La fe en Dios alumbra nuestro camino y la esperanza de vida eterna nos da fuerzas y nos sostiene cuando estamos fatigados.

De tus preceptos recibo entendimiento, por tanto aborrezco todo camino de mentira. Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino.
Salmo 119, 104-105

Si un hijo o nieto nos preguntara: ¿qué hacen de diferente la fe en Dios y la esperanza cristiana en la vida de un creyente y qué beneficios concretos le traen? Yo se lo explicaría de forma gráfica con estas frases que hacen de título, pues son muy ciertas y fáciles de comprender.

En los tiempos bíblicos del pueblo de Israel, la vida terrenal fue comparada con el andar o peregrinar por un camino.
En este mundo existen infinidad de rumbos, y cada quien en su vida toma su rumbo o camino, según sus decisiones personales y las situaciones que se le vayan presentando en el transcurso del tiempo.
Nadie conoce con anticipación su camino, ni mucho menos sabe lo que le va a suceder en el futuro. Como dijo el poeta español Antonio machado: «Se hace camino al andar».

Cuando uno está listo para andar y para «hacer» su propio camino, es indispensable en primer lugar, saber el destino final dónde deseamos llegar y en segundo, cómo lo vamos a lograr.

El camino de nuestra vida en este mundo terrenal es desconocido, y además el ámbito social donde nos desenvolvemos, es de muy dificil orientación porque todo se ve semejante. En esas condiciones de inexperiencia e incertidumbre con las que iniciamos nuestro camino al llegar a la edad adulta, lo más sensato e inteligente es buscarse la máxima ayuda y orientación posible, que podemos obtener.

Los creyentes cristianos en el camino de la vida, tenemos en Dios el supremo Guía, y en el Espíritu Santo el supremo acompañante, quienes saben mejor que nosotros, lo que más nos conviene, y además, conocen todo sobre nuestra vida incluyendo el futuro.

El Señor Jesucristo ha revelado y ha prometido a todos los que creen en Él, un destino supremo espiritual y una vida espiritual abundante para nuestra alma inmortal, que consiste en la vida eterna en el Reino de los Cielos, sobre la cual él predicó en sus enseñanzas y parábolas.
En sus predicaciones y enseñanzas, Jesús siempre tuvo presente su visión de la eternidad e hizo referencia a las metas eternas en el futuro, que deberíamos tener para nuestra alma inmortal despúes de morir, tal como están descritas en sus promesas a sus seguidores y discípulos.

Desde que Jesucristo vino a este mundo hace 2 mil años, los creyentes cristianos sabemos que los seres humanos tenemos dos vidas: la vida terrenal y la vida eterna.
– Una vida terrenal dura, corta y llena de luchas, problemas, fatigas, sufrimientos, angustias, enfermedades, vejez y muerte.
– Una vida eterna y abundante posterior a nuestra muerte, en el Reino de los Cielos junto al Señor Jesucristo.

El gran escritor italiano Dante Alighieri (1265 – 1321) en su famosa obra « la divina comedia » refiriéndose a esas dos vidas de los humanos, escribió el siguiente verso en forma de metáfora : « ¿No veis que somos gusanos de la especie humana, que han nacido para formar la mariposa angélica, que subirá hacia la justicia divina? »

El Señor Jesucristo siendo Hijo de Dios, con su divina sabiduría ya conocía muy bien la naturaleza humana con sus dos vidas, sin embargo, para cumplir con el Plan divino que Dios Padre había concebido para la humanidad, Jesús descendió al mundo y se hizo hombre, para perdonar nuestros pecados y revelar la Buena Nueva de la vida eterna y de la existencia del Reino de Dios.
Cristo Jesús, durante su vida terrenal nos dejó sus enseñazas escritas en el Evangelio:

Tomás le dijo: Señor, si no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí. Juan 14, 5-6

Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida; y pocos son los que lo hallan. Mateo 7, 14

Acudamos a nuestro Señor Jesucristo con plena confianza y seguridad, al emprender el camino en nuestra vida terrenal, para que al final de la primera seamos capacez de pasar a nuestra segunda vida, la cual será mejor, abundante y eterna.

