La paz interior que solamente Dios nos puede dar, significa tener paz con Dios y consigo mismo.

Hace unos 10 años, experimenté dentro de mí un acontecimiento maravilloso, cuando algo así como un resplandor interior o una visión, despertó de repente en mi conciencia unas realidades espirituales que yo desconocía completamente: el amor de Dios hacia todos nosotros, la existencia de mi propia alma y de la eternidad. Ese excepcional episodio en mi vida ha generado en mí una nueva y vigorosa energía espiritual, que ha fortalecido enormemente mi fe en Dios, el celo por Jesucristo y mi esperanza en el Reino de los Cielos. Justamente después que se dió ese avivamiento espiritual en mi vida, fue cuando comenzé a escribir mis reflexiones sobre nuestra propia espiritualidad y demás temas asociados a élla, algo que por cierto nunca antes había hecho.

Ahora bien, lo más maravilloso han sido los cambios que he experimentado dentro de mi después de ese momento, pero aún más exquisito es el excelente fruto de esos cambios en mi existencia. Ese magnífico fruto es la nueva paz interior que siento y disfruto como núnca antes. Esa paz espiritual que sólo Dios puede dar, cuando uno cree en Jesucristo y se apodera de sus promesas del perdón de los pecados y de la vida eterna en el Reino de los Cielos. La paz interior es esa santa calma que siente aquel individuo en el alma, que después de lograr vencer su orgullo, vanidad y avaricia,  deposita su fe en Dios, en su Palabra y en la Obra Redentora de su Hijo Jesús el Cristo; y además, cree y acepta la santas escrituras contenidas en la Biblia, como la verdad absoluta revelada por Dios.

Estoy convencido de que la única y verdadera paz que puede alcanzar el ser humano en ésta vida terrenal, es esa paz interior en su corazón y en su conciencia, que implica necesariamente la paz con Dios y consigo mismo. La paz espiritual de la que Jesús hablaba y predicaba durante su vida terrenal, fue confundida a menudo con la paz entre las personas y los pueblos por la gran mayoría de la gente en aquellos tiempos, y la siguen confundiendo hoy en día.

Antes de su partida de éste mundo, Jesús se lo dijo a los discípulos muy claramente: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.” (Juan 14:27)

La paz interior es el estado del alma, que en primer lugar tiene que arribar y asentarse en el corazón humano, para que de él, como sustrato o tierra fértil espiritual, puedan después germinar y crecer el gozo duradero y la alegría abundante.

El filósofo y escritor británico Bertrand Russel (1872-1970) afirma en una de sus citas, cuán indispensable es obtener la paz en nuestro corazón, para despúes poder sentir ese gozo duradero que todos anhelamos: Una vida feliz debe ser en gran parte una vida tranquila, pues sólo en una atmósfera calma puede existir el verdadero placer.

Si creemos firmemente la maravillosa revelación de Dios, de que nuestra propia existencia, es decir nuestra alma, es un espíritu divino e inmortal, y si estamos conformes con San Pablo, en considerarlo en consecuencia como nuestro gran tesoro espiritual, ¿cómo esa convicción que hemos asumido y aceptado como una realidad en nuestra vida, no va a generar en nuestra interioridad esa paz y esa calma que sobrepasa todo entendimiento?
Y además, ¿que puede haber más provechoso en la vida, que al reconocer y aceptar nuestra alma como un tesoro divino y eterno, decidamos apoyar nuestra existencia aquí y ahora en ese valiosísimo fundamento, y nuestra esperanza ponerla en la promesa de vida eterna de Jesucristo, para cuando nos llegue el momento crucial de morir?

Fíjense a continuación cómo describe San Pablo de manera genial y reconfortante la obra portentosa de la paz espiritual en nuestra alma: « Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús. » Filipenses 4, 7

Esa es la paz espiritual de Dios, que Jesucristo nos dejó y nos la da de pura Gracia, por amor a su criatura.

Del predicador inglés Charles H. Spurgeon he escogido de su sermón titulado “La paz espiritual” algunas partes del texto, que logran expresar de modo formidable el fruto de la paz espiritual en el alma humana: Cuando un hombre tiene fe en la sangre de Cristo, no es sorprendente que tenga paz, pues ciertamente tiene garantía de gozar de la más profunda calma que un corazón mortal pueda conocer. La consecuencia necesaria de eso es que él posee paz mental.

¿Cómo, pregunto yo, puede temblar quien crea que ha sido perdonado? Ciertamente sería muy extraño que su fe no le infundiera una santa calma en su pecho. Además, el hijo de Dios recibe su paz de otro conducto de oro, pues un sentido de perdón ha sido derramado en abundancia en su alma. No solamente cree en su perdón por el testimonio de Dios, sino que siente el perdón. Es algo más que una creencia en Cristo; es la crema de la fe, el fruto maduro en plenitud de la fe, es un privilegio muy encumbrado y especial que Dios otorga después de la fe. Si todos los testigos falsos que hay en la tierra se pusieran de pie y le dijeran a ese hombre, en ese momento, que Dios no está reconciliado con él, y que sus pecados permanecen sin perdón, él se reiría hasta la burla; pues dice: «el Espíritu Santo ha derramado abundantemente en mi corazón el amor de Dios.»

Él siente que está reconciliado con Dios. Ha subido desde la fe hasta el gozo, y cada uno de los poderes de su alma siente el rocío divino conforme es destilado desde el cielo. El entendimiento lo siente, ha sido iluminado; la voluntad lo siente, ha sido encendida con santo amor; la esperanza lo siente, pues espera el día cuando el hombre completo será hecho semejante a la Cabeza de su pacto, Jesucristo.
¿Cómo puede sorprender, entonces, que el hombre tenga paz con Dios cuando el Espíritu Santo se convierte en un huésped real del corazón, con toda su gloriosa caravana de bendiciones?

Tal vez ustedes dirán, bien, ¡pero el cristiano tiene problemas como otros hombres: pérdidas en los negocios, muertes en su familia, y enfermedades en su cuerpo! Sí, pero él tiene otro fundamento para su paz: una seguridad de la fidelidad y de la veracidad del pacto de su Dios y Padre. Él cree que Dios es un Dios fiel; que Dios no echará fuera a quienes ha amado. Para él todas las providencias oscuras no son sino bendiciones encubiertas. Cuando su copa es amarga, él cree que fue preparada por amor, y todo terminará bien, pues Dios garantiza el resultado final. Por tanto, ya sea que haya mal tiempo o buen tiempo, cualesquiera que sean las condiciones, su alma se abriga bajo las alas gemelas de la fidelidad y del poder de su Dios del Pacto.

La paz del mundo, la que viene del dinero y del poder, de la vanidad y soberbia no es nunca jamás la misma que da el Espíritu Santo. El hombre no sabe quién es, y por tanto piensa que es algo, cuando no es nada. Dice: «yo soy rico y próspero en bienes,» cuando está desnudo, y es pobre y es miserable.
Entonces nuestra paz es hija de Dios, y su carácter es semejante a Dios. Su Espíritu es su progenitor, y es como su Padre. ¡Es «mi paz,» dice Cristo! No es la paz de un hombre; sino la paz serena, calma y profunda del Eterno Hijo de Dios. Oh, si sólo tuviera esta única cosa dentro de su pecho, esta paz divina, el cristiano sería ciertamente algo glorioso; y aun los reyes y los hombres poderosos de este mundo son como nada cuando se les compara con el cristiano; pues lleva una joya en su pecho que ni todo el mundo podría comprar, una joya elaborada desde la vieja eternidad y ordenada por la gracia soberana para que sea la gran bendición, la herencia real justa de los hijos elegidos de Dios.

Entonces esta paz es divina en su origen; y también es divina en su alimento. Es una paz que el mundo no puede dar; y no puede contribuir a su sustento.
Entonces es una paz nacida y alimentada divinamente. Y déjenme señalar de nuevo que es una paz que vive por encima de las circunstancias. El mundo ha tratado con empeño de poner un fin a la paz del cristiano, pero nunca ha sido capaz de lograrlo.

