar que experimentó, después de su encuentro personal con el Señor Jesucristo resucitado en el camino a Damasco.
Pablo, quien por ser un judío muy ortodoxo, cambió de ser un enemigo y perseguidor  de cristianos, a ser el más grande y fecundo predicador del Evangelio de Cristo Jesús en la antigüedad.
Ese cambio en su personalidad y en su nuevo comportamiento ahora a favor de los cristianos, le trajo como consecuencia el odio y el rechazo por parte de sus antiguos conocidos, amigos y colegas judíos, quienes trataban de apresarlo y matar por considerarlo un traidor a la fe hebrea del pueblo de Israel.
Esa fue su primera cruz de aflicción: vivir en permanente peligro y persecución.

En segundo lugar por sus problemas de salud, puesto que Pablo sufría de alguna enfermedad que le causaba mucho sufrimiento, y que en su segunda carta a los Corintios, el mismo Pablo la llamó « un aguijón en mi carne »:
Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera;
2 Corintios 12, 7
Esa enfermedad fue su segunda cruz de aflicción, que Pablo tuvo que cargar hasta el día de su muerte.

Y a pesar de sus grandes aflicciones, el apóstol realizó una enorme y trascendental obra de evangelización, logrando predicar el mensaje de Jesucristo en la mayoría de las naciones mediterraneas e interpretar magistralmente las sagradas escrituras, de modo que la gente sencilla y analfabeta la pudieran comprender.

Si nos fijamos en la siguiente frase del versículo arriba mencionado de Hechos 9, 15-16: porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre, dicha por el Señor Jesucristo a Ananías, notamos claramente que los  agobiantes sufrimientos padecidos por Pablo como predicador, fueron percibidos y aceptados por el apóstol como beneficiosos y útiles en su tarea de gran misionero evangelista, dado que el mismo Pablo lo afirma años después en su carta a los Corintios: para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente.

Estos episodios de la vida de Pablo nos demuestran una vez más, que Dios aplica a los creyentes determinadas pruebas o cruces que nos dan la impresión de ser unas desgracias, pero que en el fondo son más bien beneficiosas para nuestra alma inmortal y nuestra salvación eterna.

En nuestra relación íntima con Dios, recordemos que el sufrimiento corporal tiene un efecto ESPIRITUAL beneficioso para el alma humana. Si Dios nos disciplina por medio de diversas pruebas en la vida terrenal, es con el propósito final de conducir nuestra alma hacia la vida eterna en el Reino de los Cielos, es decir, para salvación eterna.

La fe es una guía más firme que la razón. La razón tiene límites, la fe no.

« Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? » Juan 11, 25-26

Las frases que hacen de título son del filósofo e intelectual francés Blais Pascal, quien también fue un fervoroso creyente cristiano, explican claramente la gran ventaja y superioridad que posse la fe en Dios sobre la razón.

Todos conocemos la famosa frase en la obra Hamlet de Shakespeare: «Ser o no ser. Esa es la cuestión», la cual se usa como referencia a los grandes dilemas que tenemos que enfrentar y las difíciles alternativas entre las que tenemos que elegir en el transcurso de nuestras vidas. Sin embargo, por ser la fe más importante en la vida que la razón, yo me atrevo a afirmar lo siguiente: Creer o no creer, de eso depende todo en la vida.

La primera cuestión existencial que debemos resolver es, por lo tanto, el de creer o no creer en la existencia de Dios, Creador del universo; y si consideramos la Biblia como la verdadera Palabra de Dios.

Las Sagradas Escrituras nos dicen que existe una realidad espiritual que es invisible. Nos relatan también que en el momento de la creación del mundo natural y todas las creaturas que conocemos, Dios le infundió su espíritu al ser humano. De aquí que nuestra propia dimensión espiritual, es decir, el alma divina e inmortal que llevamos dentro de nuestro cuerpo, forma parte de ese mundo espiritual que existe y es real, aunque no la podamos ver ni tocar.

Hablando en forma figurada, el ser humano es más bien un alma que habita en un cuerpo, puesto que todas las cualidades de la personalidad o sujeto inteligente que nos caracteriza como individuos son potencias espirituales, como por ejemplo: el entendimiento, la voluntad, la conciencia, los pensamientos, la memoria, la fe, el amor, la esperanza, las pasiones, la justicia, el perdón, el consuelo, la paz interior, la prudencia, la bondad, etc.

