Dios creó al ser humano para que viva dos vidas diferentes: una primera vida pasajera en este mundo, y una segunda vida eterna en el Reino de los Cielos.

Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. Juan 13, 34

Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien en humildad, estimándoos inferiores los unos a los otros: no mirando cada uno a lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los demás. Filipenses 2, 3-4

En el reino animal existen dos ejemplos muy conocidos de criaturas insignificantes, que fueron creadas para vivir dos vidas diferentes: las ranas y las mariposas. Sabemos que las ranas nacen y viven su primera vida en el agua en forma de renacuajos y después de un proceso natural llamado metamorfosis, se convierten en ranas adultas para vivir en los bosques.

Las mariposas viven un tiempo como orugas o gusanos arrastrándose en la tierra o en las plantas, para después transformarse en una bella mariposa y volar por el aire para alimentarse del nectar de las flores.

Si Dios el Creador Omnipotente del universo, creó estas dos criaturas para que vivan dos vidas completamente diferentes, ¿no habría sido Dios capaz de crear al ser humano con un cuerpo físico y un alma espiritual, para que el hombre pueda vivir también dos vidas muy diferentes, la primera y transitoria en este mundo, y la segunda, eterna y definitiva en el Reino de los Cielos?

Solamente es necesario que tú amigo lector, en primer lugar, por medio de un sencillo, humilde y auténtico acto de fe reconozcas y aceptes sin lugar a dudas, que todo el contenido de la Biblia es la única y verdadera Palabra de Dios, la cual fue escrita por infinidad de personajes históricos, quienes fueron cada uno inspirados directamente por el Espíritu de Dios, para que quedara estampada en papel como legado eterno para toda la humanidad.

Y en segundo lugar, que creas en nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, quien vino al mundo para revelar la verdad de Dios, que había estado oculta a la humanidad por un manto de misterio desde el inicio de los tiempos, la cual es conocida como la Buena Nueva o el Evangelio de Jesucristo: La promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos.

El Espíritu Santo de Dios descendió también a este mundo junto con Cristo Jesús, y desde entonces y por mandato expreso de Dios, habita entre nosotros con la importantísima misión de tocar y mover directa e imperceptiblemente el alma de los creyentes, para que reciban a Jesús como su amado Maestro, Salvador Misericordioso y gran Perdonador de pecados.

No necesitamos en absoluto a ningún intermediaro mortal (sacerdote, pastor, monje, predicador, etc) que medie entre Jesús y nosotros, para recibir al Señor Jesucristo en nuestro corazón. En la Biblia podrás encontrar muchos verdaderos héroes y heroínas de la fe, quienes por medio de su vida, sus actos y sus palabras inspiradas, nos pueden servir de ejemplo e inspiración para iniciarnos y mantenernos en la Verdad, el Camino y la Vida que es Jesús, nuestro salvador.

Lamentablemente en este tiempo moderno, materialista y gobernado por el amor al dinero, no se puede seguir confiando en los representantes y el personal de las iglesias cristianas, debido a que la gran mayoría no creen firmemente en la promesa de vida eterna, y la prueba más evidente de mi afirmación, es que ellos nunca hablan ni escriben con entusiasmo y con viva esperanza sobre la alegrías del Cielo.

Los llamados presbísteros, clérigos y pastores se han dedicado principalmente a hablar de la moral, de lo que debemos hacer, de cumplir con la obligaciones de la religión y sus sacramentos, de la ofrenda, de la pobreza, de las guerras y catastrofes, de la política actual, de los problemas de la sociedad, etc, todo esto referido a procurar llevar una mejor vida de apariencias aquí en este mundo cruel y sin remedio, como si fueran a vivir aquí para siempre, y sin pensar para nada, en que la avalancha de la muerte, les va a quitar todo de un solo zarpazo, cuando menos lo esperen.

Por el contrario, el Señor Jesucristo en sus enseñanzas y sermones, siempre se refirió a la futura vida eterna y al Reino de los Cielos, e igualmente lo hicieron sus fieles discípulos y apóstoles, valorando menos la dura y corta vida que sus seguidores y oyentes estaban viviendo, porque la vida terrenal es así para todos por igual, sean ricos o sean pobres, y valorando más la vida eterna, porque ella será nueva y abundante para todos aquellos que se la merecen y la desean con todo su corazón.

Vivir sin la esperanza de una mejor vida despues de la muerte, priva a esta vida terrenal de su sentido y su propósito principal, el cual consiste en perfeccionar nuestra vida espiritual interior por medio de la fe en Dios, el amor a nuestros seres queridos y la esperanza en la vida eterna, o dicho de otra manera, vivir con los pies bien puestos sobre la tierra, que es adonde pertenecen, PERO tambien con nuestra alma puesta en el Reino de Dios, que es adonde ella pertenece.
No se trata en absoluto de desatenderse de la realidad del mundo, claro que no. Se trata de vivir llenos de esperanza, la cual es el gran motor invisible que impulsa y sostiene nuestra existencia, venciendo todas las dificultades que se nos puedan presentar.
Lo más importante de la vida cristiana, es aferrarse esa gran esperanza de que algún día en el futuro, después de la inevitable muerte, nos espera la segunda vida nueva y eterna, que será sin lágrimas, sin dolores, sin preocupaciones, sin problemas, sin enemigos, sin odio, sin rencor, etc.
  
Todo esto ha quedado escrito en el Nuevo Testamento, para poderlo leer con fe, atención e interés. De corazón les doy este consejo.

Según la Palabra de Dios, la vida humana se hace realidad en dos dimensiones: una visible o corporal y otra invisible o espiritual.

