Vivir es esperar esperando para pasar a mejor vida

para que por dos cosas inmutables, en las cuales, es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo, los que nos hemos refugiado asiéndonos (agarrándonos) de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como ancla del alma, segura y firme, y que penetra hasta dentro del velo; Hebreos 6, 18-19

Sin duda alguna, la vida humana consiste en vivir esperando algo o a alguien, que ha de suceder o de venir en el futuro próximo. Siempre esperamos con la firme esperanza, de que lo que anhelamos va a suceder, y esperar permanentemente, nos enseña a tener paciencia. En consecuencia, se puede afirmar que todos vivimos esperando algo.

Nuestra condición natural de que somos seres totalmente dependientes de la naturaleza y de las personas que nos rodean para vivir, determina la necesidad de tener que esperar. Por eso, cuando leí por primera vez la expresión “vivir es esperar esperando” de la frase del Teólogo brasileño Leonardo Boff, me gustó tanto, que la puse como título de esta reflexión.

Siempre deseamos lo mejor, anhelamos cosas y experiencias buenas para nuestra vida y la de nuestros seres queridos. Y a pesar de que también nos suceden experiencias desagradables, dificultades, accidentes, enfermedades, decepciones, tragedias, etc; no nos desanimamos y recuperamos de nuevo la esperanza y continuamos esperando lo mejor. Existe un término que describe ese estado de ánimo de actidud positiva ante la vida, pero que casi nunca se utiliza: longánimo, que significa de ánimo constante.

En la sociedad moderna mayormente egoísta, se ha establecido como meta deseable ser lo más independiente posible de los demás. En las grandes ciudades de cientos de miles de habitantes, mucha gente vive sola, aislada y sin contacto personal con los vecinos, debido a que desean ser lo que ellos llaman “autosuficientes”, personas rebeldes que están cansadas de esperar y de depender de otros.

Debido a que en la vida tener que esperar es invitable, estamos muy acostumbrados desde nuestra niñez, a esperar las cosas y los acontecimientos deseados por nosotros, que pueden suceder de manera inmediata o retardada.

La muerte es el acontecimiento natural de la vida, que por ser inevitable todos les seres humanos debemos aprender a aceptar como realidad implacable en el futuro. Gracias a la obra de sacrificio y redención realizada por nuestro Señor Jesucristo en la Cruz y a la inconmensurable Misericordia de Dios, tenemos los creyentes cristianos el privilegio de creer en su promesa de vida eterna y de esperar con fe y regocijo por su cumplimiento en el futuro, cuando Dios decida el momento de nuestra partida de este mundo.

No se trata de estar esperando la muerte, claro que no, sino de estar esperando con fe firme la vida eterna en el Reino de los Cielos, por la que Cristo el Hijo de Dios, se hizo hombre para anunciar y predicar como La Buena Nueva o Evangelio a la humanidad.

La promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos es el supremo bien o premio que Dios le ha prometido a todo aquel hombre o aquella mujer que crea en espíritu y en verdad en Cristo Jesús. Por lo tanto, cristiano al hacer tuya esa promesa, ese acto de fe se convertirá después en la esperanza puesta delante de ti, de la que te puedes agarrar, la cual tendrás como ancla segura y firme de tu alma, así como lo afirma el apostol Pablo en los versículos de arriba.

El símbolo del ancla de la esperanza, que menciona San Pablo en su Carta a los hebreos, fue utilizado por los cristianos de la iglesia primitiva en las tumbas hace miles de años. En la imagen a continuación se nota la figura de una cruz combinada con un ancla y con la letras griegas Alfa y Omega, que representan a Jesucristo, según el libro del Apocalipsis de San Juan en donde está escrito: “Yo soy el Alfa y el Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso”.

Inscripción lapidaria en una tumba antigua

Según Tomás de Aquino, la esperanza cristiana es la virtud que otorga al hombre la confianza absoluta de que alcanzará la vida eterna y los medios para llegar a ella con la ayuda de Dios.

La vida eterna es la vida en abundancia de la que habla Jesús en el Evangelio de San Juan 10, 10: El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.

Sin duda alguna, el Señor Jesucristo nos promete una vida mucho mejor de la que nos podríamos imaginar, un concepto que nos recuerda lo dicho por San Pablo en 1. Corintios 2: 9: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman.”

La expresión “pasar a mejor vida” es una linda metáfora para referirse a la vida eterna, que nos espera a los creyentes cristianos después de la muerte. Amén!

Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Proverbios 3, 5

Puesto que la fe es la ÚNICA puerta hacia Cristo, la primera regla es que creas lo más perfectamente posible en Él y en las Sagradas Escrituras, reveladas por su Espíritu. No dejes que nada influya sobre ti, principalmente el hecho de que la gran mayoría de la gente vive como si el Reino de los Cielos y el infierno fueran cuentos de viejas. Cree con firmeza y no te pongas temeroso. Pues, aunque digan lo que digan los demás y todos se vuelvan locos, Dios no puede mentir. No puede dejar de suceder lo que Dios en la Biblia profetizó que sucedería. Si crees que hay un Dios, debes creer que él es la verdad. *

Ten también por seguro que nada de lo que oyes con tus oídos, ves con tus ojos o tomas en tus manos es tan verdadero. Nada tan cierto e incuestionable como lo que leemos en las Escrituras, inspiradas por Dios, que es la pura verdad, que nos fueron reveladas por profetas. Nos las transmitió el mismo Jesucristo en persona con su palabra y las puso en práctica con su ejemplo.