La fe es la fuerza vital de las acciones y actividades de los seres humanos. Si no creemos con anterioridad en lo que vamos a hacer y por qué y para qué lo hacemos, no lo haríamos. Sin creer antes en lo que estamos por hacer, la actividad humana no sería posible.

El gran teólogo cristiano de la antigüedad, Orígenes de Alejandría (185-254), escribió un interesante comentario sobre la gran importancia de la fe en la vida humana:
«Si al fin y al cabo dependen de la fe todas las actuaciones humanas, ¿no es mucho mejor creer en Dios que en lo demás? Después de todo, ¿quién va a navegar en alta mar o a casarse o a engendrar hijos, o a lanzar semillas sobre la tierra para la siembra y no está confiando siempre que todo le va a salir bien, cuando incluso un resultado contrario es siempre posible y también ocurre a veces? Y sin embargo, parece que la fe obra de tal manera que todo estará bien y saldrá tal como se desea, que toda persona se atreve a ir hacia lo incierto e inseguro sin abrigar la menor duda.»

Los seres humanos a diferencia de los animales por poseer un intelecto y una conciencia, sabemos muy bien que algún dia nuestro cuerpo morirá y que ni la razón ni la ciencia médica lo podrán salvar, pero nuestra fe  y esperanza en Jesucristo y en Dios Padre nos confirman que después de la muerte terrenal, viviremos eternamente en el Reino de los Cielos, porque así nos lo ha prometido una y otra vez nuestro Redentor y Salvador Jesús el Cristo.
Ruégale a Dios Padre para que fortalezca tu fe y tu esperanza en el Señor Jesucristo y en las Sagradas Escrituras.

Porque no me avergüenzo del evangelio de Cristo; porque es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en él la justicia de Dios es revelada de fe en fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá. Romanos 1, 16-17

El Reino Espiritual de Dios

Cuando un creyente cristiano en algún momento de su vida, se toma el tiempo para meditar sobre ese gran misterio divino que es el destino final de su existencia después de morir, es muy razonable, que trate de imaginarse cómo podría ser la vida eterna prometida por Jesucristo en su Evangelio, y que llegue incluso a figurarse su propia visión de la patria celestial.

Ese ejercicio intuitivo de la fantasia, por medio del cual, cada quien se imagina la vida eterna a su manera, lo considero no solo muy positivo,  sino de enorme provecho para toda aquella persona que en su corazón cobije y acaricie esa maravillosa esperanza.

La propia visión de la eternidad no es más que la reafirmación personal de la suprema esperanza del cristiano, porque uno está esperando convencido, de que la promesa de Jesús se cumplirá cuando llegue el tiempo justo.
Asi como cualquier cristiano, tambien yo tengo mi visión muy personal del Reino de los Cielos. Para mí el Reino de Dios debe ser un reino espiritual.

Me lo imagino como una dimensión o un mundo espiritual totalmente distinto a lo que conocemos de nuestro mundo material y visible.
Si Dios es espíritu, como lo afirma San Juan en su Evangelio (Juan 4, 24), entonces el Reino de Dios o Reino de los Cielos que dió a conocer Jesucristo, tiene que ser forzosamente como es Dios: espiritual.

Considerando que Dios como creador del Universo, insufló su espíritu en el hombre y la mujer, y que en consecuencia por ser los recipientes del alma, somos las únicas criaturas hechas a su imagen y semejanza, y que además, por habernos concedido el maravilloso privilegio de llamarnos hijos de Dios por la Obra Redentora y la Gracia de nuestro Señor Jesucristo, se puede deducir concluyendo, que los seres humanos somos de naturaleza espiritual y por lo tanto, somos tambien seres que poseemos un espíritu o bien seres con espiritualidad.

El Espíritu Santo que está contínuamente obrando en todos nosotros como el gran guía y consolador de Dios, a quien Jesucristo envió para hacer el papel de nuestro aliado durante nuestro paso por el mundo terrenal, según mi forma de creer, actúa directamente sobre nuestra dimensión espiritual, concretamente sobre las grandes potencias espirituales del alma humana, que son entre otras: la conciencia, la voluntad, el entendimiento, la memoria, la fe, el amor y la esperanza.

