La Buena Nueva del Señor Jesucristo fue: su promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos y el perdón de nuestros pecados por medio de su sacrificio, que por AMOR hizo en la Cruz.

Y esta es la promesa, la cual él nos prometió: la vida eterna. 1. Juan 2, 25

En esta reflexión, deseo dar respuesta a la siguiente pregunta, que se hacen actualmente cientos de millones de personas cristianas en el mundo: ¿Cuál es la Buena Nueva que el Señor Jesucristo trajo para la humanidad hace más de 2 mil años?
La pregunta es sencilla, pero dar una respuesta acertada es bastante dificil, puesto que primero, es indispensable saber enfocar lo esencial del nuevo Testamento, y segundo, ser capaz de resumirlo de forma comprensible para todos los hombres y mujeres.

La mayoría de los creyentes cristianos hoy en día no están seguros o no saben exactamente, cuál es la llamada Buena Noticia que anunció Jesús en persona, y que logró producir un cambio radical en la conciencia y en la vida de los apóstoles y de los primeros cristianos en la Antigüedad.
Recordemos que los doce discípulos dejaron sus actividades laborales y sus familias, para acompañar a Jesús como su Maestro, cuando él los llamó a acompañarlo y a predicar en su nombre. Eso sucedió cuando Jesús estaba en la región de Galilea y ya predicaba sobre el Reino de los Cielos. Allí conoció a los pescadores Simón Pedro y Andrés llamándolos a venir con él, quienes fueron los dos primeros apóstoles que Jesús escogió.

Para Jesús poder generar en los discípulos esa transformación en su voluntad y en su forma de pensar, que los animó a dejar todo y seguirlo de inmediato, tuvo el Señor que haberles dicho algo tan grandioso e insuperable, algo que ellos nunca antes habían escuchado, algo que ni siquiera se hubiesen podido imaginar. Según mi opinión, ese mensaje fue: la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos.

Por supuesto, que también el gran carisma de Jesús, es decir, la fascinación y el encanto que su personalidad les transmitía, influyó mucho seguramente para que los discipulos se sintieran atraídos por él y creyeran todo lo que el Señor les decía.

Son incontables los escritos y los sermones que sobre las enseñanzas del Señor Jesucristo sobre los 4 libros de los evangelistas y las cartas del Apóstol Pablo, que han sido difundidos por una infinidad de sacerdotes y pastores en el mundo entero. Todo eso ha servido para la conversión y la formación religiosa de miles de millones de cristianos, así como para la aplicación de los valores y principios cristianos en los que se fundamenta la civilización y la cultura cristiana en todo el mundo.

Sin embargo, el inmenso mar de interpretaciones, enfoques y predicaciones sobre la Palabra de Dios, que se han publicado en los últimos 100 años, han dispersado y diluido tanto el contenido original de la Biblia en diversas direcciones y corrientes, que los mensajes se han alejado demasiado del fundamento del Evangelio del Señor Jesucristo, porque la gran mayoría de los temas de los escritos y sermones no están anclados en las Sagradas Escrituras, por no estar relacionados los asuntos tratados con lo que dice la Biblia, y así han terminado yéndose por las ramas o hablando de temas secundarios, los cuales no fortalecen la fe ni la esperanza en la vida eterna de los creyentes en Cristo Jesús.

Esta situación se podría muy bien ilustrar con la función del ancla de un barco. Cualquier embarcación en el mar que desea mantenerse en un lugar fijo por un tiempo determinado, para no alejarse del sitio o posición donde se encuentra, necesita echar al agua el ancla, que la mantiene fijo allí. De lo contrario, las corrientes del mar y el viento la arrastrarán a otro lugar no deseado.

El alejamiento de las enseñanzas de la Biblia al que me refiero, fue una consecuencia directa del movimiento intelectual conocido como la Ilustración que se inició en Europa en la década del año 1850. A partir de ese período los políticos, científicos y filósofos de la época, se negaron a aceptar muchos dogmas o principios cristianos basados en la Biblia, que habían sido establecidos muchos siglos antes por la iglesia católica.

Actualmente en muchas iglesias los púlpitos son utilizados para hablar sobre todos los temas imaginables de actualidad, tal como se hace en la televisión, por ejemplo: política, humor, catástrofes naturales, guerras, derechos humanos, la ideología del género, etc.

En vista de que esa es la realidad que estamos afrontando y de que esta situación va a continuar así, es conveniente que los creyentes cristianos nos dediquemos a leer las Santas Escrituras con más regularidad y empeño, las cuales contienen el verdadero alimento espiritual, que es capaz de llenar todas aquellas almas hambrientas de paz interior, de misericordia, de consuelo y de esperanza en la vida eterna, que solamente Dios Padre nos puede conceder por su inconmensurable Gracia y su Amor eternos.

Pero Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Mateo 4, 4

Tal como el Señor Jesucristo entregó su espíritu en el instante de su muerte, así mismo lo haremos nosotros también al morir, para pasar a la vida eterna prometida.