« Me siento urgido por los dos lados: por una parte siento gran deseo de romper las amarras y estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor ». Carta de Pablo a los Filipenses 1, 23 

Confía en el SEÑOR con todo tu corazón y no te apoyes en tu propio entendimiento. Proverbios 3, 5

Con este excelente e instructivo proverbio de Salomón, deseo en esta reflexión tratar de definir lo que para mí es la verdadera fe en Dios, lo cual debería ser la suprema meta del proceso de crecimiento espiritual de cada creyente cristiano.
Por su parte, el rey David en su Salmo 118 añade el siguiente aspecto referente también a nuestra fe: que en primer lugar debemos poner toda nuestra confianza en el SEÑOR, y en segundo lugar, en las personas y con ellas nosotros incluidos.
Yahveh está por mí, entre los que me ayudan, y yo desafío a los que me odian. Es mejor refugiarse en el SEÑOR que confiar en hombre.

¿Porqué afirman Salomón y David que es mejor refugiarse y confiar en Dios?
Si partimos, de que Dios en su poder y soberanía como Creador, gobierna y permite todo lo que sucede en este mundo, sea bueno o malo según nuestro criterio; y si recordamos que Dios todo lo sabe y todo lo conoce sobre nuestras vidas tanto en el tiempo presente como en el futuro, es lógico y evidente que ellos, como héroes de la fe que fueron, tienen toda la razón.
Al inicio de nuestra vida religiosa, es muy normal que tengamos más fe en nosotros mismos y en las personas, que en Dios. En la medida que vamos leyendo las divinas enseñazas de la Biblia y viviendo nuestra fe en la vida diaria, la confianza en Dios irá creciendo.

Hay un ejemplo interesante en el desarrollo de la navegación por los mares y océanos, basado en la confianza de los capitanes de las embarcaciones para decidir y tomar una ruta segura al puerto de destino, que nos puede servir de comparación.
Las primeras navegaciones por los mares en la antigüedad se hicieron de día siguiendo o bordeando las costas y se guiaban por puntos visibles en tierrra firme. En esa época ningún marinero se atrevía a navegar a mar abierto, por el riesgo de extraviarse.
Hasta que los navegantes Fenicios al observar con atención el firmamento, notaron que entre las estrellas de la Osa menor, había una (la estrella Polar) que se mantenía en la misma posición. De allí en adelante, los capitanes fenicios empezaron a guiarse por las estrellas de noche y por el sol de día, y así pudieron alejarse de las costas y navegar por todo el mar Mediterráneo y por los grandes océanos.

En el Dios Eterno y Todopoderoso podemos confiar con toda nuestra mente y con todo nuestro corazón, para que guíe nuestra alma a través de todas las tempestades, mareas y escollos en el imprevisible y cambiante mar de nuestra existencia, hacia la anhelada vida eterna en el Reino de los Cielos.
Nuestro Dios Padre nos ama como hijos, nos conoce muy bien y sabe lo que más nos conviene para nuestra vida y para nuestra alma inmortal, porque es nuestro dador de vida y creador de las estrellas.

Si fuimos hecho dignos y estamos llamados por la Obra Redentora y de Salvación eterna del Señor Jesucristo, para poner toda nuestra fe y confianza en Dios, ¿por qué seguirse conformando con poner una poquita fe en nosotros mismos, en las personas y en las estrellas?

Conoce lo que la prodigiosa esperanza cristiana logra hacer en la vida del creyente

Y el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo. Romanos 15, 13

Deseo comenzar con la descripción de dos términos fundamentales para comprender bien esta reflexión, que son: la fe y la esperanza.
San Pablo hace la siguiente descripción de la fe: Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve. Hebreos 11, 1.
La esperanza se puede describir como el estado en que el alma por medio de la fe, espera confiadamente en que alguien cumpla un compromiso o que algo se haga realidad en el futuro.
Tener esperanza es creer hoy, que lo deseado se va a cumplir efectívamente en el futuro, tal y como uno lo anhela.

