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El Reino de Dios en los Cielos lo podríamos imaginar como un glorioso y espléndido amanecer eterno.

Ya no tendrán hambre ni sed, ni el sol los abatirá, ni calor alguno, pues el Cordero en medio del trono los pastoreará y los guiará a manantiales de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.
Apocalipsis 7, 16-17

En la vida cuando estamos pasando penas y dificultades, siempre esperamos que las aflicciones y los problemas que nos aquejan terminarán algún día y que entonces habrá un nuevo comienzo. Asi como lo hemos experimentado en esas desagradables ocasiones, cuando por algún problema serio o una enfermedad que nos agobia, no podemos dormir en la noche y anhelamos con ansia el nuevo amanecer.

Los niños por su natural carácter poseen una gran fe, la cual los capacita de una manera extraordinaria a confiar y esperar siempre lo mejor en el futuro. Ellos están contínuamente llenos de confianza y esperanza en lo que concierne a su porvenir personal, porque saben que cada día trae un nuevo amanecer y con él vienen nuevas experiencias y oportunidades. Dios les ha concedido a los niños esa profunda fe como un exclusivo don y privilegio.

Por cierto, yo no he tenido la lamentable experiencia de conocer a un niño de una familia creyente con una enfermedad mortal, y sin embargo, me puedo imaginar que si sus padres le enseñan a su hijo sobre la promesa del Señor Jesucristo de vida eterna en el Reino de los Cielos, ese niño enfermo antes de morir creerá la promesa y la esperará confiado, porque sus padres así se lo han testificado.

A diferencia de los niños, los adultos poseemos más conciencia y muchos más conocimientos que los niños, pero menos fe y menos esperanza que ellos. Debido a que Dios, le ha otorgado al ser humano adulto la plena libertad de poder elegir entre creer o no creer en Él y en la vida eterna.

Entre la infinidad de realidades que conocemos de la vida se encuentra la de nuestra muerte inevitable y la agonía que la precede y acompaña. Es por eso que nuestro gran dilema existencial ante la muerte será entonces: creer en Dios o no creer.
A la agonía se le puede comparar con una larga y oscura noche que le trae a nuestra existencia tinieblas, frío, soledad y cansancio.
El amanecer, por el contrario, le trae y obsequia luz, calor, vida abundante y energía vital a nuestra vida.

No deberíamos fijarnos tanto en los problemas y miserias del momento presente, sino más bien procurar recordar las misericordias recibidas del Señor en el pasado y dirigir nuestra mirada hacia el futuro, para poder vislumbrar las glorias que están reservadas para nosotros en la vida eterna más allá de los cielos.

Cuando te encuentres en el atardecer de tu vida en la vejez y se vaya aproximando la última y larga noche de la muerte, te ruego que esperes lleno de fe y esperanza el deslumbrante amanecer eterno de la vida nueva y abundante, que nos prometió Cristo Jesús.

Yo soy la puerta; si alguno entra por mí, será salvo; y entrará y saldrá y hallará pasto. El ladrón sólo viene para robar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.
Juan 10, 9-10

Los sufrimientos por los que pasamos no significan que vivimos sin Dios, sino lo contrario, pues esas pruebas provienen de Dios.

Pero Él sabe el camino que tomo; cuando me haya probado, saldré como el oro.  Job 23, 10

Sin duda alguna, el origen del sufrimiento humano es el mayor misterio de la vida. Y también, el sufrimiento es una gran realidad natural que forma parte esencial de la vida de todos los seres humanos sin excepción.
Vivir es también sufrir!
Para los creyentes cristianos el sufrimiento inocente, es decir, el sufrimiento de los niños y el sufrimiento del adulto justo y obediente, causan aún más consternación e incomprensión en las personas afectadas.

¿Por qué la vida terrenal es así? Nosotros no lo sabemos, pero Dios Creador de todo el universo, sí lo sabe, y además, el sufrimiento debe tener en consecuencia un propósito divino.