Y cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu. Juan 19, 30

Según su evangelio, Lucas describe las últimas palabras de Jesús antes de morir en la cruz, de la siguiente manera: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Y Juan, quien acompañó hasta el final a Jesús y estuvo presente en el Calvario cuando Jesucristo murió, menciona como sus últimas palabras: “consumado es”.
Lo que deseo destacar en esta oportunidad, es concretamente la expresión que el discípulo Juan utilizó para decir que Jesús murió: entregó el espíritu a Dios. Esta expresión tan llena de esperanza y de consuelo, es sin duda una confirmación adicional de que la muerte humana, consiste en la separación del alma inmortal del cuerpo mortal. La palabra de Dios nos enseña a los cristianos, que fallecer o morir es en realidad entregar nuestro espíritu vivo e inmortal a Dios, por lo tanto, lo que deja de existir es solamente nuestro cuerpo de carne y huesos.

Es precísamente por esa razón, que Jesús le dijo a un grupo de saduceos, esos judíos que niegan la resurrección: “¿no habeis leido aquellas palabras de Dios cuando os dice: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Mateo 22, 31-32

Esta verdad bíblica es de suma importancia y utilidad, para que los creyentes cristianos dejemos de considerar la muerte como el inesperado y terrible final de nuestra existencia, y aprendamos a aceptarla como lo que es en realidad: un acontecimiento natural y necesario en la vida, que si bien es triste y doloroso para los sobrevivientes, para la persona que deja este mundo, es pasar de una vida agotadora y moribunda a una mejor vida nueva y eterna. Y además, es conveniente pensar, que en la gran mayoría de los casos de enfermos incurables y de ancianos de avanzada edad, la muerte es seguramente para ellos más bien una bendición, porque los libra de sus insoportables dolores y sufrimientos.

Por su parte el apóstol Pablo, en su carta a los filipenses les mencionó una experiencia personal y muy íntima, sobre un conflicto existencial que él tenía consigo mismo sobre su vida y su muerte: “Pero si el vivir en la carne, esto significa para mí una labor fructífera, entonces, no sé cuál escoger, pues de ambos lados me siento apremiado, teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor”. Filipenses 1, 22-23
En algunas iglesias existe la vieja pero muy equivocada creencia, de que todos aquellos cristianos que han fallecido están: “descansando en paz” o “disfrutando del sueño eterno”. Esa falsa creencia es lamentablemente el resultado de una desafortunada lectura e interpretación de la Biblia, posiblemente por haberse concentrado solo en el cuerpo muerto o cadáver, que da la impresión de estar dormido. Por el contrario, el espíritu humano o alma espiritual continúa vivo y despierto para vivir eternamente en el Reino de Dios!
Últimamente, en muchas congregaciones cristianas se han percatado de esa equivocación y la han estado corrigiendo, pero una creencia tan popular como esa, será muy dificil que el público la vaya a sustituir por la creencia correcta en un futuro cercano.

Leer las Sagradas Escrituras con mucha atención y detenimiento, es lo mejor que podemos hacer para enterarnos y conocer de primera mano, lo que Jesús llamó: el alimento espiritual para todo creyente.

Dios es una gran realidad espiritual que la ciencia no quiere reconocer, por esa razón, los científicos se han hecho impotentes para resolver los principales interrogantes de la existencia humana.

Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; antes se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Romanos 1, 21

El célebre físico Albert Einstein, creía que la ciencia era incapaz sin la religión y que la religión era ciega sin la ciencia.
En lo personal estoy muy de acuerdo con esa opinión, incluso, creo que en lo referente a los estudios sobre la existencia del ser humano, es donde la ciencia moderna ha sido más incapaz en explicar la realidad humana, por haber excluido de sus consideraciones al alma espiritual, que es nuestro componente esencial, puesto que sin alma, seríamos sencillamente unos monos desnudos y viviríamos sin ropa en los árboles.

Parece increible pero es la verdad, la ciencia moderna NO conoce la realidad del ser humano en su totalidad, porque no sabe cómo funcionan la conciencia, la mente humana ni las virtudes espirituales más importantes como son la fe, el amor y la esperanza; es decir, que en realidad no sabe quiénes somos!
Precísamente, esas características tan fundamentales del ser humano, la ciencia misma ha decidido ignorarlas, al no querer tomar en cuenta el alma espiritual como un factor real e indiscutible, que determina y gobierna todos esos aspectos del hombre y la mujer, convirtiéndose así nuestra dimensión espiritual para la ciencia, en un tema tabú o prohibido, el cual los científicos se abstienen de mencionar en sus publicaciones, para no quedar mal ante la sociedad.

La ciencia y muchas de sus afirmaciones hay que considerarlas con reserva, porque en muchos casos su objetivo principal es más bien, tratar de satisfacer el deseo del público de comprender racionalmente algo de la realidad, que revelar la verdad.

Por ejemplo, todos hemos aprendido en la escuela la teoría de la evolución descrita por Charles Darwin, con la que afirman que el ser humano desciende de los monos.
Como cristiano nunca he creído esa explicación, porque la considero una gran mentira, pero supongo que para la gran mayoría de los estudiantes, esa teoría es intelectualmente satisfactoria y por eso la aceptan como factible.