San Pablo aclara en su carta a los Romanos, que en vista de que la promesa de vida eterna hecha por Jesucristo se cumplirá en un tiempo futuro que no podemos ver ahora, al creer firmemente hoy en esa promesa, surge de ella la maravillosa esperanza que nos mantendrá esperando pacientemente  hasta que la promesa se cumpla: Porque en esperanza hemos sido salvos, pero la esperanza que se ve no es esperanza, pues, ¿por qué esperar lo que uno ve? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos. Romanos 8, 24-25

Después de creer con toda el alma y con toda la mente en Jesucristo y en su promesa de vida eterna, se dan diversos cambios imperceptibles en la vida interior espiritual del creyente:
1.- Reconocimiento de la existencia de nuestra propia alma
Cuando pensamos en nuestro ser, consideramos sólo el cuerpo, nos identificamos con él y todo lo que hacemos (salud, cuidados, belleza) gira a su alrrededor. Eso es lo natural, y es así en cualquier persona adulta que no cree en una vida espiritual después de la muerte.
Tan pronto como uno cree con profunda fe en la promesa de vida eterna, tomamos conciencia de nuestra propia alma inmortal. A partir de ese momento, el interés y el cariño hacia nuestra alma se van haciendo cada vez más intensos, hasta el punto en que nos identificamos más con el alma que con el cuerpo. Este sorprendente cambio se va dando por la lógica razón, de que el cuerpo algún día muere y el alma inmortal seguirá viviendo eternamente. El futuro del alma es ahora lo que más cuenta para nosotros, porque el futuro del cuerpo ya lo conocemos: al pasar los años envejece, se deteriora y muere.

2.- Una inmensa paz interior y un gran gozo llena nuestra alma
Al identificar nuestra propia existencia con el alma que no muere, el temor a la muerte corporal deja de causarnos esa desagradable angustia existencial, que nos causa la inevitable realidad de tener que morir. Al desaparecer la angustia y al recordar siempre que nuestra vida está en las manos de Dios Padre, una gran paz interior y un gozo indescriptible van creciendo en nuestra vida como creyentes. La esperanza de una vida nueva y eterna transforma completamente la vida del creyente llenándola de sentido, paz, amor y alegría en el Señor Jesucristo.

3.- La angustia por la certeza de la muerte desaparece de nuestra vida
Cualquier persona que crea en Jesucristo y en su promesa de vida eterna, con la enorme fe con que un niño pequeño confía en su madre, deja necesariamente de temer su muerte, porque sabe muy bien que es imposible que Dios Padre y Jesucristo le mientan, y en consecuencia, espera con paciencia el cumplimiento de la promesa cuando le llegue su momento de morir.
El ser humano no puede vivir sin albergar esperanzas en su corazón, tanto es así que alguien escribió: «el hombre es un animal que espera algo siempre», es decir, que es un ser esperanzado.
No existe una esperanza más grandiosa y más importante para un ser humano, que la esperanza de vida eterna después de la muerte.
El único remedio contra la angustia que nos genera el miedo a la muerte, es confiar en Dios y en su promesa de vida eterna con todo tu corazón y con toda tu mente.

Si cuando fuímos niños confiamos tanto en nuestros padres, como adultos igual podemos confiar en Dios, nuestro Padre celestial.

Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócele en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas. Proverbios 3, 5-6

La vida en este mundo para los seres humanos está repleta de incertidumbres, riesgos, dificultades, peligros, fracasos, sufrimientos, apariencias, falsedad, hipocresía, pleitos entre personas, contrariedades, desgracias imprevisibles, etc.
En resumen, la vida sigue siendo un misterio para todo individuo, en primer lugar, porque nadie es capáz de saber lo que le sucederá en el futuro, y en segundo lugar, porque tampoco es posible conocer con certeza las causas de lo que sucede en nuestras vidas, haya sido bueno o malo.
Existen innumerables factores y circunstancias que intervienen directamente en nuestras vidas que no podemos controlar. Ni siquiera todas nuestras acciones voluntarias las podemos dominar, puesto que a veces hacemos incluso lo contrario de lo que hubieramos deseado hacer.

Cuando fuimos niños pudimos contar con la vigilancia, la protección y los consejos de nuestros padres y abuelos, quienes nos educaron durante la etapa de la niñez y adolecencia. Los padres pueden guiar y aconsejar bien a sus hijos, por la experiencia que tienen sobre la vida, puesto que ya han vivido en carne propia duras y dolorosas pruebas.
En la etapa de adulto, el creyente cristiano tiene el privilegio de acudir a Dios en la búsqueda de la necesaria sabiduría y la guía para dirigir su vida, y así poder sentirse seguro y acostarse a dormir sin miedo, porque Dios Todopoderoso es su tranquilidad. Si nuestro padres estuvieron apenas en algo facultados por sus experiencias, para enseñarnos y guiarnos en nuestro camino como níños, imagínense el maravilloso privilegio de tener a Dios y al Espíritu Santo como nuestros consejeros y consoladores durante toda la vida, tanto en los tiempos de bienestar como en los tiempos de desgracias o enfermedades.

