El amor verdadero es demasiado necesario para vivir una vida feliz y plena de sentido, como para menospreciarlo.

El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, apegaos a lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor fraternal, en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. Romanos 12, 9-10

El ser humano es el único ser vivo capaz de fingir lo que no siente de verdad, y a través de un comportamiento falso, de engañar a los demás. De allí surgió el término hipócrita para señalar aquella persona, que actúa premeditadamente de manera falsa para obtener un beneficio. Los traidores políticos son muy buenos hipócritas fingiendo fidelidad y lealtad a alguien, para después traicionarlo.

El fingimiento de un amor que no se siente a una persona que si está enamorada y hacerle creer que la ama de verdad, es una hipocresía muy frecuente que se da en las relaciones de parejas.
¡Cuantos desengaños, desilusiones y frustraciones que se han dado en relaciones amorosas, han sido relatados en innumerables canciones, boleros y poemas populares en todo el mundo!

Pero resulta que aquellas personas, quienes tienen esa mala costumbre de fingir un amor que no sienten, no se percatan de que ellas mismas salen doblemente perjudicadas por su hipocresía:
En primer lugar, destruyen su propia facultad para ser felices, puesto que el amor verdadero es la principal fuente de la felicidad, y en consecuencia, permanecen siendo unos infelices, aun cuando lleguen a ser dueños de medio mundo.
Y en segundo lugar, el remordimiento de conciencia que se origina del engaño y la traición a su pareja, los inquieta y atormenta interiormente haciéndoles sentirse aún mucho peor. Recuerden la terrible consecuencia que sufrió Judas Iscariote, debido al beso traicionero que él le dió al Señor Jesucristo, para delatarlo a los fariseos que lo perseguían, antes de su cruxificción en el Calvario. Judas terminó horcándose de un arbol, unos días después.

El amor es la virtud espiritual más excelente , y es también, la más importante para vivir una vida con sentido y propósito. El amor es para nuestra vida interior espiritual, así de esencial como es el sol para la vida de la naturaleza en el planeta.
Así como no estamos conscientes de lo necesario que es el sol para nuestra existencia en la tierra, por ser algo tan ordinario y común, tampoco estamos conscientes de lo importante que es amarnos los unos a los otros para nuestra propia felicidad, y por esa razón, menospreciamos el amor verdadero y no lo consideramos tan importante como: el dinero, la profesión, la belleza, la moda, la fama, las diversiones, etc.

San Pablo describió magistralmente el amor verdadero y su gran relevancia para nuestras vidas en su primera carta a los Corintios en el capítulo 13, 1-7:

Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, he llegado a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. Y si tuviera el don de profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy. Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me aprovecha.
1. Corintios 13, 1-3

Para Dios nuestros fingimientos no sirven de nada, porque a Dios es imposible engañarlo.

Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Juan 4, 24

A Dios no le podemos ocultar ningún pensamiento ni ninguna intención secreta, porque nuestra vida interior espiritual, la cual está constituida por nuestros pensamientos, sentimientos, pasiones e intenciones, es para Dios como un libro abierto.
Dios todo lo sabe y todo lo conoce de nuestra vida. Y a pesar de que eso es así, siempre cometemos el error de olvidar esa realidad, y tratamos de fingir acciones y comportamientos a otras personas, creyendo inutilmente, que asi como engañamos a la gente con nuestra falsa actuación, pensamos que Dios tampoco se entera de lo que hacemos de manera fingida. !Qué equivocados!

Una característica natural de los seres humanos es que somos capaces de fingir comportamientos y gestos que no sentimos de verdad, es decir, que podemos fácilmente interpretar una conducta falsa ante los demás y hacerles creer que es un comportamiento verdadero.

No actúan solamente los actores profesionales en la televisión o en el cine, sino que todos sabemos actuar también ante los demás en la vida cotidiana.
La personalidad humana está constituída por una dualidad natural, que consiste en una personalidad externa y una personalidad interna. La externa es la personalidad corporal y pública que mostramos a los demás con nuestros gestos , y la interna es la personalidad interior que ocultamos por lo general y que sólo mostramos cuando así lo deseamos. Esta realidad es la que se conoce como el ser adaptado por fuera  y el ser original por dentro de las personas.

Por eso, en el gran escenario de la vida real diaria todos fingimos en ciertas situaciones y cuando nos conviene, unos más y otros menos.
Ahora bien, si eres un cristiano creyente quiero recordarte en esta oportunidad, que en tu relación íntima y secreta con Dios, procura ante Él ser siempre sincero y auténtico en todo lo que concierne a tu vida interior espiritual. Fingir ante Dios es lo peor que puedes hacer en tu vida como creyente, y además, es engañarte a tí mismo.

