Los sufrimientos por los que pasamos no significan que vivimos sin Dios, sino lo contrario, pues esas pruebas provienen de Dios.

Pero Él sabe el camino que tomo; cuando me haya probado, saldré como el oro.  Job 23, 10

Sin duda alguna, el origen del sufrimiento humano es el mayor misterio de la vida. Y también, el sufrimiento es una gran realidad natural que forma parte esencial de la vida de todos los seres humanos sin excepción.
Vivir es también sufrir!
Para los creyentes cristianos el sufrimiento inocente, es decir, el sufrimiento de los niños y el sufrimiento del adulto justo y obediente, causan aún más consternación e incomprensión en las personas afectadas.

¿Por qué la vida terrenal es así? Nosotros no lo sabemos, pero Dios Creador de todo el universo, sí lo sabe, y además, el sufrimiento debe tener en consecuencia un propósito divino.

El libro de Job del Antiguo Testamento presenta la vida de sufrimiento del personaje principal Job, quien era un creyente hebreo justo que vivió en la época de los Patriarcas del pueblo de Israel. Job considera su terrible sufrimiento como algo injusto e inmerecido, y sin embargo, lucha por encontrar a Dios que se le oculta y a quien Job le sigue creyendo bueno y justo.
La lección espiritual del libro: el creyente debe persistir en su fe en Dios, incluso cuando está sufriendo.

Durante su dura prueba Job y a pesar de sus aflicciones, hace esta afirmación: « cuando (Dios) me haya probado, saldré como el oro ». Eso significa que Job estaba convencido de que Dios estaba permitiendo esas pruebas, y que indirectamente provenían de Él.
Al final de su drama, Job por mantenerse firme en su fe, logró tener un encuentro o una visión espiritual con Dios y le fue devuelta la familia y los bienes que había perdido.

Al leer en el Nuevo Testamento sobre la vida del Señor Jesucristo, sus enseñanzas, su promesa de vida eterna, y en particular, sobre los sufrimientos y dolores que Jesús tuvo que soportar por nuestra salvación al ser crucificado en el Calvario, deberíamos los cristianos reconocer y aceptar con humilde paciencia y sumisión, que nuestro sufrimiento y el de nuestros seres queridos es la soberana voluntad de Dios, y que por lo tanto, tiene un propósito divino que nos convendrá algún día, aunque no lo podamos comprender ahora.

La vida es la escuela de la aflicción en la que aprendemos a soportar y olvidar el sufrimiento. ¡Gracias a Dios!

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. Juan 16, 33

La iglesia universal del Reino de Dios es una comunidad cristiana evangélica que fue fundada en Brasil en la década de los setenta y es conocida también como iglesia Pare de sufrir, frase ésta que fue utilizada como lema publicitario en sus cultos y por una serie de escándalos públicos. Esa iglesia es uno de los ejemplos más conocidos, de cómo personas inmorales y deshonestas se hacen pasar como « pastores » y « obispos » de Jesucristo, para aprovecharse indebidamente de la fe y del sufrimiento físico de mucha gente creyente, con el propósito de meterse en sus propios bolsillos la mayor cantidad posible de dinero de las ofrendas de sus feligreses.

Este caso y muchos otros más en las comunidades cristianas a través de la historia, ponen en evidencia que las personas que más daño le hacen a la iglesia son las que están dentro de sus paredes.

Me refiero a este bochornoso ejemplo de cómo unos pocos individuos impostores engañan a creyentes cristianos y perjudican la obra mundial de predicación del verdadero Evangelio de Jesús, al deformar y falsear el propósito real de los milagros de sanación que hizo Jesucristo cuando vivió entre nosotros.

El Señor Jesucristo realizó los pocos milagros de curación y de la resurrección de Lázaro, para demostrar con pruebas irrefutables a los que fueron testigos presenciales y a las futuras generaciones de creyentes en todo el mundo, que Él era verdadera y efectivamente el Hijo de Dios. Sin esos milagros y sin demostrar su poder divino, no lo hubieran creído.
De manera que ese fue su principal objetivo, y NO el de sanar y aliviar a esas personas de sus sufrimientos, sus dolores y de sus impedimentos físicos, que es como muchas altas autoridades de las iglesias lo han interpretado de forma equivocada, desafortunadamente.

En la Palabra de Dios NO aparece como frase dirigida al hombre: no sufrirás dolores ni enfermedades en el mundo, pero en cambio, sí aparece infinidad de veces la afirmación de que el sufrimiento y los dolores forman parte de la vida humana.
En el Evangelio de Juan, el Señor Jesucristo, siempre con la verdad absoluta en sus labios, nos habla claro y nos advierte: En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido el mundo.

