La vida secreta que llevamos es nuestra verdadera realidad, y no esa que aparentamos ante los demás.

En Dios solamente espera en silencio mi alma; de él viene mi salvación.
Salmo 62, 1

Cada uno de nosotros lleva dos vidas: una vida espiritual secreta y la vida pública vista y conocida por los demás, llena de franqueza relativa y relativa falsedad. Esta es una característica natural de los seres humanos, la cual se explica por nuestra morfología única, por estar el humano compuesto de un alma y un cuerpo.
Todo lo precioso, verdadero y secreto de nosotros que guardamos en el fondo de nuestra alma, está oculto a los ojos de la gente. En cambio, todo aquello que forma parte del trato convencional de cortesía, en el que están incluídas las apariencias, fingimientos y mentiras, eso lo hacemos delante de todo el mundo.

Todos sin exepción, se comportan de esa misma manera y cada persona vive su verdadera vida en secreto, en consecuencia, no deberíamos tampoco creer en lo que vemos de la gente.

Sin embargo, nunca olvidemos que Dios es el único que conoce nuestra cámara más secreta del alma, puesto que Él y el Espíritu Santo pueden ver directamente nuestra alma, como si nuestros cuerpos fueran de vidrio. Por esa razón, a Dios no lo podemos engañar, ni tampoco le podemos ocultar nuestra verdadera realidad, representada fielmente por la vida secreta que llevamos.

El gran escritor francés Victor Hugo escribió la siguiente cita: “El cuerpo humano es sólo apariencia y esconde la verdadera realidad. La realidad de lo que somos es el alma”; la cual es una acertada afirmación que nos puede servir para recapacitar, sobre la persistente costumbre de dejarnos guiar solamente por las apariencias de la gente y de aceptarlas como su verdadera e indiscutible realidad, sin antes conocerlas bien.

Ahora bien, si ni siquiera podemos confiar plenamente en las apariencias que vemos de las personas que tratamos a diario, me pregunto: ¿cómo es posible que lleguemos a creer y a considerar como la realidad, esas fantasías y las actuaciones teatrales de las películas que miramos en el cine y la televisión?

Sabemos que en las películas y la televisión es puro teatro y que todo es fabricado por la imaginación, desde el texto de los diálogos hasta las escenas y las actuaciones, y sin embargo, muchos salen de los cines creyendo que lo que han visto es realidad, cuando todo es ilusión y entretenimiento.

El apostol Pablo en su carta a los Corintios nos recomienda a los creyentes cristianos, poner toda nuestra confianza en Dios y en su Hijo Jesucristo a quienes no podemos ver con los ojos:

al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”. 2. Corintios 4, 18

porque por fe andamos, no por vista.” 2. Corintios 5, 7

La Biblia nos enseña que existen realidades espirituales que son eternas e invisibles, como por ejemplo:
Dios Todopoderoso, el Señor Jesucristo, el Espíritu Santo, el alma humana y el Reino de los Cielos; verdades espirituales éstas, que somos capaces de percibir íntimamente por medio de la fe, como si las estuviéramos viendo.

Aferrémonos con fe hoy más que nunca a la Palabra de Dios escrita en la Biblia, alimento espiritual y verdad por excelencia, para que nos siga sirviendo de brújula y de guía en nuestro caminar, en este mundo cada vez más lleno de apariencias, falsedad y mentiras.

¿Has pensado en lo inmensos que son el amor, la misericordia y la justicia de Dios, otorgados a cada uno de nosotros?

Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo. Efesios 2, 4-5

Con esta reflexión deseo animarte a que dirijas tus pensamientos a Dios, y medites unos momentos sobre el sentido que esta dura vida terrenal tiene para tí, pero sobre todo, para que mantengas siempre presente en tu memoria: el amor, la misericordia y la justicia de Dios hacia la humanidad. 

Cada vez que vemos en los periódicos o en los noticieros las imágenes que nos muestran la magnitud y la continuidad del sufrimiento humano en el mundo, todos nos preguntamos una y otra vez, ¿por qué Dios permite que sucedan tantas guerras, catástrofes naturales, enfermedades, crímenes, hambrunas, violaciones, abusos, injusticias, etc.?

Sobre el sufrimiento humano se puede afirmar que es un factor que nos acompaña día y noche, puesto que nos puede afectar tanto en el cuerpo como en el alma y que forma parte integrante de la vida. Por eso se dice, que en la vida se vive y se sufre.  
La gente lleva haciéndose esa pregunta desde hace miles de años, y si el ser humano lleva tanto tiempo haciéndose la misma pregunta, eso es una prueba evidente de que no puede evitarlo.

Desde la venida del Señor Jesucristo a este mundo hace más de 2000 años, los cristianos sabemos, que todos los seres humanos venimos a habitar esta tierra durante un determinado tiempo como transeúntes que están de paso, y después al morir, dejamos este mundo para vivir eternamente. Esta realidad la anunció Jesús a la humanidad de forma clara y directa, por medio de su promesa de Vida Eterna en el Reino de los Cielos.
Yo me pregunto: ¿Puede nuestra corta existencia en este mundo de muerte, sufrimiento, fatiga e injusticia, llamarse vida realmente?
Según el diccionario, la palabra vida es definida desde el punto de vista biológico como: el tiempo de duración de la existencia de un ser vivo (humano, animal o vegetal) desde su nacimiento hasta su muerte.
Esto significa, que tanto un ser humano como una lombriz, tienen una vida durante su existencia.