En la antigüedad los sabios y eruditos para explicar la realidad de la vida, consideraban todos los factores y aspectos conocidos incluyendo por supuesto lo espiritual o sobrenatural, porque analizaban todo en su conjunto y estaban conscientes de sus propias limitaciones. Sócrates, uno de los más grandes sabios griegos dijo la frase “yo solo sé que no sé nada”; manifestando así con mucha humildad su ignorancia, ya que ningún ser humano es capaz de saberlo todo absolutamente.

En la actualidad, los científicos no muestran en absoluto ninguna humildad ni modestia personal, sino todo lo contrario, por ejemplo: un grupo internacional de científicos están investigando desde hace muchos años, nada más y nada menos, que el origen del universo infinito y eterno. Este proyecto es el resultado de la excesiva vanidad de unos pocos hombres: creerse más sabios, inteligentes y capacitados que Dios el Creador!
Imagínense: Unos seres humanos finitos y mortales, tratando de averiguar el origen del universo y comprobar si el universo es infinito. ¡Qué locura!

Este es un ejemplo emblemático de lo que se conoce con el término de causa perdida, es decir: luchar por alcanzar un objetivo, que está condenado de antemano al fracaso.

Y así se cumple lo que dice el apóstol Pablo en el versículo de Romanos 1, 21 sobre los hombres que como estos científicos modernos, quienes por ignorar a Dios y su mundo espiritual se han extraviado en absurdos razonamientos, que los conducirán inevitablemente a desperdiciar su tiempo y miles de millones de dólares.

Lo más lamentable de esto es la pérdida de enormes cantidades de dinero, que muy bien se podrían invertir en solucionar tantos problemas urgentes e importantes para toda la humanidad, como son: la contaminación del planeta, combatir nuevas enfermedades y reducir el calentamiento del clima mundial.

Ten tus delicias en el Señor, y él te dará lo que pida tu corazón.

Salmo 37, 4

“Pero busquen primero Su reino y Su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por tanto, no se preocupen por el día de mañana.” Mateo 6, 33-34

En los momentos en que pasamos por graves dificultades, enfermedades, tristezas, angustias o sufrimientos, la gran mayoría de nosotros no creemos lo suficiente en la declaración hecha por Jesús, de que Dios cuida de cada uno de nosotros todos los días, y que además, conoce bien nuestras necesidades y anhelos personales. Esa falta de fe se presenta, porque cada persona en el transcurso de su vida no desea pasar por NINGUNA experiencia desagradable, espera siempre que no le suceda nada malo; que ni siquiera le pique un mosquito o que una lluvia repentina, le moje y le desbarate su peinado. Esa actitud ante la vida es absurda, pero es así.

Así somos, y sabemos que ese deseo o expectativa nuestra, es algo imposible y es una ilusión alejada totalmente de la realidad de la vida.
Vivir con la esperanza ante la vida de que no nos suceda nada desagradable, es primero, un autoengaño que nos hacemos, y segundo, es exigirle demasiado a Dios.

Dios está con nosotros siempre, en particular cuando estamos enfrentando los problemas y las aflicciones normales que todo ser humano sin exepción, padece en esta dura vida terrenal. Mientras nuestra existencia, que es el alma inmortal, habite en nuestro cuerpo frágil, enfermizo y sensible a los dolores, estaremos siempre expuestos a tener experiencias desagradables.

Dios Padre y el señor Jesucristo nos darán lo que pida nuestro corazón, en el momento oportuno y en las circunstancias convenientes, que ellos determinen. Esa es la esperanza correcta y sensata, que como creyentes deberíamos de mantener con confianza en nuestras vidas.

Hoy en día en esta sociedad moderna y agitada en que vivimos, todo el mundo persigue la tan manoseada “felicidad” de la que hablan los medios de comunicación, y por esa razón, la gran mayoría de la gente la andan buscando sin descanso, en infinidad de actividades y diversiones que las empresas ofrecen, pero nunca la encuentran.

En vista de que Dios si conoce de verdad los anhelos más profundos de tu corazón, verás cómo en los momentos en que tú menos te lo esperas, esos deseos te serán correspondidos y te llenarás de un verdadero gozo y deleite espiritual que perdurará en el tiempo. Esa es la verdadera satisfacción y contento que se sienten en el alma, y no esos instantes de amenidades y entretenimientos breves que los medios llaman “felicidad”, y que difunden día y noche.

La suprema esperanza del creyente cristiano es la vida eterna en el Reino de Dios, prometida por nuestro Señor Jesucristo, para la cual en esta dura vida, tendremos que esperar y soportar pacientemente hasta el día de nuestra muerte, cuando nuestra alma inmortal se separará del cuerpo, para ir a habitar a las moradas en el Cielo, que Jesús nos tiene preparadas.

La fe es creer lo que no vemos, y la recompensa de esta fe es ver lo que creemos.