No os engañéis, Dios no puede ser burlado; porque todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Gálatas 6, 7

La paz interior es el terreno fértil donde prosperan la tranquilidad y la felicidad del alma

« La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da.
No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. »
Juan 14, 17

El Señor Jesucristo en su trato con la gente, siempre acostumbraba a saludar o despedirse deseándole la paz a quién Él se dirigía, y para eso, utilizaba alguna de las siguientes expresiones: « la paz sea contigo », « paz a vosotros », « la paz os doy », « mi paz os dejo ».
En esos tiempos y en la mayoría de los pueblos ubicados en la región del mar mediterráneo, el saludo de la paz es una costumbre muy antigua, la cual se ha mantenido hasta hoy en día, como es el caso de las naciones semíticas: los judíos y los musulmanes.

La paz a la que Jesús que siempre se ha referido, es la paz interior de cada individuo, la cual es la primera que es necesario alcanzar, antes de tener paz entre unos y otros, es decir, la paz del alma o paz consigo mismo. Eso es así por la sencilla razón, de que si uno no tiene paz interior, no es posible que pueda mantener paz con los demás.
Jesús, por ser Hijo de Dios, sabía eso muy bien.

Ustedes se preguntarán ¿pero qué es tener paz interior y cómo puedo yo saber en qué momentos no la tengo?
Para obtener la respuesta a esas preguntas, solamente tenemos que observar a los niños pequeños con detenimiento y fijarnos en su actitud y en sus reacciones ante las circunstancias « desagradables » que les suceden.
A continuación una excelente descripción que hizo Santa Teresa del Niño Jesús, sobre la actitud normal del niño, quién logró ilustrar y demostrar algunos efectos de la paz interior en su conducta, con ejemplos prácticos:

„Ved al niño: está lleno de defectos, es ignorante, no sabe nada, todo lo rompe, cae a cada momento en las mismas faltas, y, no obstante, este niño es muy cándido, vive en paz, se divierte y duerme tranquilo. ¿Sabéis por qué? Tiene la simplicidad interior, se conoce tal cual es, acepta en paz la humillación de su estado, confiesa su ignorancia, su inexperiencia, sus defectos; a todo responde: «es verdad», y cuando ha hecho esta confesión, en lugar de avergonzarse, de llorar, o de enfadarse por ello, se va a jugar, habla de otras cosas como de ordinario. He aquí el secreto de la paz interior: la simplicidad de la infancia. «

Lo primero que resalta de la actitud del niño consigo mismo, es que él se acepta a sí mismo tal como es de imperfecto, y no se avergüenza ni se enfada consigo mismo por eso. El niño no se irrita a sí mismo, haciéndose reproches o críticas a sí mismo. Por su propia protección, el niño de esa manera no permite que se perturbe esa preciosa paz interior que disfruta, y que además, necesita para poderse desarrollar sin traumas ni complejos psicológicos.
Esto desmuestra que el ser humano dispone de la facultad natural, de permitir o impedir que su paz interior sea perturbada. Solamente nosotros somos capacez de alterar nuestra propia paz interior, según sea nuestra reacción a lo que sucede fuera de nosotros en nuestro entorno. Podríamos hacer mucho más esfuerzo para cuidar y conservar la paz interior, adoptando una actitud a la defensiva frente a los demás, como por ejemplo, siguiendo el refrán: a palabras necias, oídos sordos ; tal como hacen los niños.
Como adultos nos dejamos influenciar demasiado por las circunstancias, por lo que nos dicen los demás y por lo que pasa en el mundo, y lo más asombroso, es que lo hacemos voluntariamente, ya que siempre estamos mucho más pendientes de lo que piensa y hace la gente, que de lo que pensamos, creemos y hacemos nosotros.

Por su Gracia y gran misericordia, Dios le concede a diario la paz interior a nuestra alma, pero nosotros por un insignificante gesto, mirada, comentario, chisme, menosprecio o desaire; que ahora como adultos consideramos « desagradables », en vez de ignorarlos y no hacerles caso para no disturbar la calma y serenidad interior que hemos recibido, entonces nos alteramos, nos ofendemos y nos irritamos a sí mismos.
Lo cual en realidad es absurdo.

Tengamos presentes que la paz interior es un precioso tesoro espiritual.
Sin paz en nuestro corazón no alcanzaremos jamás la tranquilidad y la felicidad que deseamos y siempre estamos buscando.