Ahora bien, lo que más nos diferencia a los humanos de los animales es el espíritu o alma inmortal, que Dios nos insufló y que constituye precísamente la esencia de origen DIVINO de nuestra existencia como seres humanos. Nosotros somos capaces percibir algunas manifestaciones del alma espiritual que llevamos dentro del cuerpo, y lo más importante es, que el alma constituye la semilla de eternidad, que Dios nos ha concedido únicamente a los humanos como privilegio. En consecuencia, los animales, los vegetales y demás seres vivos tienen una sola vida, y nosotros después de morir, esa misma muerte que tanto tememos, será la puerta de entrada a la vida eterna, esa vida nueva y abundante que Jesús nos ha prometido.

Dios conoce muy bien, y seguramente hasta mejor que nosotros, las duras circunstancias y condiciones de la vida humana en este mundo, es por eso, que llegado el momento histórico justo en la antigüedad, envió al mundo a su Hijo Jesucristo, para el anuncio de la Buena Nueva de la vida eterna.
Cuando Jesús les habló a sus discípulos y seguidores, siempre se refirió al tiempo futuro en sus enseñazas y en sus parábolas, es decir, a la vida eterna y al Reino de los Cielos.

Así como lo escribió y afirmó el apostol Pablo a los efesios, “Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo”, somos nosotros como creyentes cristianos, a los que nos corresponde hoy en día pensar en la misericordia y el amor de Dios, precísamente cuando nos asalten de nuevo las preguntas: ¿Por qué existe el mal y el sufrimiento en este mundo?, o ¿porqué es dura y transitoria esta vida?. Dudas que los seres humanos no podremos jamás responder, y que por lo tanto, tendremos que aceptar sometiéndonos con humildad a la soberana voluntad divina.

Esas preguntas tan importantes sobre nuestra existencia deberían de conducirnos a recordar, que efectivamente Dios en su eterna bondad nos ha prometido la vida eterna, como grandiosa recompensa y compensación para la maldad y el sufrimiento de este mundo.

No existe una fuente de esperanza y de consuelo más poderosa para un ser humano, que la promesa de Vida Eterna en el Reino de los Cielos hecha por nuestro Señor Jesucristo, concedida por amor y de pura Gracia por Dios Padre, para toda aquella persona que crea en Jesús como su redentor y salvador.

Apreciado lector, de modo que nos toca a tí y a mi creer con fervor en el amor, la misericordia y justicia de Dios, para aceptar su gran verdad sobre la existencia del Reino de los Cielos y del espíritu inmortal humano, el cual está destinado a vivir eternamente una vida nueva y abundante.

Recuerda cristiano, la vida abundante y eterna no está en tu cuerpo, sino en tu espíritu o alma inmortal.

El espíritu es el que da vida; la carne nada aprovecha: las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida. Juan 6, 63

Para ser capaz de comprender bien y de captar el verdadero significado del mensaje del Nuevo Testamento en la Biblia, es necesario tener en mente nuestro espíritu o alma inmortal, que habita en nuestro cuerpo y que nos da la vida que es manifestada por el cuerpo, y del cual, el alma se sirve como instrumento para obrar. En la Biblia, el Señor Jesucristo se dirige directamente a nuestra alma inmortal y no a nuestro cuerpo mortal y transitorio. Por eso Jesús en sus enseñanzas, siempre se refería a lo eterno y a la eternidad:

  • Anunció la Buena Nueva del Reino de los Cielos, es decir, la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos!
  • Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos
  • Venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.
  • No amontoneis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbe que corroen. Amontonad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbe que corroan. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.
  • Pues ya sabe vuestro Padre Celestial que teneis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.
  • Pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.

Por ejemplo, en esta última enseñanza, Jesús al decirle a la mujer samaritana que no tendrá sed jamás si bebe del agua que él le dará, es evidente y lógico que no se refiere al cuerpo de la mujer, sino a su alma espiritual. Por esa razón, al leer el Evangelio es indispensable que nos identifiquemos más con nuestra alma inmortal, que con nuestro cuerpo. Recuerda, Jesús le habla a nuestra alma viva, que es lo que somos en realidad, porque nuestro cuerpo de carne es solamente el recipiente o el cascarón en el cual habita el alma.

El cuerpo frágil, delicado, enfermizo y mortal, es precísamente lo que no nos permite tener vida en abundancia en este mundo, porque apenas una insignificante circunstancia del ambiente natural en que vivimos nos puede afectar, enfermar o entristecer, como por ejemplo: calor, frío, zancudos, virus, lluvia, ruido, ofensas, fracasos, traiciones, engaños, desamores, etc. En consecuencia, es sencillamente imposible que un ser humano pueda tener abundancia de vida en este mundo terrenal.  
Por eso la frase que dijo Jesucristo “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10, 10); se refiere igualmente a la vida eterna en el cielo y NO a poseer abundancia de dinero, propiedades y lujos, como algunos cristianos se lo imaginan de manera muy equivocada.  
Todas las Bienaventuranzas que anunció Jesús en el sermón del monte, están referidas a la vida eterna en el Reino de los Cielos, después de la muerte invitable del cuerpo. La palabra Bienaventurado significa en realidad: aquel que goza de Dios en el Cielo.