Ahora bien, lo más importante que un cristiano tiene que hacer, es creer en Jesucristo y confiar en Él con todo su corazón y con toda su mente, así exactamente como confiábamos en nuestros padres cuando fuímos niños pequeños. Los infantes confían total y plenamente en sus madres, y además, no dudan ni siquiera un instante de sus palabras y de las promesas que ellas les hacen. Los infantes confían en sus padres y sienten una dependencia total de ellos.
El momento en que logres confiar en Dios y depender de Él de esa misma manera, a partir de ese instante tendrás y sentirás una paz y una tranquilidad interiores indescriptibles, sólo comparables a como te sentías cuando al tener algún problema, acudías a tu mamá por consuelo y protección, mientras ella te amparaba entre su falda.

Abba, es decir Padre, así con esa preciosa palabra nos enseñó Jesús a dirigirnos a Dios Todopoderoso, y aún nos sigue invitando a considerarlo como nuestro Padre Celestial por siempre.
Acércate con fe y humildad a Jesús y ruégale, que te ayude a confiar más en Dios Padre.

El temor de Dios es el principio de la sabiduría, Proverbios 1, 7.

Cuando alguien está cansado de vivir y de sufrir, la muerte natural le llega como una bendición.

Entonces oí una voz del cielo que decía: «Escribe: ‘Bienaventurados los muertos que de aquí en adelante mueren en el Señor.’ «Sí,» dice el Espíritu, «para que descansen de sus trabajos, porque sus obras van con ellos.» Apocalipsis 14, 13

La mujer más longeva de la época actual ha sido la francesa Jeanne Calment, quién contaba con 122 años de edad, cuando murió el 4 de agosto de 1997. En la celebración de su 120. cumpleaños, al preguntarle un periodista ¿cuál era la causa de su larga vida?. Ella le contestó riéndose: creo que Dios se ha olvidado de mí.
La señora Calment respondió, quizás sin saberlo, con una respuesta muy correcta y precisa, puesto que Dios en su soberanía, es en realidad quién nos da la vida y nos la quita cuando lo considera conveniente, porque Él es el director del papel que cada uno de nosotros hacemos en la obra existencial de este mundo. En el libro Deuteronomio 32, 39 dice: Yo soy el único Dios; no hay otros dioses fuera de mí. Yo doy la vida, y la quito; yo causo la herida, y la curo. ¡No hay quien se libre de mi poder!

Para una persona creyente que parte de este mundo, el momento de su muerte puede muy bien ser una bendición y no una tragedia o una desgracia, como siempre suele ser para los que sobrevivimos al difunto y que seguimos viviendo aquí un poco más de tiempo. Pensemos por ejemplo: a) en las personas ancianas débiles y postradas que no le encuentran ya más sentido a su vida, b) en los enfermos crónicos que tanto sufren, c) en los individuos que por alguna frustración muy profunda en su vida están cansados de vivir y d) en los adictos a las drogas.

Por alguna muy buena razón está escrito en el Libro de Apocalipsis, cuya palabra quiere decir Revelaciones en griego, lo siguiente: Bienaventurados los muertos que de aquí en adelante mueren en el Señor. Morir en el Señor Jesucristo, significa haber vivido y haber muerto creyendo firmemente en Jesús como nuestro Redentor y en la esperanza de vida eterna en el Reino de los Cielos. Significa haberse arrepentido de sus pecados y haber encomendado su espíritu a Dios antes de morir, para luego dejar este mundo en paz consigo mismo y con Dios.
Según mi opinión, la frase que mejor describe lo que es morir en Jesús, la dijo Santa Teresa del Niño Jesús poco antes de morir: “Yo no muero, entro en la vida”.