El importante y maravilloso secreto de la mirada

Pusiste nuestras culpas delante de tus ojos, y nuestros secretos a la luz de tu mirada.” Salmo 90, 8

Muchos de nosotros no estamos concientes de la diferencia que existe entre ver y mirar, y por lo general, tampoco nos damos cuenta de los claros mensajes que expresamos y transmitimos con nuestras miradas a las personas cuando las estamos mirando.
La gran diferencia entre mirar y ver es la siguiente: vemos con los ojos y miramos con el alma.
La mirada alberga un gran contenido espiritual, y en consecuencia, refleja la verdad de lo que estamos sintiendo en el alma en ese preciso momento. Por esa sencilla razón, con nuestras miradas revelamos, de vez en cuando, algunos secretos nuestros y sentimientos que tratamos de ocultar.
Por ejemplo, los niños recien nacidos y los infantes que aún no saben hablar, le expresan a sus madres por medio de sus miradas, lo que sienten en su alma y que no pueden manifestarles con palabras. Eso es lo que se conoce como lenguaje visual. Y de esa necesidad del contacto visual entre madre e hijo desde tan temprana edad, es que la mirada recíproca a los ojos se ha hecho parte esencial de la comunicación cara a cara entre dos personas.

Dependiendo de los estados de ánimo y de los pensamientos que la persona que miramos cause o desencadene en nosotros, al mirarla y gracias a la intuición, percibimos diferentes valores y cualidades espirituales de élla, según las emociones y sentimientos que efectivamente estemos sintiendo en ese instante.
Es por eso que en los tiempos de la Edad Media, se tenía la creencia de que en el preciso momento del enamoramiento entre un hombre y una mujer, sus espíritus se intercambiaban a través de la mirada amorosa.

En nuestras relaciones personales hacemos uso de un amplio espectro de miradas, que se corresponden directamente con la diversidad de las pasiones humanas, que sentimos hacia la persona con la que estamos hablando en ese momento y de las circunstancias previas que rodean el encuentro.
Entre los diferentes tipos de miradas están: la amorosa, despreciativa, agradecida, orgullosa, compasiva, altiva, luminosa, fija, inquieta, desdeñosa, dominante, furiosa, envidiosa, de odio, de reproche, afirmativa, sensual, comprensiva, anhelante, temerosa, etc.

Una mirada amorosa puede ser tan expresiva, que el poeta Gustavo Adolfo Becquer en uno de sus poemas escribe: “El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada”
Y el gran escritor William Shakespeare por su parte, escribió sobre la mirada: “Las palabras están llenas de falsedad o de arte; la mirada es el lenguaje del corazón”.

Recordemos pues, que el contacto visual es indispensable para relaciones personales y para una efectiva comunicación interpersonal.

Ahora bien, si los ojos humanos son el espejo del alma, al mirar nosotros una pantalla de computador o una pantalla de un teléfono inteligente, por el simple hecho de no poder mirar directamente a los ojos de nuestro interlocutor, estamos renunciando voluntariamente a lo más hermoso, más enternecedor y más importante que posee la conversación cara a cara entre seres queridos, que son las miradas y los maravillosos mensajes espirituales que contienen.

El uso excesivo de los teléfonos inteligentes impide y dificulta el contacto visual mutuo entre personas durante la comunicación, y en consecuencia, impide y dificulta también el acercamiento espiritual y el intercambio de emocional con nuestros seres queridos.
No existe una experiencia humana más plena de sentimientos, emociones y vivencias espirituales, que el encuentro cuerpo a cuerpo entre dos personas para conversar, entenderse, manifestarse cariño y comunicarse. Las demás formas de comunicación son simplemente accesorios artificiales.

Por lo tanto, debemos tener siempre presente que la comunicación que hacemos por medio de pantallas es fácil y rápida, pero es incompleta, artificial y truncada, debido a que le falta el aspecto espiritual y sentimental, lo cual es lo que colma la comunicación de cariño, vida, cordialidad y sentido, es decir, de calidez humana, real y efectiva.

No nos conformemos con ver solamente pantallas, recuerda que tanto tú como yo y nuestros seres queridos, todos necesitamos mirar y ser mirados para poder vivir plenamente.

La envidia es enemiga fatal del amor y de la felicidad.

