El ser humano fue creado por Dios para la felicidad eterna.

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. Juan 16, 33

La esperanza es una de las virtudes o facultades humanas más importantes para la vida. Y sin embargo, la mayoría de la gente no está tan consciente de lo esencial que es para nuestra vida diaria. Esperanza significa: el acto de esperar algo que NO se ve, porque es un acontecimiento en el futuro.
La gran relevancia de la esperanza consiste en que es el estímulo espiritual que nos da el aliento, la fortaleza y el vigor necesarios, para alcanzar una meta o un objetivo que nos hemos propuesto.

Las acciones humanas dependen de tener fe y esperanza, cuando decidimos emprender cualquier actividad afanosa y compleja que implica riesgos. ¿Quién va a navegar en alta mar o a casarse o a engendrar hijos, o a lanzar semillas sobre la tierra para la siembra y no está confiando y esperando siempre que todo le va a salir bien?
Por consiguiente, son la esperanza y esa fe que confía en el futuro las que sustentan y amparan la vida en cualquier situación de desenlace dudoso.

Si la vida en este mundo es el mejor ejemplo de un largo y penoso proceso de etapas laboriosas, duras y complejas, ¿no es mucho mejor confiar y esperar en Dios que en lo demás?
El Señor Jesucristo, siempre con la verdad en sus Palabras y sus actos, enseñó y advirtió a sus discípulos y al pueblo que lo escuchaba, en relación con la dura vida en este mundo, diciéndoles: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo”.

La vida en sí misma, consiste en una lucha por satisfacer necesidades y aspiraciones: unas necesidades materiales en el mundo visible exterior y otras necesidades espirituales en nuestra alma. Es decir, que cada uno de nosotros está luchando en dos arenas o frentes simultáneamente, y como si eso no fuera suficiente, la lucha es, además, constante. De esta situación resulta, entonces, la dureza que caracteriza la vida.

Precísamente, porque la vida en este mundo es una lucha constante, Jesucristo nos reveló la promesa de vida eterna en el Reino de los cielos, para que por medio de la fe, naciera la gran esperanza en los creyentes cristianos, la cual nos proveerá el aliento, el vigor y la fortaleza que necesitamos para vencer en todas las luchas que nos depare el destino, esperando confiados en la felicidad eterna prometida, después de entregarle nuestro espíritu a Dios, al morir.

Si la vida terrenal es comparada con una lucha, la esperanza cristiana se podría comparar con un barco que nos transporta y nos conduce a nuestra meta final. Basándome en esa visión, escribí la siguiente alegoría náutica:

El amor de Dios, cual viento espiritual inagotable, está soplando siempre. Por eso, para aprovecharlo sólo tenemos que izar las velas de nuestra fe, para que con la viva esperanza como navío, seamos capaces de navegar sin temor alguno en el tempestuoso mar de la vida, rumbo a las playas eternas de nuestra patria celestial.

En las manos de Dios están nuestra vida y nuestro destino.

Mas yo en ti confio, oh Yahveh, me digo: “Tú eres mi Dios!”, en tu mano están mis tiempos; líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores. Salmo 31, 14-15

Si existe una fuente vigorosa de paz y de calma para el alma de un creyente, es aprender a confiar siempre en Dios Padre Todopoderoso y amoroso, porque Él cuida de cada uno de sus hijos en Cristo Jesús. Ahora bien, sabemos que para ser capaz de confiar firmemente en Dios, primero tenemos que creer de manera absoluta en las Sagradas Escrituras, y no tratar primero de razonar lo que leemos en la Biblia, debido a ciertas dudas que nos asaltan de repente, por estar acostumbrados en estos tiempos modernos a comprenderlo todo y a creerlo posible. Pero resulta, que para los seres humanos es y seguirá siendo imposible, comprender los propósitos y planes de Dios.

David, autor de los salmos y héroe admirable de la fe, nos enseña a confiar en Dios plenamente, cuando en sus ruegos a Dios, dejó para la posteridad frases como: Tú eres mi Dios, en tu mano están mis tiempos.

Igual que la mayoría de los creyentes, también yo he aprendido poco a poco a confiar en Dios.
Al mirar hacia atrás en el transcurso de mi vida, noto claramente que Dios me ha guiado y acompañado durante todos mis tiempos, incluso durante los muchos años en que me aparté y me olvidé de Él; y ahora con gusto puedo testimoniar, que a pesar de mi rebeldía temporal, el Espíritu Santo estuvo cuidando de mi y de los míos, tanto en los malos tiempos como en los buenos.

Nuestra propia historia de vida, al contemplar en su conjunto el tiempo vivido, nos puede ayudar a reafirmar y consolidar nuestra fe, al comprobar que Dios efectivamente ha gobernado e intervenido en nuestras vidas.