Cuando comparamos las tradiciones y los rituales funerales cristianos de algunos países de Europa del norte con las de los países hispanoamericanos, destaca de forma impresionante el siguiente aspecto, el cual me llamó mucho la atención cuando lo presencié por primera vez en Suiza:
Inmediatamente después del entierro, se invita a los asistentes para una comida o un aperitivo fúnebre en la que se comparten los gratos momentos y anécdotas vividas con el difunto, y sobre todo, sirve para el reencuentro de familiares y parientes que no se han visto en mucho tiempo. Todo esto en un ambiente afectuoso de solidaridad  y compañerismo, lo cual refleja de una manera más apropiada la actitud de fe y de esperanza que los creyentes cristianos deberíamos de tener ante la muerte, como una experiencia natural y necesaria de la vida humana, que trae consigo para el que muere el inicio de una nueva y mejor vida eterna, lo cual es el mayor consuelo para todos los que lo conocieron y lo estimaban.

Por el contrario, el ritual fúnebre cristiano en nuestros países latinoamericanos, se celebra como si la muerte fuera algo totalmente antinatural e incongruente con la vida humana, como si la muerte fuera un terrible castigo de Dios tanto para el difunto como para los familiares, lo cual son creencias falsas y absurdas.
Debido a estas falsas creencias transmitidas por la iglesia católica durante mucho tiempo, es que nuestros funerales y velorios se realizan en un ambiente exageradamente triste y desconsolado, como si hubiera ocurrido una tragedia inesperada, incluso cuando fallece un anciano de 95 años por muerte natural.

El mismo Papa Benedicto XV hizo el siguiente comentario, reconociendo que la iglesia no supo transmitir el verdadero significado cristiano de la muerte:
« La catequesis no puede seguir siendo una enumeración de opiniones, sino que debe volver a ser una certeza sobre la fe cristiana con sus propios contenidos, que sobrepasan con mucho a la opinión reinante. Por el contrario, en tantas catequesis modernas la idea de vida eterna apenas se trasluce, la cuestión de la muerte apenas se toca, y la mayoría de las veces sólo para ver cómo retardar su llegada o para hacer menos penosas sus condiciones. »

El momento de la muerte es el más crucial en la vida de un ser humano, porque después de atravesarla, es que se inicia la tan anhelada vida eterna. Por eso es que un cristiano conciente de su fe y de su esperanza, no debería de ver en la muerte a un enemigo desconocido, anormal y monstruoso como se lo imaginan equivocadamente innumerables personas incrédulas en estos tiempos.

El cristianismo sin la esperanza de vida eterna sería un culto religioso manco y superficial.

« Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más dignos de compasión de todos los hombres. » 1 Corintios 15, 19

Les ruego que mediten unos segundos sobre esta afirmación que San Pablo le escribió a los Corintios en su carta, puesto que es uno de los mensajes más importantes del Evangelio, y el que mejor explica el firme fundamento espiritual y divino que posee el Nuevo Testamento de Jesucristo, el cual le otorga la primacía o la superioridad absoluta a la esperanza de Vida Eterna en el Reino de los Cielos, sobre cualquier otra expectativa o esperanza de conseguir algo pasajero en esta vida terrenal.

Dios le concede y pone a disposición de sus hijos o sus criaturas en este mundo, tanto numerosos bienes materiales para su cuerpo, como también muchos bienes espirituales para su alma inmortal. Pero Dios en su Misericordia y Amor infinitos, nos concede principalmente el bien supremo o máximo, al cual podemos aspirar los seres humanos: la vida eterna en el Reino de Dios.

Cada ser humano es libre de definir su preferencias y también de elegir aquellos bienes materiales y espirituales que más le atraen y con los que se conforma.
Algunos se conforman con los bienes terrenales que están a su disposición en este mundo y con las condiciones de vida que les depara el destino. Muchas de esas personas no creen en Dios ni tampoco en una vida nueva y eterna, como por ejemplo, los ateos y los librepensadores.
Mientras que los creyentes cristianos creemos y esperamos en Dios, en Jesucristo y en la vida eterna.
Si no esperamos con fervor la vida eterna y nos conformamos sólo con vivir lo mejor posible en este mundo, entonces estaríamos absteniéndonos voluntariamente de ese bien supremo, por el que Jesucristo murió en el Calvario y resucitó al tercer día. La obra, las enseñanzas y el sacrificio de Jesús habrían sido en vano.

