No somos nada, mientras nuestra alma habite en este cuerpo tan frágil y mortal.

El hombre, como la hierba son sus días, florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más.
Salmo 103, 15-16

Durante estos angustiantes tiempos de la pandemia del virus Covid-19, han pasado imágenes de horror en las pantallas delante de nuestros ojos asombrados, que nos mostraron enormes multitudes de muertos y enfermos causados por esta nueva enfermedad contagiosa y mortal, en todo el mundo.

Una insignificante y despreciable criatura como es un microbio, puso a temblar de repente a los gobiernos más poderosos del planeta y a sus formidables ejércitos, los cuales no pudieron hacer nada en contra con sus armas, porque el enemigo resultó ser invisible esta vez.

A los sistemas de salud en los países más desarrollados les fue aún peor, aunque cuentan con una infraestructura de modernos hospitales y con un equipamiento óptimo de sus servicios básicos de personal paramédico, ambulancias, emergencias y suministro de medicamentos; el virus los puso de rodillas y muchas clínicas colapsaron totalmente, por no estar bien preparadas para esta contingencia, a pesar de que hace decenas de años, la Organización mundial de la salud y círculos profesionales de epidemiólogos de todos los continentes, estuvieron advirtiendo en varias oportunidades sobre la alta probabilidad de que una pandemia, podía ocurrir en cualquier momento.

La pandemia ha sido una clara señal para toda la humanidad, la cual se puede interpretar y analizar desde diversos aspectos de la vida y perspectivas.
Desde la perspectiva de la fe cristiana, considero que la pandemia ha sido un mensaje divino dirigido a sacudir la conciencia de la gente en las sociedades de los países industrializados, donde se adoran innumerables ídolos, entre los cuales están, en primer lugar, el hombre mismo, quien por su orgullo, vanidad y vanagloria se cree un superhombre que puede vivir bien olvidándose de Dios y de su fragilidad, y en segundo lugar, todos los objetos materiales creados por sus manos: el dinero, las máquinas, las edificaciones, la tecnología y la medicina moderna; con los cuales se siente más que seguro e imbatible.

Mientras millones de personas morían y se enfermaban por el virus, la naturaleza por el contrario, se recuperaba con vigor y hasta los indefensos pajaritos en los bosques, cantaban alegremente como siempre y como si nada estuviera sucediendo.

Desde hace más de 3 mil años fueron escritos en el Viejo Testamento, párrafos como el del salmo 103 citado arriba, que describen con metáforas y enseñan la verdad sobre los seres humanos: el hombre es tan frágil y perecedero como la hierba, o dicho de otra manera: el hombre no es nada.

La similitud entre las expresiones simbólicas del versículo y la forma de contagiarnos con el virus es asombrosa. La frase dice: “florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció”.
En el caso concreto del Covid-19, sabemos que la via principal de contagio, sucede al aspirar aire con micropartículas de agua (aerosoles) que contienen el virus, las cuales son transportadas por el viento.
Por lo tanto, así como el viento pasa por la vulnerable flor del campo y muere, igualmente podemos morir así de fácil, si un soplo de viento contaminado con el virus pasa por nosotros.

Ahora bien, lo más importante y la gran diferencia es que lo único que muere del hombre es su cuerpo de carne y huesos, pero no su alma inmortal, la cual en el instante de la muerte, pasa a una vida más abundante, eterna y libre de sufrimientos. Entonces tengamos bien claro y recordemos siempre lo siguiente: es sólo por culpa de nuestro cuerpo, que no somos nada. 

Si deseas comprobar la existencia de tu propia alma dentro del cuerpo, hazlo amando a un hijo, un familiar o un amigo.

Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a Aquél que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. Mateo 10, 28

Una de las experiencias espirituales personales de mayor significado y trascendencia en la vida de cualquier individuo, es el tomar conciencia de la propia conciencia, o dicho de otra manera, reconocer la existencia de nuestra alma como una entidad o sujeto, que habita dentro del cuerpo.
Gracias a la conciencia, los seres humanos tenemos la capacidad de reconocer en nosotros mismos nuestra propia naturaleza, compuesta de dos dimensiones: un cuerpo de carne y un alma espiritual.

Especialmente en estos tiempos modernos en que la ciencia moderna y materialista, rechaza e ignora la dimensión espiritual del ser humano en sus investigaciones y publicaciones, es para los creyentes cristianos de suma importancia, lograr comprobar la existencia del alma de una manera sencilla y práctica.