Malo es el ojo envidioso, que vuelve su rostro y desprecia a los demás. Eclesiástico 14, 8
“El corazón apacible es vida de la carne; pero la envidia es carcoma de los huesos.” Proverbios 14:30

La envidia es una pasión espiritual natural del ser humano, que se puede manifestar ya en la infancia y nos acompaña toda la vida. Así como la mala hierba, la envidia brota de manera espontánea y crece en el corazón rápidamente.
Si la persona envidiosa no reconoce que padece de envidia y no hace nada para contrarrestarla, puede llegar a ser muy dañina, puesto que genera mucho odio, mala intención y agresividad hacia la persona envidiada, llegando incluso a cometer asesinatos.
En el periodismo policial se reportan con cierta frecuencia casos trágicos de asesinatos, cuyo motivo principal ha sido un fuerte sentimiento de envidia. Así de maléfica y peligrosa es la envidia, y por lo tanto, no debe ser nunca subestimada.

San Agustín de Hipona consideraba la envidia como el pecado diabólico por excelencia y Santo Tomás de Aquino la llamaba: la tristeza del bien ajeno, es decir, el malestar interior por el bien de los demás.
Para el gran filósofo Descartes, quien escribió un tratado sobre las pasiones del alma, decía que: no hay vicio que más dañe a la felicidad de los hombres como la envidia.

La envidia es usualmente manifestada en el envidioso, a través de la mirada malvada y de palabras dañinas pero con apariencia inofensiva y hasta disfrazadas en halagos. El odio que se desarrolla en el envidioso le ofusca el alma, la mente y la vista, es fuente de perturbación, inquietud y angustia en su corazón. La envidia le impide ver la realidad de manera equilibrada y objetiva.

Sin duda alguna, el más perjudicado por la envidia es el envidioso porque su propio odio le hace sufrir mucho más, puesto que la persona odiada o envidiada si apenas percibe algo, serán algunos gestos de indiferencia y una actitud de rechazo. Y a pesar de que la envidia y el odio hacen sentir al envidioso más miserable, éste se acostumbra a su miseria espiritual y lo considera « normal ».

La palabra envidia viene del latin in-videre que significa « mirar al interior o poner la mirada dentro de alguien». Justamente de la envidia es que ha surgido lo que en todos los pueblos y desde tiempos inmemoriables, se conoce como « Mal de ojo ».

La envidia acaba con la capacidad de amar y con la facultad de disfrutar de la vida del envidioso y eso lo hace descontento e infeliz.
Ya hemos mencionado que el sentimiento de envidia es natural y puede surgir en cualquier momento de la vida, pero también la envidia puede ser despertada y alentada en el ser humano actual por medio de la publicidad, la televisión y el cine, al mostrar en las películas y videos publicitarios solamente el estilo de vida, los automóviles y las mansiones de la gente rica, como modelo u objetivo a alcanzar para la gente menos adinerada.
No debemos nunca olvidar que las agencias publicitarias explotan nuestras debilidades e inclinaciones más bajas como el egoísmo, el exceso en la comida o la bebida, el adulterio, la ambición desenfrenada y la envidia; mientras que muchos valores edificantes son ignorados. Por eso, debemos estar siempre alertas y no dejarnos influenciar por los mensajes comerciales, que sólo buscan aumentar las ventas de los productos que promocionan.

Los mejores y más poderosos antídotos contra la envidia, para aquellas personas que padecen de esa pasión, son el amor y la oración. El amor al prójimo como facultad espiritual puede ser convertida en una actitud por una decisión personal y consciente en la vida. La ayuda de Dios es indispensable, puesto que la envidia y el odio son pasiones espirituales del alma, dimensión por excelencia donde obra directamente el Espíritu Santo en nosotros. Es por eso, que el envidoso que desea vencer su problema, debe orar diariamente con un corazón arrepentido y quebrantado por ayuda y fortaleza divina.
Del sentimiento del amor verdadero nacen el respeto y la admiración hacia la persona amada, cualidades estas que complementan la obra del cariño.

No me canso de insistir y machacar en la enorme importancia que tiene el amor verdadero y auténtico en nuestas vidas, porque el amor es la fuente espiritual más importante de la felicidad, de la belleza interior y de la salvación eterna del ser humano.

El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; 1 Corintios 13:4

Desechada la esperanza de la vida eterna, el sufrimiento se muestra al incrédulo como algo inútil, sin sentido y absurdo.

Pues, así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación. 2 Corintios 1, 5

El que no ha sufrido en la vida, no ha vivido en este mundo, ya que vivir es también tener que sufrir.
Y con la palabra sufrir no me refiero solamente cuando se sienten fuertes dolores, molestias e incomodidades en el cuerpo debido a enfermedades o accidentes, sino que lo más frecuente son la infinidad de esos sufrimientos que padecemos en secreto por contrariedades y problemas, como por ejemplo: disgustos y decepciones en el trabajo, fracasos personales, divorcios, rencillas y conflictos familiares, etc; y además hasta lo que sufrimos junto con nuestros seres queridos cuando a alguno de ellos no le va bien, tiene problemas serios o muere.