El libro de Job del Antiguo Testamento presenta la vida de sufrimiento del personaje principal Job, quien era un creyente hebreo justo que vivió en la época de los Patriarcas del pueblo de Israel. Job considera su terrible sufrimiento como algo injusto e inmerecido, y sin embargo, lucha por encontrar a Dios que se le oculta y a quien Job le sigue creyendo bueno y justo.
La lección espiritual del libro: el creyente debe persistir en su fe en Dios, incluso cuando está sufriendo.

Durante su dura prueba Job y a pesar de sus aflicciones, hace esta afirmación: « cuando (Dios) me haya probado, saldré como el oro ». Eso significa que Job estaba convencido de que Dios estaba permitiendo esas pruebas, y que indirectamente provenían de Él.
Al final de su drama, Job por mantenerse firme en su fe, logró tener un encuentro o una visión espiritual con Dios y le fue devuelta la familia y los bienes que había perdido.

Al leer en el Nuevo Testamento sobre la vida del Señor Jesucristo, sus enseñanzas, su promesa de vida eterna, y en particular, sobre los sufrimientos y dolores que Jesús tuvo que soportar por nuestra salvación al ser crucificado en el Calvario, deberíamos los cristianos reconocer y aceptar con humilde paciencia y sumisión, que nuestro sufrimiento y el de nuestros seres queridos es la soberana voluntad de Dios, y que por lo tanto, tiene un propósito divino que nos convendrá algún día, aunque no lo podamos comprender ahora.

La fe en Dios alumbra nuestro camino y la esperanza de vida eterna nos da fuerzas y nos sostiene cuando estamos fatigados.

De tus preceptos recibo entendimiento, por tanto aborrezco todo camino de mentira. Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino.
Salmo 119, 104-105

Si un hijo o nieto nos preguntara: ¿qué hacen de diferente la fe en Dios y la esperanza cristiana en la vida de un creyente y qué beneficios concretos le traen? Yo se lo explicaría de forma gráfica con estas frases que hacen de título, pues son muy ciertas y fáciles de comprender.

En los tiempos bíblicos del pueblo de Israel, la vida terrenal fue comparada con el andar o peregrinar por un camino.
En este mundo existen infinidad de rumbos, y cada quien en su vida toma su rumbo o camino, según sus decisiones personales y las situaciones que se le vayan presentando en el transcurso del tiempo.
Nadie conoce con anticipación su camino, ni mucho menos sabe lo que le va a suceder en el futuro. Como dijo el poeta español Antonio machado: «Se hace camino al andar».

Cuando uno está listo para andar y para «hacer» su propio camino, es indispensable en primer lugar, saber el destino final dónde deseamos llegar y en segundo, cómo lo vamos a lograr.

El camino de nuestra vida en este mundo terrenal es desconocido, y además el ámbito social donde nos desenvolvemos, es de muy dificil orientación porque todo se ve semejante. En esas condiciones de inexperiencia e incertidumbre con las que iniciamos nuestro camino al llegar a la edad adulta, lo más sensato e inteligente es buscarse la máxima ayuda y orientación posible, que podemos obtener.

Los creyentes cristianos en el camino de la vida, tenemos en Dios el supremo Guía, y en el Espíritu Santo el supremo acompañante, quienes saben mejor que nosotros, lo que más nos conviene, y además, conocen todo sobre nuestra vida incluyendo el futuro.

El Señor Jesucristo ha revelado y ha prometido a todos los que creen en Él, un destino supremo espiritual y una vida espiritual abundante para nuestra alma inmortal, que consiste en la vida eterna en el Reino de los Cielos, sobre la cual él predicó en sus enseñanzas y parábolas.
En sus predicaciones y enseñanzas, Jesús siempre tuvo presente su visión de la eternidad e hizo referencia a las metas eternas en el futuro, que deberíamos tener para nuestra alma inmortal despúes de morir, tal como están descritas en sus promesas a sus seguidores y discípulos.

Desde que Jesucristo vino a este mundo hace 2 mil años, los creyentes cristianos sabemos que los seres humanos tenemos dos vidas: la vida terrenal y la vida eterna.
– Una vida terrenal dura, corta y llena de luchas, problemas, fatigas, sufrimientos, angustias, enfermedades, vejez y muerte.
– Una vida eterna y abundante posterior a nuestra muerte, en el Reino de los Cielos junto al Señor Jesucristo.