Para eso les traigo un consejo de San Agustín de Hipona (13/11/354 – 28/08/430), uno de los grandes patriarcas del cristianismo, que encontré hace años cuando me dediqué a leer sus obras y sermones.

San Agustín, en algunos de sus sermones, con el fin de ilustrar mejor la dualidad de la naturaleza humana compuesta de alma y cuerpo, animaba a sus oyentes a comprobar en sí mismos la realidad de la existencia del hombre interior (el alma), que no se ve pero que se siente y el cual habita dentro del hombre exterior (el cuerpo):

«Y lo que no se ve, esto se ama más, pues consta que se ama más al hombre interior que al exterior. ¿Cómo consta esto? Compruébelo cada uno en sí mismo. En efecto, ¿qué se ama en el amigo, donde el amor es totalmente sincero y limpio? ¿Qué se ama en el amigo, el alma o el cuerpo? Si se ama la lealtad se ama al alma; si se ama la benevolencia, sede de la benevolencia es el alma; si en el otro amas que ése mismo te ama también a ti, amas el alma, porque no es la carne, sino el alma, la que ama».

Este consejo me recuerda el famoso diálogo en el cuento El Principito del escritor francés Antoine de Saint‐Exupéry, cuyo mensaje se ha hecho famoso en todo el mundo por su formidable sabiduría:

“Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse—”.

Es muy probable que el escritor de Saint‐Exupéry haya leído también a San Agustín y se haya inspirado en él para escribir su cuento.
Lo importante que deseo destacar aquí, es que lo que ellos afirman es la verdad indiscutible, aunque los científicos no lo quieran creer y aceptar. Allá ellos los incrédulos con sus contradicciones y paradojas.

Por esa razón, es que el alma humana, a pesar de que es nuestra realidad interior, de que es la que define nuestro carácter personal y de que es la que ama de verdad, la gente no habla sobre ella ni de su gran importancia en nuestra vida como individuos y como sociedad. Esta es una actitud incoherente y absurda de la mayoría de los ciudadanos de hoy en día, debido al rechazo que ahora está de moda en las sociedades de consumo occidentales, a todo lo que tiene que ver con la religión cristiana y las iglesias tradicionales.

Los cristianos que mantenemos nuestra fe firme en Dios y apoyada en la Roca que representa al Señor Jesucristo, nos podemos comparar con orgullo con aquellos peces de los ríos que nadan contra la corriente con fuerza y energía, demostrando así, que estamos bien vivos y coleando.   

Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día. 2. Corintios 4, 16

Si sientes soledad porque crees que te han dejado de querer, recuerda que Dios y tu propia alma te aman con amor eterno.

Yahveh es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? Yahveh es la fortaleza de mi vida, ¿de quién tendré temor?
Si mi padre y mi madre me abandonan, Yahveh me acogerá.
Salmo 27, 1 y 10

Aún cuando no tengamos a alguien a nuestro lado y estemos sin compañía en un lugar solitario, NUNCA estamos solos, por la sencilla razón de que la conciencia, que es nuestra propia alma, la llevamos siempre adentro en nuestro interior.
Es por eso que insisto en repetir, que los humanos somos seres compuestos de cuerpo y alma, somos un sólo ser, pero consituido por una dimensión espiritual y una dimensión corporal.

San Pablo en algunas de sus cartas, ya explicaba la concepción antropológica cristiana, cuando hablaba del hombre interior (el alma) y del hombre exterior (el cuerpo):
« Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios, pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. »
Romanos 7, 22-23
« Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día. » 2. Corintios 4, 16

Según Pablo, considerado como el apóstol de Jesucristo, que más se dedicó a interpretar y aclarar el significado de las Sagradas Escrituras a los nuevos creyentes cristianos, que todos los seres humanos poseemos un ser interior o alma, el cual por medio de la conciencia se comunica con nuestro hombre exterior o cuerpo, es decir, cuando escuchamos una voz dentro de nosotros, esa es la voz de nuestra conciencia, o bien cuando hablamos en secreto con nosotros mismos.
Saber esto es de suma importancia para comprendernos interiormente mejor y para comprender también, que nuestra conciencia es el santuario del alma humana donde el Espíritu de Dios se comunica y obra sobre nosotros, cuando rezamos fervorosamente, o bien cuando el Espíritu Santo derrama el amor, el consuelo y la paz interior sobre nosotros.

