La envidia es enemiga fatal del amor y de la felicidad.

Malo es el ojo envidioso, que vuelve su rostro y desprecia a los demás. Eclesiástico 14, 8
“El corazón apacible es vida de la carne; pero la envidia es carcoma de los huesos.” Proverbios 14:30

La envidia es una pasión espiritual natural del ser humano, que se puede manifestar ya en la infancia y nos acompaña toda la vida. Así como la mala hierba, la envidia brota de manera espontánea y crece en el corazón rápidamente.
Si la persona envidiosa no reconoce que padece de envidia y no hace nada para contrarrestarla, puede llegar a ser muy dañina, puesto que genera mucho odio, mala intención y agresividad hacia la persona envidiada, llegando incluso a cometer asesinatos.
En el periodismo policial se reportan con cierta frecuencia casos trágicos de asesinatos, cuyo motivo principal ha sido un fuerte sentimiento de envidia. Así de maléfica y peligrosa es la envidia, y por lo tanto, no debe ser nunca subestimada.

San Agustín de Hipona consideraba la envidia como el pecado diabólico por excelencia y Santo Tomás de Aquino la llamaba: la tristeza del bien ajeno, es decir, el malestar interior por el bien de los demás.
Para el gran filósofo Descartes, quien escribió un tratado sobre las pasiones del alma, decía que: no hay vicio que más dañe a la felicidad de los hombres como la envidia.

La envidia es usualmente manifestada en el envidioso, a través de la mirada malvada y de palabras dañinas pero con apariencia inofensiva y hasta disfrazadas en halagos. El odio que se desarrolla en el envidioso le ofusca el alma, la mente y la vista, es fuente de perturbación, inquietud y angustia en su corazón. La envidia le impide ver la realidad de manera equilibrada y objetiva.

Sin duda alguna, el más perjudicado por la envidia es el envidioso porque su propio odio le hace sufrir mucho más, puesto que la persona odiada o envidiada si apenas percibe algo, serán algunos gestos de indiferencia y una actitud de rechazo. Y a pesar de que la envidia y el odio hacen sentir al envidioso más miserable, éste se acostumbra a su miseria espiritual y lo considera « normal ».

La palabra envidia viene del latin in-videre que significa « mirar al interior o poner la mirada dentro de alguien». Justamente de la envidia es que ha surgido lo que en todos los pueblos y desde tiempos inmemoriables, se conoce como « Mal de ojo ».

La envidia acaba con la capacidad de amar y con la facultad de disfrutar de la vida del envidioso y eso lo hace descontento e infeliz.
Ya hemos mencionado que el sentimiento de envidia es natural y puede surgir en cualquier momento de la vida, pero también la envidia puede ser despertada y alentada en el ser humano actual por medio de la publicidad, la televisión y el cine, al mostrar en las películas y videos publicitarios solamente el estilo de vida, los automóviles y las mansiones de la gente rica, como modelo u objetivo a alcanzar para la gente menos adinerada.
No debemos nunca olvidar que las agencias publicitarias explotan nuestras debilidades e inclinaciones más bajas como el egoísmo, el exceso en la comida o la bebida, el adulterio, la ambición desenfrenada y la envidia; mientras que muchos valores edificantes son ignorados. Por eso, debemos estar siempre alertas y no dejarnos influenciar por los mensajes comerciales, que sólo buscan aumentar las ventas de los productos que promocionan.

Los mejores y más poderosos antídotos contra la envidia, para aquellas personas que padecen de esa pasión, son el amor y la oración. El amor al prójimo como facultad espiritual puede ser convertida en una actitud por una decisión personal y consciente en la vida. La ayuda de Dios es indispensable, puesto que la envidia y el odio son pasiones espirituales del alma, dimensión por excelencia donde obra directamente el Espíritu Santo en nosotros. Es por eso, que el envidoso que desea vencer su problema, debe orar diariamente con un corazón arrepentido y quebrantado por ayuda y fortaleza divina.
Del sentimiento del amor verdadero nacen el respeto y la admiración hacia la persona amada, cualidades estas que complementan la obra del cariño.

No me canso de insistir y machacar en la enorme importancia que tiene el amor verdadero y auténtico en nuestas vidas, porque el amor es la fuente espiritual más importante de la felicidad, de la belleza interior y de la salvación eterna del ser humano.

El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; 1 Corintios 13:4

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