Desde el mismo inicio de este mundo, los seres humanos fuimos creados por Dios con un cuerpo mortal y con espíritu inmortal. Nuestro cuerpo por ser de naturaleza biológica es sumamente frágil, susceptible a enfermedades y al sufrimiento, sujeto a las influencias del ambiente natural (frío, calor, humedad, microbios) y que con la edad se va deteriorando  sin detenerse hasta que ocurre la muerte.

En cambio, alma humana hecha a imagen y semejanza de Dios, es nuestra fuente de vida inmortal, la cual nos permitirá vivir una vida nueva y eterna en el Reino de los Cielos después de la muerte del cuerpo, así como Jesús y sus Apóstoles lo anunciaron una y otra vez en el Evangelio.
De manera que los dolores, enfermedades, aflicciones, adversidades, tormentos, penas, etc.; son un componente natural y normal de la vida en este mundo y así será mientras nuestra alma inmortal siga habitando en el cuerpo.

El sufrimiento humano es un misterio divino indescifrable para el ser humano, por esa razón nadie en absoluto lo podrá jamás comprender ni explicar. Dios ha creado la vida en este mundo terrenal así y simplemente tenemos que aceptar esa realidad.

En vista de que el sufrimiento humano es una condición natural e inevitable, como cristianos debemos estar muy atentos a aquellos que predican el Evangelio de Jesús falseado y deformado, como está sucediendo hoy en día en las iglesias, y debemos también cuidarnos de no dejarnos persuadir por pastores y sacerdotes con esas falsas afirmaciones como: Dios no quiere que tú sufras, que te enfermes ni que tengas aflicciones; puesto que son manipulaciones de la Biblia que las hacen con intenciones indignas y sospechosas.
Por tanto, puesto que Cristo ha padecido en la carne, armaos también vosotros con el mismo propósito, pues quien ha padecido en la carne ha terminado con el pecado, para vivir el tiempo que le queda en la carne, no ya para las pasiones humanas, sino para la voluntad de Dios.
1 Carta de Pedro, 1-2

Desechada la esperanza de la vida eterna, el sufrimiento se muestra al incrédulo como algo inútil, sin sentido y absurdo.

Pues, así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación. 2 Corintios 1, 5

El que no ha sufrido en la vida, no ha vivido en este mundo, ya que vivir es también tener que sufrir.
Y con la palabra sufrir no me refiero solamente cuando se sienten fuertes dolores, molestias e incomodidades en el cuerpo debido a enfermedades o accidentes, sino que lo más frecuente son la infinidad de esos sufrimientos que padecemos en secreto por contrariedades y problemas, como por ejemplo: disgustos y decepciones en el trabajo, fracasos personales, divorcios, rencillas y conflictos familiares, etc; y además hasta lo que sufrimos junto con nuestros seres queridos cuando a alguno de ellos no le va bien, tiene problemas serios o muere.

En vista de que el sufrimiento forma parte esencial de la vida humana, tenemos que sencillamente aceptarlo y asumirlo como una condición natural de nuestra existencia. Indudablemente, la vida en este mundo posee infinidad de encantos, atractivos y bellezas que compensan sus aspectos negativos como el sufrimiento.

Adicional a todo lo que la Creación ha puesto a disposición de la humanidad en este mundo material, Dios ha creado por amor al ser humano con un alma de naturaleza espiritual a imagen y semejanza suya, para poder relacionarnos directamente con Él mientras estemos en este mundo, y para vivir eternamente después de nuestra muerte.

El amor, la fe y la esperanza son las facultades espirituales más poderosas que Dios nos ha dado, para ser capaces de superar y vencer TODOS los sufrimientos, problemas, obstáculos y contrariedades que el destino nos pueda deparar en nuestra vida terrenal.
El amor, la fe y la esperanza son las tres virtudes espirituales primordiales que conforman lo que yo llamo el « chaleco salvavidas » espiritual con el que Dios nos ha equipado para sobreponernos a cualquiera mala situación, siniestro, tragedia o calamidad que podamos experimentar en la vida.

La vida es un don que Dios nos ha concedido a cada ser humano con un determinado propósito, que por lo general desconocemos y que quizás nunca llegamos a averiguar. Ese es un misterio más de la vida que Dios se reserva para sí mismo.
La vida humana se considera sagrada porque Dios nos la otorgado, y por lo tanto merece la pena vivirla hasta que llegue el momento de la muerte inevitable, sea cual fuere las condiciones, malas o buenas, en que se nazca y el destino que se tenga.