Por medio de su santa Palabra escrita en la Biblia, Dios nos ha dicho la verdad, nos ha enseñado y también nos ha advertido sobre infinidad de asuntos y situaciones de la vida en este mundo.
Jesús en el evangelio de San Juan nos advirtió lo siguiente:
Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. (Juan 16, 33)

Deseo referirme a la frase: En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. El señor Jesucristo con este mensaje, nos está dando a conocer de antemano el sufrimiento y las penas que vamos a padecer en la vida, para que confiemos en Él a pesar de todo lo que nos suceda, y sobre todo, para que aprendamos a soportarlo con paciencia y esperanza.
Recordemos los dichos populares:
– Dios no nos prueba más allá de lo que podemos soportar.
– Dios aprieta, pero no ahoga.

Si confiamos firmemente en Jesús y creemos que él por su gran amor hacia los creyentes, desea lo mejor para nosotros y nuestras familias, no es justo ni correcto que aceptemos sólamente las bendiciones y favores que nos otorga, pero en cambio las pruebas y las experiencias difíciles no las queremos aceptar y las rechazamos.
Dios conoce muy bien nuestras penas y necesidades. Las conoce incluso mejor que nosotros mismos y el Espíritu Santo no nos desampara jamás y está siempre obrando sobre nosotros.

Es una grande y triste equivocación imaginarnos al Dios Creador y Todopoderoso como un simple proveedor o repartidor de favores materiales, o bien como solucionador de problemas, como si la religión fuera una tienda abierta y libre, en la que cada quien y cuando así lo desee, puede tomar lo que necesita para resolver sus problemitas personales. Los creyentes cristianos no debemos permitir que sólo seamos unos suplicantes de peticiones materiales.

Todos los días cuando rezamos el Padre Nuestro, le rogamos que se haga su voluntad soberana en la tierra, pero después, al elevar nuestras oraciones siempre insistimos con nuestras peticiones, en que para nosotros sería mucho mejor, si Dios hiciera NUESTRA voluntad y no la suya.

Los creyentes cristianos igual que el resto de la humanidad, tenemos que aceptar, primero, que la vida humana es un misterio que nunca comprenderemos completamente, y segundo, que todos los seres humanos sin excepción, tenemos que soportar inevitablemente sufrimientos, penas y adversidades, mientras estemos en este mundo.

¿Te sientes vacío y no le encuentras sentido a tu vida ?

Desde hace unos 50 años los psicólogos y psiquiatras han comprobado, que en nuestra sociedad de consumo hay cada vez más personas que sienten como si su vida careciera de sentido, que se sienten interiormente vacíos y que a pesar de poseer los bienes materiales y los contactos personales necesarios, siguen teniendo una profunda sensación de que aún les falta algo y no saben qué es. El conocido médico psiquiatra Viktor Frankl, quien se dedicó a estudiar a profundidad ese fenómeno social, lo llamó el vacío existencial. Para el doctor Frankl  la causa más importante de la crisis existencial es la pérdida de la esperanza y del sentido de la vida.

El sentido de la vida, es todo aquello que le confiere propósito a la vida, un significado, una misión a realizar. La esperanza es la virtud espiritual que le proporciona a la vida humana la fuerza vital para obrar y también el soporte interno a la existencia.

Esa frustración de no encontrar el sentido a la propia vida y la carencia de propósito, es una fuente de desajuste emocional que conduce con el tiempo a las personas afectadas, a tratar de compensarlo de alguna forma, surgiendo de allí los problemas de salud como las adicciones a drogas, las depresiones, el abuso del alcohol, la obesidad, la soledad, etc., los cuales atormentan hoy en dia a mucha gente, en particular, a los jóvenes.

Con la comprobación por parte de la medicina psiquiátrica, de la magnitud de la crisis existencial por la que está atravezando una buena parte de la sociedad moderna, he llegado al convencimiento de que ese sentimiento de vacío que afecta a tanta gente, está estrechamente relacionando con la crisis espiritual y la falta de fe en Dios que se percibe en los países más industrializados, donde debido a la sobreabundancia de bienestar material, de tecnología, de entretenimiento y de consumismo, muchos se han estado olvidando de su alma, de su propia espiritualidad y de Dios. Con propiedad se podría decir, que la causa principal de esa crisis existencial es la nueva pobreza espiritual de una sociedad incrédula en su mayoría, que ignora a Dios y menosprecia la religión.

