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La salvación prometida por el Señor Jesucristo, la alcanzaremos solamente por nuestra fe y no por nuestras obras.

Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Romanos 5, 1

Creer o no creer, esa es una gran decisión, que cada ser humano tiene el absoluto poder de tomar de acuerdo a su propia voluntad, y por eso precísamente, nadie en el mundo puede impedir que cada uno de nosotros pueda escoger libremente en qué creer y en que no. La fe es una facultad espiritual exclusiva del ser humano, así como son igualmente el amor y la esperanza. Esas son las facultades del alma humana, que el cristianismo considera como las tres virtudes cardinales, porque son indispensables para ser capaces de creer, amar y esperar en Dios y de relacionarnos directamente con Él.

Creer en cualquier persona o cualquier cosa material conocida es muy fácil, pero creer de verdad en Dios, en Jesucristo y en el mundo espiritual invisible e imperceptible, no lo es en estos tiempos en que predominan el materialismo, el culto a la tecnología y el consumismo en el mundo.
De esa situación, los creyentes cristianos debemos estar conscientes.
Por eso, también podemos sentirnos contentos y muy agradecidos con Dios por la Gracia y la Misericordia que ha tenido con nosotros.

En el transcurso de mi vida como creyente he logrado aprender, el significado de la frase bíblica que dice: adorar en espíritu y en verdad (Juan 4, 24). Para mí significa creer en Dios exactamente como creen los niños pequeños en sus padres. Ellos creen de verdad y con toda su alma en su mamá y su papá. De esa misma manera, podríamos los cristianos permitirnos creer en Dios y en Jesucristo, así como creímos a nuestros padres cuando fuímos niños. Esa manera de creer en Dios, la he llamado creer con alma de niño, de ese niño que una vez fuimos y que todavía todos llevamos dentro.

Por supuesto, esa manera de creer es un privilegio y una exepción que le otorgamos solamente a Dios Padre, a su Hijo Jesucristo y al Espíritu Santo.

Todavía me sigue sorprendiendo el hecho, de que hoy en día exista gente que no creen en espíritu y verdad en Dios Todopoderoso y Creador del universo,  pero creen ciegamente en otras personas comunes y pecadoras como: políticos, médicos, científicos, artistas, cantantes, gurus espirituales, chamanes, etc.

Así dice el SEÑOR: Maldito el hombre que en el hombre confía, y hace de la carne su fortaleza, y del SEÑOR se aparta su corazón.
Jeremías 17, 5

Aprendamos a confiar en Dios con toda nuestra alma y toda nuestra mente y no en nuestras obras o en las obras de otras personas.

Muchos de los que no creen en el Señor Jesucristo y en su promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos, deciden no creer, porque su mente considera la vida eterna prometida algo imposible e irrealizable. Sin embargo, se olvidan de que para Dios no existe nada imposible y de que Dios fue el Creador del universo.

Si Dios creó ese insignificante y repugnante insecto que se arrastra por la tierra y por las plantas, como es el gusano, al cual lo hizo capaz de convertirse en una pupa o crisálida, para después por medio de una singular metamorfosis, se pueda transformar en otro ser vivo como es una bella mariposa, que vuela graciosamente por los cielos. ¿Cómo no va haber podido Dios crear al ser humano, su criatura favorita, con un alma espiritual inmortal, la cual al morir el cuerpo de carne y huesos, se separa de él y se dirige al Cielo para encontrarse con el Dios Padre y vivir allí una vida nueva y eterna?

En mi caso personal, he decidido creer en Dios con alma de niño, pero en los hombres y las mujeres creo con muchas reservas y restricciones, porque los seres humanos somos mentirosos por naturaleza, así fuimos creados y así somos. Además, en estos tiempos en que la ambición por el dinero y los medios de comunicación reinan en las sociedades de consumo, están la mentira y el engaño presentes por doquier. En este mundo moderno todo es mentira y nada es verdad, lamentablemente.

Dios es el creador y la fuente de la verdad.

Jesús lo dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.” Juan 14, 6

Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocíjense!

Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado: y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
Mateo 28, 20

Esta súplica que el apóstol Pablo les hace a los cristianos de la ciudad de Filipo, es una de las peticiones más relevantes y conmovedoras de las que he leído en el Nuevo Testamento. Primero, porque es una invitación entrañable de Pablo para que nos alegremos y sintamos mucha complacencia, cada vez que pensemos y conversemos con el Señor Jesucristo nuestro Redentor y Salvador; segundo, porque al mismo tiempo nos invita a dirigir nuestra mirada y atención solamente a Él, con el propósito de que Jesús sea nuestro Maestro y Modelo para seguir sus pasos.

El llamamiento de Pablo es sumamente oportuno y necesario en estos tiempos modernos, en que las iglesias cristianas tradicionales están atravesando una profunda crisis de fe y de reputación, debido a la enorme disminución de congregantes en los cultos religiosos que han experimentado las iglesias en los últimos 40 años, así como también por diversos escándalos de abuso sexual de niños por algunos sacerdotes pervertidos y de enriquecimiento de pastores evangélicos corruptos.

