El Espíritu Santo es el verdadero autor de las buenas obras

En el caso de las conocidas como
buenas obras de los hombres y mujeres en las iglesias cristianas, se omite por lo general, concederle el mérito a quién lo merece y le corresponde, a ese que es el verdadero autor de las buenas obras que puede llegar a realizar el ser humano: el Espíritu Santo o Espíritu de Dios.

Hoy en día, el Espíritu Santo es el gran Ilustre Desconocido, a quién apenas se nombra y se le reconoce su maravillosa obra en nuestra alma, para que en consecuencia y con su divina guía, el individuo desee hacer esas buenas obras que son presenciadas y vistas por la gente.

Cuando alguien que ha sido inspirado y guiado en su corazón previamente por el Espíritu de Dios, para realizar una buena obra para el prójimo, y que por honrarse a sí mismo no reconoce de manera expresa la autoría del Espiritu Santo del impulso que lo motivó a actuar así, sino que piensa que el mérito ha sido únicamente suyo, se podría entonces afirmar, que esa persona se está vistiendo con plumas ajenas.

Todo acto humano voluntario lleva consigo una intención o un propósito. El pensamiento o la idea original que motiva al individuo a realizar el acto voluntario tiene únicamente dos testigos presenciales: la conciencia de la persona y Dios. Por lo tanto, la intencion inicial es absolutamente secreta, y nadie más tiene acceso directo a la verdad de la intención. Vemos las obras que hace la gente, pero no sabemos si la intención del corazón fue buena o mala y si fue sincera o falsa.

Sabemos que la conciencia, la voluntad y el intelecto son potencias del alma humana. Por ser de naturaleza espiritual son fuerzas invisibles e inmateriales, que juntas gobiernan los actos voluntarios de la persona. Lo que quiere decir, que primero tiene que surgir un pensamiento o un deseo del alma (acto interior), para que se genere el impulso y se desencadene una serie de procesos y acciones en el cuerpo y se realize finalmente el acto exterior (la obra) de la persona.

Sin el acto interior o impulso inicial en el alma o dimensión espiritual del individuo, no puede darse el acto exterior del cuerpo. El acto espiritual interior precede al acto corporal exterior o público.

Enaltecerse y honrarse a sí mismo con méritos de otros, no es muy bien visto ni por nuestros semejantes y ni mucho menos por Dios:
« Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. » Mateo, 23, 12

Aceptar con humildad nuestra dependencia de Dios y reconocer abiertamente la obra del Espiritu Santo en nuestra vida interior, es la actitud correcta con nosotros mismos y con respecto a Dios, de lo contrario nos engañamos a si mismo y nos burlamos de los demás.

Todo el que hace buenas obras a sus semejantes, de corazón y sin esperar nada a cambio, debería estar siempre consciente de que es un deudor muy afortunado del Espíritu Santo: el verdadero autor de las buenas obras!