Medita mucho sobre el cielo, que esa esperanza te ayudará a seguir adelante y a olvidar la fatiga del camino.

« Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros. »
Romanos 8, 18

« Porque solamente en esperanza estamos salvados. Ahora bien, cuando se ve lo que se espera, ya no se espera más: ¿acaso se puede esperar lo que se ve? En cambio, si esperamos lo que no vemos, lo esperamos con constancia. » Romanos 8, 24-25

San Pablo fue un gran apóstol del Evangelio, porque supo magistralmente interpretar y transmitir el mensaje de Jesucristo con palabras que lo hicieron más comprensible a toda la humanidad. Muchos de nosotros cuando escuchamos las expresiones fe y esperanza por primera vez, no comprendimos en aquél tiempo su gran importancia para la vida, y mucha gente hoy en día, aún no la han logrado comprender bien.

La fe y la esperanza son tan necesarias para los seres humanos, que sin éllas la vida humana sería impensable, puesto que no seríamos personas sino animales actuando guiados por los instintos biológicos conocidos. La esperanza es la espera de algo y el anhelo de alcanzar en el FUTURO lo esperado. Se podría decir entonces, que somos seres que vivimos orientados hacia el futuro llenos de buenas expectativas, porque siempre estamos mirando hacia el futuro, hacia el mañana, hacia lo que está por venir. El día que dejemos de esperar algo del futuro, a partir de ese día no tendremos más ganas de vivir o nuestra vida se convertirá simplemente en un vivir muriendo. Sin esperanza la vida pierde sentido y vigor.

Es natural que estemos siempre esperando lo mejor y tengamos buenas expectativas para nosotros y nuestros seres queridos, pero cuando menos lo esperamos, ese futuro incierto también nos traerá a todos sin excepción, esos tiempos de tristeza, sufrimiento, amargura, angustia, pena, dolor, enfermedad, duelo, agonía y finalmente el de la muerte, que forman parte de la realidad cambiante e inevitable de la vida humana en este mundo.

Antes de ser crucificado Jesús les dijo a sus Discípulos con la clara intención de animarlos a perseverar en la fe y en la esperanza: « Estas cosas os he hablado, para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo. » Juan 16, 33.

La promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos más allá de la muerte que anunció el Señor Jesucristo, es la maravillosa revelación de Dios para toda la humanidad, de que la existencia de nuestro espíritu o alma inmortal no termina aquí en este mundo al morir, sino que después nos espera una nueva vida espiritual y eterna. Esa es la gloriosa esperanza cristiana, que ha sido capaz de consolar, fortalecer y hacer perseverar hasta el final a los creyentes cristianos en medio de los infortunios, enfermedades, sufrimientos y demás golpes de la vida, durante los más de dos mil años de historia del cristianismo.

Todo lo que aparece escrito sobre la esperanza en el Nuevo Testamento lo ha dicho prácticamente San Pablo, por eso y con toda razón, se le podría llamar el predicador de la esperanza cristiana.
En su carta a los Colosenses (Col. 1, 23), Pablo nos exhorta a que permanezcamos anclados en nuestra fe en Jesucristo así como firmes e inconmovibles en la esperanza de vida eterna.

Sin amor, fe y esperanza en Dios, las riquezas mismas hacen de nosotros unos pobres infelices

« Lo que obtienes al alcanzar tus metas no es tan importante como en lo que te conviertes con el logro de tus metas” Henry David Thoreau (1817-1862)

La ambición y la avidez de riqueza no son pasiones justamente candorosas, inofensivas y sin riesgo alguno, sino todo lo contrario. El afán de poseer más de lo que se tiene o de llegar a ser alguien más importante, es una fuerza interior o inclinación muy intensa capaz de arrastrar al individuo hacia situaciones indecorosas y hasta negocios turbios, que pueden sacarlo de su eje existencial acostumbrado, convirtiéndolo en una persona descentrada e insensible .