Comunicarse o hablar en secreto con nuestra conciencia es muy normal y necesario. La gran mayoría de las veces ni siquiera nos damos cuenta de esa comunicación, por ser impercebtible.
El remordimiento de conciencia es el ejemplo más común del diálogo secreto entre nuestro hombre interior y el exterior, es decir, entre la conciencia y el cuerpo.
El remordimiento es el resultado de cometer una falta o pecado, a pesar de saber que era un acto incorrecto y que no se debía hacer. De allí la gran importancia que tiene para un creyente, procurar estar en paz consigo mismo y con Dios, para así poder evitar esa situación tan desagradable que es el remordimiento.

El amor a sí mismo es natural y necesario, puesto que nos hace capaces de amar a otros y de ser amados. El amor propio es el amor que el alma se tiene a sí misma. Amar es una facultad espiritual del alma humana, que crece y se va desarrollando en la medida en que amemos a Dios y al prójimo, así como a nosotros mismos.
Así como nos lo enseñó nuestro Señor Jesucristo.

Si aprendemos a establecer una relación personal y directa con Dios, expresándole una fe profunda, amor y humildad, para rogarle que sea luz, salvación y fortaleza para nuestras vidas, Él amorosamente también nos acogerá en su seno.

Hay mucha gente que miran a su alrededor buscando a alguien, y al no ver a nadie, se quedan en la compañía de la soledad, porque se han olvidado de su hombre interior, es decir, de su propia alma.
Mientras que los creyentes cristianos en esa situación, miramos hacia cielo y hacia nuestro interior, y nos dejamos acompañar de nuestra alma y de nuestro Dios.

Bendice, alma mía, al SEÑOR, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al SEÑOR, y no olvides ninguno de sus beneficios. El es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades; el que rescata de la fosa tu vida, el que te corona de amor y compasión; el que colma de bienes tus años, para que tu juventud se renueve como el águila. Salmo 103, 1-5

Para Dios nuestros fingimientos no sirven de nada, porque a Dios es imposible engañarlo.

Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Juan 4, 24

A Dios no le podemos ocultar ningún pensamiento ni ninguna intención secreta, porque nuestra vida interior espiritual, la cual está constituida por nuestros pensamientos, sentimientos, pasiones e intenciones, es para Dios como un libro abierto.
Dios todo lo sabe y todo lo conoce de nuestra vida. Y a pesar de que eso es así, siempre cometemos el error de olvidar esa realidad, y tratamos de fingir acciones y comportamientos a otras personas, creyendo inutilmente, que asi como engañamos a la gente con nuestra falsa actuación, pensamos que Dios tampoco se entera de lo que hacemos de manera fingida. !Qué equivocados!

Una característica natural de los seres humanos es que somos capaces de fingir comportamientos y gestos que no sentimos de verdad, es decir, que podemos fácilmente interpretar una conducta falsa ante los demás y hacerles creer que es un comportamiento verdadero.

No actúan solamente los actores profesionales en la televisión o en el cine, sino que todos sabemos actuar también ante los demás en la vida cotidiana.
La personalidad humana está constituída por una dualidad natural, que consiste en una personalidad externa y una personalidad interna. La externa es la personalidad corporal y pública que mostramos a los demás con nuestros gestos , y la interna es la personalidad interior que ocultamos por lo general y que sólo mostramos cuando así lo deseamos. Esta realidad es la que se conoce como el ser adaptado por fuera  y el ser original por dentro de las personas.

Por eso, en el gran escenario de la vida real diaria todos fingimos en ciertas situaciones y cuando nos conviene, unos más y otros menos.
Ahora bien, si eres un cristiano creyente quiero recordarte en esta oportunidad, que en tu relación íntima y secreta con Dios, procura ante Él ser siempre sincero y auténtico en todo lo que concierne a tu vida interior espiritual. Fingir ante Dios es lo peor que puedes hacer en tu vida como creyente, y además, es engañarte a tí mismo.

No os engañéis, Dios no puede ser burlado; porque todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Gálatas 6, 7

El Señor Jesucristo vino a salvar las almas de los pecadores y no sus cuerpos.

