Si solamente en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres.
1. Corintios 15, 19

Sabemos que antes de su encuentro con Jesús resucitado, Saulo de Tarso (ese era el nombre del apóstol Pablo antes de su conversión) como judío ortodoxo que era, había rechazado a Jesús de Nazareth como Hijo de Dios, sin embargo, no satisfecho con el rechazo y movido por un odio rabioso a las enseñanzas de Cristo, también se dedícó a perseguir a los primeros cristianos que iba encontrando en los lugares por donde él pasaba.

Saulo poseía un profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras contenidas en el Viejo Testamento y era extremadamente celoso del cumplimiento de las leyes allí establecidas para el pueblo judío. Por lo tanto, tenía grandes conocimientos de la palabra escrita, pero le faltaba la sabiduría espiritual que proviene del Espíritu de Dios y su iluminación divina, para interpretarla y aplicarla de forma correcta.
Finalmente, el celo ardiente que sentía por su religión y la firme voluntad de luchar por defenderla, lo condujo a perseguir y combatir a sus nuevos oponentes: los nuevos cristianos.

Y yendo por el camino, aconteció que llegando cerca de Damasco, súbitamente le cercó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús a quien tú persigues; Hechos 9, 3-5

Ese encuentro personal inesperado y repentino con Jesús, debió haber sido para Saulo una experiencia espantosa y terrible al inicio, para más tarde pasar a ser una vivencia maravillosa y trascendental en su vida espiritual, al reconocer a Jesús como el Hijo de Dios y el tan esperado Mesías del pueblo judío, quien mostrando su gran amor y su inmensa misericordia, escoge justamente a Saulo el perseguidor de cristianos, para convertirlo en un hombre nuevo llamado Pablo a partir de ese momento, por pura Gracia.

Pablo tuvo que haber experimentado con Jesús una experiencia divina y maravillosa, la cual produjo en él como fruto tres milagrosas transformaciones:

  1. que él naciera de nuevo en el espíritu, es decir, como un nuevo ser humano radicalmente opuesto al anterior, pero con el mismo cuerpo de antes.
  2. que Pablo se convirtiera en el más grande intérprete y predicador del Evangelio de toda la historia del cristianismo.
  3. que haya sido el privilegiado receptor del perdón y la Gracia de Dios, después de haber cometido ese gran pecado de combatir al Señor Jesucristo y de perseguir y castigar los cristianos, lo cual generó en Pablo un manantial de agradecimiento, regocijo y paz interior hasta el fin de su vida.

Pablo como hombre de profunda fe y poseedor de una mente privilegiada, estaba más que convencido de que la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos, era lo más grandioso que oídos humanos habían escuchado en la larga historia del pueblo de Israel, y por supuesto, su alma sedienta de Dios, hizo suya esa promesa inmediatemente.

Después que Cristo resucitó, se le apareció a los doce discípulos en primer lugar, y de último se le apareció a Pablo, tal como lo describe el mismo en su primera carta a los Corintios:

Y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mi. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. 1. Corintios 15, 8-10

¡Y de qué manera Pablo creyó y se aferró a la promesa de vida eterna durante su vida llena de peligros de muerte, penas, dificultades, desafíos, viajes, agotamiento, hambre, etc; mientras cumplía fielmente con esa titánica misión que Cristo Jesús le otorgó, de predicar el Evangelio a los pueblos paganos en casi todos los países del mundo antiguo!

En sus cartas que escribió a las diferentes comunidades y pueblos que visitó, Pablo explicó muy bien infinidad de temas importantes de la fe cristiana, y lo hizo de una forma sencilla y clara, para que el pueblo pobre y sencillo pudiera comprender lo que predicaba.

Muy buen ejemplo de un mensaje claro y simple de Pablo, es el versículo que escogí como título de esta reflexión: Si solamente en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres.

Esta afirmación me da la impresión, de que el apostol Pablo la ha escrito de manera especial para nuestra generación de los que hemos nacido entre la década de 1940 y 1990, es decir, en la época de mayor prosperidad, bienestar económico, desarrollo tecnológico y oferta de comodidades que ha tenido la humanidad en su historia.

Parafraseando el versículo de Pablo, me atrevo a decir: Si solamente en esta vida terrenal esperamos en Cristo y contamos con él, para lograr vivir bien con todas las comodidades y lujos que nos podamos comprar, y no esperamos en Cristo para que nos ayude a fortalezer nuestra esperanza de vida eterna, somos los más miserables de los hombres y de las mujeres.