A continuación voy a insertar un par de textos selectos de un sermón, que el predicador inglés Charles H. Spurgeon predicó sobre este mismo tema en su Iglesia en Londres en 1891 y que tiene como título “En tus manos están mis tiempos”. Considero a Spurgeon el más brillante y prolífico predicador europeo del siglo 19:

La gran verdad es esta: todo lo que concierne al creyente está en las manos del Dios Todopoderoso. “Mis tiempos,” estos cambian y mutan; pero sólo cambian de acuerdo con el amor inmutable, y se mudan sólo de acuerdo al propósito de Uno en el que no hay mudanza, ni sombra de variación. “Mis tiempos,” es decir, mis altibajos, mi salud y mi enfermedad, mi pobreza y mi riqueza; todas estas cosas están en la mano del Señor, que arregla y asigna, de conformidad a Su santa voluntad, la prolongación de mis días, y la oscuridad de mis noches. Las tormentas y las calmas hacen variar las estaciones según el señalamiento divino. Si los tiempos son alentadores o tristes, a Él corresponde decidirlo, que es Señor tanto del tiempo como de la eternidad; y nos alegra que así sea.

Todas las cosas son ordenadas por Dios, y son establecidas por Él, de conformidad a Su sabia y santa predestinación. Cualquier cosa que ocurra aquí, no ocurre por azar, sino de acuerdo al consejo del Altísimo. Los actos y las acciones de los hombres aquí abajo, aunque son dejados enteramente a sus propias voluntades, son la contraparte de lo que está escrito en el propósito del cielo.

¡Quédate tranquilo, oh hijo, a los pies de tu grandioso Padre, y deja que haga lo que le parezca bien! Cuando no puedas comprenderlo, debes recordar que un bebé no puede entender la sabiduría de su progenitor. Tu Padre comprende todas las cosas, aunque tú no puedas: que Su sabiduría te baste. Podemos dejarlo todo allí sin ansiedades, puesto que está en la mano de Dios; y está donde será realizado hasta una conclusión exitosa. Las cosas que están en Su mano prosperan. “En tu mano están mis tiempos,” es una garantía que nadie puede perturbarlos, o pervertirlos o envenenarlos. En esa mano descansamos tan seguramente como descansa un bebé sobre el pecho de su madre.

“El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.” Juan 6, 63

Esta es una enseñanza clara e incuestionableque el Señor Jesucristo dejó como testimonio a los cristianos y a toda la humanidad, en primer lugar, de que nuestra naturaleza como seres humanos, está compuesta de un espíritu o alma inmortal y un cuerpo de carne; y en segundo lugar, que el espíritu humano es el que le da vida a nuestro ser, y que en consecuencia, es nuestra alma espiritual lo más valioso e importante de nuestra existencia terrenal, por haber sido creada por Dios para vivir eternamente. La carne del cuerpo humano, por el contrario, no está hecha para la vida eterna, ya que inevitablemente se enferma, envejece y al morir se pudre.

La doctrina materialista, la cual niega la existencia del alma espiritual y su inmortalidad, ha tomado tanto auge entre los académicos, intelectuales, científicos y filósofos desde hace 150 años, que actualmente se encuentra muy arraigada en los programas de estudio de las universidades, centros de formación profesional y escuelas de bachillerato en el mundo occidental.

Es difícil de creer y penoso de aceptar el hecho, de que también las facultades de teología y los seminarios de las iglesias católicas y protestantes, lamentablemente se han dejado influenciar demasiado por esa filosofía materialista, lo cual se conoce en la literatura académica como el proceso de secularización, el cual consiste en la transformación que ha vivido la iglesia como institución religiosa, que ha pasado de dedicarse a su misión esencialmente espiritual a ocuparse en campos de actividades mundanas o materiales. La secularización en las iglesias ha traído graves consecuencias a sus teólogos y al personal de sacerdotes, entre las cuales están: dudas en su vocación religiosa, la razón ha sustituido en gran parte a la fe en Dios, declinación en la creencia de la Palabra de Dios y debilitamiento del compromiso con el verdadero Evangelio.
Tan seria es la situación, que existen ya teólogos modernos que son ateos!

Desde hace muchísimo tiempo en las iglesias tradicionales no se habla ni se escribe de manera entusiasta y abierta en los sermones y en las publicaciones periódicas, sobre la promesa de vida eterna y el Reino de los Cielos, sobre la maravillosa esperanza viva cristiana, sobre el Espíritu Santo que vive y obra siempre entre nosotros, sobre la existencia del alma espiritual y su inmortalidad y ni mucho menos, sobre nuestra propia espiritualidad como hijos de Dios que también somos. Esta realidad es muy lamentable, pero es así.

Estas son precísamente algunas de las causas de la enorme crisis por la que están atravezando las iglesias tradicionales, que ha provocado el éxodo de millones de sus creyentes hacia las iglesias evangélicas y otras denominaciones cristianas.

Yo en lo personal, que fui criado y educado como católico en mi familia, que estudié el bachillerato en colegios jesuítas y maristas, y que trabajé como catequista durante mis estudios, estoy decepcionado completamente de la iglesia católica por estas y muchas otras razones.