Yo recuerdo, en mi niñez, haber oído a un anciano cuando oraba, y escuché algo que se grabó en mí: «Oh Señor, da a tus siervos esa paz que el mundo no puede ni dar ni quitar.» ¡Ah! Todo el poder de nuestros enemigos no puede quitárnosla. La pobreza no la puede destruir; el cristiano en ropas harapientas puede tener paz con Dios. La enfermedad no la puede estropear; acostado en su cama, el santo está gozoso en medio de los fuegos. La persecución no la puede arruinar, pues la persecución no puede separar al creyente de Cristo, y mientras él sea uno con Cristo su alma está llena de paz.

El olvido de nuestra propia espiritualidad y la actual crisis de fe en las iglesias cristianas

El conocido psiquiatra austríaco Viktor Frankl en su libro “el vacío existencial” escribe:  “Cada época tiene su neurosis y cada tiempo necesita su psicoterapia. Hoy en día no nos enfrentamos con una frustación sexual como en los tiempos de Freud, sino con una frustración existencial. El paciente típico de nuestros dias no sufre tanto bajo un complejo de inferioridad, sino bajo un abismal complejo de falta de sentido, acompañado de un sentimiento de vació, razón por la que me inclino a hablar de un vacío existencial.”

Para Frankl el sentido de la vida, es aquello que le confiere propósito a la vida, un significado,  una misión a realizar, que a su vez le proporciona tambien un soporte interno a la existencia. Por lo tanto, la búsqueda de sentido en la vida sería una necesidad específica del ser humano, la cual está presente en mayor o menor grado en todas las personas.

Según Frankl y otros psicoterapeutas está demostrado que esa frustración de no encontrar el sentido a la propia vida y la carencia de propósito,  es una fuente de desajuste emocional que conduce con el tiempo a un vacío existencial. Es éste sentimiento de vacío lo que impulsa a las personas afectadas, a tratar de compensarlo de alguna forma, surgiendo de allí las más diversas alteraciones emocionales que causan las adicciones a drogas, las depresiones, las neurosis y el consumo excesivo (obesidad), que atormentan hoy en dia a las sociedades de consumo.

Basándome en la comprobación científica por parte de la medicina psiquiátrica, acerca de la magnitud la crisis existencial por la que está atravezando una buena parte de la sociedad moderna, se me ha ocurrido relacionar ese sentimiento de vacío que asedia a tanta gente, con la crisis espiritual y la carencia de fe en Dios que se percibe en los países más industrializados, donde debido entre otros factores a la abundancia de bienestar material,  de tecnología, de entretenimiento y de consumismo, se han estado olvidando de si mismos, de su propia dimensión espiritual y de Dios, su Creador.

Para ilustrar en forma figurada y de manera sencilla la relación causa-efecto que existe entre la crisis existencial y la crisis espiritual, he seleccionado un objeto muy común y de uso cotidiano como son los recipientes. Si bien los recipientes son algo ordinario, como símbolo para explicar mi argumentación que viene a continuación, tiene una enorme fuerza de evidencia.

Empecemos entonces por refrescar la definición y la función del recipiente:
El recipiente es un objeto para conservar o contener algo. Cómo su propósito y finalidad son la de conservar un contenido, es el contenido en consecuencia lo de mayor valor y es además, mucho más necesario que el recipiente.
Un recipiente sirve para lo que fue fabricado y cumple su propósito, única y exclusivamente cuando contiene algo. Esa es la razón de su existencia. Si éstá vacío, no sirve de nada  y se desecha. El contenido es lo valioso, lo útil y lo importante.

Antes indagar sobre el sentido de nuestra propia vida y de nuestro destino último, tenemos primero que remontarnos al tema de nuestro origen como seres humanos, y preguntarnos quiénes somos, porqué existimos y qué nos sucede después de la muerte?; lo cual es como un deseo primario del hombre o una curiosidad existencial, que aflora en el transcurso de nuestra vida de vez en cuando, sobre todo en las ocasiones que estamos muy afligidos o sufriendo.

En vista de que el hombre no está en capacidad de responder de manera absoluta y convincente esa incógnita vital, la explicación de nuestro origen la ha recibido por medio de una revelación de Dios, que en el caso de la civilización occidental, la encontramos en el Libro del Génesis en la Biblia.

Entonces Yavé Dios formó al hombre con polvo de la tierra; luego sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre tuvo aliento y vida. Génesis. 2,7

La Sagrada Escritura nos relata que en el momento de la creación del mundo y todas las criaturas que conocemos, los seres humanos recibimos de Dios el espíritu inmortal como constituyente de nuestra existencia, el cual se manifiesta en esa fuerza substancial y el propósito natural de vivir que todos poseemos, a la que los antiguos sabios llamaron en latín animus o alma.

Una de las verdades divinas más trascendentales relevada por Dios, es la existencia del espíritu en el ser humano. La realidad indiscutible de que el hombre es una dualidad de cuerpo y alma, que es nuestra dualidad original, que somos un cuerpo con un espíritu, que somos la unión perfecta de una naturaleza material visible y una naturaleza espiritual invisible en el mismo ser. El término dualidad quiere decir:  la reunión dos fenómenos opuestos en una misma persona o cosa.

Es oportuno mencionar aquí un aspecto importante relacionado con mi interpretación del mensaje contenido en el Evangelio, la cual está basada en la creencia de que el cuerpo y el alma son dos substancias esencialmente distintas e independientes. Nuestro ser está formado entonces de dos dimensiones: el cuerpo y la mente (dimensión física) y el alma (dimensión espiritual).
Ésta realidad concreta que somos, se deja representar maravillosamente con el símbolo del recipiente: el ser humano es un recipiente porque contiene el espíritu de Dios.

Es el apostol San Pablo el que hace la magistral alegoría del creyente con un recipiente en la  Sagrada Escritura: Pero nosotros llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios. 2. Cor 4, 7

En su primera carta a los Corintios Pablo afirma una vez más que somos recipientes (templo) del Espíritu de Dios y que habita en nosotros, cuando encara a sus oyentes diciendo:
¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?
1 Corintios 3, 16

Hablando en forma figurada, el ser humano es más bien un espíritu que vive encerrado en un cuerpo físico, ya que todas las cualidades de la persona o ser inteligente que nos caracteriza como individuos, son facultades espirituales como por ejemplo: el entendimiento, la voluntad, la conciencia, los pensamientos, la memoria, la fe, el amor, la esperanza, las pasiones, la justicia, el perdón, el consuelo, la paz interior, la prudencia,  la fortaleza, la templanza, la bondad , la malicia, etc. De allí que hasta podríamos también afirmar con propiedad, que somos seres espirituales que existimos en un cuerpo.

Es muy conveniente que éste conocimiento de sí mismo y la conciencia de nuestra propia dimension espiritual los tengamos siempre presente, y que con la ayuda de la imaginación, tratemos de visualizar ese espíritu que llevamos dentro y que sentimos cuando se manifiesta por medio de nuestro estado emocional y el comportamiento a través de las expresiones visibles y audibles conocidas: las palabras, la risa, el llanto, las caricias, el buen ánimo, el enamoramiento, la tristeza, la alegría, el mal humor, los afectos, los deseos, etc.

¿Qué significa ésta verdad bíblica para nosotros, de que el espíritu habita en nuestro cuerpo, y cuáles son las implicaciones de ser amados por Dios y de ser los recipientes de tan divino tesoro?
El significado es realmente grandioso!

Si creen en la Palabra de Dios, traten ustedes por favor de imagínarse esa metáfora de que son unos recipientes o ámforas que contienen el espíritu de Dios, que son los tesoreros de un espíritu divino, que lo llevan dentro de su cuerpo, y que es precísamente por esa razón, que en la Biblia dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Eso es lo que tú y yo somos: recipientes y tesoreros del espíritu de Dios, y no descendientes de los monos, como lo enseñan con arrogante ligereza en la escuela.

Si Dios Padre permite la enfermedad, es porque debe ser necesaria para la salud del alma.