El teólogo español Fray Diego de Estella (1524-1578) dijo: ”Cuanto hay en el mundo es falso y vano, porque es pasado, presente y futuro. Lo pasado ya no existe, lo que está por venir es incierto y lo presente es inconstante y momentáneo”

Si somos sinceros con nosotros mismos podemos constatar que lo que vemos a nuestro alrededor y lo que percibimos de la gente no es más que una farsa, porque en realidad la gran mayoría de las personas solo vive de apariencias, lo cual propicia una vida ficticia y sin sentido. Es como un teatro de máscaras en el que lo único que cuenta es aparentar, ya que lo importante es quedar bien ante los demás, impresionar y que nos tengan por importantes, dichosos o privilegiados, aunque no sea verdad.

Debido a la enorme influencia de los medios de comunicación y de la publicidad, el mundo de hoy en día se ha convertido en un gran escenario de la mentira, donde las mentiras se escriben, se dicen y se divulgan con naturalidad, maestría y elegancia; y donde cada uno incluso se cree y defiende su propio engaño.

En la Biblia, el rey David, en sus Salmos, se describió a sí mismo como un ser pobre y necesitado, no porque le faltasen honras y riquezas, sino porque entendía que todo era engaño y vanidad, y porque en algunos momentos críticos sentía que le faltaba su Dios.

A medida que vamos tomando conciencia de la clara contradicción que existe entre nuestra conciencia, nuestros propios pensamientos y valores, que es lo verdadero; y el acontecer cotidiano en el mundo exterior que nos circunda, que es lo aparente y engañoso; vamos llegando a la conclusión de que el ámbito de nuestra vida interior espiritual, de nuestra propia conciencia es el más auténtico y, sobre todo, el más importante.

Es la vida del alma, de nuestros pensamientos, deseos, sentimientos, en resumen, de nuestra vida interior espiritual, la que contiene la verdad y la esencia eterna de la vida humana.

No hay doctrina humana que no esté viciada por la negrura de algún error. Solamente el antiguo Testamento y la doctrina de Cristo es toda pura, toda blanca, toda ella sincera. El hecho de que sea un tanto dura y áspera nos adentra en su significado oculto escondido en el sentido literal.

Mientras tanto, recuerda una y otra vez que no debes tocar la Sagrada Escritura sino con pureza total de espíritu. Y lo primero que has de entender es el valor de estos escritos. Piensa que, siendo como son verdadéros oráculos, proceden del más profundo secreto de Dios. Si te acercas a ellos con reverencia, veneración y humildad, te sentirás poseído de su fuerza, inefablemente raptado y transfigurado. Experimentarás las delicias del esposo o esposa feliz, gustarás las riquezas de Salomón, saborearás los tesoros escondidos de la eterna sabiduría.

Considera, pues, que nada de lo que ves con tus ojos y tocas con tus manos es tan real como las verdades que lees en la Biblia. Pasarán el cielo y la tierra, pero ni una sola jota o ápice de la palabra de Dios pasará sin que se cumpla. Los hombres se engañarán y errarán, pero la palabra de Dios ni engaña ni yerra.

Reconócele en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas. No seas sabio en tu propia opinión. Proverbios 3, 6-7

* Los textos que están en letra cursiva los he tomado de la obra “Enquiridion” de Erasmo de Rotterdam (1466 – 1536), gran teólogo católico y erudito holandés, quien favoreció y defendió la práctica auténtica del cristianismo interior o espiritual, en contraposición con la práctica religiosa exterior de rituales, hábitos y apariencias.

Dios creó al ser humano para que viva dos vidas diferentes: una primera vida pasajera en este mundo, y una segunda vida eterna en el Reino de los Cielos.

Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. Juan 13, 34

Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien en humildad, estimándoos inferiores los unos a los otros: no mirando cada uno a lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los demás. Filipenses 2, 3-4

En el reino animal existen dos ejemplos muy conocidos de criaturas insignificantes, que fueron creadas para vivir dos vidas diferentes: las ranas y las mariposas. Sabemos que las ranas nacen y viven su primera vida en el agua en forma de renacuajos y después de un proceso natural llamado metamorfosis, se convierten en ranas adultas para vivir en los bosques.

Las mariposas viven un tiempo como orugas o gusanos arrastrándose en la tierra o en las plantas, para después transformarse en una bella mariposa y volar por el aire para alimentarse del nectar de las flores.

Si Dios el Creador Omnipotente del universo, creó estas dos criaturas para que vivan dos vidas completamente diferentes, ¿no habría sido Dios capaz de crear al ser humano con un cuerpo físico y un alma espiritual, para que el hombre pueda vivir también dos vidas muy diferentes, la primera y transitoria en este mundo, y la segunda, eterna y definitiva en el Reino de los Cielos?

Solamente es necesario que tú amigo lector, en primer lugar, por medio de un sencillo, humilde y auténtico acto de fe reconozcas y aceptes sin lugar a dudas, que todo el contenido de la Biblia es la única y verdadera Palabra de Dios, la cual fue escrita por infinidad de personajes históricos, quienes fueron cada uno inspirados directamente por el Espíritu de Dios, para que quedara estampada en papel como legado eterno para toda la humanidad.