El gran escritor italiano Dante Alighieri (1265 – 1321) en su famosa obra « la divina comedia » refiriéndose a esas dos vidas de los humanos, escribió el siguiente verso en forma de metáfora : « ¿No veis que somos gusanos de la especie humana, que han nacido para formar la mariposa angélica, que subirá hacia la justicia divina? »

El Señor Jesucristo siendo Hijo de Dios, con su divina sabiduría ya conocía muy bien la naturaleza humana con sus dos vidas, sin embargo, para cumplir con el Plan divino que Dios Padre había concebido para la humanidad, Jesús descendió al mundo y se hizo hombre, para perdonar nuestros pecados y revelar la Buena Nueva de la vida eterna y de la existencia del Reino de Dios.
Cristo Jesús, durante su vida terrenal nos dejó sus enseñazas escritas en el Evangelio:

Tomás le dijo: Señor, si no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí. Juan 14, 5-6

Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida; y pocos son los que lo hallan. Mateo 7, 14

Acudamos a nuestro Señor Jesucristo con plena confianza y seguridad, al emprender el camino en nuestra vida terrenal, para que al final de la primera seamos capacez de pasar a nuestra segunda vida, la cual será mejor, abundante y eterna.

« Me siento urgido por los dos lados: por una parte siento gran deseo de romper las amarras y estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor ». Carta de Pablo a los Filipenses 1, 23 

Esta agobiante vida terrenal es el corto puente que tenemos que cruzar, para alcanzar la vida eterna.

Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocíjense!
Filipenses 4. 4

El Señor Jesucristo es la más poderosa razón y también la más efectiva fuente de regocijo del creyente cristiano, por ser el Hijo de Dios y por habernos abierto las puertas del Reino de los Cielos con su Obra Redentora en la Cruz.
Esa portentosa experiencia íntima de regocijo la vivió y la sintió San Pablo innumerables veces en carne propia, y precísamente por haber experimentado ese regocijo una y otra vez, es que Pablo exhorta y aconseja a la comunidad cristiana de la ciudad de Filipo a regocijarse siempre en el Señor.

Pablo predicó sobre el Evangelio y sobre Cristo Jesús, movido siempre por experiencia propia. Recordemos que Pablo, antes de su encuentro con Jesús resucitado en el camino a Damasco y su posterior conversión milagrosa, se llamaba Saulo y era un maestro judío del grupo de los Fariseos, quién persiguió a los primeros cristianos, años después de que Jesús fue crucificado.
Imagínense la radical transformación de su vida interior espiritual que experimentó Pablo, quién pasó de haber sido un enérgico perseguidor de cristianos a ser el gran predicador y defensor del Cristianismo. Ese cambio en Pablo lo realizó Jesús en ese encuentro personal que tuvieron. Allí Pablo nació de nuevo en el espíritu, es decir, tenía el mismo cuerpo y se veía como antes, pero después su conciencia y su manera de pensar fueron totalmente otras.

A partir del momento en que inicia Pablo su nueva tarea de predicar el Evangelio y de convertir a los pueblos paganos al cristianismo, su vida pública y su relación con las comunidades de judíos cambió para bastante peor, pues aquellos judíos fariseos que lo habían conocido, lo andaban buscando ahora para matarlo por traicionar a su raza y a la ley judía. En varias oportunidades intentaron asesinarlo pero él logró escapar, su vida estuvo en peligro siempre pues habían comunidades judías en todos los países de la región. Estuvo preso varias veces y hasta sobrevivió un naufragio en uno de sus viajes navegando en el mar Mediterráneo.

En todas las grandes penas, prisiones, dificultades, peligros de muerte, persecuciones, enemistades, aborrecimientos, etc, por las que San Pablo tuvo que pasar y sufrir hasta el momento de su muerte por decapitación en Roma, Pablo siempre se regocijó en el Señor Jesucristo, al traer a su mente el amor, la misericordia, el perdón y la salvación de su alma que el Señor Jesucristo le concedió de pura Gracia en su encuentro personal años antes, a pesar de haber pecado enormemente al perseguir Pablo indirectamente al mismo Jesús, cuando perseguía a los creyentes cristianos.