« El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. » Juan 6, 63

En éste versículo, Jesús se refiere claramente al espíritu humano o alma, y con la palabra carne, alude al cuerpo de carne y huesos.
Con esa afirmación Jesús ratifica una vez más, que el alma inmortal es la realidad espiritual que le da vida al ser humano; y que nuestro cuerpo, como simple envoltura o cáscara de carne del alma, para nada aprovecha cuando el moribundo está agonizando, porque en el instante de la muerte, el alma inmortal se separa del cuerpo y regresa a Dios quién la creó, para vivir eternamente; y el cuerpo sin vida, retorna a la tierra a la que pertenece.

En el Evangelio de San Marcos, Jesús refiriendose a Dios Padre, dice la siguiente frase llena de divinidad y sumamente reveladora, la cual transmite una vez más al creyente cristiano, un poderoso mensaje de fe y esperanza en la vida eterna:
« Él no es Dios de muertos, sino Dios de vivos; así que vosotros muy equivocados estais.» (Marcos 12,27)
Jesús confirma con ésta aclaración que le hace a los sacerdotes Saduceos (quienes creían que el alma muere también al morir el cuerpo), que Dios es Dios de las almas  de personas como Abraham, Isaac y Jacob que viven eternamente y quienes murieron miles de años antes de que se sucediera esa escena con Jesús, que relata Marcos en el Nuevo Testamento.

Estos son dos claros fundamentos más de las enseñanzas del Señor Jesucristo, que deberían motivar a los cristianos a identificarse más con su alma inmortal que con su cuerpo mortal.
El rey David, el ungido de Dios, es un gran ejemplo para todos nosotros, puesto que en los salmos cuando oraba y le clamaba al Señor, siempre se identificaba con su alma con expresiones como: ¿Por qué te abates, oh alma mía?, ¡Bendice a Yahveh, alma mía!, Mi alma tiene sed de ti, Dios de la vida, etc.
Aferrémonos al Señor Jesucristo y a nuestra alma.
Por supuesto, debemos cuidar y atender a nuestro cuerpo. Eso es un asunto obvio y necesario que no necesita discusión.
Pero les ruego que no se olviden de su alma inmortal, porque el alma es nuestro gran tesoro espiritual, oculto en esa vasija de barro que representa nuestro cuerpo mortal.

Los seres humanos amamos en primer lugar los cuerpos que vemos y sentimos, y Dios paternalmente ama en primer lugar nuestra alma que ve y siente como suya.

¿Cómo podemos conocer a Dios, si no nos conocemos interiormente?

« El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. » Juan 6, 63

Puede ser que algunos todavía se pregunten: ¿Pero que es lo que tenemos que conocer en el interior de nuestro cuerpo, si ya sabemos que está lleno de órganos, músculos, sangre y huesos? La respuesta hay que repetirla una y otra vez: el alma inmortal o espíritu humano.
Este tema es tan esencial para la vida humana, que no debemos nunca dejar de insistir y machacar, porque se trata de nuestra propia existencia y de lo que somos todos los hombres y mujeres, independientemente de si creemos en Dios o no.

Es en el alma donde está nuestra vida interior espiritual, donde habita nuestra realidad de todos los días que consiste en lo que pensamos, sentimos, sufrimos, lo que nos entristece y nos alegra, lo que conversamos con los demás, con nuestra conciencia y con Dios cuando rezamos; es decir, el alma es todo lo que somos como seres humanos, lo que nos da vida y lo que nos diferencia de los animales.

En el libro de Génesis, que se refiere a la creación del mundo por Dios, dice lo siguiente en el capítulo 2 versículo 7: Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida; y fue el hombre un alma viviente.

El alma es la única dimensión del ser humano que proviene de Dios, porque fue creada de su propio soplo, mientras que nuestro cuerpo de carne y huesos fue creado a partir del polvo de la tierra.
Es por esa razón, que la frase de la Biblia en Génesis 1,26 en la que se menciona que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, se refiere solamente al alma divina y no al cuerpo de carne, debido a que Dios es espíritu.

Para cualquier creyente cristiano es de máxima importancia, tener bien clara la diferencia entre nuestra dimensión espiritual y la dimensión corporal, pero sobre todo creer en la existencia del alma, la cual por ser espiritual es invisible y por lo tanto, no la podemos ver ni tocar.

Nuestra alma inmortal es lo que nos hace pensar y creer en la existencia de Dios, nos hace sentir el profundo anhelo de buscarle cuando sufrimos, cuando sentimos desamparo, falta de sentido de la vida y soledad a pesar de estar entre la gente, y particularmente, cuando sentimos el deseo de vivir eternamente una vida mejor, más feliz y abundante.
Es por el alma que sentimos la necesidad de acercarnos a Dios, para pedirle perdón, consuelo, ayuda y orientación por medio de la oración.