Para ilustrar de qué manera el bienestar económico y la gigantesca oferta de comodidades y servicios influyen sobre la sociedad, al mejorar la calidad vida en el aspecto material; y cómo afectan a la fe religiosa estas nuevas condiciones de vida, les escribo a continuación un comentario del filósofo y Teólogo danés Sören Kierkegaard, que hizo sobre la debilitada fe religiosa en la alta sociedad danesa de su época, hace 200 años:

La vida eterna después de la muerte se ha convertido en un chiste, no solo se ha convertido en una necesidad incierta, sino que tampoco nadie espera más en eso. Va tan lejos, que hasta nos hace gracia pensar que hubo un tiempo en que la promesa de vida eterna era capaz de cambiar la vida de una persona.

Vivir es esperar esperando para pasar a mejor vida

para que por dos cosas inmutables, en las cuales, es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo, los que nos hemos refugiado asiéndonos (agarrándonos) de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como ancla del alma, segura y firme, y que penetra hasta dentro del velo; Hebreos 6, 18-19

Sin duda alguna, la vida humana consiste en vivir esperando algo o a alguien, que ha de suceder o de venir en el futuro próximo. Siempre esperamos con la firme esperanza, de que lo que anhelamos va a suceder, y esperar permanentemente, nos enseña a tener paciencia. En consecuencia, se puede afirmar que todos vivimos esperando algo.

Nuestra condición natural de que somos seres totalmente dependientes de la naturaleza y de las personas que nos rodean para vivir, determina la necesidad de tener que esperar. Por eso, cuando leí por primera vez la expresión “vivir es esperar esperando” de la frase del Teólogo brasileño Leonardo Boff, me gustó tanto, que la puse como título de esta reflexión.

Siempre deseamos lo mejor, anhelamos cosas y experiencias buenas para nuestra vida y la de nuestros seres queridos. Y a pesar de que también nos suceden experiencias desagradables, dificultades, accidentes, enfermedades, decepciones, tragedias, etc; no nos desanimamos y recuperamos de nuevo la esperanza y continuamos esperando lo mejor. Existe un término que describe ese estado de ánimo de actidud positiva ante la vida, pero que casi nunca se utiliza: longánimo, que significa de ánimo constante.

En la sociedad moderna mayormente egoísta, se ha establecido como meta deseable ser lo más independiente posible de los demás. En las grandes ciudades de cientos de miles de habitantes, mucha gente vive sola, aislada y sin contacto personal con los vecinos, debido a que desean ser lo que ellos llaman “autosuficientes”, personas rebeldes que están cansadas de esperar y de depender de otros.

Debido a que en la vida tener que esperar es invitable, estamos muy acostumbrados desde nuestra niñez, a esperar las cosas y los acontecimientos deseados por nosotros, que pueden suceder de manera inmediata o retardada.

La muerte es el acontecimiento natural de la vida, que por ser inevitable todos les seres humanos debemos aprender a aceptar como realidad implacable en el futuro. Gracias a la obra de sacrificio y redención realizada por nuestro Señor Jesucristo en la Cruz y a la inconmensurable Misericordia de Dios, tenemos los creyentes cristianos el privilegio de creer en su promesa de vida eterna y de esperar con fe y regocijo por su cumplimiento en el futuro, cuando Dios decida el momento de nuestra partida de este mundo.

No se trata de estar esperando la muerte, claro que no, sino de estar esperando con fe firme la vida eterna en el Reino de los Cielos, por la que Cristo el Hijo de Dios, se hizo hombre para anunciar y predicar como La Buena Nueva o Evangelio a la humanidad.

La promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos es el supremo bien o premio que Dios le ha prometido a todo aquel hombre o aquella mujer que crea en espíritu y en verdad en Cristo Jesús. Por lo tanto, cristiano al hacer tuya esa promesa, ese acto de fe se convertirá después en la esperanza puesta delante de ti, de la que te puedes agarrar, la cual tendrás como ancla segura y firme de tu alma, así como lo afirma el apostol Pablo en los versículos de arriba.

El símbolo del ancla de la esperanza, que menciona San Pablo en su Carta a los hebreos, fue utilizado por los cristianos de la iglesia primitiva en las tumbas hace miles de años. En la imagen a continuación se nota la figura de una cruz combinada con un ancla y con la letras griegas Alfa y Omega, que representan a Jesucristo, según el libro del Apocalipsis de San Juan en donde está escrito: “Yo soy el Alfa y el Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso”.

Inscripción lapidaria en una tumba antigua

Según Tomás de Aquino, la esperanza cristiana es la virtud que otorga al hombre la confianza absoluta de que alcanzará la vida eterna y los medios para llegar a ella con la ayuda de Dios.

La vida eterna es la vida en abundancia de la que habla Jesús en el Evangelio de San Juan 10, 10: El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.

Sin duda alguna, el Señor Jesucristo nos promete una vida mucho mejor de la que nos podríamos imaginar, un concepto que nos recuerda lo dicho por San Pablo en 1. Corintios 2: 9: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman.”

La expresión “pasar a mejor vida” es una linda metáfora para referirse a la vida eterna, que nos espera a los creyentes cristianos después de la muerte. Amén!