No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven: porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas.
2 Corintios 4, 18

Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, El le ha dado a conocer. Juan 1, 18

La vida humana fue un misterio en el pasado, lo es hoy en día y lo seguirá siendo en el futuro. Y la razón principal es el hecho verdadero, de que poseemos una dimensión que no se ve, es decir, invisible. Sin embargo, hoy cualquier persona respondería de inmediato, que eso para nuestra época no es cierto, porque con los grandes adelantos de las ciencias que ha alcanzado la humanidad, lo conocemos y sabemos TODO sobre la vida humana, y que en consecuencia, no existe ningún misterio ni algo que no sea conocido por los expertos.
¡NO lo sabemos todo! Apenas conocemos lo de nuestra dimensión visible, el cuerpo de carne y huesos, es decir: la mitad.
La otra mitad no la conocemos porque no la vemos, y si no la vemos no creemos que exista, y por lo tanto, la ignoramos.
 
“Ver para creer” este es lema o el pensamiento fundamental, que sirve de guía para la conducta de incredulidad y escepticismo de la gran mayoría de gente ante el tema espiritual.
Debido a ese error y equivocada actitud, es precísamente que en nuestra sociedad occidental tan desarrollada, tan bien educada con los más altos estudios en ciencias y tecnologías como nunca antes en la historia de la humanidad, se están manifestando una cantidad de misteriosos fenómenos sociales, los cuales todos conocemos y que incluso nos parecen “normales”, pero que en el fondo NO son congruentes con el alto grado de bienestar económico y social de nuestra sociedad.

Entre esos extendidos fenómenos sociales, me limito a mencionar los siguientes:
El vacío existencial o la sensación de que la vida no tiene sentido, individuos hartos de la vida, el extendido consumo de drogas ilícitas, la violencia en la pareja y en la familia, la obesidad, el suicidio de jóvenes, la alta tasa de divorcios entre parejas, el pánico a la muerte, el descontento a pesar de poseer todos los bienes y comodidades imaginables, la falta de paz interior, el alcoholismo, etc.

A estos fenómenos se les podrían dar el calificativo de contradictorios o incoherentes.
Estoy convencido de que dichos fenómenos son consecuencias imprevistas del alto bienestar económico y social en los países industrializados, con los cuales no contaban en absoluto, los dirigentes políticos, los académicos, sociólogos, urbanistas, psiquiatras, médicos, etc.

Todo el mundo habla del amor, que es invisible por cierto, pero la gran mayoría de la gente se casan por interés o conveniencia y se dejan engañar por las apariencias visibles. Todo el mundo habla de la felicidad que es invisible también, pero la buscan donde ella no se encuentra, es decir: en el dinero, en las comodidades, en el consumo de bienes, en la diversión, etc.  

En en los tiempos bíblicos cuando vino al mundo el Señor Jesucristo, reinaba en esos pueblos antíguos una situación social y económica diametralmente opuesta a la de nuestros tiempos, caracterizadas por extrema pobreza, falta total de: servicios públicos, escuelas, hospitales, carreteras e infraestructura, etc.
Bajo esas paupérrimas circunstancias en que vivia el pueblo común o plebe, el Señor Jesucristo dió a conocer su Evangelio, el cual está lleno de mensajes espirituales sobre la fe, el amor al prójimo, la esperanza, el consuelo, la paz interior, la fraternidad, la dicha interior, la pacienca y el júbilo, todas ellas virtudes humanas naturales, para ser ejercitadas en el presente, pero siempre con la mirada puesta en su promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos, posterior a la muerte inevitable.

Cristo Jesús no vino a mejorar las condiciones materiales de la vida terrenal de esos pueblos antíguos, ni mucho menos vino a inmiscuirse en la política gubernamental de los ricos y poderosos con el fin de cambiar los sistemas de gobierno de la época y de eliminar la injusticia social imperante.

Jesús vino para enseñar y demostrar en primer lugar, que Él era el Hijo de Dios y el camino, la verdad y la vida, y que nadie viene al Dios Padre sino por Él; y en segundo lugar, que los seres humanos poseemos un alma inmortal y una vida interior espiritual, la cual gobierna y dirige los actos o acciones de nuestro cuerpo.

El avivamiento espiritual y el fortalecimiento de la vida espiritual humana, que trajo consigo la introducción de la fe cristiana en aquellos tiempos, fue indudablemente el motor que impulsó tanto el desarrollo de la evangelización cristiana en el mundo antíguo, como la extraordinaria expansión territorial, que el Cristianismo ha logrado en el mundo entero hoy en día.

Todos los hechos y explicaciones expuestos hasta aquí, me comprueban una vez más, que la dimensión espiritual o invisible es la esencia fundamental de nuestra existencia como seres humanos y que es ella la que sostiene como un sólido pilar invisible la naturaleza humana. 

Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa. Romanos, 1, 20

“El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal”. Corintios 13, 4-5

El título de esta reflexión es parte de la descripción que el apostol Pablo hizo del amor espiritual o verdadero, hace más de 2000 años. ¿Conocen ustedes estos versículos? Si no es así, les recomiendo de corazón que lean completo el capítulo 13 dedicado al amor.  
Por fortuna, yo los escuché por primera y única vez de un pastor, en la ceremonía religiosa de mi boda hace 44 años en Suiza. San Pablo le hace un merecido elogio al amor espiritual en su primera carta a los Corintios, describiendo magistralmente sus caracteríticas para la humanidad.

El amor en la sociedad moderna, es efectivamente una ilustre facultad desconocida más, de las facultades espirituales que posee el ser humano.  Desde hace muchas décadas, todo el mundo habla y escribe sobre el amor, pero lamentablemente sin saber con propiedad de lo que estan hablando, y debido a esa circunstancia, existe actualmente una enorme confusión y malos entendidos sobre este aspecto tan esencial e importante para la vida.