Cuando leas o escuches la Palabra de Dios, piensa en tu alma que llevas dentro de tí, imagina el ser espiritual que eres y que vive en ese cuerpo tuyo, esa alma con la que te diriges a Dios y le hablas en secreto durante tus oraciones.

San Agustín de Hipona movido por su gran fe y esperanza, afirmaba: “Por mi alma misma subiré a Dios.”

Desde el punto de vista de la religión y de la fe, nuestra dimensión espiritual o el alma, es la que adquiere la preferencia y se antepone al cuerpo, porque fue creada por Dios a su imagen y semejanza, para vivir eternamente, mientras que el cuerpo de carne y huesos fue creado para vivir un tiempo determinado y finalmente morir.

Buenas noticias para los ancianos: Mientras el cuerpo se va deteriorando, el alma inmortal se renueva cada día.

Por tanto, no desmayamos; antes aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el hombre interior no obstante se renueva de día en día.
2. Corintios 4, 16

La etapa natural de la vejez o el ocaso de la vida, como la han llamado algunos poetas, ha sido revestida y manchada por el sistema capitalista predominante con nuevas características negativas y discriminatorias, porque ahora la vejez se asocia directamente a la enfermedad, la incapacidad y la inutilidad de los ancianos para la producción eficiente de bienes y servicios. Cuando se valora a un ser humano únicamente por su capacidad de trabajo y de alto rendimiento, las personas mayores resultan ser poco apreciadas y aisladas en asilos de ancianos, dejando de ser reconocidos por la sociedad como seres humanos valiosos, dignos y ejemplares, que es lo que son en realidad.

La sociedad moderna con su absurda antipatía hacia la vejez, ha llegado al extremo de considerarla como un tabú, es decir, algo vergonzoso de lo que no se debe hablar o mencionar. Decirle a alguien viejo está tan mal visto, que muchos lo consideran casi un insulto en la actualidad.
Este asunto es evidentemente una moda reciente, y como todo lo que está de moda, algun día pasará y dejará de ser así, por lo tanto, no se le debe dar ninguna importancia.

Lo realmente importante para nosotros los ancianos y pensionados, es nuestra actitud cristiana ante la vida y la clara conciencia de lo que somos como hijos de Dios y como personas dignas, que en la vida hemos acumulado un valioso caudal de experiencia, amor, fe y sabiduría, lo cual nos hace dignos del cariño, respeto y consideración de nuestros seres queridos.

Al alcanzar el período de la vejez, iniciamos una nueva fase en la que una serie de nuevos factores o condiciones surgen en nuestra vida cotidiana, las cuales nos llevan de forma paulatina a tomar cada vez más conciencia de nosotros mismos y de la muerte que se avecina. Esos factores son: la jubilación, el duelo por la muerte de la pareja, la soledad, menos independencia, menos actividad social y una mayor disponibilidad de tiempo que antes.
En consecuencia, disponemos mucho más tiempo y oportunidades para reflexionar sobre si mismos, sobre el sentido de esta vida terrenal y sobre la futura vida eterna en el Reino de los Cielos. Podemos traer a la memoria las innumerables bendiciones recibidas de Dios Padre durante tantos años, así como también, dedicarle más tiempo a la lectura de la Palabra de Dios, que es el alimento espiritual por excelencia.

La vejez y la certeza de la muerte son magníficas maestras espirituales para los creyentes cristianos, puesto que sirven para impulsar nuestra vida interior espiritual y fortalecer nuestra esperanza en el Señor Jesucristo. Además, nos enseñan a prepararnos espiritualmente para el momento crucial de la muerte y a morir sin angustia y con esa paz interior, que solo Dios puede dar.

Las molestias y enfermedades habituales de la vejez nos alientan de manera imperceptible a identificarnos más con nuestra alma inmortal, que con nuestro cuerpo dolorido y débil que se va deteriorando inevitablemente.

En la vejez también somos capaces de sentir nuevos anhelos y de tener visiones del Reino eterno que nos espera, de las moradas que el mismo Señor Jesucristo prometió tenerlas preparadas para sus fieles seguidores.

A continuación, podrán leer un excelente testimonio que escribió el gran escritor francés Victor Hugo (1802–1885) después de cumplir 80 años de vida, en el que expresa su fe y su esperanza con sublimes afirmaciones:

Puedo sentir la vida futura en mí. El mundo terrenal me enseñó una gran cantidad de sabidurías, pero el cielo me iluminó con sus mundos desconocidos. A pesar de que ya he llegado a una edad avanzada, tengo pensamientos y sentimientos jóvenes y eternos en mi mente y mi corazón. Cuanto más se acerca el final de mi vida, más claro puedo escuchar la sinfonía inmortal de mundos que me invitan. Esto es sorprendente, pero simple.
Creo firmemente en ese mundo mejor. Él es para mí un bien mucho más realista que esta miserable quimera que devoramos y llamamos vida. Él  está constantemente ante mis ojos, por lo tanto creo en él con una convicción sólida como una roca y después de tantas batallas, tantos estudios y tantas pruebas; él es la suprema certidumbre de mi razón, así como es el supremo consuelo de mi alma

El Evangelio de Jesucristo nos enseña a los creyentes cristianos a vivir y a morir con metas eternas.  Dios concede y reparte su Gracia entre los creyentes de manera soberana en diferentes épocas de sus vidas, algunos pocos aprenden a apoderarse de la promesa de vida eterna temprano en la juventud, otros en la edad madura y muchos en la vejez, porque es el momento de nuestra partida física de este mundo terrenal y de poner nuestra alma o espíritu en sus manos.