Es por eso que hoy más que nunca, una tarea indispensable del creyente cristiano es la de leer la palabra de Dios, tal cual como está escrita en la Biblia, y no conformarse con las interpretaciones, comentarios y explicaciones de su significado, que la mayoría de los teólogos, pastores y sacerdotes modernos tanto católicos como protestantes han estado difundiendo desde el siglo pasado.

Y algo aún más importante, es tener siempre presente que el Señor Jesucristo desea estar en nuestros corazones y mantener una relación personal con nosotros, porque como Hijo unigénito de Dios es nuestro único mediador ante Dios Padre, por lo tanto, no necesitamos para nada ningún intermediario humano, ni ser miembros formales de una iglesia.

La fe es creer lo que no vemos, y la recompensa de esta fe es ver lo que creemos.

Frase de San Agustín de Hipona

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Hebreos 11, 1

En esta oportunidad y con la ayuda de un ejemplo concreto, voy ilustrar una de las numerosas maneras, de cómo la fe en Dios obra en la vida de los seres humanos y los hace capaces de vencer el efecto paralizador de las dudas y del miedo, el cual nos impide encontrar soluciones a los problemas, seguir adelante y, a la larga, disfrutar de la vida como nos gustaría.

Poco se conoce sobre la señal o el indicio, en que se inspiró Cristobal Colón para concebir la idea de su extraordinaria expedición, que culminó con el descubrimiento del continente americano, el cual era totalmente desconocido para el resto del mundo de aquella época. Lo cierto es que el almirante Colón se inspiró en algunos textos de la Biblia, tanto del viejo como del nuevo Testamento.
En una carta privada enviada por Colón a los Reyes de España al regresar de su segundo viaje al “nuevo mundo” a fines del año 1500, escribe: «Del nuevo cielo y tierra, que decía nuestro Señor por San Juan, en el Apocalipsis, después de dicho por boca de Isaías, me hizo de ello mensajero, y me mostró en cual parte. Ya he dicho que para la ejecución de la empresa de las Indias, no me aprovechó razón, ni matemática, ni mapamundi. Llanamente se cumplió lo que dijo Isaías, y esto es lo que deseo escribir aquí».

En realidad, Colón fue una persona muy creyente y conocía bien las Sagradas Escrituras, puesto que él descendía de una familia judía sefardita que se había convertido al cristianismo dos o tres generaciones antes de su nacimiento, en 1451.

Las grandes proezas o hazañas realizadas en la historia universal, por la iniciativa de una sola persona, como la de Cristobal Colón, no es posible llevarlas a cabo sin tener una gran fe que llene al individuo de entusiasmo, voluntad, coraje, valentía y perseverancia, cualidades indispensables estas de esos héroes, que emprendieron en su tiempo algo considerado como imposible.

Antes del viaje precursor de Colón, imperaba un miedo generalizado entre los navegadores europeos más experimentados de emprender la travesía del océano atlantico, debido a muchas dudas, riesgos de fracaso y peligros de muerte que implicaba la aventura de atravezar el inmenso mar:
– Miedo a las enormes olas, a las tormentas, a la falta total de viento, a perder el rumbo.
– Miedo de los tripulantes a perderse en la inmensidad, a las enfermedades a bordo, a la carencia de agua y de comida, a los monstruos marinos, etc.
– Miedo a la embarcación, de que no fuera suficientemente robusta y no soportara el embate de las olas y del viento.

Por muchos temores, nadie se atrevía a navegar desde Europa hacia el oeste en el océano atlántico, por el miedo de morir en el intento y por considerarlo un viaje sin regreso.
Lo extraordinario e increíble de ese viaje en particular, es que fue un proyecto original de Colón, quién en primer lugar se lo propuso al rey de Portugal, pero a este no le interesó. Después acudió a los reyes de España Fernando e Isabel de Castilla, quienes finalmente aceptaron financiar y proveer las embarcaciones al Almirante.

La lectura de la Palabra de Dios plasmada en la Biblia es el alimento espiritual por excelencia, que le proporciona al creyente cristiano todas las enseñanzas, consejos, recomendaciones prácticas y orientaciones necesarias, para guiar con fe, verdad y sabiduría nuestra vida a través de todas las dificultades, aflicciones, problemas, tormentos, sufrimientos y percances que se nos puedan presentar.

El que habita al amparo del Altísimo morará a la sombra del Omnipotente. Diré yo al SEÑOR: Refugio mío y fortaleza mía, mi Dios, en quien confío. Porque Él te libra del lazo del cazador y de la pestilencia mortal, con sus plumas te cubre, y bajo sus alas hallas refugio; escudo y baluarte es su fidelidad. Salmo 91

La vida secreta que llevamos es nuestra verdadera realidad, y no esa que aparentamos ante los demás.