La enfermedad como proceso natural de nuestro frágil y mortal cuerpo, forma parte integrante de la vida. Durante su ciclo normal de vida el cuerpo envejece sin pausa, se deteriora progresivamente, se enferma y muere. Y si la enfermedad es una condición natural en la que el ser humano en ciertas ocasiones se encuentra, debe tener ese estado patológico un propósito determinado para el enfermo y para los que le rodean. En el orden del universo, todo lo que sucede tiene un propósito.

El hecho de que los seres humanos ignoremos los propósitos ocultos, que Dios en su soberanía le haya otorgado a los acontecimientos que ocurren en su creación, no significa que no existan. Albert Einstein, refiriéndose en una oportunidad al perfecto orden universal, dijo:  „Dios no juega a los dados“
Es conveniente también recordar, que todo suceso natural tiene siempre efectos positivos y negativos, como el momento del parto, en que el dolor y la alegría de la madre son siempre inseparables. Por consiguiente, la enfermedad no puede ser considerada como un accidente adverso de la naturaleza, ni tampoco un castigo de Dios, como lo creían los antiguos israelitas.

Así como no se reflexiona, ni se habla en absoluto sobre el sublime propósito del dolor de parto para la madre, tampoco nadie se pone a pensar sobre el propósito último que puede tener el sufrimiento de la enfermedad en la vida interior y en la conciencia del enfermo, debido seguramente a que ambas experiencias son aflictivas y desagradables.

Dependiendo desde cuál perspectiva se mire a la enfermedad, se le describirá de diferentes formas y se le atribuirán diversos efectos según sea el caso:

  • La persona enferma dirá que es: un problema, una desgracia, pérdida de tiempo, pérdida de independencia personal, un gasto innecesario, un aburrimiento, etc.
  • El médico tratante dirá que es: un caso interesante, una oportunidad de ganar dinero, un aprendizaje, una experiencia médica más, un cliente más, etc.
  • Los familiares del enfermo dirán que es: mala suerte, una preocupación más, más trabajo por la atención y curación, un trastorno entorpecedor de la tranquilidad familiar, etc.
  • El patrón dirá que es: un inconveniente para la empresa, más trabajo, menos ganancias, una excusa del empleado para no trabajar, etc.
  • El hospital dirá que es: más cantidad de dinero que ingresa, un caso más para experimentar, un medio más para amortizar equipos médicos, una fuente de trabajo, etc.

En esta oportunidad voy a introducir una perspectiva adicional: el enfoque espiritual que tanto se ignora y se olvida cuando en nuestra vida todo va bien, cuando estamos sanos y fuertes, y cuando nos atrapa la ilusión de que somos casi indestructibles y dueños absolutos de nuestro destino.

Con el paso de los años se afianza en mi cada vez más la creencia, de que por pura Gracia y Misericordia, Dios en su majestuoso plan para la salvación individual de las almas, le habría asignado a la enfermedad, la prodigiosa capacidad de hacer aflorar al alma de las profundidades del cuerpo, y de ponerla en primer plano del interés y de la atención de la persona que está enferma.

Ésta hipótesis la sostengo con una experiencia personal vivida en mi familia, la incurable enfermedad de mi padre:
Mi padre quién fue médico cirujano, a la edad de 52 años y en pleno auge de su carrera profesional se enfermó de un cáncer muy agresivo, cuyo padecimiento soportó con coraje y paciencia durante más de 2 años. Así como sucede muy frecuentemente entre médicos y científicos, mi padre era un escéptico de la religión y no creía en Dios. Cuando su enfermedad estaba ya bastante avanzada, un dichoso día le pidió a mi madre que llamara a un sacerdote amigo de la familia. Ya casi sin poder hablar y con la ayuda de un estetoscopio, se confesó y el sacerdote le pudo proporcionar la asistencia espiritual requerida.

El padecimiento de la enfermedad desempeña und doble papel en nuestra vida espiritual: el de tutor implacable, que nos obliga a tomar conciencia de sí mismos, y el de riguroso domador del orgullo y la vanidad. Por experiencia sabemos muy bien, que una grave enfermedad logra convertir al individuo más valiente, fuerte y presumido en un pequeño niño indefenso y sumiso. Esta transformación que se da en la conciencia del paciente sufrido, me hace asociarla con lo que una vez dijo Jesús : « De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos ». Mateo 18, 3

¿No será que el sufrimiento generado por la enfermedad, pueda ser utlizado por Dios como un mecanismo divino que nos ayuda hacernos como niños, recuperando asi la requerida sencillez de corazón y la actidud natural de fe, para poder acercanos a Dios con confianza y humildad?  Valdría la pena que meditáramos sobre ésto. La Gracia y la misericordia de Dios para con la humanidad son infinitas.

Eso además, es una clara manifestación más de la universalidad del amor y de la justicia de Dios, ya que la enfermedad y el sufrimiento que causa, son de carácter universal. Todos los seres humanos sin excepción y sin distinción alguna, son suceptibles de padecer enfermedades durante su vida.
«Nacer aquí y en cuerpo mortal es ya comenzar a padecer algun mal», dijo San Agustín.

«Señor, he aquí el que amas está enfermo.» Juan 11: 3
Con éste respetuoso y revelador ruego, María la hermana de Lázaro, le mandó a decir a Jesús que Lázaro, su querido amigo, estaba gravemente enfermo y le pidió que hiciera algo por él. A pesar de que Jesúcristo quería mucho a Lázaro, el joven murió a los pocos dias después y cuando Jesús finalmente llegó a la casa de Lázaro, ya tenía varias horas de haber muerto.

El relato de la enfermedad y muerte de Lázaro en la Biblia nos revela claramente, que el propósito divino del sufrimiento no tiene nada que ver con enemistad o mala voluntad por parte de Dios, lo cual refuta la idea de castigo y penitencia por haber pecado, que los antiguos israelitas le atribuyeron a la enfermedad. La aflicción que causa la enfermedad es una prueba y también una llamada al testimonio, tanto para el que la padece como para las personas que acompañan al enfermo y se hacen partícipes del sufrimiento ajeno.

Cuando un enfermo reconoce su nuevo estado de salud, diciendo: „siento que algo esta mal en mi cuerpo que me causa dolores “ eso pone en evidencia el hecho de que en la persona enferma tiene que haber otro alguien que no esta enfermo, un alguien que le permite reconocer, estar consciente de su enfermedad y afirmar que es suya. El cuerpo y la mente es la dimensión del individuo que se enferma y no el alma. Ese alguien es el alma o la conciencia, quién le asigna al enfermo su condición de doliente o sujeto del padecimiento.

Cada persona es el gran protagonista de su propia vida. Nuestra existencia individual es el drama más importante del mundo.

Según sean la situación en que nos encontremos y la función que debemos desempeñar en ciertas ocasiones, cada uno de nosotros tiene también innumerables oportunidades de ser el protagonista o de hacer el papel principal.

En el transcurso de nuestra vida son muchísimos los diferentes papeles o roles que desempeñamos. La mayoría de esos papeles son tan comunes y los hacemos durante tantos años, que los hemos interiorizados y forman ya parte de nuestra existencia, y por consiguiente, cuando estamos en plena acción desempeñando esos roles, no estamos realmente conscientes de la importancia del papel que hacemos como protagonistas.

No es tan prominente o excelso el individuo que actúa, sino más bien la obra que hace y el papel que desempeña, según sea el entorno o escenario en que la persona se encuentre. En el gran escenario de nuestra propia vida, somos siempre el protagonista o el personaje estelar de los acontecimientos que se dan en nuestra vida espiritual, en nuestra conciencia y en nuestro corazón.

Cada quién es protagonista y único responsable de sus decisiones, de sus actos, de lo que dice o escribe, de sus relaciones con los demás, en resumen, de lograr o de malograr su proyecto de vida. Cada quien es responsable de conocerse bien a sí mismo, de estar de acuerdo con su propia conciencia, de conocer sus talentos naturales, de conocer los anhelos de su corazón y de encontrarle el sentido a su vida. ¿Existe acaso para el individuo, una obra más valiosa y más importante que ésa?