Las adversidades se perciben como penas terribles, cuando apartamos los ojos de la gran meta futura de vida eterna.

puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual, por el gozo puesto delante de Él sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Hebreos 12, 2

En varias de sus cartas a las comunidades cristianas, el apóstol Pablo comparó esta vida terrenal llena de cargas, sudor y esfuerzo con una carrera de competición. Al hacer Pablo esa semejanza entre la vida y una competencia, resaltó la importancia de la recompensa o premio que reciben los ganadores al llegar a la meta o marca final de la prueba deportiva.
El premio es el motivo más efectivo para animar a las personas a participar en una competición, puesto que es una recompensa satisfactoria por el afán y el tiempo que se ha invertido en la preparación física para la carrera. Para el corredor, el premio entonces se convierte automáticamente en un anhelo, que lo impulsa a hacer todo lo posible por obtenerlo.

En la vida es igualmente necesario y muy importante, ponerse metas para alcanzar en el tiempo futuro, porque las metas le proporcionan sentido y propósito a nuestras vidas, en especial, en los tiempos de adversidades, sufrimientos y penas.

Algunos de ustedes se habrán enterado por la prensa del extraordinario caso de naufragio, que sufrieron dos pescadores en el año 2012 en el sur de México, quienes estuvieron a la deriva durante meses en una pequeña barca sin techo, sin agua ni comida, en el océano pacífico. El náufrago salvadoreño José Salvador Alvarenga describió a los periodistas, que había sido su gran anhelo por ver de nuevo a su única hija, lo que le salvó la vida ya que le dió la suficiente fuerza de voluntad para lograr soportar 14 meses perdido en la inmensidad y la soledad del mar. Su compañero de pesca Ezequiel Córdoba de 16 años, después de 4 meses a la deriva perdió la esperanza de sobrevivir y decidió de forma consciente dejar de comer y beber, para finalmente morir.

Por supuesto, este caso fue una situación muy extrema y excepcional, pero sirve perfectamente para ilustrar cómo una meta determinada, puede llenar de esperanza, vigor y fortaleza a una persona, aún en medio de las circunstancias más adversas.

Durante el transcurso de la vida, el destino nos presentará oportunidades de poner diversas metas temporales, las cuales para nosotros son imposible de prever con anticipación.

La única carrera de nuestra vida, que sabemos con seguridad en la que tendremos que participar en el futuro, es la muerte.
Para esta carrera, los creyentes cristianos hemos recibido el gran privilegio, por la Gracia de Dios y por la obra Redentora del Señor Jesucristo, de tener como meta y premio supremos: la vida eterna con Dios en el Reino de los Cielos.

Estimado lector, procura poner tus ojos en esta meta suprema, que Dios nos concede por su Gracia e inconmensurable Misericordia, así como mantener la mirada en ella, sobre todo cuando estés atravezando adversidades y aflicciones en tu vida cotidiana.

¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, mas sólo uno se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. 2. Timoteo 2, 5

Aférrate a Jesucristo y a su promesa de vida eterna, en vez de aferrarte a lo que es imposible para nosotros.

Sus discípulos, oyendo esto, se asombraron en gran manera, diciendo: ¿Quién, pues, podrá ser salvo? Jesús, mirándolos, les dijo: «Para los hombres eso es imposible, pero para Dios todo es posible.» Mateo 19, 25 y 26

Los creyentes cristianos sabemos muy bien que para Dios todo es posible, mientras que para los seres humanos no es así, porque fuimos creados con un cuerpo limitado, frágil y mortal. Sabemos también que el Señor Jesucristo, por ser el Hijo de Dios, resucitó a su amigo Lázaro en Betania y además, hizo muchas curaciones milagrosas, todas ellas con el propósito principal de demostrarle a todas las personas presentes, que Jesús era Dios hecho hombre y el Salvador, que el Pueblo judío esperaba.
Por medio de esos milagros, aquellos espectadores que lo rodeaban, pudieron ver y atestiguar que Jesús de Nazaret poseía el poder de Dios, pues lograba hacer lo que para ellos era totalmente imposible.

En la actualidad, en que la ciencia y la tecnología han avanzado tanto, la mayoría en nuestra sociedad moderna cree que, para el hombre ya no existe nada imposible y que todo problema tiene una solución. Pues, están muy equivocados! ¿Y saben por qué? Porque aceptan todo lo que propagan los medios de comunicación y la publicidad, pues creen ingenuamente que es la pura verdad, lo que ven en las pantallas y leen en las revistas. Eso es un gran error, lamentablemente.