Yo creo y estoy convencido, de que San Pablo no solamente desempeñó su admirable misión de predicar el Evangelio y de viajar por tantos países creando las primeras comunidades cristianas, por la acción del Espíritu Santo en su vida, sino también por el gran gozo y la gratitud que sentía, por haber sido rescatado, perdonado y salvado por el Señor.

Sigamos entonces, el magnífico consejo de Pablo de regocijarnos en el Señor siempre, pero de manera en especial cuando estemos atravesando pruebas, enfermedades, conflictos, privaciones, fracasos, rechazos, humillaciones, etc.

Alegrarnos en el Señor siempre, nos dará ánimo, fuerza y esperanza para soportar y padecer con paciencia esta agobiante vida terrenal, siempre y cuando pongamos nuestra fe y nuestra mirada en nuestro Salvador Jesucristo y en el prometido Reino de los Cielos.

Confía en el SEÑOR con todo tu corazón y no te apoyes en tu propio entendimiento. Proverbios 3, 5

Con este excelente e instructivo proverbio de Salomón, deseo en esta reflexión tratar de definir lo que para mí es la verdadera fe en Dios, lo cual debería ser la suprema meta del proceso de crecimiento espiritual de cada creyente cristiano.
Por su parte, el rey David en su Salmo 118 añade el siguiente aspecto referente también a nuestra fe: que en primer lugar debemos poner toda nuestra confianza en el SEÑOR, y en segundo lugar, en las personas y con ellas nosotros incluidos.
Yahveh está por mí, entre los que me ayudan, y yo desafío a los que me odian. Es mejor refugiarse en el SEÑOR que confiar en hombre.

¿Porqué afirman Salomón y David que es mejor refugiarse y confiar en Dios?
Si partimos, de que Dios en su poder y soberanía como Creador, gobierna y permite todo lo que sucede en este mundo, sea bueno o malo según nuestro criterio; y si recordamos que Dios todo lo sabe y todo lo conoce sobre nuestras vidas tanto en el tiempo presente como en el futuro, es lógico y evidente que ellos, como héroes de la fe que fueron, tienen toda la razón.
Al inicio de nuestra vida religiosa, es muy normal que tengamos más fe en nosotros mismos y en las personas, que en Dios. En la medida que vamos leyendo las divinas enseñazas de la Biblia y viviendo nuestra fe en la vida diaria, la confianza en Dios irá creciendo.

Hay un ejemplo interesante en el desarrollo de la navegación por los mares y océanos, basado en la confianza de los capitanes de las embarcaciones para decidir y tomar una ruta segura al puerto de destino, que nos puede servir de comparación.
Las primeras navegaciones por los mares en la antigüedad se hicieron de día siguiendo o bordeando las costas y se guiaban por puntos visibles en tierrra firme. En esa época ningún marinero se atrevía a navegar a mar abierto, por el riesgo de extraviarse.
Hasta que los navegantes Fenicios al observar con atención el firmamento, notaron que entre las estrellas de la Osa menor, había una (la estrella Polar) que se mantenía en la misma posición. De allí en adelante, los capitanes fenicios empezaron a guiarse por las estrellas de noche y por el sol de día, y así pudieron alejarse de las costas y navegar por todo el mar Mediterráneo y por los grandes océanos.

En el Dios Eterno y Todopoderoso podemos confiar con toda nuestra mente y con todo nuestro corazón, para que guíe nuestra alma a través de todas las tempestades, mareas y escollos en el imprevisible y cambiante mar de nuestra existencia, hacia la anhelada vida eterna en el Reino de los Cielos.
Nuestro Dios Padre nos ama como hijos, nos conoce muy bien y sabe lo que más nos conviene para nuestra vida y para nuestra alma inmortal, porque es nuestro dador de vida y creador de las estrellas.

Si fuimos hecho dignos y estamos llamados por la Obra Redentora y de Salvación eterna del Señor Jesucristo, para poner toda nuestra fe y confianza en Dios, ¿por qué seguirse conformando con poner una poquita fe en nosotros mismos, en las personas y en las estrellas?