¿De que nos sirve interesarnos por los otros y estar pendientes de lo que piensen o digan los demás, sino sabemos bien quiénes somos, ni sabemos lo que queremos hacer de nuestra vida y no escuchamos la voz de nuestra conciencia?

Por éstas y muchas razones más, no deberíamos sentir envidia de aquellas personas que los medios de comunicación y la sociedad antojadiza han seleccionado como los prominentes y las estrellas del escenario público mundial, ya que muchos de esos personajes han sido promovidos más por intereses comerciales y por negocios, que por haber hecho obras realmente admirables. Nuestra vida personal es el escenario o el entorno más importante y más trascendente, de todos los escenarios en que podamos participar y desempeñar un papel durante el transcurso de nuestra existencia terrenal.

Así lo afirma Jesucristo con otras palabras cuando dice en el evangelio de San Mateo:
«Pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?  Mateo 16, 26

Como evidencia de esa afirmación, nada más tenemos que fijarnos en la vida privada de muchos personajes ilustres, artistas famosos y prominentes a lo largo de la historia, para constatar la enorme disparidad entre su vidas públicas y sus vidas íntimas y familiares. La gran mayoría de ellos malograron su propia vida.

Hagamos lo que hagamos durante nuestra vida productiva, bien sean obras sobresalientes o bien obras comunes y sencillas, en el ocaso de nuestra vida, cuando cada uno de nosotros esté agonizando y moribundo, cuando ya nada ni nadie de este mundo nos pueda asistir, y nos encontremos a solas y en secreto frente a la muerte, habrán únicamente dos grandes protagonistas que figurarán al final de nuestro drama existencial: nuestra alma y Dios.

En los tiempos de Jesús, los fariseos y los escribas eran las figuras más prominentes de la sociedad hebrea,  ellos conformaban la élite de la comunidad judía de Jerusalen, y además, eran los maestros de la ley judaíca. A pesar de pertenecer a la casta más alta e instruida y de poseer todo ese bagaje de conocimientos sobre las sagradas escrituras, los fariseos por falta de fe y de humildad, fracasaron al no reconocer a Jesús como su Mesías, a quien por cierto, esperaban desde muchos siglos antes. Ellos fallaron en su papel histórico, no realizaron la obra máxima que les correspondía hacer como sacerdotes que eran. Los sacerdotes judíos eran los más idóneos y los que tenían la gran responsabilidad de hacer bien el papel de reconocer a su Mesías, pero se ofuscaron y se equivocaron.

Este es un buen ejemplo histórico, de tantos que han ocurrido en el mundo, en el cual los personajes ilustres y mejor educados de una nación, no supieron cumplir bien con su papel en el momento cumbre de su trayectoria.

Fueron los sencillos pastores y pescadores de la plebe, los escogidos por Dios en su plan divino para conocer a Jesús, reconocerlo como el Mesías y darlo a conocer en el mundo antiguo.

En aquella misma hora Jesús se alegró en espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, que escondiste estas cosas á los sabios y entendidos, y las has revelado á los pequeños: así, Padre, porque así te agradó. Lucas 10, 21

El Espíritu Santo es quien nos concede los dones y los talentos para actuar y nos guía en nuestras tareas y actividades.

Pero no debemos nunca olvidar, que Dios todo lo sabe y que no estamos solos en esas luchas que se dan en nuestra alma una y otra vez, en ese combate espiritual interior donde somos el protagonista principal. Si acudimos a Dios para pedirle ayuda y fortaleza, él nos las dará.

Me adhiero con gusto a una recomendación que el cardenal inglés John Newman, le dió a su congregación sobre la gran contribución que hacen los más sencillos feligreses a la parroquia, en uno de sus famosos sermones: «debemos sentirnos conformes con la suerte más humilde y más oscura, ya que en ella podemos ser los instrumentos de un bien muy grande, ….los grandes benefactores de la humanidad son frecuentemente ignorados.»

LA UNIÓN POR AMOR DE UNA PAREJA PARA TODA LA VIDA, SOLO PUEDE SER OBRA DE DIOS.

Aunque muchos no lo crean, existen acontecimientos sobrenaturales inexplicables que la ciencia moderna no ha podido descifrar ni la causas que los originan, ni mucho menos predecir el instante de su manifestación y de su desvanecimiento.
El acontecimiento sobrenatural más conocido por la gente en el mundo entero es: el enamoramiento.

Todos los que se han enamorado hablan de su enamoramiento, especialmente cuando este se manifiesta por primera vez. El acontecimiento es comentado, por lo general, con inmenso alborozo y efusivo júbilo, y nadie en absoluto, en medio de su excitación amorosa, se detiene un sólo segundo para pensar y preguntarse sobre el causante de la prodigiosa chispa, que ha encendido ese milagroso fuego del amor verdadero e incontenible, ya que el nuevo enamorado está que no cabe en sí mismo y además, se siente como si estuviera en el séptimo cielo en esos momentos.
De nuestro enamoramiento nos damos cuenta, apenas cuando ya ha sucedido y está en pleno desarrollo. El mero instante en que acontece, es absolutamente imperceptible.

Sobre el amor se ha dicho y escrito muchísimo, sin embargo, son muy pocos los autores que han reconocido que el verdadero origen y la fuente del amor entre parejas es un misterio, puesto que no se sabe por qué el amor aparece y desaparece de repente, y además, por ser algo completamente inesperado. El amor humano es un misterio porque es una facultad del alma, y por lo tanto, es espiritual. Pero como la ciencia no quiere reconocer la existencia del alma ni de Dios, los científicos intentan explicar el origen del amor con unas teorías neuroquímicas cada vez más absurdas, que lindan ya con el ridículo.

Yo por mi parte estoy convencido de que el origen y la fuente del amor es Dios, no solamente porque así lo afirman las Sagradas Escrituras, sino también por mi propia experiencia y porque es una realidad espiritual tan evidente y misteriosa en la vida, que resulta una necedad negarlo.

El enamoramiento es la manifestación espiritual por excelencia en la vida, y es igualmente la más notoria que pueda sentir un ser humano, sobre todo por su condición de ser enigmática y hasta mágica. Tal como sucede con todo lo que es de la dimensión espiritual que forma parte de nuestro cuerpo, cada individuo lo percibe a su manera y por medio de las usuales vivencias, sentimientos, pensamientos, imaginaciónes, ideas, pasiones y emociones que se viven o se padecen en esos bellos instantes.

Asi como sucede en el fenómeno espiritual llamado la ofuscación del entendimiento, en que nuestra mente se enturbia o se nubla, y por consiguiente, no somos capaces de percibir todo lo que esta presente en la realidad. En el caso del enamoramiento sucede todo lo contrario, nuestra mente se aclara o se ilumina, y entonces de repente, percibimos nuevos detalles y aspectos en la persona amada, de los cuales anteriormente no nos habíamos percatado. La persona amada tiene ahora algo que nos atrae mucho, posee un brillo que emite y centellea como lo hace un faro desde la costa a los barcos que navegan de noche en el mar oscuro, de ese mismo modo, la amada con su brillo resplandeciente señala y orienta al enamorado, quien a partir de ese momento sólo tiene ojos para mirarla a élla.

A continuación, se despierta en el enamorado su conciencia amorosa, la cual le susurra suavemente, que esa persona tan atrayente es muy digna de ser amada. Así sucede entonces, como por arte de magia, que todo aquello que forma parte de la persona amada como su aspecto físico, su personalidad, sus gestos y hasta sus defectos, le gustan al enamorado.

En la experiencia del enamoramiento, lo que hace tan maravilloso al amor verdadero, es que el enamorado logra más adelante considerar a su amada como parte integrante de su propio ser, culminándose así la milagrosa obra de que ya no son dos seres opuestos y ajenos, sino que se han fusionado espiritualmente en un sólo ser.

Así como Dios lo prometió y está escrito en el siguiente versículo del Génesis: « Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y serán una sola carne. » Génesis 2, 24

Aquellas parejas que después de haber vivido el enamoramiento y que hayan sido fundidas en un solo ser, por la divina llama ardiente del amor verdadero e incondicional, deberían de estar concientes de que han sido grandemente bendecidas por Dios, quien al derramar su amor sobre ellos, los ha hecho protagonistas de un milagro de amor.

