«Dejar la tierra de los moribundos, para despertar en el reino de los vivos eternos.» El destino eterno del alma humana.

Ésta es una de las diversas expresiones que el predicador inglés Charles H. Spurgeon utilizó para describir lo que la muerte significaba para él como cristiano creyente.

Me imagino que cada persona a su manera y en algún momento de su vida ha pensado en la muerte y que se ha hecho su propia concepción de la muerte. Como también debe haber gente, que el pensamiento acerca de la muerte nunca les ha pasado por la mente, o ven la muerte como algo tan lejano como si jamás hubiese de llegar.

Todos sabemos muy bien que vamos a morir algun dia, pero supongo que es por nuestro instinto natural de supervivencia, que suprimimos los pensamientos acerca de nuestra muerte.

Sin embargo, creo que con la edad entramos en una etapa de nuestras vidas en el que uno reflexiona más a menudo sobre su propia existencia, y afloran entonces los temas de la muerte y de nuestro destino más allá. Éste es el momento preciso e indicado, para traer a nuestra memoria la maravillosa esperanza de la vida eterna, a la cual estamos llamados todos aquellos que creen en el señor Jesucristo, y que esa realidad de la vida eterna la podemos comenzar a vivir desde ahora, en la medida en que tengamos puesta la mirada en esa meta eterna.  

Como yo me encuentro en esa fase de la vida, quisiera compartir algunas reflexiones y pensamientos muy inspiradores, esperando que les puedan servir de inspiración igualmente a ustedes.

Desde el mismo instante de nuestra concepción, los seres humanos recibimos de Dios el alma inmortal como constituyente de nuestra existencia, que se manifiesta en esa fuerza substancial y el propósito natural de vivir que todos poseemos, a la que los antiguos sabios llamaron el ánimo o aliento de vida.

Nuestro ser está formado entonces de dos dimensiones: el cuerpo (dimensión física) y el alma (dimensión espiritual).

Pero no debemos olvidar que desde el momento en que nacemos, por estar sujetos a la muerte física, empezamos tambien a morir, al activarse algo así como la cuenta regresiva de nuestro tiempo de vida en este mundo.

En su obra “Sueño del infierno” el escritor español Francisco de Quevedo (1580-1645) escribe “ …ningún hombre muere de repente, y de descuidado y de divertido sí. Cómo puede morir de repente, quien desde que nace ve que va corriendo por la vida y lleva consigo la muerte? ….. No os habeis de llamar, no, gente que murió de repente, sino gente que murió incrédula, de que podía morir así.”

Puesto que nuestro cuerpo dentro de poco tiempo va a ser incorporado en el suelo, para servir, en el mejor de los casos, de abono orgánico, y que tenemos un alma inmortal, lo mejor que podemos hacer es pensar bien dónde va a pasar la eternidad esa alma nuestra.

El tiempo es corto y la eternidad larga, es razonable que vivamos esta breve vida a la luz de la eternidad.

Nuestra alma vive en un cuerpo muy frágil y susceptible a enfermedades o accidentes, que pueden en cualquier momento perjudicar sus funciones vitales, pudiéndonos convertir en un instante en enfermos, o dicho de otra manera: en moribundos curables. Después de transcurrido los años y de haber consumido nuestro tiempo de vida, ya una vez viejos, nos convertiremos en moribundos incurables, para algún día, por causa de muerte, tener que dejar ésta tierra para despertarnos en el reino de los vivos.

Sí, esa es la buena nueva (el evangelio) que Jesucristo, nos trajo y predicó para toda la humanidad. Una nueva tan buena que nada lo puede igualar, la bendita nueva de que Dios descendió al hombre para que el hombre al morir pueda ascender al reino de Dios.

Por eso es que el cristiano que cree firmemente en su Redentor Jesucristo quien resucitó y vive para siempre, concibe la muerte como un amanecer, como el momento en que empieza a cumplirse esa gloriosa esperanza viva, basada en las promesas de vida eterna que fueron pronunciadas por el mismo Hijo de Dios:

Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Ustedes están muy equivocados.”  Marcos 12,27

«En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. » Juan 14, 2-3

Por lo tanto, para los cristianos creyentes la muerte no es el ocaso, ni mucho menos el final, sino el comienzo de la verdadera vida, la vida eterna.

San Agustín llamaba gran pensamiento al pensamiento de la eternidad. A la luz de este gran pensamiento, los santos miraban los tesoros y grandezas de la tierra como si fueran paja, fango, humo, basura.

Este pensamiento ha comunicado valor indomable y fortaleza a innumerables mártires para soportar con gran firmeza los sacrificios a que fueron expuestos.

En su escrito “Idea de la muerte” el filósofo tomista Manuel García Morente (1886-1942) dice: el hombre que en la muerte vea el comienzo de la vida eterna, de la verdadera vida, tendrá que considerar esta vida humana terrestre -la vida biológica que la muerte suprime- como un mero tránsito o paso o preparación efímera para la otra vida decisiva y eterna.

Dichosa el alma que vive siempre con la mira puesta en la Eternidad, dice San Pablo, vive de la fe, de esa fe que conserva a los justos en la gracia y amistad de Dios; de esa fe que infunde la vida en las almas, desprendiéndolas de los afectos terrenos y poniéndoles siempre a la vista los bienes eternos que Dios tiene preparados para los que le aman.

El tránsito de la vida terrenal a la existencia eterna del ser humano, lo explica Dante Alighieri en uno de los versos de Canto del purgatorio en su obra “la divina comedia” con la siguiente alegoría: ¿No os dais cuenta de que somos gusanos nacidos para formar la angélica mariposa que dirige su vuelo sin impedimento hacia la Justicia de Dios?   

Deseo terminar con una preciosa reflexión de Charles H. Spurgeon, autor de la frase que hace de título de ésta reflexión, quien tenía un talento extraordinario para imaginar y describir escenas muy ilustrativas de lo que podría ser la vida celestial, las cuales nos pueden ayudar a figurarnos la vida eterna que nos espera después de morir.

«Las cosas que no se ven..» 2. Corintios 4:18

Es bueno que la mayor parte del tiempo de nuestra peregrinación, estemos mirando hacia adelante. Más allá está la corona, más allá, la gloria. El futuro debe ser, al fin y al cabo, el gran objeto de la fe, pues él nos trae esperanza, nos comunica gozo, nos consuela e inspira nuestro amor. Al mirar hacia el futuro, vemos eliminado el mal, vemos deshecho el cuerpo del pecado y de la muerte y al alma gozando de perfección y puesta en condiciones de participar de la herencia de los santos en luz. Mirando aún más allá, el iluminado ojo del creyente puede ver cruzado el río de la muerte, vadeado el sombrío arroyo, y alcanzadas las montañas de luz donde está la ciudad celestial. El creyente se ve a sí mismo entrando por las puertas de perla, aclamado como más que vencedor, coronado por las manos de Cristo, abrazado por Jesús y sentado con Él en su trono, así como Él ha vencido y se ha sentado con su Padre en su trono. La meditación en este futuro puede disipar la noche del pasado y la niebla del presente. Las alegrías del cielo compensarán las tristezas de la tierra. ¡Afuera mis temores! La vida en este mundo es corta; pronto la acabaré. ¡Afuera mis dudas! La muerte es sólo un pequeño arroyo; pronto lo cruzaré. ¡Cuán corto es el tiempo! ¡Cuán larga la eternidad! ¡Cuán breve es la muerte, cuán infinita es la inmortalidad! Me parece estar ahora mismo comiendo de los racimos de Escol y bebiendo del manantial que está del otro lado de la puerta. ¡El viaje es tan corto…! ¡Pronto estaré allí!

INTRODUCCIÓN A LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA PARA NIÑOS

Guía concebida para maestras de escuela dominical para niños, con el propósito de enseñar los conceptos básicos de la espiritualidad cristiana, con un lenguaje simple y comprensible.

DIOS ESTÁ EN TODAS PARTES, PERO CONTIGO ESTÁ SIEMPRE

1.- ¿Quién es Dios?

Dios es un ser espiritual e invisible, Todopoderoso y creador de nosotros, de la tierra donde vivimos y del universo.

DIOS SE PERCIBE Y SE NOTA EN TODO LO QUE VEMOS EN LA NATURALEZA

Reconoced que Jehová es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. Salmo 100, 3

Porque las cosas invisibles de Él, su eterno poder y Divinidad, son claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas; así que no tienen excusa. Romanos 1, 20

Dios es el Creador de todo lo que hay y vemos aquí en la tierra donde vivimos, y también del universo que está arriba, más allá de las nubes, donde se encuentran las estrellas, el sol, los planetas y cuerpos celestes.
Él hizo a los seres humanos, los animales, los árboles y las plantas, el aire que respiras, el agua que bebemos y el agua de los mares y rios, los vegetales, las frutas y la flores, las aves y pájaros que vuelan, los peces, es decir:TODO lo que hay en este mundo!

En la naturaleza es todo perfecto, no falta nada ni sobra nada, todas las creaturas (los animales y los árboles) y todos los elementos naturales (la luz del sol, el agua, los vientos, las lluvias, el día y la noche) están en equilibrio perfecto.

Dios es invisible porque él es espiritual, y por esa razón, puede estar en todas partes al mismo tiempo. Dios gobierna y dirige, como un director de orquesta, todo lo que sucede en el mundo y en el universo.

EL VIENTO COMO IMAGEN DE DIOS (El soplo divino, como imagen para representar a Dios a los niños)

El aire es invisible, pero se hace visible y se siente cuando sopla el viento en el cuerpo o cuando hace mover las hojas y las ramas de los árboles. El viento también causa y hace mover las olas del mar.

El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. Juan 3, 8

Ciertamente espíritu hay en el hombre, Y el soplo del Omnipotente le hace que entienda. Job 32, 8

EL ALIENTO DE VIDA O VIGOR DEL ÁNIMO COMO IMAGEN DEL ESPÍRITU O ALMA HUMANA

Formó, pues, El SEÑOR Dios al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre un alma viviente. Génesis 2, 7

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Juan 20, 22

Dios observa TODO lo que hacemos y en especial lo que pensamos y sentimos en nuestra alma invisible, que está escondida dentro de nuestro cuerpo.

2.- El alma o espíritu humano que está dentro de nuestro cuerpo

EL HOMBRE EXTERIOR COMO IMAGEN DEL CUERPO VISIBLE Y EL HOMBRE INTERIOR COMO IMAGEN DEL ALMA INVISIBLE

Por tanto, no desmayamos: antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior empero se renueva de día en día. 2. Corintios 4, 16

Los humanos somos seres compuestos, que estamos hechos de un cuerpo de carne que podemos ver y tocar, y un alma espiritual que no podemos ver, pero sí podemos sentir.

El alma espiritual es inmortal y fue creada por Dios para vivir eternamente.

El alma gobierna y dirige, por medio de los pensamientos, la voluntad y sentimientos, las acciones del cuerpo.

