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El ser humano fue creado por Dios para la felicidad eterna.

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. Juan 16, 33

La esperanza es una de las virtudes o facultades humanas más importantes para la vida. Y sin embargo, la mayoría de la gente no está tan consciente de lo esencial que es para nuestra vida diaria. Esperanza significa: el acto de esperar algo que NO se ve, porque es un acontecimiento en el futuro.
La gran relevancia de la esperanza consiste en que es el estímulo espiritual que nos da el aliento, la fortaleza y el vigor necesarios, para alcanzar una meta o un objetivo que nos hemos propuesto.

Las acciones humanas dependen de tener fe y esperanza, cuando decidimos emprender cualquier actividad afanosa y compleja que implica riesgos. ¿Quién va a navegar en alta mar o a casarse o a engendrar hijos, o a lanzar semillas sobre la tierra para la siembra y no está confiando y esperando siempre que todo le va a salir bien?
Por consiguiente, son la esperanza y esa fe que confía en el futuro las que sustentan y amparan la vida en cualquier situación de desenlace dudoso.

Si la vida en este mundo es el mejor ejemplo de un largo y penoso proceso de etapas laboriosas, duras y complejas, ¿no es mucho mejor confiar y esperar en Dios que en lo demás?
El Señor Jesucristo, siempre con la verdad en sus Palabras y sus actos, enseñó y advirtió a sus discípulos y al pueblo que lo escuchaba, en relación con la dura vida en este mundo, diciéndoles: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo”.

La vida en sí misma, consiste en una lucha por satisfacer necesidades y aspiraciones: unas necesidades materiales en el mundo visible exterior y otras necesidades espirituales en nuestra alma. Es decir, que cada uno de nosotros está luchando en dos arenas o frentes simultáneamente, y como si eso no fuera suficiente, la lucha es, además, constante. De esta situación resulta, entonces, la dureza que caracteriza la vida.

Precísamente, porque la vida en este mundo es una lucha constante, Jesucristo nos reveló la promesa de vida eterna en el Reino de los cielos, para que por medio de la fe, naciera la gran esperanza en los creyentes cristianos, la cual nos proveerá el aliento, el vigor y la fortaleza que necesitamos para vencer en todas las luchas que nos depare el destino, esperando confiados en la felicidad eterna prometida, después de entregarle nuestro espíritu a Dios, al morir.

Si la vida terrenal es comparada con una lucha, la esperanza cristiana se podría comparar con un barco que nos transporta y nos conduce a nuestra meta final. Basándome en esa visión, escribí la siguiente alegoría náutica:

El amor de Dios, cual viento espiritual inagotable, está soplando siempre. Por eso, para aprovecharlo sólo tenemos que izar las velas de nuestra fe, para que con la viva esperanza como navío, seamos capaces de navegar sin temor alguno en el tempestuoso mar de la vida, rumbo a las playas eternas de nuestra patria celestial.

En las manos de Dios están nuestra vida y nuestro destino.

Mas yo en ti confio, oh Yahveh, me digo: “Tú eres mi Dios!”, en tu mano están mis tiempos; líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores. Salmo 31, 14-15

Si existe una fuente vigorosa de paz y de calma para el alma de un creyente, es aprender a confiar siempre en Dios Padre Todopoderoso y amoroso, porque Él cuida de cada uno de sus hijos en Cristo Jesús. Ahora bien, sabemos que para ser capaz de confiar firmemente en Dios, primero tenemos que creer de manera absoluta en las Sagradas Escrituras, y no tratar primero de razonar lo que leemos en la Biblia, debido a ciertas dudas que nos asaltan de repente, por estar acostumbrados en estos tiempos modernos a comprenderlo todo y a creerlo posible. Pero resulta, que para los seres humanos es y seguirá siendo imposible, comprender los propósitos y planes de Dios.

David, autor de los salmos y héroe admirable de la fe, nos enseña a confiar en Dios plenamente, cuando en sus ruegos a Dios, dejó para la posteridad frases como: Tú eres mi Dios, en tu mano están mis tiempos.

Igual que la mayoría de los creyentes, también yo he aprendido poco a poco a confiar en Dios.
Al mirar hacia atrás en el transcurso de mi vida, noto claramente que Dios me ha guiado y acompañado durante todos mis tiempos, incluso durante los muchos años en que me aparté y me olvidé de Él; y ahora con gusto puedo testimoniar, que a pesar de mi rebeldía temporal, el Espíritu Santo estuvo cuidando de mi y de los míos, tanto en los malos tiempos como en los buenos.