En este orden de ideas, mi concepción del ser humano es claramente dualista, ya que estoy convencido de que nuestra naturaleza está compuesta de dos dimensiones antagónicas que a su vez poseen cualidades y fuentes vitales distintas: el cuerpo material y el alma espiritual.

En una escena relatada en el Evangelio de San Mateo, Jesús se refiere de forma muy clara e instructiva a dos entidades o componentes diferentes del ser humano: el cuerpo y el alma; afirmando de forma irrebatible que el alma está dotada de su propia fuente vital y que al morir el cuerpo, el alma es capaz de seguir existiendo.
“No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.”
San Mateo 10, 28

Hay otra escena en la que Jesús se refiere por última vez al Reino de Dios y ésta vez no lo hace en forma de parábola sino que hace una afirmación categórica y directa, la cual según mi opinión, no permite en absoluto ningún espacio para interpretaciones de significados diferentes a lo que expresó fiel y exactamente con sus palabras. Esa ocasión es cuando estaba Jesús ante Pilato en el pretorio y éste le pregunta:
¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús respondió: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
Juan 18, 36

Poco después estando Jesús ya clavado en la cruz, en la escena que relata el Evangelio de San Lucas sobre la conversación que sostuvieron Jesús y el ladrón arrepentido quién estaba colgado a su lado:
“Y decía: Jesús acuerdate de mí cuando vengas con tu Reino. Jesús le dijo: Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.  Lucas 23, 42-43

Esta maravillosa respuesta de Jesús al ladrón, con quien compartía su terrible agonía, es para mí el más grandioso testimonio para la humanidad de la inconmesurable Gracia y amor de Dios para un pecador arrepentido, y además, es la divina revelación más demostrativa, de que al morir un ser humano y separarse en ese momento el alma del cuerpo, el alma regresa a Dios su Creador y el cuerpo regresa a la tierra a la que pertenece.

Las almas de todos los seres humanos que han existido y que han muerto, siguen existiendo y viviendo espiritualmente en la eternidad.  Eso lo afirmó claramente  Jesucristo cuando le dijo a los Fariseos:
 “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos, ustedes están muy equivocados.”(Marcos 12, 27).

Sería completamente absurdo y no tendría ningún sentido, que hubiese un Dios eterno de seres muertos que ya no existen en absoluto, que son la nada.
Jesucristo con su respuesta a los doctores de la ley judaica, trató de quitarles el velo de suprema ignorancia que tenían en su entendimiento de seres mortales limitados, en relación con la vida eterna y la muerte del cuerpo humano.

Un Dios Todopoderoso y eterno no puede ser Dios y no puede poseer y señorear un Reino eterno de seres mortales insignificantes de carne y huesos, que tienen una existencia como la de las moscas, que solamente viven un par de días y después no existen más.

En la oración fundamental y perfecta de todo cristiano el Padre Nuestro, que nuestro Señor Jesucristo nos enseñó y nos pidió que rezaramos, dice en la tercera frase: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo”
Desde hace más de dos mil años los creyentes cristianos hemos estado rogándole a Dios por medio del Padre Nuestro, que su voluntad sea hecha simultáneamente en dos mundos o dos realidades diferentes, en el mundo terrenal y en el mundo celestial, por seres mortales que existen en el primero, y por seres eternos que existen en el segundo.

En el Reino de los Cielos viven los seres espirituales, quienes desde la eternidad también deben hacer la santa y soberana voluntad de Dios, como nosotros aquí en la tierra mientras vivimos en nuestro cuerpo mortal.
Por eso, repito lo que Jesús dijo: «Dios es un Dios de vivos y no un Dios de muertos.«
La muerte consiste en la separación del alma y del cuerpo, asi como también en la separación definitiva entre los seres mortales del mundo material y las almas vivientes que inician su vida eterna en el Reino espiritual de Dios.

Cada individuo es el gran protagonista en el drama más importante del mundo: el de su propia existencia.

En realidad, nosotros no somos ni muy secundarios, ni tan insignificantes como a veces lo pensamos. Según sea la situación en que nos encontremos y la función que debemos desempeñar en ciertas ocasiones, cada uno de nosotros tiene también innumerables oportunidades de ser el protagonista principal.