La necesidad de estar a solas consigo mismo y con Dios

LA SOLEDAD: LA NUEVA Y OCULTA PLAGA SOCIAL EN LOS PAÍSES DESARROLLADOS
El famoso conferencista y filósofo hindú Jiddu Krishnamurti (1895-1986) en un artículo que escribió sobre la soledad, explicaba que existen dos tipos diferentes de soledad:

  1. la soledad dolorosa. Es la de una persona que se siente sola, apartada o abandonada y que por sentirse  interiomente incómoda, siente la necesidad de escapar de si misma y el deseo compulsivo de estar con otros, de entretenerse y de distraerse con algo.
  2. la soledad madura o inteligente. Es la de un ser humano que, en su interior, no depende de nadie ni de nada para ser o sentirse a gusto, y que por lo tanto, no necesita escapes de ninguna clase.

Si observamos con atención a las personas que están a nuestro alrededor en una sala de espera, en un autobus o un tren; notaremos cuán difícil es para la mayoría de la gente, poder estar a solas consigo mismo unos minutos sin hacer nada y ocuparse de si mismo, quedándose en sus pensamientos, sus propios anhelos, sus planes y su conciencia. No soportamos la soledad ni siquiera el breve tiempo de una pausa.

Es realmente impresionante constatar la gran necesidad que tenemos de distraernos, de entretenernos con cualquier cosa al alcanze de las manos y de relacionarnos con todo lo que existe fuera de nosotros. En resumen: de vivir fuera de nosotros.

Durante décadas, los medios de comunicación y la publicidad nos han hecho excesivamente dependientes de los estímulos visuales externos, que atraen siempre nuestra mirada y nuestra atención. Esa es la realidad de la sociedad de consumo en la que vivimos y eso no va a cambiar.

Por esa razón, deberíamos concebir estrategias que nos ayuden a reducir esa dependencia de los estímulos externos y a fortalecer nuestra vida interior, con el claro propósito de ser los protagonistas de nuestra propia existencia y no simplemente unos espectadores encadenados, quienes por no gobernar su existencia y por no saber lo que de verdad en el fondo de su corazón creen, quieren o no quieren, se dejan influenciar fácilmente por los medios y las modas.

Esa soledad, que Krishnamurti denomina acertadamente como dolorosa, es una clara señal de que nuestra vida interior ha estado perdiendo la antigua vitalidad y esplendor que tenía cuando éramos niños, porque la hemos dejado de atender y de cultivar apropiadamente, y en consecuencia, ha corrido la misma suerte que corre un jardín bello y bien atendido cuando es abandonado: se deteriora, se cubre de malas hierbas y arbustos y termina convirtiéndose en un lugar escabroso y extraño. Morada interior y extraña esa, en la que ya no nos sentimos a gusto.

La infinidad de objetos, estímulos y acontecimientos que se dan en nuestro entorno han despertado en nosotros un apetito tan voraz de las cosas y actividades que hay en él, que nos hace estar demasiado tiempo atentos de lo que pasa afuera  y cada vez tenemos menos tiempo de recogernos dentro de nosotros para atender nuestros propios planes o necesidades interiores, y también para ponernos de acuerdo con nosotros mismos y centranos de nuevo.

De ésta manera es como se debilita nuestra vida interior y por consiguiente, la soledad se nos va haciendo más dolorosa e incómoda, impulsándonos a escapar de nosostros mismos. Con el pasar de los años nos hemos olvidado de nuestro propio yo, de nuestra alma, de nuestra conciencia. Nos hemos convertido en unos extraños para nosotros mismos.

Se hace absolutamente necesario, recuperar la facultad natural que poseemos de liberarnos de la tiranía de las cosas y asuntos del mundo exterior moderno. Tenemos que aprender de nuevo a retirarnos mentalmente del entorno que nos rodea y a desatender transitoriamente sus cosas y estímulos, para poder ensimismarnos y dedicar entonces la atención y cuidados que nuestra vida interior necesita, ocuparnos de nuestra alma y conversar en secreto con nuestra conciencia.

Debemos ser capacez de estar a solas con nosotros mismos y de no depender tanto de la gente y de las cosas para sentirnos bien y a gusto en nuestro propio cuerpo. Debemos alcanzar el estado de soledad madura e inteligente, sin depender de nadie ni de nada y mucho menos sin necesidad de tener que escapar.

Es muy importante tener siempre presente, que en realidad núnca estamos solos. Nuestra conciencia y nuestra alma nos acompañan constantemente como fieles e inseparables testigos. También el Espíritu de Dios está con nosotros todos los dias.

Jesús lo dijo:

« Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia » Mateo 28,20

¿Cómo fortalecer y cultivar nuestra vida interior? ¿Cómo aprender de nuevo a sumergirnos dentro de nosotros mismos? ¿Cómo morar dentro de nuestra interioridad ?

UN PRÁCTICO PLAN DE ACCIÓN
Junto a nosotros, conviven infinidad de personas que poseen una vigorosa vida interior, quienes nos pueden servir de excelentes modelos y ejemplos a imitar.

Apenas un simple movimiento de abrir y cerrar los ojos nos permite cambiar y pasar de la percepción de los asuntos de nuestra vida pública, a la de los asuntos íntimos de nuestra vida interior. Así de sencillo es.

Cuando en algúna oportunidad deseamos retirarnos virtualmente del mundo exterior por unos instantes, lo que hacemos comúnmente es cerrar los ojos, como cuando vamos por ejemplo a rezar, a besar apasionadamente, a meditar, a recordar, y a concentrarnos en algo.

Sin embargo, para tener las condiciones ideales para poder meditar sin ningún tipo de distracciones e interferencias,  lo más recomendable es seguir el magnífico consejo de nuestro Señor Jesucristo:

« Pero tú, cuando reces, entra en tu pieza, cierra la puerta y ora a tu Padre que está allí, a solas contigo. Y tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará. », Mateo 6, 6

LOS MODELOS Y EJEMPLOS A IMITAR
Los niños son los mejores y más abundantes modelos que tenemos a nuestro alcance, para imitar en el arte de estar a solas consigo mismo.

Ellos poseen una vigorosa vida interior, un mundo interior fecundo y sin límites, un mundo virtual repleto de ideas, vivencias, imaginaciones, representaciones e ilusiones. Un mundo poblado por numerosos personajes inmaginarios o reales y por todos los animales, jardines, casas, campos, agua, luz y plantas que han conocido.

El otro grupo de personas modelos que llevan y mantienen una robusta vida interior, son todos aquellos individuos que tienen alguna dificultad de percibir y de relacionarse con las demás personas y con el entorno exterior, debido a un impedimento físico o psíquico en su cuerpo. Los mal llamados « inválidos » e « incapacitados ».

Las personas ciegas son uno de los grupos que más se destacan como ejemplos de una vida interior llena de energía vital y de enormes capacidades intuitivas o extrasensoriales, que han desarrollado interiormente para compensar la falta de visión. Las personas con limitaciones corporales han tenido necesariamente que desarrollar y atender intensamente su vida espiritual interior, debido a que sus relaciones y comunicaciones con el mundo exterior son mucho más restringidas que las de los demás.

Deseo enfatizar aquí una vez más, que la vida interior y secreta que esconde nuestro cuerpo de carne y huesos, es la realidad humana, es decir, la verdadera existencia que vivimos como seres humanos y como hijos de Dios.

En ese maravilloso misterio divino, que es la vida interior humana, se manifiesta una vez más, la universalidad del amor y de la justicia de Dios para con todos los seres humanos en todos los tiempos. Dios no ha sido ni cruel ni injusto, al permitir que en la naturaleza humana puedan nacer personas con defectos congénitos, impedimentos y discapacidades. Claro que no!