Si se lo permiten, la codicia llega a endurecer cualquier corazón de poca fe y a ofuscar el entendimiento, llevando al individuo a servirse del consabido criterio utilitario en el trato con los demás, que siempre estima más la utilidad o el beneficio que una relación personal le puede brindar, que las cualidades humanas de la persona tratada. Esa actitud interesada y egoísta del ambicioso termina por estropear los verdaderos lazos de amistad y cariño que había creado anteriormenente, siendo una de las primeras víctimas: su propia vida matrimonial.

El Papa Benedicto XVI describió así los estragos que puede causar la avaricia en el alma humana: « La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida.»

Es bueno tener presente que los efectos negativos del amor al dinero y de la ambición, no se manifiestan en la vida pública de las personas sino en su vida interior espiritual, es decir, en su carácter y en su modo de ser. La consecuencias de la codicia no se ven, pero sí se sienten.

Existen innumerables casos de personas en el mundo que por desear tener éxitos y alcanzar aún mayores ingresos económicos, se olvidan de sí mismos y llegan a menospreciar el valor y la importancia que tienen la fe, el amor y la esperanza en Dios para su vida espiritual, arriesgando dejarse vencer por la vanidad y la codicia, las cuales convierten a ese individuo con éxito y que logró sus metas, en un pobre ser humano carente de amor, vacío interiormente e infeliz .

« Porque la avaricia es la raíz de todos los males, y al dejarse llevar por ella, algunos perdieron la fe y se ocasionaron innumerables sufrimientos. » 1 Timoteo 6, 10

 

Acudamos a Dios para que haga lo que nosotros mismos no podemos hacer.

Todos conocemos los cuentos de niños de Superman y de la mujer maravilla que hablan de las proezas de seres humanos indestructibles, que hasta pueden volar como pájaros. O bien libros sobre superación personal, como por ejemplo la obra que se titula « El cielo es el límite » de Wayne Dyer, quien afirma que no existen límites para el ser humano y que somos dueños de nuestro destino y nuestro futuro.

Desde hace decenas de años la televisón, el cine y la literatura nos han llenado la cabeza con infinidad de cuentos, ilusiones e historias, que han surgido de la imaginación de sus autores. Ese torrente de fantasías que hemos estado asimilando, nos han llevado a creer que los seres humanos de hoy en día, somos casi « superhombres » y « supermujeres ». Cuando en realidad no es así. Seguimos siendo exactamente iguales a los hombres y mujeres de la Antigüedad, desde el punto de vista genético y biológico.

Amigo lector ahora me gustaría hacerte las siguientes preguntas: ¿Conoces claramente lo que eres capaz de hacer y lo que no eres capaz? ¿Sabes bien cuáles son tus límites como ser humano?  Y frente a Dios Todopoderoso y Creador del universo, ¿Recuerdas tu naturaleza de creatura mortal, frágil y limitada? ¿Reconoces tu dependencia y tu condición de hijo de Dios?

Ahora voy a mencionar sólo 3 de nuestras tantas imposibilidades:

  • no podemos dominar los eventos que suceden en la vida, ni siquiera nuestros pensamientos.
  • no podemos saber lo que sucederá en el futuro
  • no podemos saber lo que será de nuestra existencia, después de la muerte

Dios sí puede.
Y si Dios puede hacerlo y lo sabe todo de cada uno de nosotros, ¿cómo es posible que dejemos de acudir a nuestro Padre celestial que tanto nos ama, y que además por el amor a su creatura envió a su Hijo Jesucristo, para el perdón de nuestros pecados y para que anunciara la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos a toda la Humanidad?

El Rey David nos dejó en los Salmos una evidencia maravillosa de su poderosa fe y de su confianza en Dios, pero también nos demostró que él estaba muy consciente de lo que no era capaz de hacer, a pesar de ser rey de Judá. Y por eso acudía siempre a Dios, para todo aquello que estaba fuera de su alcance y su poder.

¡Recurran al Señor y a su poder, busquen constantemente su rostro; recuerden las maravillas que él obró, sus portentos y los juicios de su boca! Salmo 105, 4-5

Ten piedad de mí, Dios mío, ten piedad, porque mi alma se refugia en ti; yo me refugio a la sombra de tus alas hasta que pase la desgracia. Invocaré a Dios, el Altísimo, al Dios que lo hace todo por mí: él me enviará la salvación desde el cielo y humillará a los que me atacan. ¡Que Dios envíe su amor y su fidelidad! Salmo 57, 3-4