En vista de que el sufrimiento forma parte esencial de la vida humana, tenemos que sencillamente aceptarlo y asumirlo como una condición natural de nuestra existencia. Indudablemente, la vida en este mundo posee infinidad de encantos, atractivos y bellezas que compensan sus aspectos negativos como el sufrimiento.

Adicional a todo lo que la Creación ha puesto a disposición de la humanidad en este mundo material, Dios ha creado por amor al ser humano con un alma de naturaleza espiritual a imagen y semejanza suya, para poder relacionarnos directamente con Él mientras estemos en este mundo, y para vivir eternamente después de nuestra muerte.

El amor, la fe y la esperanza son las facultades espirituales más poderosas que Dios nos ha dado, para ser capaces de superar y vencer TODOS los sufrimientos, problemas, obstáculos y contrariedades que el destino nos pueda deparar en nuestra vida terrenal.
El amor, la fe y la esperanza son las tres virtudes espirituales primordiales que conforman lo que yo llamo el « chaleco salvavidas » espiritual con el que Dios nos ha equipado para sobreponernos a cualquiera mala situación, siniestro, tragedia o calamidad que podamos experimentar en la vida.

La vida es un don que Dios nos ha concedido a cada ser humano con un determinado propósito, que por lo general desconocemos y que quizás nunca llegamos a averiguar. Ese es un misterio más de la vida que Dios se reserva para sí mismo.
La vida humana se considera sagrada porque Dios nos la otorgado, y por lo tanto merece la pena vivirla hasta que llegue el momento de la muerte inevitable, sea cual fuere las condiciones, malas o buenas, en que se nazca y el destino que se tenga.

Si alguien no tiene fe en Dios, no siente amor y no tiene esperanza en una nueva vida eterna, para esa persona aún viviendo en las mejores condiciones materiales, puede llegar a perder el sentido y propósito de su vida, y de manera manera particular, el sufrimiento para ese individuo se convierte en algo absurdo e inútil.
En Europa, el continente más desarrollado y con el mayor nivel de riqueza del mundo, ya para 1920 fue fundada en Alemania la primera asociación que defendía la libertad de suicidarse. En Suiza está legalmente permitido el suicidio asistido por un médico desde hace 25 años. El número de los suicidios asistidos está aumentando fuertemente. Para el año 2000 fueron 200 personas y para el año 2015 ya eran 1000 personas.
Lo que más llama la atención de este nuevo fenómeno social y moral en el resto de las sociedades europeas, es que cada vez son más las personas jóvenes y sanas que exigen la legalización de una muerte digna por suicidio, que las personas viejas y enfermas.

El bienestar económico, las comodidades tecnológicas y la abundancia de bienes y servicios en las sociedades de consumo, no le proporcionan a la vida humana más propósito o sentido de vivir, ni tampoco consuelan el sufrimiento padecido.
El desarrollo industrial y tecnológico nos ha hecho creer, a traves de los medios de comunicación, que ganar dinero trabajando y consumir de todo para poder vivir cómodamente, es el « nuevo » sentido de la vida.
Pues, no sigamos creyendo esa falsa ilusión, porque los europeos que están hartos de consumir y de vivir con comodidades desde hace décadas, se están matando voluntariamente.

Porque en ti está la fuente de la vida; en tu luz vemos la luz. Salmo 36, 9

¿Estás decepcionado de la vida y te sientes como un extraño en este mundo lleno de sufrimientos, falsedades e injusticias?

Así pues, siempre llenos de ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos por la fe y no por la visión. Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. 2. Corintios 5, 6-8

No te preocupes, que eso mismo nos pasa todos en algún momento de nuestra existencia, puesto que es una reacción natural y justificada de todo ser humano ante esta dura vida terrenal.
Absolutamente nadie que sea sincero consigo mismo y que haya nacido en este mundo, puede negar que la vida humana está colmada de adversidades, preocupaciones, penas, mentiras, cansancio, miseria, sufrimientos, conflictos, luchas, etc; y que además, se vive bajo la permanente inseguridad y el temor que causa esa horrible amenaza y plaga de los seres humanos, que es la muerte inevitable.
La realidad de la vida terrenal fue, es y seguirá siendo siempre dura, injusta e implacable.