¿Has pensado en lo inmensos que son el amor, la misericordia y la justicia de Dios, otorgados a cada uno de nosotros?

Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo. Efesios 2, 4-5

Con esta reflexión deseo animarte a que dirijas tus pensamientos a Dios, y medites unos momentos sobre el sentido que esta dura vida terrenal tiene para tí, pero sobre todo, para que mantengas siempre presente en tu memoria: el amor, la misericordia y la justicia de Dios hacia la humanidad. 

Cada vez que vemos en los periódicos o en los noticieros las imágenes que nos muestran la magnitud y la continuidad del sufrimiento humano en el mundo, todos nos preguntamos una y otra vez, ¿por qué Dios permite que sucedan tantas guerras, catástrofes naturales, enfermedades, crímenes, hambrunas, violaciones, abusos, injusticias, etc.?

Sobre el sufrimiento humano se puede afirmar que es un factor que nos acompaña día y noche, puesto que nos puede afectar tanto en el cuerpo como en el alma y que forma parte integrante de la vida. Por eso se dice, que en la vida se vive y se sufre.  
La gente lleva haciéndose esa pregunta desde hace miles de años, y si el ser humano lleva tanto tiempo haciéndose la misma pregunta, eso es una prueba evidente de que no puede evitarlo.

Desde la venida del Señor Jesucristo a este mundo hace más de 2000 años, los cristianos sabemos, que todos los seres humanos venimos a habitar esta tierra durante un determinado tiempo como transeúntes que están de paso, y después al morir, dejamos este mundo para vivir eternamente. Esta realidad la anunció Jesús a la humanidad de forma clara y directa, por medio de su promesa de Vida Eterna en el Reino de los Cielos.
Yo me pregunto: ¿Puede nuestra corta existencia en este mundo de muerte, sufrimiento, fatiga e injusticia, llamarse vida realmente?
Según el diccionario, la palabra vida es definida desde el punto de vista biológico como: el tiempo de duración de la existencia de un ser vivo (humano, animal o vegetal) desde su nacimiento hasta su muerte.
Esto significa, que tanto un ser humano como una lombriz, tienen una vida durante su existencia.

Ahora bien, lo que más nos diferencia a los humanos de los animales es el espíritu o alma inmortal, que Dios nos insufló y que constituye precísamente la esencia de origen DIVINO de nuestra existencia como seres humanos. Nosotros somos capaces percibir algunas manifestaciones del alma espiritual que llevamos dentro del cuerpo, y lo más importante es, que el alma constituye la semilla de eternidad, que Dios nos ha concedido únicamente a los humanos como privilegio. En consecuencia, los animales, los vegetales y demás seres vivos tienen una sola vida, y nosotros después de morir, esa misma muerte que tanto tememos, será la puerta de entrada a la vida eterna, esa vida nueva y abundante que Jesús nos ha prometido.

Dios conoce muy bien, y seguramente hasta mejor que nosotros, las duras circunstancias y condiciones de la vida humana en este mundo, es por eso, que llegado el momento histórico justo en la antigüedad, envió al mundo a su Hijo Jesucristo, para el anuncio de la Buena Nueva de la vida eterna.
Cuando Jesús les habló a sus discípulos y seguidores, siempre se refirió al tiempo futuro en sus enseñazas y en sus parábolas, es decir, a la vida eterna y al Reino de los Cielos.

Así como lo escribió y afirmó el apostol Pablo a los efesios, “Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo”, somos nosotros como creyentes cristianos, a los que nos corresponde hoy en día pensar en la misericordia y el amor de Dios, precísamente cuando nos asalten de nuevo las preguntas: ¿Por qué existe el mal y el sufrimiento en este mundo?, o ¿porqué es dura y transitoria esta vida?. Dudas que los seres humanos no podremos jamás responder, y que por lo tanto, tendremos que aceptar sometiéndonos con humildad a la soberana voluntad divina.

Esas preguntas tan importantes sobre nuestra existencia deberían de conducirnos a recordar, que efectivamente Dios en su eterna bondad nos ha prometido la vida eterna, como grandiosa recompensa y compensación para la maldad y el sufrimiento de este mundo.

No existe una fuente de esperanza y de consuelo más poderosa para un ser humano, que la promesa de Vida Eterna en el Reino de los Cielos hecha por nuestro Señor Jesucristo, concedida por amor y de pura Gracia por Dios Padre, para toda aquella persona que crea en Jesús como su redentor y salvador.

Apreciado lector, de modo que nos toca a tí y a mi creer con fervor en el amor, la misericordia y justicia de Dios, para aceptar su gran verdad sobre la existencia del Reino de los Cielos y del espíritu inmortal humano, el cual está destinado a vivir eternamente una vida nueva y abundante.

Recuerda cristiano, la vida abundante y eterna no está en tu cuerpo, sino en tu espíritu o alma inmortal.

