El cristianismo sin la esperanza de vida eterna sería un culto religioso manco y superficial.

« Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más dignos de compasión de todos los hombres. » 1 Corintios 15, 19

Les ruego que mediten unos segundos sobre esta afirmación que San Pablo le escribió a los Corintios en su carta, puesto que es uno de los mensajes más importantes del Evangelio, y el que mejor explica el firme fundamento espiritual y divino que posee el Nuevo Testamento de Jesucristo, el cual le otorga la primacía o la superioridad absoluta a la esperanza de Vida Eterna en el Reino de los Cielos, sobre cualquier otra expectativa o esperanza de conseguir algo pasajero en esta vida terrenal.

Dios le concede y pone a disposición de sus hijos o sus criaturas en este mundo, tanto numerosos bienes materiales para su cuerpo, como también muchos bienes espirituales para su alma inmortal. Pero Dios en su Misericordia y Amor infinitos, nos concede principalmente el bien supremo o máximo, al cual podemos aspirar los seres humanos: la vida eterna en el Reino de Dios.

Cada ser humano es libre de definir su preferencias y también de elegir aquellos bienes materiales y espirituales que más le atraen y con los que se conforma.
Algunos se conforman con los bienes terrenales que están a su disposición en este mundo y con las condiciones de vida que les depara el destino. Muchas de esas personas no creen en Dios ni tampoco en una vida nueva y eterna, como por ejemplo, los ateos y los librepensadores.
Mientras que los creyentes cristianos creemos y esperamos en Dios, en Jesucristo y en la vida eterna.
Si no esperamos con fervor la vida eterna y nos conformamos sólo con vivir lo mejor posible en este mundo, entonces estaríamos absteniéndonos voluntariamente de ese bien supremo, por el que Jesucristo murió en el Calvario y resucitó al tercer día. La obra, las enseñanzas y el sacrificio de Jesús habrían sido en vano.

Por medio de su santa Palabra escrita en la Biblia, Dios nos ha dicho la verdad, nos ha enseñado y también nos ha advertido sobre infinidad de asuntos y situaciones de la vida en este mundo.
Jesús en el evangelio de San Juan nos advirtió lo siguiente:
Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. (Juan 16, 33)

Deseo referirme a la frase: En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. El señor Jesucristo con este mensaje, nos está dando a conocer de antemano el sufrimiento y las penas que vamos a padecer en la vida, para que confiemos en Él a pesar de todo lo que nos suceda, y sobre todo, para que aprendamos a soportarlo con paciencia y esperanza.
Recordemos los dichos populares:
– Dios no nos prueba más allá de lo que podemos soportar.
– Dios aprieta, pero no ahoga.

Si confiamos firmemente en Jesús y creemos que él por su gran amor hacia los creyentes, desea lo mejor para nosotros y nuestras familias, no es justo ni correcto que aceptemos sólamente las bendiciones y favores que nos otorga, pero en cambio las pruebas y las experiencias difíciles no las queremos aceptar y las rechazamos.
Dios conoce muy bien nuestras penas y necesidades. Las conoce incluso mejor que nosotros mismos y el Espíritu Santo no nos desampara jamás y está siempre obrando sobre nosotros.

Es una grande y triste equivocación imaginarnos al Dios Creador y Todopoderoso como un simple proveedor o repartidor de favores materiales, o bien como solucionador de problemas, como si la religión fuera una tienda abierta y libre, en la que cada quien y cuando así lo desee, puede tomar lo que necesita para resolver sus problemitas personales. Los creyentes cristianos no debemos permitir que sólo seamos unos suplicantes de peticiones materiales.

Todos los días cuando rezamos el Padre Nuestro, le rogamos que se haga su voluntad soberana en la tierra, pero después, al elevar nuestras oraciones siempre insistimos con nuestras peticiones, en que para nosotros sería mucho mejor, si Dios hiciera NUESTRA voluntad y no la suya.

Los creyentes cristianos igual que el resto de la humanidad, tenemos que aceptar, primero, que la vida humana es un misterio que nunca comprenderemos completamente, y segundo, que todos los seres humanos sin excepción, tenemos que soportar inevitablemente sufrimientos, penas y adversidades, mientras estemos en este mundo.

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