La razón principal de esta confusión ha sido, la pérfida idea de la industria del cine en Hollywood, de afirmar y propagar en el mundo, que hacer el sexo es lo mismo que “hacer el amor”, lo cual hicieron por medio de la película titulada “Let’s make Love” con la actriz Marylin Monroe en 1960, en la que por primera vez fueron mostradas escenas eróticas de una pareja en una película, con el propósito de atraer muchos más espectadores a los cines y así lograr ganar más dinero, siguiendo el conocido dicho de negocios: el sexo vende!

El gran engaño consiste en que es IMPOSIBLE hacer el amor a voluntad, pues el amor espiritual aparece de repente en nuestras vidas y no lo podemos ni evitar ni controlar, así como tampoco podemos escoger previamente la persona por la que vamos a sentir inclinación y amor espontáneos. El amor espiritual no es algo que queramos sentir, sino que es algo que sentimos sin querer.
Mientras que el sexo sí se puede hacer a voluntad con cualquier persona, siempre y cuando nuestro instinto sexual natural haya sido activado o encendido por estímulos visuales y sensuales en nuestro cuerpo.

El amor espiritual y el deseo sexual son dos actividades humanas completamente diferentes, que no tienen en absoluto nada que ver una con la otra, incluso pueden ser opuestas o antagónicas. En la Biblia, San Pablo explica la oposición que existe entre el alma y el cuerpo de carne: «Digo pues: Andad según el Espíritu (Santo), y no cumpliréis el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el espíritu, y el del espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis…»  Gálatas 5, 16-17

El sexo NO es una expresión de amor espiritual ni hace feliz a nadie, como lo muestran películas y afirman algunos autores de libros eróticos. Esa es una gran mentira que ha sido creada con el propósito de ganar más dinero. Si eso fuera verdad, las prostitutas o trabajadoras del sexo serían las personas más felices del mundo, y todos sabemos que no es así, sino que es todo lo contrario.

Los deseos que generan el espíritu o alma humana y la carne en nuestra conducta, son opuestos en algunos aspectos de nuestra vida, por ejemplo: en la relación romántica entre parejas. ¿quién no conoce las siguientes situaciones entre parejas causadas por el ardiente instinto sexual?: el adulterio y los abusos como la violación y el maltrato físico.

«Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.» Juan 16, 33

Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Juan 14, 6

Dios y su Hijo Jesucristo son los creadores y autores de la verdad absoluta, por esa razón y con toda autoridad, Jesús puede también afirmar que Él es la verdad. En consecuencia, la Palabra de Dios es la pura verdad.
En este versículo que hace de título, Jesús le advierte a la humanidad que TODOS tendremos aflicción en este mundo terrenal, palabra que significa: sentir pesadumbre espiritual o sufrimiento físico.

Aunque a la gran mayoría de los seres humanos, no les agrade escuchar o leer esta importantísima advertencia del Señor Jesucristo, ese mensaje pleno de verdad y de sinceridad, nos ayudará muchísimo a aceptar con consuelo y resignación cualquier sufrimiento en el transcurso de nuestras vidas, por la sencilla razón de que todo ser humano, desde el mismo instante de su nacimiento en este mundo, tendrá inevitablemente que sufrir, porque la aflicción es un componente esencial de la vida terrenal.

Esa advertencia directa y franca nos la hace Jesús por puro amor, como todo lo que Él hizo por la humanidad. Así como lo hacen los padres por el bien de sus amados hijos durante la crianza y la adolescencia, con el fin de prepararlos para soportar y enfrentar la dura vida como adultos.  

Si el mismo Jesús siendo el Hijo de Dios, el único hombre Santo y libre de pecados que ha existido, tuvo que soportar y sufrir ese horroroso castigo físico y la humillación pública durante su camino hacia el Calvario en Jerusalen, para ser crucificado, que era el tipo de muerte más dolorosa en la época del imperio romano; ¿cómo podemos esperar nosotros como pecadores, vivir una vida sin sufrimientos, sin dolores, sin aflicciones, sin problemas, sin traiciones, sin humillaciones, etc.?

No les parece esa expectativa generalizada algo demasiado ingenuo, iluso y absurdo?
Piensen en las innumerables enfermedades, dolores, angustias, preocupaciones, accidentes, guerras, crímenes, engaños, traiciones, crueldades, muertes, problemas, conflictos, etc; que forman parte de la vida humana común y que no los podemos evitar.

Dios con su sabiduría y soberanía ha creado expresamente este mundo así como es, con un divino y sublime propósito, el cual nosotros los seres humanos no somos capaces de comprender. El mundo es como es, y no como debería ser.
En consecuencia, tenemos que aceptar este mundo cruel y nuestro destino con mucha fe y esperanza en Dios, porque esa es su voluntad.

Debo decir aquí, que la gran mayoría de los sacerdotes y pastores de las iglesias tradicionales, no han tenido el coraje y la franqueza de hacer sermones y predicaciones sobre esta relevante advertencia del Señor Jesucristo para los creyentes cristianos, por el temor injustificado de crear la percepción en las congregaciones de que el cristianismo es una religión, que favorece de manera indirecta el sufrimiento como medio para alcanzar la salvación. Es posible que dicho temor, esté basado en la muy equivocada creencia antigua de la iglesia católica, de que la autoflagelación o castigar el cuerpo como penitencia podía contribuir al perdón de los pecados y a la salvación, creencia ésta que es totalmente falsa. La aflicción a la que Jesús se refiere es ese sufrimiento INVOLUNTARIO, que nos afecta y que no podemos evitar.
Debido a ese temor, la aflicción y el sufrimiento humano se han convertido en temas tabú entre los predicadores, una actitud que considero es lamentable y contraproducente.

La Palabra de Dios debe ser predicada por amor y siempre mencionando la verdad que contiene, y no por temor, para tratar de complacer más los oídos de la congregación, que a Dios Padre.  

Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo

“Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?
Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.”
Mateo 22, 32

Todos los cristianos conocemos muy bien ésta frase que hace de título, y cada vez que rezamos el Padre Nuestro, lo expresamos una y otra vez de forma automática.
Lo hemos pronunciado en voz alta o bien lo hemos meditado en silenciosa oración ya tantas veces, que no estamos concientes del gran significado que tiene para nosotros, y sobre todo, para nuestra fe en Dios y nuestra esperanza en el Reino de los cielos.

El Padre Nuestro es la única oración, que Jesucristo dejó como precioso y divino legado en la Biblia a los cristianos de todas las generaciones, y nos pidió que haciendo uso de élla, rogáramos a Dios por nosotros y por los nuestros.

Existen muchas interpretaciones pormenorizadas de connotados Padres de la iglesia y de ilustres teólogos como Orígenes de Alejandría, Juan Crisóstomo, San Agustín de Hipona, etc; que proponen diferentes explicaciones y orientaciones muy valiosas sobre el texto, los cuales nos pueden ayudar a comprender mejor el significado y el mensaje implícito que esa grandiosa oración tiene para el fortalecimiento de nuestra fe.

Pero además, debe haber también infinidad de interpretaciones personales del texto del Padre Nuestro, que cada creyente para sí mismo, haya podido hacer al escudriñar la oración con reverencia y reflexión.
Un buen día, meditando yo sobre el sentido de esa frase de la oración, me vino como un relámpago a la mente el pensamiento sobre el glorioso hecho, de que el Reino de los cielos es una realidad tan verdadera como es la tierra, donde existen almas humanas vivas que igualmente están sujetos a la voluntad de Dios, nosotros los que aún estamos aquí y aquellos que ya murieron y pasaron a mejor vida, y viven allá.

Al recordar lo que Jesús le dijo a los judíos saduceos: “Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.”  y vincularlo con la frase del Padre Nuestro: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo; fue entonces cuando tomé conciencia del significado y de la trascendencia de ese ruego concreto: Que no solamente existimos los seres humanos que vivimos en la tierra en éstos momentos, sino que simultáneamente existen las almas espirituales que viven en el Cielo desde tiempos inmemoriales. Es decir, los que murieron antes de nosotros y aquellos queridos familiares y amigos, que ya fallecieron. Nuestros muertos viven eternamente desde que partieron de éste mundo y sólo por esa razón, rogamos a Dios para que se haga su voluntad aquí en la tierra como en el cielo.

Por medio de la Biblia se nos ha revelado que Dios rige de modo soberano tanto en el universo material, del que la tierra forma parte, como en el reino espiritual de los Cielos. Deseo detenerme aquí un instante para comentar algo muy importante sobre la palabra revelar, la cual significa: manifestar algo que estaba oculto o bien descubrir alguna cosa escondida, que da luz y conocimiento a aquel que la busca.

En el caso muy particular de la Biblia es la comunicación de Dios con su criatura.  Lo que nuestro Creador nos manifiesta en su Santa Palabra, son realidades y verdades espirituales que para el ser humano siempre han estado ocultas por ser inmateriales e invisibles, y que por lo tanto no podían ser percibidas por nuestros sentidos. Esa es la razón por la que Dios nos las tiene que revelar, ya que de no haber sido así, no nos habríamos enterado nunca de esas realidades espirituales.

Otra cosa muy diferente es la palabra imaginar, que significa crear en la mente una imagen o un retrato de una cosa material y visible ya conocida, por medio de nuestra propia fantasía

Una vez explicado esto, hagamos una comparación entre una revelación de Dios como la del Reino de los Cielos; y una imaginación humana como la de El Dorado, aquella famosa leyenda de una ciudad de oro, la cual los descubridores europeos estuvieron buscando en vano durante siglos en la selva tropical sudamericana. La ciudad de oro nunca fue encontrada, porque esa leyenda había sido una creación de la fantasía, es decir, una imagen mental de enormes cantidades de oro y piedras preciosas, que era lo único en que estaban interesados los descubridores: los tesoros materiales ya conocidos.

Por el contrario, el Reino de los Cielos tuvo que ser revelado por Dios, porque al ser de naturaleza espiritual e invisible, era totalmente desconocido por los hombres antiguos ya que no lo habían visto jamás, y por consiguiente, era imposible que se lo pudieran imaginar y mucho menos todavía desearlo. Por supuesto, todo depende de la voluntad de creer y de la fe, facultades humanas éstas, con las que Dios nos dotó a los seres humanos, para poder relacionarse y comunicarse directamente con nosotros.

El apostol Pablo en su primera carta a los corintios, menciona esa gran revelación por el Espíritu de Dios: Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.
1. Corintios 2, 9-10
Si creemos en Dios, tenemos que creer igualmente en su Santa Palabra, que está plasmada en la Biblia, y tenemos que creer en Jesucristo su Hijo amado, en quien Dios se complace.

Según Jesús, el Reino de los Cielos esta poblado no solamente de ángeles, sino también por todos aquellos hombres, mujeres  y niños que después de morir, por obra de la infinita Gracia y Misericordia de Dios, sus espíritus o almas fueron destinados a vivir eternamente cerca de Dios en su Reino.

Así lo afirma el Señor Jesucristo: « Yo se lo digo: vendrán muchos del oriente y del occidente para sentarse a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos », Mateo 8, 11

Esa es la gloriosa esperanza viva que debe permanecer anclada en el corazón de cada creyente cristiano, que cree firmemente en la promesa de vida eterna y del Reino de los Cielos que nos trajo Jesús cuando vino al mundo.

Y con ése divino propósito Jesús nos enseño el Padre Nuestro, para que al orar y al repetirlo a diario, nos ayudara a afianzar y robustecer nuestra esperanza en su maravillosa promesa.