¿DE QUÉ ESTAMOS COMPUESTOS LOS SERES HUMANOS?

  • Los humanos estamos compuestos de un cuerpo de carne y de un alma o espíritu
  • El cuerpo es como el de los animales y posee varios instintos naturales 
  • El alma que nos fue dada por Dios es de naturaleza espiritual, y por lo tanto, es completamente diferente a la naturaleza del cuerpo.
  • En el alma están nuestras facultades espirituales, como: el intelecto, la conciencia, la la la voluntad, el amor, la fe, la esperanza, el perdón, la bondad, la misericordia, arrepentimiento, orgullo, vanidad, benignidad, templanza, reconciliación, etc.
  • El alma le da vida al cuerpo, gobierna y dirige todo lo que hace nuestro cuerpo de carne, así como la flauta de madera que suena, únicamente cuando soplamos aire dentro de ella.

Los humanos por estar constituidos de un cuerpo y un alma espiritual, tenemos dos tipos diferentes de necesidades:

  • El cuerpo de carne por sus instintos naturales, busca satisfacer sus necesidades biológicas: respirar, beber, comer, dormir, reproducirse, caminar, abrigo, seguridad, techo, trabajo, salud,  etc.
  • Las necesidades espirituales del alma son: amar a las personas y ser amado, amar a Dios, confiar en Él y esperar la vida eterna en el Reino de los Cielos, dónde viviremos después de la muerte junto con el Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, quien vino al mundo y se hizo hombre, para traernos la BUENA NUEVA  El Evangelio, de su promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos y traernos el perdón de nuestros pecados y la expiación de nuestras culpas mediante su sacrificio en la Cruz del Calvario.

LA VOZ DEL ALMA

El alma que vive dentro de nuestro cuerpo, nos habla y nos da consejos muy importantes para la vida. A esa parte del alma se le llama: la conciencia.
La conciencia nos guía siempre y nos enseña lo que está bien y está mal. Cuando hacemos o decimos algo que no está bien, nos hace sentir culpa y arrepentidos, para que no lo volvamos hacer.

Nuestra alma es nuestro mejor amigo y siempre nos acompaña de día y de noche.
Por eso podemos conversar en silencio con ella, en cualquier momento que lo deseemos.

DIOS ES AMOR

Dios es el autor y creador del amor

El amor es la capacidad espiritual más importante y excelente de las personas, porque te llena de auténtica felicidad y le da sentido y propósito a tu vida.

Si haces todo por amor, serás una persona feliz y satisfecha de la vida.

“Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”. San Agustín de Hipona

EL AMOR VERDADERO ES ESPIRITUAL

El amor verdadero es de naturaleza espiritual por ser un don divino que proviene de Dios. El alma es la maravillosa fuente de donde surge el amor espiritual entre los seres humanos, el cual expresamos con el cuerpo por medio de actos y de palabras.

El amor es el don espiritual más importante y maravilloso con que Dios ha dotado al ser humano, por ser la facultad por excelencia que como energía adhesiva universal permite en toda la humanidad, que hombres, mujeres y niños seamos capaces de convivir en comunidades y de establecer relaciones personales permanentes en armonía.

El amor es una virtud espiritual del alma, que nos inspira, nos eleva, nos llena de bellos pensamientos y sentimientos, nos hace capaces de amar y unirnos con potentes lazos invisibles. Como fuerza espiritual que es, el amor nos impulsa a expresarlo exteriormente con ciertos gestos y comportamientos en nuestras relaciones amorosas.

Por ser el amor una fuerza mayor que está fuera del control de la persona, ha estado rodeado de un indescifrable misterio a lo largo de la historia de la humanidad, permaneciendo así hasta la actualidad, como un fenómeno incomprensible para la razón humana y la ciencia.

Nadie ha visto al amor ni nadie lo podrá ver jamás, porque el amor es invisible como los espíritus.

De nuestras cualidades espirituales, el amor es la más excelente y la más importante para poder vivir una vida plena y feliz. De allí deriva la gran relevancia que posee el amor para todo ser humano, desde su nacimiento hasta su muerte física y más allá.

LOS LAZOS ESPIRITUALES DE AMOR VERDADERO SON INVISIBLES Y ETERNOS.

Los lazos invisibles de cariño y amistad que nos unen y nos mantienen ligados a nuestros seres queridos, los sentimos claramente en el alma, pero no los podemos ver. Esa capacidad del alma humana se conoce como intuición. Intuir es percibir íntimamente una verdad espiritual, como si se la estuviera viendo. Y eso es exactamente, lo que sucede con los lazos de amor.

Para nosotros como creyentes cristianos, es de suma importancia creer que el Dios eterno nos ha creado con un alma inmortal, con la clara intención de seguir amándonos después de la muerte inevitable de nuestro cuerpo. El Dios eterno y todopoderoso no es un Dios de cuerpos muertos, sino un Dios de almas vivas y eternas en el Reino de los Cielos.

El Señor se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto te soporté con misericordia.” Jeremías 31, 3

Al ser eterno Dios, su amor hacia nosotros es igualmente eterno, porque Él nos creó con un alma inmortal, la cual después de la muerte, seguirá viviendo eternamente. Si no tuviéramos dentro del cuerpo un alma inmortal, creada y destinada por Dios a vivir eternamente, no seríamos capaces de sentir el anhelo por un amor eterno, por un amor que dure para siempre. Es en el fondo de nuestra alma inmortal, donde nace ese amor eterno que podemos llegar a sentir por alguien y que deseamos que no termine nunca.

3.- El Espíritu Santo y su obra sobre las personas.

Nosotros podemos hablar directamente con Dios, cuando oramos en espíritu y en verdad. No hace falta en realidad ningún intermediario humano entre Jesucristo y nosotros, ya que para esa función y muchas más, Jesús envió al Espíritu Santo o “El Consolador” a este mundo terrenal, como una especie de compensación por Su ausencia física, para realizar las funciones que Él hubiera hecho, si hubiera permanecido entre nosotros.

El Espíritu de Dios entra en nuestra alma sin darnos cuenta, para guiarnos  y enseñarnos lo que más necesitamos y más nos conviene en nuestra vida diaria.

Pero cuando Él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que habrá de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber. Juan 16, 13-14

Entre esas funciones está la de revelar la verdad de Dios. La presencia del Espíritu dentro de nosotros, nos permite comprender mejor la Palabra de Dios. Él es el guía fundamental, que va al lado de nosotros, mostrando el camino, abriendo el entendimiento y conduciendo nuestra vida espiritual. Él nos revela las realidades espirituales más importantes: la existencia de Dios, de nuestra alma y del Reino de los Cielos. Sin tal guía, estaríamos expuestos a dejarnos extraviar del camino que nos señaló el Senor Jesucristo. Una parte decisiva de la Verdad que Él revela, es lo que el mismo Jesús afirmo ser: Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mi.(Juan 14, 6)

De todos los dones dados por Dios a la humanidad, no hay uno más grande que la presencia del Espíritu Santo. El Espíritu tiene muchas funciones y actividades. Primero, Él obra en el alma de todos nosotros, de manera directa e imperceptible. Jesús le dijo a Sus discípulos que Él enviaría al Espíritu de Dios al mundo para “convencer al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio” (Juan 16, 8).

Otra función importante del Espiritu Santo es la de conceder los dones espirituales, que describe el apóstol Pablo en 1. Corintios 12, otorgados a los creyentes, para que podamos funcionar como el cuerpo de Cristo en el mundo.

El Espíritu Santo al obrar sobre los creyentes también produce frutos espirituales en nuestras vidas, como son: amor verdadero, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Estas no son las obras de la carne, la cual es incapaz de producir tales frutos espirituales, sino que es el producto de la presencia del Espíritu de Dios en nuestras almas.

El conocimiento de que el Espíritu Santo obra en nuestras vidas, de que Él ejerce todas estas funciones divinas, de que Él mora con nosotros para siempre y que nunca nos desamparará, es causa de gran gozo y consuelo para cualquier creyente cristiano.

4.- ¿Qué es espiritualidad?

Según el diccionario de la Lengua española, espiritualidad es naturaleza y condición de ser espiritual. Los seres humanos por poseer un espíritu o alma insuflado por Dios en la creación, somos en consecuencia de naturaleza espiritual. Pero como nuestra alma no se puede ver, porque se encuentra escondida dentro del cuerpo, no se habla ni se ha escrito mucho sobre ella. Por esa razón se puede afirmar con propiedad, que el alma ha permanecido entre la gran mayoría de la gente como la Ilustre Desconocida.

Para lograr vivir una vida con plenitud y en conformidad con nuestra condición de seres espirituales, tenemos primero que creer que nuestra alma existe, y luego, conocerla bien y constatar su origen divino.

¿QUÉ ES ESPIRITUALIDAD CRISTIANA?

La espiritualidad cristiana es el resultado de la Obra del Espíritu Santo sobre el creyente, como fuerza impulsora de su vida para seguir las enseñanzas de Cristo Jesús. San Pablo en su primera carta a los Corintios menciona el fundamento de la espiritualidad cristiana:

» Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que reconozcamos los dones gratuitos que Dios no ha dado. Nosotros no hablamos de estas cosas con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino con el lenguaje que el Espíritu de Dios nos ha enseñado, expresándo en términos espirituales las realidades del Espíritu
1. Cor. 2, 12-13

Resumiendo, espiritualidad cristiana consiste en vivir bajo la acción y conducción del Espíritu Santo.

El supremo propósito de nuestra alma y su razón de ser es conducirnos a Dios en esta vida terrenal, y después de la muerte al Reino de los Cielos, según la gloriosa promesa de nuestro Señor Jesucristo.

Es increíble pero cierto: vivimos de espaldas a nuestra propia alma. El amor con que uno se ama a sí mismo es el amor de Dios.

Si no quieres que me muera, ¡Ay, ámame!” Así dice la estrofa de una canción romántica del compositor cubano Miguel Matamoros, donde le ruega con hambre de amor, el enamorado a su amada. Sin embargo, dándole rienda suelta a la imaginación y pensando en las tristezas de nuestra propia interioridad, podría también ser el ruego silencioso de un alma sedienta de amor, atención y reconocimento, que le hace al ser humano que la lleva dentro sí, quién por estar tan ocupado con los estímulos del mundo exterior, se haya estando olvidando de ella.

Aunque parece increíble que seamos capaces de olvidarnos de nosotros mismos, los estudiosos del alma y la mente humana han comprobado esa falta de conciencia de si mismo y de amor propio en los países occidentales. Y tambien lo confirmo yo por mi propia experiencia, puesto que durante mis primeros 60 años de vida, estuve dándole la espalda a mi alma, por la sencilla razón, que mis padres no me dijeron que poseemos un alma inmortal creada por Dios, así como tampoco me lo enseñaron en los colegios religiosos, donde recibí lecciones de catecismo. Si ese fue mi caso personal, qué se puede esperar de todas las personas que tuvieron una educación laica en escuelas públicas?