El espíritu es el que da vida; la carne nada aprovecha: las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida. Juan 6, 63

Para ser capaz de comprender bien y de captar el verdadero significado del mensaje del Nuevo Testamento en la Biblia, es necesario tener en mente nuestro espíritu o alma inmortal, que habita en nuestro cuerpo y que nos da la vida que es manifestada por el cuerpo, y del cual, el alma se sirve como instrumento para obrar. En la Biblia, el Señor Jesucristo se dirige directamente a nuestra alma inmortal y no a nuestro cuerpo mortal y transitorio. Por eso Jesús en sus enseñanzas, siempre se refería a lo eterno y a la eternidad:

  • Anunció la Buena Nueva del Reino de los Cielos, es decir, la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos!
  • Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos
  • Venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.
  • No amontoneis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbe que corroen. Amontonad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbe que corroan. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.
  • Pues ya sabe vuestro Padre Celestial que teneis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.
  • Pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.

Por ejemplo, en esta última enseñanza, Jesús al decirle a la mujer samaritana que no tendrá sed jamás si bebe del agua que él le dará, es evidente y lógico que no se refiere al cuerpo de la mujer, sino a su alma espiritual. Por esa razón, al leer el Evangelio es indispensable que nos identifiquemos más con nuestra alma inmortal, que con nuestro cuerpo. Recuerda, Jesús le habla a nuestra alma viva, que es lo que somos en realidad, porque nuestro cuerpo de carne es solamente el recipiente o el cascarón en el cual habita el alma.

El cuerpo frágil, delicado, enfermizo y mortal, es precísamente lo que no nos permite tener vida en abundancia en este mundo, porque apenas una insignificante circunstancia del ambiente natural en que vivimos nos puede afectar, enfermar o entristecer, como por ejemplo: calor, frío, zancudos, virus, lluvia, ruido, ofensas, fracasos, traiciones, engaños, desamores, etc. En consecuencia, es sencillamente imposible que un ser humano pueda tener abundancia de vida en este mundo terrenal.  
Por eso la frase que dijo Jesucristo “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10, 10); se refiere igualmente a la vida eterna en el cielo y NO a poseer abundancia de dinero, propiedades y lujos, como algunos cristianos se lo imaginan de manera muy equivocada.  
Todas las Bienaventuranzas que anunció Jesús en el sermón del monte, están referidas a la vida eterna en el Reino de los Cielos, después de la muerte invitable del cuerpo. La palabra Bienaventurado significa en realidad: aquel que goza de Dios en el Cielo.

Cuando leas o escuches la Palabra de Dios, piensa en tu alma que llevas dentro de tí, imagina el ser espiritual que eres y que vive en ese cuerpo tuyo, esa alma con la que te diriges a Dios y le hablas en secreto durante tus oraciones.

San Agustín de Hipona movido por su gran fe y esperanza, afirmaba: “Por mi alma misma subiré a Dios.”

Desde el punto de vista de la religión y de la fe, nuestra dimensión espiritual o el alma, es la que adquiere la preferencia y se antepone al cuerpo, porque fue creada por Dios a su imagen y semejanza, para vivir eternamente, mientras que el cuerpo de carne y huesos fue creado para vivir un tiempo determinado y finalmente morir.

El Reino de Dios en los Cielos lo podríamos imaginar como un glorioso y espléndido amanecer eterno.

Ya no tendrán hambre ni sed, ni el sol los abatirá, ni calor alguno, pues el Cordero en medio del trono los pastoreará y los guiará a manantiales de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.
Apocalipsis 7, 16-17

En la vida cuando estamos pasando penas y dificultades, siempre esperamos que las aflicciones y los problemas que nos aquejan terminarán algún día y que entonces habrá un nuevo comienzo. Asi como lo hemos experimentado en esas desagradables ocasiones, cuando por algún problema serio o una enfermedad que nos agobia, no podemos dormir en la noche y anhelamos con ansia el nuevo amanecer.

Los niños por su natural carácter poseen una gran fe, la cual los capacita de una manera extraordinaria a confiar y esperar siempre lo mejor en el futuro. Ellos están contínuamente llenos de confianza y esperanza en lo que concierne a su porvenir personal, porque saben que cada día trae un nuevo amanecer y con él vienen nuevas experiencias y oportunidades. Dios les ha concedido a los niños esa profunda fe como un exclusivo don y privilegio.

Por cierto, yo no he tenido la lamentable experiencia de conocer a un niño de una familia creyente con una enfermedad mortal, y sin embargo, me puedo imaginar que si sus padres le enseñan a su hijo sobre la promesa del Señor Jesucristo de vida eterna en el Reino de los Cielos, ese niño enfermo antes de morir creerá la promesa y la esperará confiado, porque sus padres así se lo han testificado.

A diferencia de los niños, los adultos poseemos más conciencia y muchos más conocimientos que los niños, pero menos fe y menos esperanza que ellos. Debido a que Dios, le ha otorgado al ser humano adulto la plena libertad de poder elegir entre creer o no creer en Él y en la vida eterna.