Los seres humanos llevamos en nuestro corazón el anhelo de vida eterna y de inmortalidad.

y que ahora (la Gracia de Dios) ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio, 2. Timoteo 1,10

El anhelo de inmortalidad es una característica innata del ser humano. Toda persona desea en el fondo de su corazón, que su vida dure para siempre. Una vez nacido, cada individuo aspira a no tener que morir algún día, y ese anhelo se mantiene firme, incluso despúes de percatarse y de saber con certeza, que su muerte física es inevitable.

En las antiguas civilizaciones que lograron tallar y esculpir piedras, ese anhelo fue manifestado claramente por medio de las innumerables estatuas de personas prominentes como reyes, emperadores, guerreros y divinidades; esculpidas con el propósito de tratar de inmortalizar a esos individuos en la memoria de futuras generaciones y de dejar un testimonio de su aspecto corporal.
En todos esos pueblos originarios y sus cultos o religiones paganas existió la creencia primititva de una vida después de la muerte, pero la vida en el más allá era algo que apenas algunos sacerdotes y sacerdotizas se lo imaginaban, sin embargo, las poblaciones de esas naciones en el aspecto religioso-espiritual vivían en tinieblas y sin esperanza. Para ellos, la muerte sencillamente acababa con todo.

Varios siglos antes de que Jesús viniera la mundo, Isaías profeta del pueblo judío, hizo la profecía sobre el nacimiento del Señor Jesucristo, la cual inicia con el siguiente versículo:
El pueblo que andaba en tinieblas ha visto gran luz; a los que habitaban en tierra de sombra de muerte, la luz ha resplandecido sobre ellos. Isaías 9, 2

Isaías en el texto de esa profecía, utiliza muchas alegorías o símbolos como « andar en tinieblas » que significa andar a tientas sin poder ver bien el camino por la oscuridad. Es un modo de describir la vida de mucha gente, que viven de día en día sin futuro, sin metas que alcanzar, sin Dios y sin moral y quienes terminan extraviándose en una mala vida.

La venida de Jesús o el Cristo al mundo, trayendo como Hijo de Dios la buena Nueva sobre la vida eterna a aquella humanidad que vivía en tinieblas, ese mensaje de inmortalidad del alma humana y de esperanza eterna fue de tan grande importancia para esos pueblos paganos, que grandes multitudes recibieron y aceptaron el evangelio de Jesús con enorme gratitud, consuelo y alivio, lo cual cambió su vida radicalmente, porque les trajo luz y esperanza a sus vidas. Esos fueron los primeros creyentes cristianos.

Jesús les habló otra vez, diciendo: « Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. » Juan 8, 12

La Buena Nueva de Jesucristo sobre el perdón de los pecados y sobre la esperanza de vida eterna en el Reino de los Cielos, continúa hoy en día iluminando vidas y generando esperanza de vida eterna con el mismo poder de transformación y de renovación, por obra del Espíritu Santo.

Estimado lector, si te sientes vacío interiormente, si no le encuentras sentido a la vida y si sientes que andas en tinieblas, te ruego que acudas directamente en oración a Jesucristo con fe, humildad y arrepentimiento, que Él te recibirá con misericordia y amor eterno en su seno.

Si sientes soledad porque crees que te han dejado de querer, recuerda que Dios y tu propia alma te aman con amor eterno.

Yahveh es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? Yahveh es la fortaleza de mi vida, ¿de quién tendré temor?
Si mi padre y mi madre me abandonan, Yahveh me acogerá.
Salmo 27, 1 y 10

Aún cuando no tengamos a alguien a nuestro lado y estemos sin compañía en un lugar solitario, NUNCA estamos solos, por la sencilla razón de que la conciencia, que es nuestra propia alma, la llevamos siempre adentro en nuestro interior.
Es por eso que insisto en repetir, que los humanos somos seres compuestos de cuerpo y alma, somos un sólo ser, pero consituido por una dimensión espiritual y una dimensión corporal.