Somos nosotros los seres humanos, los que siempre cometemos el error y la ligereza, de dejarnos guiar exclusivamente por las apariencias y las fachadas de lo que percibimos con los ojos, y contínuamente nos olvidamos que eso que vemos, nos es más que la simple máscara de carne o recipiente de la realidad espiritual que existe dentro de nosotros.

La vida aparente que vemos y percibimos todos los días con nuestros sentidos corporales, no es la única que existe y que vale para Dios.

Existe también la vida espiritual interior, la cual es secreta e invisible, pero en virtud de que además es inmortal, es la que más cuenta para Dios.

Esto no lo afirmo yo solamente, ésto lo escribió y lo enseñó hace más de 1’600 años, uno de los más grandes patriarcas y doctores de la iglesia cristiana que ha existido: San Agustín de Hipona (354 – 430)

San Agustín, hablando sobre el concepto del alma, escribió las  siguientes frases:

  • « En tu alma está la imagen de Dios.»
  • « Dos son las vidas del hombre: la vida del cuerpo y la vida del alma. La vida del cuerpo es el alma; la vida del alma es Dios.“
  • « Un medio tengo para subir a Dios: el alma… por ella subiré, »
  • « Elevarse a Dios es más fácil que obtener el oro que tanto codician algunos.»

Las montañas que hay dentro de nosotros

Así como la gran mayoría de la gente no sabe que existen montañas debajo los mares, tampoco se sabe que existen montañas dentro del cuerpo, o dicho de otra manera: los grandes obstáculos que habitan en el alma humana. A las montañas que hay debajo de los mares se les llama montañas submarinas, y existen más de 100’000 de éllas con alturas que oscilan entre 1’000 y 4’000 metros. Pero como no se ven, por estar totalmente cubiertas por la inmensa capa de agua que contienen los océanos, creemos que no existen. Y sin embargo, ahí están.

A las que hay en nuestra alma se les podría llamar montañas espirituales o mentales, ya que se tratan de esos obstáculos invisibles que surgen en nuestra interioridad, como son las innobles pasiones del espíritu humano, que nos ocasionan tantas dificultades y conflictos en nuestra vida, sin ni siquiera darnos cuenta de ello.

La vanidad, el orgullo, el rencor, el odio, la codicia, la envidia, los prejuicios, los complejos y los escrúpulos son algunas de esas pasiones del ser humano, la cuales para poder entender mejor cómo nos afectan, es conveniente hacerlas visibles y para eso podríamos imaginarlas como si fueran montañas, que se interponen en nuestro camino hacia la paz interior y la felicidad duradera, que todos anhelamos alcanzar algún dia, y que en consecuencia, tenemos que remontar y vencer por esfuerzo propio, si realmente deseamos vivir una vida plena y feliz.

El filósofo escocés David Hume describe la pasión como una emoción vehemente que ejerce una fuerza impulsora en el ser humano. Es por lo tanto una fuente motivacional para hacer o no algo y que tiene como esencia un sentimiento. Hume califica al individuo como un ser de deseo, movido por dos resortes primarios relativamente irrefrenables aunque no ciegos: la consecución de placer y la evitación del dolor.
Es por ésta razón, que cuando la gente enfrenta decisiones importantes, son las emociones y no la razón, las que se convierten en los principales criterios para decidir.

Según el grado de dificultad u oposición que ejercen los obstáculos, se pueden clasificar en grandes y pequeños. El término escrúpulos que vienen siendo las aprensiones, los recelos, las dudas, las sospechas, los reparos, el asco, etc; ya revela que se trata de pequeños impedimentos espirituales, ya que su significado en latin es piedritas.

Jesucristo en su célebre consejo que nos dejó en el evangelio de Mateo, en relación a que no deberíamos de juzgar a los demás, nos habla claramente sobre los grandes obstáculos interiores que tenemos y que no nos permiten ni razonar ni ver adecuadamente: « No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes. Porque de la misma manera que ustedes juzguen, así serán juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes. Ves la pelusa en el ojo de tu hermano, ¿y no te das cuenta del tronco que hay en el tuyo?»  Mateo 7, 1-3

Jesús nos advierte con su metáfora, sobre nuestros propios impedimentos,  esas vigas y piedras que tú y yo mismo nos fabricamos en el alma, y de cuya existencia real nos negamos a creerla y a aceptarla. Jesús con su sabiduría divina y su amor hacia nosotros, nos afirma que ahí adentro en el corazón humano están. Sólo tenemos que meditar, recogiéndonos dentro de nosotros mismos, para poder atender entonces nuestra propia intimidad y examinarnos.

Por eso, podemos estar completamente seguros, de que las pasiones interfieren en nuestra capacidad de percibir la realidad, unas veces más y otras veces menos. Por causa de éstos obstáculos inflados por nosotros mismos y porque permanecen en el alma sin ser superados, terminamos acarreando en secreto y durante años sus consecuencias, esas hirientes espinitas clavadas en el corazón, en forma de rencores, decepciones, infelicidad, pesadumbre y tristezas.

El gran poeta mexicano Amado Nervo excelente conocedor del alma humana, se refiere en el siguiente texto a esas luchas interiores a las que estamos todos expuestos y que debemos de afrontar en secreto: “No es siempre el tumulto exterior el que impide oir la voz de Dios: es muchas, muchísimas veces, el tumulto interior: las voces del orgullo, de la vanidad, de la lujuria, de la conveniencia, los rugidos de la casa de fieras que cada uno llevamos dentro…

La vanidad, el orgullo, la envidia y el rencor son las montañas espirituales más frecuentes y más altas que tenemos los seres humanos que distinguir e indentificar en nuestra interioridad, para que seamos capaces de escalarlas y finalmente superarlas.

En los últimos años el montañismo se ha popularizado grandemente en la sociedad moderna. Mientras en la antigüedad escalar grandes montañas era una actividad que se hacía por necesidad, ya que el intercambio de mercancias valiosas, la venta de los excedentes de producción agropecuaria y los viajes de exploración, obligaba a  los pueblos a remontar las altas cordilleras que los separaban de otras naciones. Hoy en dia se hace por deporte, pasatiempo, prestigio social, desafío personal, fama y muchos otros motivos más o menos futiles.

El escalador británico George Leigh Mallory que formó parte de una de las primeras expediciones que aspiraban a escalar el Mount Everest en 1924, y quien murió posteriormente en su intento por lograrlo, cuando se le preguntó cuál era el motivo personal que lo impulsaba a ascender la montaña más alta del mundo, contestó: “porque está ahí”.

Si un gran maestro espiritual asiático le hubiera dicho oportunamente al explorador Mallory, que dentro de su cuerpo existen montañas espirituales, seguramente no se lo hubiese creido, como no se lo cree la gran mayoría de la gente, porque estamos acostumbrados a creer sólamente en lo material, en lo que vemos del mundo exterior y que se puede palpar con las manos.
Sabemos muy bien que los obstáculos espirituales no se ven pero se sienten, y si se sienten, es porque están ahí.
Ahora bien, nuestro mundo interior, nuestra alma o propio yo, no solo tiene obstáculos sino también un maravilloso tesoro de cualidades y virtudes, que no conocemos bien, porque toda nuestra atención y nuestro interés han estado dirigidos desde la época de la pubertad, casi exclusivamente hacia el mundo exterior, hacia las personas y las cosas que necesitamos para sobrevivir. Y asi con el pasar de los años, hemos llegado a la conclusión y a la creencia, de que ése es el único mundo que existe y lo único que cuenta en la vida.

Hasta que algún dia, por un soberano designio de Dios y por obra de su Providencia, tocamos fondo, es decir, llegamos a descubrir nuevamente nuestro núcleo espiritual, nuestra alma de niño, nuestro verdadero yo. Bien sea por llegar al límite de una situación desfavorable en el transcurso de la vida, o por iniciativa propia al despertarse nuestra conciencia.