El Reino de los Cielos no es un producto de la imaginación de los hombres, como lamentablemente mucha gente incrédula en nuestra sociedad asi lo considera hoy en día.  El Reino de Dios es incluso más real y más verdadero que éste mundo material en el que vivimos un tiempo tan corto. Un mundo de apariencias que no es permanente y en el que todo pasa y cambia sin cesar. Mientras que el Reino de Dios es eterno y firme.

En el antiguo testamento está escrito: « Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará? » Números 23, 19

Dios no miente nunca, mientras que nosotros sí mentimos y engañamos, y no sólo engañamos a los demás todos los días con nuestro comportamiento fingido y con nuestras mentiras no tan piadosas, sino que sobre todo, nos engañamos a nosotros mismos por medio de nuestras falsas creencias y las propias imaginaciones que inventamos en nuestra mente.

Así como a diario estamos fingiendo y engañando, de esa misma manera fingen y nos engañan los demás, por lo que la mentira en el mundo es algo natural y muy humano. Por esa razón, el mundo no es otra cosa que un gran escenario teatral, donde cada quién con su propia máscara actúa y finge según sea la situación en que se encuentre y lo que más le convenga. Y por supuesto, las mentiras forman parte importante de los libretos de nuestros roles personales.

Esa es la realidad de las apariencias que vemos en el mundo, y aquel que no quiere creer que la vida en éste mundo terrenal está saturada de mentiras, es simplemente un crédulo incauto y soñador que vive en la luna.
Si hay que creer, creamos en Dios y en su Santa Palabra en primer lugar, y en segundo lugar siempre, creamos en los hombres y en las mujeres. Procuremos no cambiar nunca éste orden de preeminencia. Ese es mi humilde consejo.

Así como el Señor Jesucristo dijo “Mi reino no es de este mundo”, podrá el creyente cristiano también decir al dejar este pobre mundo: “Mi esperanza es el reino de Dios en los cielos”

Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo: si de este mundo fuera mi reino, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los Judíos, pero mi reino no es de aquí. Juan 18, 36

Este versículo describe parte del diálogo que tuvieron Jesús y Poncio Pilato, durante el proceso judicial en Jerusalen antes de su crucifixión, en el que Jesús le confirma a Pilato que efectívamente él es Rey, pero que su reino no es de este mundo. El Señor sabía muy bien que la hora de su muerte en la cruz había llegado, y por supuesto, sabía aún mejor todavía, que él iba a entregarle su espíritu al Dios Padre y que regresaba a su reino de los cielos.

En la obra “Enquiridión” de Erasmo de Rotterdam, quien fue un monje agustino y gran teólogo holandés, aparece la siguiente cita de San Jerónimo: “Nadie tan feliz como el cristiano, a quien solo se le promete el Reino de los cielos. Pero ninguno tan probado como él, pues toda su vida está en peligro. Nadie más fuerte que él, pues vence al demonio. Pero nadie más debil que él, ya que es vencido por la carne”.

De esta cita, me llamó mucho la atención la frase “Nadie tan feliz como el cristiano, a quien solo se le promete el Reino de los cielos”; con la que Jerónimo expresa de una forma tan simple y tan hermosa, el maravilloso privilegio que se nos ha otorgado a los seguidores de Jesucristo, de recibir la insuperable promesa de vida eterna en el reino de los Cielos, que tan solo esa promesa es más que suficiente motivo para llenar de gozo y felicidad a cualquier creyente, que la acepte como suya.
La fe en el señor Jesucristo y nuestra firme confianza en esa promesa, son las condiciones previas que engendran la esperanza de vida eterna, la cual es la vigorosa facultad espiritual que conduce y sostiene al creyente durante su arduo camino de fe, hacia la gran meta.  

Hagamos entonces como nos recomiendan en la carta a los Hebreos 10, 23: Mantengamos firme la profesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa.

¿Puedes tú imaginarte la santa paz interior y el gran consuelo que debe sentir un creyente firmemente esperanzado, cuando en el momento de su muerte, sabe que su alma inmortal se separará de su agotado cuerpo, para dejar este mundo cruel y fatigoso?

Yo me lo puedo imaginar muy bien, pues no debemos olvidar que la mayoría de los sufrimientos y las penas de la vida, se soportan y se llevan ocultas en el alma. Nuestro cuerpo nos permite fingir y aparentar una vida pública alegre y apacible, mientras que la realidad de nuestra vida espiritual interior es todo lo contrario. Lo que vemos en la gente son solamente falsas apariencias, y por lo tanto, debe haber muchas personas que están esperando en secreto, que cambie su suerte o les llegue la muerte como una bendición.

Conociendo nuestra propia espiritualidad y la huella que Dios dejó de sí mismo en nosotros.

Pero confiados en todo tiempo, y sabiendo que mientras moramos en el cuerpo, andamos lejos del Señor porque andamos por fe y no por vista. 2. Corintios 5, 6-7

¿Sabías tú amigo lector, que tú tambien eres un tesorero?

Sí, y cuando digo tesorero me refiero a la persona que es reponsable de custodiar y administrar un tesoro.

Tú tienes un gran tesoro dentro de tí, pero es posible que tú, como la gran mayoría de la gente, lo ignores completamente. Ese gran tesoro es tu alma divina e inmortal, tú dimensión espiritual.

Fíjate en los niños que están cerca de ti, tus hijos, los hijos de tus amigos o de tus vecinos. ¿No son los niños los seres humanos más felices y los que más paz interior tienen en el mundo? ¿No son ellos los que se divierten con todo, los que siempre están contentos y satisfechos consigo mismo? ¿No son ellos los que aman de corazón tan facilmente y son tan dignos del cariño que reciben de sus familiares y allegados?