Si alguien no tiene fe en Dios, no siente amor y no tiene esperanza en una nueva vida eterna, para esa persona aún viviendo en las mejores condiciones materiales, puede llegar a perder el sentido y propósito de su vida, y de manera manera particular, el sufrimiento para ese individuo se convierte en algo absurdo e inútil.
En Europa, el continente más desarrollado y con el mayor nivel de riqueza del mundo, ya para 1920 fue fundada en Alemania la primera asociación que defendía la libertad de suicidarse. En Suiza está legalmente permitido el suicidio asistido por un médico desde hace 25 años. El número de los suicidios asistidos está aumentando fuertemente. Para el año 2000 fueron 200 personas y para el año 2015 ya eran 1000 personas.
Lo que más llama la atención de este nuevo fenómeno social y moral en el resto de las sociedades europeas, es que cada vez son más las personas jóvenes y sanas que exigen la legalización de una muerte digna por suicidio, que las personas viejas y enfermas.

El bienestar económico, las comodidades tecnológicas y la abundancia de bienes y servicios en las sociedades de consumo, no le proporcionan a la vida humana más propósito o sentido de vivir, ni tampoco consuelan el sufrimiento padecido.
El desarrollo industrial y tecnológico nos ha hecho creer, a traves de los medios de comunicación, que ganar dinero trabajando y consumir de todo para poder vivir cómodamente, es el « nuevo » sentido de la vida.
Pues, no sigamos creyendo esa falsa ilusión, porque los europeos que están hartos de consumir y de vivir con comodidades desde hace décadas, se están matando voluntariamente.

Porque en ti está la fuente de la vida; en tu luz vemos la luz. Salmo 36, 9

Dios pone nuestro bienestar en las manos de los que nos aman y nuestro fortalecimiento espiritual en el sufrimiento inevitable.

Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza. Romanos 5, 3-4

En este versículo San Pablo nos revela y explica cómo las penas, angustias o tormentos que sufrimos, van produciendo en el alma diversas virtudes como paciencia, humildad y esperanza. El sufrimiento se podría describir como el tratamiento desagradable pero necesario, que Dios por amor nos aplica para refinar nuestra alma. El sufrimiento tiene un propósito para nuestra vida espiritual interior, puesto que ejerce una gran influencia en el fortalecimiento del espíritu.
Lo que hace incomprensible y absurdo el sufrimiento para nosotros, es el hecho de que sus frutos se dan exclusivamente en el alma, y en consecuencia son imperceptibles  y por esa razón no los notamos en el momento de las aflicciones.
En el cuerpo sentimos los dolores, el malestar, la incomodidad y el cansancio, los cuales representan lo desagradable y negativo, pero lo importante es tener presente que esa no es la finalidad del sufrimiento que Dios permite.
Pensemos en aquellos tratamientos como:

  • El doloroso parto para dar a luz un niño.
  • La poda de las ramas que se le hace a las plantas para que produzcan mayores y mejores frutos.
  • El rudo y fuerte adiestramiento militar de un soldado para hacerlo hábil y capaz en el combate.
  • Los cortes y pulituras que se le hacen a los diamantes en bruto para aumentar su belleza, brillo y valor.

La existencia humana es en buena parte una escuela del sufrimiento, en la que aprendemos a soportar o sufrir callada y secretamente por una serie de penas y dolores físicos, a los que todos sin excepción somos propensos en este mundo.

Dios Padre en su gran amor y misericordia hacia su criatura sabe muy bien, que necesitamos sobre todo: cariño, ternura, afecto, consuelo, comprensión, caricias, simpatía, curación, cordialidad, bondad, benevolencia, amabilidad, etc; manifestaciones de amor éstas que recibimos de nuestros seres queridos, amigos y conocidos, los cuales nos conducen de nuevo a ese estado de bienestar, satisfacción y felicidad al que estamos acostumbrados.
Ese estado normal de bienestar  no sólo compensa los momentos desagradables vividos recientemente, sino que además nos hace olvidar las peores tribulaciones y sufrimientos pasados, de los cuales poco tiempo después, ni siquiera nos acordamos.