Durante siglos la gran mayoría de los creyentes cristianos se han ido conformando con la idea de que los sacerdotes, son algo así como los intermediarios entre Dios y los fieles, quienes supuestamente tienen la autoridad y la facultad de interceder o de hablar con Dios en favor de alguien para conseguirle un favor, lo cual ha traído como consecuencia la errónea costumbre de considerar a los sacerdotes y pastores como “perfectos y libres de culpa”, y en consecuencia, a reconocerlos como ejemplos a seguir. Un factor de la naturaleza humana que ha influido mucho en la admiración a los sacerdotes y pastores, es la inclinación natural en los seres humanos al culto de las personas.

Ese halo de bondad y santidad que fue construido en el imaginario religioso del pueblo cristiano en torno a los sacerdotes y pastores de las iglesias, se ha estado desvaneciendo rápidamente, causando mucha decepción y frustración en muchos creyentes, los cuales no solo se han alejado de las iglesias, sino que también se les ha enfriado su fe en Dios, lo cual es aún más lamentable.

En la Europa occidental, el antiguo baluarte del cristianismo, las iglesias católicas y protestantes durante las misas están hoy en día practicamente vacías, apenas entre un 10% y 15% de los que afirman ser católicos o protestantes acuden a misa y los que asisten son personas ancianas en su mayoría. Las iglesias católica y evangélica de Alemania perdieron el año 2017 unos 660.000 feligreses.

Entre Dios y el creyente cristiano está solamente su Hijo único el Señor Jesucristo, quién se hizo hombre para traernos la Gracia y la verdad de Dios, para la salvación de todo el que cree en Él. Todo el Evangelio fue creado, fundamentado y consolidado por Jesús. Los discípulos se encargaron de escribirlo y de darlo a conocer entre los judíos, y el apóstol Pablo y sus ayudantes de propagarlo entre los gentiles.

El Señor Jesucristo envió al Espíritu Santo para inspirar, guiar y aconsejar a los creyentes cristianos en todo el mundo. En realidad, el Espíritu Santo está permanentemente obrando sobre nosotros los creyentes, aún cuando no lo podemos ver ni percibir con nuestros sentidos corporales, puesto que actúa directamente sobre nuestra alma y nuestra mente.

Deseo resaltar que todas las iglesias, su personal y sus instituciones cumplen infinidad de funciones que son indispensables para las congregaciones cristianas y para la sociedad en general. Los sacerdotes y los pastores tienen diversas tareas y actividades importantes, pero no dejan de ser hombres y mujeres como los demás, y por eso ellos no poseen ni el poder ni la facultad de salvar las almas. La redención y la salvación de las almas es obra de Dios Padre, del Señor Jesucristo y del Espíritu Santo.

Procuremos establecer una relación directa y personal con nuestro Dios Padre y con el Señor Jesucristo en espíritu y en verdad, por medio de nuestras oraciones y nuestros ruegos. Obedezcamos a Dios, leamos la Palabra de Dios plasmada en la Biblia, acudamos a misa o al culto los Domingos, escuchemos los sermones y la predicación, comulguemos y participemos en las actividades de la congregación, etc.

Pero lo más importante y trascendental es creer profundamente en el Señor Jesucristo, apoyarnos y aferranos a Él siempre bajo cualquier circunstancia de la vida, sean buenas o malas, porque Jesús está con nosotros TODOS los días y nos ama con amor eterno.

Pon tu alma, tu esperanza y tu mirada siempre en el Señor Jesucristo, y pase lo que pase en este mundo insatisfactorio y temporal, haz lo que nos recomienda el apóstol Pablo: Regocíjense en el Señor siempre!

No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación. Salmo 146, 3

El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Juan 6, 63

Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida; y fue el hombre un alma viviente.
Génesis 2, 7

Esas frases que hacen de título de esta reflexión, las dijo el Señor Jesucristo y fueron recopiladas por su discípulo Juan, quién lo acompañó y estuvo siempre a su lado. Como todo lo que dijo y enseño Jesús, esas frases tienen mucha médula y un gran significado relacionado con la vida eterna, prometida a todos los creyentes que creen en Él en espíritu y en verdad.

Según mi entendimiento, ese versículo contiene dos importantísimos mensajes para toda la humanidad, uno relacionado con la naturaleza del ser humano, y el otro con la Palabra de Dios como alimento espiritual, con el propósito de instruir a los pueblos sobre la existencia de las realidades espirituales, la cuales, hasta la venida de Jesucristo, eran solamente narraciones fantasiosas e imaginarias sobre un hipotético mundo sobrenatural, tal como lo imaginaron las civilizaciones antíguas en varios continentes, como por ejemplo: las mitologías griega y romana, o bien los egipcios con su culto del más allá.
Jesucristo con su venida al mundo, dió a conocer al Dios Todopoderoso y a su Reino espiritual de los Cielos, como una realidad auténtica y verdadera.