Y en segundo lugar, que creas en nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, quien vino al mundo para revelar la verdad de Dios, que había estado oculta a la humanidad por un manto de misterio desde el inicio de los tiempos, la cual es conocida como la Buena Nueva o el Evangelio de Jesucristo: La promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos.

El Espíritu Santo de Dios descendió también a este mundo junto con Cristo Jesús, y desde entonces y por mandato expreso de Dios, habita entre nosotros con la importantísima misión de tocar y mover directa e imperceptiblemente el alma de los creyentes, para que reciban a Jesús como su amado Maestro, Salvador Misericordioso y gran Perdonador de pecados.

No necesitamos en absoluto a ningún intermediaro mortal (sacerdote, pastor, monje, predicador, etc) que medie entre Jesús y nosotros, para recibir al Señor Jesucristo en nuestro corazón. En la Biblia podrás encontrar muchos verdaderos héroes y heroínas de la fe, quienes por medio de su vida, sus actos y sus palabras inspiradas, nos pueden servir de ejemplo e inspiración para iniciarnos y mantenernos en la Verdad, el Camino y la Vida que es Jesús, nuestro salvador.

Lamentablemente en este tiempo moderno, materialista y gobernado por el amor al dinero, no se puede seguir confiando en los representantes y el personal de las iglesias cristianas, debido a que la gran mayoría no creen firmemente en la promesa de vida eterna, y la prueba más evidente de mi afirmación, es que ellos nunca hablan ni escriben con entusiasmo y con viva esperanza sobre la alegrías del Cielo.

Los llamados presbísteros, clérigos y pastores se han dedicado principalmente a hablar de la moral, de lo que debemos hacer, de cumplir con la obligaciones de la religión y sus sacramentos, de la ofrenda, de la pobreza, de las guerras y catastrofes, de la política actual, de los problemas de la sociedad, etc, todo esto referido a procurar llevar una mejor vida de apariencias aquí en este mundo cruel y sin remedio, como si fueran a vivir aquí para siempre, y sin pensar para nada, en que la avalancha de la muerte, les va a quitar todo de un solo zarpazo, cuando menos lo esperen.

Por el contrario, el Señor Jesucristo en sus enseñanzas y sermones, siempre se refirió a la futura vida eterna y al Reino de los Cielos, e igualmente lo hicieron sus fieles discípulos y apóstoles, valorando menos la dura y corta vida que sus seguidores y oyentes estaban viviendo, porque la vida terrenal es así para todos por igual, sean ricos o sean pobres, y valorando más la vida eterna, porque ella será nueva y abundante para todos aquellos que se la merecen y la desean con todo su corazón.

Vivir sin la esperanza de una mejor vida despues de la muerte, priva a esta vida terrenal de su sentido y su propósito principal, el cual consiste en perfeccionar nuestra vida espiritual interior por medio de la fe en Dios, el amor a nuestros seres queridos y la esperanza en la vida eterna, o dicho de otra manera, vivir con los pies bien puestos sobre la tierra, que es adonde pertenecen, PERO tambien con nuestra alma puesta en el Reino de Dios, que es adonde ella pertenece.
No se trata en absoluto de desatenderse de la realidad del mundo, claro que no. Se trata de vivir llenos de esperanza, la cual es el gran motor invisible que impulsa y sostiene nuestra existencia, venciendo todas las dificultades que se nos puedan presentar.
Lo más importante de la vida cristiana, es aferrarse esa gran esperanza de que algún día en el futuro, después de la inevitable muerte, nos espera la segunda vida nueva y eterna, que será sin lágrimas, sin dolores, sin preocupaciones, sin problemas, sin enemigos, sin odio, sin rencor, etc.
  
Todo esto ha quedado escrito en el Nuevo Testamento, para poderlo leer con fe, atención e interés. De corazón les doy este consejo.

Según la Palabra de Dios, la vida humana se hace realidad en dos dimensiones: una visible o corporal y otra invisible o espiritual.

No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven: porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas.
2 Corintios 4, 18

Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, El le ha dado a conocer. Juan 1, 18

La vida humana fue un misterio en el pasado, lo es hoy en día y lo seguirá siendo en el futuro. Y la razón principal es el hecho verdadero, de que poseemos una dimensión que no se ve, es decir, invisible. Sin embargo, hoy cualquier persona respondería de inmediato, que eso para nuestra época no es cierto, porque con los grandes adelantos de las ciencias que ha alcanzado la humanidad, lo conocemos y sabemos TODO sobre la vida humana, y que en consecuencia, no existe ningún misterio ni algo que no sea conocido por los expertos.
¡NO lo sabemos todo! Apenas conocemos lo de nuestra dimensión visible, el cuerpo de carne y huesos, es decir: la mitad.
La otra mitad no la conocemos porque no la vemos, y si no la vemos no creemos que exista, y por lo tanto, la ignoramos.
 
“Ver para creer” este es lema o el pensamiento fundamental, que sirve de guía para la conducta de incredulidad y escepticismo de la gran mayoría de gente ante el tema espiritual.
Debido a ese error y equivocada actitud, es precísamente que en nuestra sociedad occidental tan desarrollada, tan bien educada con los más altos estudios en ciencias y tecnologías como nunca antes en la historia de la humanidad, se están manifestando una cantidad de misteriosos fenómenos sociales, los cuales todos conocemos y que incluso nos parecen “normales”, pero que en el fondo NO son congruentes con el alto grado de bienestar económico y social de nuestra sociedad.