En el transcurso de nuestra vida son muchos los diferentes papeles o roles que desempeñamos. La mayoría de esos papeles son tan comunes y los hacemos durante tantos años que los hemos interiorizado y forman ya parte de nuestra existencia. Por consiguiente, cuando estamos desempeñando esos roles, no estamos realmente conscientes de la importancia del papel que hacemos como protagonistas, y precísamente por eso, con esta reflexión deseo motivarlos a tomar conciencia sobre este asunto.

Si reflexionáramos sobre el significado de cada uno de esos papeles y si, además, tomáramos conciencia de la gran importancia que tienen para nosotros los familiares y amigos, nos daríamos cuenta más a menudo del valor y de la gran relevancia que tienen nuestros actos y palabras en esos momentos.

Algunos de esos papeles y funciones importantes que hacemos a diario son los siguientes: hijo, padre, hermano, tío, esposo, abuelo, jefe, trabajador, amigo, amante, consejero, confidente, guía, oyente, maestro, protector, compañero, socio, dueño, chofer, tutor, representante, padrino, novio, jugador, acompañante, consolador, etc, etc.

En el escenario de nuestra vida somos siempre el protagonista principal o el personaje estelar de los acontecimientos que se dan en nuestra vida interior espiritual, es decir, en nuestra conciencia y mente.

Cada quien es protagonista y único responsable de sus propias decisiones, de sus actos, de las palabras que dice, de sus relaciones con los demás; en resumen de lograr o de malograr su proyecto de vida.

Cada uno es responsable de conocerse bien a sí mismo, de vivir de acuerdo con lo que le dicta su fe en Dios y su conciencia, de conocer sus talentos naturales, de seguir los anhelos de su corazón y de encontrarle el sentido a su vida. ¿Existe acaso para el individuo, una obra más valiosa y más importante que esa en su vida?

¿De qué nos sirve interesarnos por los otros y estar pendientes de lo que hacen o digan los demás, si no sabemos bien lo que somos, ni sabemos lo que queremos hacer de nuestra vida y no escuchamos la voz de nuestra propia conciencia?

Por estas y muchas razones más, no deberíamos estar tan interesados ni sentir envidia de aquellas personas que los medios de comunicación y la publicidad han seleccionado como los prominentes y las estrellas del escenario mundial, ya que muchos de esos personajes han sido pregonados para hacerlos famosos, y así con ellos, dedicarse a ganar mucho dinero por medio de películas, eventos deportivos, conciertos de música, espectáculos, etc.

Nuestra vida personal es el escenario más importante de todos los escenarios en que podamos participar o desempeñar un papel en el transcurso de nuestra existencia.

Así lo afirma Jesucristo con otras palabras cuando dice en el evangelio de San Mateo:
«Pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?». (Mateo16, 26).

Como evidencia de esa afirmación, nada más tenemos que fijarnos en la vida privada de muchos personajes ilustres, famosos y prominentes a lo largo de la historia, para constatar la enorme disparidad entre sus vidas públicas y sus vidas privadas y familiares. La gran mayoría de ellos malograron su propia vida, porque terminaron alejándose de Dios, suicidándose, divorciándose varias veces, arruinados, sometidos a las drogas y al alcohol, etc.

Hagamos lo que hagamos durante nuestra vida, bien sean obras sobresalientes o obras ordinarias y sencillas, cuando cada uno de nosotros esté agonizando y moribundo, cuando ya nada ni nadie de este mundo limitado e insuficiente nos pueda salvar, y nos encontremos solos frente a la muerte, habrá al final únicamente dos grandes protagonistas que formarán parte de nuestro drama existencial: nuestra alma y Dios.

En los tiempos de Jesús, los fariseos eran las figuras más prominentes de la sociedad hebrea. Ellos conformaban la élite de la comunidad judía de Jerusalén y además eran los maestros de la ley judaica. A pesar de poseer los mayores conocimientos sobre las Sagradas Escrituras, los fariseos, por falta de fe y de humildad, fracasaron al no reconocer a Jesús como su Mesías, a quien esperaban desde muchos siglos antes. Ellos fallaron en su papel histórico y no realizaron la obra que les correspondía hacer como sacerdotes que eran.