LA NATURALEZA HUMANA:
En la historia de la Creación del mundo según la Biblia, Dios al formar al hombre del barro, le insufló su espíritu creando así un ser viviente, constituido por un cuerpo de carne y un espíritu o alma. El ser humano fue entonces el único ser vivo sobre la tierra compuesto de una dimensión biológica (cuerpo) y una dimensión espiritual (alma).
El alma por ser espiritual es inmortal, y en consecuencia, puede vivir eternamente y es además, la que da vida. Por el contrario, el cuerpo de carne es mortal: nace, crece, se desarrolla, se deteriora y muere. Ese es el ciclo natural y de duración limitada del cuerpo del hombre y de los animales.

Jesús en ese versículo afirma, que la carne para nada aprovecha, debido a que nuestro cuerpo de carne lo que hace es servir de recipiente de nuestro espíritu inmortal, que es el que da vida y está destinado a vivir eternamente. Lo más valioso y lo que cuenta para Dios, es lo que llevamos dentro: nuestra alma inmortal.

LA PALABRA DE DIOS COMO ALIMENTO ESPIRITUAL:
Jesús nos enseña que sus palabras con las que nos ha hablado, son espíritu y son vida, pero no para nuestro cuerpo, sino para nuestra alma espiritual, la cual también necesita ese alimento espiritual, que se encuentra en las Sagradas Escrituras, indispensable para su fortalecimiento y desarrollo.
Así como nos alimentamos para suplir y nutrir al cuerpo con los alimentos de cada día, Jesucristo nos enseña e invita siempre, a alimentar nuestra alma con sus propias palabras, la cuales son el Pan de Vida Eterna.

Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo”. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. Jesús les dijo: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.”   Juan 6, 33-35

Oh Señor de los ejércitos, ¡cuán bienaventurado es el hombre que en ti confía! (Salmo 84, 12)

Con esta reflexión deseo contribuir a aclarar la confusión, que ha sido creada en relación al uso de la palabra “felicidad” en los medios de comunicación y especialmente en la literatura cristiana.
El anhelo de ser feliz forma parte de nuestra propia naturaleza. Todos los seres humanos deseamos ser felices en la vida, pero pesar de que siempre estamos buscando la felicidad, no logramos encontrarla.
El conocido psiquiatra austríaco Victor Frankl tratando de explicar la dificultad de encontrar la felicidad, escribió lo siguiente: “La felicidad es como una mariposa. Cuanto más la persigues, más huye. Pero si vuelves la atención hacia otras cosas, ella viene y suavemente se posa en tu hombro.”

Pareciera que a los comerciantes y los medios de comunicación al leer esta explicación del Dr. Frankl, como que les gustó mucho y la adoptaron, puesto que ellos no hacen nada más que ofrecernos en venta miles de productos, viajes, cursos, servicios, etc, todos los días, con el único fin de atraer nuestra atención para que compremos algo, y sin embargo, la anhelada felicidad no se posa en ninguno de nuestros hombros.

La razón principal del fracaso de esa estrategia, es que la felicidad, al igual que el amor verdadero, no se puede comprar ni vender, porque es una vivencia espiritual que brota del alma y se goza interiormente. Solamente si volvemos nuestra atencion y nuestro amor hacia Dios, podremos esperar alcanzar la felicidad algún día. Así lo afirman y lo confirman las Sagradas Escrituras tanto en el Antiguo Testamento como en el Evangelio del Señor Jesucristo, al utilizar las palabras: bienaventurado y bienaventuranzas.
La palabra ventura viene del latín y significa: la suerte o la fortuna que han de venir; y  Bienaventurado quiere decir en el sentido bíbico: Aquel que gozará de Dios en el cielo.

La palabra “felicidad” como se conoce hoy en día no existió en la Antigüedad, porque fue creada hace apenas unos 200 años en las sociedades europeas influenciadas por la filosofía de Epicuro o Hedonismo, la cual defiende el disfrute máximo de la vida y de sus placeres, mientras que en el Nuevo Testamento, la felicidad siempre ha estado relacionada con la fe en Dios y  la promesa de Jesús sobre la vida eterna en el Reino de los Cielos.

El término moderno “felicidad” tiene las siguientes definiciones (diccionario Larousse):
1. Estado de ánimo de quien recibe de la vida lo que espera o desea.
2. Sentimiento de satisfacción y alegría experimentado ante la consecución de un bien o un deseo.
3. Falta de sucesos desagradables en una acción, buena suerte.

Si analizamos bien estas definiciones, se nota que lo que describen son satisfacciones o alegrías momentáneas que aparecen y desaparecen de vez en cuando, y que apenas duran unos instantes.
Por el contrario, la verdadera felicidad es un estado del alma duradero o una actitud hacia la vida, caracterizada por amor, paz y tranquilidad interior que llenan de regocijo al corazón.