Entre la infinidad de realidades que conocemos de la vida se encuentra la de nuestra muerte inevitable y la agonía que la precede y acompaña. Es por eso que nuestro gran dilema existencial ante la muerte será entonces: creer en Dios o no creer.
A la agonía se le puede comparar con una larga y oscura noche que le trae a nuestra existencia tinieblas, frío, soledad y cansancio.
El amanecer, por el contrario, le trae y obsequia luz, calor, vida abundante y energía vital a nuestra vida.

No deberíamos fijarnos tanto en los problemas y miserias del momento presente, sino más bien procurar recordar las misericordias recibidas del Señor en el pasado y dirigir nuestra mirada hacia el futuro, para poder vislumbrar las glorias que están reservadas para nosotros en la vida eterna más allá de los cielos.

Cuando te encuentres en el atardecer de tu vida en la vejez y se vaya aproximando la última y larga noche de la muerte, te ruego que esperes lleno de fe y esperanza el deslumbrante amanecer eterno de la vida nueva y abundante, que nos prometió Cristo Jesús.

Yo soy la puerta; si alguno entra por mí, será salvo; y entrará y saldrá y hallará pasto. El ladrón sólo viene para robar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.
Juan 10, 9-10

Esta agobiante vida terrenal es el corto puente que tenemos que cruzar, para alcanzar la vida eterna.

Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocíjense!
Filipenses 4. 4

El Señor Jesucristo es la más poderosa razón y también la más efectiva fuente de regocijo del creyente cristiano, por ser el Hijo de Dios y por habernos abierto las puertas del Reino de los Cielos con su Obra Redentora en la Cruz.
Esa portentosa experiencia íntima de regocijo la vivió y la sintió San Pablo innumerables veces en carne propia, y precísamente por haber experimentado ese regocijo una y otra vez, es que Pablo exhorta y aconseja a la comunidad cristiana de la ciudad de Filipo a regocijarse siempre en el Señor.

Pablo predicó sobre el Evangelio y sobre Cristo Jesús, movido siempre por experiencia propia. Recordemos que Pablo, antes de su encuentro con Jesús resucitado en el camino a Damasco y su posterior conversión milagrosa, se llamaba Saulo y era un maestro judío del grupo de los Fariseos, quién persiguió a los primeros cristianos, años después de que Jesús fue crucificado.
Imagínense la radical transformación de su vida interior espiritual que experimentó Pablo, quién pasó de haber sido un enérgico perseguidor de cristianos a ser el gran predicador y defensor del Cristianismo. Ese cambio en Pablo lo realizó Jesús en ese encuentro personal que tuvieron. Allí Pablo nació de nuevo en el espíritu, es decir, tenía el mismo cuerpo y se veía como antes, pero después su conciencia y su manera de pensar fueron totalmente otras.

A partir del momento en que inicia Pablo su nueva tarea de predicar el Evangelio y de convertir a los pueblos paganos al cristianismo, su vida pública y su relación con las comunidades de judíos cambió para bastante peor, pues aquellos judíos fariseos que lo habían conocido, lo andaban buscando ahora para matarlo por traicionar a su raza y a la ley judía. En varias oportunidades intentaron asesinarlo pero él logró escapar, su vida estuvo en peligro siempre pues habían comunidades judías en todos los países de la región. Estuvo preso varias veces y hasta sobrevivió un naufragio en uno de sus viajes navegando en el mar Mediterráneo.

En todas las grandes penas, prisiones, dificultades, peligros de muerte, persecuciones, enemistades, aborrecimientos, etc, por las que San Pablo tuvo que pasar y sufrir hasta el momento de su muerte por decapitación en Roma, Pablo siempre se regocijó en el Señor Jesucristo, al traer a su mente el amor, la misericordia, el perdón y la salvación de su alma que el Señor Jesucristo le concedió de pura Gracia en su encuentro personal años antes, a pesar de haber pecado enormemente al perseguir Pablo indirectamente al mismo Jesús, cuando perseguía a los creyentes cristianos.

Yo creo y estoy convencido, de que San Pablo no solamente desempeñó su admirable misión de predicar el Evangelio y de viajar por tantos países creando las primeras comunidades cristianas, por la acción del Espíritu Santo en su vida, sino también por el gran gozo y la gratitud que sentía, por haber sido rescatado, perdonado y salvado por el Señor.

Sigamos entonces, el magnífico consejo de Pablo de regocijarnos en el Señor siempre, pero de manera en especial cuando estemos atravesando pruebas, enfermedades, conflictos, privaciones, fracasos, rechazos, humillaciones, etc.

Alegrarnos en el Señor siempre, nos dará ánimo, fuerza y esperanza para soportar y padecer con paciencia esta agobiante vida terrenal, siempre y cuando pongamos nuestra fe y nuestra mirada en nuestro Salvador Jesucristo y en el prometido Reino de los Cielos.

