Dios pone nuestro bienestar en las manos de los que nos aman y nuestro fortalecimiento espiritual en el sufrimiento inevitable.

Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza. Romanos 5, 3-4

En este versículo San Pablo nos revela y explica cómo las penas, angustias o tormentos que sufrimos, van produciendo en el alma diversas virtudes como paciencia, humildad y esperanza. El sufrimiento se podría describir como el tratamiento desagradable pero necesario, que Dios por amor nos aplica para refinar nuestra alma. El sufrimiento tiene un propósito para nuestra vida espiritual interior, puesto que ejerce una gran influencia en el fortalecimiento del espíritu.
Lo que hace incomprensible y absurdo el sufrimiento para nosotros, es el hecho de que sus frutos se dan exclusivamente en el alma, y en consecuencia son imperceptibles  y por esa razón no los notamos en el momento de las aflicciones.
En el cuerpo sentimos los dolores, el malestar, la incomodidad y el cansancio, los cuales representan lo desagradable y negativo, pero lo importante es tener presente que esa no es la finalidad del sufrimiento que Dios permite.
Pensemos en aquellos tratamientos como:

  • El doloroso parto para dar a luz un niño.
  • La poda de las ramas que se le hace a las plantas para que produzcan mayores y mejores frutos.
  • El rudo y fuerte adiestramiento militar de un soldado para hacerlo hábil y capaz en el combate.
  • Los cortes y pulituras que se le hacen a los diamantes en bruto para aumentar su belleza, brillo y valor.

La existencia humana es en buena parte una escuela del sufrimiento, en la que aprendemos a soportar o sufrir callada y secretamente por una serie de penas y dolores físicos, a los que todos sin excepción somos propensos en este mundo.

Dios Padre en su gran amor y misericordia hacia su criatura sabe muy bien, que necesitamos sobre todo: cariño, ternura, afecto, consuelo, comprensión, caricias, simpatía, curación, cordialidad, bondad, benevolencia, amabilidad, etc; manifestaciones de amor éstas que recibimos de nuestros seres queridos, amigos y conocidos, los cuales nos conducen de nuevo a ese estado de bienestar, satisfacción y felicidad al que estamos acostumbrados.
Ese estado normal de bienestar  no sólo compensa los momentos desagradables vividos recientemente, sino que además nos hace olvidar las peores tribulaciones y sufrimientos pasados, de los cuales poco tiempo después, ni siquiera nos acordamos.

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Romanos 8, 35

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