Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.

“Ustedes, pues, oren de esta manera: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” Mateo 6, 9-10

Sin duda alguna, rezar el Padre Nuestro es un gran privilegio de los creyentes cristianos, porque además de ser la oración perfecta que nos dejó nuestro Señor Jesucristo, está también llena de amor y de divinidad. Es corta y al mismo tiempo es muy completa, pues en ella nos referimos a las necesidades materiales y espirituales más primordiales, que cualquier ser humano requiere para vivir, como son el alimento de cada día y las virtudes básicas para todo creyente: la fe, el amor, el perdón y la esperanza.

Llamar a Dios nuestro Padre es una forma de expresarle nuestro afecto de hijo y de reconocerlo como Padre Celestial por la Obra y la Gracia de Cristo Jesús.

Únicamente el Señor Jesucristo, por ser el Hijo de Dios que descendió de los Cielos y se hizo hombre, pudo haber dicho esta grandiosa afirmación para toda la humanidad: Que estás en los cielos.
Antes de la venida de Jesús como el Mesías o el Cristo anunciado en el viejo Testamento, durante siglos el pueblo de Israel solamente pudo creer e imaginarse que Dios estaba en los cielos, puesto que es Jesucristo quien confirma esa gran verdad, por primera vez en la historia de la humanidad.

Dios está en el cielo, esa es su morada. La Casa del Padre es por tanto nuestra patria celestial en la que Jesús nos prometió recibirnos, cuando seamos llamados a vivir eternamente junto a Él.
Cuando el creyente ora diciendo Padre nuestro que estás en los cielos, manifiesta su fe, su anhelo y su esperanza de que después de morir, irá a esa “morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos”, así como lo dice el apostol Pablo en 2 Corintios 5, 1.

En las peticiones y las súplicas nos invita el texto a anteponer lo espiritual a lo material, las cosas del cielo a las cosas materiales de la tierra. Así lo enseña el mismo Jesús cuando dice: “buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”(Mateo 6, 33).

En la oración del Señor, la humildad se muestra en el reconocimiento de nuestras propias faltas ante Dios al rezar Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y en nuestro sometimiento a Dios y a perdonar a los demás, admitimos que con nuestros propios esfuerzos nada podemos alcanzar, sino con el poder y la ayuda de Dios.

El Padre Nuestro por ser la oración más perfecta, completa y divina que un cristiano puede rezar, hagamos todo lo posible de hacerlo tomando conciencia de cada una de sus frases y de su significado, recordando siempre, que es un precioso legado personal de nuestro Señor Jesucristo para cada uno de nosotros.

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