Frase de San Agustín de Hipona

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Hebreos 11, 1

En esta oportunidad y con la ayuda de un ejemplo concreto, voy ilustrar una de las numerosas maneras, de cómo la fe en Dios obra en la vida de los seres humanos y los hace capaces de vencer el efecto paralizador de las dudas y del miedo, el cual nos impide encontrar soluciones a los problemas, seguir adelante y, a la larga, disfrutar de la vida como nos gustaría.

Poco se conoce sobre la señal o el indicio, en que se inspiró Cristobal Colón para concebir la idea de su extraordinaria expedición, que culminó con el descubrimiento del continente americano, el cual era totalmente desconocido para el resto del mundo de aquella época. Lo cierto es que el almirante Colón se inspiró en algunos textos de la Biblia, tanto del viejo como del nuevo Testamento.
En una carta privada enviada por Colón a los Reyes de España al regresar de su segundo viaje al “nuevo mundo” a fines del año 1500, escribe: «Del nuevo cielo y tierra, que decía nuestro Señor por San Juan, en el Apocalipsis, después de dicho por boca de Isaías, me hizo de ello mensajero, y me mostró en cual parte. Ya he dicho que para la ejecución de la empresa de las Indias, no me aprovechó razón, ni matemática, ni mapamundi. Llanamente se cumplió lo que dijo Isaías, y esto es lo que deseo escribir aquí».

En realidad, Colón fue una persona muy creyente y conocía bien las Sagradas Escrituras, puesto que él descendía de una familia judía sefardita que se había convertido al cristianismo dos o tres generaciones antes de su nacimiento, en 1451.

Las grandes proezas o hazañas realizadas en la historia universal, por la iniciativa de una sola persona, como la de Cristobal Colón, no es posible llevarlas a cabo sin tener una gran fe que llene al individuo de entusiasmo, voluntad, coraje, valentía y perseverancia, cualidades indispensables estas de esos héroes, que emprendieron en su tiempo algo considerado como imposible.

Antes del viaje precursor de Colón, imperaba un miedo generalizado entre los navegadores europeos más experimentados de emprender la travesía del océano atlantico, debido a muchas dudas, riesgos de fracaso y peligros de muerte que implicaba la aventura de atravezar el inmenso mar:
– Miedo a las enormes olas, a las tormentas, a la falta total de viento, a perder el rumbo.
– Miedo de los tripulantes a perderse en la inmensidad, a las enfermedades a bordo, a la carencia de agua y de comida, a los monstruos marinos, etc.
– Miedo a la embarcación, de que no fuera suficientemente robusta y no soportara el embate de las olas y del viento.

Por muchos temores, nadie se atrevía a navegar desde Europa hacia el oeste en el océano atlántico, por el miedo de morir en el intento y por considerarlo un viaje sin regreso.
Lo extraordinario e increíble de ese viaje en particular, es que fue un proyecto original de Colón, quién en primer lugar se lo propuso al rey de Portugal, pero a este no le interesó. Después acudió a los reyes de España Fernando e Isabel de Castilla, quienes finalmente aceptaron financiar y proveer las embarcaciones al Almirante.

La lectura de la Palabra de Dios plasmada en la Biblia es el alimento espiritual por excelencia, que le proporciona al creyente cristiano todas las enseñanzas, consejos, recomendaciones prácticas y orientaciones necesarias, para guiar con fe, verdad y sabiduría nuestra vida a través de todas las dificultades, aflicciones, problemas, tormentos, sufrimientos y percances que se nos puedan presentar.

El que habita al amparo del Altísimo morará a la sombra del Omnipotente. Diré yo al SEÑOR: Refugio mío y fortaleza mía, mi Dios, en quien confío. Porque Él te libra del lazo del cazador y de la pestilencia mortal, con sus plumas te cubre, y bajo sus alas hallas refugio; escudo y baluarte es su fidelidad. Salmo 91

La paz interior que tanto anhelamos, solo depende de nuestra confianza en Dios y no de las circunstancias que nos afectan.

Mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre. Como niño destetado está mi alma en mi. Salmo 131, 2

Así como no podemos escoger a nuestros padres, ni cambiar las circunstancias y las condiciones familiares de nuestra crianza; tampoco es posible encargar según nuestro gusto las circunstancias y el entorno que se presentarán en nuestra vida de adultos.
Sabemos muy bien que las circunstancias y los acontecimientos que vivimos cada día, provienen de Dios y de su Providencia, por lo tanto no tiene sentido tratar de cambiarlas, así como lo pregonan en esta sociedad de consumo, las empresas de formación profesional con anuncios publicitarios, como por ejemplo: “Lograr el éxito solo depende de tí”, “La libertad consiste en ser dueño de tu propia vida”, “Tú eres el creador de tu propio destino” y bla, bla, bla. Estas frases publicitarias son mentiras muy fáciles de decir, pero en la realidad son imposibles de alcanzar, y sin embargo, mucha gente incauta las aceptan como si fueran ciertas.