Entre esos extendidos fenómenos sociales, me limito a mencionar los siguientes:
El vacío existencial o la sensación de que la vida no tiene sentido, individuos hartos de la vida, el extendido consumo de drogas ilícitas, la violencia en la pareja y en la familia, la obesidad, el suicidio de jóvenes, la alta tasa de divorcios entre parejas, el pánico a la muerte, el descontento a pesar de poseer todos los bienes y comodidades imaginables, la falta de paz interior, el alcoholismo, etc.

A estos fenómenos se les podrían dar el calificativo de contradictorios o incoherentes.
Estoy convencido de que dichos fenómenos son consecuencias imprevistas del alto bienestar económico y social en los países industrializados, con los cuales no contaban en absoluto, los dirigentes políticos, los académicos, sociólogos, urbanistas, psiquiatras, médicos, etc.

Todo el mundo habla del amor, que es invisible por cierto, pero la gran mayoría de la gente se casan por interés o conveniencia y se dejan engañar por las apariencias visibles. Todo el mundo habla de la felicidad que es invisible también, pero la buscan donde ella no se encuentra, es decir: en el dinero, en las comodidades, en el consumo de bienes, en la diversión, etc.  

En en los tiempos bíblicos cuando vino al mundo el Señor Jesucristo, reinaba en esos pueblos antíguos una situación social y económica diametralmente opuesta a la de nuestros tiempos, caracterizadas por extrema pobreza, falta total de: servicios públicos, escuelas, hospitales, carreteras e infraestructura, etc.
Bajo esas paupérrimas circunstancias en que vivia el pueblo común o plebe, el Señor Jesucristo dió a conocer su Evangelio, el cual está lleno de mensajes espirituales sobre la fe, el amor al prójimo, la esperanza, el consuelo, la paz interior, la fraternidad, la dicha interior, la pacienca y el júbilo, todas ellas virtudes humanas naturales, para ser ejercitadas en el presente, pero siempre con la mirada puesta en su promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos, posterior a la muerte inevitable.

Cristo Jesús no vino a mejorar las condiciones materiales de la vida terrenal de esos pueblos antíguos, ni mucho menos vino a inmiscuirse en la política gubernamental de los ricos y poderosos con el fin de cambiar los sistemas de gobierno de la época y de eliminar la injusticia social imperante.

Jesús vino para enseñar y demostrar en primer lugar, que Él era el Hijo de Dios y el camino, la verdad y la vida, y que nadie viene al Dios Padre sino por Él; y en segundo lugar, que los seres humanos poseemos un alma inmortal y una vida interior espiritual, la cual gobierna y dirige los actos o acciones de nuestro cuerpo.

El avivamiento espiritual y el fortalecimiento de la vida espiritual humana, que trajo consigo la introducción de la fe cristiana en aquellos tiempos, fue indudablemente el motor que impulsó tanto el desarrollo de la evangelización cristiana en el mundo antíguo, como la extraordinaria expansión territorial, que el Cristianismo ha logrado en el mundo entero hoy en día.

Todos los hechos y explicaciones expuestos hasta aquí, me comprueban una vez más, que la dimensión espiritual o invisible es la esencia fundamental de nuestra existencia como seres humanos y que es ella la que sostiene como un sólido pilar invisible la naturaleza humana. 

Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa. Romanos, 1, 20

Es indispensable, que el creyente cristiano crea en su origen bíblico y se conozca bien a sí mismo, para el ejercicio pleno de su fe en Dios.

Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho un poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra. Salmo 8, 1-2

El rey David de Judea fue uno de los grandes héroes de la fe en la Antigüedad, y como tal, fue un gran precursor junto a Abraham de la fe cristiana. David creyó plenamente en la descripción de la creación del hombre que está escrita en el libro de Génesis, según la cual el ser humano fue hecho por Dios a su imagen y semejanza, y que lo formó del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un alma viviente.
Es pues, el hombre un animal prodigioso, compuesto de dos componentes muy diferentes entre sí, del alma o espíritu humano, que es como algo divino, y del cuerpo, como el de un simple animal. En cuanto al alma, somos tan capaces de lo divino que podemos sobrepasar la misma naturaleza de los ángeles y hacernos una misma cosa con Dios. De manera que si no estuviéramos unidos al cuerpo, seríamos algo divino; y si no estuviéramos dotados de alma espiritual, seríamos unas bestias.

A estas dos naturalezas, tan diferentes entre sí, las unió Dios, el Creador Supremo en feliz armonía. Pero fue la serpiente, en el jardín de Eden, la que las dividió con tan lamentable discordia, que ya no pueden separarse una de otra sin gran tormento, ni vivir juntas sin contínuo conflicto. Tan encarnizada lucha entablan entre sí, las que siendo una misma cosa, se manifiestan como si fuesen contrarias.
El cuerpo, porque es visible se deleita en las cosas visibles; por ser mortal, va tras las cosas temporales, y tiende hacia la tierra por ser pesado. El alma, por el contrario, acordándose de su condición de origen divino, tiende a subir hacia Dios con todas sus fuerzas. Desprecia las cosas materiales, pues sabe que son apariencias pasajeras, y busca las que son verdaderas y eternas. Como inmortal que es el alma, su amor está entre las cosas inmortales; siendo del cielo, anhela las celestiales.