Alguien que no posea paz, amor y calma en su corazón, no puede ser una persona feliz.
Pregunto al lector: ¿Cómo puede alguien ser feliz si siente: rencores, envidias, angustias, preocupaciones, remordimientos, desesperación, conflictos, pesadumbres, inquietudes, etc?
Supongo que ustedes estarán de acuerdo conmigo, en que alguien así y que no crea en Dios,  es sencillamente imposible que pueda ser feliz.

Por eso, únicamente Dios con su inconmensurable amor y misericordia es capaz de concedernos la  paz, el amor y la calma en el alma, que todos necesitamos para sentir la verdadera felicidad, aunque sea por algunos períodos de la vida.

No debemos olvidar que Dios por su Gracia ha dispuesto desde la Creación del universo, que los seres humanos exclusivamente durante el corto período de la infancia, podamos experimentar ese maravilloso estado espiritual de felicidad, que caracteriza a todos los niños del mundo.

Con el transcurso del tiempo al dejar de ser niños y convertirnos en personas adultas, en nuestra conciencia y vida espiritual se van despertando nuevas pasiones y estados de ánimo, que terminan por debilitar la paz y la tranquilidad interior de antes, y así se da inicio a nuestra agitada y alterada edad adulta.

TODO en nuestra vida depende de Dios nuestro Creador y Señor, porque Él nos ha creado y nos ha insuflado su espíritu en nuestro cuerpo de carne y huesos, es por eso que nuestra alma está hecha a imagen y semejanza suya. Por medio del Espíritu Santo, Dios y el Señor Jesucristo obran directamente sobre el alma humana y de esa manera pueden intervenir en nuestras vidas.

La sociedad materialista actual, debido a la gran influencia del afán por disfrutar al máximo todo lo que las empresas le ofrecen, se ha entregado al consumo y a los placeres, para alcanzar la felicidad, cuando en realidad lo que hacen es perseguir el viento, como dijo Salomón en Eclesiastés, ya que así nunca la encontrarán.
De ese modo, la mayoría de la gente ha dejado de creer en Dios, para creer en esa falsa ilusión de la felicidad, que los medios de comunicación les ha metido en sus cabezas, a través del apabullante machaqueo de la publicidad.

Los cristianos seguimos creyendo y esperando en nuestro Señor Jesucristo, apoyados firmemente en nuestra fe y esperanza de que la promesa de vida eterna en el Reino de los cielos, se hará realidad cuando llegue el Tiempo de Salvación, escogido por Dios Padre.

San Agustín, hablando sobre la felicidad escribió: «La vida que es digna de ser llamada así, no es más que una vida feliz. Y no será feliz, si no es eterna.»

Jesús dijo, «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. Juan 10, 10

Esa vida en abundancia que nos promete Jesucristo, solamente puede ser la vida eterna en el Reino de los Cielos.
Y de eso, yo en lo personal, no tengo la menor duda.

Crees que esta vida mortal llena de angustias, fatigas y enfermedades, es lo único que nuestro eterno Dios de Misericordia y Amor nos puede ofrecer?

Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima. 1. Corintios 15, 19

Verdaderamente crees, que Dios nos ha creado solamente para vivir, procrear y morir en este mundo cruel y finito, así como ha creado con ese destino a todos los animales que habitan en la tierra? Como creyente cristiano que soy, yo no lo creo.
Por el contrario, creo firmemente en Dios, en nuestro Señor Jesucristo y en su grandiosa promesa de vida eterna para todo aquel que crea en él. Jesús nos enseñó y nos otorgó el privilegio de considerarnos dignos de ser hijos de Dios, porque Dios nos ha creado con un cuerpo y con un alma inmortal, y por lo tanto, los seres humanos nacemos en este mundo para que después de vivir esta vida terrenal, pasemos a vivir la vida nueva y eterna, como grandioso destino definitivo.

Para Dios lo más valioso e importante del ser humano es su espíritu o alma inmortal y no el cuerpo mortal, el cual se va deteriorando con el transcurso del tiempo y finalmente muere. Un cuerpo sin vida, es decir un cadáver, no le interesa a nadie y mucho menos a Dios.

El alma viviente e inmortal que llevamos dentro del cuerpo es lo que más cuenta para Dios, y así mismo debería ser tambien para nosotros, pues el alma espiritual es nuestra propia existencia y nuestro ser. Al cuerpo humano lo podríamos comparar con un envase de carne y huesos que contiene el alma espiritual, así como un envase de vidrio contiene un perfume caro.
¿Qué tiene más valor para nosotros: el perfume o el envase de vidrio? Es evidente que el perfume es lo más valioso.

El cuerpo humano hace el papel de envase y el alma eterna es su contenido espiritual. Dios sabe muy bien que los seres humanos estamos constituídos de un cuerpo de carne y un espíritu eterno.
Sin embargo, la mayoría de los cristianos de hoy, no hemos querido creer y aceptar que somos en realidad un alma espiritual que habita en un cuerpo de carne y huesos, así como lo enseñaba San Agustín de Hipona en su tratado sobre la morfología humana.