Nuestra propia historia de vida, al contemplar en su conjunto el tiempo vivido, nos puede ayudar a reafirmar y consolidar nuestra fe, al comprobar que Dios efectivamente ha gobernado e intervenido en nuestras vidas.

A continuación voy a insertar un par de textos selectos de un sermón, que el predicador inglés Charles H. Spurgeon predicó sobre este mismo tema en su Iglesia en Londres en 1891 y que tiene como título “En tus manos están mis tiempos”. Considero a Spurgeon el más brillante y prolífico predicador europeo del siglo 19:

La gran verdad es esta: todo lo que concierne al creyente está en las manos del Dios Todopoderoso. “Mis tiempos,” estos cambian y mutan; pero sólo cambian de acuerdo con el amor inmutable, y se mudan sólo de acuerdo al propósito de Uno en el que no hay mudanza, ni sombra de variación. “Mis tiempos,” es decir, mis altibajos, mi salud y mi enfermedad, mi pobreza y mi riqueza; todas estas cosas están en la mano del Señor, que arregla y asigna, de conformidad a Su santa voluntad, la prolongación de mis días, y la oscuridad de mis noches. Las tormentas y las calmas hacen variar las estaciones según el señalamiento divino. Si los tiempos son alentadores o tristes, a Él corresponde decidirlo, que es Señor tanto del tiempo como de la eternidad; y nos alegra que así sea.

Todas las cosas son ordenadas por Dios, y son establecidas por Él, de conformidad a Su sabia y santa predestinación. Cualquier cosa que ocurra aquí, no ocurre por azar, sino de acuerdo al consejo del Altísimo. Los actos y las acciones de los hombres aquí abajo, aunque son dejados enteramente a sus propias voluntades, son la contraparte de lo que está escrito en el propósito del cielo.

¡Quédate tranquilo, oh hijo, a los pies de tu grandioso Padre, y deja que haga lo que le parezca bien! Cuando no puedas comprenderlo, debes recordar que un bebé no puede entender la sabiduría de su progenitor. Tu Padre comprende todas las cosas, aunque tú no puedas: que Su sabiduría te baste. Podemos dejarlo todo allí sin ansiedades, puesto que está en la mano de Dios; y está donde será realizado hasta una conclusión exitosa. Las cosas que están en Su mano prosperan. “En tu mano están mis tiempos,” es una garantía que nadie puede perturbarlos, o pervertirlos o envenenarlos. En esa mano descansamos tan seguramente como descansa un bebé sobre el pecho de su madre.

No somos nada, mientras nuestra alma habite en este cuerpo tan frágil y mortal.

El hombre, como la hierba son sus días, florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más.
Salmo 103, 15-16

Durante estos angustiantes tiempos de la pandemia del virus Covid-19, han pasado imágenes de horror en las pantallas delante de nuestros ojos asombrados, que nos mostraron enormes multitudes de muertos y enfermos causados por esta nueva enfermedad contagiosa y mortal, en todo el mundo.

Una insignificante y despreciable criatura como es un microbio, puso a temblar de repente a los gobiernos más poderosos del planeta y a sus formidables ejércitos, los cuales no pudieron hacer nada en contra con sus armas, porque el enemigo resultó ser invisible esta vez.

A los sistemas de salud en los países más desarrollados les fue aún peor, aunque cuentan con una infraestructura de modernos hospitales y con un equipamiento óptimo de sus servicios básicos de personal paramédico, ambulancias, emergencias y suministro de medicamentos; el virus los puso de rodillas y muchas clínicas colapsaron totalmente, por no estar bien preparadas para esta contingencia, a pesar de que hace decenas de años, la Organización mundial de la salud y círculos profesionales de epidemiólogos de todos los continentes, estuvieron advirtiendo en varias oportunidades sobre la alta probabilidad de que una pandemia, podía ocurrir en cualquier momento.

La pandemia ha sido una clara señal para toda la humanidad, la cual se puede interpretar y analizar desde diversos aspectos de la vida y perspectivas.
Desde la perspectiva de la fe cristiana, considero que la pandemia ha sido un mensaje divino dirigido a sacudir la conciencia de la gente en las sociedades de los países industrializados, donde se adoran innumerables ídolos, entre los cuales están, en primer lugar, el hombre mismo, quien por su orgullo, vanidad y vanagloria se cree un superhombre que puede vivir bien olvidándose de Dios y de su fragilidad, y en segundo lugar, todos los objetos materiales creados por sus manos: el dinero, las máquinas, las edificaciones, la tecnología y la medicina moderna; con los cuales se siente más que seguro e imbatible.