Lo que hacemos cada día, las circunstancias y lo que sucede en nuestro entorno está influenciado y determinado por Dios, de modo imperceptible y sin darnos cuenta de ello, puesto que actúa directamente sobre nuestra alma.
El hombre moderno cree firmemente que tiene la libertad y la autonomía de actuar por voluntad propia, pero resulta que no es así, puesto que la propia voluntad humana es solo una ilusión que albergamos y que nos hace sentir la agradable sensación de ser totalmente independientes.

La voluntad y la conciencia como facultades del alma que son, están sujetas a la influencia de fuerzas espirituales.
El filósofo francés Felix Le Dantes (1869-1917), en su famosa cita lo dice de forma contundente: “El hombre es una marioneta consciente, que tiene la ilusión de la libertad”.

En la oración perfecta el Padre Nuestro que el Señor Jesucristo nos enseñó, le rogamos a Dios diciendo: hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.  
De esa manera, al rezar los creyentes cristianos estamos reconociendo la soberanía y el poder que Dios tiene sobre nosotros y todas las creaturas en este mundo y en el más allá.

Si Jesús siendo el Hijo de Dios, antes de ser crucificado, se sometió a la soberana voluntad de Dios Padre, diciéndole: Padre, si es tu voluntad, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya; con más razõn y justificación debemos también confiar en Dios con toda el alma y someternos a su voluntad, aceptando las circunstancias y las situaciones por las que tenemos que pasar en nuestra vida.

Exactamente eso es lo que hacen los niños de forma natural durante la infancia.
Éllos aceptan todo lo que sucede en el ambiente familiar y en su entorno, porque piensan que esas circunstancias de la vida que los rodean, tienen que ser así como ellos las están presenciando, y además, porque siempre confían profundamente en sus padres o familiares, y están muy seguros de que sus padres los protegen y cuidan bien de ellos.

Después de viejo y de ser abuelo, es cuando yo en lo personal he logrado conocer la mejor cualidad espiritual y la mayor ventaja, que los niños poseen sobre nosotros los adultos: su paz interior y su santa calma en el alma.
Esa cualidad natural e inherente de los niños es precísamente el secreto, que explica la gran capacidad de amar y de sentirse felices que caracteriza a los niños.

Los niños al asumir sus circunstancias y sus condiciones de vida, como parte integral del orden establecido en este mundo por la voluntad de Dios, no pierden su tiempo en ponerse a juzgar si lo que sucede está bien o está mal, o si es justo o injusto, etc. Tampoco se ponen a analizar ni a criticar del por qué acontece esto y no lo otro, ni mucho menos tratan de cambiar sus circunstancias.

Por el contrario, los adultos nos olvidamos de que Dios existe y de que Él como creador del universo, gobierna todo lo que sucede y rige sobre todos los acontecimientos que están fuera de nuestro control.
En la actualidad, los medios nos han hecho creer que con el avance de la ciencia y la tecnología, somos capaces de lograr cualquier proyecto que nos propongamos hacer, y hasta nos sentimos dueños de este mundo, aunque en realidad somos simplemente unos huéspedes que estamos de paso, quienes a pesar de que vivimos una vida llena de comodidades y diversiones, padecemos interiormente y en secreto innumerables preocupaciones, angustias, enfados, rencores, amarguras, frustraciones, remordimientos y conflictos; los cuales en primer lugar, nos impiden disfrutar de paz interior, y en segundo lugar, no nos permiten ser dichosos plenamente.
Sin tener paz interior ni tranquilidad en el alma, no es posible ser feliz en esta vida.

Aprendamos a confiar en Dios Todopoderoso y a aceptar las circunstancias que nos afectan y que son resultado directo de la voluntad de Dios, quien en su eterno amor y su inconmensurable misericordia, desea lo mejor y lo más conveniente para cada uno de nosotros, aunque sean contratiempos.

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo. Juan 14:27

La vida secreta que llevamos es nuestra verdadera realidad, y no esa que aparentamos ante los demás.

En Dios solamente espera en silencio mi alma; de él viene mi salvación.
Salmo 62, 1

Cada uno de nosotros lleva dos vidas: una vida espiritual secreta y la vida pública vista y conocida por los demás, llena de franqueza relativa y relativa falsedad. Esta es una característica natural de los seres humanos, la cual se explica por nuestra morfología única, por estar el humano compuesto de un alma y un cuerpo.
Todo lo precioso, verdadero y secreto de nosotros que guardamos en el fondo de nuestra alma, está oculto a los ojos de la gente. En cambio, todo aquello que forma parte del trato convencional de cortesía, en el que están incluídas las apariencias, fingimientos y mentiras, eso lo hacemos delante de todo el mundo.

Todos sin exepción, se comportan de esa misma manera y cada persona vive su verdadera vida en secreto, en consecuencia, no deberíamos tampoco creer en lo que vemos de la gente.

Sin embargo, nunca olvidemos que Dios es el único que conoce nuestra cámara más secreta del alma, puesto que Él y el Espíritu Santo pueden ver directamente nuestra alma, como si nuestros cuerpos fueran de vidrio. Por esa razón, a Dios no lo podemos engañar, ni tampoco le podemos ocultar nuestra verdadera realidad, representada fielmente por la vida secreta que llevamos.