Debido a esa incomprensible omisión, he comenzado ha redactar una introducción a la espiritualidad cristiana para niños, para darles a conocer ese imprescindible fundamento de la fe cristiana.

Estamos tan pendientes de lo que sucede fuera de nosotros, y ponemos tanta atención a las cosas o personas que nos rodean, que descuidamos nuestro propio yo.

Vivir de espaldas a su propio ser y a su propia conciencia, es tan frecuente en el ser humano, que ya San Agustín, uno de los sabios más lúcidos y preclaros que ha existido, escribía hace más de 1500 años sobre el tema de nuestra interioridad lo siguiente:

No hay que tener miedo a entrar en el interior, lo problemático será no entrar porque nos convertimos en huéspedes en la propia casa, viviendo como desterrados en la patria; entrar en el interior es intentar reintegrarse desde dentro, porque es ahí donde se vive y se tienen los grandes ideales: «¿Por qué miras alrededor de ti y no vuelves los ojos adentro de ti? Mírate bien por dentro, no salgas fuera de ti mismo.

Recapacita; sé juez para ti en tu corazón. Procura que en lo secreto de tu aposento, en el fondo más íntimo de tu corazón, donde estás tú solo y Aquel que también ve, te desagrade allí la iniquidad para que agrades a Dios.”

En su obra Confesiones, San Agustín en medio de su fervorosa búsqueda de Dios, le confesaba su situación interior con ésta insólita expresión: “Tú estabas dentro de mí y yo fuera”

Pasamos tan poco tiempo con nosotros mismos en soledad, que algunos hemos aprendido a sentirnos como extraños en nuestro propio interior.

El conocernos a nosotros mismos nos resulta demasiado obvio, a pesar de que no tenemos la más mínima idea de quién somos y no sabemos con seguridad lo que desea nuestro propio corazón.

Nos hemos acostumbrado a responder automáticamente a los golpes del destino, sin preguntarnos sinceramente qué propósito tenemos en la vida, y qué es lo más importante para nosotros, interrogantes estas que nos llevarían necesariamente a sumergirnos en las profundas aguas de nuestro mundo interior, pero como no estamos interesados en ello, preferimos nadar en la superficie del mar de la vida, quedarnos en lo superfluo e intrascendente, donde sus permanentes olas y vaivenes nos hacen perder el rumbo, y nos van dirigiendo, sin darnos cuenta, a donde no queremos.

De allí que nos contentamos con conocer y saber más de lo demás, que de nosotros mismos.

Es necesario estar y vivir en armonía con tu propia conciencia, con tu ser íntimo, es decir, estar centrado en si mismo. Para lograrlo disponemos de la facultad de meditar, como cuando rezamos fervorosamente, para salir mentalmente del mundo que nos rodea y entrar en el fondo de nuestra interioridad, en la cámara secreta de nuestra alma.

San Agustín, el gran erudito del amor, nos aconseja en una forma sencilla y magistral sobre qué deberíamos de preferir, en el momento de elegir lo que para nosotros es digno de amar:

„Es verdad que también en esta vida la virtud no es otra cosa que amar aquello que se debe amar. Elegirlo es prudencia; no separarse de ello a pesar de las molestias es fortaleza; a pesar de los incentivos es templanza; a pesar de la soberbia es justicia. ¿Y qué hemos de elegir para amarlo con predilección, sino lo mejor que hallemos? Eso es Dios. Si en nuestro amor le anteponemos algo o lo igualamos con él, no sabemos amarnos a nosotros mismos, porque tanto mejor nos ha de ir cuanto más nos acerquemos a aquel que es el mejor de todos. Y vamos hacia él no con los pies, sino con el amor.”

Y son los buenos y malos amores los que hacen buenas o malas las costumbres”.

San Agustin comentando el mandamiento Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,37-40), èl dice:

Así Dios nos dio a entender que el amor con que uno se ama a sí mismo es el amor de Dios. Hay que decir que se odia quien se ama de otra manera, pues se hace inicuo cuando se priva de la luz de la justicia, y se aparta del bien superior y mejor cuando se vuelve hacia los bienes míseros e inferiores, aunque sea hacia sí mismo. Entonces se realiza en él lo que fue escrito con verdad: “Quien ama la iniquidad odia su propia alma”.

Nadie, pues, se ama a sí mismo sino amando a Dios; por eso no era menester, al dar el precepto de amar a Dios, mandar al hombre que se amase a sí mismo, pues con amar a Dios se ama a sí mismo.

Como complemento de lo escrito sobre la obra de San Agustin, deseo agregar algunas frases del místico español Juan de la Cruz:, relacionadas con el alma en su poema Cántico Espiritual:

  • ¿Qué más quieres, oh alma, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma?
  • El alma, hecha a imagen y semejanza de Dios, es la mejor huella que Dios dejó de sí en la creación.
  • Esta introspección o conocimiento de sí, es lo primero que tiene que hacer el alma para ir al conocimiento de Dios.
  • El alma no puede amarse ni amar a Dios sin conocerse a sí misma, sin constatar su origen divino.

Nuestra mesa está bien puesta y tiene opulencia de deliciosas comidas y abundantes manjares; y sin embargo, nuestras almas están hambrientas y sedientas de amor.

Es bueno y justo, estar atento al llamado de la voz interior del alma.

Entonces vinieron los discípulos, y le dijeron: ¿Sabes que los fariseos se ofendieron cuando oyeron esta palabra? Dejadlos: son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo. Mateo 15, 12 y 14

Para iniciar esta reflexión, les hago la siguiente pregunta: Tú, que puedes ver, ¿te dejarías guiar por un ciego? Seguro que no, verdad?
En esta escena, por supuesto Jesús habla en sentido figurado, al referirse como ciegos a los fariseos, porque tenían su entendimiento completamente ofuscado, es decir, eran ciegos espirituales. Con esta misma expresión se pueden designar a los ateos de forma adecuada.

El gremio de los científicos es considerado en estos tiempos modernos por los gobiernos y por la sociedad, como la nueva casta de “sacerdotes y consejeros”, que existió en la antigüedad, quienes cumplían la función de asesores y orientadores de los reyes y emperadores. Sin embargo, en esos tiempos eran todos efectivamente sacerdotes y eruditos de la Iglesia católica o de la Iglesia ortodoxa en Europa. Mientras que en la actualidad, la gran mayoría de los científicos son ateos, y por esa razón no aceptan que el universo fue creado por Dios, ni tampoco reconocen la existencia del alma humana.

Los astrofísicos y astrónomos modernos afirman que han resuelto el misterio del origen del universo, por medio de la teoría de la explosión cósmica o como la han llamado los mismos autores: “la teoría del Big Bang”.
En un artículo la revista National Geographic en español del 15/12/2022 lo describen así: “Según la teoría del Big Bang, hace unos 13.800 millones de años, el universo, concentrado en un ínfimo y a su vez infinitamente pequeño punto que albergaba toda la materia, explotó para después enfriarse a medida que se expandía”.

Al leer esta breve explicación de la teoría, cualquier persona que examine en detalle su contenido, puede percatarse de que es absurda y una vana ilusión, eso es simple palabrería que no dice nada. A mí me parece incluso una mediocre explicación infantil de un grupo de científicos, quienes intentan inútilmente revelar un misterio divino, el cual ninguna mente humana será capaz de descubrir jamás.

Para comenzar es conveniente recordar algo muy elemental y lógico: ningún objeto o cosa, vegetal, animal y ni mucho menos un ser humano con su alma, se pueden hacer así mismos, alguien tiene que haberlos creado. TODO en el universo, nuestro maravilloso y único planeta, la humanidad y la naturaleza, han sido creados por Dios. De eso no tengo la más mínima duda, y por eso afirmo, que esa teoría es simplemente una gran mentira y un vergonzoso disparate, consecuencia de algún momento de locura e irracionalidad de un grupo científicos, movidos solamente por su delírio de grandeza.

Esa ambición científica es muy antigua y ninguna de las grandes civilizaciones que existieron, quienes seguramente también intentaron revelar ese misterio, todas fracasaron. En la historia de la humanidad, la vanidad y el delirio de grandeza humanas siempre han conducido a algunos hombres a creerse que son unos semidioses.

Erasmo de Rotterdam, erudito y teólogo holandés que vivió en el siglo 16, escribió el libro titulado “El elogio a la locura”, una obra satírica e ingeniosa, cuyo objetivo fue criticar a la sociedad de la época, sin hacer excepciones en cuanto a clase social y en el que describe la necedad natural de los seres humanos en general, de una manera verdaderamente genial. A continuación leerán un extracto del capítulo 52 dedicado a los filósofos:

Después de estos vienen los filósofos, cuya barba y capa los hace venerables, los cuales se tienen por los únicos sabios y al resto de los mortales consideran sombras errantes. Con qué manso delirio construyen infinitos mundos, se entretienen en medir como a pulgadas y con un hilo al sol, la luna, las estrellas y los planetas; explican las causas del rayo, del viento, de los eclipses y de todos los demás fenómenos inexplicables, sin ninguna vacilación, como si fuesen secretarios del artífice del mundo y hubiesen acabado de llegar del consejo de los dioses. En tanto, la naturaleza se ríe en grande de ellos y de sus conjeturas, pues nada absolutamente saben con certeza, y buena prueba de ello son las disputas inenarrables que sostienen acerca de cada uno de los asuntos. Aunque nada sepan, creen saberlo todo y no se conocen a sí mismos, ni ven el hoyo abierto a sus pies, ni la roca evidente, sea a las veces porque son cegatos y otras porque tienen pájaros en la cabeza.

LAS HUELLAS DE DIOS EN LA CREACIÓN DEL MUNDO

En la carta del apóstol Pablo a los romanos dice lo siguiente:

Porque las cosas invisibles de Él, su eterno poder y Divinidad, son claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas; así que no tienen excusa. Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; antes se envanecieron en sus discursos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios. Romanos 1, 20-22

La naturaleza creada por Dios en este mundo y de la que nosotros formamos parte, además de ser tan maravillosa, todos sus innumerables componentes se mantienen en una armonía tan asombrosa y en un equilibrio tan perfecto, que al observarla y contemplarla con interés, nos muestra claramente las huellas dejadas por Dios para la convicción de su amada Humanidad.

He seleccionado este tema controvertido, pero muy importante, para insistir en que como creyentes cristianos, no nos dejemos influenciar por la persistente propagación de mentiras y falsedades por parte de los medios de comunicación, al ellos sembrar dudas e incertidumbre sobre las Sagradas Escrituras.

La única verdad es la de Dios, creador Todopoderoso del universo, así como también autor y dueño absoluto de la verdad.

Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. Lucas 23, 42-43

Estos versículos narran el breve diálogo que tuvo Jesucristo, con el malhechor crucificado que estaba a su lado, antes de morir en la cruz. Este testimonio del Evangelio de San Lucas, es una clara evidencia que nos permite comprender mejor, la divina obra de la Gracia y la Misericordia de Dios en la salvación eterna del alma de un pecador, debido al grandioso mérito que obtuvo Cristo Jesús al sacrificarse voluntariamente por amor a la humanidad, para lograr expiar y  perdonar nuestros pecados.