Este es un ejemplo de tantos que han ocurrido en el mundo, en el cual los personajes ilustres y mejor educados de una nación no supieron cumplir bien con su papel en el momento cumbre de su trayectoria.

Fueron los sencillos pastores y pescadores del pueblo ordinario, los que Dios en su plan divino escogió para encontrarse con Jesús, reconocerlo como el Mesías y darlo a conocer en el mundo antiguo.

«En aquella misma hora Jesús se alegró en espíritu, y dijo:
―Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, que escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños: así, Padre, porque así te agradó». (Lucas 10, 21)

El Espíritu Santo es quien nos concede los dones y los talentos para actuar, y nos guía en nuestras tareas y actividades.
No debemos olvidar nunca que Dios todo lo sabe y que no estamos solos en esas luchas que se dan en nuestra alma una y otra vez, en ese combate espiritual interior en el que somos el protagonista principal. Si acudimos a Dios para pedirle ayuda y fortaleza él nos las dará.

El gran pensamiento de la eternidad y su enorme importancia.

Y decía: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Él le dijo: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso. Lucas 23, 42-43

En la historia de la humanidad, siempre se han dado cambios radicales de perspectivas o puntos de vista en relación con los conocimientos, las maneras de pensar y los valores de la sociedad.
Uno de los cambios radicales más conocidos y que tuvo grandes repercusiones en la ciencia y en la filosofía, fue  la comprobación científica que hizo el astrónomo polaco Nicolás Copérnico en el siglo XVI de su teoría, que era el planeta tierra, el que efectivamente giraba alrededor del sol, y no como se creía y se había aceptado durante siglos en Europa, que eran el sol y los planetas, los que giraban alrededor de la tierra.
Ese cambio radical de perspectiva se conoce hoy en día como el giro copernicano, un cambio de punto de vista totalmente nuevo, aunque para la gente de la época y para la sociedad de hoy, ese nuevo descubrimiento de Copérnico no ha significado nada para sus vidas.  

Sin embargo, el cambio de perspectiva más grandioso para el ser humano, fue el que obró el Señor Jesucristo, cuando le trajo a la humanidad sus divinas revelaciones sobre la promesa de vida eterna en el Reino de Dios, la existencia del alma humana inmortal y el perdón de nuestros pecados.
Esa maravillosa revelación de Dios, de que la existencia humana no termina con la muerte del cuerpo, como se creía y estaba aceptado hasta ese momento, sino que nuestra alma espiritual, continúa viviendo eternamente, generó en los creyentes un cambio radical en su conciencia y los llenó de una nueva e insuperable esperanza, la cual transformó radicalmente sus actitudes ante su propia vida y su muerte.

Así como bien lo dijo nuestro Señor Jesucristo: « No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma » Mateo 10, 28

El alma es divina e inmortal, y nos fue insuflada por Dios para poder vivir eternamente. Lo que muere es nuestro cuerpo, eso lo sabemos muy bien. Por lo tanto, los seres humanos no morimos, sino que pasamos a una mejor vida: la vida eterna espiritual en las moradas, que Jesús prometió prepararnos en el Reino de los Cielos.

El tránsito de la vida terrenal a la existencia espiritual eterna del ser humano, lo explica a su manera el escritor italiano Dante Alighieri, en su famosa obra la Divina comedia con la siguiente metáfora:
«¿No os dais cuenta de que somos gusanos nacidos para formar la angélica mariposa que dirige su vuelo sin impedimento hacia la Justicia de Dios?

El propósito final de nuestras vidas como hijos de Dios es el siguiente:
hemos nacido para la vida eterna.

¡Gracias a Dios y al Señor Jesucristo!

El amor verdadero es demasiado necesario para vivir una vida feliz y plena de sentido, como para menospreciarlo.

El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, apegaos a lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor fraternal, en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. Romanos 12, 9-10

El ser humano es el único ser vivo capaz de fingir lo que no siente de verdad, y a través de un comportamiento falso, de engañar a los demás. De allí surgió el término hipócrita para señalar aquella persona, que actúa premeditadamente de manera falsa para obtener un beneficio. Los traidores políticos son muy buenos hipócritas fingiendo fidelidad y lealtad a alguien, para después traicionarlo.