Mientras millones de personas morían y se enfermaban por el virus, la naturaleza por el contrario, se recuperaba con vigor y hasta los indefensos pajaritos en los bosques, cantaban alegremente como siempre y como si nada estuviera sucediendo.

Desde hace más de 3 mil años fueron escritos en el Viejo Testamento, párrafos como el del salmo 103 citado arriba, que describen con metáforas y enseñan la verdad sobre los seres humanos: el hombre es tan frágil y perecedero como la hierba, o dicho de otra manera: el hombre no es nada.

La similitud entre las expresiones simbólicas del versículo y la forma de contagiarnos con el virus es asombrosa. La frase dice: “florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció”.
En el caso concreto del Covid-19, sabemos que la via principal de contagio, sucede al aspirar aire con micropartículas de agua (aerosoles) que contienen el virus, las cuales son transportadas por el viento.
Por lo tanto, así como el viento pasa por la vulnerable flor del campo y muere, igualmente podemos morir así de fácil, si un soplo de viento contaminado con el virus pasa por nosotros.

Ahora bien, lo más importante y la gran diferencia es que lo único que muere del hombre es su cuerpo de carne y huesos, pero no su alma inmortal, la cual en el instante de la muerte, pasa a una vida más abundante, eterna y libre de sufrimientos. Entonces tengamos bien claro y recordemos siempre lo siguiente: es sólo por culpa de nuestro cuerpo, que no somos nada. 

¿De qué le sirve vivir bien al que no puede vivir para siempre?

Os digo, pues hermanos: el tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa. Yo os quisiera libres de preocupaciones. 1. Corintios 7, 29-32

Si existe una pregunta universal, que se hacen todos los seres humanos en algún momento de su vida, se podría decir con toda certeza que es la siguiente: ¿Qué sentido tiene la vida?
Debido a que la respuesta está fuera del alcance de la razón y la inteligencia, el sentido de la vida humana siempre ha sido un misterio para la filosofía y la ciencia. Ese misterio y muchos otros más, como el de la vida después de la muerte, han sido siempre asuntos secretos que únicamente por medio de la fe y las religiones, podían ser explicados y resueltos.

A través de los tiempos, Dios le ha estado revelando al ser humano lo que le estaba vedado averiguar por sus propios medios. De ahí la enorme importancia que tarde o temprano la fe religiosa adquiere en la vida de los hombres y las mujeres.

La humanidad en toda su historia no había recibido una revelación más maravillosa que la Buena Nueva anunciada por Jesucristo: que el ser humano posee un alma inmortal y que después de la muerte hay una vida eterna en el Reino de los Cielos.
La promesa de Cristo Jesús sobre la vida eterna es la primera promesa de la que tiene que apoderarse un cristiano en su vida como creyente. Precisamente porque nuestra vida terrenal es pasajera y la apariencia de este mundo pasa. La esperanza de la vida eterna en el Reino de Dios es el ancla más firme y más potente en la vida cambiante, pasajera y atormentada de un ser humano.

En nuestras sociedades de consumo occidentales se ha impuesto la creencia en la mayoría de los ciudadanos, de que venimos a este mundo a disfrutar al máximo de los placeres, los viajes, las comodidades y los lujos que la vida moderna nos puede ofrecer, siempre y cuando tengamos el dinero necesario para comprarlos, es decir, que el sentido de la vida consiste:
en vivir bien o darse la buena vida.

Este moderno y agradable estilo de vida, el cual nos permite vivir en la abundancia de bienes y servicios, en la comodidad material y en la prosperidad social, nos hace considerar que es precísamente el bienestar económico y social, lo que le da pleno sentido a la vida humana. Pero sucede, que tan pronto como estamos en la cúspide de la prosperidad material, aparecen la enfermedad, la vejez y el pensamiento de la muerte, para recordarnos que en cualquier instante tendremos que abandonar todo esto.

Entonces, a causa de la única realidad segura que es la muerte inevitable, se desvanece el aparente y engañoso sentido de la vida, que la abundancia le había proporcionado transitoriamente.