El supremo propósito de nuestra alma y su razón de ser es conducirnos a Dios en esta vida terrenal, y después de la muerte al Reino de los Cielos, según la gloriosa promesa de nuestro Señor Jesucristo.

El bien supremo de un creyente cristiano es Dios y la meta suprema es la vida eterna.

En efecto, los que viven según la carne desean lo que es carnal; en cambio, los que viven según el espíritu, desean lo que es espiritual. Ahora bien, los deseos de la carne conducen a la muerte, pero los deseos del espíritu conducen a la vida y a la paz, porque los deseos de la carne se oponen a Dios, ya que no se someten a su Ley, ni pueden hacerlo. Romanos 8, 5-7.

Para comprender exactamente lo que deseo tratar en esta reflexión, voy a repasar el significado del adjetivo supremo. Supremo quiere decir: el máximo grado en una jerarquía de algo, o lo que está encima de todo. Por lo tanto, Dios como el bien supremo es la riqueza máxima, la cual está por encima de todas las demás. Lo mismo vale para la vida eterna.

Partiendo de esta aclaratoria, me voy a referir al orden previo que es necesario establecer, para poder evaluar los asuntos y cosas más valiosas o importantes, es decir, que consideremos algo superior o inferior, mejor o peor, mayor o menor, etc. En los aspectos más relevantes de la vida es necesario que tengamos bien claro ese orden de la superioridad de una cosa respecto de otra. Debido a que es sencillamente imposible poseer y hacer todo en la vida, tenemos que determinar nuestras propias prioridades o preferencias.
Como creyentes cristianos tambien debemos tener claro el orden de superioridad en el aspecto de nuestra naturaleza como seres humanos, puesto que estamos formados de un cuerpo de carne y un alma espiritual. En la Iglesia cristiana desde sus inicios, ese orden ha estado muy claro durante miles de años, pero desafortunadamente es un tema sobre el que se enseña y se habla muy poco.

San Pablo en su carta a los Romanos capítulos 7 y 8, le dedica varios versículos a la lucha interior entre su espíritu y su carne en el que describe lo siguiente: Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y después dice: !Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?

Para San Agustín, uno de las grandes Padres de la iglesia cristiana, el alma es superior al cuerpo y está hecha para regirlo. El alma habita en nuestro cuerpo teniendo con él una relación acccidental, de modo que el ser humano es su alma pero no su cuerpo.

Agustín escribió también:
Dios es el supremo e infinito bien, sobre el cual no hay otro: es el bien inmutable y, por tanto, esencialmente eterno e inmortal.
Sólo Dios es mejor que el alma, y por esto sólo Él debe ser adorado, quien es su único autor.

Los cristianos sabemos que Dios en la Creación, tomó un poco de tierra para formar el cuerpo humano de carne y huesos, después le insufló el espíritu o alma a su imagen y semejanza, y le dió la vida. En consecuencia, somos los humanos un ser compuesto de un cuerpo y un espíritu de naturalezas diferentes: una material y una espiritual. Y son tan diferentes esas dos dimensiones, que el cuerpo es mortal y visible, y el alma es inmortal e invisible.
Por mi parte, estoy de acuerdo totalmente con San Agustín en darle la prioridad a mi alma inmortal por ser superior al cuerpo, e igualmente considero a Dios como mi suprema riqueza. Desde que establecí ese orden en mi propia vida hace unos pocos años, identifico mi existencia más con mi alma inmortal que con mi cuerpo mortal. He aprendido a reconocer y aceptar que mi alma soy yo, y por lo tanto le doy más importancia que a mi cuerpo.

Estoy muy feliz y muy agradecido a Dios, por haber obrado en mí ese cambio radical de perspectiva de la vida, el cual me ha permitido comprender mucho mejor la Palabra de Dios, y sobre todo poder fundamentar mi existencia en mi alma eterna y no más en mi cuerpo mortal, que era lo que yo hacía antes, cuando creía que mi cuerpo era lo único que yo soy como persona.
Otro beneficio maravilloso que he recibido desde que me identifico con mi alma, es que me he librado de ese terrible temor a la muerte del cuerpo, que tanto nos angustia.