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Romanos 8, 35

Nuestra vida está bien constituida con sufrimientos y placeres

« Tal vez hayan olvidado la palabra de consuelo que la sabiduría les dirige como a hijos: Hijo, no te pongas triste porque el Señor te corrige, no te desanimes cuando te reprenda; pues el Señor corrige al que ama y castiga al que recibe como hijo. Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos. » Hebreos 12, 5-8

Sabemos que muchos fenómenos naturales antagónicos forman parte del mundo en que vivimos, como por ejemplo: el dia y la noche, la lluvia y la sequía, la calma y la tempestad, el frío y el calor, etc. En nuestra vida igualmente pasamos por momentos que nos causan reacciones y estados anímicos contrarios: tristeza y alegría, dolor y satisfacción, sufrimiento y placer, odio y amor, etc. Dios al crear el universo, la naturaleza y el ser humano con su ilimitada sabiduría hizo una creación completa, que está en perfecto equilibrio. Por lo tanto, su obra es impecable y está bien constituida.

Dios el creador, todo lo sabe y todo lo conoce, PERO para nosotros como criaturas limitadas tanto lo que sucede en nuestra vida como lo que pasa en el mundo, es un inexplicable misterio y lo seguirá siendo por siempre.

Como hijos de Dios no solamente recibimos sus bendiciones, sino también su disciplina. Muchas veces es la vara de Dios que cae sobre nosotros por nuestro futuro bien y para la salvación de nuestra alma. Nos estremecen las duras pruebas que padecemos en la vida y vemos con asombro sus consecuencias inmediatas, pero en medio del dolor momentáneo no somos capaces ver con anticipación, el bien que le traerán posteriormente a nuestra vida esas dificultades y aflicciones desagradables.

Así como la ostra no produce perlas si no sufre una irritación causada por un elemento extraño, que se introduce en su organismo, así mismo en nuestra alma al pasar por enfermedades y contrariedades, se van formando las virtudes espirituales que contribuyen a nuestro fortalecimiento espiritual, y que después, como perlas invisibles enriquecen y adornan nuestro carácter.

Por eso, los creyentes cristianos podemos afirmar con propiedad que nuestra vida está bien constituída con tristeza y alegría, con sufrimiento y placer.

El hospital como lugar de encuentro espiritual del enfermo consigo mismo y con Dios

La enfermedad es en la vida humana una realidad natural e inevitable, y por ser una realidad debe tener en consecuencia un sentido y un propósito para nuestra vida. Tratando de encontrar alguno de sus propósitos, podríamos afirmar que los hospitales y centros de rehabilitación de enfermos son también lugares de reencuentros espirituales, los cuales en lo que respecta a los pacientes, se dan por lo general en contra de su voluntad. Los enfermos y pacientes se reencuentran con su alma y con Dios.

Si pensamos en nuestras estadías como pacientes en un hospital, quizás podamos recordar alguna experiencia espiritual interior vivida en esa oportunidad. En todo caso cuando estamos enfermos, el sufrimiento que padecemos nos convierte en primer lugar en seres muy necesitados y desamparados. Por lo general, después por el mero sufrir se pasa por un estado de desesperación, que conduce al paciente a conocer a su propio yo, a tomar conciencia de su alma.

El sufrimiento nos convierte de forma instantánea en personas necesitadas, en indigentes que urgen de atención y consuelo. Y a mayor sufrimiento, mayor será la necesidad que nos apremie.

Según el místico alemán Maestro Eckhard, el sufrimiento genera en nosotros una serie de deseos insatisfechos que nos hacen conscientes de que nos falta algo, o dicho de otra manera, nos hace sentir la ausencia de Dios, que es lo que hace surgir en la persona el recuerdo de Dios.

En ésta fase el individuo se hace consciente de la necesidad de acudir a Dios como su única fuente segura y confiable de ayuda, de fortaleza, de guía, de consuelo, de paz interior; pero igualmente se hace conciente de sus debilidades, de sus pecados, de su falta de esperanza; todo lo cual lo puede conducir finalmente al arrepentimiento sincero. El arrepentimiento es el sentimiento que mueve al enfermo que sufre a dar el paso hacia la fe en Dios, Creador y Señor del universo, quien es la verdad absoluta y la vida eterna.

En ésta vida todo ser humano padece sufrimientos y penas que no se pueden evitar. Ese es uno de los misterios inescrutables de la vida humana. Debido a que el sufrimiento forma parte integrante de la vida, es en consecuencia universal e inevitable.

El gran desafío para nosotros consiste entonces, en la forma de asumir el sufrimiento y de padecerlo, para que con la ayuda y el consuelo de Dios logremos transformarnos en la aflicción.