El evangelio de Jesús nos enseña a vivir y a morir con metas eternas. El gran aporte del cristianismo a la humanidad ha sido el enseñarnos a vivir con esperanza, es decir, a ser seres esperanzados, así como también el preparar espiritualmente al creyente para recibir el momento de la muerte con la promesa de vida eterna.

«El cristianismo es grande porque es una preparación para la muerte inevitable». Esta frase de Cecilio Acosta (1818-1881), insigne intelectual y escritor venezolano, resume la prodigiosa obra que realiza en el alma del creyente, la esperanza viva que surge de la promesa de vida eterna que trajo Jesucristo a la humanidad.

“El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.” Juan 6, 63

Esta es una enseñanza clara e incuestionableque el Señor Jesucristo dejó como testimonio a los cristianos y a toda la humanidad, en primer lugar, de que nuestra naturaleza como seres humanos, está compuesta de un espíritu o alma inmortal y un cuerpo de carne; y en segundo lugar, que el espíritu humano es el que le da vida a nuestro ser, y que en consecuencia, es nuestra alma espiritual lo más valioso e importante de nuestra existencia terrenal, por haber sido creada por Dios para vivir eternamente. La carne del cuerpo humano, por el contrario, no está hecha para la vida eterna, ya que inevitablemente se enferma, envejece y al morir se pudre.

La doctrina materialista, la cual niega la existencia del alma espiritual y su inmortalidad, ha tomado tanto auge entre los académicos, intelectuales, científicos y filósofos desde hace 150 años, que actualmente se encuentra muy arraigada en los programas de estudio de las universidades, centros de formación profesional y escuelas de bachillerato en el mundo occidental.

Es difícil de creer y penoso de aceptar el hecho, de que también las facultades de teología y los seminarios de las iglesias católicas y protestantes, lamentablemente se han dejado influenciar demasiado por esa filosofía materialista, lo cual se conoce en la literatura académica como el proceso de secularización, el cual consiste en la transformación que ha vivido la iglesia como institución religiosa, que ha pasado de dedicarse a su misión esencialmente espiritual a ocuparse en campos de actividades mundanas o materiales. La secularización en las iglesias ha traído graves consecuencias a sus teólogos y al personal de sacerdotes, entre las cuales están: dudas en su vocación religiosa, la razón ha sustituido en gran parte a la fe en Dios, declinación en la creencia de la Palabra de Dios y debilitamiento del compromiso con el verdadero Evangelio.
Tan seria es la situación, que existen ya teólogos modernos que son ateos!

Desde hace muchísimo tiempo en las iglesias tradicionales no se habla ni se escribe de manera entusiasta y abierta en los sermones y en las publicaciones periódicas, sobre la promesa de vida eterna y el Reino de los Cielos, sobre la maravillosa esperanza viva cristiana, sobre el Espíritu Santo que vive y obra siempre entre nosotros, sobre la existencia del alma espiritual y su inmortalidad y ni mucho menos, sobre nuestra propia espiritualidad como hijos de Dios que también somos. Esta realidad es muy lamentable, pero es así.

Estas son precísamente algunas de las causas de la enorme crisis por la que están atravezando las iglesias tradicionales, que ha provocado el éxodo de millones de sus creyentes hacia las iglesias evangélicas y otras denominaciones cristianas.

Yo en lo personal, que fui criado y educado como católico en mi familia, que estudié el bachillerato en colegios jesuítas y maristas, y que trabajé como catequista durante mis estudios, estoy decepcionado completamente de la iglesia católica por estas y muchas otras razones.

Es por eso que hoy más que nunca, una tarea indispensable del creyente cristiano es la de leer la palabra de Dios, tal cual como está escrita en la Biblia, y no conformarse con las interpretaciones, comentarios y explicaciones de su significado, que la mayoría de los teólogos, pastores y sacerdotes modernos tanto católicos como protestantes han estado difundiendo desde el siglo pasado.

Y algo aún más importante, es tener siempre presente que el Señor Jesucristo desea estar en nuestros corazones y mantener una relación personal con nosotros, porque como Hijo unigénito de Dios es nuestro único mediador ante Dios Padre, por lo tanto, no necesitamos para nada ningún intermediario humano, ni ser miembros formales de una iglesia.

¿Por qué es tan importante saberse amado por Dios y tener nuestra esperanza puesta en Jesucristo, aunque sabemos que nuestras madres, hermanos, esposos, hijos e amigos también nos aman?