Para comprender mejor el Evangelio de Jesús, debemos leerlo con los ojos del alma y no con los ojos corporales

Abre mis ojos, para que vea las maravillas de tu ley. Peregrino soy en la tierra, no escondas de mí tus mandamientos. Quebrantada está mi alma anhelando tus ordenanzas en todo tiempo.
Salmo 119, 17-20

Muchos de ustedes al leer el título de esta reflexión se preguntarán:¿pero qué es eso de leer con los ojos del alma?
Voy a tratar de ilustrar mi explicación con la ayuda de unas de las palabras de Jesús más conocidas por los cristianos:
« No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón ». Mateo 6, 19-21
Imagínense a dos personas cristianas que leen esos versículos.
Un cristiano no cree firmemente ni en la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos, ni tampoco cree que Dios ha creado al ser humano con un espíritu o alma inmortal. Mientras que el otro creyente tiene una fe profunda en Jesús, y por lo tanto, ese sí cree en la vida eterna y en la existencia de su propia alma.
El primero al leer la Biblia, esos versículos desfilan ante sus ojos y las frases se deslizan por su mente, pero como el interés de su mente corporal está en asuntos materiales, el cuerpo mortal reconoce que ese mensaje celestial no es para él, y en consecuencia el mensaje espiritual de Jesús pasa desapercibido.
El segundo al leer la Biblia,  pone su alma en la lectura de los versículos, y por el gran interés que le despierta, su alma se posa sobre la verdad de las palabras de Jesús y así las va leyendo con los ojos del alma. Es entonces el alma inmortal, la que reconoce que ese mensaje celestial sobre el tesoro, sí es para ella. De esta manera, el mensaje será comprendido y asimilado por el alma como alimento espiritual.

Es muy importante recordar, que los mensajes y las enseñanzas de la Palabra de Dios, aún cuando están dirigidas a todos nosotros como seres humanos, sus promesas edificantes, su gracia y sus dones espirituales tienen como beneficiaria principal, a nuestra alma inmortal.
Jesús en este caso concreto, le está hablando directamente a nuestra alma, porque al mencionar los tesoros en el cielo, se está refiriendo al futuro de nuestras vidas, es decir, se refiere al tiempo posterior a la muerte de nuestro cuerpo, que es cuando se iniciará la vida eterna de nuestra alma en su Reino.

Desde el momento de nuestro nacimiento, nos hemos acostumbrado a identificar nuestra propia vida solamente con nuestro cuerpo visible de carne y huesos, y por lo tanto, estamos convencidos de que el cuerpo es lo único que existe de nosotros.
En consecuencia, hemos hecho del cuerpo el centro único de nuestra existencia, alrededor del cual gira toda nuestra vida y sus actividades.
Como cristianos hemos aprendido y escuchado desde niños, que además del cuerpo de carne, poseemos también un espíritu o alma inmortal. Pero como nuestro espíritu es invisible y está escondido dentro del cuerpo, lo hemos olvidado y hasta ignorado totalmente.

Para ser capaces de captar y entender bien el mensaje espiritual contenido en las Santas Escrituras, debe darse un cambio radical de perspectiva en nuestra vida, es decir, ir dejando paulatinamente que nuestro cuerpo siga siendo el único centro de nuestra vida y hacer del alma el nuevo centro o eje de nuestra existencia.

Ese cambio al que yo me refiero, tiene una excelente referencia en la historia de la de la ciencia mundial y en la historia del Cristianismo.
En la Antigüedad durante miles de años, se creía que la tierra era el centro del universo y que el sol y los demás planetas giraban alrededor de la tierra. Hasta que en el año 1543 un astrónomo y monje polaco llamado Nicolás Copernico demostró científicamente que esa creencia era equivocada, puesto que en realidad es el sol el centro del sistema solar y que la tierra junto con los otros planetas  giran alrededor del sol. Ese cambio radical o giro de perspectiva se conoce en la literatura mundial como giro copernicano.

Ahora bien, lograr ese cambio radical de verte a tí mismo y a tu vida desde una perspectiva totalmente diferente y nueva, no es nada fácil, ni tampoco se da en poco tiempo, y además se necesita la ayuda indispensable del Espíritu Santo, quién siempre está actuando sobre los creyentes.

Para generar ese cambio interior en nosotros, Dios se sirve también de los períodos y ocasiones en que padecemos enfermedades y pasamos por sufrimientos y aflicciones en la vida. Por ejemplo: la fase de la vejez, el deterioro natural de las funciones vitales del cuerpo y la misma cercanía a la muerte van generando en el ser humano un mayor nivel de perspectiva espiritual.