San Pablo en algunas de sus cartas, ya explicaba la concepción antropológica cristiana, cuando hablaba del hombre interior (el alma) y del hombre exterior (el cuerpo):
« Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios, pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. »
Romanos 7, 22-23
« Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día. » 2. Corintios 4, 16

Según Pablo, considerado como el apóstol de Jesucristo, que más se dedicó a interpretar y aclarar el significado de las Sagradas Escrituras a los nuevos creyentes cristianos, que todos los seres humanos poseemos un ser interior o alma, el cual por medio de la conciencia se comunica con nuestro hombre exterior o cuerpo, es decir, cuando escuchamos una voz dentro de nosotros, esa es la voz de nuestra conciencia, o bien cuando hablamos en secreto con nosotros mismos.
Saber esto es de suma importancia para comprendernos interiormente mejor y para comprender también, que nuestra conciencia es el santuario del alma humana donde el Espíritu de Dios se comunica y obra sobre nosotros, cuando rezamos fervorosamente, o bien cuando el Espíritu Santo derrama el amor, el consuelo y la paz interior sobre nosotros.

Comunicarse o hablar en secreto con nuestra conciencia es muy normal y necesario. La gran mayoría de las veces ni siquiera nos damos cuenta de esa comunicación, por ser impercebtible.
El remordimiento de conciencia es el ejemplo más común del diálogo secreto entre nuestro hombre interior y el exterior, es decir, entre la conciencia y el cuerpo.
El remordimiento es el resultado de cometer una falta o pecado, a pesar de saber que era un acto incorrecto y que no se debía hacer. De allí la gran importancia que tiene para un creyente, procurar estar en paz consigo mismo y con Dios, para así poder evitar esa situación tan desagradable que es el remordimiento.

El amor a sí mismo es natural y necesario, puesto que nos hace capaces de amar a otros y de ser amados. El amor propio es el amor que el alma se tiene a sí misma. Amar es una facultad espiritual del alma humana, que crece y se va desarrollando en la medida en que amemos a Dios y al prójimo, así como a nosotros mismos.
Así como nos lo enseñó nuestro Señor Jesucristo.

Si aprendemos a establecer una relación personal y directa con Dios, expresándole una fe profunda, amor y humildad, para rogarle que sea luz, salvación y fortaleza para nuestras vidas, Él amorosamente también nos acogerá en su seno.

Hay mucha gente que miran a su alrededor buscando a alguien, y al no ver a nadie, se quedan en la compañía de la soledad, porque se han olvidado de su hombre interior, es decir, de su propia alma.
Mientras que los creyentes cristianos en esa situación, miramos hacia cielo y hacia nuestro interior, y nos dejamos acompañar de nuestra alma y de nuestro Dios.

Bendice, alma mía, al SEÑOR, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al SEÑOR, y no olvides ninguno de sus beneficios. El es el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades; el que rescata de la fosa tu vida, el que te corona de amor y compasión; el que colma de bienes tus años, para que tu juventud se renueve como el águila. Salmo 103, 1-5

Conoce lo que la prodigiosa esperanza cristiana logra hacer en la vida del creyente

Y el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo. Romanos 15, 13

Deseo comenzar con la descripción de dos términos fundamentales para comprender bien esta reflexión, que son: la fe y la esperanza.
San Pablo hace la siguiente descripción de la fe: Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve. Hebreos 11, 1.
La esperanza se puede describir como el estado en que el alma por medio de la fe, espera confiadamente en que alguien cumpla un compromiso o que algo se haga realidad en el futuro.
Tener esperanza es creer hoy, que lo deseado se va a cumplir efectívamente en el futuro, tal y como uno lo anhela.

San Pablo aclara en su carta a los Romanos, que en vista de que la promesa de vida eterna hecha por Jesucristo se cumplirá en un tiempo futuro que no podemos ver ahora, al creer firmemente hoy en esa promesa, surge de ella la maravillosa esperanza que nos mantendrá esperando pacientemente  hasta que la promesa se cumpla: Porque en esperanza hemos sido salvos, pero la esperanza que se ve no es esperanza, pues, ¿por qué esperar lo que uno ve? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos. Romanos 8, 24-25