El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. 1 Juan 4, 8-9

En primer lugar, porque poseemos un alma inmortal que vivirá para siempre la vida eterna y abundante en el Reino de los Cielos, después de la muerte inevitable de nuestro cuerpo.
Y en segundo lugar, porque el amor humano que recibimos de nuestros queridos familiares, esposos, hijos o amigos; y el que nosotros les retribuimos a ellos es un amor que por más fuerte y profundo que sea, está limitado tanto en su pureza e intensidad como en su duración, puesto que en cualquier momento podemos morir.

Por eso, el amor humano se podría comparar con la llama de una vela, y por lo tanto, en sentido figurado son nuestros seres queridos, las velas que nos alumbran en esta vida terrenal al brindarnos luz y calidez espiritual por medio de su amor. Mientras que el amor de Dios, por ser puro, eterno y de gran intensidad, lo podríamos comparar con el sol.

Los que se han alumbrado de noche con una vela saben, que la llama es pequeña, de poca intensidad, que es sumamente frágil porque con un pequeño soplo de aire se puede apagar; que no dura mucho tiempo porque la cera se va consumiendo, y que al final, la pequeña llama se extingue para no encenderse más.

Y cuando un ventarrón repentino del destino durante nuestra vida apague la llama de algunas de las velas que nos alumbran, o bien cuando venga el vendaval de la muerte y apague nuestra propia llama, qué maravilloso refugio y consuelo es entonces saber, que contamos para siempre con la llama del amor inmenso de Dios, el cual nos sostiene y nos ilumina el alma durante las adversidades de la vida en este mundo, y nos seguirá iluminando en la vida eterna junto con nuestro Señor Jesucristo y las demás almas vivientes en el Reino de los cielos.

El gran amor de Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo están ahora y estarán siempre presentes con todos nosotros, como el aire que respiramos y que nos da la vida, pero que no podemos ver ni tocar, y que sin embargo, está siempre allí.

Si todavía no tienes la certeza de saberte amado por Dios, acerca tu alma a Jesucristo por medio de la oración y de la lectura de la Biblia; y ruégale, que le dé más vigor a tu fe y te conceda la perseverancia necesaria, para interiorizar su divino amor espiritual en tu corazón.

Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. 1. Corintios 13, 13

Si deseas comprobar la existencia de tu propia alma dentro del cuerpo, hazlo amando a un hijo, un familiar o un amigo.

Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a Aquél que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. Mateo 10, 28

Una de las experiencias espirituales personales de mayor significado y trascendencia en la vida de cualquier individuo, es el tomar conciencia de la propia conciencia, o dicho de otra manera, reconocer la existencia de nuestra alma como una entidad o sujeto, que habita dentro del cuerpo.
Gracias a la conciencia, los seres humanos tenemos la capacidad de reconocer en nosotros mismos nuestra propia naturaleza, compuesta de dos dimensiones: un cuerpo de carne y un alma espiritual.

Especialmente en estos tiempos modernos en que la ciencia moderna y materialista, rechaza e ignora la dimensión espiritual del ser humano en sus investigaciones y publicaciones, es para los creyentes cristianos de suma importancia, lograr comprobar la existencia del alma de una manera sencilla y práctica.

Para eso les traigo un consejo de San Agustín de Hipona (13/11/354 – 28/08/430), uno de los grandes patriarcas del cristianismo, que encontré hace años cuando me dediqué a leer sus obras y sermones.

San Agustín, en algunos de sus sermones, con el fin de ilustrar mejor la dualidad de la naturaleza humana compuesta de alma y cuerpo, animaba a sus oyentes a comprobar en sí mismos la realidad de la existencia del hombre interior (el alma), que no se ve pero que se siente y el cual habita dentro del hombre exterior (el cuerpo):

«Y lo que no se ve, esto se ama más, pues consta que se ama más al hombre interior que al exterior. ¿Cómo consta esto? Compruébelo cada uno en sí mismo. En efecto, ¿qué se ama en el amigo, donde el amor es totalmente sincero y limpio? ¿Qué se ama en el amigo, el alma o el cuerpo? Si se ama la lealtad se ama al alma; si se ama la benevolencia, sede de la benevolencia es el alma; si en el otro amas que ése mismo te ama también a ti, amas el alma, porque no es la carne, sino el alma, la que ama».