El apostol Pablo a estas dos naturalezas o componentes del ser humano, las describe en forma figurada como: el hombre exterior (cuerpo) y el hombre interior (alma). Y la lucha que mantienen entre sí, la describe de la siguiente manera: “Si vivís en el Espíritu , no dareis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no haceis lo que quisierais”. Gálatas 5, 16-17

San Pablo, al explicar ampliamente los frutos de la carne o cuerpo y del espíritu o alma, vuelve a decir: “El que siembre en su carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu cosechará vida eterna” Gálatas 6, 8

En estos dos grandes personajes de la Biblia: el rey David con sus 150 Salmos, y San Pablo, como el mejor intérprete tanto del viejo como del nuevo Testamento; disponemos de dos magníficos Héroes de la fe, de quienes mucho es lo que podemos conocer, sobre la verdadera naturaleza humana, sus virtudes y sus debilidades.

“El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal”. Corintios 13, 4-5

El título de esta reflexión es parte de la descripción que el apostol Pablo hizo del amor espiritual o verdadero, hace más de 2000 años. ¿Conocen ustedes estos versículos? Si no es así, les recomiendo de corazón que lean completo el capítulo 13 dedicado al amor.  
Por fortuna, yo los escuché por primera y única vez de un pastor, en la ceremonía religiosa de mi boda hace 44 años en Suiza. San Pablo le hace un merecido elogio al amor espiritual en su primera carta a los Corintios, describiendo magistralmente sus caracteríticas para la humanidad.

El amor en la sociedad moderna, es efectivamente una ilustre facultad desconocida más, de las facultades espirituales que posee el ser humano.  Desde hace muchas décadas, todo el mundo habla y escribe sobre el amor, pero lamentablemente sin saber con propiedad de lo que estan hablando, y debido a esa circunstancia, existe actualmente una enorme confusión y malos entendidos sobre este aspecto tan esencial e importante para la vida.

La razón principal de esta confusión ha sido, la pérfida idea de la industria del cine en Hollywood, de afirmar y propagar en el mundo, que hacer el sexo es lo mismo que “hacer el amor”, lo cual hicieron por medio de la película titulada “Let’s make Love” con la actriz Marylin Monroe en 1960, en la que por primera vez fueron mostradas escenas eróticas de una pareja en una película, con el propósito de atraer muchos más espectadores a los cines y así lograr ganar más dinero, siguiendo el conocido dicho de negocios: el sexo vende!

El gran engaño consiste en que es IMPOSIBLE hacer el amor a voluntad, pues el amor espiritual aparece de repente en nuestras vidas y no lo podemos ni evitar ni controlar, así como tampoco podemos escoger previamente la persona por la que vamos a sentir inclinación y amor espontáneos. El amor espiritual no es algo que queramos sentir, sino que es algo que sentimos sin querer.
Mientras que el sexo sí se puede hacer a voluntad con cualquier persona, siempre y cuando nuestro instinto sexual natural haya sido activado o encendido por estímulos visuales y sensuales en nuestro cuerpo.

El amor espiritual y el deseo sexual son dos actividades humanas completamente diferentes, que no tienen en absoluto nada que ver una con la otra, incluso pueden ser opuestas o antagónicas. En la Biblia, San Pablo explica la oposición que existe entre el alma y el cuerpo de carne: «Digo pues: Andad según el Espíritu (Santo), y no cumpliréis el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el espíritu, y el del espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis…»  Gálatas 5, 16-17

El sexo NO es una expresión de amor espiritual ni hace feliz a nadie, como lo muestran películas y afirman algunos autores de libros eróticos. Esa es una gran mentira que ha sido creada con el propósito de ganar más dinero. Si eso fuera verdad, las prostitutas o trabajadoras del sexo serían las personas más felices del mundo, y todos sabemos que no es así, sino que es todo lo contrario.

Los deseos que generan el espíritu o alma humana y la carne en nuestra conducta, son opuestos en algunos aspectos de nuestra vida, por ejemplo: en la relación romántica entre parejas. ¿quién no conoce las siguientes situaciones entre parejas causadas por el ardiente instinto sexual?: el adulterio y los abusos como la violación y el maltrato físico.

«Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.» Juan 16, 33

Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Juan 14, 6

Dios y su Hijo Jesucristo son los creadores y autores de la verdad absoluta, por esa razón y con toda autoridad, Jesús puede también afirmar que Él es la verdad. En consecuencia, la Palabra de Dios es la pura verdad.
En este versículo que hace de título, Jesús le advierte a la humanidad que TODOS tendremos aflicción en este mundo terrenal, palabra que significa: sentir pesadumbre espiritual o sufrimiento físico.

Aunque a la gran mayoría de los seres humanos, no les agrade escuchar o leer esta importantísima advertencia del Señor Jesucristo, ese mensaje pleno de verdad y de sinceridad, nos ayudará muchísimo a aceptar con consuelo y resignación cualquier sufrimiento en el transcurso de nuestras vidas, por la sencilla razón de que todo ser humano, desde el mismo instante de su nacimiento en este mundo, tendrá inevitablemente que sufrir, porque la aflicción es un componente esencial de la vida terrenal.

Esa advertencia directa y franca nos la hace Jesús por puro amor, como todo lo que Él hizo por la humanidad. Así como lo hacen los padres por el bien de sus amados hijos durante la crianza y la adolescencia, con el fin de prepararlos para soportar y enfrentar la dura vida como adultos.  