Expiar significa borrar las culpas por medio de un sacrificio. Jesús, el Hijo de Dios, se hizo hombre y llevó nuestros pecados en su propio cuerpo hasta su muerte en la cruz del Calvario. Hemos visto el castigo que se le impuso para que nosotros también podamos ser perdonados, tener paz y estar reconciliados con Él. Debido a que Jesucristo, verdaderamente santo y puro en su vida libre de pecado alguno, se encargó de cumplir la ley divina recibiendo el castigo que merecíamos, y precísamente por su sacrificio es que Dios puede perdonar nuestros pecados. Eso es lo que se conoce en el nuevo Testamento, como las doctrinas de la gracia y de la reconciliación.

En relación con estas doctrinas fundamentales de la fe cristiana, el predicador inglés Charles H. Spurgeon en su autobiografía hace la siguiente afirmación esclarecedora:
Cuando estuve en las manos del Espíritu Santo, convencido de mi pecado, supe cuál era la justicia de Dios. Cualquiera que sea el significado del pecado para otras personas, para mí se convirtió en una carga insoportable. No tanto porque yo temiera al infierno, sino porque temía al pecado. Constantemente sentí una profunda preocupación por la gloria del nombre de Dios y la pureza de Su dominio espiritual. Sentí que buscar el perdón de manera injusta no apaciguaría mi conciencia. Y entonces me vino la pregunta: “¿Cómo puede Dios ser justo y justificarme a mí que soy culpable?”. La pregunta me preocupó. No pude encontrar la respuesta a eso. Y ciertamente nunca podría haber inventado una respuesta que hubiera tranquilizado mi conciencia.

Para mí, la doctrina de la expiación es una de las pruebas más seguras de la inspiración divina de las Sagradas Escrituras. ¿Quién hubiera pensado que el Principe justo muera por el rebelde injusto? Esta no es una doctrina de mitología humana, ni un sueño de imaginación poética. Esta forma de expiación es conocida por los hombres, sólo porque fue un hecho realizado por el Señor Jesucristo; nadie podría haberlo inventado. Dios mismo lo creó.

Así como el malhechor habló personalmente con Jesús, así mismo podemos nosotros hablar directamente con Él, cuando arrepentidos de nuestros pecados, oramos en espíritu y en verdad. No hace falta en realidad ningún intermediario humano entre Jesucristo y nosotros, ya que para esa función y muchas más, Jesús envió al Espíritu Santo o “El Consolador” a este mundo terrenal, como una especie de compensación por Su ausencia física, para realizar las funciones que Él hubiera hecho, si hubiera permanecido entre nosotros.
Pero cuando Él, el Espíritu de verdad, venga, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber lo que habrá de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber. Juan 16, 13-14

Entre esas funciones está la de revelar la verdad de Dios. La presencia del Espíritu dentro de nosotros, nos permite comprender mejor la Palabra de Dios. Él es el guía fundamental, que va al lado de nosotros, mostrando el camino, abriendo el entendimiento y conduciendo nuestra vida espiritual. Él nos revela las realidades espirituales más importantes: la existencia de Dios, de nuestra alma y del Reino de los Cielos. Sin tal guía, estaríamos expuestos a dejarnos extraviar del camino que nos señaló el Senor Jesucristo. Una parte decisiva de la Verdad que Él revela, es lo que el mismo Jesús afirmo ser: Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mi.(Juan 14, 6)

De todos los dones dados por Dios a la humanidad, no hay uno más grande que la presencia del Espíritu Santo. El Espíritu tiene muchas funciones y actividades. Primero, Él obra en el alma de todos nosotros, de manera directa e imperceptible. Jesús le dijo a Sus discípulos que Él enviaría al Espíritu de Dios al mundo para “convencer al mundo de pecado, y de justicia, y de juicio” (Juan 16, 8).

Otra función importante del Espiritu Santo es la de conceder los dones espirituales, que describe el apóstol Pablo en 1. Corintios 12, otorgados a los creyentes, para que podamos funcionar como el cuerpo de Cristo en el mundo.

El Espíritu Santo al obrar sobre los creyentes también produce frutos espirituales en nuestras vidas, como son: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Estas no son las obras de la carne, la cual es incapaz de producir tales frutos espirituales, sino que es el producto de la presencia del Espíritu de Dios en nuestras almas.

El conocimiento de que el Espíritu Santo obra en nuestras vidas, de que Él ejerce todas estas funciones divinas, de que Él mora con nosotros para siempre y que nunca nos desamparará, es causa de gran gozo y consuelo para cualquier creyente cristiano.

Conocer y creer la obra del Espíritu Santo, es de suprema importancia precisamente en estos tiempos modernos, cuando las iglesias tradicionales están atravesando una grave crisis de fe y de espiritualidad, por no cumplir estrictamente las enseñanzas del Evangelio de Jesús y por dejarse influenciar del materialismo y del escepticismo religioso, que reinan en la sociedad de consumo occidental.

Cada conciencia humana es un imperio secreto e inaccesible para el resto del mundo. La libertad interior es la única libertad plena que podemos tener.

El proverbio latino Imperium in imperio (un reino pequeño dentro de un reino grande), lo utilizaban los antiguos romanos, para  referirse a un grupo de personas que debiendo fidelidad a su maestro, subordinan los intereses de la colectividad más grande en la que viven, a la autoridad de ese maestro.

En todas las civilizaciones y en toda la historia de la humanidad se han formado espontáneamente ese tipo de grupos de personas o clanes,  quienes atraídos por la filosofía y la ideas de un personaje determinado, deciden adoptarlas y lo aceptan a él como su guía y su autoridad. 

Sin embargo, en la antigüedad cuando los pueblos eran regidos con mano dura y gran despotismo por emperadores, reyes, príncipes y demás tiranos, esas congregaciones tenían que existir secretamente y operaban en la clandestinidad, para protegerse de las autoridades locales y no ser descubiertos, procurando siempre no llamar la atención de los gobernantes con sus actividades y de esa manera inadvertida asegurar su permanencia.

En el mundo de hoy, en el que se han alcanzado muchas libertades civiles y que ha sido decretada la declaración universal de los derechos humanos por parte de la organización de las Naciones Unidas, el funcionamiento de ese tipo de  agrupaciones es legal y está muy generalizado. En la actualidad existe una infinidad de ejemplos de diversas asociaciones que tienen sus propios fines, estatutos y dirigentes.

Entre los más conocidos están las diferentes religiones, comunidades espirituales, las hermandades humanitarias como la masonería, gremios profesionales, sindicatos de trabajadores  y pueblos tribales originarios, los cuales se caracterizan en que los integrantes reconocen la autoridad de su jefe o su maestro y le brindan su lealtad, anteponiendo siempre sus intereses a los intereses del resto de la sociedad.

Con el transcurso del tiempo muchas de estas organizaciones han estado creciendo en tamaño y en dominio,  y aunque sus actividades las realizan de manera muy discreta y confidencial, se han transformado en grandes centros de poder y de influencia política, convirtiéndose algunos en grupos poderosos e intocables capaces de imponer pautas a los gobernantes de potencias mundiales, como por ejemplo en los Estados Unidos de America: los grupos financieros de Wall Street en Nueva York, que son una muestra evidente de un imperio dentro de un imperio.

Ahora bien, si enfocamos nuestra atención en las personas que conforman esos grupos, es importante que recordemos que cada persona, cada uno de nosotros como ser humano, está dotado de una conciencia y una personalidad única e irrepetible, de un espíritu con existencia propia y de un conjunto de cualidades que constituyen el sujeto inteligente que es, y que lo distinguen de cualquier otro individuo.

Y si pasamos a un nivel de observación aún más profundo y nos pudiéramos introducir en las entrañas de la persona, constataríamos que la conciencia humana es esa interioridad del hombre donde reside el alma, que corrige y guía la razón y el deseo, donde están la fuente de los juicios normativos sobre el bien y el mal, así como también esa cámara secreta e inaccesible, en la cual el hombre se encuentra con si mismo y con su Dios.

Después de esta breve descripción de la interioridad de la persona, podemos afirmar con toda propiedad, que cada ser humano en su interior dispone de las facultades indispensables y cumple con todos los requisitos necesarios para también obrar y conducirse como un imperio dentro de un imperio.

En realidad poseemos el imperio más valioso, más impenetrable e indestructible que pueda existir: la unión íntima y vital del alma humana y Dios, en la que Dios Todopoderoso se revela y se encuentra con su creatura amada.

Aunque ese imperio sea invisible y secreto, y a pesar de que nosotros mismos incluso no estemos tan conscientes de él, se trata sin embargo del imperio más importante y más verdadero que existe, porque es un imperio sagrado constituido por los dos seres, que al final de todo, más cuentan en el mundo: tu alma y el Señor Jesucristo.

La experiencia personal del encuentro de Dios y su consciencia, la resumió el cardenal británico John H. Newman (1811 – 1891) de la siguiente manera: “descansar en el pensamiento de dos y sólo dos seres absoluta y luminosamente autoevidentes: yo y mi Creador.

Desde mi niñez yo había entendido con especial claridad que mi Creador y yo, su criatura, éramos los dos seres cuya existencia se impone arrolladoramente, como la luz. Es por completo un cara a cara, entre el hombre y su Dios.”

El Cardenal Newman nos dejó también una sencilla reflexión acerca de la existencia humana y sobre la necesidad de buscar a Dios y de unirnos a él para poder disfrutar de su amparo y fortaleza:

“La vida pasa, las riquezas se van, la popularidad es inconstante, los sentidos decaen, el mundo cambia, los amigos mueren. Sólo Uno es constante; sólo Uno es veraz con nosotros; sólo Uno puede ser verdadero; sólo Uno puede ser todas las cosas para nosotros; sólo Uno puede formarnos y poseernos.¿Estamos dispuestos a ponernos bajo Su guía? Esta es ciertamente la única pregunta“.

La soberanía y la jurisdicción de nuestra alma, de nuestro “castillo interior” la tiene de manera exclusiva nuestro Dios Padre, el Creador y Señor del Universo.  

Sobre nuestro cuerpo material de carne, huesos y nervios podemos disponer nosotros, o bien según las circunstancias, alguien más o algo externo, pero sobre nuestro espíritu y conciencia sólo Dios tiene el absoluto dominio.

Jesús en su advertencia a los discípulos sobre la persecución que podían sufrir a causa de Él, les dijo:

“No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno”. San Mateo 10, 28

El escritor y filósofo español Francisco de Quevedo (1580-1645) en un escrito que redactó sobre los argumentos de la inmortalidad del alma, se refirió de la siguiente manera a la imposibilidad de que el mundo creado pueda eliminar, castigar o tener acceso alguno al espíritu humano:

En el mundo no hay verdugos, ni tormentos para el pecado sino para los pecadores. Quién peca es la voluntad, y ésta es potencia espiritual del alma: ella está fuera de la jurisdicción del cuchillo, de la soga y del fuego. Si no hay otra vida y tampoco alma inmortal y Dios, el pecado se queda sin pena y sin juez. Los tribunales de la tierra ajustician al homicida, al ladrón y al adúltero, sólo para conseguir los efectos del escarmiento.”