Los seres humanos llevamos en nuestro corazón el anhelo de vida eterna y de inmortalidad.

y que ahora (la Gracia de Dios) ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio, 2. Timoteo 1,10

El anhelo de inmortalidad es una característica innata del ser humano. Toda persona desea en el fondo de su corazón, que su vida dure para siempre. Una vez nacido, cada individuo aspira a no tener que morir algún día, y ese anhelo se mantiene firme, incluso despúes de percatarse y de saber con certeza, que su muerte física es inevitable.

En las antiguas civilizaciones que lograron tallar y esculpir piedras, ese anhelo fue manifestado claramente por medio de las innumerables estatuas de personas prominentes como reyes, emperadores, guerreros y divinidades; esculpidas con el propósito de tratar de inmortalizar a esos individuos en la memoria de futuras generaciones y de dejar un testimonio de su aspecto corporal.
En todos esos pueblos originarios y sus cultos o religiones paganas existió la creencia primititva de una vida después de la muerte, pero la vida en el más allá era algo que apenas algunos sacerdotes y sacerdotizas se lo imaginaban, sin embargo, las poblaciones de esas naciones en el aspecto religioso-espiritual vivían en tinieblas y sin esperanza. Para ellos, la muerte sencillamente acababa con todo.

Varios siglos antes de que Jesús viniera la mundo, Isaías profeta del pueblo judío, hizo la profecía sobre el nacimiento del Señor Jesucristo, la cual inicia con el siguiente versículo:
El pueblo que andaba en tinieblas ha visto gran luz; a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz ha resplandecido sobre ellos. Isaías 9, 2

Isaías en el texto de esa profecía, utiliza muchas alegorías o símbolos como « andar en tinieblas » que significa andar a tientas sin poder ver bien el camino por la oscuridad. Es un modo de describir la vida de mucha gente, que viven de día en día sin futuro, sin metas que alcanzar, sin Dios y sin moral y quienes terminan extraviándose en una mala vida.

La venida de Jesús o el Cristo al mundo, trayendo como Hijo de Dios la buena Nueva sobre la vida eterna a aquella humanidad que vivía en tinieblas, ese mensaje de inmortalidad del alma humana y de esperanza eterna fue de tan grande importancia para esos pueblos paganos, que grandes multitudes recibieron y aceptaron el evangelio de Jesús con enorme gratitud, consuelo y alivio, lo cual cambió su vida radicalmente, porque les trajo luz y esperanza a sus vidas. Esos fueron los primeros creyentes cristianos.

Jesús les habló otra vez, diciendo: « Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. » Juan 8, 12

La Buena Nueva de Jesucristo sobre el perdón de los pecados y sobre la esperanza de vida eterna en el Reino de los Cielos, continúa hoy en día iluminando vidas y generando esperanza de vida eterna con el mismo poder de transformación y de renovación, por obra del Espíritu Santo.

Estimado lector, si te sientes vacío interiormente, si no le encuentras sentido a la vida y si sientes que andas en tinieblas, te ruego que acudas directamente en oración a Jesucristo con fe, humildad y arrepentimiento, que Él te recibirá con misericordia y amor eterno en su seno.

Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos los más dignos de lástima de todos los hombres.

La afirmación que hace de título en esta reflexión, la escribió San Pablo en su primera carta a los Corintios (1 Corintios 15, 19), con el propósito de aclararle a los miembros de las nuevas comunidades cristianas de la ciudad de Corintio, que la gran esperanza de vida eterna en Cristo Jesús, fundamentada en su insuperable promesa de la Buena Nueva que es anunciada a la humanidad por el Nuevo Testamento, no es para esta vida terrenal sino para la nueva vida en el Reino de los cielos, que viviremos después de la muerte corporal.

Con profunda fe, perseverancia y humildad podemos esperar del Señor Jesucristo en esta vida, sus innumerables favores y dones espirituales entre los que se encuentran: el perdón de nuestros pecados, la Gracia, el inagotable amor y la Misericordia, la compañía, el consuelo, la guía, protección y ayuda espiritual del Espíritu Santo, la Providencia o cuidado divino y mucho más.
Dios está acompañándonos y actuando sobre la humanidad todos los días por medio del Espíritu Santo, para atrernos hacia Él a través de cuerdas de amor y misericordia.

En su célebre discurso de las Bienaventuranzas, dijo Jesús al final (Mateo 5, 11-12): « Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros. »
Jesús siempre habló y predicó sobre la vida eterna en el Reino de los Cielos, porque ese es el verdadero Reino de Dios, el cual ha sido creado y reservado para reinar Él junto a su Hijo Jesucristo, el Espíritu Santo, los ángeles y todo su pueblo de almas elegidas. Nuestra recompensa como creyentes y seguidores de Jesús será en el Reino de los Cielos, y será grande.