Si el mismo Jesús siendo el Hijo de Dios, el único hombre Santo y libre de pecados que ha existido, tuvo que soportar y sufrir ese horroroso castigo físico y la humillación pública durante su camino hacia el Calvario en Jerusalen, para ser crucificado, que era el tipo de muerte más dolorosa en la época del imperio romano; ¿cómo podemos esperar nosotros como pecadores, vivir una vida sin sufrimientos, sin dolores, sin aflicciones, sin problemas, sin traiciones, sin humillaciones, etc.?

No les parece esa expectativa generalizada algo demasiado ingenuo, iluso y absurdo?
Piensen en las innumerables enfermedades, dolores, angustias, preocupaciones, accidentes, guerras, crímenes, engaños, traiciones, crueldades, muertes, problemas, conflictos, etc; que forman parte de la vida humana común y que no los podemos evitar.

Dios con su sabiduría y soberanía ha creado expresamente este mundo así como es, con un divino y sublime propósito, el cual nosotros los seres humanos no somos capaces de comprender. El mundo es como es, y no como debería ser.
En consecuencia, tenemos que aceptar este mundo cruel y nuestro destino con mucha fe y esperanza en Dios, porque esa es su voluntad.

Debo decir aquí, que la gran mayoría de los sacerdotes y pastores de las iglesias tradicionales, no han tenido el coraje y la franqueza de hacer sermones y predicaciones sobre esta relevante advertencia del Señor Jesucristo para los creyentes cristianos, por el temor injustificado de crear la percepción en las congregaciones de que el cristianismo es una religión, que favorece de manera indirecta el sufrimiento como medio para alcanzar la salvación. Es posible que dicho temor, esté basado en la muy equivocada creencia antigua de la iglesia católica, de que la autoflagelación o castigar el cuerpo como penitencia podía contribuir al perdón de los pecados y a la salvación, creencia ésta que es totalmente falsa. La aflicción a la que Jesús se refiere es ese sufrimiento INVOLUNTARIO, que nos afecta y que no podemos evitar.
Debido a ese temor, la aflicción y el sufrimiento humano se han convertido en temas tabú entre los predicadores, una actitud que considero es lamentable y contraproducente.

La Palabra de Dios debe ser predicada por amor y siempre mencionando la verdad que contiene, y no por temor, para tratar de complacer más los oídos de la congregación, que a Dios Padre.  

Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo

“Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?
Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.”
Mateo 22, 32

Todos los cristianos conocemos muy bien ésta frase que hace de título, y cada vez que rezamos el Padre Nuestro, lo expresamos una y otra vez de forma automática.
Lo hemos pronunciado en voz alta o bien lo hemos meditado en silenciosa oración ya tantas veces, que no estamos concientes del gran significado que tiene para nosotros, y sobre todo, para nuestra fe en Dios y nuestra esperanza en el Reino de los cielos.

El Padre Nuestro es la única oración, que Jesucristo dejó como precioso y divino legado en la Biblia a los cristianos de todas las generaciones, y nos pidió que haciendo uso de élla, rogáramos a Dios por nosotros y por los nuestros.

Existen muchas interpretaciones pormenorizadas de connotados Padres de la iglesia y de ilustres teólogos como Orígenes de Alejandría, Juan Crisóstomo, San Agustín de Hipona, etc; que proponen diferentes explicaciones y orientaciones muy valiosas sobre el texto, los cuales nos pueden ayudar a comprender mejor el significado y el mensaje implícito que esa grandiosa oración tiene para el fortalecimiento de nuestra fe.

Pero además, debe haber también infinidad de interpretaciones personales del texto del Padre Nuestro, que cada creyente para sí mismo, haya podido hacer al escudriñar la oración con reverencia y reflexión.
Un buen día, meditando yo sobre el sentido de esa frase de la oración, me vino como un relámpago a la mente el pensamiento sobre el glorioso hecho, de que el Reino de los cielos es una realidad tan verdadera como es la tierra, donde existen almas humanas vivas que igualmente están sujetos a la voluntad de Dios, nosotros los que aún estamos aquí y aquellos que ya murieron y pasaron a mejor vida, y viven allá.

Al recordar lo que Jesús le dijo a los judíos saduceos: “Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.”  y vincularlo con la frase del Padre Nuestro: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo; fue entonces cuando tomé conciencia del significado y de la trascendencia de ese ruego concreto: Que no solamente existimos los seres humanos que vivimos en la tierra en éstos momentos, sino que simultáneamente existen las almas espirituales que viven en el Cielo desde tiempos inmemoriales. Es decir, los que murieron antes de nosotros y aquellos queridos familiares y amigos, que ya fallecieron. Nuestros muertos viven eternamente desde que partieron de éste mundo y sólo por esa razón, rogamos a Dios para que se haga su voluntad aquí en la tierra como en el cielo.

Por medio de la Biblia se nos ha revelado que Dios rige de modo soberano tanto en el universo material, del que la tierra forma parte, como en el reino espiritual de los Cielos. Deseo detenerme aquí un instante para comentar algo muy importante sobre la palabra revelar, la cual significa: manifestar algo que estaba oculto o bien descubrir alguna cosa escondida, que da luz y conocimiento a aquel que la busca.

En el caso muy particular de la Biblia es la comunicación de Dios con su criatura.  Lo que nuestro Creador nos manifiesta en su Santa Palabra, son realidades y verdades espirituales que para el ser humano siempre han estado ocultas por ser inmateriales e invisibles, y que por lo tanto no podían ser percibidas por nuestros sentidos. Esa es la razón por la que Dios nos las tiene que revelar, ya que de no haber sido así, no nos habríamos enterado nunca de esas realidades espirituales.