En Dios solamente espera en silencio mi alma; de él viene mi salvación.
Salmo 62, 1

Cada uno de nosotros lleva dos vidas: una vida espiritual secreta y la vida pública vista y conocida por los demás, llena de franqueza relativa y relativa falsedad. Esta es una característica natural de los seres humanos, la cual se explica por nuestra morfología única, por estar el humano compuesto de un alma y un cuerpo.
Todo lo precioso, verdadero y secreto de nosotros que guardamos en el fondo de nuestra alma, está oculto a los ojos de la gente. En cambio, todo aquello que forma parte del trato convencional de cortesía, en el que están incluídas las apariencias, fingimientos y mentiras, eso lo hacemos delante de todo el mundo.

Todos sin exepción, se comportan de esa misma manera y cada persona vive su verdadera vida en secreto, en consecuencia, no deberíamos tampoco creer en lo que vemos de la gente.

Sin embargo, nunca olvidemos que Dios es el único que conoce nuestra cámara más secreta del alma, puesto que Él y el Espíritu Santo pueden ver directamente nuestra alma, como si nuestros cuerpos fueran de vidrio. Por esa razón, a Dios no lo podemos engañar, ni tampoco le podemos ocultar nuestra verdadera realidad, representada fielmente por la vida secreta que llevamos.

El gran escritor francés Victor Hugo escribió la siguiente cita: “El cuerpo humano es sólo apariencia y esconde la verdadera realidad. La realidad de lo que somos es el alma”; la cual es una acertada afirmación que nos puede servir para recapacitar, sobre la persistente costumbre de dejarnos guiar solamente por las apariencias de la gente y de aceptarlas como su verdadera e indiscutible realidad, sin antes conocerlas bien.

Ahora bien, si ni siquiera podemos confiar plenamente en las apariencias que vemos de las personas que tratamos a diario, me pregunto: ¿cómo es posible que lleguemos a creer y a considerar como la realidad, esas fantasías y las actuaciones teatrales de las películas que miramos en el cine y la televisión?

Sabemos que en las películas y la televisión es puro teatro y que todo es fabricado por la imaginación, desde el texto de los diálogos hasta las escenas y las actuaciones, y sin embargo, muchos salen de los cines creyendo que lo que han visto es realidad, cuando todo es ilusión y entretenimiento.

El apostol Pablo en su carta a los Corintios nos recomienda a los creyentes cristianos, poner toda nuestra confianza en Dios y en su Hijo Jesucristo a quienes no podemos ver con los ojos:

al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”. 2. Corintios 4, 18

porque por fe andamos, no por vista.” 2. Corintios 5, 7

La Biblia nos enseña que existen realidades espirituales que son eternas e invisibles, como por ejemplo:
Dios Todopoderoso, el Señor Jesucristo, el Espíritu Santo, el alma humana y el Reino de los Cielos; verdades espirituales éstas, que somos capaces de percibir íntimamente por medio de la fe, como si las estuviéramos viendo.

Aferrémonos con fe hoy más que nunca a la Palabra de Dios escrita en la Biblia, alimento espiritual y verdad por excelencia, para que nos siga sirviendo de brújula y de guía en nuestro caminar, en este mundo cada vez más lleno de apariencias, falsedad y mentiras.

¿Has pensado en lo inmensos que son el amor, la misericordia y la justicia de Dios, otorgados a cada uno de nosotros?

Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo. Efesios 2, 4-5

Con esta reflexión deseo animarte a que dirijas tus pensamientos a Dios, y medites unos momentos sobre el sentido que esta dura vida terrenal tiene para tí, pero sobre todo, para que mantengas siempre presente en tu memoria: el amor, la misericordia y la justicia de Dios hacia la humanidad. 

Cada vez que vemos en los periódicos o en los noticieros las imágenes que nos muestran la magnitud y la continuidad del sufrimiento humano en el mundo, todos nos preguntamos una y otra vez, ¿por qué Dios permite que sucedan tantas guerras, catástrofes naturales, enfermedades, crímenes, hambrunas, violaciones, abusos, injusticias, etc.?

Sobre el sufrimiento humano se puede afirmar que es un factor que nos acompaña día y noche, puesto que nos puede afectar tanto en el cuerpo como en el alma y que forma parte integrante de la vida. Por eso se dice, que en la vida se vive y se sufre.  
La gente lleva haciéndose esa pregunta desde hace miles de años, y si el ser humano lleva tanto tiempo haciéndose la misma pregunta, eso es una prueba evidente de que no puede evitarlo.

Desde la venida del Señor Jesucristo a este mundo hace más de 2000 años, los cristianos sabemos, que todos los seres humanos venimos a habitar esta tierra durante un determinado tiempo como transeúntes que están de paso, y después al morir, dejamos este mundo para vivir eternamente. Esta realidad la anunció Jesús a la humanidad de forma clara y directa, por medio de su promesa de Vida Eterna en el Reino de los Cielos.
Yo me pregunto: ¿Puede nuestra corta existencia en este mundo de muerte, sufrimiento, fatiga e injusticia, llamarse vida realmente?
Según el diccionario, la palabra vida es definida desde el punto de vista biológico como: el tiempo de duración de la existencia de un ser vivo (humano, animal o vegetal) desde su nacimiento hasta su muerte.
Esto significa, que tanto un ser humano como una lombriz, tienen una vida durante su existencia.