El apostol Pablo creyó y aceptó la existencia del espíritu humano inmortal, a quien él llamó el “hombre interior” para diferenciarlo del hombre exterior o el cuerpo humano que vemos y tocamos.
Como consecuencia de su gran fe en el Señor, Pablo se apoderó de la promesa de la vida eterna en el Reino de los cielos, y albergó en su corazón con mucho fervor, esa gran esperanza de vivir eternamente junto a Jesucristo en los Cielos. Es por eso que Pablo en su primera carta a los Corintios les dice, que si esperan en Cristo Jesús solamente para esta vida terrenal, son las personas más dignas de lástima, por desaprovechar la vida eterna que el Señor Jesucristo nos está ofreciendo.

Jesucristo desde su venida al mundo hace ya más de 2000 años, cuando abrió las puertas del Reino de los Cielos para toda la humanidad, le promete la vida eterna a cada creyente cristiano por su gran Gracia y su gran amor eterno.

Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?…  Juan 11, 25-26

Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

“Ustedes, pues, oren de esta manera: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” Mateo 6, 9-10

Sin duda alguna, rezar el Padre Nuestro es un gran privilegio de los creyentes cristianos, porque además de ser la oración perfecta que nos dejó nuestro Señor Jesucristo, está también llena de amor y de divinidad. Es corta y al mismo tiempo es muy completa, pues en ella nos referimos a las necesidades materiales y espirituales más primordiales, que cualquier ser humano requiere para vivir, como son el alimento de cada día y las virtudes básicas para todo creyente: la fe, el amor, el perdón y la esperanza.

Llamar a Dios nuestro Padre es una forma de expresarle nuestro afecto de hijo y de reconocerlo como Padre Celestial por la Obra y la Gracia de Cristo Jesús.

Únicamente el Señor Jesucristo, por ser el Hijo de Dios que descendió de los Cielos y se hizo hombre, pudo haber dicho esta grandiosa afirmación para toda la humanidad: Que estás en los cielos.
Antes de la venida de Jesús como el Mesías o el Cristo anunciado en el viejo Testamento, durante siglos el pueblo de Israel solamente pudo creer e imaginarse que Dios estaba en los cielos, puesto que es Jesucristo quien confirma esa gran verdad, por primera vez en la historia de la humanidad.

Dios está en el cielo, esa es su morada. La Casa del Padre es por tanto nuestra patria celestial en la que Jesús nos prometió recibirnos, cuando seamos llamados a vivir eternamente junto a Él.
Cuando el creyente ora diciendo Padre nuestro que estás en los cielos, manifiesta su fe, su anhelo y su esperanza de que después de morir, irá a esa “morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos”, así como lo dice el apostol Pablo en 2 Corintios 5, 1.

En las peticiones y las súplicas nos invita el texto a anteponer lo espiritual a lo material, las cosas del cielo a las cosas materiales de la tierra. Así lo enseña el mismo Jesús cuando dice: “buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”(Mateo 6, 33).

En la oración del Señor, la humildad se muestra en el reconocimiento de nuestras propias faltas ante Dios al rezar Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y en nuestro sometimiento a Dios y a perdonar a los demás, admitimos que con nuestros propios esfuerzos nada podemos alcanzar, sino con el poder y la ayuda de Dios.

El Padre Nuestro por ser la oración más perfecta, completa y divina que un cristiano puede rezar, hagamos todo lo posible de hacerlo tomando conciencia de cada una de sus frases y de su significado, recordando siempre, que es un precioso legado personal de nuestro Señor Jesucristo para cada uno de nosotros.

El amor a Dios y el amor a sí mismo son los motivos más excelentes para perdonar y pedir perdón.

Antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdónandoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo. Efesios 4, 32

Perdonar a los que nos lastiman y maltratan con palabras o con hechos es también un arte que es necesario aprender en la vida. Es cierto, que es un arte muy complejo y difícil, debido a que pertenece al mundo interior de nuestras pasiones, pensamientos y emociones que desconocemos totalmente. Y en virtud de que en la escuela no nos enseñan nada sobre ese mundo emocional, es entonces a través de nuestros conflictos personales y malas experiencias en el trato con los demás, como aprendemos a reconocer los errores cometidos y las reacciones negativas que hemos tenido hacia ellos.

La vanidad, el orgullo, el rencor, el odio, la envidia y los prejuicios son algunas de esas pasiones negativas del ser humano, que como obstáculos se interponen en nuestro camino hacia la paz interior y la felicidad duradera, que todos anhelamos alcanzar algún día, si deseamos vivir una vida plena y con sentido.