Pues los niños son los seres más espirituales, sinceros y auténticos que existen, por eso ellos aman sin límites, creen y confian en lo que intuyen con su alma vigorosa de sus familiares y de sus amigos. Sin duda alguna, los niños “ven” más con el alma que con sus ojitos.
Las cualidades como la alegría, la credulidad, la inocencia, la sencillez, la humildad, la ternura, la sinceridad y la paz interior son virtudes que caracterizan la manera de ser de los niños.

Por experiencia propia, sabemos que esas son solo algunas de las grandes cualidades que el ser humano posee en su caudal natural de facultades espirituales, pero las cuales durante el avance de su desarrollo hacia su condición de adulto, van siendo gradualmente arrinconadas y sustituidas por otros estados del alma menos sensibles, y debido también a las duras experiencias, convencionalismos, prejuicios y suspicacias aprendidas, terminan siendo reprimidas.

Sin embargo, lo importante es recordar que esas nobles virtudes son innatas, que aún forman parte integrante de nuestra existencia y que están siempre presentes en nosotros, aunque algo adormecidas.

Por fortuna, ese tesoro espiritual de la niñez lo tenemos todos los adultos en un estado latente en nuestra personalidad. No obstante, podemos ser capaces de activar las cualidades espirituales del niño que aún llevamos dentro, cuando impulsados por el amor, nos sentimos atraídos por alguien en una relación sentimental de amistad o de pareja.

Estos atributos del alma mencionados, representan apenas una pequeña parte de nuestro tesoro espiritual, puesto que en nuestra dimensión espiritual hay mucho más todavía.

Debido a que nuestra alma fue hecha a imagen y semejanza de Dios, posee algo infinitamente más valioso y más importante: su origen divino y una vida eterna. El alma es la huella que Dios dejó de sí mismo en nosotros y que nuestro cuerpo de carne esconde muy bien. Por eso el alma es el mayor y el único tesoro divino que poseemos, ya que es la esencia espiritual de lo que somos, es inmortal y por consiguiente, después de la muerte vivirá eternamente.

El alma espiritual que todos llevamos dentro es nuestro gran tesoro. Esto lo dijo en forma figurada el apóstol Pablo a los Corintios en su segunda carta, al hacer la siguiente afirmación:
“Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios.” 2. Corintios 4, 7

Y como nosotros custodiamos ese tesoro, por esa sencilla razón: todos somos tesoreros!

La negación de Dios y de la naturaleza espiritual del alma humana, imposibilitan la comprensión total de la vida.

Los sabios pasarán vergüenza, serán abatidos y presos; he aquí, ellos han desechado la palabra del SEÑOR, ¿y qué clase de sabiduría tienen?
Jeremías 8, 9

En una entrevista que le hizo un canal de televisión español al escritor Gabriel García Márquez, premio Nobel de literatura de Colombia, cuando tenía la edad de 67 años, la periodista le preguntó: si usted pudiese escoger su propia muerte, ¿qué tipo de muerte escogería? y García Marquez respondió: “yo me niego a escoger la muerte, porque para mi la única opción es la vida. La muerte es una trampa y una injusticia para el ser humano, porque tiene que morir invitablemente.”

La respuesta del escritor me ha extrañado mucho, puesto que uno no espera, de un escritor y portador del premio Nobel con una vasta experiencia de vida como periodista, quien ha consultado tantas fuentes de información y leído infinidad de libros, que dé esa respuesta acerca de la realidad de la vida humana más cierta y conocida que existe.
Una buena explicación para esa respuesta, es el hecho de que García Márquez era ateo, según lo menciona su biógrafo Gerald Martín en una declaración, como justificación de que en el funeral del escritor en México, no hubo una ceremonia religiosa después de su muerte.

El ateísmo es muy frecuente entre los grandes intelectuales, filósofos, científicos y escritores en estos tiempos modernos, debido a la gran influencia que tuvo el movimiento intelectual llamado el “siglo de la luces” a mediados del siglo 18, cuyo principal objetivo fue combatir la ignorancia y el fanatismo religioso mediante las luces del conocimiento y de la razón.

Afortunadamente, ha habido tambien grandes intelectuales cristianos como el escritor francés Víctor Hugo (1802-1885), autor de las novelas entre las cuales están: “Los miserables”, “Nuestra señora de París”, “El hombre que ríe” y “Cromwell”.
Víctor Hugo fue un fervoroso creyente, quien seguramente leyó la Biblia, pues tuvo muy claro la descripción de cómo fue creado el hombre con un cuerpo de carne y un alma insuflada por Dios, a su imagen y semejanza.
Las dos siguientes citas de él, comprueban sus convicciones cristianas sobre la constitución del ser humano y su destino último:
“El cuerpo humano no es más que apariencia y esconde nuestra realidad. La realidad es el alma”

“Desgraciado quien no haya amado más que cuerpos, formas y apariencias. La muerte le arrebatará todo. Procurad amar las almas y und día las volvereis a encontrar”.

La antropología moderna, la cual es extremadamente simplista, considera al hombre como un primate o mono inteligente (Homo sapiens) desde hace más de 100 años, reduciendo de esta manera al ser humano a un cuerpo de carne y huesos que posse raciocinio y que según la teoría de la evolución de Charles Darwin, descendió de los monos.
Por cierto, esa teoría yo nunca la he aceptado, por estar basada en simples apariencias corporales, imaginaciones y sin un fundamento científico comprobable.
Si esa teoría fuera verdadera, no deberían de existir hoy los gorilas, orángutanes y monos chimpancés, pues debieron haber evolucionado también y estar hablando y habitando viviendas como nosotros. ¿No les parece?