El gran escritor francés Victor Hugo escribió la siguiente cita: “El cuerpo humano es sólo apariencia y esconde la verdadera realidad. La realidad de lo que somos es el alma”; la cual es una acertada afirmación que nos puede servir para recapacitar, sobre la persistente costumbre de dejarnos guiar solamente por las apariencias de la gente y de aceptarlas como su verdadera e indiscutible realidad, sin antes conocerlas bien.

Ahora bien, si ni siquiera podemos confiar plenamente en las apariencias que vemos de las personas que tratamos a diario, me pregunto: ¿cómo es posible que lleguemos a creer y a considerar como la realidad, esas fantasías y las actuaciones teatrales de las películas que miramos en el cine y la televisión?

Sabemos que en las películas y la televisión es puro teatro y que todo es fabricado por la imaginación, desde el texto de los diálogos hasta las escenas y las actuaciones, y sin embargo, muchos salen de los cines creyendo que lo que han visto es realidad, cuando todo es ilusión y entretenimiento.

El apostol Pablo en su carta a los Corintios nos recomienda a los creyentes cristianos, poner toda nuestra confianza en Dios y en su Hijo Jesucristo a quienes no podemos ver con los ojos:

al no poner nuestra vista en las cosas que se ven, sino en las que no se ven. Porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”. 2. Corintios 4, 18

porque por fe andamos, no por vista.” 2. Corintios 5, 7

La Biblia nos enseña que existen realidades espirituales que son eternas e invisibles, como por ejemplo:
Dios Todopoderoso, el Señor Jesucristo, el Espíritu Santo, el alma humana y el Reino de los Cielos; verdades espirituales éstas, que somos capaces de percibir íntimamente por medio de la fe, como si las estuviéramos viendo.

Aferrémonos con fe hoy más que nunca a la Palabra de Dios escrita en la Biblia, alimento espiritual y verdad por excelencia, para que nos siga sirviendo de brújula y de guía en nuestro caminar, en este mundo cada vez más lleno de apariencias, falsedad y mentiras.

¿Has pensado en lo inmensos que son el amor, la misericordia y la justicia de Dios, otorgados a cada uno de nosotros?

Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo. Efesios 2, 4-5

Con esta reflexión deseo animarte a que dirijas tus pensamientos a Dios, y medites unos momentos sobre el sentido que esta dura vida terrenal tiene para tí, pero sobre todo, para que mantengas siempre presente en tu memoria: el amor, la misericordia y la justicia de Dios hacia la humanidad. 

Cada vez que vemos en los periódicos o en los noticieros las imágenes que nos muestran la magnitud y la continuidad del sufrimiento humano en el mundo, todos nos preguntamos una y otra vez, ¿por qué Dios permite que sucedan tantas guerras, catástrofes naturales, enfermedades, crímenes, hambrunas, violaciones, abusos, injusticias, etc.?

Sobre el sufrimiento humano se puede afirmar que es un factor que nos acompaña día y noche, puesto que nos puede afectar tanto en el cuerpo como en el alma y que forma parte integrante de la vida. Por eso se dice, que en la vida se vive y se sufre.  
La gente lleva haciéndose esa pregunta desde hace miles de años, y si el ser humano lleva tanto tiempo haciéndose la misma pregunta, eso es una prueba evidente de que no puede evitarlo.

Desde la venida del Señor Jesucristo a este mundo hace más de 2000 años, los cristianos sabemos, que todos los seres humanos venimos a habitar esta tierra durante un determinado tiempo como transeúntes que están de paso, y después al morir, dejamos este mundo para vivir eternamente. Esta realidad la anunció Jesús a la humanidad de forma clara y directa, por medio de su promesa de Vida Eterna en el Reino de los Cielos.
Yo me pregunto: ¿Puede nuestra corta existencia en este mundo de muerte, sufrimiento, fatiga e injusticia, llamarse vida realmente?
Según el diccionario, la palabra vida es definida desde el punto de vista biológico como: el tiempo de duración de la existencia de un ser vivo (humano, animal o vegetal) desde su nacimiento hasta su muerte.
Esto significa, que tanto un ser humano como una lombriz, tienen una vida durante su existencia.

Ahora bien, lo que más nos diferencia a los humanos de los animales es el espíritu o alma inmortal, que Dios nos insufló y que constituye precísamente la esencia de origen DIVINO de nuestra existencia como seres humanos. Nosotros somos capaces percibir algunas manifestaciones del alma espiritual que llevamos dentro del cuerpo, y lo más importante es, que el alma constituye la semilla de eternidad, que Dios nos ha concedido únicamente a los humanos como privilegio. En consecuencia, los animales, los vegetales y demás seres vivos tienen una sola vida, y nosotros después de morir, esa misma muerte que tanto tememos, será la puerta de entrada a la vida eterna, esa vida nueva y abundante que Jesús nos ha prometido.