Si te llegas a entusiasmar por la actividad del montañismo, que está tan de moda en la actualidad, y te animas a escalar alguna montaña, con el objetivo de comprobar tus fuerzas, tu valentía y todo lo que tu eres capaz de lograr. Te sugiero de todo corazón, que comienzes primero a remontar y a superar tus propias montañas espirituales, porque están más cerca, son las más dificiles de escalar del mundo, no implican ningún gasto de dinero ni de equipamiento especial, y lo mejor de todo, es porque recibirás la mejor recompensa personal que te puedes imaginar: la inigualable satisfacción de una vida interior llena de dicha y de plenitud.

La fe, la esperanza y el amor son las tres columnas invisibles que sostienen la vida espiritual humana

Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. 1. Corintios 13, 13

Así como la bóveda celeste del universo está apoyada sobre unas columnas invisibles que la sustentan, la vida espiritual humana está sostenida igualmente por tres grandes pilares espirituales que son igualmente invisibles: el amor, la fe y la esperanza.

La visión de la eternidad se apoya en la fe, es impulsada por la esperanza y se nutre continuamente de la llama eterna del amor de Dios.
Si utilizamos el lenguaje de los navegantes con el fin de describir la frase anterior en forma alegórica, se podría decir de la forma siguiente: El amor de Dios, cual viento espiritual inagotable, está soplando siempre. Sólo tenemos que subir las velas de nuestra fe, para que con la viva esperanza como navío, naveguemos sin temor alguno en el tempestuoso mar de la vida, rumbo a las playas eternas de nuestra patria celestial.

El verdadero norte del mensaje evangélico cristiano es y será siempre Jesucristo, porque Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Sólo Jesús promete respuestas insuperables para los tres anhelos más relevantes de la vida de todo ser humano:

  • Saber que será de nuestra existencia, después de la muerte del cuerpo
  • el deseo de conocer la verdad absoluta
  • el anhelo de vivir eternamente.

Jesús al ser el camino hacia el Reino de Dios, es la razón de ser de nuestra fe.
Jesús al ser la verdad (hijo de Dios Todopoderoso), es el origen y la fuente del amor.
Jesús al ser la vida eterna, es el objeto de nuestra esperanza.

En vista de que estos tres ardientes anhelos de cada ser humano han de ser cumplidos en la eternidad, se hace  absolutamente necesario en la proclamación de la fe, que vinculemos constantemente nuestra vida terrenal con las realidades eternas que nos esperan después de la muerte.
No se puede proclamar el evangelio de manera convincente, sin hablar de la eternidad y sin establecer la conexión con las promesas de Jesús y con el Reino de Dios en los Cielos, escritas en la Biblia.

La fe, la esperanza y el amor como potencias espirituales sostienen nuestra vida espiritual, y como pilares que son, deben seguir siendo firmes y robustos.
Sólo con la mirada puesta fijamente en la vida eterna en el reino de los Cielos, podemos nosotros los creyentes, contribuir al fortalecimiento efectivo de nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza.

La historia de más de 2000 años del cristianismo no es sólo la historia de una fe religiosa, de sus fieles y de las iglesias o congregaciones, sino sobre todo la historia de la esperanza cristiana de la salvación, que se basa firmemente en la obra redentora, la intercesión de Jesucristo y en su promesa de la vida eterna para los creyentes.

La fuerza vigorosa, la propagación y el crecimiento del cristianismo en el mundo desde sus inicios hasta la actualidad, se ha sustentado y se ha nutrido de ese maravilloso encuentro del ser humano con Dios, el Dios eterno; pero sobre todo se ha nutrido del encuentro con esa esperanza viva de la vida eterna, una esperanza inimaginable, tan grande, tan maravillosa, tan poderosa que supera con creces cualquier otra esperanza común de la vida humana como son: el triunfo, el poder, la libertad, la gloria, la salud, la riqueza, la familia, el trabajo y la fama.

La esperanza nos anima a vivir esperando en sus promesas y a tener confianza en Dios, aún en medio de las horas más oscuras de la historia de la humanidad, de los sufrimientos y de las dificultades de la vida cotidiana que encontramos en la realización de nuestra misión en la vida.
La esperanza nos conduce a contemplar el futuro con confianza e ilusión, porque tenemos la mirada puesta en el Señor Jesús.

Cristo es la esperanza que no falla nunca, para aquellos que creen en él.

La actitud de la esperanza es la cualidad por excelencia que caracteriza a los creyentes de fe firme, porque saben que Dios es fiel y que Dios ha cumplido su promesa en la obra Redentora y de Salvación de Jesús nuestro Señor.

Que el Dios de la esperanza los llene de alegría y de paz en la fe, para que la esperanza sobreabunde en ustedes por obra del Espíritu Santo. Romanos 15, 13

La enorme importancia de saberse amado por Dios

Si hay una necesidad espiritual del ser humano que sea vital para desarrollar plenamente su potencial como persona, esa es: amar y saberse amado por alguien. Ahora bien, no debemos confundir dos asuntos que son muy diferentes: el saberse amado, es una condición invariable y permanente de la persona, mientras que el  sentirse amado es una situación circunstancial y temporal, que tiene que ver sobre todo con nuestros sentimientos y emociones. Podemos sentirnos amados en unos momentos más y en otros menos, por el contrario, el saberse amado es una certeza profunda que no cambia.

El amor, la atención, los cuidados y la dedicación que recibe un niño desde su nacimiento, es lo que consiste y lo que se denomina como amor de padres. Maravilloso es el amor de padres particularmente por ese carácter incondicional y generoso que tiene, y por el cual las madres se esmeran en atender las necesidades su hijo. Durante su crecimiento el niño va percibiendo e interiorizando conscientemente el cariño y los cuidados de sus padres adquiriendo asi la seguridad de saberse amado por éllos y de formar parte integrante de la familia, es decir, se crea la conciencia de que él es importante para éllos y no está solo en el mundo.

El amor de padres se basa en una clara condición de la persona y se manifiesta en una actitud instintiva. Su otro aspecto admirable, es que el niño no tiene que ganarse o merecerse ese amor, él lo recibe simplemente por ser hijo y por estar allí. Con los años, al crecer y madurar el niño, va entonces consolidándose en su conciencia esa certeza del saberse amado por sus padres.

El creer que el ser humano y todo el universo son obra de Dios, y que por ser su creación, nos ama profundamente y nos ha dado exclusivamente a nosotros su propio espíritu en forma de alma, es la piedra angular de la fe del creyente cristiano. San Agustín ya decía: “no hay razón más fuerte para el nacimiento del amor o para su crecimiento que el saberse amado, antes incluso de comenzar a amar.”
El saberse amado por Dios y el estar seguro de éllo, es el primer paso del cristiano en su camino como creyente consciente. De allí, su enorme importancia en la vida de todos nosotros.

Por su gran amor a la humanidad, Dios descendió al mundo y se hizo hombre encarnándose en nuestro Señor Jesús el Cristo, su hijo, para enseñarnos con su propia actuación, palabras y ejemplo el plan salvación de Dios; para darnos su Gracia, su Misericordia, su Perdón, su Espíritu de las que tanto dependemos, y  para mostrarnos el verdadero camino al Reino de los Cielos, es decir, a la vida eterna con Dios.
Por eso la Buena Nueva que Jesucristo nos trajo y nos predicó, es la siguiente: saberse amado y salvado por Dios.

La venida de Jesucristo al mundo como Mesías y su gran obra redentora en el Calvario, son la esencia y la demostración suprema y perfecta del amor de Dios para la humanidad. San Juan en su Evangelio en el versículo 3,16 lo dice claramente: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca”.

Sabiendo que todo el amor humano posible, los cuidados, dedicación y disciplina de los padres para sus hijos no podían ser perfectos y que eran tan sólo para el corto tiempo de nuestra vida terrenal, Dios omnipotente como parte de su plan para su creación, envió a su Hijo Jesucristo para mostrarnos el inmenso amor de Dios para con todos los hombres y las mujeres sin exepción alguna, y para hacernos saber que poseemos un espíritu eterno (el alma), que por su obra de sacrificio en la Cruz y su Redención, nos ama también como hijos suyos y que por eso tenemos el gran privilegio de llamarlo Padre. Es muy importante recordar que ese amor divino es eterno, y que nos es otorgado por la pura gracia de Dios, sin tener que ganarlo.