El argumento más relevante e irrebatible en que me baso para rechazar la teoría de Darwin, son las siguientes facultades y virtudes espirituales del ser humano, las cuales son únicas y exclusivas entre todos los seres vivos: el intelecto, la conciencia, la memoria, la voluntad, la fe en Dios, la esperanza de vida eterna, el amor al prójimo, el orgullo, la vanidad, el egoísmo, la ambición, la hipocresía, la envidia, la lealtad, la intención, la traición, el rencor, los celos, fingir lo que no se siente, presumir de méritos ajenos ante los demás, etc.  

No es solamente la facultad de pensar o el raciocinio lo que nos diferencia de los primates y de los demás animales, sino que es principalmente ese prodigioso e inexplicable conjunto de capacidades espirituales de nuestra alma, lo que nos eleva y nos hace a cada uno de nosotros seres únicos e irrepetibles.

¿La inteligencia sin la conciencia y sin el amor espiritual al prójimo, de qué le sirve al ser humano? No nos sirve en absoluto, porque asi el hombre se convierte en el ser vivo más destructivo y criminal del planeta, algo muchísimo peor que un animal de rapiña. Esa es la triste realidad, que se ha dado en la historia reciente, como es el caso de la ideología del Nazismo en Europa, el cual además de haber iniciado la segunda guerra mundial, también provocó uno de los peores genocidios de la historia universal. Y como también es el caso actual de la contaminación desenfrenada de la naturaleza y del clima global, que esta destruyendo los medios naturales de vida de la humanidad.  

Es realmente injustificable e incomprensible, que el gremio de antropólogos hayan omitido voluntariamente estas cualidades y virtudes humanas en sus estudios, para definir lo que es el ser humano. Personalmente, la considero una degradación de la dignidad humana y un insulto a nuestra realidad como seres de naturaleza espiritual.

La Biblia, además de ser la Palabra de Dios, es el libro por excelencia de la vida humana, porque se refiere ampliamente tanto a su vida breve y pasajera en este mundo, como a su vida eterna en el Reino de los cielos.

La Biblia, entre muchos otros temas, nos enseña lo siguiente:

  • el origen de la tierra y del ser humano
  • qué y cómo somos verdaderamente los seres humanos
  • el sentido de nuestra vida terrenal y el propósito final
  • el destino último y definitivo después de la muerte
  • las virtudes, las fortalezas, las debilidades y los defectos de la raza humana
  • el mal y el bien
  • el sufrimiento, la angustia, la desesperanza, el dolor, la tragedia, las guerras, los conflictos entre humanos, el odio, la envidia, la traición, el engaño, la hipocresía, el abatimiento, la depresión, la tristeza, la felicidad, la bienaventuranza, alegría, satisfacción
  • El amor, el consuelo, la paz interior, la misericordia y el perdón de Dios; la suprema sabiduría de Dios que gobierna el mundo y los hombres.

La oración del Padre Nuestro y su gran significado espiritual para reafirmar la fe de los creyentes cristianos

Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.
Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre
. Mateo 6, 7-9

La palabra orar tiene su origen en el idioma latin, y quiere decir hablar, así como hablamos tuteando o charlamos con cualquier familiar nuestro.
Hablar directamente a Dios y llamarle Padre, es sin duda alguna, un gran privilegio de los cristianos. Es conveniente tener en mente siempre, que Jesús con la oración del Padrenuestro, tuvo la clara intención de que nosotros al orar, logremos sentirnos en intimidad y hablemos con Dios en un ambiente de confianza plena, así como lo hacemos cuando hablamos con nosotros mismos mientras estamos solos.

A continuación me referiré a varios segmentos de la oración y haré algunos comentarios sobre el significado espiritual que tienen para mi:

Padre nuestro
Debido a que Dios sopló su espíritu en el ser humano durante la creación del mundo, creándolo a su imagen y semejanza, el Señor Jesucristo les concedió a los creyentes cristianos el derecho de considerarse hijos de Dios. Es por esa razón, que Jesús nos enseño a orar a Dios y a decirle: Padre nuestro.

que estás en el cielo
Esta maravillosa y formidable afirmación, únicamente Jesucristo pudo ser capaz de decirla con autoridad, por ser el Hijo único de Dios, quién descendió del cielo a este mundo para revelar personalmente a la humanidad el mensaje de salvación y de vida eterna. Jesús, al enseñarnos a orar así, desea que los cristianos hablemos con Dios en una relación padre-hijo, tal cual como Jesús lo hizo cuando estuvo entre nosotros, con el Dios verdadero y NO con un dios imaginario.
Tomar nosotros conciencia, de que estamos hablando con el Dios verdadero en ese preciso momento, es de suma importancia para sentirnos cerca de nuestro Padre celestial.
Recuerden, que en la Biblia están escritos los fieles testimonios de los discípulos de Jesús, quienes compartieron estrechamente su vida con Él, y que mientras Jesús enseñaba y predicaba, ellos se dedicaron a escribir todo lo que decía.

y perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden
Jesucristo tuvo siempre muy claro, la enorme importancia del perdón en nuestra vida diaria, para poder vivir con plenitud y felicidad. Por eso, además de esta frase anterior, en el evangelio de Mateo, después del final de la oración, Jesús sigue diciendo:”Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará tambien a vosotros vuestro Padre celestial”. Mateo 6, 14

Las consecuencias espirituales y emocionales para la persona que no perdona se pueden comparar con una herida que no logra sanarse, como son: malestar, aflicción y finalmente el rencor, que es lo peor y más dañino.
Si uno no perdona a los demás sus ofensas, se hace daño a sí mismo.

La clave para poder perdonar es el amor. Esta verdad la describió de manera magnífica San Agustin de Hipona en su célebre cita sobre el amor: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”.