Dios conoce muy bien, y seguramente hasta mejor que nosotros, las duras circunstancias y condiciones de la vida humana en este mundo, es por eso, que llegado el momento histórico justo en la antigüedad, envió al mundo a su Hijo Jesucristo, para el anuncio de la Buena Nueva de la vida eterna.
Cuando Jesús les habló a sus discípulos y seguidores, siempre se refirió al tiempo futuro en sus enseñazas y en sus parábolas, es decir, a la vida eterna y al Reino de los Cielos.

Así como lo escribió y afirmó el apostol Pablo a los efesios, “Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo”, somos nosotros como creyentes cristianos, a los que nos corresponde hoy en día pensar en la misericordia y el amor de Dios, precísamente cuando nos asalten de nuevo las preguntas: ¿Por qué existe el mal y el sufrimiento en este mundo?, o ¿porqué es dura y transitoria esta vida?. Dudas que los seres humanos no podremos jamás responder, y que por lo tanto, tendremos que aceptar sometiéndonos con humildad a la soberana voluntad divina.

Esas preguntas tan importantes sobre nuestra existencia deberían de conducirnos a recordar, que efectivamente Dios en su eterna bondad nos ha prometido la vida eterna, como grandiosa recompensa y compensación para la maldad y el sufrimiento de este mundo.

No existe una fuente de esperanza y de consuelo más poderosa para un ser humano, que la promesa de Vida Eterna en el Reino de los Cielos hecha por nuestro Señor Jesucristo, concedida por amor y de pura Gracia por Dios Padre, para toda aquella persona que crea en Jesús como su redentor y salvador.

Apreciado lector, de modo que nos toca a tí y a mi creer con fervor en el amor, la misericordia y justicia de Dios, para aceptar su gran verdad sobre la existencia del Reino de los Cielos y del espíritu inmortal humano, el cual está destinado a vivir eternamente una vida nueva y abundante.

Recuerda cristiano, la vida abundante y eterna no está en tu cuerpo, sino en tu espíritu o alma inmortal.

El espíritu es el que da vida; la carne nada aprovecha: las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida. Juan 6, 63

Para ser capaz de comprender bien y de captar el verdadero significado del mensaje del Nuevo Testamento en la Biblia, es necesario tener en mente nuestro espíritu o alma inmortal, que habita en nuestro cuerpo y que nos da la vida que es manifestada por el cuerpo, y del cual, el alma se sirve como instrumento para obrar. En la Biblia, el Señor Jesucristo se dirige directamente a nuestra alma inmortal y no a nuestro cuerpo mortal y transitorio. Por eso Jesús en sus enseñanzas, siempre se refería a lo eterno y a la eternidad:

  • Anunció la Buena Nueva del Reino de los Cielos, es decir, la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos!
  • Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos
  • Venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.
  • No amontoneis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbe que corroen. Amontonad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbe que corroan. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón.
  • Pues ya sabe vuestro Padre Celestial que teneis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.
  • Pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.

Por ejemplo, en esta última enseñanza, Jesús al decirle a la mujer samaritana que no tendrá sed jamás si bebe del agua que él le dará, es evidente y lógico que no se refiere al cuerpo de la mujer, sino a su alma espiritual. Por esa razón, al leer el Evangelio es indispensable que nos identifiquemos más con nuestra alma inmortal, que con nuestro cuerpo. Recuerda, Jesús le habla a nuestra alma viva, que es lo que somos en realidad, porque nuestro cuerpo de carne es solamente el recipiente o el cascarón en el cual habita el alma.

El cuerpo frágil, delicado, enfermizo y mortal, es precísamente lo que no nos permite tener vida en abundancia en este mundo, porque apenas una insignificante circunstancia del ambiente natural en que vivimos nos puede afectar, enfermar o entristecer, como por ejemplo: calor, frío, zancudos, virus, lluvia, ruido, ofensas, fracasos, traiciones, engaños, desamores, etc. En consecuencia, es sencillamente imposible que un ser humano pueda tener abundancia de vida en este mundo terrenal.  
Por eso la frase que dijo Jesucristo “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10, 10); se refiere igualmente a la vida eterna en el cielo y NO a poseer abundancia de dinero, propiedades y lujos, como algunos cristianos se lo imaginan de manera muy equivocada.  
Todas las Bienaventuranzas que anunció Jesús en el sermón del monte, están referidas a la vida eterna en el Reino de los Cielos, después de la muerte invitable del cuerpo. La palabra Bienaventurado significa en realidad: aquel que goza de Dios en el Cielo.

Cuando leas o escuches la Palabra de Dios, piensa en tu alma que llevas dentro de tí, imagina el ser espiritual que eres y que vive en ese cuerpo tuyo, esa alma con la que te diriges a Dios y le hablas en secreto durante tus oraciones.

San Agustín de Hipona movido por su gran fe y esperanza, afirmaba: “Por mi alma misma subiré a Dios.”

Desde el punto de vista de la religión y de la fe, nuestra dimensión espiritual o el alma, es la que adquiere la preferencia y se antepone al cuerpo, porque fue creada por Dios a su imagen y semejanza, para vivir eternamente, mientras que el cuerpo de carne y huesos fue creado para vivir un tiempo determinado y finalmente morir.