La publicidad y los medios de comunicación son todos empresas comerciales, que como negocios están interesados solamente en ganar la mayor cantidad de dinero posible, y NO en decir la verdad sobre los temas que difunden. Hoy en día, ningún empresario puede ganar dinero diciendo la verdad. Ni siquiera los médicos, cuando desean curar a algún paciente, no siempre dicen la verdad, puesto que muchos de ellos están más interesados en sus propios beneficios económicos, que en el beneficio y la curación definitiva del paciente.

Todas las mujeres conocen seguramente las cremas y tratamientos faciales llamadas “anti-envejecimiento”. Esta palabra es un nuevo adjetivo creado por las agencias publicitarias, pero también es una gran mentira novedosa, puesto que es imposible detener el envejecimiento de la piel, por ser un proceso biológico natural que no se puede evitar.
En eso consiste precísamente el negocio de las agencias de publicidad: exagerar o inflar las cualidades de un producto, engañando al público, para aumentar las ventas de las empresas. Si las mujeres compran y usan esas cremas, es porque han creído en esos engaños, o dicho en otras palabras, se han aferrado a lo imposible. Y  después esas mismas mujeres, se darán cuenta de que con el transcurso del tiempo les seguirán apareciendo las arrugas en su cara y se pondrán más viejas.

En estos tiempos y en esta sociedad de consumo con tantos nuevos productos y tecnologías, que nos permiten disfrutar de un estilo de vida pleno de comodidades y facilidades materiales, la vida humana con toda la gama de sus experiencias y características naturales, sigue siendo exactamente la misma que vivieron los hombres y mujeres de la Antigüedad.
Entre las características naturales están: nacer, crecer, desarrollarse, envejecer y morir.
Y entre las experiencias naturales están las siguientes: placeres, sufrimientos, frustraciones, enfermedades, fracasos, éxitos, amor, odio, traición, rencor, paz, intranquilidad, desesperación, esperanza, fe, conflictos, guerras, hambre, abundancia, pobreza, riqueza, buena suerte, mala suerte, escasez, catástrofes naturales, amistad, enemistad, cansancio, preocupaciones, aflicción, fatiga, alegría, trabajo, descanso, soledad, depresión, algarabía, miedos, angustias, etc.

Como ustedes pueden ver, la vida interior espiritual con sus sentimientos, estados anímicos y vivencias ha sido, es y seguirá siendo la misma a través de los siglos.

La vida en este mundo ha sido comparada por grandes profetas y hombres de Dios de la Biblia, con la vida en el destierro o en el exilio, por lo dura, difícil, penosa, insuficiente y fatigosa que es la vida terrenal para todo ser humano, incluso ahora que vivimos con mucho más comodidades y tecnologías que antes.

La vida eterna en el Reino de los Cielos es la vida nueva, mejor y abundante que el Señor Jesucristo le ha prometido a toda persona que en ÉL cree y espera, al dejar este mundo. En vista de que muchos consideran que esa promesa divina es algo imposible, no la creen por esa razón. Pero ellos se olvidan de dos asuntos muy importantes: el primero: es que Dios es el creador de la Verdad y por eso NUNCA miente. El segundo: es que para Dios, el creador del Universo, TODO es posible.

Les aconsejo encarecidamente, que no crean en lo que difunden los medios de comunicación y su publicidad sobre los productos, ni tampoco en esa falsa ilusión de que el dinero abundante y la compra de productos y servicios que ofrecen, van a convertirlos a ustedes en personas “felices”.
Para los seres humanos, es imposible en este mundo ser felices de modo permanente. Podemos sí, tener momentos en que estamos contentos, satisfechos y alegres. Y nada más.

La anhelada felicidad plena y abundante es concedida únicamente por Dios y será en el Reino de los Cielos, cuando la recibiremos y podremos gozarla eternamente.   

Aférrate a Jesucristo, el Hijo de Dios que entregó su vida en Santo Sacrificio por toda la humanidad, para redimir los pecados y para salvar de pura Gracia las almas de todos aquellos, que confían y esperan en Él en espíritu y verdad.

Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.  Juan 11, 25

El amor al dinero corrompe y endurece el corazón humano.

Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, por el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores. 1 Timoteo 6,10

Existe todavía en el imaginario de algunos pueblos, la creencia de que el dinero en abundancia y una buena educación, como lo han tenido las familias ricas y poderosas, convierte casi como por arte de magia, a los miembros de esas familias en mejores personas, más honorables, más dignas y más decentes. En épocas antiguas esa creencia fue impuesta por la misma clase gobernante aristócratica, y de ese mito se originaron las costumbres y las estrictas normas sociales, que reguló el trato sumiso y obediente en las relaciones personales entre la clase alta y la clase baja de las naciones.
Hoy en estos tiempos modernos, sabemos que esa creencia es falsa, puesto que en realidad, el amor al dinero pervierte al ser humano y lo induce a violar principios cristianos, la moral y las leyes.

La historia de la humanidad está llena de innumerables ejemplos y casos terribles, de cómo el amor a las riquezas convierte a aquellos seres humanos que se entregan en alma y cuerpo al dinero, en personas sin bondad, sin misericordia y sin compasión; es decir, en personas con un corazón de piedra!