Dios el Creador del Universo, en su inconmensurable sabiduría y soberanía sobre todas las criaturas, hizo el mundo así como es, por razones que aún desconocemos totalmente. Ese es el gran misterio de la vida.
Sin embargo, Dios por su eterno amor y su gran misericordia hacia la humanidad, nos ha creado en realidad para vivir DOS vidas: la primera vida corporal: dura, corta y temporal en este mundo cruel y finito; y la segunda vida espiritual: gozosa, abundante y eterna en el Reino de los Cielos. Esta ha sido la Buena Nueva y la grandiosa promesa que el Señor Jesucristo le trajo a todos los hombres y las mujeres hace ya más de 2000 años.

Después de la propagación en el mundo de las iglesias cristianas y de la promesa de una nueva vida después de la muerte, los nuevos creyentes cristianos demostraron claramente a los incrédulos, el enorme significado que esa promesa tenía para la vida antes de la muerte.

El resplandor de la promesa de vida eterna y de la resurreción de Jesús, hizo brillar la luz en el corazón del Apostol Pablo y lo llenó de esperanza en la otra vida con tal fuerza, que se dedicó como ningún otro apostol a predicar el Evangelio y a transmitir la Gloria de Dios a los gentiles. Por eso Pablo, apoyado en su fe y su esperanza en Jesús, afirma lo siguiente:
Porque sabemos que si esta tienda (el cuerpo), que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios; una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos. 2. Corintios 5, 1

Dios y su Reino en los Cielos son espirituales, y por esa razón solamente los podemos percibir por medio de la fe. Creer o no creer, de eso depende todo en la vida. Los seres humanos por poseer un espíritu o alma, somos los únicos seres vivos que podemos creer en Dios y establecer una relación directa y personal con Él.

Pablo, lo único que hizo de extraordinario, fue creer en Jesús como cree un niño pequeño en su madre, con toda su alma y con toda su mente, es decir, ciegamente.
La profunda fe generó inmediatemente en su corazón, el amor hacia Dios y la gran esperanza en la vida eterna, que hicieron de Pablo un hombre nuevo y un creyente cristiano exepcional y apasionado. El apostol al creer que Jesús le había perdonado sus graves pecados contra Dios, por haber sido perseguidor de cristianos, dejó de temer la muerte inevitable y el castigo eterno de su alma en el infierno, quedando así liberado de esas pesadas cadenas de angustia y remordimiento, las cuales lo agobiaron durante su vida como fariseo de la Ley judía, antes de su conversión al Cristianismo.

La fe en Dios y en la grandiosa Obra redentora de las almas y de perdón de los pecados hecha por Jesucristo en el Calvario, es la maravillosa fuente de la esperanza cristiana. Esa esperanza suprema es capaz de llenar nuestros corazones de tanto consuelo y alegría, que con regocijo y gusto olvidamos todas nuestras penas y dolores que hemos tenido que padecer en esta pobre vida terrenal, y nos llena también de buen ánimo y fuerzas para soportar y seguir adelante, hasta el momento en que Dios Padre nos llame a su Trono celestial.

La esperanza cristiana de vida eterna ha sido creída y esperada con fe y alegría por infinidad de cristianos desde hace más de 2000 años, tal como lo hizo San Pablo en su oportunidad y lo han hecho miles de millones de cristianos en todo el mundo hasta el día de hoy, a pesar de haber sufrido persecuciones, exclavitud, deportaciones, ejecuciones públicas y muerte en las hogueras de la Inquisición.

Desafortunadamente, los que no han querido creer el Evangelio de Jesús y no abrigan esa esperanza en su alma, son aquellas personas que tratan de disfrutar al máximo esta vida terrenal siguiendo el lema: comamos y bebamos que mañana moriremos. Esos son los individuos aferrados a este mundo material quienes viven fingiendo una vida pública feliz de diversiones y placeres, mientras en sus corazones padecen en silencio por el temor a la muerte, las preocupaciones, la impaciencia, las enfermedades, el cansancio y el descontento, padecimientos estos que les hace su vida interior aún más tormentosa, pesada y absurda.

Refiriéndose ese tipo de individuos, San pablo dijo lo siguiente:
Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres! 1. Corintios 15, 19

Nuestra personalidad está compuesta por dos partes: el adaptado por fuera y el original por dentro.

« Todo el mundo nace como un original, pero la mayoría muere como una copia »
Max Stirner , filósofo alemán

Todos los adultos vivimos a diario una doble vida: a) la vida pública que interpretamos con la ayuda del cuerpo y nuestros gestos corporales, que es la que los otros pueden ver y conocen; y b) nuestra vida interior secreta, la cual es nuestra vida genuina y verdadera, porque es la vida espiritual original del alma que Dios nos insufló en el cuerpo.

