La verdadera felicidad en esta vida mortal es imposible, la vida será feliz cuando sea eterna.

« El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. » Juan 10, 10

En la conocida parábola del redil, Jesucristo concluye su alegoría al Buen Pastor con esa estupenda frase: « yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.»
¿Cómo se podría imaginar uno, la vida abundante que nos ofrece Jesús?
En mi caso personal, la imagino primero, como una vida espiritual inagotable que no termina nunca, y segundo, con una existencia verdaderamente feliz y un gozo indescriptible. Una vida en estas condiciones, solamente puede ser la vida eterna en el Reino de los Cielos, que Jesús nos promete.

Es bien sabido, que nuestra vida en este mundo es temporal, y que además, no es siempre feliz sino apenas en algunos períodos y momentos contados. En esta vida terrenal no sólo existen los problemas, dificultades y adversidades que causan en nosotros diferentes grados de malestar y sufrimiento, sino que aún en esas ocasiones en que estamos felices, satisfechos y contentos porque tenemos buena salud, prosperidad, a nuestros seres queridos cerca, paz y tranquilidad; y que son precísamente cuando nos deseamos que nuestra vida en esas circunstancias sea interminable, surge entonces de repente, el pensamiento sobre la certeza de que algún día vamos a morir, y ese hecho inevitable y temible estropea nuestra felicidad.
Es por estas razones, que San Agustín en su obra la ciudad de Dios hace esa afirmación que hace de título de esta reflexión, la cual al leerla me impresionó por la inspiración y sabiduría que contiene.

Cuando los seres humanos viven bajo circunstancias adversas y atraviezan numerosas aflicciones, es normal y necesario que dirijan su mirada hacia el porvenir y pongan su esperanza en un futuro mejor, en una vida mejor.
Jesucristo con su divina revelación de la existencia de la vida eterna en el Reino de Dios, le ha manifestado a la Humanidad que ese futuro mejor es una realidad espiritual, que estuvo oculta.
Desde la venida de Jesús al mundo, los creyentes cristianos pudiendo visualizar por medio de la fe la vida eterna, han puesto su firme esperanza en esa vida mejor, en la que tendrán vida en abundancia.

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna.» Juan 3, 16

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