Este consejo me recuerda el famoso diálogo en el cuento El Principito del escritor francés Antoine de Saint‐Exupéry, cuyo mensaje se ha hecho famoso en todo el mundo por su formidable sabiduría:

“Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse—”.

Es muy probable que el escritor de Saint‐Exupéry haya leído también a San Agustín y se haya inspirado en él para escribir su cuento.
Lo importante que deseo destacar aquí, es que lo que ellos afirman es la verdad indiscutible, aunque los científicos no lo quieran creer y aceptar. Allá ellos los incrédulos con sus contradicciones y paradojas.

Por esa razón, es que el alma humana, a pesar de que es nuestra realidad interior, de que es la que define nuestro carácter personal y de que es la que ama de verdad, la gente no habla sobre ella ni de su gran importancia en nuestra vida como individuos y como sociedad. Esta es una actitud incoherente y absurda de la mayoría de los ciudadanos de hoy en día, debido al rechazo que ahora está de moda en las sociedades de consumo occidentales, a todo lo que tiene que ver con la religión cristiana y las iglesias tradicionales.

Los cristianos que mantenemos nuestra fe firme en Dios y apoyada en la Roca que representa al Señor Jesucristo, nos podemos comparar con orgullo con aquellos peces de los ríos que nadan contra la corriente con fuerza y energía, demostrando así, que estamos bien vivos y coleando.   

Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día. 2. Corintios 4, 16

Aunque es verdad que en Europa mucha gente está abandonando las iglesias, eso no debe inquietar a los creyentes fieles.

Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oir novedades; apartarán sus oidos de la verdad y se volverán a las fábulas. 2. Timoteo 4, 3-4

Los creyentes cristianos que vivimos en Europa, sabemos que nuestra vida se desarrolla en medio de una cultura que desde hace ya décadas, ha estado ignorando los principios cristianos tradicionales y que las iglesias tanto católicas como protestantes han estado perdiendo aceleradamente miembros de sus congregaciones. De seguir esa tendencia del desinterés por la religión y hasta el rechazo hacia las iglesias, los cristianos seremos pronto una minoría religiosa más entre los musulmanes, judíos y los budistas.

Todos sabemos también que los tiempos cambian, y que desde que existe la humanidad, según leemos en la historia, las costumbres y las culturas han estado cambiando con el paso de los siglos. En la actualidad, por el avance de la ciencia y la tecnología, esos cambios son cada vez más a menudo por la frecuencia en que aparecen las novedades, que generan las nuevas tecnologías.

Otro factor muy importante e influyente son los medios de comunicación, los cuales han sido transformados en medios de manipulación, y lo más grave es, que han perdido la necesaria sinceridad, honradez y objetividad al transmitir informaciones. Hoy en día, los medios de comunicación mienten y manipulan las noticias descaradamente, procurando así que el público solamente lea o escuche las cosas que el mismo público desean escuchar, con el propósito de atraernos y persuadirnos.

En su Carta a Timoteo, el apóstol Pablo explica de manera magistral cómo funciona el corazón humano y cuánto nos gusta ver y escuchar fantasías e ilusiones en las pantallas, las cuales hacen que muchos se aparten de la verdad del Evangelio. Estos versículos de Pablo son una verdadera profecía para nuestros tiempos, porque descríbe exactamente lo que está sucediendo en las sociedades de consumo europeas y de todo el mundo en la actualidad, que es lo siguiente: el enfriamiento del amor a Dios, por haber sido encendido el amor al dinero, por los medios de comunicación.
 
En relación a la ambición por acumular dinero, el Señor Jesucristo nos advirtió:
Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno, y amará al otro; o apreciará al uno, y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.  

Sin embargo y a pesar de esta divina advertencia, algunos pastores de iglesias evangélicas en los Estados Unidos en la década de los años 80, inventaron lo que ellos llamaron “el evangelio de la prosperidad”, un falso evangelio bien disfrazado y transmitido por televisión, que por cierto, les sirvió para hacerse millonarios en poco tiempo. Los llamados “teleevangelistas” más descarados usaron lemas publicitarios, como por ejemplo: “Sirve a Dios y vuélvete rico”.

Con falsos profetas como estos pastores corruptos, quienes se han estado aprovechando indebidamente de la fe de cientos de miles de personas incautas, para enriquecerse; no debe extrañarnos entonces, que exista mucha gente decepcionada de la religión cristiana.