Entre esos ejemplos están los siguientes:

  • Los reyes y monarcas, es decir, las personas mejor educadas, más honorables, más dignas y más decentes, quienes con inimaginables riquezas y lujos, no solo reinaron abusando de su poder a sus propios pueblos, sino que sobre todo mantuvieron a sus vasallos viviendo en la mayor miseria, durante siglos.
  • Durante y después de la conquista por parte de las monarquías europeas de muchos territorios de África y de todo el continente Americano, los reyes de esa época no vacilaron ni les tembló el pulso, cuando autorizaron el brutal y despiadado comercio de esclavos africanos, quienes fueron cazados como animales, atrapados y transportados en cadenas hacia las tierras del nuevo mundo americano, con el único propósito de ganar muchísimo dinero con mano de obra gratuita!
  • Un caso más reciente pero aun más aterrador, fue el exterminio de 6 millones de judíos ejecutado en campos de concentración de prisioneros, por el régimen Nazi dirigido por Adolf Hitler en Alemania durante la segunda guerra mundial entre 1939 y 1945. Una causa importante pero que se menciona poco, del por qué los Nazis tomaron la decisión de exterminar el pueblo de raza judía en Europa, fue la expropiación sistemática de los ahorros, activos y propiedades de todos los judíos deportados a los campos de concentración, los cuales se estiman en cientos de miles de millones de Marcos alemanes, que le sirvieron a los dirigentes nazis para financiar los gastos de la guerra y hacerse ricos.

Está más que comprobado que el amor al dinero, puede transformar al ser humano en una persona cruel e insensible, y hacerlo capaz de cualquier maldad e inmoralidad para lograr ganar mucho dinero. Esa es la razón, por la cual en la Palabra de Dios se encuentran tantas advertencias referentes al amor al dinero y a las riquezas, con el propósito de que los creyentes no nos dejemos seducir por la ambición de acumular tesoros.

En las iglesias cristianas se conocen muchos casos de pastores y predicadores, que lamentablemente se han convertido en adoradores del dinero y de la riqueza, los cuales con sus perversas intenciones, hipocresías y engaños, le están haciendo un daño enorme a sus ingenuos fieles principalmente y a la fe cristiana como religión. Es oportuno decir, que algunos de esos predicadores o “lobos vestidos de corderos” utilizan torcidos argumentos para justificar su amor al dinero, afirmando por ejemplo, que ser rico y próspero no es pecado. Pero resulta, que mucha gente rica y próspera acostumbra a cometer pecados graves, tratando de acumular aún más dinero. Así como éllos mismos lo hacen con su hipocresía y sus falsedades.

En esta sociedad de consumo en que vivimos y en estos tiempos en que todo gira alrededor de ganar y acumular dinero, es conveniente adquirir una actitud de prudencia en relación con el dinero, la cual consiste en considerar al dinero más bien como un mal necesario, y no como algo maravilloso e inofensivo que debemos adquirir sin falta y a toda costa. Esa actitud prudente en lo personal, me ha ayudado mucho a no extraviarme en la ambición y en el afán de ganar mucho más dinero del que necesito, y así poder llevar una vida modesta y sin lujos.

El gran Apóstol Pablo con la ayuda de la inspiración recibida por el Espíritu Santo y su gran sabiduría de la Palabra de Dios, logró describir magistralmente las negativas consecuencias del amor al dinero, al llamarlo: la raíz de todos los males.
Con esas 6 palabras, Pablo lo dijo todo y claramente sobre las desventajas del amor al dinero.

Y a mi no me queda más que decir: “El que tenga ojos, que vea”!

El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Juan 6, 63

Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida; y fue el hombre un alma viviente.
Génesis 2, 7

Esas frases que hacen de título de esta reflexión, las dijo el Señor Jesucristo y fueron recopiladas por su discípulo Juan, quién lo acompañó y estuvo siempre a su lado. Como todo lo que dijo y enseño Jesús, esas frases tienen mucha médula y un gran significado relacionado con la vida eterna, prometida a todos los creyentes que creen en Él en espíritu y en verdad.

Según mi entendimiento, ese versículo contiene dos importantísimos mensajes para toda la humanidad, uno relacionado con la naturaleza del ser humano, y el otro con la Palabra de Dios como alimento espiritual, con el propósito de instruir a los pueblos sobre la existencia de las realidades espirituales, la cuales, hasta la venida de Jesucristo, eran solamente narraciones fantasiosas e imaginarias sobre un hipotético mundo sobrenatural, tal como lo imaginaron las civilizaciones antíguas en varios continentes, como por ejemplo: las mitologías griega y romana, o bien los egipcios con su culto del más allá.
Jesucristo con su venida al mundo, dió a conocer al Dios Todopoderoso y a su Reino espiritual de los Cielos, como una realidad auténtica y verdadera.

LA NATURALEZA HUMANA:
En la historia de la Creación del mundo según la Biblia, Dios al formar al hombre del barro, le insufló su espíritu creando así un ser viviente, constituido por un cuerpo de carne y un espíritu o alma. El ser humano fue entonces el único ser vivo sobre la tierra compuesto de una dimensión biológica (cuerpo) y una dimensión espiritual (alma).
El alma por ser espiritual es inmortal, y en consecuencia, puede vivir eternamente y es además, la que da vida. Por el contrario, el cuerpo de carne es mortal: nace, crece, se desarrolla, se deteriora y muere. Ese es el ciclo natural y de duración limitada del cuerpo del hombre y de los animales.