Otra cosa muy diferente es la palabra imaginar, que significa crear en la mente una imagen o un retrato de una cosa material y visible ya conocida, por medio de nuestra propia fantasía

Una vez explicado esto, hagamos una comparación entre una revelación de Dios como la del Reino de los Cielos; y una imaginación humana como la de El Dorado, aquella famosa leyenda de una ciudad de oro, la cual los descubridores europeos estuvieron buscando en vano durante siglos en la selva tropical sudamericana. La ciudad de oro nunca fue encontrada, porque esa leyenda había sido una creación de la fantasía, es decir, una imagen mental de enormes cantidades de oro y piedras preciosas, que era lo único en que estaban interesados los descubridores: los tesoros materiales ya conocidos.

Por el contrario, el Reino de los Cielos tuvo que ser revelado por Dios, porque al ser de naturaleza espiritual e invisible, era totalmente desconocido por los hombres antiguos ya que no lo habían visto jamás, y por consiguiente, era imposible que se lo pudieran imaginar y mucho menos todavía desearlo. Por supuesto, todo depende de la voluntad de creer y de la fe, facultades humanas éstas, con las que Dios nos dotó a los seres humanos, para poder relacionarse y comunicarse directamente con nosotros.

El apostol Pablo en su primera carta a los corintios, menciona esa gran revelación por el Espíritu de Dios: Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.
1. Corintios 2, 9-10
Si creemos en Dios, tenemos que creer igualmente en su Santa Palabra, que está plasmada en la Biblia, y tenemos que creer en Jesucristo su Hijo amado, en quien Dios se complace.

Según Jesús, el Reino de los Cielos esta poblado no solamente de ángeles, sino también por todos aquellos hombres, mujeres  y niños que después de morir, por obra de la infinita Gracia y Misericordia de Dios, sus espíritus o almas fueron destinados a vivir eternamente cerca de Dios en su Reino.

Así lo afirma el Señor Jesucristo: « Yo se lo digo: vendrán muchos del oriente y del occidente para sentarse a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos », Mateo 8, 11

Esa es la gloriosa esperanza viva que debe permanecer anclada en el corazón de cada creyente cristiano, que cree firmemente en la promesa de vida eterna y del Reino de los Cielos que nos trajo Jesús cuando vino al mundo.

Y con ése divino propósito Jesús nos enseño el Padre Nuestro, para que al orar y al repetirlo a diario, nos ayudara a afianzar y robustecer nuestra esperanza en su maravillosa promesa.

El Reino de los Cielos no es un producto de la imaginación de los hombres, como lamentablemente mucha gente incrédula en nuestra sociedad asi lo considera hoy en día.  El Reino de Dios es incluso más real y más verdadero que éste mundo material en el que vivimos un tiempo tan corto. Un mundo de apariencias que no es permanente y en el que todo pasa y cambia sin cesar. Mientras que el Reino de Dios es eterno y firme.

En el antiguo testamento está escrito: « Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta: Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará? » Números 23, 19

Dios no miente nunca, mientras que nosotros sí mentimos y engañamos, y no sólo engañamos a los demás todos los días con nuestro comportamiento fingido y con nuestras mentiras no tan piadosas, sino que sobre todo, nos engañamos a nosotros mismos por medio de nuestras falsas creencias y las propias imaginaciones que inventamos en nuestra mente.

Así como a diario estamos fingiendo y engañando, de esa misma manera fingen y nos engañan los demás, por lo que la mentira en el mundo es algo natural y muy humano. Por esa razón, el mundo no es otra cosa que un gran escenario teatral, donde cada quién con su propia máscara actúa y finge según sea la situación en que se encuentre y lo que más le convenga. Y por supuesto, las mentiras forman parte importante de los libretos de nuestros roles personales.

Esa es la realidad de las apariencias que vemos en el mundo, y aquel que no quiere creer que la vida en éste mundo terrenal está saturada de mentiras, es simplemente un crédulo incauto y soñador que vive en la luna.
Si hay que creer, creamos en Dios y en su Santa Palabra en primer lugar, y en segundo lugar siempre, creamos en los hombres y en las mujeres. Procuremos no cambiar nunca éste orden de preeminencia. Ese es mi humilde consejo.

Así como el Señor Jesucristo dijo “Mi reino no es de este mundo”, podrá el creyente cristiano también decir al dejar este pobre mundo: “Mi esperanza es el reino de Dios en los cielos”

Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo: si de este mundo fuera mi reino, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los Judíos, pero mi reino no es de aquí. Juan 18, 36

Este versículo describe parte del diálogo que tuvieron Jesús y Poncio Pilato, durante el proceso judicial en Jerusalen antes de su crucifixión, en el que Jesús le confirma a Pilato que efectívamente él es Rey, pero que su reino no es de este mundo. El Señor sabía muy bien que la hora de su muerte en la cruz había llegado, y por supuesto, sabía aún mejor todavía, que él iba a entregarle su espíritu al Dios Padre y que regresaba a su reino de los cielos.