De allí el admirable honor que tenemos los cristianos de saber que poseemos unos padres naturales que nos engendraron y nos criaron, y que también tenemos al Dios creador del cielo y de la tierra como nuestro Padre celestial. Es necesario sólamente creer firmemente ésta verdad, para que podamos vivir y disfrutar de ese privilegio, al hacerlo nuestro. La certeza profunda de saberse amados por Dios genera en el corazón del hombre una esperanza viva, firme, real; una esperanza eterna que da el valor de proseguir en el camino de la vida a pesar de los sufrimientos, de las dificultades y las pruebas que la acompañan.

Muchos se preguntarán pero porqué es tan importante creer en Dios, en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo y además, saberse amado por Dios y tener nuestra esperanza puesta en Jesucristo, cuando ya nos sabemos amados por nuestros padres, madres, familiares, esposos, hijos, amigos, etc?
Primero, porque tenemos (o mejor dicho, somos) un alma que vivirá para siempre la Vida eterna y abundante en el Reino de los cielos, después de la muerte inevitable de nuestro cuerpo.
Y segundo, porque el amor que recibimos de nuestros queridos familiares, esposos, amigos, hijos y el que nosotros damos a los que nos rodean, es un amor que por más fuerte y profundo que sea, está limitado tanto en su pureza e intensidad como en su duración. El amor humano se puede comparar y representar como la llama de una vela. Mientras que el amor de Dios como es puro, de una intensidad inconmensurable y eterno, es como el sol.

Los que se han alumbrado de noche con una vela saben, que la llama no es muy grande, que varía también en intensidad, que es sumamente perecedera porque se puede apagar con un pequeño soplo de aire en cualquier instante, que no dura mucho tiempo porque la cera se consume, y que al final, la pequeña llama se extingue para no encenderse más.

Y cuando un vendaval del caprichoso destino extinga la luz de algunas de las velas que nos alumbran, o cuando venga la avalancha de la muerte y apague nuestra propia llama, que maravilloso refugio y consuelo es entonces saber, que tenemos y contamos para siempre con el amor inmenso de Dios que nos sostiene y nos ilumina el alma, durante las adversidades de la vida en este mundo, y nos da esa esperanza para la vida eterna junto con nuestro Señor Jesucristo y los demás espíritus celestiales en el prometido Reino de los cielos.

El gran amor de Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo estuvieron, están y estarán siempre presentes con todos nosotros, como el aire que respiramos y que nos da la vida, pero que no vemos ni sentimos, y que sin embargo, está siempre allí.

Acuérdate de lo que dijiste a este siervo tuyo porque esa palabra alentó mi esperanza. Ese fue mi consuelo en las angustias: tus palabras me dan vida. Salmo 119, 49-50

En las sociedades de los países occidentales y desde hace ya varias décadas, se ha estado haciendo cada vez más dominante y popular, una irreflexiva opinión que da por sentado, que la palabra Dios es un vocablo vacío, sin ningún contenido útil y verdadero para el hombre y la mujer modernos.

Esa gente temeraria afirma, que con los avances de la ciencia y la tecnología, el desarrollo económico y las nuevas necesidades, los mensajes de la Biblia han perdido su vigencia para este siglo, porque fueron escritos hace miles de años, en una época muy diferente y para pueblos con costumbres antiguas que estan en desuso.

Pero resulta, que las personas que así piensan, no saben todavía lo equivocadas y desorientadas que estan, ya que se han olvidado del elemento más importante, justamente de ahí donde está el detalle. Éstas personas porfiadas se olvidan, que éllos tienen un espíritu dentro de su cuerpo. Todo lo que es espíritu y es invisible NO cambia, porque es eterno, y es además la esencia y fuerza de la vida. Todo lo material y perceptible SÍ cambia, particularmente el aspecto exterior de las personas y la cosas, que es lo que se manifiesta y se muestra a la vista.

Lo que cambia son las apariencias que vemos, las cuales no son más que la representación material de esa realidad espiritual, que es inaccesible a nuestros sentidos corporales. El alma humana, sus pasiones y virtudes fueron, son y seguirán siendo las mismas por los siglos de los siglos. Cada ser humano que existió hace miles de años y los que existimos ahora tenemos exactamente el mismo núcleo espiritual, la misma interioridad y las mismas cualidades  y defectos.

Para refrescar la memoria de aquellos que no estan tan convencidos de ello todavía, paso a nombrar algunas de las facultades espirituales del alma:

conciencia, amor, odio, voluntad, estimación, discernimiento, desprecio, humildad, orgullo, generosidad, culpa, bajeza, el deseo, los celos, esperanza, la fe, remordimiento, el valor, la cobardía, alegría, tristeza, satisfacción, arrepentimiento, simpatía, agradecimiento, indignación, la ira, la gloria, la vergüenza, la añoranza, el hastío, la grandeza, la admiración, etc.

Cómo bien podrán constatar, éstas son las cualidades que nos diferencian de los animales, y no solamente el raciocinio y la inteligencia como afirman los antropólogos y la ciencia.

Por tener el alma, es que sentimos y experimentamos que somos seres eternos e intuímos que existe Dios, el Creador y Señor del universo. A éste respecto, algún agudo observador caracterizó al ser humano, si bien de una manera algo simplona pero sumamente acertada, como: un animal religioso.

Podríamos decir, que la Palabra de Dios fué primordialmente escrita para el alma humana como tal, por eso el Señor Jesucristo refiriéndose a nuestra dimensión espiritual, afirma en el evangelio de San Mateo 4, 4: « El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. » 
Jesúcristo hablando en forma figurada nos recuerda claramente, que para vivir una vida humana plena y en conformidad con nuestra condición de seres espirituales, también necesitamos el alimento espiritual, que es la Palabra de Dios.

Si tú en lo profundo de tu alma, sientes o intuyes un vacío espiritual, o bien estas pasando por una crisis existencial, o mejor todavía,  si eres una de esas personas que forma(ba) parte de ese grupo de escépticos que piensan que la Biblia es “un libro más de historia”;  te aseguro, que las Sagradas Escrituras son un innagotable tesoro de promesas y consejos de Dios, para ese ser espiritual y eterno que tú eres.

Concluyo con una reflexión del gran predicador inglés Charles H. Spurgeon, en la cual me inspirado para redactar éste escrito:
Cualquier sea tu particular necesidad, puedes hallar, en seguida, en la Biblia, alguna promesa apropiada a ella. Estás abatido y deprimido porque tu senda es áspera y tú te hallas cansado? Aquí está la promesa. „El da esfuerzo al cansado“. Estás buscando a Cristo y ansías tener comunión más íntima con él? Esta es la promesa que resplandece sobre ti como una estrella: „Bienaventurados los que tienen hambre  y sed de Justicia, porque ellos serán hartos“. Lleva continuamente al trono celestial esta promesa; no ruegues por ninguna otra cosa, preséntate a Dios una y otra vez así: „Señor, tú lo has dicho; haz conforme a tu promesa“.

Estás acongojado por el pecado y cargado con la pesada carga de tus iniquidades? Presta atención a estas palabras: „Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mi; y no me acordaré de tus pecados“. No tienes méritos propios que invocar para tu perdón; pero, en cambio, puedes invocar su pacto y él lo cumplirá. Temes no ser capaz de proseguir hasta el fin, o que, después de haberte creído hijo de Dios, seas reprobado? Si pasas por tal situación, lleva la siguiente promesa al trono de la gracia: „Los montes se moverán, y los collados temblarán, más no se apartará de ti mi misericordia“.

Si has perdido la dulce sensación de la presencia del Salvador, y lo estás buscando con afligido corazón, recuerda esta promesa: „Tornaos a mí y yo me tornaré a vosotros“. „Por un pequeño momento te dejé; más te recogeré con grandes misericordias“. Deléitate en la fe que tienes en la palabra misma de Dios, y acude al Banco de la Fe con el pagaré de tu Padre Celestial, y dí: „ Acuérdate de lo que dijiste a este siervo tuyo porque esa palabra alentó mi Esperanza