Una manera efectiva de aprender a perdonar es la siguiente:
Consiste en perdonar a la persona que te ha ofendido, por amor a Dios y por amor a tí mismo. Se trata en primer lugar, de perdonar con la fuerza que nos proporciona el amor que le brindamos generosamente a Dios, en justa retribución que le hacemos por su amor eterno hacia nosotros y por la infinidad de perdones y bendiciones que hemos recibido de Él. Y en segundo lugar, por el amor propio que sentimos por nosotros mismos, para de esta forma hacer desaparecer el rencor de nuestras vidas.

De esta manera, seguimos con exactitud el excelente consejo de San Agustín: si perdonas, perdonarás con amor.

El Padrenuestro, se puede muy bien llamar la oración perfecta para el creyente cristiano, por los múltiples beneficios espirituales que nos otorga, y sobre todo porque cubre las necesidades esenciales más importantes de nuestra vida cotidiana, pero eso sí, siempre y cuando oremos con profunda fe en Dios.

No es posible comprender la vida humana, sin aceptar que somos en realidad seres compuestos de un alma espiritual y un cuerpo de carne, el cual posee instintos animales.

Digo, pues: “Andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis.”  Gálatas 5, 16-17

Cada cultura o civilización, de las que se han destacado por su importancia en la historia de la humanidad, poseyeron su propias creencias mitológicas y religiosas, así como tambien sus escrituras sagradas en las que fueron redactadas las enseñazas y normas fundamentales para guiar o dirigir sus sociedades. En el caso de nuestra civilización cristiana, el fundamento es la Biblia que agrupa el viejo y el nuevo Testamento, los cuales fueron redactados hace ya varios miles de años, y que por lo tanto, es cierto que son bastante antiguos. Y es precísamente por esa razón, que tanto en las autoridades de las iglesias cristianas modernas, como en las congregaciones de creyentes, se ha ido estableciendo la nueva creencia o convicción en los últimos 200 años, de que los seres humanos hemos cambiado de una manera tan radical, que algunas de las enseñazas y las revelaciones de Dios contenidas en la Biblia, han perdido su validez y su vigencia para estos tiempos, y que por lo tanto, ya no se pueden aplicar como se hacía en el pasado.
Esa nueva creencia es un grave error, que algunas iglesias han cometido.
 
A continuación explico las razones:

1.- La palabra de Dios es eterna por ser la verdad divina.
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Mateo 24:35

La hierba se seca, la flor se marchíta; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre. Isaías 40, 8

Pero él respondió y dijo: Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Mateo 4:4

2.- La naturaleza del ser humano compuesta por el alma espiritual y el cuerpo de carne NO ha cambiado. La esencia o sustancia del ser humano con sus virtudes e imperfecciones, sigue siendo la misma que tuvieron Adan y Eva. Lo que ha cambiado son: las creencias, las normas sociales, las ideologías, las costumbres, los vestidos, los conocimientos, la ciencia, los modos de pensar, las culturas, las opiniones, las tendencias, etc.

Para no escribir mucho, voy a referirme solamente a dos aspectos de la vida humana como son el amor espiritual y el deseo sexual, que ponen en clara evidencia, de que somos ciertamente seres compuestos de espíritu y cuerpo.

El apostol Pablo les recomendaba a los cristianos en Galacia, hace más de 2000 años: “Andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis.” 

Los humanos estamos compuestos de un cuerpo y de un alma o espíritu. El cuerpo es similar al de los animales y posee varios instintos naturales. El alma que nos fue dada por Dios es de esencia espiritual, y por lo tanto, es completamente diferente a la naturaleza material del cuerpo. En el alma están nuestras facultades espirituales, como: el intelecto, la conciencia, la voluntad, el amor, la fe, la esperanza, bondad, misericordia, arrepentimiento, orgullo, vanidad, etc.

Por estar constituidos de un cuerpo de carne y un alma espiritual, tenemos dos tipos muy diferentes de necesidades:

– El cuerpo por sus instintos naturales, busca satisfacer sus necesidades biológicas y materiales: respirar, beber, comer, tener sexo, dormir, moverse, abrigarse, trabajar, seguridad, vivienda, etc.
– Mientras que el alma posee tres grandes necesidades espirituales: amar y ser amado, la fe en Dios y la esperanza de vida eterna.

El instinto de la pasión sexual es tan potente que ofusca la mente del que la siente, y el ardor sensual que produce la estimulación hormonal, le impide pensar en la dignidad de la persona objeto del deseo, en su honor, en sus lazos sentimentales y en el debido respeto, porque en esos momentos, como se trata de una necesidad biológica, se transforma en un deseo urgente y prioritario, tal como nos sucede cuando sentimos hambre y sed, o cuando sentimos la urgencia de ir al baño. Este proceso fisiológico del deseo sexual natural, es lo que conduce a que el individuo se olvide de la dimensión espiritual de la persona deseada, y además, a actuar de manera egoísta, irracional y primitiva, es decir, como un animal de rapiña.

Los impulsos que generan estas dos dimensiones humanas en nuestra conducta son a veces opuestos o contrarios en algunos aspectos de nuestra vida, por ejemplo: en la relación matrimonial entre parejas. 
Quién no conoce las siguientes situaciones entre parejas, causadas por el ardiente instinto sexual?

a.- Él quiere hacer el sexo, pero ella no

b.- El adulterio

c.- Abusos en el hogar (violación sexual, maltrato con golpes)

El amor espiritual por ser de origen divino tiene un propósito muchísimo más excelente, elevado y trascendente que el placer sensual y la reprodución. El amor espiritual es la maravillosa fuente, que nos permite crear y mantener los indispensables lazos invisibles de amor que nos unen en familias, grupos de amigos, comunidades, ciudades y países. El amor es el adhesivo universal que vincula y mantiene unidos a las personas hasta que la muerte las separe, y además las hace capaces de convivir en paz y en armonía.