Jesucristo, en su célebre consejo en relación a que no deberíamos de juzgar a los demás, se refiere claramente a los grandes obstáculos interiores que tenemos y que no nos permiten ni razonar ni ver adecuadamente:
«No juzguen para que no sean juzgados. Porque con el juicio con que ustedes juzguen, serán juzgados; y con la medida con que midan, se les medirá. «¿Por qué miras la pelusa que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo? Mateo 7, 1-3

Todos conocemos ese famoso refrán que dice: « Errar es humano », es decir, todos sin excepción cometemos errores, pero en realidad más humano todavía, es echarle la culpa a los demás.

De esas pasiones, el rencor y el odio que sentimos hacia alguien que nos ha lastimado y a quién no hemos perdonado, se convierten con el tiempo en una pesada carga o una hiriente espina que se arraiga en nuestro corazón, causándonos en secreto inquietud y pesadumbre.

El significado original de perdonar en latín es regalar a un deudor la deuda que tendría que pagar al acreedor, por lo tanto, el perdón es un regalo que se hace.

Ahora bien, como creyentes cristianos que somos, y quienes hemos recibido por Gracia y Misericordia de Dios y de nuestro Señor Jesucristo, su amor eterno y el perdón de nuestros pecados (o deudas) sin haberlo merecido, todos nosotros le debemos a Dios amor, obediencia y reverencia.

Así como dijo San Juan de la Cruz « El amor sólo con amor se paga », nuestro amor a Dios debería ser el primer gran motivo para perdonar a cualquiera que nos ofenda.
El segundo gran motivo para perdonar consiste en hacerlo por amor a uno mismo, porque al perdonar nos liberamos de la desagradable carga del resentimiento y del odio que nos agobia, y en consecuencia, el perdón viene a ser también un regalo que nos hacemos a nosotros mismos.

Es por esto entonces, que al perdonar y al pedir perdón, ese magnífico acto se convierte en una gran bendición, por ser un regalo múltiple: regalo para Dios, para uno mismo y para el ofensor.

El apóstol Pablo demostró con su vida ejemplar y fecunda, que el sufrimiento es una bendición disfrazada de Dios.

« Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre.» Hechos 9, 15-16

Los creyentes cristianos sabemos por experiencia, que también nosotros tenemos que cargar ciertas cruces en esta vida llena de penas y aflicciones. Ahora bien, lo importante es tener presente, que algunas de esas cruces provenientes de la mano soberana de Dios, son en realidad bendiciones disfrazadas, es decir, problemas o enfermedades las cuales parecen ser desgracias, que pueden traernos beneficios inesperados.

La vida del apóstol Pablo fue realmente excepcional y admirable, en primer lugar, por el cambio radical de su forma de ser y de pensar que experimentó, después de su encuentro personal con el Señor Jesucristo resucitado en el camino a Damasco.
Pablo, quien por ser un judío muy ortodoxo, cambió de ser un enemigo y perseguidor  de cristianos, a ser el más grande y fecundo predicador del Evangelio de Cristo Jesús en la antigüedad.
Ese cambio en su personalidad y en su nuevo comportamiento ahora a favor de los cristianos, le trajo como consecuencia el odio y el rechazo por parte de sus antiguos conocidos, amigos y colegas judíos, quienes trataban de apresarlo y matar por considerarlo un traidor a la fe hebrea del pueblo de Israel.
Esa fue su primera cruz de aflicción: vivir en permanente peligro y persecución.

En segundo lugar por sus problemas de salud, puesto que Pablo sufría de alguna enfermedad que le causaba mucho sufrimiento, y que en su segunda carta a los Corintios, el mismo Pablo la llamó « un aguijón en mi carne »:
Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera;
2 Corintios 12, 7
Esa enfermedad fue su segunda cruz de aflicción, que Pablo tuvo que cargar hasta el día de su muerte.

Y a pesar de sus grandes aflicciones, el apóstol realizó una enorme y trascendental obra de evangelización, logrando predicar el mensaje de Jesucristo en la mayoría de las naciones mediterraneas e interpretar magistralmente las sagradas escrituras, de modo que la gente sencilla y analfabeta la pudieran comprender.

Si nos fijamos en la siguiente frase del versículo arriba mencionado de Hechos 9, 15-16: porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre, dicha por el Señor Jesucristo a Ananías, notamos claramente que los  agobiantes sufrimientos padecidos por Pablo como predicador, fueron percibidos y aceptados por el apóstol como beneficiosos y útiles en su tarea de gran misionero evangelista, dado que el mismo Pablo lo afirma años después en su carta a los Corintios: para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente.

Estos episodios de la vida de Pablo nos demuestran una vez más, que Dios aplica a los creyentes determinadas pruebas o cruces que nos dan la impresión de ser unas desgracias, pero que en el fondo son más bien beneficiosas para nuestra alma inmortal y nuestra salvación eterna.

En nuestra relación íntima con Dios, recordemos que el sufrimiento corporal tiene un efecto ESPIRITUAL beneficioso para el alma humana. Si Dios nos disciplina por medio de diversas pruebas en la vida terrenal, es con el propósito final de conducir nuestra alma hacia la vida eterna en el Reino de los Cielos, es decir, para salvación eterna.