Buenas noticias para los ancianos: Mientras el cuerpo se va deteriorando, el alma inmortal se renueva cada día.

Por tanto, no desmayamos; antes aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el hombre interior no obstante se renueva de día en día.
2. Corintios 4, 16

La etapa natural de la vejez o el ocaso de la vida, como la han llamado algunos poetas, ha sido revestida y manchada por el sistema capitalista predominante con nuevas características negativas y discriminatorias, porque ahora la vejez se asocia directamente a la enfermedad, la incapacidad y la inutilidad de los ancianos para la producción eficiente de bienes y servicios. Cuando se valora a un ser humano únicamente por su capacidad de trabajo y de alto rendimiento, las personas mayores resultan ser poco apreciadas y aisladas en asilos de ancianos, dejando de ser reconocidos por la sociedad como seres humanos valiosos, dignos y ejemplares, que es lo que son en realidad.

La sociedad moderna con su absurda antipatía hacia la vejez, ha llegado al extremo de considerarla como un tabú, es decir, algo vergonzoso de lo que no se debe hablar o mencionar. Decirle a alguien viejo está tan mal visto, que muchos lo consideran casi un insulto en la actualidad.
Este asunto es evidentemente una moda reciente, y como todo lo que está de moda, algun día pasará y dejará de ser así, por lo tanto, no se le debe dar ninguna importancia.

Lo realmente importante para nosotros los ancianos y pensionados, es nuestra actitud cristiana ante la vida y la clara conciencia de lo que somos como hijos de Dios y como personas dignas, que en la vida hemos acumulado un valioso caudal de experiencia, amor, fe y sabiduría, lo cual nos hace dignos del cariño, respeto y consideración de nuestros seres queridos.

Al alcanzar el período de la vejez, iniciamos una nueva fase en la que una serie de nuevos factores o condiciones surgen en nuestra vida cotidiana, las cuales nos llevan de forma paulatina a tomar cada vez más conciencia de nosotros mismos y de la muerte que se avecina. Esos factores son: la jubilación, el duelo por la muerte de la pareja, la soledad, menos independencia, menos actividad social y una mayor disponibilidad de tiempo que antes.
En consecuencia, disponemos mucho más tiempo y oportunidades para reflexionar sobre si mismos, sobre el sentido de esta vida terrenal y sobre la futura vida eterna en el Reino de los Cielos. Podemos traer a la memoria las innumerables bendiciones recibidas de Dios Padre durante tantos años, así como también, dedicarle más tiempo a la lectura de la Palabra de Dios, que es el alimento espiritual por excelencia.

La vejez y la certeza de la muerte son magníficas maestras espirituales para los creyentes cristianos, puesto que sirven para impulsar nuestra vida interior espiritual y fortalecer nuestra esperanza en el Señor Jesucristo. Además, nos enseñan a prepararnos espiritualmente para el momento crucial de la muerte y a morir sin angustia y con esa paz interior, que solo Dios puede dar.

Las molestias y enfermedades habituales de la vejez nos alientan de manera imperceptible a identificarnos más con nuestra alma inmortal, que con nuestro cuerpo dolorido y débil que se va deteriorando inevitablemente.

En la vejez también somos capaces de sentir nuevos anhelos y de tener visiones del Reino eterno que nos espera, de las moradas que el mismo Señor Jesucristo prometió tenerlas preparadas para sus fieles seguidores.

A continuación, podrán leer un excelente testimonio que escribió el gran escritor francés Victor Hugo (1802–1885) después de cumplir 80 años de vida, en el que expresa su fe y su esperanza con sublimes afirmaciones:

Puedo sentir la vida futura en mí. El mundo terrenal me enseñó una gran cantidad de sabidurías, pero el cielo me iluminó con sus mundos desconocidos. A pesar de que ya he llegado a una edad avanzada, tengo pensamientos y sentimientos jóvenes y eternos en mi mente y mi corazón. Cuanto más se acerca el final de mi vida, más claro puedo escuchar la sinfonía inmortal de mundos que me invitan. Esto es sorprendente, pero simple.
Creo firmemente en ese mundo mejor. Él es para mí un bien mucho más realista que esta miserable quimera que devoramos y llamamos vida. Él  está constantemente ante mis ojos, por lo tanto creo en él con una convicción sólida como una roca y después de tantas batallas, tantos estudios y tantas pruebas; él es la suprema certidumbre de mi razón, así como es el supremo consuelo de mi alma

El Evangelio de Jesucristo nos enseña a los creyentes cristianos a vivir y a morir con metas eternas.  Dios concede y reparte su Gracia entre los creyentes de manera soberana en diferentes épocas de sus vidas, algunos pocos aprenden a apoderarse de la promesa de vida eterna temprano en la juventud, otros en la edad madura y muchos en la vejez, porque es el momento de nuestra partida física de este mundo terrenal y de poner nuestra alma o espíritu en sus manos.