El fingimiento de un amor que no se siente a una persona que si está enamorada y hacerle creer que la ama de verdad, es una hipocresía muy frecuente que se da en las relaciones de parejas.
¡Cuantos desengaños, desilusiones y frustraciones que se han dado en relaciones amorosas, han sido relatados en innumerables canciones, boleros y poemas populares en todo el mundo!

Pero resulta que aquellas personas, quienes tienen esa mala costumbre de fingir un amor que no sienten, no se percatan de que ellas mismas salen doblemente perjudicadas por su hipocresía:
En primer lugar, destruyen su propia facultad para ser felices, puesto que el amor verdadero es la principal fuente de la felicidad, y en consecuencia, permanecen siendo unos infelices, aun cuando lleguen a ser dueños de medio mundo.
Y en segundo lugar, el remordimiento de conciencia que se origina del engaño y la traición a su pareja, los inquieta y atormenta interiormente haciéndoles sentirse aún mucho peor. Recuerden la terrible consecuencia que sufrió Judas Iscariote, debido al beso traicionero que él le dió al Señor Jesucristo, para delatarlo a los fariseos que lo perseguían, antes de su cruxificción en el Calvario. Judas terminó horcándose de un arbol, unos días después.

El amor es la virtud espiritual más excelente , y es también, la más importante para vivir una vida con sentido y propósito. El amor es para nuestra vida interior espiritual, así de esencial como es el sol para la vida de la naturaleza en el planeta.
Así como no estamos conscientes de lo necesario que es el sol para nuestra existencia en la tierra, por ser algo tan ordinario y común, tampoco estamos conscientes de lo importante que es amarnos los unos a los otros para nuestra propia felicidad, y por esa razón, menospreciamos el amor verdadero y no lo consideramos tan importante como: el dinero, la profesión, la belleza, la moda, la fama, las diversiones, etc.

San Pablo describió magistralmente el amor verdadero y su gran relevancia para nuestras vidas en su primera carta a los Corintios en el capítulo 13, 1-7:

Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, he llegado a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. Y si tuviera el don de profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy. Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me aprovecha.
1. Corintios 13, 1-3

Para Dios nuestros fingimientos no sirven de nada, porque a Dios es imposible engañarlo.

Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Juan 4, 24

A Dios no le podemos ocultar ningún pensamiento ni ninguna intención secreta, porque nuestra vida interior espiritual, la cual está constituida por nuestros pensamientos, sentimientos, pasiones e intenciones, es para Dios como un libro abierto.
Dios todo lo sabe y todo lo conoce de nuestra vida. Y a pesar de que eso es así, siempre cometemos el error de olvidar esa realidad, y tratamos de fingir acciones y comportamientos a otras personas, creyendo inutilmente, que asi como engañamos a la gente con nuestra falsa actuación, pensamos que Dios tampoco se entera de lo que hacemos de manera fingida. !Qué equivocados!

Una característica natural de los seres humanos es que somos capaces de fingir comportamientos y gestos que no sentimos de verdad, es decir, que podemos fácilmente interpretar una conducta falsa ante los demás y hacerles creer que es un comportamiento verdadero.

No actúan solamente los actores profesionales en la televisión o en el cine, sino que todos sabemos actuar también ante los demás en la vida cotidiana.
La personalidad humana está constituída por una dualidad natural, que consiste en una personalidad externa y una personalidad interna. La externa es la personalidad corporal y pública que mostramos a los demás con nuestros gestos , y la interna es la personalidad interior que ocultamos por lo general y que sólo mostramos cuando así lo deseamos. Esta realidad es la que se conoce como el ser adaptado por fuera  y el ser original por dentro de las personas.

Por eso, en el gran escenario de la vida real diaria todos fingimos en ciertas situaciones y cuando nos conviene, unos más y otros menos.
Ahora bien, si eres un cristiano creyente quiero recordarte en esta oportunidad, que en tu relación íntima y secreta con Dios, procura ante Él ser siempre sincero y auténtico en todo lo que concierne a tu vida interior espiritual. Fingir ante Dios es lo peor que puedes hacer en tu vida como creyente, y además, es engañarte a tí mismo.

No os engañéis, Dios no puede ser burlado; porque todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Gálatas 6, 7