Según el gran pensador francés René Descartes, el universo material está sometido a una serie de leyes naturales, y debido a ese orden preestablecido, las sustancias corpóreas (la tierra, los animales, cuerpo humano, las plantas, etc), responden a esas leyes y modos de ser de la materia, mientras que el alma humana por ser de naturaleza espiritual no está sometida a ese orden y es por lo tanto la única excepción.

Además, los pueblos y civilizaciones que habitan el mundo material, han creado por su lado también una gran cantidad de normas y leyes, para estructurar y organizar el funcionamiento de sus sociedades, y asi poder garantizar su supervivencia y la buena convivencia de sus habitantes.

En este mundo natural finito en que vivimos nuestra existencia terrenal, tienen algunos pocos más libertades y muchos otros menos libertades. Todos los seres vivientes tenemos nuestras dependencias innatas del medio natural e igualmente muchas interdependencias entre los mismos organismos vivos. El simple hecho de que existimos en un cuerpo material que está absolutamente sometido a las leyes naturales y que depende de recursos externos que le ofrece el medio ambiente para subsistir, nos limita y nos restringe.
Nuestro cuerpo material está inevitablemente sujeto a que le sean adjudicadas por la Providencia ciertas libertades desde su nacimiento hasta su muerte.

Descartes tenía como normas de ética algunas máximas entre las cuales estan las siguientes:

  • “intentar siempre vencerme a mi mismo antes que al destino y modificar mis deseos antes que el orden del mundo.“
  • “Aparte de nuestro pensamiento no hay nada que esté totalmente en nuestro poder.”
  • El error que más generalmente se comete es, que no distinguimos bastante las cosas que dependen enteramente de nosotros de las que no dependen en absoluto.”

El escritor italiano Arturo Graf (1848-1913) escribió sabiamente una vez: „Si no tienes la libertad interior, ¿qué otra libertad esperas poder tener? “. También él estaba convencido, de que es exclusivamente en la dimensión espiritual del ser humano, en su alma pensante, donde somos verdaderamente libres.

LA LIBERTAD INTERIOR

Si la libertad no es una autonomía absoluta, ni algo que depende de las circunstancias exteriores en que nos encontramos, ni tampoco un creciente dominio sobre la realidad que nos rodea: ¿qué es entonces?
Es nuestra libertad interior, la libertad de nuestra alma.

En su conocido libro “La libertad interior”, Jacques Philippe la describe como esa libertad soberana de toda persona, que le permite bajo cualquier circunstancia de restricción en la vida y por influencia del Espírtu Santo, tener la capacidad de pensar, creer, esperar y amar sin límite alguno y sin que nada ni nadie se lo pueda impedir jamás.

La libertad interior la encontramos en la medida en que nos damos cuenta de nuestra total dependencia de Dios y la aceptamos de todo corazón. Entre más creamos y confiemos en Dios tanto más libres interiormente seremos, porque Dios Padre y su amor eterno a la creatura, manifestado en la vida y muerte del Señor Jesucristo, son el fundamento de nuestra libertad. La dependencia amorosa y filial de Dios es la libertad del ser humano.

Recordemos aquí lo dicho antes, sobre el imperio inaccesible y divino que se forma en nuestra interioridad, cuando unimos por medio de la fe nuestra alma al Dios Todopoderoso, como en una relación padre-hijo o madre-hijo.

Y así lo afirma Jesús en el Evangelio de Juan:

«Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres». San Juan 8, 32

Dios es la verdad absoluta y nos la ha revelado por medio de su Hijo Jesucristo. Quien logra creer en Jesucristo y aprende a vivir según ésta verdad alcanza la libertad en su espíritu y será libre.
El crecimiento en la fe, la esperanza y la caridad es la única via de acceso a la libertad.

Por eso el señor Philippe dice que la libertad interior tiene mucho que ver con las circunstancias que consideramos como negativas y con todas aquellas contrariedades que entorpecen nuestros planes, porque son esos momentos de dificultades, en los que podemos ejercitar nuestro libre arbitrio interior de varias maneras. Existen principalmente tres actitudes típicas que tomamos como reacción cuando experimentamos situaciones difíciles en la vida: la rebelión, la resignación y la aceptación.

Por naturaleza no nos gusta padecer acontecimientos contrarios a nuestros planes. Por eso cuando algún problema que nos causa un sufrimiento llega a nuestra vida, por lo general respondemos espontáneamente con rebelión. Este comportamiento puede ser justificado en algunas ocasiones, pero en realidad no nos ayuda ni nos soluciona nada. Es peor, porque nos añade aún más peso y más ratos desgradables. Porque en vez de sufrir solamente a causa de las circunstacias externas desfavorables, tenemos que cargar con el sufrimiento adicional causado por nuestras pasiones y arrastralo durante el tiempo que duren nuestra pesadumbre y el descontento.

La resignación no es tampoco una actitud positiva, porque frente a los acontecimientos nos declaramos impotentes y quedamos sin esperanza y con la desagradable sensación de no haber cumplido con nuestra misión.

La actitud que debemos de buscar en cada circunstancia dificil es la de aceptación. Es la que nos capacita para no dejarnos afectar interiormente por sentimientos y pasiones negativas desencadenadas por sucesos exteriores adversos. Tiene como fundamento la confianza firme en Dios y el amor filial que nos asegura que lo que padecemos es para nuestro bien, a pesar de que no lo comprendamos.

Recordando que su amor paternal hacia nosotros es más poderoso que el mal que nos pueda afectar y que de alguna manera nos ayudará a sacar un bien ulterior para nuestra alma.

La elección entre la rebelión, la resignación y la aceptación está solamente en nuestro corazón. Esa actitud con la que afrontamos la realidad exterior depende totalmente de nosotros. Ninguna circunstancia exterior nos puede obligar a tomar una actitud si no se lo permitimos. No existe nada que nos pueda quitar la libertad interior, a menos que nosotros renunciemos voluntariamente a élla.

El tema de la libertad interior como la actitud de la aceptación, es el tema central del libro del padre Phillippe. “La libertad no es solamente elegir, sino aceptar lo que no hemos elegido”. Esa afirmación parece dar la impresión de ser una tesis de tipo quietista que invita a ser pasivo frente a las dificultades. Pero nada más equivocado, porque la aceptación es una actitud muy activa que requiere mucho dominio de sí mismo. Saber aceptar una contariedad, algo que no hemos elegido muestra que realmente somos libres, evidencia que las circunstancias exteriores no son capaces de hacernos esclavos de nuestras emociones negativas.

Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad.”  2. Corintios 3, 17.

San Pablo afirma que esa libertad interior, la del alma, es posible vivirla cuando la persona le pide a Dios que el Espíritu Santo guíe su vida. Pablo mismo, llegó a estar preso, y muchas otras veces fue perseguido por quienes quisieron matarlo. Pero nunca fue desbordado por esas situaciones adversas. Jamás fue marioneta de las circunstancias. No sufrió la pesada carga del temor, la congoja y la desesperación. Por el contrario, dentro de sí, reinaba la paz de Dios.

En el Apostol San Pablo tenemos un modelo por excelencia, de cómo una persona puede comportarse y actuar como un imperio dentro de un imperio y cómo puede hacer uso de la libertad interior.

Cada conciencia es un imperio secreto e inaccesible para el resto del mundo, en el cual sólo el Espíritu de Dios puede entrar e intervenir, siempre y cuando lo busquemos y se lo pidamos con alma de niño, es decir, amante, sincero, confiado y humilde.

Dios es la única fuente segura de fortaleza, consuelo y gozo, especialmente cuando padecemos penas, sufrimientos y dolores.

Existen demasiados millones de personas cristianas en el mundo, que no saben que los humanos somos seres compuestos de un cuerpo y un alma de origen divino; y que por lo tanto, somos una dualidad de dos naturalezas completamente diferentes: un cuerpo biológico mortal y un alma espiritual inmortal, que coexisten en un individuo.

Debido a esa dualidad natural, poseemos diferentes necesidades: unas corporales y otras espirituales. Como las corporales las conocemos muy bien, menciono a continuación solamente las necesidades espirituales más importantes:
amor verdadero, fe en Dios, esperanza de vida eterna, consuelo, fortaleza espiritual, compasión, paz interior, paciencia, perdón, misericordia, gozo interior, bondad, benigdidad y comprensión del sentido de la vida y de la muerte.

Por lo general, acudimos y buscamos a Dios cuando estamos enfrentando problemas serios de salud, situaciones de gran peligro, accidentes graves, etc; que sobrepasan nuestras fuerzas, nuestros recursos materiales y la ayuda de familiares y amigos.

Uno de los casos más comunes son los problemas graves de salud, que no tienen curación posible ni solución médica definitiva.

Deseo comentar un primer testimonio que leí hace ya más de 30 años, se trata de una chica norteamericana cristiana llamada Joni Eareckson Tada, quien cuando era apenas una adolescente, tuvo un accidente en un río donde se bañaba junto con amigos. En ese lugar había un muelle de madera para el embarque de botes pequeños. A la chica se le ocurrió lanzarse de cabeza del muelle al rio, y debido a la poca profundidad del agua, se golpeó en la cabeza con el fondo de río, y se fracturó la nuca, quedando cuadripléjica.

Durantes años fue llevada a los mejores hospitales para hacer todos los tratamientos médicos y terapias disponibles para su caso, pero no tuvieron éxito. Y su cuerpo quedó paralizado desde la base del cuello hasta los pies. Sin embargo, su profunda fe en Dios le permitió recuperar su ánimo, el sentido de la vida y las ganas de vivir, para después dedicarse activamente a predicar el Evangelio y a promover la lectura de la Biblia, por medio de conferencias y de varios libros que ha escrito, a cientos de miles de personas que están en condiciones similares a las de ella.

Ella cuenta que la lectura de las Sagradas Escrituras fue el factor indispensable que le ayudó para ser capaz; primero, de levantar su ánimo y su voluntad, del estado de depresión y de postración en que estuvo durante años; y segundo, para después lograr rehacer su vida y fortalecer su fe y su esperanza en el Señor Jesucristo.

Para el ser humano que sufre, lo más importante es lógicamente que su cuerpo sea sanado, aunque sea por un corto tiempo, pero para Jesús lo prioritario y principal es la salvación eterna del alma en el Reino de los Cielos, es decir, la sanación del alma y no del cuerpo, porque sencillamente nuestro cuerpo inevitablemente muere, se descompone y desaparece.