Del alma surgen nuestros sentimientos, pensamientos, orgullo, vanidad, emociones, fe, amor, esperanza, anhelos, humildad, sufrimientos, tristezas, penas, tormentos, etc, es decir, todas las cualidades y facultades originales que constituyen nuestra existencia y lo que somos de verdad.

La frase al inicio del filósofo Stirner, resume muy bien las consecuencias que trae consigo el largo proceso de crianza, educación y adaptación que recibimos los seres humanos desde la cuna hasta la tumba, primero por nuestros padres, después en las escuelas y finalmente en la sociedad. Durante nuestro desarrollo personal vamos siendo moldeados por la crianza familiar, la educación escolar, las normas sociales y los medios de comunicación, a lo cual terminamos adaptados por obligación.
Venimos a la vida como cera y nos vacían en moldes prefabricados! Por eso es que parecemos ser copias unos de otros, porque nos vestimos igual, nos gusta y comemos lo mismo, vamos a los mismos sitios, nos comportamos igual, tenemos los mismos nombres y las mismas profesiones. Es verdad, sí parecemos copias, PERO solamente en lo exterior y en nuestra vida pública que mostramos a los demás; mientras que en lo interior NO somos copias, allí en nuestra vida espiritual seguimos siendo originales y únicos!
Esto es lo que explica, por qué somos seres adaptados por fuera y originales por dentro.

El alma humana que llevamos dentro y la vida espiritual secreta que vivimos cada día, constituyen la vida verdadera, y precísamente por eso, esa es la vida que más cuenta para Dios y también para nuestra relación personal con Èl.
Es desde lo profundo del alma o espíritu humano, que podemos establecer una relación espiritual íntima con Dios y con Jesucristo su Hijo, quién dijo en su conversación con la mujer samaritana: « Dios es espíritu, los que le adoran, deben adorar en espíritu y en verdad » Juan 4, 24

Recordemos pues de nuevo, que lo que vemos de la gente todos los días, son solamente sus vidas públicas, sus actuaciones y sus apariencias.
Dios sí observa las vidas espirituales de los seres humanos, porque Él es el único que las puede ver. Por esa razón, es que ante Dios no vale ningún fingimiento, ni sirve ninguna actuación corporal nuestra.
Pero el SEÑOR dijo a Samuel: « No mires a su apariencia, ni a lo alto de su estatura, porque lo he desechado; pues Dios ve no como el hombre ve, pues el hombre mira la apariencia exterior, pero el SEÑOR mira el corazón. »
1 Samuel 16, 7

¡La esperanza cristiana de vida eterna, sí que es bella de verdad!

Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. Juan 10, 10

Muchos de ustedes habrán visto seguramente la conocida película italiana « la vida es bella » con el actor cómico Roberto Benigni. Esa obra cinematográfica es una verdadera joya del género de tragicomedias, en la cual, la espantosa realidad del terror, sufrimiento y crueldad que experimentaron millones de judíos en los campos de exterminio nazis durante la segunda guerra mundial, pudo ser convertida en una placentera comedia. Esa increíble inversión de la realidad fue posible, únicamente por medio del efecto ilusorio del cine. Tal alteración de la realidad, sólo es factible en el mundo artificial de la ilusión, que es creado por el arte cinematográfico para entretener con fantasías al ojo humano.

En lo personal a esa película yo le pondría más bien como título « la ilusión es bella », porque los filmes, incluso aquellos basados en historias verdaderas, son todos una cinta de imágenes artificiales que crean en el espectador la sensación de que está viendo un hecho real, en ese instante. Sin embargo al salir del cine, regresamos de nuevo a la dura realidad de nuestra vida diaria, que quizás no sea tan bella como la fantasía cinematográfica, pero es la única que tenemos por ahora en este mundo terrenal.

La vida está constituida por tiempos de placeres y sufrimientos, alegrías y tristezas, salud y enfermedad, trabajo y descanso. Los buenos tiempos se alternan con los malos, su duración varía constantemente, y muchas veces, los tiempos que nos causan sufrimientos predominan sobre los demás. La vida es imprevisible y no la podemos controlar ni dirigir a nuestro gusto, puesto que esa facultad sólo la poseen Dios y su Hijo Jesucristo en su soberana Providencia.