Jesús en ese versículo afirma, que la carne para nada aprovecha, debido a que nuestro cuerpo de carne lo que hace es servir de recipiente de nuestro espíritu inmortal, que es el que da vida y está destinado a vivir eternamente. Lo más valioso y lo que cuenta para Dios, es lo que llevamos dentro: nuestra alma inmortal.

LA PALABRA DE DIOS COMO ALIMENTO ESPIRITUAL:
Jesús nos enseña que sus palabras con las que nos ha hablado, son espíritu y son vida, pero no para nuestro cuerpo, sino para nuestra alma espiritual, la cual también necesita ese alimento espiritual, que se encuentra en las Sagradas Escrituras, indispensable para su fortalecimiento y desarrollo.
Así como nos alimentamos para suplir y nutrir al cuerpo con los alimentos de cada día, Jesucristo nos enseña e invita siempre, a alimentar nuestra alma con sus propias palabras, la cuales son el Pan de Vida Eterna.

Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo”. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. Jesús les dijo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.”   Juan 6, 33-35

Oh Señor de los ejércitos, ¡cuán bienaventurado es el hombre que en ti confía! (Salmo 84, 12)

Con esta reflexión deseo contribuir a aclarar la confusión, que ha sido creada en relación al uso de la palabra “felicidad” en los medios de comunicación y especialmente en la literatura cristiana.
El anhelo de ser feliz forma parte de nuestra propia naturaleza. Todos los seres humanos deseamos ser felices en la vida, pero pesar de que siempre estamos buscando la felicidad, no logramos encontrarla.
El conocido psiquiatra austríaco Victor Frankl tratando de explicar la dificultad de encontrar la felicidad, escribió lo siguiente: “La felicidad es como una mariposa. Cuanto más la persigues, más huye. Pero si vuelves la atención hacia otras cosas, ella viene y suavemente se posa en tu hombro.”

Pareciera que a los comerciantes y los medios de comunicación al leer esta explicación del Dr. Frankl, como que les gustó mucho y la adoptaron, puesto que ellos no hacen nada más que ofrecernos en venta miles de productos, viajes, cursos, servicios, etc, todos los días, con el único fin de atraer nuestra atención para que compremos algo, y sin embargo, la anhelada felicidad no se posa en ninguno de nuestros hombros.

La razón principal del fracaso de esa estrategia, es que la felicidad, al igual que el amor verdadero, no se puede comprar ni vender, porque es una vivencia espiritual que brota del alma y se goza interiormente. Solamente si volvemos nuestra atencion y nuestro amor hacia Dios, podremos esperar alcanzar la felicidad algún día. Así lo afirman y lo confirman las Sagradas Escrituras tanto en el Antiguo Testamento como en el Evangelio del Señor Jesucristo, al utilizar las palabras: bienaventurado y bienaventuranzas.
La palabra ventura viene del latín y significa: la suerte o la fortuna que han de venir; y  Bienaventurado quiere decir en el sentido bíbico: Aquel que gozará de Dios en el cielo.

La palabra “felicidad” como se conoce hoy en día no existió en la Antigüedad, porque fue creada hace apenas unos 200 años en las sociedades europeas influenciadas por la filosofía de Epicuro o Hedonismo, la cual defiende el disfrute máximo de la vida y de sus placeres, mientras que en el Nuevo Testamento, la felicidad siempre ha estado relacionada con la fe en Dios y  la promesa de Jesús sobre la vida eterna en el Reino de los Cielos.

El término moderno “felicidad” tiene las siguientes definiciones (diccionario Larousse):
1. Estado de ánimo de quien recibe de la vida lo que espera o desea.
2. Sentimiento de satisfacción y alegría experimentado ante la consecución de un bien o un deseo.
3. Falta de sucesos desagradables en una acción, buena suerte.

Si analizamos bien estas definiciones, se nota que lo que describen son satisfacciones o alegrías momentáneas que aparecen y desaparecen de vez en cuando, y que apenas duran unos instantes.
Por el contrario, la verdadera felicidad es un estado del alma duradero o una actitud hacia la vida, caracterizada por amor, paz y tranquilidad interior que llenan de regocijo al corazón.

Alguien que no posea paz, amor y calma en su corazón, no puede ser una persona feliz.
Pregunto al lector: ¿Cómo puede alguien ser feliz si siente: rencores, envidias, angustias, preocupaciones, remordimientos, desesperación, conflictos, pesadumbres, inquietudes, etc?
Supongo que ustedes estarán de acuerdo conmigo, en que alguien así y que no crea en Dios,  es sencillamente imposible que pueda ser feliz.

Por eso, únicamente Dios con su inconmensurable amor y misericordia es capaz de concedernos la  paz, el amor y la calma en el alma, que todos necesitamos para sentir la verdadera felicidad, aunque sea por algunos períodos de la vida.

No debemos olvidar que Dios por su Gracia ha dispuesto desde la Creación del universo, que los seres humanos exclusivamente durante el corto período de la infancia, podamos experimentar ese maravilloso estado espiritual de felicidad, que caracteriza a todos los niños del mundo.