Joni durante decenas de años estuvo alimentando su profundo deseo y abrigando la esperanza, de que Dios algun día sanaría su cuerpo y que podría mover su cuerpo y caminar otra vez, hasta que un día leyendo la Biblia, encontró en el capítulo 1 del evangelio según San Marcos, la siguiente escena de una sanación que hizo Jesús:

Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían. Levantándose muy de mañana, siendo muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba. Y le buscó Simón, y los que con él estaban; y hallándole, le dijeron: Todos te buscan. (para ser sanados)
El les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para eso he venido. Marcos 1, 34-38

Esta escena le confirmó a Jane, que el Señor Jesucristo vino al mundo con el principal propósito de predicar su Evangelio y de salvar almas para la vida eterna con Dios en el Reino de los Cielos, y no para sanar cuerpos. Al leer ese pasaje comprendió finalmente, que Jesús le ofrecía a ella una sanación mucho más profunda y para siempre: la sanación de su alma para compartir con Él la vida eterna!

Después de aceptar de forma definitiva la condición de su cuerpo, Dios cambió su actitud ante la vida, al darse cuenta de que ella esperaba solamente que Jesús solucionara su parálisis y pudiera tener una vida normal, lo cual la condujo a un estado depresivo y de amargura. Hasta que el Evangelio de Marcos, le reveló claramente el significado de la promesa de vida eterna del Señor Jesucrito.

Paso ahora, a referirme a un segundo testimonio de una madre de familia, quien nació con poliomielitis, pero quien pudo tener una vida normal con las usuales limitaciones al caminar. Sin embargo, muchos años después su vida cambió para mal, debido al llamado síndrome post-polio, en que los músculos se van degenerando y reduciendo inevitablemente con pérdidas de su fuerza y muchos dolores. Hoy en día usa una silla de ruedas para ir, a donde antes lo hacía caminando.

A continuación transcribo el texto original de su testimonio personal:

Hace décadas, las palabras de 2 Corintios 6:10, “Como doloridos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo”, parecían admirables en teoría pero imposibles en la práctica. No podía imaginarme la alegría y el dolor coexistiendo; por definición, tener uno significaba la ausencia del otro. Los médicos dijeron que no había cura para mi condición y que viviría con pérdidas continuas. Para ralentizar la progresión, me aconsejaron que redujera la vida al mínimo y dejara de abusar de los brazos. Como esposa y madre de niños pequeños, me ví obligada a tomar decisiones difíciles todos los días y cada mes aparecían nuevas pérdidas. Se sentía implacable el dolor. Honestamente, todavía lo hace.

Hoy ni siquiera puedo hacer mi propio café, y mucho menos llevarlo a la mesa. Lidio con el dolor continuo que solo se intensificará. Si bien esto puede sonar deprimente, sorprendentemente me ha hecho más feliz. He aprendido a dejar de obsesionarme con mis circunstancias y comenzar a regocijarme en el Dios que se ha acercado a mí a través de ellas.

A medida que mi cuerpo se debilita, Dios se ha vuelto más real y presente que nunca. Puedo repetir las palabras del Salmo 46:1, que Dios es mi “refugio y fortaleza, mi pronto auxilio en las tribulaciones”. En todas mis pruebas, el Señor nunca me ha fallado, nunca se ha apartado de mi lado, nunca me ha dejado desamparada.

La Biblia se ha vuelto más valiosa para mí porque las garantías de Dios de consuelo, fortaleza y liberación ya no son simplemente palabras que he memorizado; ahora son promesas que me sostienen. Debido a que tengo que depender de Dios incluso para las tareas más pequeñas, debo buscarlo constantemente. Es una decisión consciente dejar de centrarme en lo que me rodea y empezar a centrarme en Dios. Es una elección que debo hacer todo el día, todos los días.

Mientras he caminado con Dios a través del valle de sombra de muerte, he aprendido tres grandes lecciones para estar “triste, pero siempre gozoso”.

Antes de poder regocijarme, necesito lamentarme y llorar. Este paso es crítico porque es solo a través del reconocimiento y el duelo de mi dolor que he experimentado la presencia y el consuelo de Dios. Sin este paso, mis palabras pueden sonar espirituales e incluso elocuentes, pero están desconectadas de mi vida: me quedo sintiéndome vacía y sola.

En la Biblia David comienza el Salmo 13 diciendo: “¿Hasta cuándo, oh Señor? me olvidaras para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? , y sin embargo, termina unos versículos más adelante diciendo: “Pero en tu misericordia he confiado; mi corazón se regocijará en tu salvación” (Salmo 13:5). ¿Qué causó su nueva perspectiva? ¿Cómo podía pasar de cuestionar a Dios en un momento a regocijarse al siguiente? Para mí, al igual que para David, este cambio ocurre cuando hablo directamente con Dios, esperando que me responda.

“En el sufrimiento, a menudo veo a Dios con mayor claridad, quizás porque estoy más desesperada por encontrarlo”.

Cuando sigo el ejemplo de David, mi perspectiva cambia como lo hizo David. Mis circunstancias pueden no cambiar, pero lo que sucede a mi alrededor ya no es mi enfoque. Algo dentro de mí cambia cuando leo las palabras de Dios y le derramo mis pensamientos sin editar. Dios mismo se encuentra conmigo, consolándome y reviviéndome. En un momento estoy abrumada por el dolor en mi vida, y al momento siguiente tengo esperanza y perspectiva renovadas. Incontables veces, he orado el Salmo 119:25, “Mi alma se ha aferrado al polvo; dame vida conforme a tu palabra!” Y Dios ha hecho exactamente eso.

Diferencia entre sensaciones, emociones y gozo espiritual.

Al inicio de este escrito, me referí a las diferencias que existen entre nuestras necesidades. Ahora deseo ilustrar específicamente las diferencias entre sensaciones, emociones y gozo espiritual, por medio de ejemplos:

– La risa es un estímulo manifestado exteriormente por el cuerpo, es decir, una simple sensación agradable y fugaz. La sensación es una reacción superficial del cuerpo a un estímulo exterior que puede ser agradable o desagradable.

– La emoción es una reacción a un estímulo relevante, que causa cambios notorios en el cuerpo, como: tensión muscular, sudor, cambios en el ritmo cardíaco o en la respiración., etc.

– El gozo interior es un estado espiritual profundo de confianza, paz, amor, plenitud, paciencia, dominio propio; que resulta de nuestra íntima relación personal con Dios. El gozo es un don de Dios y se traduce en un estado  permanente, que no depende de las circunstancias, ni del tiempo, ni del lugar ni de las personas que nos rodean, sino exclusivamente de la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida.

Como ustedes bien pueden ver, las sensaciones y emociones dependen de las circunstancias, son corporales y muy breves; mientras que el gozo interior es el fruto de una estrecha comunión con Dios y es un estado permanente.

Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad. Juan 4, 24

En nuestras relaciones personales diarias, los seres humanos estamos tan acostumbrados desde nuestra juventud a aparentar y actuar ante los demás, que ya lo hacemos sin darnos cuenta y lo hemos interiorizado en nuestro comportamiento como algo absolutamente normal. Según sean las situaciones, las circunstancias y las personas con las que tratamos, en ciertas ocasiones aparentamos o hacemos ver a los demás con nuestra conducta, algo que no se corresponde con nuestros verdaderos pensamientos, sentimientos e intenciones.

Sin embargo, en nuestra relación con Dios y especialmente en nuestra adoración hacia Él, debemos hacerlo en espíritu y en verdad, es decir, hacerlo sinceramente con toda el alma y la mente desde nuestra vida espiritual interior, lo cual es totalmente lo contrario a la conducta de apariencias que adoptamos cotidianamente en nuestra vida pública. Recordemos que Dios conoce muy bien nuestros pensamientos, sentimientos e intenciones, y que por lo tanto, es sencillamente imposible e inútil tratar de ocultarle algo por medio de apariencias.

En el judaísmo antíguo, los escribas y fariseos desarrollaron una religión externa que consiste en una serie de ceremonias, rituales y vestimentas, acompañadas de infinidad de normas estrictas, que los creyentes judíos tenían que cumplir al pie de la letra, sin prestar al mismo tiempo la debida atención al elemento espiritual de la religión, que significa adorar a Dios en espíritu y en verdad.

El Señor Jesucristo condenó en Jerusalen la hipocresía y la falsedad de los fariseos y sacerdotes, cuando les reprochó de la siguiente manera:

¡Hipócritas! Bien profetizó Isaías de vosotros cuando dijo: “este pueblo con los labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. “Pues en vano me rinden culto, enseñando como doctrinas preceptos de hombres”. Mateo 15, 7-9

En las ceremonias y rituales religiosos que se realizan con el cuerpo, representan a la religión externa: lo que el ojo ve y el oido oye. El espíritu es el elemento interno e invisible de la religión, aquello que el alma recibe, entiende, cree y de lo que se alimenta. Es precísamente el elemento espiritual lo que vivifica a la religión, que la hace algo vivo y regenerador. Esta religión interior espiritual es coherente con la naturaleza espiritual de Dios y con el Espíritu Santo que obra sobre nosotros.

La iglesia católica romana tomó lamentablemente del ritualismo judío, la idea de la vida monástica que practican los monjes y monjas en los monasterios y conventos que conocemos, en los que los monjes y monjas vivían según rígidas reglas de vida establecidas por un monje superior, y que tenían que cumplir cada día por medio de ceremonias, rituales, penitencias, ayunos, oraciones, silencios, etc; hasta el fin de sus vidas.

Erasmo de Rotterdam (1466 – 1536) fue un monje y sacerdote holandés de la Orden de San Agustín, quien a los pocos años de vivir en el monasterio, decidió dejar la vida monástica por considerarla llena de barbarie y de ignorancia, debido a que alli todo se centraba en cumplir ciegamente las reglas por medio de actividades corporales, considerando poco la vida espirtual interior y los fundamentos cristianos como son: el amor, la fe, la Gracia, el perdón, la esperanza y la expiación de nuestros pecados por la muerte en la cruz del Señor Jesucristo.

Erasmo de Rotterdam concibió y defendió el concepto del Cristianismo interior o espiritual para todos los creyentes cristianos, basado en los siguientes criterios:

  1. El llamado a la perfección cristiana es universal para todos sin distinción.
  2. La perfección cristiana no es exclusiva de la condición de ser religioso; no depende de votos, hábitos externos, vida consagrada o cosas semejantes.
  3. Fomenta la espiritualidad laical y coloca al Señor Jesucristo en el centro de la vida espiritual del cristiano.

Una de sus numerosas obras es “Enchiridion”, un pequeño manual práctico para el cristiano ordinario, el cual se basa en el concepto tradicional, de que la vida espiritual del creyente es una lucha constante contra los enemigos del alma (mundo, demonio y carne); y que para vencer con eficacia en esa lucha propone varias armas: la oración, la lectura de de las Sagradas Escrituras y el conocimiento propio. También expone sus ideas acerca de la verdadera esencia del ser humano: la primacía de lo interior y espiritual sobre lo externo y carnal.