Ahora bien, lo que más nos diferencia a los humanos de los animales es el espíritu o alma inmortal, que Dios nos insufló y que constituye precísamente la esencia de origen DIVINO de nuestra existencia como seres humanos. Nosotros somos capaces percibir algunas manifestaciones del alma espiritual que llevamos dentro del cuerpo, y lo más importante es, que el alma constituye la semilla de eternidad, que Dios nos ha concedido únicamente a los humanos como privilegio. En consecuencia, los animales, los vegetales y demás seres vivos tienen una sola vida, y nosotros después de morir, esa misma muerte que tanto tememos, será la puerta de entrada a la vida eterna, esa vida nueva y abundante que Jesús nos ha prometido.

Dios conoce muy bien, y seguramente hasta mejor que nosotros, las duras circunstancias y condiciones de la vida humana en este mundo, es por eso, que llegado el momento histórico justo en la antigüedad, envió al mundo a su Hijo Jesucristo, para el anuncio de la Buena Nueva de la vida eterna.
Cuando Jesús les habló a sus discípulos y seguidores, siempre se refirió al tiempo futuro en sus enseñazas y en sus parábolas, es decir, a la vida eterna y al Reino de los Cielos.

Así como lo escribió y afirmó el apostol Pablo a los efesios, “Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo”, somos nosotros como creyentes cristianos, a los que nos corresponde hoy en día pensar en la misericordia y el amor de Dios, precísamente cuando nos asalten de nuevo las preguntas: ¿Por qué existe el mal y el sufrimiento en este mundo?, o ¿porqué es dura y transitoria esta vida?. Dudas que los seres humanos no podremos jamás responder, y que por lo tanto, tendremos que aceptar sometiéndonos con humildad a la soberana voluntad divina.

Esas preguntas tan importantes sobre nuestra existencia deberían de conducirnos a recordar, que efectivamente Dios en su eterna bondad nos ha prometido la vida eterna, como grandiosa recompensa y compensación para la maldad y el sufrimiento de este mundo.

No existe una fuente de esperanza y de consuelo más poderosa para un ser humano, que la promesa de Vida Eterna en el Reino de los Cielos hecha por nuestro Señor Jesucristo, concedida por amor y de pura Gracia por Dios Padre, para toda aquella persona que crea en Jesús como su redentor y salvador.

Apreciado lector, de modo que nos toca a tí y a mi creer con fervor en el amor, la misericordia y justicia de Dios, para aceptar su gran verdad sobre la existencia del Reino de los Cielos y del espíritu inmortal humano, el cual está destinado a vivir eternamente una vida nueva y abundante.

Recuerda cristiano, la vida abundante y eterna no está en tu cuerpo, sino en tu espíritu o alma inmortal.

El espíritu es el que da vida; la carne nada aprovecha: las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida. Juan 6, 63

Para ser capaz de comprender bien y de captar el verdadero significado del mensaje del Nuevo Testamento en la Biblia, es necesario tener en mente nuestro espíritu o alma inmortal, que habita en nuestro cuerpo y que nos da la vida que es manifestada por el cuerpo, y del cual, el alma se sirve como instrumento para obrar. En la Biblia, el Señor Jesucristo se dirige directamente a nuestra alma inmortal y no a nuestro cuerpo mortal y transitorio. Por eso Jesús en sus enseñanzas, siempre se refería a lo eterno y a la eternidad:

  • Anunció la Buena Nueva del Reino de los Cielos, es decir, la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos!
  • Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos
  • Venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.
  • No amontoneis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbe que corroen. Amontonad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbe que corroan. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.
  • Pues ya sabe vuestro Padre Celestial que teneis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.
  • Pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.

Por ejemplo, en esta última enseñanza, Jesús al decirle a la mujer samaritana que no tendrá sed jamás si bebe del agua que él le dará, es evidente y lógico que no se refiere al cuerpo de la mujer, sino a su alma espiritual. Por esa razón, al leer el Evangelio es indispensable que nos identifiquemos más con nuestra alma inmortal, que con nuestro cuerpo. Recuerda, Jesús le habla a nuestra alma viva, que es lo que somos en realidad, porque nuestro cuerpo de carne es solamente el recipiente o el cascarón en el cual habita el alma.