En la obra “Enquiridión” de Erasmo de Rotterdam, quien fue un monje agustino y gran teólogo holandés, aparece la siguiente cita de San Jerónimo: “Nadie tan feliz como el cristiano, a quien solo se le promete el Reino de los cielos. Pero ninguno tan probado como él, pues toda su vida está en peligro. Nadie más fuerte que él, pues vence al demonio. Pero nadie más debil que él, ya que es vencido por la carne”.

De esta cita, me llamó mucho la atención la frase “Nadie tan feliz como el cristiano, a quien solo se le promete el Reino de los cielos”; con la que Jerónimo expresa de una forma tan simple y tan hermosa, el maravilloso privilegio que se nos ha otorgado a los seguidores de Jesucristo, de recibir la insuperable promesa de vida eterna en el reino de los Cielos, que tan solo esa promesa es más que suficiente motivo para llenar de gozo y felicidad a cualquier creyente, que la acepte como suya.
La fe en el señor Jesucristo y nuestra firme confianza en esa promesa, son las condiciones previas que engendran la esperanza de vida eterna, la cual es la vigorosa facultad espiritual que conduce y sostiene al creyente durante su arduo camino de fe, hacia la gran meta.  

Hagamos entonces como nos recomiendan en la carta a los Hebreos 10, 23: Mantengamos firme la profesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa.

¿Puedes tú imaginarte la santa paz interior y el gran consuelo que debe sentir un creyente firmemente esperanzado, cuando en el momento de su muerte, sabe que su alma inmortal se separará de su agotado cuerpo, para dejar este mundo cruel y fatigoso?

Yo me lo puedo imaginar muy bien, pues no debemos olvidar que la mayoría de los sufrimientos y las penas de la vida, se soportan y se llevan ocultas en el alma. Nuestro cuerpo nos permite fingir y aparentar una vida pública alegre y apacible, mientras que la realidad de nuestra vida espiritual interior es todo lo contrario. Lo que vemos en la gente son solamente falsas apariencias, y por lo tanto, debe haber muchas personas que están esperando en secreto, que cambie su suerte o les llegue la muerte como una bendición.

Conociendo nuestra propia espiritualidad y la huella que Dios dejó de sí mismo en nosotros.

Pero confiados en todo tiempo, y sabiendo que mientras moramos en el cuerpo, andamos lejos del Señor porque andamos por fe y no por vista. 2. Corintios 5, 6-7

¿Sabías tú amigo lector, que tú tambien eres un tesorero?

Sí, y cuando digo tesorero me refiero a la persona que es reponsable de custodiar y administrar un tesoro.

Tú tienes un gran tesoro dentro de tí, pero es posible que tú, como la gran mayoría de la gente, lo ignores completamente. Ese gran tesoro es tu alma divina e inmortal, tú dimensión espiritual.

Fíjate en los niños que están cerca de ti, tus hijos, los hijos de tus amigos o de tus vecinos. ¿No son los niños los seres humanos más felices y los que más paz interior tienen en el mundo? ¿No son ellos los que se divierten con todo, los que siempre están contentos y satisfechos consigo mismo? ¿No son ellos los que aman de corazón tan facilmente y son tan dignos del cariño que reciben de sus familiares y allegados?

Pues los niños son los seres más espirituales, sinceros y auténticos que existen, por eso ellos aman sin límites, creen y confian en lo que intuyen con su alma vigorosa de sus familiares y de sus amigos. Sin duda alguna, los niños “ven” más con el alma que con sus ojitos.
Las cualidades como la alegría, la credulidad, la inocencia, la sencillez, la humildad, la ternura, la sinceridad y la paz interior son virtudes que caracterizan la manera de ser de los niños.

Por experiencia propia, sabemos que esas son solo algunas de las grandes cualidades que el ser humano posee en su caudal natural de facultades espirituales, pero las cuales durante el avance de su desarrollo hacia su condición de adulto, van siendo gradualmente arrinconadas y sustituidas por otros estados del alma menos sensibles, y debido también a las duras experiencias, convencionalismos, prejuicios y suspicacias aprendidas, terminan siendo reprimidas.

Sin embargo, lo importante es recordar que esas nobles virtudes son innatas, que aún forman parte integrante de nuestra existencia y que están siempre presentes en nosotros, aunque algo adormecidas.

Por fortuna, ese tesoro espiritual de la niñez lo tenemos todos los adultos en un estado latente en nuestra personalidad. No obstante, podemos ser capaces de activar las cualidades espirituales del niño que aún llevamos dentro, cuando impulsados por el amor, nos sentimos atraídos por alguien en una relación sentimental de amistad o de pareja.

Estos atributos del alma mencionados, representan apenas una pequeña parte de nuestro tesoro espiritual, puesto que en nuestra dimensión espiritual hay mucho más todavía.

Debido a que nuestra alma fue hecha a imagen y semejanza de Dios, posee algo infinitamente más valioso y más importante: su origen divino y una vida eterna. El alma es la huella que Dios dejó de sí mismo en nosotros y que nuestro cuerpo de carne esconde muy bien. Por eso el alma es el mayor y el único tesoro divino que poseemos, ya que es la esencia espiritual de lo que somos, es inmortal y por consiguiente, después de la muerte vivirá eternamente.

El alma espiritual que todos llevamos dentro es nuestro gran tesoro. Esto lo dijo en forma figurada el apóstol Pablo a los Corintios en su segunda carta, al hacer la siguiente afirmación:
“Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios.” 2. Corintios 4, 7

Y como nosotros custodiamos ese tesoro, por esa sencilla razón: todos somos tesoreros!