Todos en nuestra vida religiosa en la juventud, conocímos probablemente a miembros religiosos de la iglesia que durante los cultos y en eventos públicos, aparentaban una devoción exagerada, mostrando una santidad fingida o falsa. Mientras que en las ocasiones intimas y privadas se comportaban de una manera mundana e irreverente. Yo conocí personalmente unos cuantos sacerdotes y hermanos religiosos, durante mi educación escolar en colegios católicos, a quienes llamábamos “santurrones”, es decir: hipócritas.

Nadie puede burlarse de Dios ni mucho menos engañarlo!

No os engañeis; Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará. Porque el que siembra para su propia carne, de la carne segará corrupción, pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. Gálatas 6, 7-8

Águilas que viven como si fueran gallinas. La deshumanización del hombre y de la mujer.

Un indio encontró un huevo de águila en el tope de una montaña, y lo puso junto con los huevos que iban a ser empollados por una gallina. Cuando el tiempo llegó, los pollitos salieron del cascarón y el aguilucho también. Después de un tiempo, aprendió a cacarear al escarbar la tierra, a buscar lombrices y a subir a las ramas más bajas de los árboles, exactamente como todas las gallinas. Y su vida transcurrió con la consciencia de que era una gallina.
Un día el águila, ya viejo, estaba mirando hacia arriba y tuvo una visión magnífica al observar algo. Un pájaro majestuoso volaba en el cielo abierto como si no necesitase hacer el más mínimo esfuerzo. Impresionado, se volvió hacia la gallina más próxima y le preguntó:
-¿Que pájaro es ese que vuela tan alto?
La gallina miró hacia arriba y respondió:
-¡Ah! Es el águila dorado, rey de los cielos. Pero no pienses en él: tú y yo somos de aquí abajo.
El águila no miró hacia arriba nunca más y murió consciente de que era una gallina, pues así había sido tratada siempre.

Con ésta fábula deseo invitarlos a reflexionar sobre una comparación, que hago entre la enseñaza de este cuento y la situación en que nos encontramos muchos de nosotros hoy en día, quienes en vez de vivir la vida plena que nos corresponde y a la altura de nuestros anhelos más profundos como seres espirituales que somos, hemos aprendido más bien a vivir un estilo de vida ajeno a nuestra propia naturaleza.

En el caso del águila por haber sido criado en ese ambiente ajeno, su conciencia fue transformada hasta tal punto, que se hizo contradictoria con lo que debería de esperarse de su condición de ave de rapiña.
Ese fenómeno, el cual es muy real y que se conoce en psicología como alienación, puede darse igualmente en una colectividad entera.

Aunque nos parezca increíble o exagerado, así mismo estamos viviendo ahora muchos de nosotros.

El estilo de vida moderno ¿Cómo funciona?

El desarrollo de los medios audiovisuales, particularmente el cine y la televisión, le han permitido al hombre moderno representar y mostrar a las grandes masas, su vana ilusión e imaginación en una forma tan refinada, que transmite la apariencia de ser algo real, pero que en realidad es una astuta farsa, un engaño. Refinadas técnicas de manipulación del comportamiento y una avalancha contínua de mensajes seductores son utilizados para estimular nuestras pasiones e instintos naturales como: el ansia de riquezas, el anhelo de la belleza, la envidia, el egoísmo, las ansias de prestigio y de fama, el apetito sexual, el hambre, la sed, etc.

El uso intensivo de la publicidad en los medios de comunicación, ha creado de manera artificial una infinidad de necesidades y de valores superfluos en la sociedad, logrando así persuadir a la gente a adquirir nuevos estilos de vida, los cuales por el efecto de demostración, es decir, esa tendencia natural a imitar nuevas modas, actitudes y aspiraciones, se han estado imponiendo paulatinamente sobre los viejos hábitos tradicionales que eran más adecuados a nuestras condiciones naturales.

En vista del dominio absoluto que tiene la industria sobre los medios de comunicación a travéz del financiamiento de la publicidad y por ser éllos mismos empresas comerciales,  su actividad se concentra única y exclusivamente en el conjunto de cosas, objetos y servicios que se pueden comprar y vender, es decir todo género vendible que les genere directa o indirectamente un beneficio económico.

Es por eso, que la realidad que aparece en los medios y los temas de interés a los que siempre se refieren, representan sólo una fracción del universo existente, ignorando con deliberada intención la realidad de lo que somos nosotros mismos, quienes además del cuerpo poseemos un alma invisible de origen divino, creada y destinada por Dios, para vivir eternamente después de la muerte corporal.

Así como la bóveda celeste del universo está apoyada sobre unas columnas invisibles que la sustentan, la vida humana está sostenida igualmente por tres grandes pilares espirituales que son igualmente invisibles: el amor, la fe y la esperanza.

Y como esas realidades espirituales invisibles no se pueden comprar ni vender, los medios de comunicación las han degradado sustituyéndolas por simples mercancías: al amor por el sexo, a la fe por el dinero y a la esperanza por la suerte en el juego.

Después de esa adulteración, los medios audiovisuales no pueden más que mostrarnos una caricatura de lo que es en realidad una vida humana plena, nos presentan apenas una versión mutilada de lo que es el ser humano completo y de su existencia potencial. Nos incitan a contentarnos con el bagazo amorfo, que queda después del filtrado de una creación divina, como es el hombre creyente con un alma eterna.

Tratando de reparar ese empobrecimiento de la naturaleza humana, nos adulan insistentemente para hacernos creer que con su oferta de productos y servicios sólo desean complacernos, y para hacernos sentir como si fueramos reyes. Pero todo ese esfuerzo es solamente interés y trampa, ya que su objetivo real y su verdadera intención es sacarnos el dinero del monedero sin ningún tipo de consideración, con la finalidad de hacerse ellos cada vez más ricos y más poderosos a expensas nuestras.

Es por eso que exageran el valor de todo objeto vendible e inflan la belleza de ésta insuficiente y corta vida transitoria nuestra.

Ahora bien, si nosotros para el comercio y los negocios somos únicamente un medio para enriquecerse, si nos halagan para su propio beneficio y si se interesan sólo por nuestro dinero y nuestros servicios como trabajadores, para qué brindarle la confianza y la fe a éllos, si no se lo merecen en absoluto. El alma humana vale por todo el universo, por ser el alma la imagen de Dios en el hombre. Y por esa misma razón, los seres humanos somos para Dios un fin y no un medio. Nuestro espíritu inmortal y con él nuestra consciencia son el objeto de amor por parte de Dios.

Fue por amor y por la salvación de nuestras almas que Dios envió a su Hijo Jesucristo a vivir entre nosotros, para revelarnos su inagotable amor y sus verdades eternas.
Dios, su Hijo Jesucristo y nuestra alma inmortal son las realidades que con razón y justicia merecen todo nuestro amor, nuestra fe y nuestra confianza.

¿Cómo nos afecta?

En la sociedad moderna de consumo a la que nos ha conducido el desarrollo industrial, hay valores humanos y actividades que han sufrido un proceso de degeneración en lo que se refiere a su finalidad y a su razón de ser, es decir, para lo que fueron concebidas, y que hoy en día se han convertido en lucrativos mercados, donde el insensible criterio mercantilista impuesto por el poder de la industria y sus comisarios en la política, fue sustituyendo el concepto humanista respetuoso de la dignidad de las personas, convirtiéndose así la ganancia económica la finalidad más importante.

El materialismo de la sociedad de consumo va suave y lentamente aniquilando el amor verdadero, reduciendo al ser humano al mero placer carnal y al disfrute de lo material, los cuales son algo fugaz y transitorio.

Por eso observamos por doquier a un individuo de la actualidad en su apariencia muy bien vestido y bien alimentado, pero por dentro venido a menos en su dignidad, degradado como ser espiritual, sin estar centrado en sí mismo y más bien orientado a la exterioridad, un individuo que idolatra su ego y se deja llevar por el deseo.

Estamos presenciando en los países más industrializados y con mayor adelanto científico, lo que bien se podría llamar la gran contradicción del desarrollo económico capitalista: la deshumanización del ser humano.

Éste sistema socio-económico en que vivimos, basado solamente en el racionalismo tecnológico en menoscabo de nuestra dimensión espiritual por no ser vendible, cosifica al hombre y a la mujer en favor del beneficio económico y la acumulación de riquezas.

Dos pruebas convincentes de la deshumanización del ser humano:

Promiscuidad y pornografía

Se podría decir sin temor a exagerar, que en el mundo occidental estamos viviendo en una sociedad obsesionada por el sexo y el apetito carnal.
Con la promoción cada vez más frecuente del sexo en el cine y en la televisión desde hace décadas, y ahora con la asombrosa propagación a través de Internet, de la pornografía más denigrante y perversa que uno se pueda imaginar, no se puede esperar una situación diferente.

La prostitución hetero- y homosexual, las violaciones, la pornografía infantil, los abusadores de niños, la infidelidad en el matrimonio y demás transgresiones sexuales, se han incrementado en una proporción impresionante.

Recordando la fábula del inicio, en lo que se refiere al comportamiento natural de apareamiento en las aves, es oportuno mencionar, que las aves gallináceas tienen efectivamente como rasgo característico: la promiscuidad; a diferencia de las aves de rapiña como el águila, que forman parejas monógamas.

Obesidad

Los medios de comunicación nos distraen y nos seducen a consumir frenéticamente. La vida humana moderna ha sido reducida a dos actividades principales: trabajar y consumir. Por eso, la vida en las grandes ciudades se asemeja mucho a una finca de pollos de engorde: miles de individuos hacinados en establecimientos consumiendo día y noche. Ya no comemos sólo tres veces al día como era la costumbre milenaria, ahora se come a cualquier hora y en cualquier lugar.

Cómo si fuéramos gallinas, picoteamos y comemos todo lo que vemos, tal como han aprendido bien hacer los norteamericanos, iniciadores y promotores mundiales de tan absurda y mala costumbre, quienes creyendo ingenuamente que la industria de alimentos les estaba haciendo un gran favor y dejándose llevar por la publicidad y por sus deseos, se han convertido en obesos desfigurados, incapaces tan siquiera de caminar largas distancias y de moverse con soltura.

Imaginémonos un águila gordinflón de 20 kilos, que ya no es capaz ni de alzarse del suelo, ni mucho menos de volar.

La oración diaria o meditación espiritual

El alma está muy ciertamente en nuestro interior, pero si nosotros no nos volvemos hacia adentro y le prestamos atención, entonces, para nosotros, es como si élla no existiera. Pero, en realidad, está siempre dentro de nosotros, y el fracaso en reconocer su existencia, es realmente debido a nuestra incapacidad de apartar nuestra atención de la interminable cantidad de asuntos y estímulos, que contínuamente nos atraen desde afuera.

Es por esto que es tan necesaria la oración mental o meditación, que no es más que volver la atención hacia adentro. La conciencia que se vuelve hacia adentro, que se aparta de la actividad de nuestros cinco sentidos corporales para contemplarse, siente primero la presencia y después toma consciencia de la mente divina que está detrás de esa presencia.