Todos estos problemas y las situaciones escandalosas que han ocurrido en las iglesias, en la larga historia milenaria del cristianismo en el mundo, ya habían sido profetizadas en las Sagradas Escrituras, y además, todas sin excepción son conocidas por Dios, y por lo tanto, deben estar cumpliendo un determinado propósito divino, que nosotros desconocemos.

Debemos recordar que el Espíritu de Dios está siempre obrando y cuidando de sus fieles y de las iglesias. Recordemos también que Dios Padre nos juzgará a cada uno de nosotros en el día del Juicio Final, y que cada creyente cristiano que se haya mantenido fiel y haya adorado a Jesucristo en verdad y en espíritu, recibirá de nuestro Dios Justo y Misericordioso, lo que bien merece.

La Buena Nueva del Señor Jesucristo fue: su promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos y el perdón de nuestros pecados por medio de su sacrificio, que por AMOR hizo en la Cruz.

Y esta es la promesa, la cual él nos prometió: la vida eterna. 1. Juan 2, 25

En esta reflexión, deseo dar respuesta a la siguiente pregunta, que se hacen actualmente cientos de millones de personas cristianas en el mundo: ¿Cuál es la Buena Nueva que el Señor Jesucristo trajo para la humanidad hace más de 2 mil años?
La pregunta es sencilla, pero dar una respuesta acertada es bastante dificil, puesto que primero, es indispensable saber enfocar lo esencial del nuevo Testamento, y segundo, ser capaz de resumirlo de forma comprensible para todos los hombres y mujeres.

La mayoría de los creyentes cristianos hoy en día no están seguros o no saben exactamente, cuál es la llamada Buena Noticia que anunció Jesús en persona, y que logró producir un cambio radical en la conciencia y en la vida de los apóstoles y de los primeros cristianos en la Antigüedad.
Recordemos que los doce discípulos dejaron sus actividades laborales y sus familias, para acompañar a Jesús como su Maestro, cuando él los llamó a acompañarlo y a predicar en su nombre. Eso sucedió cuando Jesús estaba en la región de Galilea y ya predicaba sobre el Reino de los Cielos. Allí conoció a los pescadores Simón Pedro y Andrés llamándolos a venir con él, quienes fueron los dos primeros apóstoles que Jesús escogió.

Para Jesús poder generar en los discípulos esa transformación en su voluntad y en su forma de pensar, que los animó a dejar todo y seguirlo de inmediato, tuvo el Señor que haberles dicho algo tan grandioso e insuperable, algo que ellos nunca antes habían escuchado, algo que ni siquiera se hubiesen podido imaginar. Según mi opinión, ese mensaje fue: la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos.

Por supuesto, que también el gran carisma de Jesús, es decir, la fascinación y el encanto que su personalidad les transmitía, influyó mucho seguramente para que los discipulos se sintieran atraídos por él y creyeran todo lo que el Señor les decía.

Son incontables los escritos y los sermones que sobre las enseñanzas del Señor Jesucristo sobre los 4 libros de los evangelistas y las cartas del Apóstol Pablo, que han sido difundidos por una infinidad de sacerdotes y pastores en el mundo entero. Todo eso ha servido para la conversión y la formación religiosa de miles de millones de cristianos, así como para la aplicación de los valores y principios cristianos en los que se fundamenta la civilización y la cultura cristiana en todo el mundo.

Sin embargo, el inmenso mar de interpretaciones, enfoques y predicaciones sobre la Palabra de Dios, que se han publicado en los últimos 100 años, han dispersado y diluido tanto el contenido original de la Biblia en diversas direcciones y corrientes, que los mensajes se han alejado demasiado del fundamento del Evangelio del Señor Jesucristo, porque la gran mayoría de los temas de los escritos y sermones no están anclados en las Sagradas Escrituras, por no estar relacionados los asuntos tratados con lo que dice la Biblia, y así han terminado yéndose por las ramas o hablando de temas secundarios, los cuales no fortalecen la fe ni la esperanza en la vida eterna de los creyentes en Cristo Jesús.

Esta situación se podría muy bien ilustrar con la función del ancla de un barco. Cualquier embarcación en el mar que desea mantenerse en un lugar fijo por un tiempo determinado, para no alejarse del sitio o posición donde se encuentra, necesita echar al agua el ancla, que la mantiene fijo allí. De lo contrario, las corrientes del mar y el viento la arrastrarán a otro lugar no deseado.