Con el transcurso del tiempo al dejar de ser niños y convertirnos en personas adultas, en nuestra conciencia y vida espiritual se van despertando nuevas pasiones y estados de ánimo, que terminan por debilitar la paz y la tranquilidad interior de antes, y así se da inicio a nuestra agitada y alterada edad adulta.

TODO en nuestra vida depende de Dios nuestro Creador y Señor, porque Él nos ha creado y nos ha insuflado su espíritu en nuestro cuerpo de carne y huesos, es por eso que nuestra alma está hecha a imagen y semejanza suya. Por medio del Espíritu Santo, Dios y el Señor Jesucristo obran directamente sobre el alma humana y de esa manera pueden intervenir en nuestras vidas.

La sociedad materialista actual, debido a la gran influencia del afán por disfrutar al máximo todo lo que las empresas le ofrecen, se ha entregado al consumo y a los placeres, para alcanzar la felicidad, cuando en realidad lo que hacen es perseguir el viento, como dijo Salomón en Eclesiastés, ya que así nunca la encontrarán.
De ese modo, la mayoría de la gente ha dejado de creer en Dios, para creer en esa falsa ilusión de la felicidad, que los medios de comunicación les ha metido en sus cabezas, a través del apabullante machaqueo de la publicidad.

Los cristianos seguimos creyendo y esperando en nuestro Señor Jesucristo, apoyados firmemente en nuestra fe y esperanza de que la promesa de vida eterna en el Reino de los cielos, se hará realidad cuando llegue el Tiempo de Salvación, escogido por Dios Padre.

San Agustín, hablando sobre la felicidad escribió: «La vida que es digna de ser llamada así, no es más que una vida feliz. Y no será feliz, si no es eterna.»

Jesús dijo, «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. Juan 10, 10

Esa vida en abundancia que nos promete Jesucristo, solamente puede ser la vida eterna en el Reino de los Cielos.
Y de eso, yo en lo personal, no tengo la menor duda.

Crees que esta vida mortal llena de angustias, fatigas y enfermedades, es lo único que nuestro eterno Dios de Misericordia y Amor nos puede ofrecer?

Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima. 1. Corintios 15, 19

Verdaderamente crees, que Dios nos ha creado solamente para vivir, procrear y morir en este mundo cruel y finito, así como ha creado con ese destino a todos los animales que habitan en la tierra? Como creyente cristiano que soy, yo no lo creo.
Por el contrario, creo firmemente en Dios, en nuestro Señor Jesucristo y en su grandiosa promesa de vida eterna para todo aquel que crea en él. Jesús nos enseñó y nos otorgó el privilegio de considerarnos dignos de ser hijos de Dios, porque Dios nos ha creado con un cuerpo y con un alma inmortal, y por lo tanto, los seres humanos nacemos en este mundo para que después de vivir esta vida terrenal, pasemos a vivir la vida nueva y eterna, como grandioso destino definitivo.

Para Dios lo más valioso e importante del ser humano es su espíritu o alma inmortal y no el cuerpo mortal, el cual se va deteriorando con el transcurso del tiempo y finalmente muere. Un cuerpo sin vida, es decir un cadáver, no le interesa a nadie y mucho menos a Dios.

El alma viviente e inmortal que llevamos dentro del cuerpo es lo que más cuenta para Dios, y así mismo debería ser tambien para nosotros, pues el alma espiritual es nuestra propia existencia y nuestro ser. Al cuerpo humano lo podríamos comparar con un envase de carne y huesos que contiene el alma espiritual, así como un envase de vidrio contiene un perfume caro.
¿Qué tiene más valor para nosotros: el perfume o el envase de vidrio? Es evidente que el perfume es lo más valioso.

El cuerpo humano hace el papel de envase y el alma eterna es su contenido espiritual. Dios sabe muy bien que los seres humanos estamos constituídos de un cuerpo de carne y un espíritu eterno.
Sin embargo, la mayoría de los cristianos de hoy, no hemos querido creer y aceptar que somos en realidad un alma espiritual que habita en un cuerpo de carne y huesos, así como lo enseñaba San Agustín de Hipona en su tratado sobre la morfología humana.

El apostol Pablo creyó y aceptó la existencia del espíritu humano inmortal, a quien él llamó el “hombre interior” para diferenciarlo del hombre exterior o el cuerpo humano que vemos y tocamos.
Como consecuencia de su gran fe en el Señor, Pablo se apoderó de la promesa de la vida eterna en el Reino de los cielos, y albergó en su corazón con mucho fervor, esa gran esperanza de vivir eternamente junto a Jesucristo en los Cielos. Es por eso que Pablo en su primera carta a los Corintios les dice, que si esperan en Cristo Jesús solamente para esta vida terrenal, son las personas más dignas de lástima, por desaprovechar la vida eterna que el Señor Jesucristo nos está ofreciendo.

Jesucristo desde su venida al mundo hace ya más de 2000 años, cuando abrió las puertas del Reino de los Cielos para toda la humanidad, le promete la vida eterna a cada creyente cristiano por su gran Gracia y su gran amor eterno.

Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?…  Juan 11, 25-26