La fe es una guía más firme que la razón. La razón tiene límites, la fe no.

« Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? » Juan 11, 25-26

Las frases que hacen de título son del filósofo e intelectual francés Blais Pascal, quien también fue un fervoroso creyente cristiano, explican claramente la gran ventaja y superioridad que posse la fe en Dios sobre la razón.

Todos conocemos la famosa frase en la obra Hamlet de Shakespeare: «Ser o no ser. Esa es la cuestión», la cual se usa como referencia a los grandes dilemas que tenemos que enfrentar y las difíciles alternativas entre las que tenemos que elegir en el transcurso de nuestras vidas. Sin embargo, por ser la fe más importante en la vida que la razón, yo me atrevo a afirmar lo siguiente: Creer o no creer, de eso depende todo en la vida.

La primera cuestión existencial que debemos resolver es, por lo tanto, el de creer o no creer en la existencia de Dios, Creador del universo; y si consideramos la Biblia como la verdadera Palabra de Dios.

Las Sagradas Escrituras nos dicen que existe una realidad espiritual que es invisible. Nos relatan también que en el momento de la creación del mundo natural y todas las creaturas que conocemos, Dios le infundió su espíritu al ser humano. De aquí que nuestra propia dimensión espiritual, es decir, el alma divina e inmortal que llevamos dentro de nuestro cuerpo, forma parte de ese mundo espiritual que existe y es real, aunque no la podamos ver ni tocar.

Hablando en forma figurada, el ser humano es más bien un alma que habita en un cuerpo, puesto que todas las cualidades de la personalidad o sujeto inteligente que nos caracteriza como individuos son potencias espirituales, como por ejemplo: el entendimiento, la voluntad, la conciencia, los pensamientos, la memoria, la fe, el amor, la esperanza, las pasiones, la justicia, el perdón, el consuelo, la paz interior, la prudencia, la bondad, etc.

La fe es la fuerza vital de las acciones y actividades de los seres humanos. Si no creemos con anterioridad en lo que vamos a hacer y por qué y para qué lo hacemos, no lo haríamos. Sin creer antes en lo que estamos por hacer, la actividad humana no sería posible.

El gran teólogo cristiano de la antigüedad, Orígenes de Alejandría (185-254), escribió un interesante comentario sobre la gran importancia de la fe en la vida humana:
«Si al fin y al cabo dependen de la fe todas las actuaciones humanas, ¿no es mucho mejor creer en Dios que en lo demás? Después de todo, ¿quién va a navegar en alta mar o a casarse o a engendrar hijos, o a lanzar semillas sobre la tierra para la siembra y no está confiando siempre que todo le va a salir bien, cuando incluso un resultado contrario es siempre posible y también ocurre a veces? Y sin embargo, parece que la fe obra de tal manera que todo estará bien y saldrá tal como se desea, que toda persona se atreve a ir hacia lo incierto e inseguro sin abrigar la menor duda.»

Los seres humanos a diferencia de los animales por poseer un intelecto y una conciencia, sabemos muy bien que algún dia nuestro cuerpo morirá y que ni la razón ni la ciencia médica lo podrán salvar, pero nuestra fe  y esperanza en Jesucristo y en Dios Padre nos confirman que después de la muerte terrenal, viviremos eternamente en el Reino de los Cielos, porque así nos lo ha prometido una y otra vez nuestro Redentor y Salvador Jesús el Cristo.
Ruégale a Dios Padre para que fortalezca tu fe y tu esperanza en el Señor Jesucristo y en las Sagradas Escrituras.

Porque no me avergüenzo del evangelio de Cristo; porque es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en él la justicia de Dios es revelada de fe en fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá. Romanos 1, 16-17

El Reino Espiritual de Dios

Cuando un creyente cristiano en algún momento de su vida, se toma el tiempo para meditar sobre ese gran misterio divino que es el destino final de su existencia después de morir, es muy razonable, que trate de imaginarse cómo podría ser la vida eterna prometida por Jesucristo en su Evangelio, y que llegue incluso a figurarse su propia visión de la patria celestial.

Ese ejercicio intuitivo de la fantasia, por medio del cual, cada quien se imagina la vida eterna a su manera, lo considero no solo muy positivo,  sino de enorme provecho para toda aquella persona que en su corazón cobije y acaricie esa maravillosa esperanza.

La propia visión de la eternidad no es más que la reafirmación personal de la suprema esperanza del cristiano, porque uno está esperando convencido, de que la promesa de Jesús se cumplirá cuando llegue el tiempo justo.
Asi como cualquier cristiano, tambien yo tengo mi visión muy personal del Reino de los Cielos. Para mí el Reino de Dios debe ser un reino espiritual.

Me lo imagino como una dimensión o un mundo espiritual totalmente distinto a lo que conocemos de nuestro mundo material y visible.
Si Dios es espíritu, como lo afirma San Juan en su Evangelio (Juan 4, 24), entonces el Reino de Dios o Reino de los Cielos que dió a conocer Jesucristo, tiene que ser forzosamente como es Dios: espiritual.

