Acudamos a Dios para que haga lo que nosotros mismos no podemos hacer.

Todos conocemos los cuentos de niños de Superman y de la mujer maravilla que hablan de las proezas de seres humanos indestructibles, que hasta pueden volar como pájaros. O bien libros sobre superación personal, como por ejemplo la obra que se titula « El cielo es el límite » de Wayne Dyer, quien afirma que no existen límites para el ser humano y que somos dueños de nuestro destino y nuestro futuro.

Desde hace decenas de años la televisón, el cine y la literatura nos han llenado la cabeza con infinidad de cuentos, ilusiones e historias, que han surgido de la imaginación de sus autores. Ese torrente de fantasías que hemos estado asimilando, nos han llevado a creer que los seres humanos de hoy en día, somos casi « superhombres » y « supermujeres ». Cuando en realidad no es así. Seguimos siendo exactamente iguales a los hombres y mujeres de la Antigüedad, desde el punto de vista genético y biológico.

Amigo lector ahora me gustaría hacerte las siguientes preguntas: ¿Conoces claramente lo que eres capaz de hacer y lo que no eres capaz? ¿Sabes bien cuáles son tus límites como ser humano?  Y frente a Dios Todopoderoso y Creador del universo, ¿Recuerdas tu naturaleza de creatura mortal, frágil y limitada? ¿Reconoces tu dependencia y tu condición de hijo de Dios?

Ahora voy a mencionar sólo 3 de nuestras tantas imposibilidades:

  • no podemos dominar los eventos que suceden en la vida, ni siquiera nuestros pensamientos.
  • no podemos saber lo que sucederá en el futuro
  • no podemos saber lo que será de nuestra existencia, después de la muerte

Dios sí puede.
Y si Dios puede hacerlo y lo sabe todo de cada uno de nosotros, ¿cómo es posible que dejemos de acudir a nuestro Padre celestial que tanto nos ama, y que además por el amor a su creatura envió a su Hijo Jesucristo, para el perdón de nuestros pecados y para que anunciara la promesa de vida eterna en el Reino de los Cielos a toda la Humanidad?

El Rey David nos dejó en los Salmos una evidencia maravillosa de su poderosa fe y de su confianza en Dios, pero también nos demostró que él estaba muy consciente de lo que no era capaz de hacer, a pesar de ser rey de Judá. Y por eso acudía siempre a Dios, para todo aquello que estaba fuera de su alcance y su poder.

¡Recurran al Señor y a su poder, busquen constantemente su rostro; recuerden las maravillas que él obró, sus portentos y los juicios de su boca! Salmo 105, 4-5

Ten piedad de mí, Dios mío, ten piedad, porque mi alma se refugia en ti; yo me refugio a la sombra de tus alas hasta que pase la desgracia. Invocaré a Dios, el Altísimo, al Dios que lo hace todo por mí: él me enviará la salvación desde el cielo y humillará a los que me atacan. ¡Que Dios envíe su amor y su fidelidad! Salmo 57, 3-4

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