El cuerpo frágil, delicado, enfermizo y mortal, es precísamente lo que no nos permite tener vida en abundancia en este mundo, porque apenas una insignificante circunstancia del ambiente natural en que vivimos nos puede afectar, enfermar o entristecer, como por ejemplo: calor, frío, zancudos, virus, lluvia, ruido, ofensas, fracasos, traiciones, engaños, desamores, etc. En consecuencia, es sencillamente imposible que un ser humano pueda tener abundancia de vida en este mundo terrenal.  
Por eso la frase que dijo Jesucristo “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10, 10); se refiere igualmente a la vida eterna en el cielo y NO a poseer abundancia de dinero, propiedades y lujos, como algunos cristianos se lo imaginan de manera muy equivocada.  
Todas las Bienaventuranzas que anunció Jesús en el sermón del monte, están referidas a la vida eterna en el Reino de los Cielos, después de la muerte invitable del cuerpo. La palabra Bienaventurado significa en realidad: aquel que goza de Dios en el Cielo.

Cuando leas o escuches la Palabra de Dios, piensa en tu alma que llevas dentro de tí, imagina el ser espiritual que eres y que vive en ese cuerpo tuyo, esa alma con la que te diriges a Dios y le hablas en secreto durante tus oraciones.

San Agustín de Hipona movido por su gran fe y esperanza, afirmaba: “Por mi alma misma subiré a Dios.”

Desde el punto de vista de la religión y de la fe, nuestra dimensión espiritual o el alma, es la que adquiere la preferencia y se antepone al cuerpo, porque fue creada por Dios a su imagen y semejanza, para vivir eternamente, mientras que el cuerpo de carne y huesos fue creado para vivir un tiempo determinado y finalmente morir.

Buenas noticias para los ancianos: Mientras el cuerpo se va deteriorando, el alma inmortal se renueva cada día.

Por tanto, no desmayamos; antes aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el hombre interior no obstante se renueva de día en día.
2. Corintios 4, 16

La etapa natural de la vejez o el ocaso de la vida, como la han llamado algunos poetas, ha sido revestida y manchada por el sistema capitalista predominante con nuevas características negativas y discriminatorias, porque ahora la vejez se asocia directamente a la enfermedad, la incapacidad y la inutilidad de los ancianos para la producción eficiente de bienes y servicios. Cuando se valora a un ser humano únicamente por su capacidad de trabajo y de alto rendimiento, las personas mayores resultan ser poco apreciadas y aisladas en asilos de ancianos, dejando de ser reconocidos por la sociedad como seres humanos valiosos, dignos y ejemplares, que es lo que son en realidad.

La sociedad moderna con su absurda antipatía hacia la vejez, ha llegado al extremo de considerarla como un tabú, es decir, algo vergonzoso de lo que no se debe hablar o mencionar. Decirle a alguien viejo está tan mal visto, que muchos lo consideran casi un insulto en la actualidad.
Este asunto es evidentemente una moda reciente, y como todo lo que está de moda, algun día pasará y dejará de ser así, por lo tanto, no se le debe dar ninguna importancia.

Lo realmente importante para nosotros los ancianos y pensionados, es nuestra actitud cristiana ante la vida y la clara conciencia de lo que somos como hijos de Dios y como personas dignas, que en la vida hemos acumulado un valioso caudal de experiencia, amor, fe y sabiduría, lo cual nos hace dignos del cariño, respeto y consideración de nuestros seres queridos.

Al alcanzar el período de la vejez, iniciamos una nueva fase en la que una serie de nuevos factores o condiciones surgen en nuestra vida cotidiana, las cuales nos llevan de forma paulatina a tomar cada vez más conciencia de nosotros mismos y de la muerte que se avecina. Esos factores son: la jubilación, el duelo por la muerte de la pareja, la soledad, menos independencia, menos actividad social y una mayor disponibilidad de tiempo que antes.
En consecuencia, disponemos mucho más tiempo y oportunidades para reflexionar sobre si mismos, sobre el sentido de esta vida terrenal y sobre la futura vida eterna en el Reino de los Cielos. Podemos traer a la memoria las innumerables bendiciones recibidas de Dios Padre durante tantos años, así como también, dedicarle más tiempo a la lectura de la Palabra de Dios, que es el alimento espiritual por excelencia.

La vejez y la certeza de la muerte son magníficas maestras espirituales para los creyentes cristianos, puesto que sirven para impulsar nuestra vida interior espiritual y fortalecer nuestra esperanza en el Señor Jesucristo. Además, nos enseñan a prepararnos espiritualmente para el momento crucial de la muerte y a morir sin angustia y con esa paz interior, que solo Dios puede dar.

Las molestias y enfermedades habituales de la vejez nos alientan de manera imperceptible a identificarnos más con nuestra alma inmortal, que con nuestro cuerpo dolorido y débil que se va deteriorando inevitablemente.

En la vejez también somos capaces de sentir nuevos anhelos y de tener visiones del Reino eterno que nos espera, de las moradas que el mismo Señor Jesucristo prometió tenerlas preparadas para sus fieles seguidores.