Después de creer con toda el alma y con toda la mente en Jesucristo y en su promesa de vida eterna, se dan diversos cambios imperceptibles en la vida interior espiritual del creyente:
1.- Reconocimiento de la existencia de nuestra propia alma
Cuando pensamos en nuestro ser, consideramos sólo el cuerpo, nos identificamos con él y todo lo que hacemos (salud, cuidados, belleza) gira a su alrrededor. Eso es lo natural, y es así en cualquier persona adulta que no cree en una vida espiritual después de la muerte.
Tan pronto como uno cree con profunda fe en la promesa de vida eterna, tomamos conciencia de nuestra propia alma inmortal. A partir de ese momento, el interés y el cariño hacia nuestra alma se van haciendo cada vez más intensos, hasta el punto en que nos identificamos más con el alma que con el cuerpo. Este sorprendente cambio se va dando por la lógica razón, de que el cuerpo algún día muere y el alma inmortal seguirá viviendo eternamente. El futuro del alma es ahora lo que más cuenta para nosotros, porque el futuro del cuerpo ya lo conocemos: al pasar los años envejece, se deteriora y muere.

2.- Una inmensa paz interior y un gran gozo llena nuestra alma
Al identificar nuestra propia existencia con el alma que no muere, el temor a la muerte corporal deja de causarnos esa desagradable angustia existencial, que nos causa la inevitable realidad de tener que morir. Al desaparecer la angustia y al recordar siempre que nuestra vida está en las manos de Dios Padre, una gran paz interior y un gozo indescriptible van creciendo en nuestra vida como creyentes. La esperanza de una vida nueva y eterna transforma completamente la vida del creyente llenándola de sentido, paz, amor y alegría en el Señor Jesucristo.

3.- La angustia por la certeza de la muerte desaparece de nuestra vida
Cualquier persona que crea en Jesucristo y en su promesa de vida eterna, con la enorme fe con que un niño pequeño confía en su madre, deja necesariamente de temer su muerte, porque sabe muy bien que es imposible que Dios Padre y Jesucristo le mientan, y en consecuencia, espera con paciencia el cumplimiento de la promesa cuando le llegue su momento de morir.
El ser humano no puede vivir sin albergar esperanzas en su corazón, tanto es así que alguien escribió: «el hombre es un animal que espera algo siempre», es decir, que es un ser esperanzado.
No existe una esperanza más grandiosa y más importante para un ser humano, que la esperanza de vida eterna después de la muerte.
El único remedio contra la angustia que nos genera el miedo a la muerte, es confiar en Dios y en su promesa de vida eterna con todo tu corazón y con toda tu mente.

Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos los más dignos de lástima de todos los hombres.

La afirmación que hace de título en esta reflexión, la escribió San Pablo en su primera carta a los Corintios (1 Corintios 15, 19), con el propósito de aclararle a los miembros de las nuevas comunidades cristianas de la ciudad de Corintio, que la gran esperanza de vida eterna en Cristo Jesús, fundamentada en su insuperable promesa de la Buena Nueva que es anunciada a la humanidad por el Nuevo Testamento, no es para esta vida terrenal sino para la nueva vida en el Reino de los cielos, que viviremos después de la muerte corporal.

Con profunda fe, perseverancia y humildad podemos esperar del Señor Jesucristo en esta vida, sus innumerables favores y dones espirituales entre los que se encuentran: el perdón de nuestros pecados, la Gracia, el inagotable amor y la Misericordia, la compañía, el consuelo, la guía, protección y ayuda espiritual del Espíritu Santo, la Providencia o cuidado divino y mucho más.
Dios está acompañándonos y actuando sobre la humanidad todos los días por medio del Espíritu Santo, para atrernos hacia Él a través de cuerdas de amor y misericordia.

En su célebre discurso de las Bienaventuranzas, dijo Jesús al final (Mateo 5, 11-12): « Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros. »
Jesús siempre habló y predicó sobre la vida eterna en el Reino de los Cielos, porque ese es el verdadero Reino de Dios, el cual ha sido creado y reservado para reinar Él junto a su Hijo Jesucristo, el Espíritu Santo, los ángeles y todo su pueblo de almas elegidas. Nuestra recompensa como creyentes y seguidores de Jesús será en el Reino de los Cielos, y será grande.