Jesús dijo que él había venido a este mundo para que sus amadas criaturas tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Para poder comprender el alcance y el significado de esa maravillosa enseñaza de Jesús, debemos tener presente el hecho de que nuestra existencia está constituida de un alma y un cuerpo, es decir, poseemos una dimensión espiritual y una dimensión física. Por esa razón, lo que llamamos vida tiene también dos dimensiones: la vida espiritual interior que es secreta y la vida física exterior que mostramos al mundo, las cuales se dan al mismo tiempo, pero no siempre coinciden. Por ejemplo: podemos estar interiormente tristes, y con una radiante sonrisa en el rostro, fingirle a la gente que nos sentimos contentos.

En sus mensajes y enseñazas Jesús se refiere, casi siempre, a nuestra vida espiritual interior, a nuestra alma; es decir, a la conciencia, a la voluntad, a la memoria, a la fe, al amor y a la esperanza; todas éstas facultades espirituales humanas.
Esta vida espiritual interior es la misma vida que continuará después de la muerte del cuerpo, porque es inmortal y será perfeccionada en el Cielo.

Dentro del cuerpo está la mismísima vida espiritual que gozará de plenitud de gozo en la presencia de Dios. La vida celestial está en tu interior y Jesús vino para otorgarnos esa vida y para que la tengamos en abundancia.

Nuestro Señor Jesucristo ha venido para que, en el sentido espiritual, tengamos mayor vigor, para que tengamos una vida espiritual vigorosa y firme.
Acaso cuando comparamos a las personas, no notamos claramente la gran diferencia que hay entre unos creyentes cristianos y otros? Todos tenemos grandes capacidades espirituales, pero muchos no las ejercitan por falta de intensidad de propósito.
Una demostración práctica de una vida espiritual vigorosa la hacen los niños cuando están bien de salud y bien alimentados.  En los niños pequeños podemos percibir el gran vigor espiritual que manifiestan cuando juegan, corren, se divierten o hacen sus travesuras. Vemos como éllos creen, aman, se aceptan con sus limitaciones, esperan siempre lo mejor, perdonan, gozan, disfrutan y se ríen con toda su alma.

Acudamos a Jesucristo con fe, humildad y arrepentidos sinceramente de nuestros pecados, para que entre en nuestro corazón y guíe nuestras vidas.
Él nos puede dar esa vida espiritual interior vigorosa y abundante, que es capaz de soportar y superar las circunstancias adversas que el destino nos pueda deparar. Una vida tan abundante que en la pobreza nos hace sentir espiritualmente amparados, que en la enfermedad tengamos fortaleza espiritual, que en el desprecio nos sintamos apoyados y que en la muerte podamos aferranos al ancla firme de la esperanza de vida eterna.
¡Esa vida espiritual abundante que Jesús nos ofrece por amor, sí podemos afirmar que es bella de verdad!

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí. Juan 14, 6

El amor de Jesucristo por nosotros es más fuerte que la muerte

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Juan 13, 1

Dios es amor. Esta es quizás la descripción más sencilla, más instructiva y más acertada para expresar lo que Dios debería de significar para todos los creyentes cristianos del mundo. Dicha frase se encuentra cerca del final de la Biblia en la primera epístola de San Juan: Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él.
(1 Juan 4, 8-9)

Dediquemos unos minutos a recordar la promesa de vida eterna del Señor Jesucristo y la obra de redención para el perdón de nuestros pecados; y también a imaginarnos primero, el rechazo y desprecio que recibió de sus hermanos de raza judíos; segundo, las vejaciones y humillaciones que Jesús tuvo que soportar antes de ser crucificado, y finalmente, la terrible y lenta muerte que padeció en la cruz del Calvario.
Y ahora les ruego que pensemos, en que Jesucristo siendo Hijo único de Dios, pasó por todo eso, únicamente por amor a toda la Humanidad y por amor a Dios Padre.

Igualmente es oportuno que recordemos, que el amor de Dios hacia nosotros es eterno, puesto que Dios no ama a nuestros cuerpos mortales que perecen, sino que ama sobre todo a nuestras almas o espíritus inmortales que vivirán eternamente.

El amor divino es inagotable, no tiene fin y tampoco tiene ningún obstáculo que lo detenga o interrumpa.
Dios nos ama desde que nacemos en este mundo y nos seguirá amando sin interrupción después de la muerte.

La promesa de vida eterna está plasmada clara y diáfanamente en el Evangelio para todos, solamente es necesario creer en Jesucristo y esperar con fervor en esa esperanza viva, confiando con la fe firme de un niño pequeño, en que el Hijo de Dios cumplirá su promesa.

Roguémosle al Espiritu Santo que nos fortalezca nuestra fe y nos conceda la humildad necesaria, para aferrarnos al amor y a la misericordia del Salvador que nos ama hasta el extremo.