A continuación, podrán leer un excelente testimonio que escribió el gran escritor francés Victor Hugo (1802–1885) después de cumplir 80 años de vida, en el que expresa su fe y su esperanza con sublimes afirmaciones:

Puedo sentir la vida futura en mí. El mundo terrenal me enseñó una gran cantidad de sabidurías, pero el cielo me iluminó con sus mundos desconocidos. A pesar de que ya he llegado a una edad avanzada, tengo pensamientos y sentimientos jóvenes y eternos en mi mente y mi corazón. Cuanto más se acerca el final de mi vida, más claro puedo escuchar la sinfonía inmortal de mundos que me invitan. Esto es sorprendente, pero simple.
Creo firmemente en ese mundo mejor. Él es para mí un bien mucho más realista que esta miserable quimera que devoramos y llamamos vida. Él  está constantemente ante mis ojos, por lo tanto creo en él con una convicción sólida como una roca y después de tantas batallas, tantos estudios y tantas pruebas; él es la suprema certidumbre de mi razón, así como es el supremo consuelo de mi alma

El Evangelio de Jesucristo nos enseña a los creyentes cristianos a vivir y a morir con metas eternas.  Dios concede y reparte su Gracia entre los creyentes de manera soberana en diferentes épocas de sus vidas, algunos pocos aprenden a apoderarse de la promesa de vida eterna temprano en la juventud, otros en la edad madura y muchos en la vejez, porque es el momento de nuestra partida física de este mundo terrenal y de poner nuestra alma o espíritu en sus manos.

Las adversidades se perciben como penas terribles, cuando apartamos los ojos de la gran meta futura de vida eterna.

puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual, por el gozo puesto delante de Él sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Hebreos 12, 2

En varias de sus cartas a las comunidades cristianas, el apóstol Pablo comparó esta vida terrenal llena de cargas, sudor y esfuerzo con una carrera de competición. Al hacer Pablo esa semejanza entre la vida y una competencia, resaltó la importancia de la recompensa o premio que reciben los ganadores al llegar a la meta o marca final de la prueba deportiva.
El premio es el motivo más efectivo para animar a las personas a participar en una competición, puesto que es una recompensa satisfactoria por el afán y el tiempo que se ha invertido en la preparación física para la carrera. Para el corredor, el premio entonces se convierte automáticamente en un anhelo, que lo impulsa a hacer todo lo posible por obtenerlo.

En la vida es igualmente necesario y muy importante, ponerse metas para alcanzar en el tiempo futuro, porque las metas le proporcionan sentido y propósito a nuestras vidas, en especial, en los tiempos de adversidades, sufrimientos y penas.

Algunos de ustedes se habrán enterado por la prensa del extraordinario caso de naufragio, que sufrieron dos pescadores en el año 2012 en el sur de México, quienes estuvieron a la deriva durante meses en una pequeña barca sin techo, sin agua ni comida, en el océano pacífico. El náufrago salvadoreño José Salvador Alvarenga describió a los periodistas, que había sido su gran anhelo por ver de nuevo a su única hija, lo que le salvó la vida ya que le dió la suficiente fuerza de voluntad para lograr soportar 14 meses perdido en la inmensidad y la soledad del mar. Su compañero de pesca Ezequiel Córdoba de 16 años, después de 4 meses a la deriva perdió la esperanza de sobrevivir y decidió de forma consciente dejar de comer y beber, para finalmente morir.

Por supuesto, este caso fue una situación muy extrema y excepcional, pero sirve perfectamente para ilustrar cómo una meta determinada, puede llenar de esperanza, vigor y fortaleza a una persona, aún en medio de las circunstancias más adversas.

Durante el transcurso de la vida, el destino nos presentará oportunidades de poner diversas metas temporales, las cuales para nosotros son imposible de prever con anticipación.

La única carrera de nuestra vida, que sabemos con seguridad en la que tendremos que participar en el futuro, es la muerte.
Para esta carrera, los creyentes cristianos hemos recibido el gran privilegio, por la Gracia de Dios y por la obra Redentora del Señor Jesucristo, de tener como meta y premio supremos: la vida eterna con Dios en el Reino de los Cielos.

Estimado lector, procura poner tus ojos en esta meta suprema, que Dios nos concede por su Gracia e inconmensurable Misericordia, así como mantener la mirada en ella, sobre todo cuando estés atravezando adversidades y aflicciones en tu vida cotidiana.

¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, mas sólo uno se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. 2. Timoteo 2, 5

Aférrate a Jesucristo y a su promesa de vida eterna, en vez de aferrarte a lo que es imposible para nosotros.

Sus discípulos, oyendo esto, se asombraron en gran manera, diciendo: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Jesús, mirándolos, les dijo: «Para los hombres eso es imposible, pero para Dios todo es posible.» Mateo 19, 25 y 26

Los creyentes cristianos sabemos muy bien que para Dios todo es posible, mientras que para los seres humanos no es así, porque fuimos creados con un cuerpo limitado, frágil y mortal. Sabemos también que el Señor Jesucristo, por ser el Hijo de Dios, resucitó a su amigo Lázaro en Betania y además, hizo muchas curaciones milagrosas, todas ellas con el propósito principal de demostrarle a todas las personas presentes, que Jesús era Dios hecho hombre y el Salvador, que el Pueblo judío esperaba.
Por medio de esos milagros, aquellos espectadores que lo rodeaban, pudieron ver y atestiguar que Jesús de Nazaret poseía el poder de Dios, pues lograba hacer lo que para ellos era totalmente imposible.