Antes de ser crucificado y estando frente a Poncio Pilato en su Palacio, cuando éste le preguntó, si él era el rey de los judíos, Jesús le contestó:
« Mi reino no es de este mundo. Mi reino no es de aquí. »
Como nos dicen las Sagradas Escrituras: Jesús nació de la Virgen María en Belén, fue criado junto con sus hermanos por ella y por su marido José; creció y trabajó en la carpintería de su padre, para después dedicarse a su misión divina de anunciar el evangelio y predicar sus enseñazas. Al final de su vida, murió crucificado en un madero por el perdón y la salvación de los pecadores, para después subir al cielo, y desde entonces está reinando junto a Dios Padre en su Reino eterno.

Dios en su soberanía, ha creado este mundo natural así y con estas condiciones de vida. Pero lo más importante y más maravilloso para los creyentes, es que Dios también ha creado su propio Reino espiritual eterno en la inmensidad infinita del Universo, el cual su Hijo Jesucristo reveló y anunció a toda la humanidad, cuando vino a este mundo hace 2000 años:
el Reino de los Cielos.

Jesús al encarnarse y hacerse hombre, también tuvo necesariamente que vivir la vida natural en este mundo, igual que cada uno de nosotros.
Esta vida dura, sufrida, injusta y temporal es comparada en la Biblia con un exilio o un destierro transitorio, por el que nuestra alma inmortal debe pasar, antes de regresar a Dios, nuestro padre Celestial, para vivir eternamente en ese Reino de los Cielos.
«Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna, y yo mismo lo resucitaré en el día final.»
Juan 6, 40
Las personas que han sido desterradas y se han ido a vivir lejos de su propio país o lugar de origen, siempre extrañan su tierra y anhelan profundamente regresar allá algún día, a su entrañable hogar paternal.
Así mismo, el alma humana creada a imagen y semejanza de Dios, anhela las moradas prometidas por el Señor Jesucristo, tal como está expresado en el salmo 83:
« Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo.»

Cristiano, a pesar de todo lo que has tenido que soportar en esta vida, te ruego que confíes siempre y continúes esperando en Cristo Jesús, para que puedas recibir tú tambien la herencia prometida de vida eterna en el Reino de los Cielos.
« El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él . » Romanos 8, 16-17

Para Dios nuestros fingimientos no sirven de nada, porque a Dios es imposible engañarlo.

Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Juan 4, 24

A Dios no le podemos ocultar ningún pensamiento ni ninguna intención secreta, porque nuestra vida interior espiritual, la cual está constituida por nuestros pensamientos, sentimientos, pasiones e intenciones, es para Dios como un libro abierto.
Dios todo lo sabe y todo lo conoce de nuestra vida. Y a pesar de que eso es así, siempre cometemos el error de olvidar esa realidad, y tratamos de fingir acciones y comportamientos a otras personas, creyendo inutilmente, que asi como engañamos a la gente con nuestra falsa actuación, pensamos que Dios tampoco se entera de lo que hacemos de manera fingida. !Qué equivocados!

Una característica natural de los seres humanos es que somos capaces de fingir comportamientos y gestos que no sentimos de verdad, es decir, que podemos fácilmente interpretar una conducta falsa ante los demás y hacerles creer que es un comportamiento verdadero.

No actúan solamente los actores profesionales en la televisión o en el cine, sino que todos sabemos actuar también ante los demás en la vida cotidiana.
La personalidad humana está constituída por una dualidad natural, que consiste en una personalidad externa y una personalidad interna. La externa es la personalidad corporal y pública que mostramos a los demás con nuestros gestos , y la interna es la personalidad interior que ocultamos por lo general y que sólo mostramos cuando así lo deseamos. Esta realidad es la que se conoce como el ser adaptado por fuera  y el ser original por dentro de las personas.

Por eso, en el gran escenario de la vida real diaria todos fingimos en ciertas situaciones y cuando nos conviene, unos más y otros menos.
Ahora bien, si eres un cristiano creyente quiero recordarte en esta oportunidad, que en tu relación íntima y secreta con Dios, procura ante Él ser siempre sincero y auténtico en todo lo que concierne a tu vida interior espiritual. Fingir ante Dios es lo peor que puedes hacer en tu vida como creyente, y además, es engañarte a tí mismo.

No os engañéis, Dios no puede ser burlado; porque todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Gálatas 6, 7