Por tanto, la práctica de la oración diaria, o la meditación espiritual, es esencial en ésta búsqueda. De ésta manera, seremos capaces de introducir un nuevo ritmo en nuestra vida, lo cual a su tiempo nos ayudará de todos los modos imaginables.

La oración hará posible el mejoramiento de nuestro carácter, de nuestra ética y nuestra consciencia, de nuestro entendimiento, y sobre todo, de nuestra paz interior. La meditación, más que conveniente, es necesaria para el progreso de la vida espiritual.

Nuestra relación con Dios se establece por el ejercicio de las virtudes teologales: fe, esperanza y amor. Son éllas las que deben establecer esa divina comunicación «con quien sabemos que nos ama«.

Deja que Cristo medite en ti y contigo. Préstale tu mente y tu corazón para que todo suba al Padre por Él, con Él y en Él. “tener un trato personal y sencillo con Él.

Concluyo con un mensaje de uno de mis favoritos autores, el predicador inglés Charles Spurgeon, que aparecen en un libro de reflexiones para cada día llamado “Manantiales en el desierto”:

Levántate creyente, de tu baja condición. Arroja tu pereza, tu letargo, tu frialdad o cualquier otra cosa que pueda interferir con tu amor casto y puro a Jesucristo.
Haz le a Él la fuente, el centro y la circunferencia de los deleites de tu alma.
No permanezcas por un momento más satisfecho con lo poco que has alcanzado.
Aspira a una vida más noble, más elevada y más completa. Hacia el cielo!”

El hombre es el único ser vivo que puede lograr o malograr su existencia. Conciencia de ser dignos de la vida eterna.

Así será de cierta esta afirmación que escogí como título, que sólamente tenemos que pensar y tomar en cuenta la siguiente característica natural que tienen todos los animales y vegetales sin excepción:

Todos los seres vivos inferiores cumplen correctamente con las funciones y los propósitos, que según su naturaleza les han sido asignados, y además, las contribuciones específicas de cada género al ecosistema natural, las hacen como debe ser y las hacen siempre bien. Éllos logran su existencia siempre. De esa diferencia tan extraordinaria y evidente entre los animales y nosotros los seres humanos, nunca había estado yo tan consciente como lo estoy en este momento de mi vida. Y supongo que algo similar les habrá sucedido a ustedes y a la gran mayoría de las personas que como yo, viven en el ambiente artificial de las grandes ciudades.

Estamos tan acostumbrados a leer y a escuchar permanentemente sobre la supremacía de los humanos en relación al resto de seres vivos: inteligencia, raciocinio, creatividad, dominio de la naturaleza, intelecto, ciencia, conocimientos, etc; que de tanta superioridad y engreimiento, nos hemos olvidado de recordar de vez en cuando, algunas de las ventajas, que los otros seres del reino natural tienen sobre nosotros los humanos.

Las dos metas más anheladas por los seres humanos son el vivir una existencia feliz y sin sufrimientos.
Esas son las pautas o los ideales hacia donde orientamos nuestras acciones y actividades, como si fueran dictadas por un instinto natural. Pero a pesar de que Dios también nos dotó con la inteligencia, la conciencia y la libre voluntad justamente para poder analizar esa situación y tomar decisiones más sensatas y conscientes, la gran mayoria de las personas se empecinan en perseguir esas dos metas ilusorias y alejadas de la realidad. Justamente por eso y muy temprano en la adolescencia, se inicia la discordancia entre los anhelos y la realidad; y eso es lo que trae consigo el descontento y la frustración, que conocemos bien y que sentimos una y otra vez en el transcurso de la vida.

Una existencia feliz y sin sufrimientos, no son más que ilusiones y anhelos seductores que nosotros mismos nos creamos en la mente, anhelos que pueden ser legítimos y atractivos, pero imposibles de realizar en la cruel realidad de la vida en éste mundo.

Creer, desear, imaginar e intuir son cualidades espirituales universales con las que nace todo ser humano, y además, son algunas de las muy pocas actividades que podemos hacer con absoluta libertad y que no dependen de ningún otro factor o condición, sino sólo de nuestra voluntad.

Esto significa que cada persona en su mundo interior es totalmente libre de creer, desear, imaginar e intuir cualquier cosa y sin límite alguno, si así su propia voluntad lo decide, sin embargo, en el mundo exterior que nos rodea y en la realidad que existe fuera de nuestra interioridad y que por cierto, es siempre una sola, es diferente y dispone de infinidad de límites y condiciones.

Desear y creer son capacidades que hay que aprender a emplear y a administrar bien con la ayuda de la conciencia, la razón y la fe, según sea la situación en que nos encontremos y dependiendo de a quién le brindemos nuestra confianza en el momento de creer.

Cada persona es libre de creer lo que quiera, pero también cada uno de nosotros es absolutamente responsable de sus decisiones y de las consecuencias que traen consigo sus creencias.

Hay una escena en el libro de los hechos en la Biblia, que indica de forma muy instructiva, el estado de conciencia de las personas y su disposición a poner la confianza en Dios en las grandes decisiones de la vida:

Casi toda la ciudad se reunió el sábado siguiente para escuchar la Palabra de Dios. Al ver esa multitud, los judíos se llenaron de envidia y con injurias contradecían las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron: “A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos.” Hechos, 13, 44

Fijémonos con detenimiento en lo que Pablo les dice a sus queridos hermanos de raza judía, quienes sabían muy bien y esperaban la venida del Mesías (Cristo en griego): “pero ya que que la rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos”

Si a tí te hicieran hoy la pregunta: ¿te consideras digno de vivir eternamente?
O dicho de otra manera: ¿Consideras tú que mereces vivir eternamente?
¿Que responderías?

Independientemente de cómo uno responda a esa pregunta, es cierto e incuestionable, que Dios sí considera que nosotros todos merecemos vivir eternamente, y por eso Jesucristo, su hijo amado vivió entre nosotros, murió crucificado y resucitó para demostrar al pueblo de Israel y a la humanidad toda, la verdad de esa Buena Nueva.

Y lo más importante que Dios nos pide es:

  • creer de corazón en Él y en su divino amor hacia la humanidad, demostrado magistralmente por Jesús su Hijo, con su vida, su Evangelio y su sacrificio.  
  • Hacer nuestra la Promesa de Vida eterna en el Reino de los Cielos y esperar confiada y pacientemente en su cumplimiento.
  • Aferrarnos a Jesucristo y a su Palabra en el Evangelio y seguirla fielmente.

Creer en Dios como cree un niño con humildad y con confianza absoluta, es el primer paso que tenemos que dar.

La fe es el don divino maravilloso con que Dios a dotado a su criatura amada. La fe es la grandiosa facultad espiritual del alma humana que nos permite pensar que existe Dios y creer en él, en virtud de que somos creación suya, y que nuestra meta final es vivir eternamente junto a Él.

San Agustín lo describió magistralmente en su Confesiones: nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti.

Sin Dios, somos como seres perdidos en el universo, que desconocen su origen, ignoran su camino y carecen de meta. Sin Dios, el ser humano no es nada y anda errante por la vida sin rumbo ni destino y privado de auténtica felicidad.
Dios es el principio y la meta de nuestro existir. Y nuestra vida en éste mundo no es más que el puente que nos conduce a la vida eterna con Dios.

Otra sabia y esclarecedora explicación de San Agustín fue la que escribió sobre la felicidad en el ser humano:

La felicidad del hombre es la felicidad del alma.
Debemos, pues, buscar qué es lo que hay mejor para el hombre. Ahora bien, el hombre es un compuesto de alma y cuerpo, y, desde luego, la perfección del hombre no puede residir en este último. La razón es fácil: el alma es muy superior a todos los elementos del cuerpo, luego el sumo bien del mismo cuerpo no puede ser ni su placer, ni su belleza, ni su agilidad. Todo ello depende del alma, hasta su misma vida. Por tanto, si encontrásemos algo superior al alma y que la perfeccionara, eso seria el bien hasta del mismo cuerpo. Luego lo que perfeccione al alma será la felicidad del hombre. La felicidad del hombre es la felicidad del alma y la felicidad del alma es Dios.

Si leemos con atención éste argumento de San Agustin y lo analizamos bien, nos daremos cuenta que su afirmaciones son muy lógicas y tienen sentido. Agustín dice: “.el sumo bien del mismo cuerpo no puede ser ni su placer, ni su belleza, ni su agilidad…”

Sólo tenemos que pensar y tener en cuenta que a partir del preciso instante del parto y del nacimiento de un ser humano, ya se inician las molestias, las irritaciones, las incomodidades y los dolores en el frágil cuerpo del recien nacido. Desde que llegamos al mundo y si nacemos absolutamente sanos, se alternan sin cesar: enfermedades, hambre, sed, cansancio, frío, calor, plagas, dolores, golpes, molestias, sufrimientos, etc.
Pensemos en todos aquellos que nacen con alguna enfermedad congénita o defecto, con impedimentos físicos o mentales y en las personas sanas que sufren accidentes o se enferman gravemente en el transcurso de su vida. Recordemos el deterioro inevitable del cuerpo y de su belleza natural por el envejecimiento que se da con el paso del tiempo, debilidades que se empiezan a notar a los 40 años de edad, y después en la vejéz, aparecen cada vez con más frecuencia lo achaques y quebrantos de salud típicos de la edad más avanzada.

Por todas éstas razones, es que no debemos hacer depender nuestra felicidad de los placeres del cuerpo, de su belleza, salud y agilidad.

Hoy en día nuestra existencia y nuestra felicidad la identificamos casi exclusivamente con nuestro cuerpo frágil, vulnerable y doliente. Ignoramos completamente que tenemos tambien un alma eterna.

La fuente inagotable de nuestra felicidad está en el alma inmortal y divina, en ese tesoro invisible que llevamos dentro del cuerpo, que somos, sentimos y con la que dialogamos en nuestra conciencia.

La felicidad se logra alcanzar, pero es transitando a través de los placeres, las limitaciones  y los sufrimientos del cuerpo. Tenemos que aprender a identificar nuestra felicidad con los estados del alma: el amor, la complacencia, el afecto, la satisfacción, el regocijo, la paz interior, etc; estados éstos del alma que nosotros mismos podemos generar con plena libertad interior, e independientemente del mundo exterior y del estado de nuestro cuerpo.

Dios creó a los animales con un cuerpo y con unos instintos que los gobiernan y les señalan todo lo que tiene que hacer para lograr su existencia y su propósito en el mundo natural.

Al hombre y a la mujer los creó Dios con un cuerpo y con un espíritu o un alma inmortal, a su imagen y semejanza, para que cumplieran un propósito determinado en el mundo y después de su muerte, al separarse el alma del cuerpo, el alma regresa a Dios en el Reino de los Cielos, para vivir espiritualmente una existencia eterna.

Únicamente tú tienes la elección de vivir tu vida feliz o infeliz, y por consiguiente, de lograr o malograr tu existencia.