En la actualidad, en que la ciencia y la tecnología han avanzado tanto, la mayoría en nuestra sociedad moderna cree que, para el hombre ya no existe nada imposible y que todo problema tiene una solución. Pues, están muy equivocados! ¿Y saben por qué? Porque aceptan todo lo que propagan los medios de comunicación y la publicidad, pues creen ingenuamente que es la pura verdad, lo que ven en las pantallas y leen en las revistas. Eso es un gran error, lamentablemente.

La publicidad y los medios de comunicación son todos empresas comerciales, que como negocios están interesados solamente en ganar la mayor cantidad de dinero posible, y NO en decir la verdad sobre los temas que difunden. Hoy en día, ningún empresario puede ganar dinero diciendo la verdad. Ni siquiera los médicos, cuando desean curar a algún paciente, no siempre dicen la verdad, puesto que muchos de ellos están más interesados en sus propios beneficios económicos, que en el beneficio y la curación definitiva del paciente.

Todas las mujeres conocen seguramente las cremas y tratamientos faciales llamadas “anti-envejecimiento”. Esta palabra es un nuevo adjetivo creado por las agencias publicitarias, pero también es una gran mentira novedosa, puesto que es imposible detener el envejecimiento de la piel, por ser un proceso biológico natural que no se puede evitar.
En eso consiste precísamente el negocio de las agencias de publicidad: exagerar o inflar las cualidades de un producto, engañando al público, para aumentar las ventas de las empresas. Si las mujeres compran y usan esas cremas, es porque han creído en esos engaños, o dicho en otras palabras, se han aferrado a lo imposible. Y  después esas mismas mujeres, se darán cuenta de que con el transcurso del tiempo les seguirán apareciendo las arrugas en su cara y se pondrán más viejas.

En estos tiempos y en esta sociedad de consumo con tantos nuevos productos y tecnologías, que nos permiten disfrutar de un estilo de vida pleno de comodidades y facilidades materiales, la vida humana con toda la gama de sus experiencias y características naturales, sigue siendo exactamente la misma que vivieron los hombres y mujeres de la Antigüedad.
Entre las características naturales están: nacer, crecer, desarrollarse, envejecer y morir.
Y entre las experiencias naturales están las siguientes: placeres, sufrimientos, frustraciones, enfermedades, fracasos, éxitos, amor, odio, traición, rencor, paz, intranquilidad, desesperación, esperanza, fe, conflictos, guerras, hambre, abundancia, pobreza, riqueza, buena suerte, mala suerte, escasez, catástrofes naturales, amistad, enemistad, cansancio, preocupaciones, aflicción, fatiga, alegría, trabajo, descanso, soledad, depresión, algarabía, miedos, angustias, etc.

Como ustedes pueden ver, la vida interior espiritual con sus sentimientos, estados anímicos y vivencias ha sido, es y seguirá siendo la misma a través de los siglos.

La vida en este mundo ha sido comparada por grandes profetas y hombres de Dios de la Biblia, con la vida en el destierro o en el exilio, por lo dura, difícil, penosa, insuficiente y fatigosa que es la vida terrenal para todo ser humano, incluso ahora que vivimos con mucho más comodidades y tecnologías que antes.

La vida eterna en el Reino de los Cielos es la vida nueva, mejor y abundante que el Señor Jesucristo le ha prometido a toda persona que en ÉL cree y espera, al dejar este mundo. En vista de que muchos consideran que esa promesa divina es algo imposible, no la creen por esa razón. Pero ellos se olvidan de dos asuntos muy importantes: el primero: es que Dios es el creador de la Verdad y por eso NUNCA miente. El segundo: es que para Dios, el creador del Universo, TODO es posible.

Les aconsejo encarecidamente, que no crean en lo que difunden los medios de comunicación y su publicidad sobre los productos, ni tampoco en esa falsa ilusión de que el dinero abundante y la compra de productos y servicios que ofrecen, van a convertirlos a ustedes en personas “felices”.
Para los seres humanos, es imposible en este mundo ser felices de modo permanente. Podemos sí, tener momentos en que estamos contentos, satisfechos y alegres. Y nada más.

La anhelada felicidad plena y abundante es concedida únicamente por Dios y será en el Reino de los Cielos, cuando la recibiremos y podremos gozarla eternamente.   

Aférrate a Jesucristo, el Hijo de Dios que entregó su vida en Santo Sacrificio por toda la humanidad, para redimir los pecados y para salvar de pura Gracia las almas de todos aquellos, que confían y esperan en Él en espíritu y verdad.

Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.  Juan 11, 25