Antes de ser crucificado y estando frente a Poncio Pilato en su Palacio, cuando éste le preguntó, si él era el rey de los judíos, Jesús le contestó:
« Mi reino no es de este mundo. Mi reino no es de aquí. »
Como nos dicen las Sagradas Escrituras: Jesús nació de la Virgen María en Belén, fue criado junto con sus hermanos por ella y por su marido José; creció y trabajó en la carpintería de su padre, para después dedicarse a su misión divina de anunciar el evangelio y predicar sus enseñazas. Al final de su vida, murió crucificado en un madero por el perdón y la salvación de los pecadores, para después subir al cielo, y desde entonces está reinando junto a Dios Padre en su Reino eterno.

Dios en su soberanía, ha creado este mundo natural así y con estas condiciones de vida. Pero lo más importante y más maravilloso para los creyentes, es que Dios también ha creado su propio Reino espiritual eterno en la inmensidad infinita del Universo, el cual su Hijo Jesucristo reveló y anunció a toda la humanidad, cuando vino a este mundo hace 2000 años:
el Reino de los Cielos.

Jesús al encarnarse y hacerse hombre, también tuvo necesariamente que vivir la vida natural en este mundo, igual que cada uno de nosotros.
Esta vida dura, sufrida, injusta y temporal es comparada en la Biblia con un exilio o un destierro transitorio, por el que nuestra alma inmortal debe pasar, antes de regresar a Dios, nuestro padre Celestial, para vivir eternamente en ese Reino de los Cielos.
«Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna, y yo mismo lo resucitaré en el día final.»
Juan 6, 40
Las personas que han sido desterradas y se han ido a vivir lejos de su propio país o lugar de origen, siempre extrañan su tierra y anhelan profundamente regresar allá algún día, a su entrañable hogar paternal.
Así mismo, el alma humana creada a imagen y semejanza de Dios, anhela las moradas prometidas por el Señor Jesucristo, tal como está expresado en el salmo 83:
« Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo.»

Cristiano, a pesar de todo lo que has tenido que soportar en esta vida, te ruego que confíes siempre y continúes esperando en Cristo Jesús, para que puedas recibir tú tambien la herencia prometida de vida eterna en el Reino de los Cielos.
« El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él . » Romanos 8, 16-17

La verdadera felicidad en esta vida mortal es imposible, la vida será feliz cuando sea eterna.

« El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. » Juan 10, 10

En la conocida parábola del redil, Jesucristo concluye su alegoría al Buen Pastor con esa estupenda frase: « yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.»
¿Cómo se podría imaginar uno, la vida abundante que nos ofrece Jesús?
En mi caso personal, la imagino primero, como una vida espiritual inagotable que no termina nunca, y segundo, con una existencia verdaderamente feliz y un gozo indescriptible. Una vida en estas condiciones, solamente puede ser la vida eterna en el Reino de los Cielos, que Jesús nos promete.

Es bien sabido, que nuestra vida en este mundo es temporal, y que además, no es siempre feliz sino apenas en algunos períodos y momentos contados. En esta vida terrenal no sólo existen los problemas, dificultades y adversidades que causan en nosotros diferentes grados de malestar y sufrimiento, sino que aún en esas ocasiones en que estamos felices, satisfechos y contentos porque tenemos buena salud, prosperidad, a nuestros seres queridos cerca, paz y tranquilidad; y que son precísamente cuando nos deseamos que nuestra vida en esas circunstancias sea interminable, surge entonces de repente, el pensamiento sobre la certeza de que algún día vamos a morir, y ese hecho inevitable y temible estropea nuestra felicidad.
Es por estas razones, que San Agustín en su obra la ciudad de Dios hace esa afirmación que hace de título de esta reflexión, la cual al leerla me impresionó por la inspiración y sabiduría que contiene.

Cuando los seres humanos viven bajo circunstancias adversas y atraviezan numerosas aflicciones, es normal y necesario que dirijan su mirada hacia el porvenir y pongan su esperanza en un futuro mejor, en una vida mejor.
Jesucristo con su divina revelación de la existencia de la vida eterna en el Reino de Dios, le ha manifestado a la Humanidad que ese futuro mejor es una realidad espiritual, que estuvo oculta.
Desde la venida de Jesús al mundo, los creyentes cristianos pudiendo visualizar por medio de la fe la vida eterna, han puesto su firme esperanza en esa vida mejor, en la que tendrán vida en abundancia.

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna.» Juan 3, 16

¿Estás decepcionado de la vida y te sientes como un extraño en este mundo lleno de sufrimientos, falsedades e injusticias?