El alejamiento de las enseñanzas de la Biblia al que me refiero, fue una consecuencia directa del movimiento intelectual conocido como la Ilustración que se inició en Europa en la década del año 1850. A partir de ese período los políticos, científicos y filósofos de la época, se negaron a aceptar muchos dogmas o principios cristianos basados en la Biblia, que habían sido establecidos muchos siglos antes por la iglesia católica.

Actualmente en muchas iglesias los púlpitos son utilizados para hablar sobre todos los temas imaginables de actualidad, tal como se hace en la televisión, por ejemplo: política, humor, catástrofes naturales, guerras, derechos humanos, la ideología del género, etc.

En vista de que esa es la realidad que estamos afrontando y de que esta situación va a continuar así, es conveniente que los creyentes cristianos nos dediquemos a leer las Santas Escrituras con más regularidad y empeño, las cuales contienen el verdadero alimento espiritual, que es capaz de llenar todas aquellas almas hambrientas de paz interior, de misericordia, de consuelo y de esperanza en la vida eterna, que solamente Dios Padre nos puede conceder por su inconmensurable Gracia y su Amor eternos.

Pero Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Mateo 4, 4

Tal como el Señor Jesucristo entregó su espíritu en el instante de su muerte, así mismo lo haremos nosotros también al morir, para pasar a la vida eterna prometida.

Y cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu. Juan 19, 30

Según su evangelio, Lucas describe las últimas palabras de Jesús antes de morir en la cruz, de la siguiente manera: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Y Juan, quien acompañó hasta el final a Jesús y estuvo presente en el Calvario cuando Jesucristo murió, menciona como sus últimas palabras: “consumado es”.
Lo que deseo destacar en esta oportunidad, es concretamente la expresión que el discípulo Juan utilizó para decir que Jesús murió: entregó el espíritu a Dios. Esta expresión tan llena de esperanza y de consuelo, es sin duda una confirmación adicional de que la muerte humana, consiste en la separación del alma inmortal del cuerpo mortal. La palabra de Dios nos enseña a los cristianos, que fallecer o morir es en realidad entregar nuestro espíritu vivo e inmortal a Dios, por lo tanto, lo que deja de existir es solamente nuestro cuerpo de carne y huesos.

Es precísamente por esa razón, que Jesús le dijo a un grupo de saduceos, esos judíos que niegan la resurrección: “¿no habeis leido aquellas palabras de Dios cuando os dice: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Mateo 22, 31-32

Esta verdad bíblica es de suma importancia y utilidad, para que los creyentes cristianos dejemos de considerar la muerte como el inesperado y terrible final de nuestra existencia, y aprendamos a aceptarla como lo que es en realidad: un acontecimiento natural y necesario en la vida, que si bien es triste y doloroso para los sobrevivientes, para la persona que deja este mundo, es pasar de una vida agotadora y moribunda a una mejor vida nueva y eterna. Y además, es conveniente pensar, que en la gran mayoría de los casos de enfermos incurables y de ancianos de avanzada edad, la muerte es seguramente para ellos más bien una bendición, porque los libra de sus insoportables dolores y sufrimientos.

Por su parte el apóstol Pablo, en su carta a los filipenses les mencionó una experiencia personal y muy íntima, sobre un conflicto existencial que él tenía consigo mismo sobre su vida y su muerte: “Pero si el vivir en la carne, esto significa para mí una labor fructífera, entonces, no sé cuál escoger, pues de ambos lados me siento apremiado, teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor”. Filipenses 1, 22-23
En algunas iglesias existe la vieja pero muy equivocada creencia, de que todos aquellos cristianos que han fallecido están: “descansando en paz” o “disfrutando del sueño eterno”. Esa falsa creencia es lamentablemente el resultado de una desafortunada lectura e interpretación de la Biblia, posiblemente por haberse concentrado solo en el cuerpo muerto o cadáver, que da la impresión de estar dormido. Por el contrario, el espíritu humano o alma espiritual continúa vivo y despierto para vivir eternamente en el Reino de Dios!
Últimamente, en muchas congregaciones cristianas se han percatado de esa equivocación y la han estado corrigiendo, pero una creencia tan popular como esa, será muy dificil que el público la vaya a sustituir por la creencia correcta en un futuro cercano.

Leer las Sagradas Escrituras con mucha atención y detenimiento, es lo mejor que podemos hacer para enterarnos y conocer de primera mano, lo que Jesús llamó: el alimento espiritual para todo creyente.