Es una gran bendición, que Dios por su eterno amor y su inconmesurable misericordia hacia nosotros sus criaturas, nos conceda la Gracia de generar ese cambio de perspectiva en nuestras vidas, y que se convierta nuestra dimensión espiritual el nuevo centro de la existencia.

Roguémosle entonces a Dios en nuestras oraciones diarias, que nos conceda el don maravilloso de hacer de nuestra alma eterna el centro de nuestra vida, mientras vivamos en este mundo temporal, antes de pasar a vivir eternamente en el Reino de los Cielos.

Los niños pequeños tienen su alma a flor de piel y por eso se les nota a simple vista.

Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. Marcos 10, 14

Los infantes se muestran a sus familiares tal cual como son ellos. Lo que son y lo que sienten en su alma, lo manifiestan con gestos, muecas, sonidos y palabras, cuando así lo desean. Los niños son sinceros y espontáneos, por eso son capaces de decir lo que piensan y expresar lo que sienten, cada vez que su alma se conmueve por algo.
En varias de mis reflexiones he mencionado, que nuestro cuerpo esconde nuestra alma, y por esa razón se dice, que el cuerpo hace también la función de máscara del alma humana.
En el antíguo teatro griego, se le decía persona a la máscara que usaban los actores, para que el público no pudieran reconocer al actor que interpretaba un determinado personaje o papel.
Solamente en el caso de los niños pequeños, sus cuerpecitos no hacen todavía esa función de máscara, porque ellos no esconden su vida interior espiritual a los familiares. Mientras que en el caso de los adultos, usamos nuestro cuerpo como máscara, para ocultar nuestra vida espiritual secreta. Y debido justamente a que los pensamientos, sentimientos, intenciones y deseos son invisibles para los demás, somos capaces de simular y fingir actitudes y comportamientos cuando lo deseamos y nos conviene.

Lo más grandioso de la infancia, y únicamente mientras dure ese breve período, es el hecho de que las facultades espirituales del alma humana están a flor de piel en los niños, y es cuando los adultos las pueden ver a simple vista, si así lo desean.
Una de esas facultades espirituales que poseen los niños, es la capacidad de creer de manera absoluta en sus padres. Los niños pequeños creen ciegamente en lo que le dicen su mamá y su papá, y además consideran a sus padres como lo más importante y más grande para sus vidas. La otra gran facultad espiritual de los infantes, es su capacidad de amar con toda el alma a sus padres, hermanos y familiares.

Jesús, en la escena con sus discípulos que relata San Marcos en el capítulo 10, dijo a continuación: De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.
Con este versículo Jesús nos está diciendo claramente, que los creyentes cristianos debemos creer y esperar la promesa de vida eterna, tal como creen y esperan los infantes una promesa que sus padres les han prometido.
Los niños creen y esperan tantísimo en sus padres y familiares, por el gran amor y la enorme confianza que les tienen.

De los niños podemos aprender nuevamente  el uso de nuestras propias facultades espirituales, y lo primero que debemos aprender es creer y amar como ellos, para ponerlas en práctica en nuestra relación personal con Dios.
Nosotros cuando fuimos niños, también creímos y amamos con esa misma intensidad y fortaleza, de manera que ahora como adultos, aún disponemos esas mismas capacidades en el alma. Lo único que tenemos que hacer es despertar o reactivar esas facultades.

De allí la gran bendición que Dios le concede a la Humanidad, la capacidad no solamente de procrearnos y reproducirnos, sino sobre todo, de convivir un breve tiempo junto con nuestros infantes, y así tener la magnífica oportunidad de fortalecer nuestra fe y el amor a Dios, por medio del ejemplo práctico que nos dan los niños pequeños de la familia.

Sin duda alguna, uno de los más grandes privilegios que Dios le ha otorgado a la mujer es la maternidad. La madre al crear y desarrollar ese profundo y poderoso vínculo amoroso con sus hijos, es capaz de percibir directamente en su alma la intensa fe, confianza y esperanza que sus hijos infantes le profesan a ella.
Es por esto, que la mujeres logran desarrollar una fervorosa relación personal con Dios, más activa y duradera que los hombres.

Si crees que algún objeto es más valioso que tú, eso refleja que tienes una crisis de identidad.

Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Romanos 5, 8

Vivimos en una sociedad de consumo regida por el criterio de la oferta y la demanda y por el principio mercantil de la escasez, donde reinan además del rey Dinero, igualmente la « princesa » Apariencia y el « príncipe » El qué dirán.
Como pueden ver, las palabras princesa y príncipe las he escrito entre comillas, porque tanto la apariencia como el que dirán, son falsas creencias sobre un supuesto « prestigio » de productos, que han sido inculcadas en nuestras mentes por la publicidad. Recordemos que la palabra apariencia quiere decir: cosa que parece y no es; y el qué dirán es una creencia aún más absurda, porque uno deja de ser y de hacer lo que desea su propio corazón, por complacer a los demás.

Durante décadas, los medios de comunicación con sus machacantes campañas de publicidad, nos han adoctrinado muy bien sobre la manera de pensar y de comportarnos . Y lamentablemente han logrado lo que éllos y las empresas fabricantes deseaban: hacer de nosotros unos consumidores tan convencidos, que hasta llegamos a creer, que los productos en venta son más valiosos e importantes que nuestra propia existencia.
Sin darnos cuenta, nos han creado una grave crisis de identidad, de la cual tenemos que librarnos, porque no es correcto ni justo que seres humanos creadores de las cosas, se consideren y se sientan menos valiosos que las obras materiales de sus manos. Nos han hecho olvidar también, que somos hijos de Dios y que nuestro Padre Celestial nos insufló un espíritu inmortal destinado a vivir eternamente, después de la muerte del cuerpo. Justamente por esto, somos sumamente valiosos para Él y es tanto lo que nos ama, que envió a Jesucristo por nuestra salvación eterna.

Querido lector si esto te sucede a tí, lo primero que debes hacer es, reconocer concientemente que has adoptado una creencia muy equivocada y que esa actitud es totalmente contraria y opuesta a la razón y a tu propia dignidad. Lo segundo es, recordar que eres creatura divina y que posees un espíritu hecho a imagen y semejanza de Dios, y que por lo tanto eres también un ser de naturaleza espiritual. No fuiste creado solamente de carne y huesos, ni tampoco desciendes de los monos, como enseñan en las escuelas sin ningún tipo de pruebas.
Lo tercero es, tener siempre presente que eres un ser único e irrepetible con maravillosas facultades creativas e intelectuales, con una serie de virtudes espirituales como la fe, el amor, la esperanza, la misericordia, la bondad, la mansedumbre, la prudencia, la templanza y muchas más; las cuales te hacen digno de la vida eterna prometida por Jesucristo, para los que creen en Él. Y lo cuarto es, creer que Dios el Creador del Universo te ama como a un hijo, por su Gracia y por la obra redentora del Señor Jesucristo hecha en la cruz para toda la humanidad.

Te recomiendo encarecidamente que te identifiques primero contigo mismo, con tu alma espiritual e inmortal que esconde tu cuerpo; y en segundo lugar con Jesucristo, el Hijo de Dios quién murió por puro amor hacia todos nosotros.

En realidad no necesitamos en absoluto identificarnos con nadie más, ni mucho menos con cosas y máquinas que apenas nos dan un servicio como esclavos modernos que son, pero que nunca jamás nos podrán transferir ni un gramo de valor porque no lo tienen, ni tampoco podrán amarnos con pasión. ¿Acaso un poco de barro o de hierro pueden darle más valor y belleza a un rayo de luz?

El tesoro más valioso y admirable que existe en este mundo terrenal es el alma inmortal que todos los seres humanos poseemos, pero como es un tesoro espiritual, invisible y abundante no lo apreciamos como se merece, por falta de fe en Dios y porque siempre estamos buscando otras cosas fuera de nosotros.

Es necesario creer que hemos sido creados por Dios no solamente con un propósito para nuestra corta vida aquí en este mundo terrenal, sino también para una nueva vida espiritual y eterna en el Reino de Dios como destino final, tal como lo prometió nuestro Señor Jesucristo.

Si llegas a identificarte otra vez con un automóvil Mercedez Benz, con una blusa Benetton, con una cartera Louis Vuitton, con unos zapatos Nike o con un bolígrafo Mont Blanc, y crees que su imaginado prestigio te va a transformar en otra persona mejor y te va a hacer más valioso realmente; me temo que todavía padeces de una crisis de identidad.

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para que seamos llamados hijos de Dios, pues los somos! 1 Juan 3, 1