Así pues, siempre llenos de ánimo, sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, vivimos lejos del Señor, pues caminamos por la fe y no por la visión. Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. 2. Corintios 5, 6-8

No te preocupes, que eso mismo nos pasa todos en algún momento de nuestra existencia, puesto que es una reacción natural y justificada de todo ser humano ante esta dura vida terrenal.
Absolutamente nadie que sea sincero consigo mismo y que haya nacido en este mundo, puede negar que la vida humana está colmada de adversidades, preocupaciones, penas, mentiras, cansancio, miseria, sufrimientos, conflictos, luchas, etc; y que además, se vive bajo la permanente inseguridad y el temor que causa esa horrible amenaza y plaga de los seres humanos, que es la muerte inevitable.
La realidad de la vida terrenal fue, es y seguirá siendo siempre dura, injusta e implacable.

Dios el Creador del Universo, en su inconmensurable sabiduría y soberanía sobre todas las criaturas, hizo el mundo así como es, por razones que aún desconocemos totalmente. Ese es el gran misterio de la vida.
Sin embargo, Dios por su eterno amor y su gran misericordia hacia la humanidad, nos ha creado en realidad para vivir DOS vidas: la primera vida corporal: dura, corta y temporal en este mundo cruel y finito; y la segunda vida espiritual: gozosa, abundante y eterna en el Reino de los Cielos. Esta ha sido la Buena Nueva y la grandiosa promesa que el Señor Jesucristo le trajo a todos los hombres y las mujeres hace ya más de 2000 años.

Después de la propagación en el mundo de las iglesias cristianas y de la promesa de una nueva vida después de la muerte, los nuevos creyentes cristianos demostraron claramente a los incrédulos, el enorme significado que esa promesa tenía para la vida antes de la muerte.

El resplandor de la promesa de vida eterna y de la resurreción de Jesús, hizo brillar la luz en el corazón del Apostol Pablo y lo llenó de esperanza en la otra vida con tal fuerza, que se dedicó como ningún otro apostol a predicar el Evangelio y a transmitir la Gloria de Dios a los gentiles. Por eso Pablo, apoyado en su fe y su esperanza en Jesús, afirma lo siguiente:
Porque sabemos que si esta tienda (el cuerpo), que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios; una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos. 2. Corintios 5, 1

Dios y su Reino en los Cielos son espirituales, y por esa razón solamente los podemos percibir por medio de la fe. Creer o no creer, de eso depende todo en la vida. Los seres humanos por poseer un espíritu o alma, somos los únicos seres vivos que podemos creer en Dios y establecer una relación directa y personal con Él.

Pablo, lo único que hizo de extraordinario, fue creer en Jesús como cree un niño pequeño en su madre, con toda su alma y con toda su mente, es decir, ciegamente.
La profunda fe generó inmediatemente en su corazón, el amor hacia Dios y la gran esperanza en la vida eterna, que hicieron de Pablo un hombre nuevo y un creyente cristiano exepcional y apasionado. El apostol al creer que Jesús le había perdonado sus graves pecados contra Dios, por haber sido perseguidor de cristianos, dejó de temer la muerte inevitable y el castigo eterno de su alma en el infierno, quedando así liberado de esas pesadas cadenas de angustia y remordimiento, las cuales lo agobiaron durante su vida como fariseo de la Ley judía, antes de su conversión al Cristianismo.

La fe en Dios y en la grandiosa Obra redentora de las almas y de perdón de los pecados hecha por Jesucristo en el Calvario, es la maravillosa fuente de la esperanza cristiana. Esa esperanza suprema es capaz de llenar nuestros corazones de tanto consuelo y alegría, que con regocijo y gusto olvidamos todas nuestras penas y dolores que hemos tenido que padecer en esta pobre vida terrenal, y nos llena también de buen ánimo y fuerzas para soportar y seguir adelante, hasta el momento en que Dios Padre nos llame a su Trono celestial.

La esperanza cristiana de vida eterna ha sido creída y esperada con fe y alegría por infinidad de cristianos desde hace más de 2000 años, tal como lo hizo San Pablo en su oportunidad y lo han hecho miles de millones de cristianos en todo el mundo hasta el día de hoy, a pesar de haber sufrido persecuciones, exclavitud, deportaciones, ejecuciones públicas y muerte en las hogueras de la Inquisición.

Desafortunadamente, los que no han querido creer el Evangelio de Jesús y no abrigan esa esperanza en su alma, son aquellas personas que tratan de disfrutar al máximo esta vida terrenal siguiendo el lema: comamos y bebamos que mañana moriremos. Esos son los individuos aferrados a este mundo material quienes viven fingiendo una vida pública feliz de diversiones y placeres, mientras en sus corazones padecen en silencio por el temor a la muerte, las preocupaciones, la impaciencia, las enfermedades, el cansancio y el descontento, padecimientos estos que les hace su vida interior aún más tormentosa, pesada y absurda.

Refiriéndose ese tipo de individuos, San pablo dijo lo siguiente:
Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más dignos de compasión de todos los hombres! 1. Corintios 15, 19