Considerando que Dios como creador del Universo, insufló su espíritu en el hombre y la mujer, y que en consecuencia por ser los recipientes del alma, somos las únicas criaturas hechas a su imagen y semejanza, y que además, por habernos concedido el maravilloso privilegio de llamarnos hijos de Dios por la Obra Redentora y la Gracia de nuestro Señor Jesucristo, se puede deducir concluyendo, que los seres humanos somos de naturaleza espiritual y por lo tanto, somos tambien seres que poseemos un espíritu o bien seres con espiritualidad.

El Espíritu Santo que está contínuamente obrando en todos nosotros como el gran guía y consolador de Dios, a quien Jesucristo envió para hacer el papel de nuestro aliado durante nuestro paso por el mundo terrenal, según mi forma de creer, actúa directamente sobre nuestra dimensión espiritual, concretamente sobre las grandes potencias espirituales del alma humana, que son entre otras: la conciencia, la voluntad, el entendimiento, la memoria, la fe, el amor y la esperanza.

En este orden de ideas, mi concepción del ser humano es claramente dualista, ya que estoy convencido de que nuestra naturaleza está compuesta de dos dimensiones antagónicas que a su vez poseen cualidades y fuentes vitales distintas: el cuerpo material y el alma espiritual.

En una escena relatada en el Evangelio de San Mateo, Jesús se refiere de forma muy clara e instructiva a dos entidades o componentes diferentes del ser humano: el cuerpo y el alma; afirmando de forma irrebatible que el alma está dotada de su propia fuente vital y que al morir el cuerpo, el alma es capaz de seguir existiendo.
“No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.”
San Mateo 10, 28

Hay otra escena en la que Jesús se refiere por última vez al Reino de Dios y ésta vez no lo hace en forma de parábola sino que hace una afirmación categórica y directa, la cual según mi opinión, no permite en absoluto ningún espacio para interpretaciones de significados diferentes a lo que expresó fiel y exactamente con sus palabras. Esa ocasión es cuando estaba Jesús ante Pilato en el pretorio y éste le pregunta:
¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús respondió: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
Juan 18, 36

Poco después estando Jesús ya clavado en la cruz, en la escena que relata el Evangelio de San Lucas sobre la conversación que sostuvieron Jesús y el ladrón arrepentido quién estaba colgado a su lado:
“Y decía: Jesús acuerdate de mí cuando vengas con tu Reino. Jesús le dijo: Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.  Lucas 23, 42-43

Esta maravillosa respuesta de Jesús al ladrón, con quien compartía su terrible agonía, es para mí el más grandioso testimonio para la humanidad de la inconmesurable Gracia y amor de Dios para un pecador arrepentido, y además, es la divina revelación más demostrativa, de que al morir un ser humano y separarse en ese momento el alma del cuerpo, el alma regresa a Dios su Creador y el cuerpo regresa a la tierra a la que pertenece.

Las almas de todos los seres humanos que han existido y que han muerto, siguen existiendo y viviendo espiritualmente en la eternidad.  Eso lo afirmó claramente  Jesucristo cuando le dijo a los Fariseos:
 “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos, ustedes están muy equivocados.”(Marcos 12, 27).

Sería completamente absurdo y no tendría ningún sentido, que hubiese un Dios eterno de seres muertos que ya no existen en absoluto, que son la nada.
Jesucristo con su respuesta a los doctores de la ley judaica, trató de quitarles el velo de suprema ignorancia que tenían en su entendimiento de seres mortales limitados, en relación con la vida eterna y la muerte del cuerpo humano.

Un Dios Todopoderoso y eterno no puede ser Dios y no puede poseer y señorear un Reino eterno de seres mortales insignificantes de carne y huesos, que tienen una existencia como la de las moscas, que solamente viven un par de días y después no existen más.

En la oración fundamental y perfecta de todo cristiano el Padre Nuestro, que nuestro Señor Jesucristo nos enseñó y nos pidió que rezaramos, dice en la tercera frase: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo”
Desde hace más de dos mil años los creyentes cristianos hemos estado rogándole a Dios por medio del Padre Nuestro, que su voluntad sea hecha simultáneamente en dos mundos o dos realidades diferentes, en el mundo terrenal y en el mundo celestial, por seres mortales que existen en el primero, y por seres eternos que existen en el segundo.

En el Reino de los Cielos viven los seres espirituales, quienes desde la eternidad también deben hacer la santa y soberana voluntad de Dios, como nosotros aquí en la tierra mientras vivimos en nuestro cuerpo mortal.
Por eso, repito lo que Jesús dijo: «Dios es un Dios de vivos y no un Dios de muertos.«
La muerte consiste en la separación del alma y del cuerpo, asi como también en la separación definitiva entre los seres mortales del mundo material y las almas vivientes que inician su vida eterna en el Reino espiritual de Dios.